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LA VIRGEN MARÍA

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de Mons. Tihamet Toth.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.


¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)

479.- El culto Mariano no sólo es compatible con nuestra fe, sino que guarda y corrobora su pureza y unidad. No hay ninguna herejía por amar mucho a la Virgen. ¿Quién puede honrar a María? Solamente los que creen en su Santo Hijo. La columna fundamental de nuestra fe es la divinidad de Jesucristo. De este hecho capital: Cristo es el DIOS que ha bajado a nosotros, fluye todo el sistema de la fe y la moral de la religión cristiana. Los que honran a María hablan así: Honro a María porque fue su Hijo Nuestro Señor Jesucristo, el Unigénito del Padre, el primero que la honró, naciendo de Ella; el que bajó a la tierra a rescatarnos y liberarnos de la condenación por medio de su Pasión; el que murió por nosotros, resucitó, subió a los Cielos. En una palabra: al honrar a María confesamos toda nuestra fe cristiana.

480.- De modo que el culto Mariano es el engarce de oro que guarda, como bello diamante, la Divinidad de Jesucristo. Y si al diamante no le daña un hermoso engarce, antes bien, el engarce realza todavía más el precio de la piedra, de un modo análogo el culto Mariano no sólo es compatible con la adoración de Cristo, sino que además la coloca en un engarce más y más consciente. Para nosotros, si el culto Mariano no es la cuestión principal, tampoco es accesoria, sin la cual pueda sostener la fe Católica. Para nosotros, lo principal es la Divinidad de Cristo, pero de ella se deriva necesariamente el culto de la Madre de DIOS. Así lo quiso El mismo, que pudiendo aparecer en la tierra como Adán, quiso nacer de la siempre Virgen María. Si adoro a Cristo, he de honrar también a su Madre, y si honro a la Madre de DIOS, sé adorar con más fervor a su Divino Hijo.

481.- Por otra parte, la misma Historia ofrece gran abundancia de datos para poner de manifiesto que los que niegan la Divinidad de Cristo, no salieron de las filas en que se honra a María, sino todo lo contrario, de aquellos sectores que al principio sólo suprimían el culto a la Virgen Madre, y sintiéndose después irremisiblemente arrastrados llegaron a los campos de hielo de la negación de Cristo. La historia dos veces milenaria y los que vengan, de la Iglesia, demuestra que cuando el árbol de la fe se desarrolla en suelo sano, siempre tuvo abundantemente las flores y los frutos a cual más bellos del culto Mariano; en cambio, cuando el culto Mariano se debilitaba o se secaba por completo, podía colegirse que la misma fe había declinado.

482.- Hay cristianos que no honran a María, porque, según dicen, el culto Mariano los distrae de Cristo, y ellos sólo quieren honrarle a El. Y no obstante, ¿qué es lo que vemos? El hecho peculiar de que donde se deja de honrar a María, decrece también el culto de Cristo, aun más, se cuartean los fundamentos de toda la fe cristiana. Nosotros honramos a María y adoramos a su Santo Hijo. Y donde se deja de honrar a María para dar, según se dice, más vida y campo al culto de Cristo, allá se discute sobre estos puntos: ¿Cristo fue verdadero DIOS o solamente hombre? ¿Vale la pena esgrimir armas en defensa del Credo íntegro? Después de tales consideraciones, adquiere un interés especial el hecho histórico de que la falsa reforma del siglo 16, no pudo apoderarse precisamente de los países en que el culto a la Virgen Bendita, el culto Mariano, tenía un vigor especial y florecía con abundancia.

483.- Y vemos que el culto Mariano es un medio eficaz para conservar la unidad de la fe. El centro de la familia es la madre. Mientras ella vive, aún los hijos mayores, que ya fundaron hace tiempo su familia, tienen cohesión y sienten al unísono, aunque falte el padre. Pero al morir ella, se destroza la familia. La Virgen Bendita también vino a ser fuerza de cohesión en la primera comunidad cristiana, después de la Resurrección de Cristo. Los Hechos de los Apóstoles, 1,14, consignan: todos los fieles, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en oración con las mujeres, y con María, la Madre de Jesús.





HOMILIA 37ª

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Cuando éstos se marcharon, empezó Jesús a hablar a las turbas acerca de Juan: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido de ropas delicadas?
Mirad que los que llevan ropas delicadas viven en los palacios de los reyes. ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, yo os lo aseguro, y más que un profeta. San Mateo 11,17.


245.- Las turbas sospecharon de Juan.-
1. El asunto de los discípulos de Juan se había resuelto bien, y se retiraron de la presencia de Jesús confirmados por los milagros que allí mismo le habían visto realizar. Ahora había que corregir también la opinión del pueblo. Los discípulos de Juan nada malo podían sospechar de su maestro; pero aquella muchedumbre ingente pudo sacar las más absurdas consecuencias de la pregunta que a Jesús le dirigieron, pues ignoraban la intención con que Juan los había enviado, y es muy probable que cuchichearan entre sí diciendo: ¿El que dio tan solemnes testimonios ha cambiado ahora de opinión, y está en dudas de si es éste el que ha de venir o hay que esperar a otro? ¿No dirá esto por estar en desacuerdo con Jesús? ¿No se habrá vuelto cobarde a fuerza de cárcel? ¿No serían vanas y sin sentido todas sus palabras anteriores?

246.- Como era, pues, muy natural que la gente se forjara sospechas por el estilo, mirad cómo corrige el Señor su flaqueza y elimina todas esas sospechas. Porque, cuando se marcharon ellos, empezó Jesús a hablar de Juan a las muchedumbres. ¿Por qué cuando aquéllos se marcharon? Para no dar la impresión de que adulaba a Juan. Mas al corregir al pueblo, no saca a relucir lo que éste sospechaba, sino que se contenga con dar la solución a los pensamientos que internamente los agitaban, con lo que les hacia ver que sabía Él los íntimos secretos de todos.

247.- Tampoco les dice cómo a los judíos: ¿Por qué pensáis mal? Mateo 4,9. Porque si es cierto que pensaban mal, no lo pensaban por malicia, sino por ignorancia del sentido de las palabras de Juan. De ahí que tampoco el Señor les habla ásperamente, sino que se contenta con corregir su modo de pensar, hace la apología de Juan y demuestra a las turbas que no había éste abandonado su opinión primera ni se había arrepentido.

248.- Juan no era un inconstante.-
Porque no era Juan un hombre ligero y versátil, sino muy asentado y firme; no era Juan tal que traicionara la misión que se le había confiado. E intentando el Señor asentar esta verdad, no la prueba de pronto por su propia afirmación, sino, ante todo, por el testimonio mismo del pueblo. Y así no sólo por lo que dijeron, sino también por lo que hicieron, los pone a ellos mismos por testigos de esa firmeza de Juan. De ahí que les diga: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? Como si dijera: ¿Por qué abandonasteis ciudades y casas y os juntasteis como un solo hombre en el desierto? ¿Acaso para ver a un hombre miserable y ligero? Eso no tendría sentido. No es eso lo que demuestra aquél afán, aquel correr todos a una hacia el desierto.

249.- Un pueblo tan enorme, tantas ciudades no se hubiera derramado entonces con tanto fervor por el desierto y a lo largo del Jordán, si no hubieran llevado la ilusión de contemplar a un hombre extraordinario, maravilloso y más firme que una roca. No salisteis ciertamente a contemplar una caña agitada por el viento. A una caña, en efecto, se parecen perfectamente los hombres ligeros, los que son fácilmente llevados de acá para allá, los que dicen ahora una cosa y luego otra y no están firmes en nada. Y notad cómo, dejando un lado el Señor todo otro defecto, sólo les habla de la ligereza que entonces particularmente les hacía a ellos sospechar y cómo les quita todo motivo de suponerla en Juan. ¿Pues qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido de ropas delicadas?

250.- Mirad que los que llevan vestidos delicados viven en los palacios de los reyes. Con lo que quiere decir que Juan no era naturalmente versátil. Y esto, viene a decir el Señor, vosotros lo pusisteis de manifiesto con vuestro fervor por ir a verlo. Mas tampoco se puede decir que, sí, Juan era de suyo firme, pero que, habiéndose entregado al placer, se volvió flojo. Los hombres son lo que son, unos por naturaleza, otros porque se hacen. Por ejemplo, hay quienes son naturalmente iracundos; otros adquieren esa enfermedad de su alma a consecuencia justamente de otra larga enfermedad corporal. Unos, igualmente, son ligeros y fáciles por naturaleza; otros se hacen tales por entregarse al placer y a la molicie. Pero Juan, les dice el Señor, ni es tal por naturaleza, pues no salisteis a ver una caña; ni por haberse entregado al placer, perdió la ventaja que le dio la naturaleza.

251.- Que no fue esclavo del placer, bien lo demuestra su vestido, el desierto y la cárcel. Porque, si hubiera querido vestir ropas blandas, no se hubiera ido a morar en el desierto ni se hubiera metido en la cárcel, sino que habría buscado los palacios. Y es así que, con sólo haber callado, hubiera podido gozar de infinitos honores. Porque si aun después que le reprendió: si aun estando en la cárcel, aun le temía Herodes, mucho menos le hubiera castigado de haber él guardado silencio. Si, pues, Juan dio prueba de su firmeza y constancia con sus obras, ¿cómo podía ser justa sospecha alguna en esas virtudes?

252.- La grandeza de Juan Bautista.-
2. Así, pues, habiendo el Señor caracterizado a Juan por el lugar en que viviera, por el vestido y por el mismo concurso del pueblo hacia él, ahora alega también al profeta. Y en efecto, después de decir: ¿Qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, yo os lo aseguro, más que un profeta, prosigue: Porque éste es de quien está escrito: Mira que yo envío a mi mensajero delante de ti, para que prepare tu camino delante de ti. Primero alega el Señor el testimonio de los judíos, y luego acomoda también el del profeta; o, por mejor decir, primero pone el voto de los judíos, que es la mejor demostración, por ser testimonio dado por enemigos; en segundo lugar, la vida de Juan; tercero, su propio juicio; cuarto, al profeta, y por todos los lados cierra la boca de quienes pudieran sospechar del Precursor.

253.- Tampoco pudieran decir que, sí, Juan era naturalmente firme, pero que luego había cambiado, pues ahí estaba su modo de vestir y la cárcel y, después de todo esto, el testimonio del profeta. Y ya que el Señor llamó a Juan mayor que un profeta, ahora les hace ver en qué es mayor que un profeta. ¿En qué es, pues, mayor? En que es el que está más cerca del que había venido. Porque yo te enviaré, dice, a mi mensajero ante tu faz, es decir, muy cerca de ti. Así como en una comitiva regia, los que van más cerca del coche real son los más ilustres entre todos; así Juan, que aparece momentos antes del advenimiento del Señor. Notad cómo de ahí declaró la excelencia del Precursor, y ni ahí se detuvo, sino que añadió su propio voto diciendo: En verdad os digo, no se ha levantado entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan.

254.- Realmente, la afirmación de Jesús basta para declarar esta grandeza; mas si queréis saberlo por la realidad misma, considerad su mesa, su manera de vida y la alteza de sus pensamientos. Juan vivía en la tierra como si morara ya en el cielo; estaba por encima de las necesidades de la naturaleza, seguía un camino maravilloso, gastaba su tiempo entero en himnos y oraciones, sin hablar con hombre alguno, y conversando, en cambio, continuamente con DIOS. A nadie conocía, por nadie fue jamás visitado. No se alimentaba de leche ni gozaba de lecho, ni de techo, ni de pública plaza, ni de ninguna otra de las comodidades humanas. Sin embargo, Juan sabía unir la mansedumbre a la firmeza. Mirad, si no, con qué moderación habla con sus discípulos, con qué valor al pueblo judío y con qué libertad al mismo rey. De ahí que dijera el Señor: Entre los nacidos de mujer, no se ha levantado nadie mayor que Juan Bautista.

255.- Juan no puede ser comparado a Jesús.-
Sin embargo, como la hipérbole misma de la alabanza podía engendrar alguna falsa idea, y estimaran los judíos a Juan más alto que a Jesús, mirad cómo también esto lo corrige el Señor. Y es así que, como de lo mismo que los discípulos de Juan se edificaron, pudo resultar daño para las turbas, teniéndole a Juan por hombre ligero, así ahora, de lo mismo que era corrección de las turbas, podía también resultarles mayor daño, si concebían de Juan más alta idea que de Cristo mismo, fundados en lo que de aquél se les decía. De ahí que el Señor los corrige, sin dejar lugar a sospecha alguna, diciendo: Pero el que es más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. Más pequeño por la edad y también en la opinión del vulgo, pues le llamaban comedor y bebedor y solían decir: ¿No es éste el hijo del carpintero? San Mateo 13,55.

256.- Y por todas partes le despreciaban. ¿Pues qué, objetarás, sólo por comparación con Juan es mayor el Señor? ¡De ninguna manera! Porque ni el mismo Juan intenta establecer comparación, cuando dice: Él es más fuerte que yo. San Mateo 3,11, ni tampoco la establece Pablo cuando, haciendo mención de Moisés, escribe: De mayor gloria que Moisés fue tenido Cristo por digno. Hebreos 3,3. Y, en fin el Señor mismo no se compara con Salomón cuando dice: Y aquí está quien es más que Salomón. San Mateo 12,24. Más aunque diéramos de barato que aquí habló comparativamente, ello fue pura dispensación del Señor, atendiendo a la flaqueza de sus oyentes. En realidad, la gente estaba muy embobada con Juan, y entonces justamente la cárcel y la libertad con que había reprendido al rey había hecho más gloriosa su figura. Ya era, pues, bastante que, por entonces, aceptaran la comparación con Jesús.

257.- A la verdad, también el Antiguo Testamento conoce este modo de corregir las almas de los que yerran, comparando lo que no admite comparación. Por ejemplo, cuando dice: No hay semejante a ti entre los dioses, Señor. Salmo 85,8. Y otra vez: DIOS como nuestro DIOS. Salmo 85,8; 74,14. Hay, sin embargo, intérpretes que afirman haber dicho Cristo esas palabras refiriéndose a los apóstoles, otros a los ángeles. Falsa interpretación. Por otra parte, si hablaba de los apóstoles, ¿qué inconveniente había en establecer la comparación nominalmente? En cambio, refiriéndose a si mismo, es natural que ocultara su persona en atención a la sospecha dominante en el vulgo y porque no pareciese que decía algo grande de sí mismo; conducta que le vemos observar en muchas otras ocasiones.

258.- ¿Y qué quiere decir: en el reino de los cielos? En lo espiritual y en todo lo que atañe al cielo. Además, decir: Entre los nacidos de mujer no se ha levantado nadie mayor que Juan Bautista, era oponerse El mismo a Juan y contarse de este modo como la excepción. Porque si es cierto que también Él había nacido de mujer, no, sin embargo, del mismo modo que Juan. Porque Jesús no era puro hombre ni nació como otro cualquier hombre, sino de modo singular y maravilloso.

259.- El Reino de los Cielo sufre violencia.-
3. Desde los días de Juan hasta ahora prosigue Jesús, el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. ¿Qué ilación hay entre esta sentencia del Señor y lo antes dicho? Mucha ciertamente y muy armónica. Desde este momento, efectivamente, los empuja y da prisa, aun por este motivo, a que abracen la fe en Él, a par que corrobora lo que Juan había preguntado. Porque si hasta Juan, viene a decir, todo está cumplido, yo soy el que ha de venir. Porque todos los profetas, y la ley, hasta Juan han profetizado. Porque no hubieran cesado los profetas si yo no hubiera venido. No esperéis, por ende; nada más, no aguardéis a otro. Porque que yo soy, es evidente no sólo por el hecho de haber cesado los profetas, sino también por los muchos que cada día arrebatan la fe en mí. Porque es ella tan patente y clara que muchos la arrebatan. ¿Y quiénes, dime, la arrebataron? Todos los que con fervor se acercaron al Señor.

260.- Juan y Elías.-
Seguidamente, dales el Señor otra prueba diciendo: Si queréis recibirlo, él es Elías, que ha de venir. Porque yo os enviaré, dice el profeta, a Elías Tesbita, que convertirá el corazón del padre hacia sus hijos. Malaquías 4,5. Éste es, pues, Elías, les dice, como queráis atenderlo con cuidado. Porque yo enviaré, dice la Escritura, a mi mensajero delante de tu faz. Malaquías 3.1. Y muy bien dijo: Si queréis recibirlo, con lo que les hacía ver que no quería imponérselo por la violencia. Yo no os obligo a ello, dice. Así hablaba el Señor, porque pedía un alma bien dispuesta y quería declararles que Juan era Elías y Elías Juan. Uno y otro, en efecto, recibieron el mismo ministerio; uno y otro fueron precursores. De ahí que no dijo el Señor simplemente: Éste es Elías, sino: Si queréis recibirlo, éste es Elías, es decir, si con espíritu bien dispuesto queréis atender a los acontecimientos.

261.- El Señor excita la curiosidad de los oyentes.-
Mas no se detuvo aquí, sino que quiso hacerles también ver que era menester inteligencia. De ahí que habiéndoles dicho: Éste es Elías, el que ha de venir, añadió: El que tenga oídos para oír que oiga. Ahora bien, si el Señor les hablaba así de enigmáticamente, es que quería excitarlos a que le preguntaran. Y si ni aun así se despertaron ellos de su sueño, mucho menos lo hicieran si todo se lo dijera clara y manifiestamente. Porque no va nadie a decir que no se atrevían a preguntarle y que era el Señor inaccesible. Bien le preguntaban y tentaban sobre lo que les ocurría, y mil veces enmudecidos, mil veces volvían a la carga. De haber tenido ganas de saber, ¿no le hubieran preguntado sobre cosas necesarias? Sobre la ley le preguntaron cuál era el primer mandamiento, y como ésa otras muchas cosas que no había necesidad alguna de preguntar.

262.- ¿Cómo, pues, no le preguntaron sobre lo mismo que Él decía y a lo que estaba más obligado a responder? Más que más, cuando Él mismo los convidaba e incitaba a que preguntaran. Sus sentencias, en efecto, sobre que el Reino de los cielos sufre violencia y los violentos son los que lo arrebatan, y que el que tenga oídos para oír que oiga, a excitar ese deseo iban dirigidas.

263.- “Vino Juan Bautista, que no comía ni bebía”.
¿Y con quién compararé, prosigue el Señor, a esta generación? Semejante es a unos chiquillos que se sientan en la plaza y dicen: Os hemos tocado la flauta, y no habéis golpeado el pecho. También esto parece ser independiente de lo anteriormente dicho; y, sin embargo, está muy lógicamente enlazado. Aún está el Señor en el mismo capítulo y trata de demostrarles primero que Juan obraba perfectamente de acuerdo con Él, aun cuando los hechos parecían contrarios, como en el caso de la pregunta que le dirigió por sus discípulos, y juntamente que nada omitió de cuanto debía hacer por su salvación. Es lo que el profeta decía respecto a la viña: ¿Qué otra cosa tenía que hacer con esta viña, que no lo haya hecho? Isaías 5,4. ¿Y con quién, dice aquí el Señor, compararé esta generación?

264.- Semejante es a unos chiquillos sentados en la plaza, que dicen: Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; os hemos entonado un canto de duelo, y no os habéis golpeado el pecho. Porque vino Juan, que no comía ni bebía y dijeron: Está endemoniado. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: Ése es un hombre tragón y borracho, amigo de publicanos y pecadores. Que es como si dijera: Yo y Juan seguimos distinto camino, pero los dos llegamos al mismo término. Somos dos cazadores que acosan a un animal difícil de coger y que puede caer en la trampa por dos caminos. Cada cazador toma el suyo, contrario al de su compañero, de modo que por uno u otro lado caiga en el lazo sin remedio. Mirad, si no, cómo todo el género humano admira la maravilla de una vida de ayuno, de austeridad y filosofía.

265.- Por eso dispuso la providencia de DIOS que Juan se criara desde el principio en ese género de vida, a fin de que ello fuera una razón más de dar crédito a sus palabras. Entonces, dirás, ¿por qué no entró también Jesús por ese camino? También, también Él entró, puesto que ayunó durante cuarenta días y corría pueblos y ciudades enseñando, sin tener dónde reclinar su cabeza. Sin embargo, Él conseguía lo mismo también de otro modo y por otro camino obtenía el mismo provecho. Porque lo mismo que entrar Él por aquel camino, y aún mucho mejor, era ser atestiguado por quien lo había seguido. Por otra parte, Juan no podía presentar otra cosa que la austeridad de su vida y conducta, puesto que no hizo jamás milagro alguno: Jesús, empero, tenía justamente el testimonio de sus milagros y el de su vida maravillosa. Dejando, pues, a Juan la gloria del ayuno, el Señor siguió camino contrario, y no tuvo escrúpulo de sentarse a la mesa y comer y beber con publicanos.

266.- Los judíos no creyeron ni a Juan ni a Jesús.-
4. Preguntemos, pues, a los judíos: ¿Es cosa buena y admirable el ayuno? Entonces teníais que haber creído a Juan, aceptar su misión y seguir su enseñanza. De este modo, las palabras de Juan debían llevaros a Jesús. ¿El ayuno es cosa insoportable y molesta? Luego tenían que haber creído a Jesús, que seguía camino contrario a Juan. Por uno u otro camino teníais que haber venido a parar en el reino de los cielos. Sin embargo, como fiera indomable, los judíos maltrataron a Juan y a Jesús. No fue la culpa, pues, de los que no fueron creídos, sino de quienes no quisieron creer. Nadie, en efecto, maltrata, como tampoco alaba, a la vez a dos contrarios. Por ejemplo, el que gusta de un hombre alegre y suave de carácter, no gustará de otro triste y bárbaro; el que alaba el ceñudo no alabará al alegre.

267.- Es imposible sentenciar a la vez en favor de uno y otro. De ahí que diga el Señor mismo: Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado. Es decir, yo he llevado una vida suave y no me habéis hecho caso. Y: Os hemos entonado un canto de duelo, y no os habéis golpeado el pecho. Es decir, Juan llevó vida áspera y dura, y no le prestasteis atención. Y no dijo: “Él llevó una vida y yo otra”, sino que como la intención de ambos era una sola, aun cuando sus géneros de vida contrarios, de ahí que todo lo pone en común. Y, a la verdad, aun el hecho de haber seguido camino contrario procedía de la más perfecta armonía y tendía al mismo y único fin. ¿Qué defensa, pues, os queda en adelante? De ahí, que el Señor añadiera: Y quedó justificada la sabiduría por sus propios hijos.

268.- Es decir, aun cuando vosotros no creáis, tampoco podréis acusarme de nada en adelante. Que es lo que el profeta dice del Padre: Para que quedes justificado en tus palabras. Salmo 50,6. Y es así que DIOS, aun cuando nada consiga de su solicitud para con nosotros, cumple cuanto es de su parte, y así no deja ni sombra de pretexto de ingratitud a los que de buena gana se descararían contra Él. Ahora, si los ejemplos de que se vale el Señor son viles y malsonantes, no te maravilles de ello, pues Él hablaba conforme a la debilidad de sus oyentes. También Ezequiel emplea muchos símiles acomodados a sus oyentes, pero que realmente son indignos de la grandeza de DIOS. Mas eso mismo es señaladamente signo de su solicitud para con nosotros. Mas considerad también cómo caen los judíos por otro lado en contradicción consigo mismos.

269.- Porque después de llamar a Juan endemoniado, no se pararon ahí, sino que le colgaron también al Señor el sambenito, no obstante ir por camino contrario al de Juan. Así venían a parar siempre a opiniones contradictorias. Lucas, por su parte, aún añade otro motivo más grave de acusación contra los judíos, poniendo en boca del Señor estas palabras: Porque los publicanos justificaron a DIOS, por haber aceptado el bautismo de Juan. San Lucas 7,29.

270.- Maldición a las ciudades ingratas.-
Entonces, cuando la sabiduría quedó justificada, cuando les hubo mostrado que todo se había cumplido, se puso el Señor a reprender a las ciudades. Ya que no las pudo convencer, las declara malhadadas, que es más que infundirles miedo. A la verdad, ya les había dado su enseñanza, ya había en ellas realizado sus milagros. Más ya que se obstinaban en su incredulidad, ya no le quedaba sino maldecirlas. Y entonces, dice el evangelista, empezó Jesús a maldecir a las ciudades en que se habían cumplido la mayor parte de sus milagros, por no haber hecho penitencia, y dijo: ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Por que nos demos cuenta de que los moradores de aquellas ciudades no eran malos por naturaleza, pone justamente el Señor el nombre de esta ciudad, de la que habían salido cinco apóstoles.

271.- Y es así que de Betsaida eran Felipe y las dos parejas de los que eran corifeos del coro de los doce ; es decir, Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Porque si en Tiro y Sidón, prosigue el Señor, se hubieran realizado los milagros que en vosotras se han realizado, hace tiempo que hubieran hecho penitencia en saco y ceniza. Ahora bien, yo os aseguro que Tiro y Sidón serán tratadas más benignamente en el día del juicio que no vosotras. Y tú, Cafarnaún, que te has levantado hasta el cielo, tú serás precipitada hasta el infierno. Porque si en Sodoma se hubieran cumplido los milagros que se han cumplido en ti, Sodoma seguiría en pie hasta hoy. Ahora bien: Yo os aseguro que Sodoma será tratada más benignamente que tú en el día del Juicio.

272.- Y no sin razón les pone el ejemplo de Sodoma, pues quiere con él encarecer su culpa. Prueba, en efecto, máxima de maldad es que, por lo visto, aquellos habitantes de Cafarnaún no sólo eran peores que los que entonces vivían, sino más malvados que cuantos malvados habían jamás existido. Por modo semejante, establece el Señor otra vez comparación y condena a los judíos con el ejemplo de los ninivitas y de la reina del Sur. San Mateo 12,41-42. Sólo que allí se trata de quienes obraron bien; aquí, empero, la comparación es con quienes pecaron, lo que aumenta la gravedad.

273.- También Ezequiel conoce este modo de condenación, y así le decía a Jerusalén: Con todos tus pecados, tú has justificado a tus hermanas. Ezequiel 16,51. De este modo solía el Señor mostrar en todas partes su predilección con el Antiguo Testamento. Mas ni aun ahí paró su razonamiento, sino que les infunde mayor temor, diciéndoles que tendrán que sufrir más duro castigo que los habitantes de Sodoma y de Tiro. Así, por todos lados, trata de atraérselos; lo mismo por sus ayes de maldición que por el miedo que les infunde.

273.- La inhospitalidad de los cristianos también será castigada.-
5. Escuchemos también nosotros estas palabras del Señor. Porque no sólo contra los incrédulos, contra nosotros mismos, señaló el Señor castigo más duro que el de los habitantes de Sodoma si no acogemos a los huéspedes que acuden a nosotros, pues Él les mandó que sacudieran hasta el polvo de sus pies. Y con mucha razón. Porque si es cierto que aquéllos cometieron actos inicuos, pero, al cabo, ello fue antes de la ley y de la gracia. Mas nosotros, que hemos sido objeto de tan extraordinaria providencia, ¿qué perdón merecemos al mostrar tanto horror al huésped y cerrar las puertas a los necesitados, y antes que las puertas, los oídos? O, por mejor decir, no sólo los cerramos a los pobres, sino a los mismos apóstoles. Y, en realidad, por cerrárselos a los apóstoles, se los cerramos a los pobres.

274.- Porque si, cuando se lee a Pablo, tú no atiendes; si, cuando Juan predica su evangelio, tú no escuchas, ¿cómo recibirás al pobre, si no has recibido al apóstol? Ahora, pues, a fin de que nuestras puertas estén continuamente abiertas a los pobres y nuestros oídos a los apóstoles, limpiemos la suciedad de las orejas del alma.

275.- Contra los cantos obscenos en el teatro.-
Y es así que a la manera como la suciedad y el barro obstruyen los oídos corporales, así los cantos obscenos, las conversaciones mundanas, sobre deudas, sobre asuntos de préstamos y usuras, taponan peor que cualquier suciedad el oído del alma. Y no sólo lo taponan, sino que lo hacen impuro. Y, a la verdad, los que hablan de esas cosas, no otra cosa que estiércol nos echan en los oídos. Lo que aquel bárbaro amenazaba: Comeréis vuestros propios excrementos, Isaías 36,12, etc., eso nos hacen sufrir esas gentes, no de palabra, sino de hecho. Y, a decir verdad, más gravemente todavía, pues más repugnantes que aquéllos son esos cantos obscenos. Y lo más grave es que, lejos de molestaros al oírlos, los celebráis con vuestra risa, cuando fuera deber vuestro abominarlos y salir huyendo. Y si esas cosas no son abominables, anda, baja tú a la escena e imita eso mismo que aplaudes. O, mejor, anda sólo en compañía de quien de ese modo te hace reír. ¡No lo soportarías! Entonces, ¿por qué le tributas tanto honor?

276.- Las mismas leyes promulgadas por los paganos decretan que esas gentes sean tenidas por bajas. Tú, en cambio, los recibes con la ciudad entera, como si se tratara de embajadores o generales victoriosos, y a todos los invitas a que se llenen las orejas de excrementos. Si un esclavo tuyo pronuncia una palabra indecente, y tú la oyes, recibe su buena tunda de azotes. Si eso lo hace tu mujer, un hijo tuyo o cualquier oto, tú lo tienes por una indecencia. En cambio, si unos hombres viles, que no valen tres óbolos, te invitan a que vayas a oír sus palabras indecentes, no sólo no te irritas, sino que te alegra y los aplaudes. ¿Puede darse mayor inconsecuencia? ¿Y qué adelantamos con eso? O, mejor dicho, ¿cómo se demuestra que tú no las dices? Si no las dijeras, no te reirías al oírlas, ni correrías con tanto afán a escuchar unas voces que te deshonran.

277.- Si no, dime: ¿te alegras cuando oyes una blasfemia? ¿No te estremeces más bien y te tapas los oídos? Yo por lo menos así lo supongo. ¿Qué se sigue de ahí? Que tú tampoco blasfemas. Hazlo así también con las palabras torpes. Y si quieres demostrar con evidencia que tú tampoco gustas de pronunciarlas, no aguantes ni el oírlas. ¿Cuándo en efecto, esperas llegar a ser hombre bueno, si de tales audiciones te alimentas? ¿Cuándo soportarás los combates por la castidad, si te vas dejando arrastrar poco a poco por esa risa, por esos cantos y palabras obscenas? Ya sería bastante que, con un alma limpia de todo eso, pudieras llegar a ser puro y casto, no digamos si de tales audiciones la alimentas. ¿Es que no sabéis que toda nuestra inclinación se va hacia el mal? Pues si ya de él hacemos un arte y un oficio, ¿cómo podremos huir del horno del infierno? ¿No habéis oído la palabra de Pablo: Alegraos en el Señor? Filipenses 4,4. ¡En el Señor, no en el diablo!

278.- Terrible invectiva contra el teatro.-
6. ¿Cuándo, pues, estarás en disposición de oír a Pablo? ¿Cuándo tendrás conciencia de tus pecados, puesto que esos espectáculos te producen borrachera continua, de la que nunca despiertas? Porque, que hayas venido aquí, a la iglesia, no es cosa grande ni maravillosa, o, por mejor decir, si que es cosa maravillosa. Pues aquí vienes porque sí, por mero cumplimiento; al teatro, en cambio, te diriges con fervor, a la carrera y con entusiasmo sin límites. Y bien se ve por lo que a casa llevas, cuando de allí vuelves. Porque es así que todo el cieno que allí se os ha echado encima por medio de palabras, de canciones y de risas, cada uno lo recoge para llevárselo a casa, o, por mejor decir, no tanto os lo lleváis materialmente a casa, cuanto os lo metéis en la propia alma. De lo que no es abominable, os apartáis con horror; lo de verdad abominable, empero, no sólo no lo aborrecéis, sino que lo amáis.

279.- Así, muchos se lavan cuando vuelven del cementerio; mas cuando vuelven del teatro, no se les ocurre gemir ni derramar fuentes de lágrimas. Y, sin embargo, un muerto no es cosa impura; el pecado, empero, deja tan grande mancha, que mil fuentes de agua no son capaces de lavarla; sí, las lágrimas y la confesión. Pero nadie se da cuenta de esta mancha. Y es que como tememos lo que no debemos temer, nos espantamos de lo que no debiéramos espantarnos. Mas ¿qué estruendo es ése, qué alboroto, qué voces infernales, qué diabólicas figuras? ¡Ah!. Es un joven, que, no obstante su sexo, se echa atrás una larga cabellera y, afeminada su naturaleza, por su mirada, por su figura, por sus vestidos, por todo, en una palabra, se esfuerza por remedar la imagen de una tierna muchacha.

280.- Allí, por lo contrario, aparece un viejo con el cabello rasurado a navaja, con los lomos ceñidos, que antes de cortarse el pelo se cortó también el pudor, y allí está dispuesto a que le abofeteen y a hacer y decir por su cuenta todo lo que bien le venga. En cuanto a las mujeres, allí están también, con la cabeza descubierta, hablando desvergonzadas con el pueblo, muy bien estudiado su papel de impudicicia y derramando en las almas de los oyentes todo desenfreno y toda disolución. Solo un empeño tienen: arrancar de raíz todo sentido de castidad, deshonrar la naturaleza, satisfacer el deseo del maligno demonio. Y es así que allí las palabras son torpes, ridículas las figuras, ridículo el peinado, y, por el estilo, el paso, el vestido, la voz, las contorsiones de los miembros, las desviaciones de los ojos, y las siringes, y las flautas, y los dramas, y los temas.

281.- Todo, en una palabra, rebosa de la más absoluta disolución. ¿Cómo, pues, dime por tu vida, podrás ser sobrio, cuando el diablo te ofrece ese vino puro de disolución y te brinda con tantas copas de torpeza? Allí, en efecto, los adulterios, allí la violación de los casamientos, mujeres de rompe y rasga, hombres pervertidos, jóvenes afeminados, todo, en fin, rebosante de iniquidad, monstruosidad y torpeza. No debían, pues, reír los espectadores, sino llorar y gemir amargamente. ¿Pues qué?, me gritas. ¿Vamos a cerrar la escena y por tu palabra va a trastornarse todo? ¡No! Ahora es ciertamente cuando todo está trastornado. ¿De dónde, dime por favor, proceden las asechanzas contra los matrimonios, sino de esa escena? ¿De dónde salen los que taladran las cámaras nupciales, sino del teatro? ¿No vienen de ahí los hombres que se muestran duros con sus mujeres? ¿No vienen de ahí las mujeres que son despreciadas por sus maridos? ¿No vienen de ahí la mayoría de los adulterios?

282.- De suerte que quien lo trastorna todo es justamente el que va al teatro; ése es el que ha introducido esta terrible tiranía de la disolución. No, me contestas, todo esto está ordenado por las leyes. ¡Entonces, te respondo yo, el raptar a las mujeres, el corromper a los muchachos, el trastornar a las familias es obra de los que ocupan las ciudadelas, obra de los que mandan! ¿Y quién, me dices, se ha hecho adúltero a consecuencia de estos espectáculos? ¿Y quién no se ha hecho?, te respondo yo. Si fuera lícito citar aquí nombres, yo te demostraría a cuántos maridos han separado de sus mujeres, a cuántos cogieron cautivos aquellas rameras de la escena, a unos arrancándolos del mismo lecho nupcial, a otros no dejándoles siquiera pensar en el matrimonio.

283.- ¿Pues qué? Dime, ¿vamos a trastornar las leyes todas? ¡No! Derribando esos teatros, lo único que se trastorna es una iniquidad. Porque de ahí, por lo menos, las sediciones y los tumultos. Porque quienes viven de la escena y venden su voz a su vientre; los que tienen por profesión el vicio y el cometer cualquier extravagancia, ésos son los que mejor encandilan a la chusma y los que producen los tumultos en las ciudades. Y es así que una juventud entregada a la ociosidad y nutrida en tales males, se vuelve más salvaje que todas las fieras.

284.- Hay honestas diversiones fuera del teatro.-
7. ¿De dónde, dime, proceden los hechiceros? ¿No vienen de que esas gentes quieren excitar a una chusma vanamente ociosa, de que quieren que los farsantes se aprovechen de los frecuentes tumultos y de que enfrentan a las mujeres perdidas con las honradas? Porque llevan sus embustes a extremo tal, que no vacilan en turbar la paz de los huesos de los difuntos. ¿No proceden también de que se ven forzados a gastar enormes sumas en esos abominables coros del diablo? ¿Y de dónde viene la disolución, con toda su infinita secuela de males? ¿Ves cómo eres tú el que trastornas la vida al abogar por el teatro? Yo, empero, que pido su destrucción, más bien la sostengo. ¡Derribemos, pues, el teatro!, me contestas. ¡Ojalá fuera posible derribarlo! O, mejor, con sólo que queráis, por lo que a nosotros toca, ya está derribado, ya está por el suelo. Sin embargo, yo no pido siquiera tanto.

285.- Queden en pie los teatros; pero no los frecuentéis, lo que es mérito mayor que derribarlos. Y si no a otros, imitad en esto a los bárbaros, que están limpios de semejantes espectáculos. ¿Qué excusa podremos ya poner nosotros, nosotros ciudadanos de los cielos, que entramos en los coros de los querubines y somos compañeros de los ángeles, si en esto nos hacemos peores que los bárbaros? ¡Y eso cuando tantos modos mejores tenemos de divertirnos! Si quieres, en efecto, recrearte, pasea por los jardines, por la orilla del río y de los lagos. Contempla los parques, escucha el canto de las cigarras, visita las tumbas de los mártires. Allí, juntamente con la salud de tu cuerpo, hallarás provecho para tu alma; allí no hay daño alguno, allí el placer no va seguido del remordimiento, como en los teatros.

286.- Tienes mujer y tienes hijos. ¿Qué placer puede compararse con ése? Tienes tu casa, tienes amigos. Estos, sí, son placeres, en que el provecho es perfectamente compatible con la castidad. ¿Qué hay, dime por tu vida, para quien vive castamente, más dulce que la mujer y los hijos? Por lo menos se cuenta de unos bárbaros haber dicho una palabra llena de filosofía. Como oyeran hablar de estos teatros de iniquidad y del placer indecente que procuraban: “¡Cualquiera diría, dijeron, que los romanos han inventado semejantes pasatiempos por no tener mujeres ni hijos!” Con lo que daban a entender que, si se quiere vivir honestamente, no hay nada más dulce que la mujer y los hijos.

287.- Sin espectadores no habría teatro.-
¿Y qué, objetas, si yo te demuestro que hay quienes ningún daño reciben de la frecuentación del teatro? A lo que yo te contestaré que ya es muy grande daño pasar allí inútilmente el tiempo y ser escándalo para los otros. Aun cuando tú personalmente no sufras daño, con tu presencia aficionas más al otro al espectáculo. Pero ¿cómo podrá decirse que tú no sufres daño, cuando contribuyes a los que se producen? Porque el hechicero, y el joven pervertido, y la mujer perdida, y todos aquellos coros del diablo, sobre tu cabeza harán caer la culpa de todo lo que allí se hace. Porque, si no hubiera espectadores, tampoco habría quienes se dedicaran a esas infamias; pero como los hay, también ellos tendrán parte en el fuego que ha de castigar lo que allí se hace.

288.- En conclusión, aun suponiendo que tu castidad no tuviera que sufrir nada allí, lo cual es imposible, aun tendrás, sin embargo, que dar grave cuenta de la perdición de los otros: de los que contemplan el espectáculo y de los que atraen a los espectadores. Y, a la verdad, mucho hubiera ganado tu castidad si no hubieras acudido allí. Porque si aun ahora te mantienes casto, más casto serías de no haber frecuentado tales vistas.

289.- Exhortación final: ¡Basta de vanas excusas!
No porfiemos, pues, vanamente. No excogitemos defensas insensatas. Sólo tenemos una defensa: huir del horno de Babilonia, estar muy lejos de la ramera egipcia, aun cuando tuviéramos que escapar desnudos de sus manos. De este modo gozaremos del placer más puro, pues no nos acusará nuestra conciencia viviremos con castidad la presente vida y alcanzaremos los bienes venideros por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

TEOLOGIA 3 - CICLO C - TEMA 1

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A.- Revelación y Biblia:

Visión de Conjunto.

1. Revelación natural. DIOS ha hablado a los hombres; se ha manifestado, revelado, que significa quitar velo, descubrir algo oculto. Sabemos por la Biblia que DIOS ha hablado a los hombres; las verdades y los preceptos fundamentales los ha revelado DIOS en la misma naturaleza: a Adán y a los patriarcas, por la llamada revelación primitiva o natural, que por vía oral se trasmite de generación en generación, en la naturaleza: “Lo invisible de DIOS, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia, a través de sus obras”. Romanos 1,20 “Los hombres muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia”. Romanos 2,15.
Efectivamente, hasta los paganos más salvajes saben que DIOS existe; que el alma humana es inmortal; que tienen libre voluntad. Sabe que no deben matar, robar, traicionar a los suyos, etc. Saben que estas cosas son malas; que ellos son responsables por lo malo que hacen, y que DIOS castiga sus maldades. Así, por revelación natural, escrita en su conciencia, los hombres saben suficiente para poderse salvar. “De forma que son inexcusables”, romanos 1,20, si no se salvan.

2. Revelación Sobrenatural. Nos ha hecho más fácil la salvación; hay hambre de DIOS, y por eso nos dice más cosas que la Revelación Natural; es la Revelación Sobrenatural. DIOS habló a Adán, a Noe, a Abraham, Isaac, Jacob. De forma más directa, a Moisés, o Mosaica en el Sinaí unos 1400 años antes de Cristo; trasmitida por Moisés al Pueblo elegido, y después, por los Profetas que está contenida en el Antiguo Testamento. Y la revelación Cristiana por medio de Jesucristo y sus Apóstoles, que forman el Nuevo Testamento y que la Iglesia Católica conserva fiel e íntegramente hasta el fin del mundo.

3. La Sagrada Tradición y la Biblia, que significa colección de Libros, nos revela los misterios Divinos. Contiene 46 libros del Antiguo Testamento, casi todos escritos en hebreo y 27 del Nuevo, escritos en griego.
El Pentateuco, cinco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, escritos desde el siglo 10 antes de Cristo; se da una relación del origen del mundo y la historia primitiva del Pueblo de Israel. Se atribuyen a Moisés.

4. Los Libros Históricos son 16: Josué y Jueces, escritos entre los siglos 11 al 5; Rut, hacia el 5, cuenta relatos de la conquista de la Tierra Prometida.- 1º y 2º de Samuel; 1º y 2º de Reyes, y 1º y 2º de Crónicas, escritos entre los siglos 8 al 5 y relata la vida de los hebreos en tiempo de la Monarquía. Esdras y Nehemías, escritos hacia el siglo 4, cuenta la historia del pueblo hebreo después del Exilio. Tobías hacia el siglo 4, Judit hacia el 1; y Ester hacia el 3, escrito en hebreo-griego; son narraciones populares con fondo histórico. 1º y 2º Macabeos, escrito en griego el 2º, es la historia del pueblo hebreo bajo las dominaciones extranjeras.

5. Los Libros Didácticos. Job, en hebreo, hacia el 5, es narración alegórica; Salmos, en hebreo, entre el 10 al 5, también se atribuyen al rey David, es colección de alabanzas; Proverbios, en hebreo, entre los siglos 7 al 5, es colección de sentencias; Eclesiastés, en hebreo, hacia el 3, colección de sentencias; Cantar de los Cantares, en hebreo, hacia el 5, es poema alegórico; Sabiduría, en griego, hacia el 1, colección de sentencias; Eclesiástico, en hebreo, hacia el 2, es un tratado ascético.

6. Libros Proféticos. Son revelaciones de los designios de DIOS sobre su pueblo y predicciones sobre el porvenir, para mantenerlo fiel a la Alianza: Isaías, en hebreo, entre los siglos 8 al 5; Jeremías, hebreo, hacia el 7; Lamentaciones, hebreo, hacia el 6; Baruc, en hebreo, hacia el 2; Ezequiel, en hebreo, hacia el 6; Daniel, en hebreo, arameo y griego, hacia el 2; Oseas, en hebreo, hacia el 8; Joel, en hebreo, hacia el 4; Amós, en hebreo, hacia el 8; Abdías, en hebreo, hacia el 5; Jonás, en hebreo, hacia el 4; Miqueas, en hebreo, hacia el 8; Nahum, en hebreo, hacia el 7: Habacuc, en hebreo, hacia el 7; Sofonías, en hebreo, hacia el 7; Ageo, en hebreo, hacia el 6; Zacarías, en hebreo, hacia el 6; Malaquías, en hebreo, hacia el 5.

7. Libros Históricos del Nuevo Testamento. Los cuatro Evangelios que cuentan la Buena Nueva predicada por Jesucristo: San Mateo, en arameo hacia el año 50 y después en griego hacia el 65; San Marcos, en griego, hacia el 64; San Lucas, en griego, hacia el 65; y San Juan, en griego, hacia el año 95; los Hechos de los Apóstoles, en griego, hacia el año 65, por San Lucas, donde cuenta la historia de la Iglesia primitiva.

8. Libros Didácticos del Nuevo Testamento. Las cartas de San Pablo, todas en griego con destinatario concreto: Romanos, hacia el 58; 1ª y 2ª Corintios, y a los Gálatas, hacia el 57; Efesios, del 61 al 63; 1ª y 2ª Tesalonicenses, hacia el 51; 1ª Timoteo, hacia el 65; 2ª Timoteo, hacia el 67; a Tito, hacia el 65; a Filemón, del 61 al 63; Hebreos hacia el 67, que algunos piensan que no era de San Pablo.

9. Cartas Católicas, sin destinatario concreto: Santiago, hacia el 58; 1ª de San Pedro, hacia el 64; 2ª de San Pedro, hacia el 70; las tres de San Juan, hacia el 95; la de San Judas, hacia el 70; todas en griego, dirigidas a las comunidades cristianas.

10. Libro Profético del Nuevo Testamento: El Apocalipsis de San Juan, en griego, hacia el 95; es una visión profética de lo que falta por venir.

B.- Teología:
Santificación del hombre.


11. Santidad y Perfección. La santificación esencial del hombre consiste en la Caridad o Amor de Dios, la unión del alma con Dios por medio de la Gracia, que se llama también Vida Sobrenatural o Divina; nos hace justos, semejantes a Dios y agradables a sus Divinos ojos.

12. En el Antiguo Testamento, Levítico 19, se nos dice: "Sed santos, porque Yo, Yahvé, soy Santo". En los Evangelios, San Mateo 5 y 19, se nos habla y pide la perfección del Padre de los cielos. San Pablo en sus cartas, varias veces nos habla claramente de la santidad. La Iglesia, a lo largo de su historia, nos pide santidad, nos la ofrece y nos propone ejemplos a imitar. En el Concilio Vaticano II se hace una llamada universal a la Santidad. Santidad y Perfección es sinónimo, y lleva al hombre a su plenitud, al participar más en las perfecciones Divinas.

13. Grados de Santidad o Perfección. Para ir al Cielo es necesario cumplir los Mandamientos, es decir, estar en Gracia de Dios, o alcanzarla en el último momento por el arrepentimiento. Es la guerra al pecado mortal.

14. Quien desea una mayor perfección, escucha los consejos de Jesús en el Evangelio, y se anima a seguirle en Pobreza, Castidad y Obediencia, declarando la guerra a todo pecado venial e imperfecciones, y buscando siempre lo positivo; creciendo cada día más en la vida de Gracia, en sí mismo, y en los demás. El grado de Gracia que alcancemos en la tierra al morir, será en grado de Gloria que nos acompañará en el Cielo por toda la Eternidad.

15. Planes de Dios. El hombre, al ser creado por Dios, recibió de El, al mismo tiempo que el ser creado, la justicia original, es decir, la Gracia Santificante, hábitos de las Virtudes sobrenaturales, y otros muchos dones que se clasifican en tres grupos:

16. Dones naturales, todo lo propio de la naturaleza humana en estado perfecto: hermosura, salud, fuerza, ingenio, fecundidad, inteligencia clara, voluntad recta, etc.

17. Dones sobrenaturales. Gracia Santificante, reflejo de la hermosura Divina, Virtudes infusas y Dones del Espíritu Santo, que les elevó al estado sobrenatural o participación de la misma Vida Divina.

18. Dones preternaturales o estado de integridad, que comporta dominio absoluto de las pasiones, ciencia infusa e inmortalidad corporal.

19. Caída del hombre y castigo. Nuestros primeros Padres Adán y Eva pecaron, desobedeciendo a Dios en la prueba que les puso. Perdieron inmediatamente la Gracia Santificante y la Integridad de la naturaleza. Este castigo llega a toda su descendencia: al perder los padres sus riquezas, los hijos nacen en la miseria.

20. El hombre quedó sólo con los dones naturales, y éstos, averiados, es decir, la inteligencia obscurecida, la voluntad debilitada y la inclinación al mal.

21. Restauración. Ya en el mismo momento del pecado, Dios promete la Redención, amargando de esta forma el triunfo pasajero del Diablo. La llevó a cabo Jesucristo por la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección, y nos la aplica la Iglesia.

22. Nacemos con el pecado original, se nos quita por el Bautismo, pero nos queda la inclinación al mal, que podemos superar con las ayudas que la Iglesia nos ofrece, pudiendo llegar a ser hijos de Dios y herederos del Cielo.

23. Por privilegio especial, fue liberada de este pecado la Virgen Inmaculada. Iba a ser Madre de Dios y no podía estar sujeta al Diablo ni siquiera un segundo. Ella, nueva Eva, concibe por obra del Espíritu Santo, y dará a luz, sin pérdida de su integridad es decir, como el rayo de sol atraviesa el cristal sin romperlo ni mancharlo, sino embelleciéndolo, al nuevo Adán, Jesucristo.

24. Por mucho mal que veamos a nuestro alrededor, podemos vencerlo con el bien, que nunca se acaba, porque nos viene de Dios. El cristianismo es la gran fortuna que tenemos que gozar y repartir.

25. Catecismo 1066 a 1112

LA VIRGEN MARÍA

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de Mons. Tihamet Toth.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.


¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)

474.- Y entonces brotó de labios de María el cántico de eterna hermosura, el Magníficat, que desvía de sí toda alabanza, todo homenaje, y los ofrece a DIOS. Mi alma engrandece al Señor; mi espíritu está trasportado de gozo en el DIOS salvador mío; porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava..., lo que haya en mí de bueno, de virtud hermosa, todo es limosna recibida de manos de DIOS. Cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que Le temen. Hizo alarde del poder de su brazo; deshizo las miradas del corazón de los soberbios; derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos despidió vacíos... ¿Es posible alabar más bellamente la Omnipotencia divina que vigila sobre el mundo con fuerza y dulzura? ¿Es posible fortalecer más nuestra fe puesta en DIOS?

475.- En cierta ocasión un hombre gravemente enfermo se desplomó en la calle. Lo llevaron a un hospital y llamaron a un sacerdote para que lo confesara. Pero el pobre hombre hacía ya tiempo que había perdido la fe de su juventud, por el duro y cruel camino de la vida; y por mucho que el sacerdote insistió en hablar con él, rechazaba con dureza la palabra del Ministro de DIOS. Más cuando éste, agotados ya todos los recursos, empezó a hablar de la madre del enfermo, se ablandó entonces el corazón empedernido y resurgió la fe sepultada de la niñez.

476.- ¡Cuántos hombres de nuestros días sienten menguar su fe por el camino amargo de la vida! ¡Cuántos la perdieron por completo! Debemos hablarles de la Madre celestial, para que por medio de Ella vuelvan a la fe viva de sus mayores. Gritemos nuevamente a Cristo: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó! Y escuchemos la respuesta que brota de los divinos labios: Bienaventurados más bien los que oyen la palabra de DIOS, y la ponen en práctica, San Lucas 11,28.

477.- El culto Mariano comunica unidad a nuestra fe; guarda la incolumidad, la pureza, la unidad de nuestra fe en Cristo. Hay quienes desconociendo la historia, afirman lo contrario.- El culto mariano, dicen, no es una práctica que nos venga del primitivo cristianismo. Hasta el año 431, en el Concilio de Éfeso no fue declarada Madre de DIOS; en 1854 fue definido el dogma de la Concepción Inmaculada; y le añadimos que en 1950 el Papa Pío 12 proclama la Asunción de la Virgen al Cielo en cuerpo y alma.

478.- La verdad es que realmente la Iglesia definió en esas fechas esos Dogmas, pero desde sus comienzos creía en ellos. La Iglesia define dogmáticamente una verdad, solamente si tal verdad de fe se ve atacada o está puesta en tela de juicio. La Virgen María siempre estuvo exenta de todo pecado original. El pintor español y sevillano, Murillo, unos trescientos años antes de que se definiera la Concepción Inmaculada de María ya pinto treinta cuadros magníficos de la Inmaculada, y en algún pueblo de España ya se celebraba su fiesta; el concilio de Trento en el siglo 16 anuncia la creencia de la Iglesia; San Efrén mil quinientos años antes también la defendió; el franciscano Duns Scoto en la Universidad de París ya decía: DIOS podía o no podía tener una Madre Inmaculada; DIOS quería o no quería tener una Madre Inmaculada; luego si podía y quería, la hizo: potuit, voluit, ergo fecit. Y San Lucas, inspirado por el Espíritu Santo, ya la llama Llena de Gracia; no lo estaría si no hubiera sido Inmaculada desde su concepción. Y San Bernardo la llama: llena para sí y súper llena para los demás.

HOMILIA 35

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No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la madre de su hija, y a la nuera de su suegra. Y los enemigos del hombre son los de su propia casa. Mateo 10,34 .

170.- No viene a traer paz sino espada.
1. Nuevamente presenta el Señor cosas duras, y con mucha energía por cierto, saliendo al paso de la objeción que podía ponérsele. Podían, en efecto, haberle dicho sus oyentes: ¿Luego tú has venido para matarnos a nosotros y a quienes nos sigan y llenar de guerra al mundo? Mas es Él quien les dice primero: No he venido a traer paz a la tierra. Entonces, ¿cómo es que les manda que al entrar en cualquier casa saluden con saludo de paz? ¿Cómo es también que los ángeles cantaron: Gloria a Dios en lo más alto y en la tierra paz? San Lucas 2, 14. ¿Cómo, es, en fin, que todos los profetas la anunciaron como noticia buena? Porque la paz principalmente consiste en cortar lo enfermo y en separar lo rebelde.

171.- Sólo a este precio se puede unir el cielo con la tierra. De este modo, cortando lo ya incurable, el médico salva el resto del cuerpo, y apartando los elementos de discordia, salva el general al ejército. Tal sucedió también en la torre famosa. Una paz mala deshizo una saludable discordia, y de ahí vino la verdadera paz. Génesis 11, 1-9. De este modo también Pablo trató de disociar a los que estaban muy de acuerdo contra él. Actos 23, 6-10. En el caso de Naboth, la concordia entre Acab y Jezabel fue peor que cualquier guerra. 1º Reyes 2,1-14. No siempre la concordia es buena; pues muy concordes entre sí andan también los bandoleros. La guerra, pues, no es obra que el Señor intente, sino que viene de la disposición de los hombres.

172.- Él ciertamente querría que todos los hombres tuvieran un sentir único en orden a la religión; mas como los sentires están en desacuerdo, de ahí la guerra. Sin embargo, no se lo dijo así, ¿Qué les dijo, pues? No he venido a traer la paz. Era un modo de consolarlos. No penséis, viene a decirles, que tenéis vosotros la culpa de esta guerra; soy yo quien la preparo, por estar los hombres en tales disposiciones. No os turbéis, pues, como si aconteciera algo inesperado. Yo he venido justamente para traer la guerra. Ésta es mi voluntad. No os turbéis, pues, de que la tierra arda en guerras e insidias. Cuando lo malo quede separado, entonces se unirá el cielo con lo bueno. Todo esto les decía, preparándolos contra la mala sospecha de que el vulgo les haría blanco. Y notad que no usó la palabra “guerra”, sino otra más enérgica: la espada.

173.- Y si esto suena con dureza y desagradablemente, no hay por qué maravillarse. El Señor quería ejercitar el oído de sus discípulos con la aspereza de las palabras, a fin de que, puestos en la dificultad de las cosas, no se volvieran atrás, y conforme a eso modela sus sentencias. Que no viniera luego nadie diciendo que los había convencido a fuerza de halagos y echando un velo sobre lo difícil. De ahí que lo mismo que podía haberles dicho de otro modo, se lo explica de éste, más desagradable y espantoso. Más valía, en efecto, que la realidad se mostrará un poco más blanda que no las palabras respecto a la realidad.

174.- Qué guerra trae el Señor.-
De ahí que ni aun con eso se contentará, sino que, desenvolviendo más particularmente qué clase de guerra venía a traer, les hace ver que era más dura que una guerra civil, y así les dice: He venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra. No sólo los amigos, dice, no sólo los ciudadanos, los parientes mismos, se levantarán unos contra otros y la naturaleza misma se escindirá contra sí misma. Porque yo he venido, dice, a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra. Porque no es ya que la guerra sea entre domésticos, sino que se enciende entre los más queridos y allegados. Ahí tenéis una buena prueba del poder del Señor, pues oyéndole decir tales cosas, las aceptaron sus discípulos, y éstos persuadieron a otros a que también las aceptaran.

175.- Sin embargo, no era Él autor de ellas, sino la propia maldad de los hombres. Ahora, que Él diga ser quien lo hace, es modo ordinario de hablar de la Escritura. Así dice en otra parte: DIOS les dio ojos para que no vieran. Isaías 6,9. De modo semejante se expresa aquí el Señor. Es que quería, como antes he dicho, que, meditando sus discípulos en sus palabras, no se turbaran cuando fueran insultados y maltratados. Ahora bien, si hay quienes piensan que estas palabras son demasiado duras, acuérdense de la historia antigua. En los pasados tiempos acontecieron hechos que demuestran perfectamente el parentesco entre uno y otro Testamento y cómo el que ahora dice esto es el mismo que antaño mandara lo otro.

176.- Porque fue así que en la historia del pueblo judío hubo ocasiones en que sólo cuando cada uno hubo dado muerte a su vecino, sólo entonces se calmó la cólera divina; por ejemplo, cuando fundieron el becerro de oro y cuando se iniciaron en los ritos del Beelphegor. Éxodo 32, 26-30; Números 25. ¿Dónde están, pues, ahora los que sueñan con que el DIOS del Antiguo Testamento es malo, y el del Nuevo bueno? ¡Bueno, cuando ha llenado el mundo de sangre de parientes! Sin embargo, nosotros afirmamos que aun esto es obra de su amor a los hombres. De ahí justamente que para hacer ver que es el mismo que el que ordenó lo antiguo, recuerda el Señor una profecía, que, si bien no se dijo a este propósito, viene, sin embargo, a expresar lo mismo. ¿Qué profecía es ésa?

177.- Los enemigos del hombre son los de su propia casa. Miqueas 7,5-6. Porque también entre los judíos aconteció algo semejante a lo que aquí dice el Señor. Había entre ellos profetas y pseudo profetas. El pueblo andaba dividido y las familias estaban escindidas. Unos se adherían a unos y otros a otros. De ahí la exhortación del profeta: No creáis a los amigos, no os fiéis de vuestros guías. Guárdate de la propia compañera de tu lecho y no le confíes secreto alguno, pues los enemigos del hombre son sus propios domésticos. Así hablaba el Señor, porque quería que el que había de recibir su palabra estuviera por encima de todas las cosas. Porque lo malo no es el morir, sino el mal morir. Por eso dijo también: Fuego he venido a traer a la tierra. San Lucas 12,49. Palabras con que nos significa la vehemencia y ardor del amor que nos exige.

178.- Como Él nos ha amado tanto, así quiere también ser amado de nosotros. Estas palabras tenían que templarlos para la lucha y levantarlos por encima de todo. Porque si los otros, les viene a decir, tendrán que menospreciar parientes, hijos y padres, considerad qué tales habremos de ser nosotros maestros de ellos. Porque las cosas arduas de mi doctrina no han de terminar en vosotros, sino que pasarán también a los que después de vosotros vinieren. Porque, como yo he venido a traer grandes bienes, también exijo grande obediencia y resolución.

179.- Amor sobre todo amor.-
El que ama a su padre o a su madre por encima de mí, no es digno de mí. Y el que ama a su hijo o a su hija por encima de mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz y viene en pos de mí, no es digno de mí. Mirad la dignidad del Maestro. Mirad cómo se muestra a sí mismo hijo legítimo del Padre, pues manda que todo se abandone y todo se posponga a su amor. Y ¿qué digo, dice, que no améis a amigos ni parientes por encima de mí? La propia vida que antepongáis a mi amor, estáis ya lejos de ser mis discípulos. ¿Pues qué? ¿No está todo esto en contradicción con el Antiguo Testamento? ¡De ninguna manera! Su concordia es absoluta. Allí, en efecto, no sólo aborrece a DIOS a los idólatras, sino que manda que se los apedree, y en el Deuteronomio, admirando a los que así obran, dice Moisés: El que dice a su padre y a su madre: No os he visto; el que no conoce a sus hermanos y no sabe quiénes son sus hijos, ése es el que guarda tus mandamiento. Deuteronomio 33,9.

180.- Y si es cierto que Pablo ordena muchas cosas acerca de los padres y manda que se les obedezca todo, no hay que maravillarse de ello, pues sólo manda que se le obedezca en aquello que no va contra la piedad para con DIOS. Y, a la verdad, fuera de eso, cosa santa es que se le tribute todo honor. Más, cuando exijan algo más del honor debido, no se les debe obedecer. De ahí que diga San Lucas: El que viene a mí y no aborrece a su padre, y a su madre, y a su mujer, y a sus hijos, y a sus hermanos, más aún, a su propia vida, no puede ser mi discípulo. San Lucas 14, 26. Sin embargo, no nos manda el Señor que los aborrezcamos de modo absoluto, pues ello sería sobremanera inicuo. Si quieren, dice, ser amados por encima de mí, entonces, sí, aborrécelos en eso. Pues eso sería la perdición tanto del que es amado como del que ama.

181.- Hay que aborrecer la propia vida.-
2. Con este modo de hablar quería el Señor templar el valor de los hijos y amansar también a los padres que tal vez hubieran de oponerse al llamamiento de sus hijos. Porque, viendo de su fuerza y poder era tan grande que podía separar de ellos a sus hijos, desistieran de oponérseles, como quienes intentaban una empresa imposible. Luego por que los padres mismos no se irritarán ni protestarán, mirad cómo prosigue el Señor su razonamiento. Después que dijo: El que no aborrece a su padre y a su madre, añadió: Y hasta a su propia vida. ¿A qué me hablas, dice, de padres y hermanos y hermanas y mujer? Nada hay más íntimo al hombre que su propia vida. Pues bien, si aun a tu propia vida no aborreces, sufrirás todo lo contrario del que ama, será como si no me amaras.

182.- Y no nos manda simplemente que la aborrezcamos, sino que lleguemos hasta entregarla a la guerra, a las batallas, a la espada y a la sangre. Porque el que no lleva, dice, su cruz y sigue en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Porque no dijo simplemente que hay que estar preparado para la muerte violenta, sino también para la ignominia. Nada, sin embargo, les dice todavía de su propia pasión, pues quería que, bien afianzados antes en estas enseñanzas, se les hiciera luego más fácil de aceptar lo que sobre ella había de decirles. Ahora bien, ¿no es cosa de admirarse y pasmarse que, oyendo todo esto, no se les saliera a los apóstoles el alma de su cuerpo? Porque lo duro por todas partes se les venía a las manos; el premio, empero, estaba todo en esperanza.

183.- ¿Cómo es, pues, que no se les salió? Porque era mucha la virtud del que hablaba y mucho también el amor de los que oían. De ahí que ellos, que oían cosas más duras y molestas que las que se mandaron a aquellos grandes varones, Moisés y Jeremías, permanecieron fieles al Señor y no le contradijeron.

184.- El que pierde su vida, la gana.-
El que hallare, dice, su vida, la perderá, y el que perdiere su vida por causa mía la encontrará. ¿Veis cuán grande es el daño de los que aman de modo inconveniente? ¿Veis cuán grande la ganancia de los que aborrecen? Realmente, los mandatos del Señor eran duros. Les mandaba declarar la guerra a padres, hijos, naturaleza, parentesco, a la tierra entera y hasta a la propia vida. De ahí que tiene que ponerles delante el provecho de tal guerra, que es máximo. Porque no sólo, viene a decirles, no os ha de venir daño alguno de ahí, sino más bien provecho muy grande. Lo contrario, empero, sí que os dañaría. Es el procedimiento ordinario del Señor: por lo mismo que deseamos, nos lleva a lo que Él pretende. ¿Por qué no quieres despreciar tu vida? Sin duda porque la quieres mucho.

185.- Pues por eso mismo debes despreciarla, ya que así le harás el mayor bien y le mostrarás el verdadero amor. Y considerad aquí la inefable sabiduría del Señor. No habla sólo a sus discípulos de los padres, ni sólo de los hijos, sino de lo que más íntimamente nos pertenece, que es la propia vida, y de lo uno resulta indubitable lo otro. Es decir, que quiere que se den cuenta cómo odiándolos les harán el mayor bien que pueden hacerles, pues así acontece también con tu vida, que es lo más necesario que tenemos.

186.- Premios a la hospitalidad con los enviados del Señor.-
Todo esto, ciertamente, eran motivos suficientes para persuadir a ejercitar la hospitalidad con quienes venían a traer la salud a los mismos que los acogieran. Porque ¿quién no había de recibir con la mejor voluntad a tan generosos y valientes luchadores, a los que recorrían la tierra entera como leones, a quienes todo lo suyo desdeñaban a trueque, de llevar la salud a los demás? Sin embargo, aun pone el Señor otra recompensa, haciendo ver que en esto se preocupa Él más de los que reciben que de quienes son recibidos. Y ante todo les concede el más alto honor, diciendo: El que a vosotros os recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. ¿Puede haber honor mayor que recibir juntamente al padre y al Hijo?

187.- Pues aún promete el Señor otra recompensa juntamente con la dicha: Porque el que recibe, dice, a un profeta en nombre de profeta, recibirá galardón de profeta; y el que recibe a un justo en nombre de justo, recibirá galardón de justo. Antes había amenazado con el castigo a quienes les negaran hospitalidad; ahora señala los bienes que les ha de conceder. Y por que os deis cuenta que se preocupa más de quienes reciben que de sus propios apóstoles, notad que no dijo simplemente: El que recibe a un profeta; o: En nombre de justo. Es decir, si no le recibe por alguna preeminencia mundana ni por otro motivo perecedero, sino porque es profeta o justo, recibirá galardón de profeta o galardón de justo.

188.- Lo que se ha de entender o que recibirá galardón de quien reciba a un profeta y a un justo, o el que corresponde al mismo profeta o justo. Es exactamente lo que decía Pablo: Que vuestra abundancia ayude a la necesidad de ellos, a fin de que también la abundancia de ellos ayude a vuestra necesidad. 2ª Corintios 8,14.

189.- Luego, por que nadie pudiera alegar su pobreza, prosigue el Señor: El que diere un simple vaso de agua fría a uno de estos pequeños míos sólo porque son mis discípulos, yo os aseguro que no perderá su galardón. Un simple vaso de agua fría que des, que nada ha de costarte, aun de tan sencilla obra tienes señalada recompensa. Porque por vosotros, que acogéis a mis enviados, yo estoy dispuesto a hacerlo todo.

190.- Recapitulación.-
3. Mirad por cuántos medios los persuadió y cómo les abrió las puertas de toda la tierra. Y es así que de todas maneras les mostró que los demás son deudores suyos. Primero al decirles: Digno es el trabajador de que se le pague su jornal. Segundo, por enviarlos sin tener nada. Tercero, por mandarlos a la guerra y al combate en favor mismo de quienes los recibieran. Cuarto, por el hecho de haberles dado poder de hacer milagros. Quinto, por llevar la paz, fuente de todos los bienes, por boca de sus apóstoles, a las casas de los que los acogieran. Sexto, por amenazar con castigos más duros que los de Sodoma a quienes no los recibieran. Séptimo, mostrándoles que quienes los acogían, a Él mismo y al Padre acogían. Octavo, prometiendo el galardón de un profeta o de un justo. Noveno, prometiendo grandes recompensas por un simple vaso de agua fría.

191.- Motivos de la hospitalidad y de la caridad.-
Cada uno de estos motivos, por sí solo era bastante para mover a todos a la hospitalidad para con los apóstoles. ¿Quién, en efecto, decidme, no recibiría y abriría de par en par las puertas de su casa a un general al que viera cubierto de heridas y ensangrentado, que vuelve de la guerra y del combate, después de haber levantado muchos trofeos de victoria? Y ¿quién es ese general?, me dirás. Pues justamente, añadió el Señor: en nombre de discípulo o de justo, por que adviertas que pone Él su recompensa no tanto en razón de la dignidad del que recibe hospedaje cuanto en razón de la intención del que hospeda. Aquí, a la verdad, habla de profetas, de discípulos y de justos; pero en otro lugar nos manda acoger a los más despreciados y castiga a quienes no los reciban: En cuanto no lo hicisteis con uno solo de estos muy pequeños, tampoco conmigo lo hicisteis. San Mateo 25, 45.

192.- Y nuevamente dice lo contrario sobre los mismos, pues aun cuando el necesitado no tenga ninguno de esos títulos, basta que es un hombre que habita el mismo mundo que tú, contempla el mismo sol, tiene la misma alma y el mismo Señor, toma parte en los mismos sacramentos que tú, está llamado al mismo cielo y tiene un grande título, su pobreza y necesidad, para recibir el necesario sustento. Mas es lo cierto que a quienes te quitan el sueño durante el invierno con sus flautas y zampoñas y te molestan sin razón ni motivo, tú los despachas con una buena porción de regalos. Igualmente los que andan vendiendo golondrinas, los que se embadurnan de hollín y maldicen a todo el mundo, reciben también paga de sus truhanerías.

193.- Mas si se te acerca un pobre a pedirte un pedazo de pan, allí son las malas palabras y reprensiones, allí culparle de holgazán, injuriarle, insultarle y hacer burla de su miseria. Y no consideras dentro de ti mismo que tú también eres un holgazán, y, no obstante, DIOS te concede tus dones. Y no me vengas con que tú estás ocupado en algo, sino intenta demostrarme que lo que haces y llevas entre manos es realmente cosa necesaria. Y si me dices que te dedicas a la economía y al comercio, al cuidado y acrecentamiento de tu hacienda, yo te respondo que ésos no son propiamente trabajos. Los verdaderos trabajos son la limosna y la oración y la protección de los oprimidos y tantas cosas semejantes, respecto a las cuales nuestra ociosidad es perpetua.

194.- Y, sin embargo, jamás nos ha dicho Dios a nosotros: Puesto que vives ocioso, no te voy a encender el sol; como realmente no te dedicas a nada necesario, voy a apagar la luna, a esterilizar el seno de la tierra, a secar los lagos, las fuentes y los ríos; a destruir el aire y a retener las lluvias de todos los años. No, nada de esto nos dice, sino que todo nos lo procura generosamente. Y de todos estos bienes suyos permite gozar, no sólo a los ociosos, sino a los mismos que obran mal. Así, pues, cuando veas a un pobre y estés tentado de decirle: Me sofoca que este hombre, que es joven y está sano y no tiene nada, quiera comer sin trabajar, que a lo mejor es un esclavo fugitivo que ha abandonado a su señor. 195.- Todo esto, dítelo a ti mismo, o, mejor aún, déjale al pobre que te lo diga libremente, y tendrá más razón que cuando se lo dices tú a él: Me sofoca que, estando tú sano, vivas ocioso, sin hacer nada de lo que DIOS te ha mandado; eres un fugitivo de los mandamientos de tu Dueño y andas de acá para allá a la maldad: Tú te embriagas y arruinas las casas ajenas. Tú me acusas a mí de mi ociosidad; pero yo a ti de tus malas obras: de tus insidias, de tus juramentos, de tus mentiras, de tus rapiñas y de otras infinitas cosas semejantes.

196.- Nada nos excusa de dar limosna al pobre.-
4. Al hablar así, no pretendo sentar como ley la ociosidad. ¡DIOS me libre! Yo quiero muy de veras que todo el mundo trabaje, pues la ociosidad es maestra de todos los vicios. A lo que os exhorto es a que no seáis duros y crueles con el pobre. También Pablo dirige mil reprensiones a los ociosos y él fue quien dijo: El que no quiera trabajar, que tampoco coma. 2ª Tesalonicenses 3,10; pero no se detuvo ahí, sino que prosiguió: Mas vosotros no os canséis de hacer bien, verso 13. Una verdadera contradicción. Porque si has mandado que no coman, ¿cómo nos exhortas a darles? Sí, contesta Pablo, yo he mandado que se aleje todo el mundo de ellos, que no se trate con ellos, pero también dije: No los tengáis por enemigos, sino corregidlos, verso 15. Con lo cual no pongo leyes contradictorias, sino perfectamente armónicas.

197.- Porque si tú estás pronto para la limosna, el pobre se librará muy pronto de la ociosidad y tú de la crueldad. Pero es que miente y se inventa mil excusas, me dirás.
Motivo de más para tenerle compasión, pues ha venido a parar a la necesidad de cometer tales desvergüenzas. Mas nosotros no sólo no le tenemos compasión, sino que por añadidura le decimos cruelmente: ¿No te han dado ya una y dos veces? ¿Y qué? Por haber comido una vez, ¿no tiene ya que comer más? ¿Por qué no impones esas leyes a tu propio vientre y le dices: Ya te hartaste ayer y anteayer? No pidas ahora más. A tu vientre, empero, le haces reventar sobre medida, y al pobre que te pide lo estrictamente necesario lo rechazas, cuando debiera ser motivo de compadecerle el hecho de que tenga que venir a pedir todos los días.

198.- Realmente, si otra cosa no te conmueve, eso por lo menos debiera conmoverte, pues a eso le fuerza la necesidad de la pobreza. Ésta es la que le hace importuno. Tú no le compadeces, porque oyendo tus improperios no siente vergüenza. Es que la necesidad es más poderosa que tus improperios. Y no sólo no le compadeces, sino que le expones a pública ignominia. Y cuando DIOS te manda hacer la limosna calladamente, tú te paras a hacer más notorio al que te pide y a insultarle por lo mismo que debieras compadecerle. Si no le quieres dar, ¿por qué encima le culpas y atribulas a un alma ya de suyo miserable y desgraciada?

199.- El pobre se acercó a ti buscando tus manos como un puerto a su miseria; ¿qué necesidad hay de que le levantes nuevas olas y hagas más dura la tormenta? ¿Por qué le echas en cara su vileza? Si hubiera barruntado que le ibas a hablar así, ¿acaso se hubiera acercado? Y si, aun previéndolo, se te acercó, motivo es ése de que a él le compadezcas y de que tú te horrorices de tu crueldad, pues ni aun a la vista de esa necesidad inexorable te vuelves un poco más blando. Tú no crees que baste para excusar su importunidad la necesidad en que le pone el hambre, y le culpas de importunidad; mas tú has sido muchas veces más desvergonzado que ese pobre, aun en cosas muy graves.

200.- Aquí, en verdad, se puede perdonar el descaro; pero nosotros lo tenemos al hacer acciones dignas de castigo; y cuando debiéramos ser humildes considerando esas mismas acciones nuestras, llegamos a insultar a esos desgraciados; y a quienes nos piden medicina, les abrimos una llaga. Si no le quieres dar, ¿por qué encima le hieres? Si no tienes intención de socorrerle, ¿por qué encima le injurias? ¡Es que no hay otra manera de echárselo de encima? Pues obra como mandó aquel sabio que dijo: Respóndele con mansedumbre palabras de paz. Eclesiástico 4,8. Porque a buen seguro que no es importuno por el gusto de serlo. No hay hombre, no hay absolutamente un hombre que tenga gusto en pedir importunamente. No.

201.- Por más que se empeñaran en convencerme de ello, jamás podré yo creer que quien tiene abundantemente para vivir se entregue de buena gana a la mendicidad. Que nadie, pues, nos engañe. Si es cierto que Pablo dice: El que no quiera trabajar, que tampoco coma, se lo dice a los perezosos, no a nosotros. A nosotros nos dice lo contrario: No os canséis de hacer bien. Así lo hacemos nosotros mismos en casa. Cuando hay dos que riñen, los tomamos aparte de cada uno, y a cada uno le decimos lo contrario. Así lo hicieron también DIOS y Moisés. A DIOS mismo le decía Moisés: Si les quieres perdona su pecado, perdónaselo; si no, bórrame a mí del libro de los vivos. Éxodo 32, 32.

202.- Al pueblo, empero, mandó que se acuchillaran los unos a los otros, sin respetar parentesco de ninguna clase. Realmente, lo uno era contrario a lo otro; todo, sin embargo, apuntaba a un mismo fin. DIOS a su vez, oyéndolo los judíos, le decía a Moisés: Déjame, que quiero aniquilar a este pueblo. Éxodo 32, 10. Porque si bien el pueblo no estaba presente cuando DIOS le dijo eso a moisés, luego, sin embargo, habían de enterarse de ello. Privadamente, en cambio, DIOS le exhorta a Moisés a lo contrario. Lo mismo se vio forzado Moisés a expresar más adelante: ¿Es que los he concebido yo en mi seno para que me digas: Llévalos como una nodriza lleva al niño que mama a sus pechos? Números 11, 12.

203.- Es lo mismo que sucede en una casa. Muchas veces el padre, al maestro que trata duramente al niño, le reprende particularmente diciéndole: No sea áspero y duro. Al muchacho, en cambio, le dice lo contrario: Aun cuando te maltrate sin razón, has de sufrirlo. Por caminos contrarios llega al mismo término: el bien de su hijo. Así también Pablo, a los que estando buenos se daban a la mendicidad, les decía: El que no quiera trabajar, que tampoco coma. Era obligarlos a trabajar. Más a los que podían dar limosna, los exhorta: Mas vosotros no os canséis de hacer bien. Que era llevarlos a dar limosna. E igualmente, en la carta a los romanos, cuando exhortaba a los de las naciones a no sentir orgullo contra los judíos y les puso el ejemplo del olivo silvestre, se ve también que dice unas cosas a un bando y otras a otro.

204.- No caigamos, pues, en crueldad, sino oigamos la exhortación de Pablo mismo: No os canséis de obrar bien. Oigamos también al Señor, que nos dice: A todo el que te pidiere, dale. San Mateo 5, 42. Y: Sed misericordiosos, como vuestro Padre. San Lucas 6,36. A la verdad, ¡cuántas cosas dijo el Señor y, no obstante, en ninguna otra ocasión, fuera de la misericordia, nos puso por blanco a su propio Padre! Es que nada nos hace tan semejantes a DIOS como hacer beneficios a los otros.

205.- Somos más desvergonzados que los pobres.-
5. Pero nada hay me replicasmas desvergonzado que un pobre. ¿Por qué razón?, dime por favor. Porque viene detrás gritando? ¡Muy bien! ¿Quieres que te demuestre que nosotros somos más desvergonzados y que tenemos menos consideración que el pobre? Acuérdate, te ruego ahora, cuántas veces en tiempo de ayuno, que la comida se sirve por la tarde, has llamado al esclavo y por acudir algo despacio lo has echado todo a rodar, coceando, maldiciendo, insultando, todo por unos momentos de dilación, y sabiendo muy bien que, si no inmediatamente, de todos modos no te había de faltar comida.

206.- Tú, pues, que por una nonada te enfureces, no te calificas a ti mismo de impudente; al pobre, empero, que teme y tiembla por motivos mucho más importantes, pues no se trata en él de que tarde más o menos la comida, sino de comer o no comer en absoluto; al pobre, digo, le llamas imprudente, descarado y sinvergüenza, con toda la abundancia de improperios que te vienen a la boca. ¿No es eso justamente la suma desvergüenza? Mas como no reflexionamos sobre ello, de ahí que tengamos a los pobres por gente molesta.

207.- Examinémonos a nosotros mismos.-
Si examináramos nuestros defectos y los comparáramos con los de ellos, no los tendríamos por pesados. No seas, pues, juez amargo. Aun cuando estuvieras libre de todo pecado, ni aun en ese caso te permitiría la ley de DIOS ser tan riguroso examinador de los pecados ajenos. Por ahí se perdió el fariseo. ¿Y pensamos tener nosotros excusa alguna? Si a los que obran bien no les permite el Señor juzgar ásperamente la conducta de los demás, mucho menos a los que son pecadores.

208.- No seamos soberbios ni crueles.-
No seamos, pues, crueles, inclementes, inexorables y sin amor; no seamos peores que las mismas fieras. Y a la verdad, yo sé de muchos que han llegado a punto tal de fiereza que, por no hacer un mínimo esfuerzo, dejan que otros se mueran de hambre y se excusan con razones como éstas: No tengo aquí ahora esclavo ninguno; estamos lejos de casa; no hay cambista conocido mío por aquí. ¡Qué crueldad! ¡Qué soberbia! ¿Has hecho lo más y no vas a poder con lo menos? ¿Por no dar tú unos pasos, el otro se va a morir de hambre? ¡Qué insolencia, qué soberbia! Aun cuando tuvieras que andar diez estadios, no debieras vacilar. ¿No caes en la cuenta que de este modo se te acrecienta tu galardón? Porque si sólo das, sólo por tu limosna se te recompensará; pero si además andas unos pasos, aun de eso se te reserva galardón.

209.- Precisamente por eso admiramos al patriarca Abrahán: él mismo corrió al rebaño de vacas y tomó un novillo, a pesar de que tenía trescientos dieciocho criados nacidos en su casa. Génesis 14,14; 18,7. Ahora, empero, hay algunos tan llenos de soberbia, que eso lo hacen por medio de sus esclavos y no se avergüenzan de ello.
¿Quieres entonces, me replicas, que lo haga por mí mismo? ¿Y no tendrá eso visos de vanagloria? Sin embargo, también ahora te dejas llevar de otra vanagloria, pues tienes rubor de que te vean hablando con un pobre. Pero no quiero en esto llevar las cosas tan por los cabos. Basta que des, ora por ti mismo, ora por otros, y que no recrimines, no hieras, no insultes al pobre. El que a ti se acerca, necesita de medicinas, no de heridas; de compasión, no de que le claves la espada.

210.- La buena palabra es mejor que la limosna.-
Dime, en efecto: si un herido por una pedrada, con una herida en la cabeza, pasando de largo a todos los demás, viniera a postrarse, chorreando sangre, a tus rodillas, ¿acaso le darías tú con otra piedra, añadiendo herida a herida? No puedo pensarlo. No; lo que harías es intentar inmediatamente curarlo. ¿Cómo es, pues, que con los pobres haces lo contrario? ¿No sabes qué fuerza tiene una palabra, lo mismo para levantar para abatir? Mejor es, dice la Escritura, la palabra que el don. Eclesiástico 18, 16. ¿No adviertes que te clavas la espada a ti mismo y eres tú el que recibes más grave herida cuando el pobre se retira injuriado, secretamente gimiendo y derramando muchas lágrimas?

211.- A la verdad, Dios es quien te envía al pobre. Considera, pues, si le insultas, a quién diriges tu insulto, puesto caso que Dios te lo envía y manda que le socorras, y tú no sólo no le das, sino que le injurias al venir a ti. Si todavía no comprendes lo extremadamente absurdo de tu conducta, mírala en un caso humano, y entonces verás con toda claridad lo enorme de tu pecado. Si tú mismo mandaras a un esclavo tuyo a cobrar de otro esclavo tu dinero y no sólo se volviera con las manos vacías, sino también injuriado, ¿qué no harías con el injuriador? ¿Qué castigo no le impondrías, dado caso que el injuriado eres tú mismo? Pues aplica el ejemplo a Dios. Él es el que nos manda los pobres y, si algo damos, de lo que Dios damos. Ahora bien, si, encima de no dar, los despachamos cubiertos de ignominia, considera con qué rayos se habrá de castigar semejante acción.

212.- Exhortación final: Unamos a la limosna las buenas palabras.
Considerando, pues, todo esto, pongamos freno a la lengua; echemos de nosotros toda inhumanidad; tendamos la mano para la limosna, y no sólo con dinero, sino con palabras también, tratemos de aliviar a los necesitados. De este modo escaparemos al castigo de la injuria y, por la bendición y la limosna, y no sólo con dinero, sino con palabras también, tratemos de aliviar a los necesitados. De este modo escaparemos al castigo de la injuria y, por la bendición y la limosna, heredaremos el reino de los cielos por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

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LA VIRGEN MARÍA

viernes, 11 de junio de 2010
de Mons. Tihamet Toth.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.


¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)

479.- El culto Mariano no sólo es compatible con nuestra fe, sino que guarda y corrobora su pureza y unidad. No hay ninguna herejía por amar mucho a la Virgen. ¿Quién puede honrar a María? Solamente los que creen en su Santo Hijo. La columna fundamental de nuestra fe es la divinidad de Jesucristo. De este hecho capital: Cristo es el DIOS que ha bajado a nosotros, fluye todo el sistema de la fe y la moral de la religión cristiana. Los que honran a María hablan así: Honro a María porque fue su Hijo Nuestro Señor Jesucristo, el Unigénito del Padre, el primero que la honró, naciendo de Ella; el que bajó a la tierra a rescatarnos y liberarnos de la condenación por medio de su Pasión; el que murió por nosotros, resucitó, subió a los Cielos. En una palabra: al honrar a María confesamos toda nuestra fe cristiana.

480.- De modo que el culto Mariano es el engarce de oro que guarda, como bello diamante, la Divinidad de Jesucristo. Y si al diamante no le daña un hermoso engarce, antes bien, el engarce realza todavía más el precio de la piedra, de un modo análogo el culto Mariano no sólo es compatible con la adoración de Cristo, sino que además la coloca en un engarce más y más consciente. Para nosotros, si el culto Mariano no es la cuestión principal, tampoco es accesoria, sin la cual pueda sostener la fe Católica. Para nosotros, lo principal es la Divinidad de Cristo, pero de ella se deriva necesariamente el culto de la Madre de DIOS. Así lo quiso El mismo, que pudiendo aparecer en la tierra como Adán, quiso nacer de la siempre Virgen María. Si adoro a Cristo, he de honrar también a su Madre, y si honro a la Madre de DIOS, sé adorar con más fervor a su Divino Hijo.

481.- Por otra parte, la misma Historia ofrece gran abundancia de datos para poner de manifiesto que los que niegan la Divinidad de Cristo, no salieron de las filas en que se honra a María, sino todo lo contrario, de aquellos sectores que al principio sólo suprimían el culto a la Virgen Madre, y sintiéndose después irremisiblemente arrastrados llegaron a los campos de hielo de la negación de Cristo. La historia dos veces milenaria y los que vengan, de la Iglesia, demuestra que cuando el árbol de la fe se desarrolla en suelo sano, siempre tuvo abundantemente las flores y los frutos a cual más bellos del culto Mariano; en cambio, cuando el culto Mariano se debilitaba o se secaba por completo, podía colegirse que la misma fe había declinado.

482.- Hay cristianos que no honran a María, porque, según dicen, el culto Mariano los distrae de Cristo, y ellos sólo quieren honrarle a El. Y no obstante, ¿qué es lo que vemos? El hecho peculiar de que donde se deja de honrar a María, decrece también el culto de Cristo, aun más, se cuartean los fundamentos de toda la fe cristiana. Nosotros honramos a María y adoramos a su Santo Hijo. Y donde se deja de honrar a María para dar, según se dice, más vida y campo al culto de Cristo, allá se discute sobre estos puntos: ¿Cristo fue verdadero DIOS o solamente hombre? ¿Vale la pena esgrimir armas en defensa del Credo íntegro? Después de tales consideraciones, adquiere un interés especial el hecho histórico de que la falsa reforma del siglo 16, no pudo apoderarse precisamente de los países en que el culto a la Virgen Bendita, el culto Mariano, tenía un vigor especial y florecía con abundancia.

483.- Y vemos que el culto Mariano es un medio eficaz para conservar la unidad de la fe. El centro de la familia es la madre. Mientras ella vive, aún los hijos mayores, que ya fundaron hace tiempo su familia, tienen cohesión y sienten al unísono, aunque falte el padre. Pero al morir ella, se destroza la familia. La Virgen Bendita también vino a ser fuerza de cohesión en la primera comunidad cristiana, después de la Resurrección de Cristo. Los Hechos de los Apóstoles, 1,14, consignan: todos los fieles, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en oración con las mujeres, y con María, la Madre de Jesús.





HOMILIA 37ª

miércoles, 12 de mayo de 2010
Cuando éstos se marcharon, empezó Jesús a hablar a las turbas acerca de Juan: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido de ropas delicadas?
Mirad que los que llevan ropas delicadas viven en los palacios de los reyes. ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, yo os lo aseguro, y más que un profeta. San Mateo 11,17.


245.- Las turbas sospecharon de Juan.-
1. El asunto de los discípulos de Juan se había resuelto bien, y se retiraron de la presencia de Jesús confirmados por los milagros que allí mismo le habían visto realizar. Ahora había que corregir también la opinión del pueblo. Los discípulos de Juan nada malo podían sospechar de su maestro; pero aquella muchedumbre ingente pudo sacar las más absurdas consecuencias de la pregunta que a Jesús le dirigieron, pues ignoraban la intención con que Juan los había enviado, y es muy probable que cuchichearan entre sí diciendo: ¿El que dio tan solemnes testimonios ha cambiado ahora de opinión, y está en dudas de si es éste el que ha de venir o hay que esperar a otro? ¿No dirá esto por estar en desacuerdo con Jesús? ¿No se habrá vuelto cobarde a fuerza de cárcel? ¿No serían vanas y sin sentido todas sus palabras anteriores?

246.- Como era, pues, muy natural que la gente se forjara sospechas por el estilo, mirad cómo corrige el Señor su flaqueza y elimina todas esas sospechas. Porque, cuando se marcharon ellos, empezó Jesús a hablar de Juan a las muchedumbres. ¿Por qué cuando aquéllos se marcharon? Para no dar la impresión de que adulaba a Juan. Mas al corregir al pueblo, no saca a relucir lo que éste sospechaba, sino que se contenga con dar la solución a los pensamientos que internamente los agitaban, con lo que les hacia ver que sabía Él los íntimos secretos de todos.

247.- Tampoco les dice cómo a los judíos: ¿Por qué pensáis mal? Mateo 4,9. Porque si es cierto que pensaban mal, no lo pensaban por malicia, sino por ignorancia del sentido de las palabras de Juan. De ahí que tampoco el Señor les habla ásperamente, sino que se contenta con corregir su modo de pensar, hace la apología de Juan y demuestra a las turbas que no había éste abandonado su opinión primera ni se había arrepentido.

248.- Juan no era un inconstante.-
Porque no era Juan un hombre ligero y versátil, sino muy asentado y firme; no era Juan tal que traicionara la misión que se le había confiado. E intentando el Señor asentar esta verdad, no la prueba de pronto por su propia afirmación, sino, ante todo, por el testimonio mismo del pueblo. Y así no sólo por lo que dijeron, sino también por lo que hicieron, los pone a ellos mismos por testigos de esa firmeza de Juan. De ahí que les diga: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? Como si dijera: ¿Por qué abandonasteis ciudades y casas y os juntasteis como un solo hombre en el desierto? ¿Acaso para ver a un hombre miserable y ligero? Eso no tendría sentido. No es eso lo que demuestra aquél afán, aquel correr todos a una hacia el desierto.

249.- Un pueblo tan enorme, tantas ciudades no se hubiera derramado entonces con tanto fervor por el desierto y a lo largo del Jordán, si no hubieran llevado la ilusión de contemplar a un hombre extraordinario, maravilloso y más firme que una roca. No salisteis ciertamente a contemplar una caña agitada por el viento. A una caña, en efecto, se parecen perfectamente los hombres ligeros, los que son fácilmente llevados de acá para allá, los que dicen ahora una cosa y luego otra y no están firmes en nada. Y notad cómo, dejando un lado el Señor todo otro defecto, sólo les habla de la ligereza que entonces particularmente les hacía a ellos sospechar y cómo les quita todo motivo de suponerla en Juan. ¿Pues qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido de ropas delicadas?

250.- Mirad que los que llevan vestidos delicados viven en los palacios de los reyes. Con lo que quiere decir que Juan no era naturalmente versátil. Y esto, viene a decir el Señor, vosotros lo pusisteis de manifiesto con vuestro fervor por ir a verlo. Mas tampoco se puede decir que, sí, Juan era de suyo firme, pero que, habiéndose entregado al placer, se volvió flojo. Los hombres son lo que son, unos por naturaleza, otros porque se hacen. Por ejemplo, hay quienes son naturalmente iracundos; otros adquieren esa enfermedad de su alma a consecuencia justamente de otra larga enfermedad corporal. Unos, igualmente, son ligeros y fáciles por naturaleza; otros se hacen tales por entregarse al placer y a la molicie. Pero Juan, les dice el Señor, ni es tal por naturaleza, pues no salisteis a ver una caña; ni por haberse entregado al placer, perdió la ventaja que le dio la naturaleza.

251.- Que no fue esclavo del placer, bien lo demuestra su vestido, el desierto y la cárcel. Porque, si hubiera querido vestir ropas blandas, no se hubiera ido a morar en el desierto ni se hubiera metido en la cárcel, sino que habría buscado los palacios. Y es así que, con sólo haber callado, hubiera podido gozar de infinitos honores. Porque si aun después que le reprendió: si aun estando en la cárcel, aun le temía Herodes, mucho menos le hubiera castigado de haber él guardado silencio. Si, pues, Juan dio prueba de su firmeza y constancia con sus obras, ¿cómo podía ser justa sospecha alguna en esas virtudes?

252.- La grandeza de Juan Bautista.-
2. Así, pues, habiendo el Señor caracterizado a Juan por el lugar en que viviera, por el vestido y por el mismo concurso del pueblo hacia él, ahora alega también al profeta. Y en efecto, después de decir: ¿Qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, yo os lo aseguro, más que un profeta, prosigue: Porque éste es de quien está escrito: Mira que yo envío a mi mensajero delante de ti, para que prepare tu camino delante de ti. Primero alega el Señor el testimonio de los judíos, y luego acomoda también el del profeta; o, por mejor decir, primero pone el voto de los judíos, que es la mejor demostración, por ser testimonio dado por enemigos; en segundo lugar, la vida de Juan; tercero, su propio juicio; cuarto, al profeta, y por todos los lados cierra la boca de quienes pudieran sospechar del Precursor.

253.- Tampoco pudieran decir que, sí, Juan era naturalmente firme, pero que luego había cambiado, pues ahí estaba su modo de vestir y la cárcel y, después de todo esto, el testimonio del profeta. Y ya que el Señor llamó a Juan mayor que un profeta, ahora les hace ver en qué es mayor que un profeta. ¿En qué es, pues, mayor? En que es el que está más cerca del que había venido. Porque yo te enviaré, dice, a mi mensajero ante tu faz, es decir, muy cerca de ti. Así como en una comitiva regia, los que van más cerca del coche real son los más ilustres entre todos; así Juan, que aparece momentos antes del advenimiento del Señor. Notad cómo de ahí declaró la excelencia del Precursor, y ni ahí se detuvo, sino que añadió su propio voto diciendo: En verdad os digo, no se ha levantado entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan.

254.- Realmente, la afirmación de Jesús basta para declarar esta grandeza; mas si queréis saberlo por la realidad misma, considerad su mesa, su manera de vida y la alteza de sus pensamientos. Juan vivía en la tierra como si morara ya en el cielo; estaba por encima de las necesidades de la naturaleza, seguía un camino maravilloso, gastaba su tiempo entero en himnos y oraciones, sin hablar con hombre alguno, y conversando, en cambio, continuamente con DIOS. A nadie conocía, por nadie fue jamás visitado. No se alimentaba de leche ni gozaba de lecho, ni de techo, ni de pública plaza, ni de ninguna otra de las comodidades humanas. Sin embargo, Juan sabía unir la mansedumbre a la firmeza. Mirad, si no, con qué moderación habla con sus discípulos, con qué valor al pueblo judío y con qué libertad al mismo rey. De ahí que dijera el Señor: Entre los nacidos de mujer, no se ha levantado nadie mayor que Juan Bautista.

255.- Juan no puede ser comparado a Jesús.-
Sin embargo, como la hipérbole misma de la alabanza podía engendrar alguna falsa idea, y estimaran los judíos a Juan más alto que a Jesús, mirad cómo también esto lo corrige el Señor. Y es así que, como de lo mismo que los discípulos de Juan se edificaron, pudo resultar daño para las turbas, teniéndole a Juan por hombre ligero, así ahora, de lo mismo que era corrección de las turbas, podía también resultarles mayor daño, si concebían de Juan más alta idea que de Cristo mismo, fundados en lo que de aquél se les decía. De ahí que el Señor los corrige, sin dejar lugar a sospecha alguna, diciendo: Pero el que es más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. Más pequeño por la edad y también en la opinión del vulgo, pues le llamaban comedor y bebedor y solían decir: ¿No es éste el hijo del carpintero? San Mateo 13,55.

256.- Y por todas partes le despreciaban. ¿Pues qué, objetarás, sólo por comparación con Juan es mayor el Señor? ¡De ninguna manera! Porque ni el mismo Juan intenta establecer comparación, cuando dice: Él es más fuerte que yo. San Mateo 3,11, ni tampoco la establece Pablo cuando, haciendo mención de Moisés, escribe: De mayor gloria que Moisés fue tenido Cristo por digno. Hebreos 3,3. Y, en fin el Señor mismo no se compara con Salomón cuando dice: Y aquí está quien es más que Salomón. San Mateo 12,24. Más aunque diéramos de barato que aquí habló comparativamente, ello fue pura dispensación del Señor, atendiendo a la flaqueza de sus oyentes. En realidad, la gente estaba muy embobada con Juan, y entonces justamente la cárcel y la libertad con que había reprendido al rey había hecho más gloriosa su figura. Ya era, pues, bastante que, por entonces, aceptaran la comparación con Jesús.

257.- A la verdad, también el Antiguo Testamento conoce este modo de corregir las almas de los que yerran, comparando lo que no admite comparación. Por ejemplo, cuando dice: No hay semejante a ti entre los dioses, Señor. Salmo 85,8. Y otra vez: DIOS como nuestro DIOS. Salmo 85,8; 74,14. Hay, sin embargo, intérpretes que afirman haber dicho Cristo esas palabras refiriéndose a los apóstoles, otros a los ángeles. Falsa interpretación. Por otra parte, si hablaba de los apóstoles, ¿qué inconveniente había en establecer la comparación nominalmente? En cambio, refiriéndose a si mismo, es natural que ocultara su persona en atención a la sospecha dominante en el vulgo y porque no pareciese que decía algo grande de sí mismo; conducta que le vemos observar en muchas otras ocasiones.

258.- ¿Y qué quiere decir: en el reino de los cielos? En lo espiritual y en todo lo que atañe al cielo. Además, decir: Entre los nacidos de mujer no se ha levantado nadie mayor que Juan Bautista, era oponerse El mismo a Juan y contarse de este modo como la excepción. Porque si es cierto que también Él había nacido de mujer, no, sin embargo, del mismo modo que Juan. Porque Jesús no era puro hombre ni nació como otro cualquier hombre, sino de modo singular y maravilloso.

259.- El Reino de los Cielo sufre violencia.-
3. Desde los días de Juan hasta ahora prosigue Jesús, el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. ¿Qué ilación hay entre esta sentencia del Señor y lo antes dicho? Mucha ciertamente y muy armónica. Desde este momento, efectivamente, los empuja y da prisa, aun por este motivo, a que abracen la fe en Él, a par que corrobora lo que Juan había preguntado. Porque si hasta Juan, viene a decir, todo está cumplido, yo soy el que ha de venir. Porque todos los profetas, y la ley, hasta Juan han profetizado. Porque no hubieran cesado los profetas si yo no hubiera venido. No esperéis, por ende; nada más, no aguardéis a otro. Porque que yo soy, es evidente no sólo por el hecho de haber cesado los profetas, sino también por los muchos que cada día arrebatan la fe en mí. Porque es ella tan patente y clara que muchos la arrebatan. ¿Y quiénes, dime, la arrebataron? Todos los que con fervor se acercaron al Señor.

260.- Juan y Elías.-
Seguidamente, dales el Señor otra prueba diciendo: Si queréis recibirlo, él es Elías, que ha de venir. Porque yo os enviaré, dice el profeta, a Elías Tesbita, que convertirá el corazón del padre hacia sus hijos. Malaquías 4,5. Éste es, pues, Elías, les dice, como queráis atenderlo con cuidado. Porque yo enviaré, dice la Escritura, a mi mensajero delante de tu faz. Malaquías 3.1. Y muy bien dijo: Si queréis recibirlo, con lo que les hacía ver que no quería imponérselo por la violencia. Yo no os obligo a ello, dice. Así hablaba el Señor, porque pedía un alma bien dispuesta y quería declararles que Juan era Elías y Elías Juan. Uno y otro, en efecto, recibieron el mismo ministerio; uno y otro fueron precursores. De ahí que no dijo el Señor simplemente: Éste es Elías, sino: Si queréis recibirlo, éste es Elías, es decir, si con espíritu bien dispuesto queréis atender a los acontecimientos.

261.- El Señor excita la curiosidad de los oyentes.-
Mas no se detuvo aquí, sino que quiso hacerles también ver que era menester inteligencia. De ahí que habiéndoles dicho: Éste es Elías, el que ha de venir, añadió: El que tenga oídos para oír que oiga. Ahora bien, si el Señor les hablaba así de enigmáticamente, es que quería excitarlos a que le preguntaran. Y si ni aun así se despertaron ellos de su sueño, mucho menos lo hicieran si todo se lo dijera clara y manifiestamente. Porque no va nadie a decir que no se atrevían a preguntarle y que era el Señor inaccesible. Bien le preguntaban y tentaban sobre lo que les ocurría, y mil veces enmudecidos, mil veces volvían a la carga. De haber tenido ganas de saber, ¿no le hubieran preguntado sobre cosas necesarias? Sobre la ley le preguntaron cuál era el primer mandamiento, y como ésa otras muchas cosas que no había necesidad alguna de preguntar.

262.- ¿Cómo, pues, no le preguntaron sobre lo mismo que Él decía y a lo que estaba más obligado a responder? Más que más, cuando Él mismo los convidaba e incitaba a que preguntaran. Sus sentencias, en efecto, sobre que el Reino de los cielos sufre violencia y los violentos son los que lo arrebatan, y que el que tenga oídos para oír que oiga, a excitar ese deseo iban dirigidas.

263.- “Vino Juan Bautista, que no comía ni bebía”.
¿Y con quién compararé, prosigue el Señor, a esta generación? Semejante es a unos chiquillos que se sientan en la plaza y dicen: Os hemos tocado la flauta, y no habéis golpeado el pecho. También esto parece ser independiente de lo anteriormente dicho; y, sin embargo, está muy lógicamente enlazado. Aún está el Señor en el mismo capítulo y trata de demostrarles primero que Juan obraba perfectamente de acuerdo con Él, aun cuando los hechos parecían contrarios, como en el caso de la pregunta que le dirigió por sus discípulos, y juntamente que nada omitió de cuanto debía hacer por su salvación. Es lo que el profeta decía respecto a la viña: ¿Qué otra cosa tenía que hacer con esta viña, que no lo haya hecho? Isaías 5,4. ¿Y con quién, dice aquí el Señor, compararé esta generación?

264.- Semejante es a unos chiquillos sentados en la plaza, que dicen: Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; os hemos entonado un canto de duelo, y no os habéis golpeado el pecho. Porque vino Juan, que no comía ni bebía y dijeron: Está endemoniado. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: Ése es un hombre tragón y borracho, amigo de publicanos y pecadores. Que es como si dijera: Yo y Juan seguimos distinto camino, pero los dos llegamos al mismo término. Somos dos cazadores que acosan a un animal difícil de coger y que puede caer en la trampa por dos caminos. Cada cazador toma el suyo, contrario al de su compañero, de modo que por uno u otro lado caiga en el lazo sin remedio. Mirad, si no, cómo todo el género humano admira la maravilla de una vida de ayuno, de austeridad y filosofía.

265.- Por eso dispuso la providencia de DIOS que Juan se criara desde el principio en ese género de vida, a fin de que ello fuera una razón más de dar crédito a sus palabras. Entonces, dirás, ¿por qué no entró también Jesús por ese camino? También, también Él entró, puesto que ayunó durante cuarenta días y corría pueblos y ciudades enseñando, sin tener dónde reclinar su cabeza. Sin embargo, Él conseguía lo mismo también de otro modo y por otro camino obtenía el mismo provecho. Porque lo mismo que entrar Él por aquel camino, y aún mucho mejor, era ser atestiguado por quien lo había seguido. Por otra parte, Juan no podía presentar otra cosa que la austeridad de su vida y conducta, puesto que no hizo jamás milagro alguno: Jesús, empero, tenía justamente el testimonio de sus milagros y el de su vida maravillosa. Dejando, pues, a Juan la gloria del ayuno, el Señor siguió camino contrario, y no tuvo escrúpulo de sentarse a la mesa y comer y beber con publicanos.

266.- Los judíos no creyeron ni a Juan ni a Jesús.-
4. Preguntemos, pues, a los judíos: ¿Es cosa buena y admirable el ayuno? Entonces teníais que haber creído a Juan, aceptar su misión y seguir su enseñanza. De este modo, las palabras de Juan debían llevaros a Jesús. ¿El ayuno es cosa insoportable y molesta? Luego tenían que haber creído a Jesús, que seguía camino contrario a Juan. Por uno u otro camino teníais que haber venido a parar en el reino de los cielos. Sin embargo, como fiera indomable, los judíos maltrataron a Juan y a Jesús. No fue la culpa, pues, de los que no fueron creídos, sino de quienes no quisieron creer. Nadie, en efecto, maltrata, como tampoco alaba, a la vez a dos contrarios. Por ejemplo, el que gusta de un hombre alegre y suave de carácter, no gustará de otro triste y bárbaro; el que alaba el ceñudo no alabará al alegre.

267.- Es imposible sentenciar a la vez en favor de uno y otro. De ahí que diga el Señor mismo: Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado. Es decir, yo he llevado una vida suave y no me habéis hecho caso. Y: Os hemos entonado un canto de duelo, y no os habéis golpeado el pecho. Es decir, Juan llevó vida áspera y dura, y no le prestasteis atención. Y no dijo: “Él llevó una vida y yo otra”, sino que como la intención de ambos era una sola, aun cuando sus géneros de vida contrarios, de ahí que todo lo pone en común. Y, a la verdad, aun el hecho de haber seguido camino contrario procedía de la más perfecta armonía y tendía al mismo y único fin. ¿Qué defensa, pues, os queda en adelante? De ahí, que el Señor añadiera: Y quedó justificada la sabiduría por sus propios hijos.

268.- Es decir, aun cuando vosotros no creáis, tampoco podréis acusarme de nada en adelante. Que es lo que el profeta dice del Padre: Para que quedes justificado en tus palabras. Salmo 50,6. Y es así que DIOS, aun cuando nada consiga de su solicitud para con nosotros, cumple cuanto es de su parte, y así no deja ni sombra de pretexto de ingratitud a los que de buena gana se descararían contra Él. Ahora, si los ejemplos de que se vale el Señor son viles y malsonantes, no te maravilles de ello, pues Él hablaba conforme a la debilidad de sus oyentes. También Ezequiel emplea muchos símiles acomodados a sus oyentes, pero que realmente son indignos de la grandeza de DIOS. Mas eso mismo es señaladamente signo de su solicitud para con nosotros. Mas considerad también cómo caen los judíos por otro lado en contradicción consigo mismos.

269.- Porque después de llamar a Juan endemoniado, no se pararon ahí, sino que le colgaron también al Señor el sambenito, no obstante ir por camino contrario al de Juan. Así venían a parar siempre a opiniones contradictorias. Lucas, por su parte, aún añade otro motivo más grave de acusación contra los judíos, poniendo en boca del Señor estas palabras: Porque los publicanos justificaron a DIOS, por haber aceptado el bautismo de Juan. San Lucas 7,29.

270.- Maldición a las ciudades ingratas.-
Entonces, cuando la sabiduría quedó justificada, cuando les hubo mostrado que todo se había cumplido, se puso el Señor a reprender a las ciudades. Ya que no las pudo convencer, las declara malhadadas, que es más que infundirles miedo. A la verdad, ya les había dado su enseñanza, ya había en ellas realizado sus milagros. Más ya que se obstinaban en su incredulidad, ya no le quedaba sino maldecirlas. Y entonces, dice el evangelista, empezó Jesús a maldecir a las ciudades en que se habían cumplido la mayor parte de sus milagros, por no haber hecho penitencia, y dijo: ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Por que nos demos cuenta de que los moradores de aquellas ciudades no eran malos por naturaleza, pone justamente el Señor el nombre de esta ciudad, de la que habían salido cinco apóstoles.

271.- Y es así que de Betsaida eran Felipe y las dos parejas de los que eran corifeos del coro de los doce ; es decir, Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Porque si en Tiro y Sidón, prosigue el Señor, se hubieran realizado los milagros que en vosotras se han realizado, hace tiempo que hubieran hecho penitencia en saco y ceniza. Ahora bien, yo os aseguro que Tiro y Sidón serán tratadas más benignamente en el día del juicio que no vosotras. Y tú, Cafarnaún, que te has levantado hasta el cielo, tú serás precipitada hasta el infierno. Porque si en Sodoma se hubieran cumplido los milagros que se han cumplido en ti, Sodoma seguiría en pie hasta hoy. Ahora bien: Yo os aseguro que Sodoma será tratada más benignamente que tú en el día del Juicio.

272.- Y no sin razón les pone el ejemplo de Sodoma, pues quiere con él encarecer su culpa. Prueba, en efecto, máxima de maldad es que, por lo visto, aquellos habitantes de Cafarnaún no sólo eran peores que los que entonces vivían, sino más malvados que cuantos malvados habían jamás existido. Por modo semejante, establece el Señor otra vez comparación y condena a los judíos con el ejemplo de los ninivitas y de la reina del Sur. San Mateo 12,41-42. Sólo que allí se trata de quienes obraron bien; aquí, empero, la comparación es con quienes pecaron, lo que aumenta la gravedad.

273.- También Ezequiel conoce este modo de condenación, y así le decía a Jerusalén: Con todos tus pecados, tú has justificado a tus hermanas. Ezequiel 16,51. De este modo solía el Señor mostrar en todas partes su predilección con el Antiguo Testamento. Mas ni aun ahí paró su razonamiento, sino que les infunde mayor temor, diciéndoles que tendrán que sufrir más duro castigo que los habitantes de Sodoma y de Tiro. Así, por todos lados, trata de atraérselos; lo mismo por sus ayes de maldición que por el miedo que les infunde.

273.- La inhospitalidad de los cristianos también será castigada.-
5. Escuchemos también nosotros estas palabras del Señor. Porque no sólo contra los incrédulos, contra nosotros mismos, señaló el Señor castigo más duro que el de los habitantes de Sodoma si no acogemos a los huéspedes que acuden a nosotros, pues Él les mandó que sacudieran hasta el polvo de sus pies. Y con mucha razón. Porque si es cierto que aquéllos cometieron actos inicuos, pero, al cabo, ello fue antes de la ley y de la gracia. Mas nosotros, que hemos sido objeto de tan extraordinaria providencia, ¿qué perdón merecemos al mostrar tanto horror al huésped y cerrar las puertas a los necesitados, y antes que las puertas, los oídos? O, por mejor decir, no sólo los cerramos a los pobres, sino a los mismos apóstoles. Y, en realidad, por cerrárselos a los apóstoles, se los cerramos a los pobres.

274.- Porque si, cuando se lee a Pablo, tú no atiendes; si, cuando Juan predica su evangelio, tú no escuchas, ¿cómo recibirás al pobre, si no has recibido al apóstol? Ahora, pues, a fin de que nuestras puertas estén continuamente abiertas a los pobres y nuestros oídos a los apóstoles, limpiemos la suciedad de las orejas del alma.

275.- Contra los cantos obscenos en el teatro.-
Y es así que a la manera como la suciedad y el barro obstruyen los oídos corporales, así los cantos obscenos, las conversaciones mundanas, sobre deudas, sobre asuntos de préstamos y usuras, taponan peor que cualquier suciedad el oído del alma. Y no sólo lo taponan, sino que lo hacen impuro. Y, a la verdad, los que hablan de esas cosas, no otra cosa que estiércol nos echan en los oídos. Lo que aquel bárbaro amenazaba: Comeréis vuestros propios excrementos, Isaías 36,12, etc., eso nos hacen sufrir esas gentes, no de palabra, sino de hecho. Y, a decir verdad, más gravemente todavía, pues más repugnantes que aquéllos son esos cantos obscenos. Y lo más grave es que, lejos de molestaros al oírlos, los celebráis con vuestra risa, cuando fuera deber vuestro abominarlos y salir huyendo. Y si esas cosas no son abominables, anda, baja tú a la escena e imita eso mismo que aplaudes. O, mejor, anda sólo en compañía de quien de ese modo te hace reír. ¡No lo soportarías! Entonces, ¿por qué le tributas tanto honor?

276.- Las mismas leyes promulgadas por los paganos decretan que esas gentes sean tenidas por bajas. Tú, en cambio, los recibes con la ciudad entera, como si se tratara de embajadores o generales victoriosos, y a todos los invitas a que se llenen las orejas de excrementos. Si un esclavo tuyo pronuncia una palabra indecente, y tú la oyes, recibe su buena tunda de azotes. Si eso lo hace tu mujer, un hijo tuyo o cualquier oto, tú lo tienes por una indecencia. En cambio, si unos hombres viles, que no valen tres óbolos, te invitan a que vayas a oír sus palabras indecentes, no sólo no te irritas, sino que te alegra y los aplaudes. ¿Puede darse mayor inconsecuencia? ¿Y qué adelantamos con eso? O, mejor dicho, ¿cómo se demuestra que tú no las dices? Si no las dijeras, no te reirías al oírlas, ni correrías con tanto afán a escuchar unas voces que te deshonran.

277.- Si no, dime: ¿te alegras cuando oyes una blasfemia? ¿No te estremeces más bien y te tapas los oídos? Yo por lo menos así lo supongo. ¿Qué se sigue de ahí? Que tú tampoco blasfemas. Hazlo así también con las palabras torpes. Y si quieres demostrar con evidencia que tú tampoco gustas de pronunciarlas, no aguantes ni el oírlas. ¿Cuándo en efecto, esperas llegar a ser hombre bueno, si de tales audiciones te alimentas? ¿Cuándo soportarás los combates por la castidad, si te vas dejando arrastrar poco a poco por esa risa, por esos cantos y palabras obscenas? Ya sería bastante que, con un alma limpia de todo eso, pudieras llegar a ser puro y casto, no digamos si de tales audiciones la alimentas. ¿Es que no sabéis que toda nuestra inclinación se va hacia el mal? Pues si ya de él hacemos un arte y un oficio, ¿cómo podremos huir del horno del infierno? ¿No habéis oído la palabra de Pablo: Alegraos en el Señor? Filipenses 4,4. ¡En el Señor, no en el diablo!

278.- Terrible invectiva contra el teatro.-
6. ¿Cuándo, pues, estarás en disposición de oír a Pablo? ¿Cuándo tendrás conciencia de tus pecados, puesto que esos espectáculos te producen borrachera continua, de la que nunca despiertas? Porque, que hayas venido aquí, a la iglesia, no es cosa grande ni maravillosa, o, por mejor decir, si que es cosa maravillosa. Pues aquí vienes porque sí, por mero cumplimiento; al teatro, en cambio, te diriges con fervor, a la carrera y con entusiasmo sin límites. Y bien se ve por lo que a casa llevas, cuando de allí vuelves. Porque es así que todo el cieno que allí se os ha echado encima por medio de palabras, de canciones y de risas, cada uno lo recoge para llevárselo a casa, o, por mejor decir, no tanto os lo lleváis materialmente a casa, cuanto os lo metéis en la propia alma. De lo que no es abominable, os apartáis con horror; lo de verdad abominable, empero, no sólo no lo aborrecéis, sino que lo amáis.

279.- Así, muchos se lavan cuando vuelven del cementerio; mas cuando vuelven del teatro, no se les ocurre gemir ni derramar fuentes de lágrimas. Y, sin embargo, un muerto no es cosa impura; el pecado, empero, deja tan grande mancha, que mil fuentes de agua no son capaces de lavarla; sí, las lágrimas y la confesión. Pero nadie se da cuenta de esta mancha. Y es que como tememos lo que no debemos temer, nos espantamos de lo que no debiéramos espantarnos. Mas ¿qué estruendo es ése, qué alboroto, qué voces infernales, qué diabólicas figuras? ¡Ah!. Es un joven, que, no obstante su sexo, se echa atrás una larga cabellera y, afeminada su naturaleza, por su mirada, por su figura, por sus vestidos, por todo, en una palabra, se esfuerza por remedar la imagen de una tierna muchacha.

280.- Allí, por lo contrario, aparece un viejo con el cabello rasurado a navaja, con los lomos ceñidos, que antes de cortarse el pelo se cortó también el pudor, y allí está dispuesto a que le abofeteen y a hacer y decir por su cuenta todo lo que bien le venga. En cuanto a las mujeres, allí están también, con la cabeza descubierta, hablando desvergonzadas con el pueblo, muy bien estudiado su papel de impudicicia y derramando en las almas de los oyentes todo desenfreno y toda disolución. Solo un empeño tienen: arrancar de raíz todo sentido de castidad, deshonrar la naturaleza, satisfacer el deseo del maligno demonio. Y es así que allí las palabras son torpes, ridículas las figuras, ridículo el peinado, y, por el estilo, el paso, el vestido, la voz, las contorsiones de los miembros, las desviaciones de los ojos, y las siringes, y las flautas, y los dramas, y los temas.

281.- Todo, en una palabra, rebosa de la más absoluta disolución. ¿Cómo, pues, dime por tu vida, podrás ser sobrio, cuando el diablo te ofrece ese vino puro de disolución y te brinda con tantas copas de torpeza? Allí, en efecto, los adulterios, allí la violación de los casamientos, mujeres de rompe y rasga, hombres pervertidos, jóvenes afeminados, todo, en fin, rebosante de iniquidad, monstruosidad y torpeza. No debían, pues, reír los espectadores, sino llorar y gemir amargamente. ¿Pues qué?, me gritas. ¿Vamos a cerrar la escena y por tu palabra va a trastornarse todo? ¡No! Ahora es ciertamente cuando todo está trastornado. ¿De dónde, dime por favor, proceden las asechanzas contra los matrimonios, sino de esa escena? ¿De dónde salen los que taladran las cámaras nupciales, sino del teatro? ¿No vienen de ahí los hombres que se muestran duros con sus mujeres? ¿No vienen de ahí las mujeres que son despreciadas por sus maridos? ¿No vienen de ahí la mayoría de los adulterios?

282.- De suerte que quien lo trastorna todo es justamente el que va al teatro; ése es el que ha introducido esta terrible tiranía de la disolución. No, me contestas, todo esto está ordenado por las leyes. ¡Entonces, te respondo yo, el raptar a las mujeres, el corromper a los muchachos, el trastornar a las familias es obra de los que ocupan las ciudadelas, obra de los que mandan! ¿Y quién, me dices, se ha hecho adúltero a consecuencia de estos espectáculos? ¿Y quién no se ha hecho?, te respondo yo. Si fuera lícito citar aquí nombres, yo te demostraría a cuántos maridos han separado de sus mujeres, a cuántos cogieron cautivos aquellas rameras de la escena, a unos arrancándolos del mismo lecho nupcial, a otros no dejándoles siquiera pensar en el matrimonio.

283.- ¿Pues qué? Dime, ¿vamos a trastornar las leyes todas? ¡No! Derribando esos teatros, lo único que se trastorna es una iniquidad. Porque de ahí, por lo menos, las sediciones y los tumultos. Porque quienes viven de la escena y venden su voz a su vientre; los que tienen por profesión el vicio y el cometer cualquier extravagancia, ésos son los que mejor encandilan a la chusma y los que producen los tumultos en las ciudades. Y es así que una juventud entregada a la ociosidad y nutrida en tales males, se vuelve más salvaje que todas las fieras.

284.- Hay honestas diversiones fuera del teatro.-
7. ¿De dónde, dime, proceden los hechiceros? ¿No vienen de que esas gentes quieren excitar a una chusma vanamente ociosa, de que quieren que los farsantes se aprovechen de los frecuentes tumultos y de que enfrentan a las mujeres perdidas con las honradas? Porque llevan sus embustes a extremo tal, que no vacilan en turbar la paz de los huesos de los difuntos. ¿No proceden también de que se ven forzados a gastar enormes sumas en esos abominables coros del diablo? ¿Y de dónde viene la disolución, con toda su infinita secuela de males? ¿Ves cómo eres tú el que trastornas la vida al abogar por el teatro? Yo, empero, que pido su destrucción, más bien la sostengo. ¡Derribemos, pues, el teatro!, me contestas. ¡Ojalá fuera posible derribarlo! O, mejor, con sólo que queráis, por lo que a nosotros toca, ya está derribado, ya está por el suelo. Sin embargo, yo no pido siquiera tanto.

285.- Queden en pie los teatros; pero no los frecuentéis, lo que es mérito mayor que derribarlos. Y si no a otros, imitad en esto a los bárbaros, que están limpios de semejantes espectáculos. ¿Qué excusa podremos ya poner nosotros, nosotros ciudadanos de los cielos, que entramos en los coros de los querubines y somos compañeros de los ángeles, si en esto nos hacemos peores que los bárbaros? ¡Y eso cuando tantos modos mejores tenemos de divertirnos! Si quieres, en efecto, recrearte, pasea por los jardines, por la orilla del río y de los lagos. Contempla los parques, escucha el canto de las cigarras, visita las tumbas de los mártires. Allí, juntamente con la salud de tu cuerpo, hallarás provecho para tu alma; allí no hay daño alguno, allí el placer no va seguido del remordimiento, como en los teatros.

286.- Tienes mujer y tienes hijos. ¿Qué placer puede compararse con ése? Tienes tu casa, tienes amigos. Estos, sí, son placeres, en que el provecho es perfectamente compatible con la castidad. ¿Qué hay, dime por tu vida, para quien vive castamente, más dulce que la mujer y los hijos? Por lo menos se cuenta de unos bárbaros haber dicho una palabra llena de filosofía. Como oyeran hablar de estos teatros de iniquidad y del placer indecente que procuraban: “¡Cualquiera diría, dijeron, que los romanos han inventado semejantes pasatiempos por no tener mujeres ni hijos!” Con lo que daban a entender que, si se quiere vivir honestamente, no hay nada más dulce que la mujer y los hijos.

287.- Sin espectadores no habría teatro.-
¿Y qué, objetas, si yo te demuestro que hay quienes ningún daño reciben de la frecuentación del teatro? A lo que yo te contestaré que ya es muy grande daño pasar allí inútilmente el tiempo y ser escándalo para los otros. Aun cuando tú personalmente no sufras daño, con tu presencia aficionas más al otro al espectáculo. Pero ¿cómo podrá decirse que tú no sufres daño, cuando contribuyes a los que se producen? Porque el hechicero, y el joven pervertido, y la mujer perdida, y todos aquellos coros del diablo, sobre tu cabeza harán caer la culpa de todo lo que allí se hace. Porque, si no hubiera espectadores, tampoco habría quienes se dedicaran a esas infamias; pero como los hay, también ellos tendrán parte en el fuego que ha de castigar lo que allí se hace.

288.- En conclusión, aun suponiendo que tu castidad no tuviera que sufrir nada allí, lo cual es imposible, aun tendrás, sin embargo, que dar grave cuenta de la perdición de los otros: de los que contemplan el espectáculo y de los que atraen a los espectadores. Y, a la verdad, mucho hubiera ganado tu castidad si no hubieras acudido allí. Porque si aun ahora te mantienes casto, más casto serías de no haber frecuentado tales vistas.

289.- Exhortación final: ¡Basta de vanas excusas!
No porfiemos, pues, vanamente. No excogitemos defensas insensatas. Sólo tenemos una defensa: huir del horno de Babilonia, estar muy lejos de la ramera egipcia, aun cuando tuviéramos que escapar desnudos de sus manos. De este modo gozaremos del placer más puro, pues no nos acusará nuestra conciencia viviremos con castidad la presente vida y alcanzaremos los bienes venideros por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

TEOLOGIA 3 - CICLO C - TEMA 1

A.- Revelación y Biblia:
Visión de Conjunto.

1. Revelación natural. DIOS ha hablado a los hombres; se ha manifestado, revelado, que significa quitar velo, descubrir algo oculto. Sabemos por la Biblia que DIOS ha hablado a los hombres; las verdades y los preceptos fundamentales los ha revelado DIOS en la misma naturaleza: a Adán y a los patriarcas, por la llamada revelación primitiva o natural, que por vía oral se trasmite de generación en generación, en la naturaleza: “Lo invisible de DIOS, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia, a través de sus obras”. Romanos 1,20 “Los hombres muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia”. Romanos 2,15.
Efectivamente, hasta los paganos más salvajes saben que DIOS existe; que el alma humana es inmortal; que tienen libre voluntad. Sabe que no deben matar, robar, traicionar a los suyos, etc. Saben que estas cosas son malas; que ellos son responsables por lo malo que hacen, y que DIOS castiga sus maldades. Así, por revelación natural, escrita en su conciencia, los hombres saben suficiente para poderse salvar. “De forma que son inexcusables”, romanos 1,20, si no se salvan.

2. Revelación Sobrenatural. Nos ha hecho más fácil la salvación; hay hambre de DIOS, y por eso nos dice más cosas que la Revelación Natural; es la Revelación Sobrenatural. DIOS habló a Adán, a Noe, a Abraham, Isaac, Jacob. De forma más directa, a Moisés, o Mosaica en el Sinaí unos 1400 años antes de Cristo; trasmitida por Moisés al Pueblo elegido, y después, por los Profetas que está contenida en el Antiguo Testamento. Y la revelación Cristiana por medio de Jesucristo y sus Apóstoles, que forman el Nuevo Testamento y que la Iglesia Católica conserva fiel e íntegramente hasta el fin del mundo.

3. La Sagrada Tradición y la Biblia, que significa colección de Libros, nos revela los misterios Divinos. Contiene 46 libros del Antiguo Testamento, casi todos escritos en hebreo y 27 del Nuevo, escritos en griego.
El Pentateuco, cinco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, escritos desde el siglo 10 antes de Cristo; se da una relación del origen del mundo y la historia primitiva del Pueblo de Israel. Se atribuyen a Moisés.

4. Los Libros Históricos son 16: Josué y Jueces, escritos entre los siglos 11 al 5; Rut, hacia el 5, cuenta relatos de la conquista de la Tierra Prometida.- 1º y 2º de Samuel; 1º y 2º de Reyes, y 1º y 2º de Crónicas, escritos entre los siglos 8 al 5 y relata la vida de los hebreos en tiempo de la Monarquía. Esdras y Nehemías, escritos hacia el siglo 4, cuenta la historia del pueblo hebreo después del Exilio. Tobías hacia el siglo 4, Judit hacia el 1; y Ester hacia el 3, escrito en hebreo-griego; son narraciones populares con fondo histórico. 1º y 2º Macabeos, escrito en griego el 2º, es la historia del pueblo hebreo bajo las dominaciones extranjeras.

5. Los Libros Didácticos. Job, en hebreo, hacia el 5, es narración alegórica; Salmos, en hebreo, entre el 10 al 5, también se atribuyen al rey David, es colección de alabanzas; Proverbios, en hebreo, entre los siglos 7 al 5, es colección de sentencias; Eclesiastés, en hebreo, hacia el 3, colección de sentencias; Cantar de los Cantares, en hebreo, hacia el 5, es poema alegórico; Sabiduría, en griego, hacia el 1, colección de sentencias; Eclesiástico, en hebreo, hacia el 2, es un tratado ascético.

6. Libros Proféticos. Son revelaciones de los designios de DIOS sobre su pueblo y predicciones sobre el porvenir, para mantenerlo fiel a la Alianza: Isaías, en hebreo, entre los siglos 8 al 5; Jeremías, hebreo, hacia el 7; Lamentaciones, hebreo, hacia el 6; Baruc, en hebreo, hacia el 2; Ezequiel, en hebreo, hacia el 6; Daniel, en hebreo, arameo y griego, hacia el 2; Oseas, en hebreo, hacia el 8; Joel, en hebreo, hacia el 4; Amós, en hebreo, hacia el 8; Abdías, en hebreo, hacia el 5; Jonás, en hebreo, hacia el 4; Miqueas, en hebreo, hacia el 8; Nahum, en hebreo, hacia el 7: Habacuc, en hebreo, hacia el 7; Sofonías, en hebreo, hacia el 7; Ageo, en hebreo, hacia el 6; Zacarías, en hebreo, hacia el 6; Malaquías, en hebreo, hacia el 5.

7. Libros Históricos del Nuevo Testamento. Los cuatro Evangelios que cuentan la Buena Nueva predicada por Jesucristo: San Mateo, en arameo hacia el año 50 y después en griego hacia el 65; San Marcos, en griego, hacia el 64; San Lucas, en griego, hacia el 65; y San Juan, en griego, hacia el año 95; los Hechos de los Apóstoles, en griego, hacia el año 65, por San Lucas, donde cuenta la historia de la Iglesia primitiva.

8. Libros Didácticos del Nuevo Testamento. Las cartas de San Pablo, todas en griego con destinatario concreto: Romanos, hacia el 58; 1ª y 2ª Corintios, y a los Gálatas, hacia el 57; Efesios, del 61 al 63; 1ª y 2ª Tesalonicenses, hacia el 51; 1ª Timoteo, hacia el 65; 2ª Timoteo, hacia el 67; a Tito, hacia el 65; a Filemón, del 61 al 63; Hebreos hacia el 67, que algunos piensan que no era de San Pablo.

9. Cartas Católicas, sin destinatario concreto: Santiago, hacia el 58; 1ª de San Pedro, hacia el 64; 2ª de San Pedro, hacia el 70; las tres de San Juan, hacia el 95; la de San Judas, hacia el 70; todas en griego, dirigidas a las comunidades cristianas.

10. Libro Profético del Nuevo Testamento: El Apocalipsis de San Juan, en griego, hacia el 95; es una visión profética de lo que falta por venir.

B.- Teología:
Santificación del hombre.


11. Santidad y Perfección. La santificación esencial del hombre consiste en la Caridad o Amor de Dios, la unión del alma con Dios por medio de la Gracia, que se llama también Vida Sobrenatural o Divina; nos hace justos, semejantes a Dios y agradables a sus Divinos ojos.

12. En el Antiguo Testamento, Levítico 19, se nos dice: "Sed santos, porque Yo, Yahvé, soy Santo". En los Evangelios, San Mateo 5 y 19, se nos habla y pide la perfección del Padre de los cielos. San Pablo en sus cartas, varias veces nos habla claramente de la santidad. La Iglesia, a lo largo de su historia, nos pide santidad, nos la ofrece y nos propone ejemplos a imitar. En el Concilio Vaticano II se hace una llamada universal a la Santidad. Santidad y Perfección es sinónimo, y lleva al hombre a su plenitud, al participar más en las perfecciones Divinas.

13. Grados de Santidad o Perfección. Para ir al Cielo es necesario cumplir los Mandamientos, es decir, estar en Gracia de Dios, o alcanzarla en el último momento por el arrepentimiento. Es la guerra al pecado mortal.

14. Quien desea una mayor perfección, escucha los consejos de Jesús en el Evangelio, y se anima a seguirle en Pobreza, Castidad y Obediencia, declarando la guerra a todo pecado venial e imperfecciones, y buscando siempre lo positivo; creciendo cada día más en la vida de Gracia, en sí mismo, y en los demás. El grado de Gracia que alcancemos en la tierra al morir, será en grado de Gloria que nos acompañará en el Cielo por toda la Eternidad.

15. Planes de Dios. El hombre, al ser creado por Dios, recibió de El, al mismo tiempo que el ser creado, la justicia original, es decir, la Gracia Santificante, hábitos de las Virtudes sobrenaturales, y otros muchos dones que se clasifican en tres grupos:

16. Dones naturales, todo lo propio de la naturaleza humana en estado perfecto: hermosura, salud, fuerza, ingenio, fecundidad, inteligencia clara, voluntad recta, etc.

17. Dones sobrenaturales. Gracia Santificante, reflejo de la hermosura Divina, Virtudes infusas y Dones del Espíritu Santo, que les elevó al estado sobrenatural o participación de la misma Vida Divina.

18. Dones preternaturales o estado de integridad, que comporta dominio absoluto de las pasiones, ciencia infusa e inmortalidad corporal.

19. Caída del hombre y castigo. Nuestros primeros Padres Adán y Eva pecaron, desobedeciendo a Dios en la prueba que les puso. Perdieron inmediatamente la Gracia Santificante y la Integridad de la naturaleza. Este castigo llega a toda su descendencia: al perder los padres sus riquezas, los hijos nacen en la miseria.

20. El hombre quedó sólo con los dones naturales, y éstos, averiados, es decir, la inteligencia obscurecida, la voluntad debilitada y la inclinación al mal.

21. Restauración. Ya en el mismo momento del pecado, Dios promete la Redención, amargando de esta forma el triunfo pasajero del Diablo. La llevó a cabo Jesucristo por la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección, y nos la aplica la Iglesia.

22. Nacemos con el pecado original, se nos quita por el Bautismo, pero nos queda la inclinación al mal, que podemos superar con las ayudas que la Iglesia nos ofrece, pudiendo llegar a ser hijos de Dios y herederos del Cielo.

23. Por privilegio especial, fue liberada de este pecado la Virgen Inmaculada. Iba a ser Madre de Dios y no podía estar sujeta al Diablo ni siquiera un segundo. Ella, nueva Eva, concibe por obra del Espíritu Santo, y dará a luz, sin pérdida de su integridad es decir, como el rayo de sol atraviesa el cristal sin romperlo ni mancharlo, sino embelleciéndolo, al nuevo Adán, Jesucristo.

24. Por mucho mal que veamos a nuestro alrededor, podemos vencerlo con el bien, que nunca se acaba, porque nos viene de Dios. El cristianismo es la gran fortuna que tenemos que gozar y repartir.

25. Catecismo 1066 a 1112

LA VIRGEN MARÍA

de Mons. Tihamet Toth.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.


¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)

474.- Y entonces brotó de labios de María el cántico de eterna hermosura, el Magníficat, que desvía de sí toda alabanza, todo homenaje, y los ofrece a DIOS. Mi alma engrandece al Señor; mi espíritu está trasportado de gozo en el DIOS salvador mío; porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava..., lo que haya en mí de bueno, de virtud hermosa, todo es limosna recibida de manos de DIOS. Cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que Le temen. Hizo alarde del poder de su brazo; deshizo las miradas del corazón de los soberbios; derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos despidió vacíos... ¿Es posible alabar más bellamente la Omnipotencia divina que vigila sobre el mundo con fuerza y dulzura? ¿Es posible fortalecer más nuestra fe puesta en DIOS?

475.- En cierta ocasión un hombre gravemente enfermo se desplomó en la calle. Lo llevaron a un hospital y llamaron a un sacerdote para que lo confesara. Pero el pobre hombre hacía ya tiempo que había perdido la fe de su juventud, por el duro y cruel camino de la vida; y por mucho que el sacerdote insistió en hablar con él, rechazaba con dureza la palabra del Ministro de DIOS. Más cuando éste, agotados ya todos los recursos, empezó a hablar de la madre del enfermo, se ablandó entonces el corazón empedernido y resurgió la fe sepultada de la niñez.

476.- ¡Cuántos hombres de nuestros días sienten menguar su fe por el camino amargo de la vida! ¡Cuántos la perdieron por completo! Debemos hablarles de la Madre celestial, para que por medio de Ella vuelvan a la fe viva de sus mayores. Gritemos nuevamente a Cristo: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó! Y escuchemos la respuesta que brota de los divinos labios: Bienaventurados más bien los que oyen la palabra de DIOS, y la ponen en práctica, San Lucas 11,28.

477.- El culto Mariano comunica unidad a nuestra fe; guarda la incolumidad, la pureza, la unidad de nuestra fe en Cristo. Hay quienes desconociendo la historia, afirman lo contrario.- El culto mariano, dicen, no es una práctica que nos venga del primitivo cristianismo. Hasta el año 431, en el Concilio de Éfeso no fue declarada Madre de DIOS; en 1854 fue definido el dogma de la Concepción Inmaculada; y le añadimos que en 1950 el Papa Pío 12 proclama la Asunción de la Virgen al Cielo en cuerpo y alma.

478.- La verdad es que realmente la Iglesia definió en esas fechas esos Dogmas, pero desde sus comienzos creía en ellos. La Iglesia define dogmáticamente una verdad, solamente si tal verdad de fe se ve atacada o está puesta en tela de juicio. La Virgen María siempre estuvo exenta de todo pecado original. El pintor español y sevillano, Murillo, unos trescientos años antes de que se definiera la Concepción Inmaculada de María ya pinto treinta cuadros magníficos de la Inmaculada, y en algún pueblo de España ya se celebraba su fiesta; el concilio de Trento en el siglo 16 anuncia la creencia de la Iglesia; San Efrén mil quinientos años antes también la defendió; el franciscano Duns Scoto en la Universidad de París ya decía: DIOS podía o no podía tener una Madre Inmaculada; DIOS quería o no quería tener una Madre Inmaculada; luego si podía y quería, la hizo: potuit, voluit, ergo fecit. Y San Lucas, inspirado por el Espíritu Santo, ya la llama Llena de Gracia; no lo estaría si no hubiera sido Inmaculada desde su concepción. Y San Bernardo la llama: llena para sí y súper llena para los demás.

HOMILIA 35

miércoles, 17 de febrero de 2010
No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la madre de su hija, y a la nuera de su suegra. Y los enemigos del hombre son los de su propia casa. Mateo 10,34 .

170.- No viene a traer paz sino espada.
1. Nuevamente presenta el Señor cosas duras, y con mucha energía por cierto, saliendo al paso de la objeción que podía ponérsele. Podían, en efecto, haberle dicho sus oyentes: ¿Luego tú has venido para matarnos a nosotros y a quienes nos sigan y llenar de guerra al mundo? Mas es Él quien les dice primero: No he venido a traer paz a la tierra. Entonces, ¿cómo es que les manda que al entrar en cualquier casa saluden con saludo de paz? ¿Cómo es también que los ángeles cantaron: Gloria a Dios en lo más alto y en la tierra paz? San Lucas 2, 14. ¿Cómo, es, en fin, que todos los profetas la anunciaron como noticia buena? Porque la paz principalmente consiste en cortar lo enfermo y en separar lo rebelde.

171.- Sólo a este precio se puede unir el cielo con la tierra. De este modo, cortando lo ya incurable, el médico salva el resto del cuerpo, y apartando los elementos de discordia, salva el general al ejército. Tal sucedió también en la torre famosa. Una paz mala deshizo una saludable discordia, y de ahí vino la verdadera paz. Génesis 11, 1-9. De este modo también Pablo trató de disociar a los que estaban muy de acuerdo contra él. Actos 23, 6-10. En el caso de Naboth, la concordia entre Acab y Jezabel fue peor que cualquier guerra. 1º Reyes 2,1-14. No siempre la concordia es buena; pues muy concordes entre sí andan también los bandoleros. La guerra, pues, no es obra que el Señor intente, sino que viene de la disposición de los hombres.

172.- Él ciertamente querría que todos los hombres tuvieran un sentir único en orden a la religión; mas como los sentires están en desacuerdo, de ahí la guerra. Sin embargo, no se lo dijo así, ¿Qué les dijo, pues? No he venido a traer la paz. Era un modo de consolarlos. No penséis, viene a decirles, que tenéis vosotros la culpa de esta guerra; soy yo quien la preparo, por estar los hombres en tales disposiciones. No os turbéis, pues, como si aconteciera algo inesperado. Yo he venido justamente para traer la guerra. Ésta es mi voluntad. No os turbéis, pues, de que la tierra arda en guerras e insidias. Cuando lo malo quede separado, entonces se unirá el cielo con lo bueno. Todo esto les decía, preparándolos contra la mala sospecha de que el vulgo les haría blanco. Y notad que no usó la palabra “guerra”, sino otra más enérgica: la espada.

173.- Y si esto suena con dureza y desagradablemente, no hay por qué maravillarse. El Señor quería ejercitar el oído de sus discípulos con la aspereza de las palabras, a fin de que, puestos en la dificultad de las cosas, no se volvieran atrás, y conforme a eso modela sus sentencias. Que no viniera luego nadie diciendo que los había convencido a fuerza de halagos y echando un velo sobre lo difícil. De ahí que lo mismo que podía haberles dicho de otro modo, se lo explica de éste, más desagradable y espantoso. Más valía, en efecto, que la realidad se mostrará un poco más blanda que no las palabras respecto a la realidad.

174.- Qué guerra trae el Señor.-
De ahí que ni aun con eso se contentará, sino que, desenvolviendo más particularmente qué clase de guerra venía a traer, les hace ver que era más dura que una guerra civil, y así les dice: He venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra. No sólo los amigos, dice, no sólo los ciudadanos, los parientes mismos, se levantarán unos contra otros y la naturaleza misma se escindirá contra sí misma. Porque yo he venido, dice, a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra. Porque no es ya que la guerra sea entre domésticos, sino que se enciende entre los más queridos y allegados. Ahí tenéis una buena prueba del poder del Señor, pues oyéndole decir tales cosas, las aceptaron sus discípulos, y éstos persuadieron a otros a que también las aceptaran.

175.- Sin embargo, no era Él autor de ellas, sino la propia maldad de los hombres. Ahora, que Él diga ser quien lo hace, es modo ordinario de hablar de la Escritura. Así dice en otra parte: DIOS les dio ojos para que no vieran. Isaías 6,9. De modo semejante se expresa aquí el Señor. Es que quería, como antes he dicho, que, meditando sus discípulos en sus palabras, no se turbaran cuando fueran insultados y maltratados. Ahora bien, si hay quienes piensan que estas palabras son demasiado duras, acuérdense de la historia antigua. En los pasados tiempos acontecieron hechos que demuestran perfectamente el parentesco entre uno y otro Testamento y cómo el que ahora dice esto es el mismo que antaño mandara lo otro.

176.- Porque fue así que en la historia del pueblo judío hubo ocasiones en que sólo cuando cada uno hubo dado muerte a su vecino, sólo entonces se calmó la cólera divina; por ejemplo, cuando fundieron el becerro de oro y cuando se iniciaron en los ritos del Beelphegor. Éxodo 32, 26-30; Números 25. ¿Dónde están, pues, ahora los que sueñan con que el DIOS del Antiguo Testamento es malo, y el del Nuevo bueno? ¡Bueno, cuando ha llenado el mundo de sangre de parientes! Sin embargo, nosotros afirmamos que aun esto es obra de su amor a los hombres. De ahí justamente que para hacer ver que es el mismo que el que ordenó lo antiguo, recuerda el Señor una profecía, que, si bien no se dijo a este propósito, viene, sin embargo, a expresar lo mismo. ¿Qué profecía es ésa?

177.- Los enemigos del hombre son los de su propia casa. Miqueas 7,5-6. Porque también entre los judíos aconteció algo semejante a lo que aquí dice el Señor. Había entre ellos profetas y pseudo profetas. El pueblo andaba dividido y las familias estaban escindidas. Unos se adherían a unos y otros a otros. De ahí la exhortación del profeta: No creáis a los amigos, no os fiéis de vuestros guías. Guárdate de la propia compañera de tu lecho y no le confíes secreto alguno, pues los enemigos del hombre son sus propios domésticos. Así hablaba el Señor, porque quería que el que había de recibir su palabra estuviera por encima de todas las cosas. Porque lo malo no es el morir, sino el mal morir. Por eso dijo también: Fuego he venido a traer a la tierra. San Lucas 12,49. Palabras con que nos significa la vehemencia y ardor del amor que nos exige.

178.- Como Él nos ha amado tanto, así quiere también ser amado de nosotros. Estas palabras tenían que templarlos para la lucha y levantarlos por encima de todo. Porque si los otros, les viene a decir, tendrán que menospreciar parientes, hijos y padres, considerad qué tales habremos de ser nosotros maestros de ellos. Porque las cosas arduas de mi doctrina no han de terminar en vosotros, sino que pasarán también a los que después de vosotros vinieren. Porque, como yo he venido a traer grandes bienes, también exijo grande obediencia y resolución.

179.- Amor sobre todo amor.-
El que ama a su padre o a su madre por encima de mí, no es digno de mí. Y el que ama a su hijo o a su hija por encima de mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz y viene en pos de mí, no es digno de mí. Mirad la dignidad del Maestro. Mirad cómo se muestra a sí mismo hijo legítimo del Padre, pues manda que todo se abandone y todo se posponga a su amor. Y ¿qué digo, dice, que no améis a amigos ni parientes por encima de mí? La propia vida que antepongáis a mi amor, estáis ya lejos de ser mis discípulos. ¿Pues qué? ¿No está todo esto en contradicción con el Antiguo Testamento? ¡De ninguna manera! Su concordia es absoluta. Allí, en efecto, no sólo aborrece a DIOS a los idólatras, sino que manda que se los apedree, y en el Deuteronomio, admirando a los que así obran, dice Moisés: El que dice a su padre y a su madre: No os he visto; el que no conoce a sus hermanos y no sabe quiénes son sus hijos, ése es el que guarda tus mandamiento. Deuteronomio 33,9.

180.- Y si es cierto que Pablo ordena muchas cosas acerca de los padres y manda que se les obedezca todo, no hay que maravillarse de ello, pues sólo manda que se le obedezca en aquello que no va contra la piedad para con DIOS. Y, a la verdad, fuera de eso, cosa santa es que se le tribute todo honor. Más, cuando exijan algo más del honor debido, no se les debe obedecer. De ahí que diga San Lucas: El que viene a mí y no aborrece a su padre, y a su madre, y a su mujer, y a sus hijos, y a sus hermanos, más aún, a su propia vida, no puede ser mi discípulo. San Lucas 14, 26. Sin embargo, no nos manda el Señor que los aborrezcamos de modo absoluto, pues ello sería sobremanera inicuo. Si quieren, dice, ser amados por encima de mí, entonces, sí, aborrécelos en eso. Pues eso sería la perdición tanto del que es amado como del que ama.

181.- Hay que aborrecer la propia vida.-
2. Con este modo de hablar quería el Señor templar el valor de los hijos y amansar también a los padres que tal vez hubieran de oponerse al llamamiento de sus hijos. Porque, viendo de su fuerza y poder era tan grande que podía separar de ellos a sus hijos, desistieran de oponérseles, como quienes intentaban una empresa imposible. Luego por que los padres mismos no se irritarán ni protestarán, mirad cómo prosigue el Señor su razonamiento. Después que dijo: El que no aborrece a su padre y a su madre, añadió: Y hasta a su propia vida. ¿A qué me hablas, dice, de padres y hermanos y hermanas y mujer? Nada hay más íntimo al hombre que su propia vida. Pues bien, si aun a tu propia vida no aborreces, sufrirás todo lo contrario del que ama, será como si no me amaras.

182.- Y no nos manda simplemente que la aborrezcamos, sino que lleguemos hasta entregarla a la guerra, a las batallas, a la espada y a la sangre. Porque el que no lleva, dice, su cruz y sigue en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Porque no dijo simplemente que hay que estar preparado para la muerte violenta, sino también para la ignominia. Nada, sin embargo, les dice todavía de su propia pasión, pues quería que, bien afianzados antes en estas enseñanzas, se les hiciera luego más fácil de aceptar lo que sobre ella había de decirles. Ahora bien, ¿no es cosa de admirarse y pasmarse que, oyendo todo esto, no se les saliera a los apóstoles el alma de su cuerpo? Porque lo duro por todas partes se les venía a las manos; el premio, empero, estaba todo en esperanza.

183.- ¿Cómo es, pues, que no se les salió? Porque era mucha la virtud del que hablaba y mucho también el amor de los que oían. De ahí que ellos, que oían cosas más duras y molestas que las que se mandaron a aquellos grandes varones, Moisés y Jeremías, permanecieron fieles al Señor y no le contradijeron.

184.- El que pierde su vida, la gana.-
El que hallare, dice, su vida, la perderá, y el que perdiere su vida por causa mía la encontrará. ¿Veis cuán grande es el daño de los que aman de modo inconveniente? ¿Veis cuán grande la ganancia de los que aborrecen? Realmente, los mandatos del Señor eran duros. Les mandaba declarar la guerra a padres, hijos, naturaleza, parentesco, a la tierra entera y hasta a la propia vida. De ahí que tiene que ponerles delante el provecho de tal guerra, que es máximo. Porque no sólo, viene a decirles, no os ha de venir daño alguno de ahí, sino más bien provecho muy grande. Lo contrario, empero, sí que os dañaría. Es el procedimiento ordinario del Señor: por lo mismo que deseamos, nos lleva a lo que Él pretende. ¿Por qué no quieres despreciar tu vida? Sin duda porque la quieres mucho.

185.- Pues por eso mismo debes despreciarla, ya que así le harás el mayor bien y le mostrarás el verdadero amor. Y considerad aquí la inefable sabiduría del Señor. No habla sólo a sus discípulos de los padres, ni sólo de los hijos, sino de lo que más íntimamente nos pertenece, que es la propia vida, y de lo uno resulta indubitable lo otro. Es decir, que quiere que se den cuenta cómo odiándolos les harán el mayor bien que pueden hacerles, pues así acontece también con tu vida, que es lo más necesario que tenemos.

186.- Premios a la hospitalidad con los enviados del Señor.-
Todo esto, ciertamente, eran motivos suficientes para persuadir a ejercitar la hospitalidad con quienes venían a traer la salud a los mismos que los acogieran. Porque ¿quién no había de recibir con la mejor voluntad a tan generosos y valientes luchadores, a los que recorrían la tierra entera como leones, a quienes todo lo suyo desdeñaban a trueque, de llevar la salud a los demás? Sin embargo, aun pone el Señor otra recompensa, haciendo ver que en esto se preocupa Él más de los que reciben que de quienes son recibidos. Y ante todo les concede el más alto honor, diciendo: El que a vosotros os recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. ¿Puede haber honor mayor que recibir juntamente al padre y al Hijo?

187.- Pues aún promete el Señor otra recompensa juntamente con la dicha: Porque el que recibe, dice, a un profeta en nombre de profeta, recibirá galardón de profeta; y el que recibe a un justo en nombre de justo, recibirá galardón de justo. Antes había amenazado con el castigo a quienes les negaran hospitalidad; ahora señala los bienes que les ha de conceder. Y por que os deis cuenta que se preocupa más de quienes reciben que de sus propios apóstoles, notad que no dijo simplemente: El que recibe a un profeta; o: En nombre de justo. Es decir, si no le recibe por alguna preeminencia mundana ni por otro motivo perecedero, sino porque es profeta o justo, recibirá galardón de profeta o galardón de justo.

188.- Lo que se ha de entender o que recibirá galardón de quien reciba a un profeta y a un justo, o el que corresponde al mismo profeta o justo. Es exactamente lo que decía Pablo: Que vuestra abundancia ayude a la necesidad de ellos, a fin de que también la abundancia de ellos ayude a vuestra necesidad. 2ª Corintios 8,14.

189.- Luego, por que nadie pudiera alegar su pobreza, prosigue el Señor: El que diere un simple vaso de agua fría a uno de estos pequeños míos sólo porque son mis discípulos, yo os aseguro que no perderá su galardón. Un simple vaso de agua fría que des, que nada ha de costarte, aun de tan sencilla obra tienes señalada recompensa. Porque por vosotros, que acogéis a mis enviados, yo estoy dispuesto a hacerlo todo.

190.- Recapitulación.-
3. Mirad por cuántos medios los persuadió y cómo les abrió las puertas de toda la tierra. Y es así que de todas maneras les mostró que los demás son deudores suyos. Primero al decirles: Digno es el trabajador de que se le pague su jornal. Segundo, por enviarlos sin tener nada. Tercero, por mandarlos a la guerra y al combate en favor mismo de quienes los recibieran. Cuarto, por el hecho de haberles dado poder de hacer milagros. Quinto, por llevar la paz, fuente de todos los bienes, por boca de sus apóstoles, a las casas de los que los acogieran. Sexto, por amenazar con castigos más duros que los de Sodoma a quienes no los recibieran. Séptimo, mostrándoles que quienes los acogían, a Él mismo y al Padre acogían. Octavo, prometiendo el galardón de un profeta o de un justo. Noveno, prometiendo grandes recompensas por un simple vaso de agua fría.

191.- Motivos de la hospitalidad y de la caridad.-
Cada uno de estos motivos, por sí solo era bastante para mover a todos a la hospitalidad para con los apóstoles. ¿Quién, en efecto, decidme, no recibiría y abriría de par en par las puertas de su casa a un general al que viera cubierto de heridas y ensangrentado, que vuelve de la guerra y del combate, después de haber levantado muchos trofeos de victoria? Y ¿quién es ese general?, me dirás. Pues justamente, añadió el Señor: en nombre de discípulo o de justo, por que adviertas que pone Él su recompensa no tanto en razón de la dignidad del que recibe hospedaje cuanto en razón de la intención del que hospeda. Aquí, a la verdad, habla de profetas, de discípulos y de justos; pero en otro lugar nos manda acoger a los más despreciados y castiga a quienes no los reciban: En cuanto no lo hicisteis con uno solo de estos muy pequeños, tampoco conmigo lo hicisteis. San Mateo 25, 45.

192.- Y nuevamente dice lo contrario sobre los mismos, pues aun cuando el necesitado no tenga ninguno de esos títulos, basta que es un hombre que habita el mismo mundo que tú, contempla el mismo sol, tiene la misma alma y el mismo Señor, toma parte en los mismos sacramentos que tú, está llamado al mismo cielo y tiene un grande título, su pobreza y necesidad, para recibir el necesario sustento. Mas es lo cierto que a quienes te quitan el sueño durante el invierno con sus flautas y zampoñas y te molestan sin razón ni motivo, tú los despachas con una buena porción de regalos. Igualmente los que andan vendiendo golondrinas, los que se embadurnan de hollín y maldicen a todo el mundo, reciben también paga de sus truhanerías.

193.- Mas si se te acerca un pobre a pedirte un pedazo de pan, allí son las malas palabras y reprensiones, allí culparle de holgazán, injuriarle, insultarle y hacer burla de su miseria. Y no consideras dentro de ti mismo que tú también eres un holgazán, y, no obstante, DIOS te concede tus dones. Y no me vengas con que tú estás ocupado en algo, sino intenta demostrarme que lo que haces y llevas entre manos es realmente cosa necesaria. Y si me dices que te dedicas a la economía y al comercio, al cuidado y acrecentamiento de tu hacienda, yo te respondo que ésos no son propiamente trabajos. Los verdaderos trabajos son la limosna y la oración y la protección de los oprimidos y tantas cosas semejantes, respecto a las cuales nuestra ociosidad es perpetua.

194.- Y, sin embargo, jamás nos ha dicho Dios a nosotros: Puesto que vives ocioso, no te voy a encender el sol; como realmente no te dedicas a nada necesario, voy a apagar la luna, a esterilizar el seno de la tierra, a secar los lagos, las fuentes y los ríos; a destruir el aire y a retener las lluvias de todos los años. No, nada de esto nos dice, sino que todo nos lo procura generosamente. Y de todos estos bienes suyos permite gozar, no sólo a los ociosos, sino a los mismos que obran mal. Así, pues, cuando veas a un pobre y estés tentado de decirle: Me sofoca que este hombre, que es joven y está sano y no tiene nada, quiera comer sin trabajar, que a lo mejor es un esclavo fugitivo que ha abandonado a su señor. 195.- Todo esto, dítelo a ti mismo, o, mejor aún, déjale al pobre que te lo diga libremente, y tendrá más razón que cuando se lo dices tú a él: Me sofoca que, estando tú sano, vivas ocioso, sin hacer nada de lo que DIOS te ha mandado; eres un fugitivo de los mandamientos de tu Dueño y andas de acá para allá a la maldad: Tú te embriagas y arruinas las casas ajenas. Tú me acusas a mí de mi ociosidad; pero yo a ti de tus malas obras: de tus insidias, de tus juramentos, de tus mentiras, de tus rapiñas y de otras infinitas cosas semejantes.

196.- Nada nos excusa de dar limosna al pobre.-
4. Al hablar así, no pretendo sentar como ley la ociosidad. ¡DIOS me libre! Yo quiero muy de veras que todo el mundo trabaje, pues la ociosidad es maestra de todos los vicios. A lo que os exhorto es a que no seáis duros y crueles con el pobre. También Pablo dirige mil reprensiones a los ociosos y él fue quien dijo: El que no quiera trabajar, que tampoco coma. 2ª Tesalonicenses 3,10; pero no se detuvo ahí, sino que prosiguió: Mas vosotros no os canséis de hacer bien, verso 13. Una verdadera contradicción. Porque si has mandado que no coman, ¿cómo nos exhortas a darles? Sí, contesta Pablo, yo he mandado que se aleje todo el mundo de ellos, que no se trate con ellos, pero también dije: No los tengáis por enemigos, sino corregidlos, verso 15. Con lo cual no pongo leyes contradictorias, sino perfectamente armónicas.

197.- Porque si tú estás pronto para la limosna, el pobre se librará muy pronto de la ociosidad y tú de la crueldad. Pero es que miente y se inventa mil excusas, me dirás.
Motivo de más para tenerle compasión, pues ha venido a parar a la necesidad de cometer tales desvergüenzas. Mas nosotros no sólo no le tenemos compasión, sino que por añadidura le decimos cruelmente: ¿No te han dado ya una y dos veces? ¿Y qué? Por haber comido una vez, ¿no tiene ya que comer más? ¿Por qué no impones esas leyes a tu propio vientre y le dices: Ya te hartaste ayer y anteayer? No pidas ahora más. A tu vientre, empero, le haces reventar sobre medida, y al pobre que te pide lo estrictamente necesario lo rechazas, cuando debiera ser motivo de compadecerle el hecho de que tenga que venir a pedir todos los días.

198.- Realmente, si otra cosa no te conmueve, eso por lo menos debiera conmoverte, pues a eso le fuerza la necesidad de la pobreza. Ésta es la que le hace importuno. Tú no le compadeces, porque oyendo tus improperios no siente vergüenza. Es que la necesidad es más poderosa que tus improperios. Y no sólo no le compadeces, sino que le expones a pública ignominia. Y cuando DIOS te manda hacer la limosna calladamente, tú te paras a hacer más notorio al que te pide y a insultarle por lo mismo que debieras compadecerle. Si no le quieres dar, ¿por qué encima le culpas y atribulas a un alma ya de suyo miserable y desgraciada?

199.- El pobre se acercó a ti buscando tus manos como un puerto a su miseria; ¿qué necesidad hay de que le levantes nuevas olas y hagas más dura la tormenta? ¿Por qué le echas en cara su vileza? Si hubiera barruntado que le ibas a hablar así, ¿acaso se hubiera acercado? Y si, aun previéndolo, se te acercó, motivo es ése de que a él le compadezcas y de que tú te horrorices de tu crueldad, pues ni aun a la vista de esa necesidad inexorable te vuelves un poco más blando. Tú no crees que baste para excusar su importunidad la necesidad en que le pone el hambre, y le culpas de importunidad; mas tú has sido muchas veces más desvergonzado que ese pobre, aun en cosas muy graves.

200.- Aquí, en verdad, se puede perdonar el descaro; pero nosotros lo tenemos al hacer acciones dignas de castigo; y cuando debiéramos ser humildes considerando esas mismas acciones nuestras, llegamos a insultar a esos desgraciados; y a quienes nos piden medicina, les abrimos una llaga. Si no le quieres dar, ¿por qué encima le hieres? Si no tienes intención de socorrerle, ¿por qué encima le injurias? ¡Es que no hay otra manera de echárselo de encima? Pues obra como mandó aquel sabio que dijo: Respóndele con mansedumbre palabras de paz. Eclesiástico 4,8. Porque a buen seguro que no es importuno por el gusto de serlo. No hay hombre, no hay absolutamente un hombre que tenga gusto en pedir importunamente. No.

201.- Por más que se empeñaran en convencerme de ello, jamás podré yo creer que quien tiene abundantemente para vivir se entregue de buena gana a la mendicidad. Que nadie, pues, nos engañe. Si es cierto que Pablo dice: El que no quiera trabajar, que tampoco coma, se lo dice a los perezosos, no a nosotros. A nosotros nos dice lo contrario: No os canséis de hacer bien. Así lo hacemos nosotros mismos en casa. Cuando hay dos que riñen, los tomamos aparte de cada uno, y a cada uno le decimos lo contrario. Así lo hicieron también DIOS y Moisés. A DIOS mismo le decía Moisés: Si les quieres perdona su pecado, perdónaselo; si no, bórrame a mí del libro de los vivos. Éxodo 32, 32.

202.- Al pueblo, empero, mandó que se acuchillaran los unos a los otros, sin respetar parentesco de ninguna clase. Realmente, lo uno era contrario a lo otro; todo, sin embargo, apuntaba a un mismo fin. DIOS a su vez, oyéndolo los judíos, le decía a Moisés: Déjame, que quiero aniquilar a este pueblo. Éxodo 32, 10. Porque si bien el pueblo no estaba presente cuando DIOS le dijo eso a moisés, luego, sin embargo, habían de enterarse de ello. Privadamente, en cambio, DIOS le exhorta a Moisés a lo contrario. Lo mismo se vio forzado Moisés a expresar más adelante: ¿Es que los he concebido yo en mi seno para que me digas: Llévalos como una nodriza lleva al niño que mama a sus pechos? Números 11, 12.

203.- Es lo mismo que sucede en una casa. Muchas veces el padre, al maestro que trata duramente al niño, le reprende particularmente diciéndole: No sea áspero y duro. Al muchacho, en cambio, le dice lo contrario: Aun cuando te maltrate sin razón, has de sufrirlo. Por caminos contrarios llega al mismo término: el bien de su hijo. Así también Pablo, a los que estando buenos se daban a la mendicidad, les decía: El que no quiera trabajar, que tampoco coma. Era obligarlos a trabajar. Más a los que podían dar limosna, los exhorta: Mas vosotros no os canséis de hacer bien. Que era llevarlos a dar limosna. E igualmente, en la carta a los romanos, cuando exhortaba a los de las naciones a no sentir orgullo contra los judíos y les puso el ejemplo del olivo silvestre, se ve también que dice unas cosas a un bando y otras a otro.

204.- No caigamos, pues, en crueldad, sino oigamos la exhortación de Pablo mismo: No os canséis de obrar bien. Oigamos también al Señor, que nos dice: A todo el que te pidiere, dale. San Mateo 5, 42. Y: Sed misericordiosos, como vuestro Padre. San Lucas 6,36. A la verdad, ¡cuántas cosas dijo el Señor y, no obstante, en ninguna otra ocasión, fuera de la misericordia, nos puso por blanco a su propio Padre! Es que nada nos hace tan semejantes a DIOS como hacer beneficios a los otros.

205.- Somos más desvergonzados que los pobres.-
5. Pero nada hay me replicasmas desvergonzado que un pobre. ¿Por qué razón?, dime por favor. Porque viene detrás gritando? ¡Muy bien! ¿Quieres que te demuestre que nosotros somos más desvergonzados y que tenemos menos consideración que el pobre? Acuérdate, te ruego ahora, cuántas veces en tiempo de ayuno, que la comida se sirve por la tarde, has llamado al esclavo y por acudir algo despacio lo has echado todo a rodar, coceando, maldiciendo, insultando, todo por unos momentos de dilación, y sabiendo muy bien que, si no inmediatamente, de todos modos no te había de faltar comida.

206.- Tú, pues, que por una nonada te enfureces, no te calificas a ti mismo de impudente; al pobre, empero, que teme y tiembla por motivos mucho más importantes, pues no se trata en él de que tarde más o menos la comida, sino de comer o no comer en absoluto; al pobre, digo, le llamas imprudente, descarado y sinvergüenza, con toda la abundancia de improperios que te vienen a la boca. ¿No es eso justamente la suma desvergüenza? Mas como no reflexionamos sobre ello, de ahí que tengamos a los pobres por gente molesta.

207.- Examinémonos a nosotros mismos.-
Si examináramos nuestros defectos y los comparáramos con los de ellos, no los tendríamos por pesados. No seas, pues, juez amargo. Aun cuando estuvieras libre de todo pecado, ni aun en ese caso te permitiría la ley de DIOS ser tan riguroso examinador de los pecados ajenos. Por ahí se perdió el fariseo. ¿Y pensamos tener nosotros excusa alguna? Si a los que obran bien no les permite el Señor juzgar ásperamente la conducta de los demás, mucho menos a los que son pecadores.

208.- No seamos soberbios ni crueles.-
No seamos, pues, crueles, inclementes, inexorables y sin amor; no seamos peores que las mismas fieras. Y a la verdad, yo sé de muchos que han llegado a punto tal de fiereza que, por no hacer un mínimo esfuerzo, dejan que otros se mueran de hambre y se excusan con razones como éstas: No tengo aquí ahora esclavo ninguno; estamos lejos de casa; no hay cambista conocido mío por aquí. ¡Qué crueldad! ¡Qué soberbia! ¿Has hecho lo más y no vas a poder con lo menos? ¿Por no dar tú unos pasos, el otro se va a morir de hambre? ¡Qué insolencia, qué soberbia! Aun cuando tuvieras que andar diez estadios, no debieras vacilar. ¿No caes en la cuenta que de este modo se te acrecienta tu galardón? Porque si sólo das, sólo por tu limosna se te recompensará; pero si además andas unos pasos, aun de eso se te reserva galardón.

209.- Precisamente por eso admiramos al patriarca Abrahán: él mismo corrió al rebaño de vacas y tomó un novillo, a pesar de que tenía trescientos dieciocho criados nacidos en su casa. Génesis 14,14; 18,7. Ahora, empero, hay algunos tan llenos de soberbia, que eso lo hacen por medio de sus esclavos y no se avergüenzan de ello.
¿Quieres entonces, me replicas, que lo haga por mí mismo? ¿Y no tendrá eso visos de vanagloria? Sin embargo, también ahora te dejas llevar de otra vanagloria, pues tienes rubor de que te vean hablando con un pobre. Pero no quiero en esto llevar las cosas tan por los cabos. Basta que des, ora por ti mismo, ora por otros, y que no recrimines, no hieras, no insultes al pobre. El que a ti se acerca, necesita de medicinas, no de heridas; de compasión, no de que le claves la espada.

210.- La buena palabra es mejor que la limosna.-
Dime, en efecto: si un herido por una pedrada, con una herida en la cabeza, pasando de largo a todos los demás, viniera a postrarse, chorreando sangre, a tus rodillas, ¿acaso le darías tú con otra piedra, añadiendo herida a herida? No puedo pensarlo. No; lo que harías es intentar inmediatamente curarlo. ¿Cómo es, pues, que con los pobres haces lo contrario? ¿No sabes qué fuerza tiene una palabra, lo mismo para levantar para abatir? Mejor es, dice la Escritura, la palabra que el don. Eclesiástico 18, 16. ¿No adviertes que te clavas la espada a ti mismo y eres tú el que recibes más grave herida cuando el pobre se retira injuriado, secretamente gimiendo y derramando muchas lágrimas?

211.- A la verdad, Dios es quien te envía al pobre. Considera, pues, si le insultas, a quién diriges tu insulto, puesto caso que Dios te lo envía y manda que le socorras, y tú no sólo no le das, sino que le injurias al venir a ti. Si todavía no comprendes lo extremadamente absurdo de tu conducta, mírala en un caso humano, y entonces verás con toda claridad lo enorme de tu pecado. Si tú mismo mandaras a un esclavo tuyo a cobrar de otro esclavo tu dinero y no sólo se volviera con las manos vacías, sino también injuriado, ¿qué no harías con el injuriador? ¿Qué castigo no le impondrías, dado caso que el injuriado eres tú mismo? Pues aplica el ejemplo a Dios. Él es el que nos manda los pobres y, si algo damos, de lo que Dios damos. Ahora bien, si, encima de no dar, los despachamos cubiertos de ignominia, considera con qué rayos se habrá de castigar semejante acción.

212.- Exhortación final: Unamos a la limosna las buenas palabras.
Considerando, pues, todo esto, pongamos freno a la lengua; echemos de nosotros toda inhumanidad; tendamos la mano para la limosna, y no sólo con dinero, sino con palabras también, tratemos de aliviar a los necesitados. De este modo escaparemos al castigo de la injuria y, por la bendición y la limosna, y no sólo con dinero, sino con palabras también, tratemos de aliviar a los necesitados. De este modo escaparemos al castigo de la injuria y, por la bendición y la limosna, heredaremos el reino de los cielos por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

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Rosario Serrano
soy diseñadora gráfica y profesora de religión y de lengua y literatura
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