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HOMILIAS 36
15:07
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Y fue que, en terminando Jesús de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, pasó de allí para enseñar y predicar en las ciudades de ellos. San Mateo 11,1.
213.- Juan no dudó personalmente de Cristo.
1. Como había el Señor enviado a sus discípulos, retiróse Él por un tiempo, con objeto de darles lugar y ocasión de realizar lo que les había ordenado. Porque de estar Él presente y curar por sí mismo, nadie hubiera querido acudir a sus discípulos. Mas oyendo Juan en la cárcel las obras de Cristo, envió a dos de sus discípulos y le preguntó diciendo: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Lucas cuenta que fueron los mismos discípulos quienes le refirieron a Juan los milagros de Cristo y que entonces fue cuando los envió. San Lucas 7,18. Lo cual no ofrece dificultad. Lo único que cabe considerar es la envidia hacia el Señor, que este pormenor pone también de manifiesto. El problema de verdad grave es lo que sigue. ¿En qué concretamente? En las palabras de Juan: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?
214.- Y es así que él, que conocía al Señor antes de que obrara milagros, que había sido instruido por el Espíritu Santo, que había oído la voz del Padre, que le había predicado delante de todo el pueblo, ahora envía a enterarse por Él mismo si era o no era Él el Mesías. La verdad es que, si tú no sabes a ciencia cierta quién es Cristo, ¿cómo piensas que se te pueda dar fe, afirmando lo que no sabes? El que viene a dar testimonio sobre otro, lo primero que necesita es que sea digno de crédito.
Ahora bien, ¿no dijiste tú: No soy digno de desatar la correa de su sandalia? San Lucas 3,16. ¿No dijiste tú: Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar en agua, ése fue quien me dijo: Sobre quien vieres bajar el Espíritu Santo y reposar sobre Él, ése es el que bautiza en Espíritu Santo? San Juan 1,33.
215.- ¿Acaso no oíste la voz del Padre? ¿No trataste tú de impedir que se bautizara, diciéndole: Yo soy el que tengo necesidad de ser bautizado por ti ¿y tú vienes a mí? San Mateo 3,14. ¿No le decías tú a tus discípulos: Es menester que Él crezca y yo mengüe? San Juan 3,30. ¿No le enseñabas tú al pueblo entero que Él es el que bautiza en Espíritu Santo y en fuego, y que Él es el cordero de DIOS que quita el pecado del mundo? ¿No predicaste tú todo eso antes de los milagros y prodigios? ¿Cómo, pues, ahora, cuando es Él conocido de todo el mundo, cuando su fama ha corrido por todas partes, cuando ha resucitado muertos, y expulsado demonios, y obrado tantos otros prodigios, cómo es, digo, que ahora mandas una embajada para preguntarle a Él mismo? ¿Qué es lo que ha pasado?
216.- Todas tus anteriores palabras, ¿fueron acaso embuste, comedia y fábula? ¿Y quién, en su sana razón, pudiera decir tal cosa? No digo ya Juan, el que dio saltos en el seno de su madre, el que predicó a Cristo antes de nacer, el morador del desierto, el que llevó vida de ángeles; el hombre más vulgar y abyecto no hubiera dudado de Cristo después de tantos testimonios, los que Él había dado y los quede Él dieron otros. De donde evidentemente se concluye que no envió Juan su embajada porque dudara ni dirigió al Señor su pregunta porque ignorara quién era.
213.- Juan no dudó personalmente de Cristo.
1. Como había el Señor enviado a sus discípulos, retiróse Él por un tiempo, con objeto de darles lugar y ocasión de realizar lo que les había ordenado. Porque de estar Él presente y curar por sí mismo, nadie hubiera querido acudir a sus discípulos. Mas oyendo Juan en la cárcel las obras de Cristo, envió a dos de sus discípulos y le preguntó diciendo: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Lucas cuenta que fueron los mismos discípulos quienes le refirieron a Juan los milagros de Cristo y que entonces fue cuando los envió. San Lucas 7,18. Lo cual no ofrece dificultad. Lo único que cabe considerar es la envidia hacia el Señor, que este pormenor pone también de manifiesto. El problema de verdad grave es lo que sigue. ¿En qué concretamente? En las palabras de Juan: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?
214.- Y es así que él, que conocía al Señor antes de que obrara milagros, que había sido instruido por el Espíritu Santo, que había oído la voz del Padre, que le había predicado delante de todo el pueblo, ahora envía a enterarse por Él mismo si era o no era Él el Mesías. La verdad es que, si tú no sabes a ciencia cierta quién es Cristo, ¿cómo piensas que se te pueda dar fe, afirmando lo que no sabes? El que viene a dar testimonio sobre otro, lo primero que necesita es que sea digno de crédito.
Ahora bien, ¿no dijiste tú: No soy digno de desatar la correa de su sandalia? San Lucas 3,16. ¿No dijiste tú: Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar en agua, ése fue quien me dijo: Sobre quien vieres bajar el Espíritu Santo y reposar sobre Él, ése es el que bautiza en Espíritu Santo? San Juan 1,33.
215.- ¿Acaso no oíste la voz del Padre? ¿No trataste tú de impedir que se bautizara, diciéndole: Yo soy el que tengo necesidad de ser bautizado por ti ¿y tú vienes a mí? San Mateo 3,14. ¿No le decías tú a tus discípulos: Es menester que Él crezca y yo mengüe? San Juan 3,30. ¿No le enseñabas tú al pueblo entero que Él es el que bautiza en Espíritu Santo y en fuego, y que Él es el cordero de DIOS que quita el pecado del mundo? ¿No predicaste tú todo eso antes de los milagros y prodigios? ¿Cómo, pues, ahora, cuando es Él conocido de todo el mundo, cuando su fama ha corrido por todas partes, cuando ha resucitado muertos, y expulsado demonios, y obrado tantos otros prodigios, cómo es, digo, que ahora mandas una embajada para preguntarle a Él mismo? ¿Qué es lo que ha pasado?
216.- Todas tus anteriores palabras, ¿fueron acaso embuste, comedia y fábula? ¿Y quién, en su sana razón, pudiera decir tal cosa? No digo ya Juan, el que dio saltos en el seno de su madre, el que predicó a Cristo antes de nacer, el morador del desierto, el que llevó vida de ángeles; el hombre más vulgar y abyecto no hubiera dudado de Cristo después de tantos testimonios, los que Él había dado y los quede Él dieron otros. De donde evidentemente se concluye que no envió Juan su embajada porque dudara ni dirigió al Señor su pregunta porque ignorara quién era.
217.- Juan no obró tampoco por cobardía.
Porque tampoco puede decirse que, sí, Juan sabía muy bien quién era Cristo, pero que la prisión le había vuelto más cobarde. No. Juan no esperaba librarse de la cárcel, y si lo esperaba, no hubiera sido al precio de traicionar su piedad, estando como estaba preparado para mil muertes. De no haber estado así preparado, no hubiera mostrado tanto valor delante de un pueblo dispuesto siempre a derramar sangre de profetas, ni hubiera confundido con tanta libertad a aquel cruel tirano, en medio de la ciudad y de la plaza, reprendiéndole duramente en presencia de todo el mundo, como si fuera un chiquillo pequeño. Y si se dice que la prisión le hizo cobarde, ¿cómo no tuvo vergüenza de sus discípulos, ante los cuales había dado tan alto testimonio de Cristo, y por medio de ellos, cuando debía haberlo hecho por otros, dirigió al Señor su pregunta?
218.- No. La verdad es que Juan sabía muy bien que sus discípulos envidiaban al Señor y deseaban hallar algún asidero contra Él. ¿Y cómo no se sonrojó ante el pueblo judío, ante el que había predicado tantas cosas? ¿Y qué tenía que ver su embajada a Cristo con su liberación de la prisión? No habían metido a Juan en la cárcel por causa de Cristo ni porque hubiera pregonado su poder, sino por haber reprendido la unión ilegítima de Herodes. En otro caso, Juan hubiera merecido la calificación de niño insensato y de hombre sin juicio.
219.- Los discípulos de Juan, envidiosos del Señor.-
¿Qué intentó, pues, Juan, con su embajada? Que él no dudaba, como no podía dudar nadie por insensato y loco que lo supongamos, resulta evidente de cuanto llevamos dicho. Hay que buscar, pues, la solución por otro lado. ¿Por qué, pues, envió a preguntar? Porque sus discípulos eran desafectos al Señor, cosa evidente sin duda para todo el mundo, y sentían siempre celos de su gloria. Lo cual es también evidente por lo que decían a su propio maestro: Aquel, le decían, que estaba contigo al otro lado del Jordán, mira, ése bautiza y todos acuden a Él. San Juan 3,26. Y en otra ocasión hubo una discusión entre los judíos y los discípulos de Juan acerca de la purificación, y, acercándose también entonces al Señor, le dijeron: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y tus discípulos no ayunan? San Mateo 9,14.
220.- 2. Es que todavía no sabían quién era Jesús, sino que, teniéndole a éste por puro hombre y a Juan por más que hombre, les dolía ver que Jesús se hacía famoso, y Juan, en cambio, conforme a lo que él mismo dijera, iba disminuyendo. Esto les impedía acercarse a Él, pues la envidia les cerraba el paso. Ahora bien, mientras Juan estuvo entre ellos, jamás cesó de exhortarlos y enseñarlos, aunque no logró persuadirlos. Mas ahora que se siente próximo a su fin, pone en ello mayor empeño, pues temía no les dejara motivo para una falsa idea y se mantuvieran indefinidamente alejados de Cristo. Porque personalmente todo su interés desde el principio era llevar a Cristo, a todos los suyos; mas ya que antes no lo había conseguido, pone más empeño ahora que ya va a morir.
221.- Si les hubiera dicho: “Pasaos a Jesús, pues Él es mejor que yo, dada la inseparable adhesión con que le seguían, no los hubiera persuadido. Más bien hubieran pensado que hablaba así por modestia, y aún se le hubieran adherido más íntimamente. De callar, por otra parte, tampoco hubiera sacado nada. ¿Qué es, pues, lo que hace? Esperar a que sean discípulos mismos quienes le cuenten que Jesús hace milagros. Mas ni aun entonces les dirige exhortación particular ni envía indistintamente a todos. No, escoge sólo a dos, sin duda a los que sabía eran más dóciles que los demás, con lo que la pregunta no tendría sospecha alguna, y los manda a que se enteren por los hechos mismos de la diferencia que iba de Jesús a él.
222.- Y así les dice: Marchad y decidle: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Cristo, empero, que conocía la mente de Juan, no contestó sin más: Sí, yo lo soy; pues esto hubiera también chocado a sus oyentes, a pesar de que ésa era la respuesta más natural, sino que los dejó que sacaran ellos mismos la consecuencia de los hechos. Dice, en efecto, el evangelio, que al acercársele los discípulos de Juan, entonces fue cuando curó a muchos. A decir verdad, ¿qué ilación hay entre la pregunta que se le hace: Eres tú el que ha de venir, a la que no responde palabra, y ponerse inmediatamente a curar a los enfermos, si es que no intentaba probar lo que yo he dicho? A la verdad, el Señor tenía por más fidedigno y menos sospechoso el testimonio de los hechos que no el de las palabras.
223.- Conociendo, pues, como DIOS que era, el pensamiento con que Juan los había enviado, púsose inmediatamente a curar a ciegos, cojos y otros muchos, no para dar una lección a Juan, que estaba perfectamente convencido, sino a sus discípulos, que dudaban. Y, una vez realizadas las curaciones, les dijo: Marchad y contad a Juan lo que estáis oyendo y viendo: los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los ciegos recobran la vista, los sordos oyen, los muertos resucitan, y los pobres reciben la buena nueva. Y añadió: Y bienaventurado aquel para quien yo no sea ocasión de tropiezo. Con lo que les daba a entender que conocía sus íntimos pensamientos.
224.- Si les hubiera rotundamente contestado: “Sí, yo soy”, aparte que esto, como ya he dicho, les hubiera chocado, sin duda hubieran pensado, aun sin decirlo, lo que los judíos decían al Señor: Tú atestiguas sobre ti mismo. San Juan 8,13. De ahí que el Señor no les contesta eso, sino que los deja que saquen ellos la consecuencia de los milagros, con lo que quita toda sospecha a su enseñanza y la hace más clara. De ahí que también a ellos los arguya veladamente. Como realmente se escandalizaban en Él, el Señor les pone de manifiesto su enfermedad, si bien se la deja sólo para su conciencia, y a nadie hace testigo de su reprensión, sino a ellos mismos, que sabían de qué se trataba. Con ello se los atraía mejor hacia sí mismo, diciéndoles: Bienaventurado aquel para quien yo no fuere ocasión de tropiezo. A los discípulos de Juan apuntaba, en efecto, el Señor con estas palabras.
225.- Otra explicación de la conducta de Juan.-
Mas no quiero exponeros sólo mi propia explicación; quiero también que conozcáis la que dan otros, a fin de que, comparando la una con la otra, quede la verdad más esclarecida. Es, pues, menester que la citemos. ¿Qué explicación dan, pues, otros a este pasaje? Hay quienes dicen que la causa de la embajada no fue la que yo he dicho, sino que Juan ignoraba, aunque no lo ignoraba todo. Que Jesús era el Cristo, lo sabía muy bien Juan; lo que ignoraba era que hubiera también de morir por los hombres. De ahí su pregunta: ¿Eres tú el que ha de venir? Es decir: “¿Eres tú el que ha de bajar al infierno?”. Esta explicación no puede tener razón alguna, puesto que tampoco eso lo ignoraba Juan. Eso fue justamente lo que él pregonó antes que nada; sobre eso dio su primer testimonio: He aquí –dice— el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. San Juan 1,29.
226.- Llamar cordero al Señor era predicar la cruz; y decir que Él quita el pecado del mundo es significar claramente lo mismo. No por otro medio, en efecto, que por la cruz había el Señor de quitar el pecado. Así lo dice también Pablo: Y la escritura que nos era contraria, quitóla también de en medio, clavándola en la cruz. Colosenses 2,14. En fin, decir que Él bautizaría en Espíritu Santo era profetizar lo que había de suceder después de la resurrección del Señor. Es que Juan, replican, sabía que el Señor había de resucitar y dar el Espíritu Santo, pero no que hubiera de ser crucificado. ¿Cómo había entonces de resucitar, sin haber sufrido ni sido crucificado? ¿Y cómo podía ser Juan más que profeta, si no sabía ni lo que dijeron los profetas?
227.- Juan no pudo ignorar la pasión, conocida de los profetas.-
3. Ahora bien, que Juan fue más que profeta, el mismo Cristo lo atestiguó. San Lucas 7,28. Y que los profetas conocieron la pasión del Señor, es cosa patente para todo el mundo. Así, Isaías 53,7 dice: Como oveja fue conducido al matadero y Él está mudo como cordero en manos del que le trasquila. Y antes de este testimonio había dicho: Y será la raíz de Jesé y el que se levanta para dominar sobre los pueblos; en Él pondrán los pueblos su esperanza. Isaías 11,10. Luego, hablando de la pasión y de la gloria que había de seguirle, prosigue diciendo: Y será su descanso, gloria. Y no sólo predijo Isaías que Cristo había de ser crucificado, sino con quiénes: Y fue contado, dice, entre los inicuos. Y no sólo eso, sino también como Él no había de defenderse: Él, dice, no abre su boca.
228.- Y que había de ser injustamente condenado: En su humillación, dice, fue quitado su juicio. Y antes que Isaías había dicho también esto David, que describe el tribunal: ¿Por qué, dice, han bramado las naciones y los pueblos han tramado designios vanos? Se presentaron los reyes de la tierra y los príncipes se juntaron en uno en contra del Señor y de su Ungido. Salmo 2,12. Y en otro salmo, habla David de la forma de su muerte en cruz: Taladraron mis manos y mis pies. Y luego describe con toda puntualidad los desmanes de los soldados: Se repartieron, dice, mis vestidos entre sí y sobre mis vestiduras echaron suertes. Salmo 21, 17.19. En otro llega a decir cómo le ofrecieron al Señor vinagre: Me dieron, dice, por bebida hiel y en mi sed me abrevaron con vinagre. Salmo 68,22.
229.- Ahora bien, los profetas hablan con tantos años de anticipación del tribunal, de la condenación a muerte, de los que habían de ser con Él crucificados, de la participación de los vestidos y de la suerte echada sobre ellos y de tantas otras cosas, pues no vamos a citarlas todas, haciendo interminable el discurso; y Juan, que era mayor que todos los profetas, ¿iba a ignorar todo eso? ¿Qué sentido habría en ello? Pues ¿por qué no dijo: eres tú el que ha de venir al infierno, sino simplemente: eres tú el que ha de venir? La respuesta que a esto dan es más ridícula que todo lo pasado. Dicen, en efecto, que Juan hablaba así porque quería, salido de este mundo, predicar en el infierno. Sería el momento de decir a estos intérpretes: Hermanos, no os hagáis niños de entendimiento, sino sed niños en la malicia. 1ª Corintios 14, 20.
230.- No, el tiempo de la buena o mala conducta es la vida presente; después de la muerte, ya no queda sino el juicio y el castigo. Porque en el infierno, dice el profeta, ¿quién te confesará? ¿Cómo fueron, pues, rotas las puertas de bronce y hechos pedazos los cerrojos de hierro? ¡Por el cuerpo del Señor! Entonces por vez primera apareció un cuerpo inmortal y capaz de deshacer el imperio de la muerte. Por otra parte, esto sólo quiere decir que quedó destruida la fuerza de la muerte, pero no que se perdonaran los pecados de los que habían muerto antes del advenimiento de Cristo. De no ser así, de admitir que Cristo libró del infierno a todos los que allí había antes de su venida, ¿cómo es que dice: Se tratará más benignamente a la tierra de Sodoma y de Gomorra? San Lucas 10,12.
231.- Porque esto quiere decir que Sodoma y Gomorra serán castigadas con más benignidad, sin duda; pero castigadas desde luego. Y a la verdad, ya en este mundo sufrieron el más terrible castigo, pero ni aun eso las eximirá del otro. Pues si éstas han de ser castigadas, mucho más quienes nada sufrieron en el mundo.
232.- La suerte de los que vivieron antes de Cristo.-
Entonces, me dirás, ¿no se comete una injusticia con los que vivieron antes de Cristo? De ninguna manera, pues entonces era posible salvarse sin necesidad de confesar a Cristo. Porque no se les exigía eso, sino solamente no idolatrar y conocer al verdadero DIOS: El Señor DIOS tuyo, dice la Escritura, es un Señor solo. Deuteronomio 6,4. Los Macabeos fueron admirados, porque sufrieron cuanto sufrieron por la guarda de la ley, y como ellos los tres jóvenes del horno de Babilonia y otros muchos de entre los judíos que llevaron vida irreprochable, y a quienes, por haberse mantenido en la medida de su conocimiento de DIOS, no se les exigió nada más.
233.- Porque entonces, como ya he dicho, bastaba para la salvación el solo conocimiento de DIOS; ahora ya no basta solo, sino que es menester conocer también a Cristo. De ahí que Él mismo dijera, San Juan 15, 22: Si no hubiera yo venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado; ahora, empero, no tienen excusa de su pecado. Lo mismo acontece en orden a la conducta. Entonces sólo el homicidio perdía al que lo cometía; ahora se pierde hasta el que se irrita.
234.- Entonces, sólo el adulterio y la unión con la mujer ajena acarreaba castigo; ahora, el mero mirar con ojos impúdicos. De suerte que, en la misma medida del conocimiento, la conducta ha de ser ahora más perfecta. Por otra parte, si después de la muerte han de salvarse los incrédulos por medio de la fe, nadie se condenaría jamás; pues ha de venir un momento en que todos se arrepentirán y adorarán al Señor. Y que esto sea verdad, oye cómo lo dice Pablo: Toda lengua confesará y toda rodilla se doblará en el cielo, en la tierra y en los infiernos. Filipenses 2,11. Y: El último enemigo aniquilado será la muerte. 1ª Corintios 15, 26. Ningún provecho sacarán, sin embargo, los condenados de esta sumisión, pues no procederá de una voluntad libre y reconocida, sino, como si dijéramos, de la necesidad misma de las cosas.
235.- Premio o castigo, inexorable para quienes obren el bien o el mal.-
4. No introduzcamos, pues, en adelante esas doctrinas de viejas y fábulas judaicas. Oye desde luego lo que sobre eso dice Pablo: Cuantos sin ley pecaron, sin ley también perecerán. Aquí habla de los que vivieron antes de la ley. Y cuantos en la ley pecaron, por medio de la ley serán juzgados. Aquí se refiere a todos los que vinieren después de Moisés. Y: Porque la ira de DIOS se revela desde el cielo sobre toda impiedad e injusticia de los hombres. Y: indignación, ira, tribulación y angustia sobre toda alma de hombre que obra el mal, del judío primeramente y también del griego. Romanos 2,12; 1,18; 3,8-9.
236.- Y a la verdad, infinitos fueron los males que entonces sufrieron los gentiles, como nos lo ponen bien de manifiesto las historias profanas, a par de nuestras Escrituras sagradas. ¿Quién podrá, en efecto, contar las catástrofes de los babilonios y de los egipcios? Ahora, que quienes no conocieron a Cristo antes de su advenimiento en carne, pero se apartaron de la idolatría y llevaron vida irreprochable, gozarán de toda suerte de bienes, oye cómo lo dice también el Apóstol: Gloria, honor y paz a todo el que obra el bien, al judío primero y también al griego. Romanos 2, 10. Ya veis, pues, cómo también a los gentiles se les reservan grandes recompensas, así como castigos y suplicios a quienes hacen lo contrario.
237.- Los que no creen en el Infierno.
¿Dónde están, pues, los que no creen en el infierno? Porque si quienes vivieron antes del advenimiento de Cristo, no obstante no haber oído ni el nombre del infierno ni el de la resurrección, no obstante los castigos que ya sufrieron en esta vida, serán también castigados en la otra, ¿cuánto más no lo seremos nosotros, que hemos sido instruidos en doctrinas de tan alta sabiduría? Mas ¿no será contra razón, objetarás, que quienes no oyeron ni hablar del infierno vayan a caer en él? Porque siempre le podrán decir a DIOS: Si nos hubieras amenazado con el infierno, hubiéramos sido más temerosos y nos hubiéramos contenido mejor. Seguramente que sí, y no como nosotros, que, a pesar de que oímos hablar del infierno diariamente, ni aun así atendemos a nuestra vida.
238.- Mas, aparte de esto, hay que decir también que el que no se contiene por los castigos inmediatos, tampoco se contendrá con los que son sólo amenaza para la eternidad. Pues es así que a quienes hacen menos uso de su razón y son de más groseras disposiciones, más los suele sofrenar lo que tienen delante y ha de suceder inmediatamente que los que se les amenaza para mucho tiempo después. Mas a nosotros, insistes, se nos infunde mayor miedo. ¿No se les hace en ello injuria a los anteriores a Cristo? En modo alguno.
239.- Porque en primer lugar no habían aquellos de librar combates iguales a los nuestros, sino que los nuestros son mucho mayores. Ahora bien, los que han de realizar mayores trabajos, necesitan también mayor ayuda. Y ayuda es, no pequeña, el acrecentamiento del temor. Y si nosotros les llevamos ventaja en conocer mejor la vida futura, ellos nos la llevaron en que sufrían inmediatamente los más grandes castigos.
240.- No es contra justicia que el pecado se castigue en esta vida y en la otra.
Otra objeción pone también a esto el vulgo. ¿Dónde está, dicen, la justicia de DIOS, si a quien sólo en esta vida pecó se le castiga en ésta y en la otra? ¿Queréis, pues, que os recuerde cómo habláis vosotros mismos, para que no me deis a mi trabajo con vuestras objeciones, sino que deis la solución de vuestra propia cosecha? Yo he oído a muchos de nuestros hombres cómo, al saber la ejecución, en la cárcel, de un criminal, se indignaban y hablaban así: Ese infame, ese abominable asesino ha cometido treinta o más muertes, y él ha sufrido una sola. ¿Dónde está la justicia? De suerte que vosotros mismos confesáis que no basta una sola muerte por castigo. ¿Cómo es, pues, que aquí sentenciáis en contra? Porque no juzgáis a otros, sino a vosotros mismos. Tan grave obstáculo es el amor propio para no ver la justicia.
241.- De ahí que, cuando juzgamos a los otros, todo lo examinamos con minuciosidad; pero si somos jueces en causa propia, andamos entre sombras. Si examináramos la cosa en nosotros como en los demás, daríamos fallo imparcial. Porque también nosotros hemos cometido pecados que merecen no dos ni tres, sino innumerables muertes. Dejando a un lado otros pecados, recordemos cuántos participan indignamente de la Eucaristía. Ahora bien, esos tales son reos del cuerpo y de la sangre del Señor 1ª Corintios 11,27. Así, cuando hables de un asesino, considérate a ti mismo. El asesino mató a un hombre, tú eres reo de haber pasado a cuchillo al Señor. Aquél, sin haber participado de la Eucaristía; nosotros, gozando de la mesa sagrada.
242.- ¿Y qué decir de los que muerden y devoran por la envidia a sus hermanos. Gálatas 5,16. Y sobre ellos derraman su veneno. ¿Qué de los que arrebatan el sustento de los pobres? Porque si ya el que no da de lo suyo es criminal, ¿qué será el que toma de lo ajeno? ¡Los avaros son peores que una banda de salteadores! ¡Los rapaces son peores que muchos asesinos y profanadores de sepulcros!
243.- ¡Cuántos después de despojar a su prójimo desean también beber su propia sangre! ¡DIOS nos libre! ¡Ni hablar de esa atrocidad! Sí, ahora gritas: ¡DIOS nos libre! Di cuando tienes un enemigo: ¡DIOS nos libre!, y acuérdate entonces de mis palabras y lleva vida ajustada a la más estricta perfección, no sea que también a nosotros nos espere la suerte de Sodoma y no padezcamos lo que Gomorra y no corramos la suerte de tirios y sidonios. O, por decir mejor, para no ofender a Cristo, que es más grave y más espantoso que el infierno; porque yo no cesaré de gritar continuamente que ofender a Cristo es más grave y espantoso que el mismo infierno.
244.- Así os exhorto a que sintáis también vosotros, pues así nos libraremos del mismo infierno y gozaremos de la gloria de Cristo. La cual ojalá todos alcancemos por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
LA VIRGEN MARIA
14:37
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de Mons. Tihamet Toth.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.
¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)
468.- El culto de María vivifica nuestra fe. María conservaba la fe dentro de su corazón, no como un tesoro sin vida e incapaz de comunicarle, sino que moldeó toda su vida según esa fe. Esta fe viva de María es la segunda lección importante para nosotros. El Reino de DIOS, dijo en cierta ocasión el Señor, es semejante a la levadura que tomó una mujer y la revolvió en tres medidas de harina, hasta que hubo fermentado toda la masa, San Lucas 13,21. Con ello nos enseña que nuestra fe ha de ser levadura que haga fermentar toda nuestra vida. Ella, no solamente tomaba nota de los acontecimientos de la vida de Jesús y de sus palabras, sino que además, iba ponderándolas en su corazón, San Lucas 2,19; es decir, al orar y trabajar, al descansar y estando atareada, pensaba en ellos continuamente y conforme a los mismos, moldeaba su vida. Así como fue María quien dio cuerpo al Hijo de DIOS bajado a la tierra, en la vida de María fue donde tomaron cuerpo con la mayor perfección posible las enseñanzas y la religión de su Hijo. Fue la que mejor escuchó y cumplió.
469.- Nunca hubo ni habrá un hombre que en su alegría y en su dolor, en sus anhelos y planes, en sus virtudes y sacrificios, haya dado vida con tal fidelidad y de un modo tan triunfal al espíritu del cristianismo como la Virgen Bendita. El mismo Jesús dio testimonio de ello. En cierta ocasión, una mujer que le seguía entre la multitud, viendo las obras maravillosas del Señor, y oyendo sus palabras divinas, exclamó con entusiasmo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, San Lucas 11,27. Y el Señor le contestó: Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de DIOS y la ponen en práctica, San Lucas 11,28.
470.- Jesús no contradice a la mujer; todo lo contrario, amplía el sentido de sus palabras. No dice que no hay motivo de alabar a su Madre, sino que realmente tal motivo es doble; primero porque por su maternidad está unida con El con lazos de sangre; segundo, y el más poderoso, porque por su fe tiene con El un parentesco espiritual, y conservaba en el corazón, y las vivió, las palabras del Hijo, San Lucas 2, 19.51, mejor que cualquiera de sus discípulos.
471.- En el primer punto no podemos imitar a María, pero sí en el segundo. Sabemos muy bien como el camino más seguro para el que quiere seguir a María, ser digno de Ella y parecérsele, es la fe ardiente y abnegada, viva en Jesucristo. Fe que no es mera palabra ni mero sentimiento, sino también y principalmente, vida y fuerza divina que transforma nuestra vida propia.
Nos fijamos en lo que María dice a los criados en las bodas de Caná. Atended al Señor y haced lo que El os diga, San Juan 2,5. Así, pues, si honramos a María, no nos detenemos en Ella, sino que por Ella vamos a Cristo.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.
¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)
468.- El culto de María vivifica nuestra fe. María conservaba la fe dentro de su corazón, no como un tesoro sin vida e incapaz de comunicarle, sino que moldeó toda su vida según esa fe. Esta fe viva de María es la segunda lección importante para nosotros. El Reino de DIOS, dijo en cierta ocasión el Señor, es semejante a la levadura que tomó una mujer y la revolvió en tres medidas de harina, hasta que hubo fermentado toda la masa, San Lucas 13,21. Con ello nos enseña que nuestra fe ha de ser levadura que haga fermentar toda nuestra vida. Ella, no solamente tomaba nota de los acontecimientos de la vida de Jesús y de sus palabras, sino que además, iba ponderándolas en su corazón, San Lucas 2,19; es decir, al orar y trabajar, al descansar y estando atareada, pensaba en ellos continuamente y conforme a los mismos, moldeaba su vida. Así como fue María quien dio cuerpo al Hijo de DIOS bajado a la tierra, en la vida de María fue donde tomaron cuerpo con la mayor perfección posible las enseñanzas y la religión de su Hijo. Fue la que mejor escuchó y cumplió.
469.- Nunca hubo ni habrá un hombre que en su alegría y en su dolor, en sus anhelos y planes, en sus virtudes y sacrificios, haya dado vida con tal fidelidad y de un modo tan triunfal al espíritu del cristianismo como la Virgen Bendita. El mismo Jesús dio testimonio de ello. En cierta ocasión, una mujer que le seguía entre la multitud, viendo las obras maravillosas del Señor, y oyendo sus palabras divinas, exclamó con entusiasmo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, San Lucas 11,27. Y el Señor le contestó: Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de DIOS y la ponen en práctica, San Lucas 11,28.
470.- Jesús no contradice a la mujer; todo lo contrario, amplía el sentido de sus palabras. No dice que no hay motivo de alabar a su Madre, sino que realmente tal motivo es doble; primero porque por su maternidad está unida con El con lazos de sangre; segundo, y el más poderoso, porque por su fe tiene con El un parentesco espiritual, y conservaba en el corazón, y las vivió, las palabras del Hijo, San Lucas 2, 19.51, mejor que cualquiera de sus discípulos.
471.- En el primer punto no podemos imitar a María, pero sí en el segundo. Sabemos muy bien como el camino más seguro para el que quiere seguir a María, ser digno de Ella y parecérsele, es la fe ardiente y abnegada, viva en Jesucristo. Fe que no es mera palabra ni mero sentimiento, sino también y principalmente, vida y fuerza divina que transforma nuestra vida propia.
Nos fijamos en lo que María dice a los criados en las bodas de Caná. Atended al Señor y haced lo que El os diga, San Juan 2,5. Así, pues, si honramos a María, no nos detenemos en Ella, sino que por Ella vamos a Cristo.
472.- Otro argumento, otro testimonio elocuente de que todas las manifestaciones de nuestro culto Mariano vivifican realmente nuestra fe y en último grado se dirigen al culto de DIOS y están saturadas del homenaje que debemos al Señor, es cada línea del sublime cántico del Magniticat, que resuena cada día miles de veces en todas las Iglesias y oraciones del mundo católico, cántico que el alma de la Virgen María, embriagada por el amor divino, entonó por vez primera en casa de Santa Isabel.
473.- Santa Isabel. Al ver a María que la visitaba, exclamó con sorpresa: ¡bendita tu eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre! Y ¿de dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? ¡Bienaventurada tú que has creído! Porque se cumplirán todas las cosas que se te han dicho de parte del Señor, San Lucas 1,42-45.
HOMILIA 35
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No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la madre de su hija, y a la nuera de su suegra. Y los enemigos del hombre son los de su propia casa. Mateo 10,34 .
170.- No viene a traer paz sino espada.
1. Nuevamente presenta el Señor cosas duras, y con mucha energía por cierto, saliendo al paso de la objeción que podía ponérsele. Podían, en efecto, haberle dicho sus oyentes: ¿Luego tú has venido para matarnos a nosotros y a quienes nos sigan y llenar de guerra al mundo? Mas es Él quien les dice primero: No he venido a traer paz a la tierra. Entonces, ¿cómo es que les manda que al entrar en cualquier casa saluden con saludo de paz? ¿Cómo es también que los ángeles cantaron: Gloria a Dios en lo más alto y en la tierra paz? San Lucas 2, 14. ¿Cómo, es, en fin, que todos los profetas la anunciaron como noticia buena? Porque la paz principalmente consiste en cortar lo enfermo y en separar lo rebelde.
171.- Sólo a este precio se puede unir el cielo con la tierra. De este modo, cortando lo ya incurable, el médico salva el resto del cuerpo, y apartando los elementos de discordia, salva el general al ejército. Tal sucedió también en la torre famosa. Una paz mala deshizo una saludable discordia, y de ahí vino la verdadera paz. Génesis 11, 1-9. De este modo también Pablo trató de disociar a los que estaban muy de acuerdo contra él. Actos 23, 6-10. En el caso de Naboth, la concordia entre Acab y Jezabel fue peor que cualquier guerra. 1º Reyes 2,1-14. No siempre la concordia es buena; pues muy concordes entre sí andan también los bandoleros. La guerra, pues, no es obra que el Señor intente, sino que viene de la disposición de los hombres.
172.- Él ciertamente querría que todos los hombres tuvieran un sentir único en orden a la religión; mas como los sentires están en desacuerdo, de ahí la guerra. Sin embargo, no se lo dijo así, ¿Qué les dijo, pues? No he venido a traer la paz. Era un modo de consolarlos. No penséis, viene a decirles, que tenéis vosotros la culpa de esta guerra; soy yo quien la preparo, por estar los hombres en tales disposiciones. No os turbéis, pues, como si aconteciera algo inesperado. Yo he venido justamente para traer la guerra. Ésta es mi voluntad. No os turbéis, pues, de que la tierra arda en guerras e insidias. Cuando lo malo quede separado, entonces se unirá el cielo con lo bueno. Todo esto les decía, preparándolos contra la mala sospecha de que el vulgo les haría blanco. Y notad que no usó la palabra “guerra”, sino otra más enérgica: la espada.
173.- Y si esto suena con dureza y desagradablemente, no hay por qué maravillarse. El Señor quería ejercitar el oído de sus discípulos con la aspereza de las palabras, a fin de que, puestos en la dificultad de las cosas, no se volvieran atrás, y conforme a eso modela sus sentencias. Que no viniera luego nadie diciendo que los había convencido a fuerza de halagos y echando un velo sobre lo difícil. De ahí que lo mismo que podía haberles dicho de otro modo, se lo explica de éste, más desagradable y espantoso. Más valía, en efecto, que la realidad se mostrará un poco más blanda que no las palabras respecto a la realidad.
170.- No viene a traer paz sino espada.
1. Nuevamente presenta el Señor cosas duras, y con mucha energía por cierto, saliendo al paso de la objeción que podía ponérsele. Podían, en efecto, haberle dicho sus oyentes: ¿Luego tú has venido para matarnos a nosotros y a quienes nos sigan y llenar de guerra al mundo? Mas es Él quien les dice primero: No he venido a traer paz a la tierra. Entonces, ¿cómo es que les manda que al entrar en cualquier casa saluden con saludo de paz? ¿Cómo es también que los ángeles cantaron: Gloria a Dios en lo más alto y en la tierra paz? San Lucas 2, 14. ¿Cómo, es, en fin, que todos los profetas la anunciaron como noticia buena? Porque la paz principalmente consiste en cortar lo enfermo y en separar lo rebelde.
171.- Sólo a este precio se puede unir el cielo con la tierra. De este modo, cortando lo ya incurable, el médico salva el resto del cuerpo, y apartando los elementos de discordia, salva el general al ejército. Tal sucedió también en la torre famosa. Una paz mala deshizo una saludable discordia, y de ahí vino la verdadera paz. Génesis 11, 1-9. De este modo también Pablo trató de disociar a los que estaban muy de acuerdo contra él. Actos 23, 6-10. En el caso de Naboth, la concordia entre Acab y Jezabel fue peor que cualquier guerra. 1º Reyes 2,1-14. No siempre la concordia es buena; pues muy concordes entre sí andan también los bandoleros. La guerra, pues, no es obra que el Señor intente, sino que viene de la disposición de los hombres.
172.- Él ciertamente querría que todos los hombres tuvieran un sentir único en orden a la religión; mas como los sentires están en desacuerdo, de ahí la guerra. Sin embargo, no se lo dijo así, ¿Qué les dijo, pues? No he venido a traer la paz. Era un modo de consolarlos. No penséis, viene a decirles, que tenéis vosotros la culpa de esta guerra; soy yo quien la preparo, por estar los hombres en tales disposiciones. No os turbéis, pues, como si aconteciera algo inesperado. Yo he venido justamente para traer la guerra. Ésta es mi voluntad. No os turbéis, pues, de que la tierra arda en guerras e insidias. Cuando lo malo quede separado, entonces se unirá el cielo con lo bueno. Todo esto les decía, preparándolos contra la mala sospecha de que el vulgo les haría blanco. Y notad que no usó la palabra “guerra”, sino otra más enérgica: la espada.
173.- Y si esto suena con dureza y desagradablemente, no hay por qué maravillarse. El Señor quería ejercitar el oído de sus discípulos con la aspereza de las palabras, a fin de que, puestos en la dificultad de las cosas, no se volvieran atrás, y conforme a eso modela sus sentencias. Que no viniera luego nadie diciendo que los había convencido a fuerza de halagos y echando un velo sobre lo difícil. De ahí que lo mismo que podía haberles dicho de otro modo, se lo explica de éste, más desagradable y espantoso. Más valía, en efecto, que la realidad se mostrará un poco más blanda que no las palabras respecto a la realidad.
174.- Qué guerra trae el Señor.-
De ahí que ni aun con eso se contentará, sino que, desenvolviendo más particularmente qué clase de guerra venía a traer, les hace ver que era más dura que una guerra civil, y así les dice: He venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra. No sólo los amigos, dice, no sólo los ciudadanos, los parientes mismos, se levantarán unos contra otros y la naturaleza misma se escindirá contra sí misma. Porque yo he venido, dice, a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra. Porque no es ya que la guerra sea entre domésticos, sino que se enciende entre los más queridos y allegados. Ahí tenéis una buena prueba del poder del Señor, pues oyéndole decir tales cosas, las aceptaron sus discípulos, y éstos persuadieron a otros a que también las aceptaran.
175.- Sin embargo, no era Él autor de ellas, sino la propia maldad de los hombres. Ahora, que Él diga ser quien lo hace, es modo ordinario de hablar de la Escritura. Así dice en otra parte: DIOS les dio ojos para que no vieran. Isaías 6,9. De modo semejante se expresa aquí el Señor. Es que quería, como antes he dicho, que, meditando sus discípulos en sus palabras, no se turbaran cuando fueran insultados y maltratados. Ahora bien, si hay quienes piensan que estas palabras son demasiado duras, acuérdense de la historia antigua. En los pasados tiempos acontecieron hechos que demuestran perfectamente el parentesco entre uno y otro Testamento y cómo el que ahora dice esto es el mismo que antaño mandara lo otro.
176.- Porque fue así que en la historia del pueblo judío hubo ocasiones en que sólo cuando cada uno hubo dado muerte a su vecino, sólo entonces se calmó la cólera divina; por ejemplo, cuando fundieron el becerro de oro y cuando se iniciaron en los ritos del Beelphegor. Éxodo 32, 26-30; Números 25. ¿Dónde están, pues, ahora los que sueñan con que el DIOS del Antiguo Testamento es malo, y el del Nuevo bueno? ¡Bueno, cuando ha llenado el mundo de sangre de parientes! Sin embargo, nosotros afirmamos que aun esto es obra de su amor a los hombres. De ahí justamente que para hacer ver que es el mismo que el que ordenó lo antiguo, recuerda el Señor una profecía, que, si bien no se dijo a este propósito, viene, sin embargo, a expresar lo mismo. ¿Qué profecía es ésa?
177.- Los enemigos del hombre son los de su propia casa. Miqueas 7,5-6. Porque también entre los judíos aconteció algo semejante a lo que aquí dice el Señor. Había entre ellos profetas y pseudo profetas. El pueblo andaba dividido y las familias estaban escindidas. Unos se adherían a unos y otros a otros. De ahí la exhortación del profeta: No creáis a los amigos, no os fiéis de vuestros guías. Guárdate de la propia compañera de tu lecho y no le confíes secreto alguno, pues los enemigos del hombre son sus propios domésticos. Así hablaba el Señor, porque quería que el que había de recibir su palabra estuviera por encima de todas las cosas. Porque lo malo no es el morir, sino el mal morir. Por eso dijo también: Fuego he venido a traer a la tierra. San Lucas 12,49. Palabras con que nos significa la vehemencia y ardor del amor que nos exige.
178.- Como Él nos ha amado tanto, así quiere también ser amado de nosotros. Estas palabras tenían que templarlos para la lucha y levantarlos por encima de todo. Porque si los otros, les viene a decir, tendrán que menospreciar parientes, hijos y padres, considerad qué tales habremos de ser nosotros maestros de ellos. Porque las cosas arduas de mi doctrina no han de terminar en vosotros, sino que pasarán también a los que después de vosotros vinieren. Porque, como yo he venido a traer grandes bienes, también exijo grande obediencia y resolución.
179.- Amor sobre todo amor.-
El que ama a su padre o a su madre por encima de mí, no es digno de mí. Y el que ama a su hijo o a su hija por encima de mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz y viene en pos de mí, no es digno de mí. Mirad la dignidad del Maestro. Mirad cómo se muestra a sí mismo hijo legítimo del Padre, pues manda que todo se abandone y todo se posponga a su amor. Y ¿qué digo, dice, que no améis a amigos ni parientes por encima de mí? La propia vida que antepongáis a mi amor, estáis ya lejos de ser mis discípulos. ¿Pues qué? ¿No está todo esto en contradicción con el Antiguo Testamento? ¡De ninguna manera! Su concordia es absoluta. Allí, en efecto, no sólo aborrece a DIOS a los idólatras, sino que manda que se los apedree, y en el Deuteronomio, admirando a los que así obran, dice Moisés: El que dice a su padre y a su madre: No os he visto; el que no conoce a sus hermanos y no sabe quiénes son sus hijos, ése es el que guarda tus mandamiento. Deuteronomio 33,9.
180.- Y si es cierto que Pablo ordena muchas cosas acerca de los padres y manda que se les obedezca todo, no hay que maravillarse de ello, pues sólo manda que se le obedezca en aquello que no va contra la piedad para con DIOS. Y, a la verdad, fuera de eso, cosa santa es que se le tribute todo honor. Más, cuando exijan algo más del honor debido, no se les debe obedecer. De ahí que diga San Lucas: El que viene a mí y no aborrece a su padre, y a su madre, y a su mujer, y a sus hijos, y a sus hermanos, más aún, a su propia vida, no puede ser mi discípulo. San Lucas 14, 26. Sin embargo, no nos manda el Señor que los aborrezcamos de modo absoluto, pues ello sería sobremanera inicuo. Si quieren, dice, ser amados por encima de mí, entonces, sí, aborrécelos en eso. Pues eso sería la perdición tanto del que es amado como del que ama.
181.- Hay que aborrecer la propia vida.-
2. Con este modo de hablar quería el Señor templar el valor de los hijos y amansar también a los padres que tal vez hubieran de oponerse al llamamiento de sus hijos. Porque, viendo de su fuerza y poder era tan grande que podía separar de ellos a sus hijos, desistieran de oponérseles, como quienes intentaban una empresa imposible. Luego por que los padres mismos no se irritarán ni protestarán, mirad cómo prosigue el Señor su razonamiento. Después que dijo: El que no aborrece a su padre y a su madre, añadió: Y hasta a su propia vida. ¿A qué me hablas, dice, de padres y hermanos y hermanas y mujer? Nada hay más íntimo al hombre que su propia vida. Pues bien, si aun a tu propia vida no aborreces, sufrirás todo lo contrario del que ama, será como si no me amaras.
182.- Y no nos manda simplemente que la aborrezcamos, sino que lleguemos hasta entregarla a la guerra, a las batallas, a la espada y a la sangre. Porque el que no lleva, dice, su cruz y sigue en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Porque no dijo simplemente que hay que estar preparado para la muerte violenta, sino también para la ignominia. Nada, sin embargo, les dice todavía de su propia pasión, pues quería que, bien afianzados antes en estas enseñanzas, se les hiciera luego más fácil de aceptar lo que sobre ella había de decirles. Ahora bien, ¿no es cosa de admirarse y pasmarse que, oyendo todo esto, no se les saliera a los apóstoles el alma de su cuerpo? Porque lo duro por todas partes se les venía a las manos; el premio, empero, estaba todo en esperanza.
183.- ¿Cómo es, pues, que no se les salió? Porque era mucha la virtud del que hablaba y mucho también el amor de los que oían. De ahí que ellos, que oían cosas más duras y molestas que las que se mandaron a aquellos grandes varones, Moisés y Jeremías, permanecieron fieles al Señor y no le contradijeron.
184.- El que pierde su vida, la gana.-
El que hallare, dice, su vida, la perderá, y el que perdiere su vida por causa mía la encontrará. ¿Veis cuán grande es el daño de los que aman de modo inconveniente? ¿Veis cuán grande la ganancia de los que aborrecen? Realmente, los mandatos del Señor eran duros. Les mandaba declarar la guerra a padres, hijos, naturaleza, parentesco, a la tierra entera y hasta a la propia vida. De ahí que tiene que ponerles delante el provecho de tal guerra, que es máximo. Porque no sólo, viene a decirles, no os ha de venir daño alguno de ahí, sino más bien provecho muy grande. Lo contrario, empero, sí que os dañaría. Es el procedimiento ordinario del Señor: por lo mismo que deseamos, nos lleva a lo que Él pretende. ¿Por qué no quieres despreciar tu vida? Sin duda porque la quieres mucho.
185.- Pues por eso mismo debes despreciarla, ya que así le harás el mayor bien y le mostrarás el verdadero amor. Y considerad aquí la inefable sabiduría del Señor. No habla sólo a sus discípulos de los padres, ni sólo de los hijos, sino de lo que más íntimamente nos pertenece, que es la propia vida, y de lo uno resulta indubitable lo otro. Es decir, que quiere que se den cuenta cómo odiándolos les harán el mayor bien que pueden hacerles, pues así acontece también con tu vida, que es lo más necesario que tenemos.
186.- Premios a la hospitalidad con los enviados del Señor.-
Todo esto, ciertamente, eran motivos suficientes para persuadir a ejercitar la hospitalidad con quienes venían a traer la salud a los mismos que los acogieran. Porque ¿quién no había de recibir con la mejor voluntad a tan generosos y valientes luchadores, a los que recorrían la tierra entera como leones, a quienes todo lo suyo desdeñaban a trueque, de llevar la salud a los demás? Sin embargo, aun pone el Señor otra recompensa, haciendo ver que en esto se preocupa Él más de los que reciben que de quienes son recibidos. Y ante todo les concede el más alto honor, diciendo: El que a vosotros os recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. ¿Puede haber honor mayor que recibir juntamente al padre y al Hijo?
187.- Pues aún promete el Señor otra recompensa juntamente con la dicha: Porque el que recibe, dice, a un profeta en nombre de profeta, recibirá galardón de profeta; y el que recibe a un justo en nombre de justo, recibirá galardón de justo. Antes había amenazado con el castigo a quienes les negaran hospitalidad; ahora señala los bienes que les ha de conceder. Y por que os deis cuenta que se preocupa más de quienes reciben que de sus propios apóstoles, notad que no dijo simplemente: El que recibe a un profeta; o: En nombre de justo. Es decir, si no le recibe por alguna preeminencia mundana ni por otro motivo perecedero, sino porque es profeta o justo, recibirá galardón de profeta o galardón de justo.
188.- Lo que se ha de entender o que recibirá galardón de quien reciba a un profeta y a un justo, o el que corresponde al mismo profeta o justo. Es exactamente lo que decía Pablo: Que vuestra abundancia ayude a la necesidad de ellos, a fin de que también la abundancia de ellos ayude a vuestra necesidad. 2ª Corintios 8,14.
189.- Luego, por que nadie pudiera alegar su pobreza, prosigue el Señor: El que diere un simple vaso de agua fría a uno de estos pequeños míos sólo porque son mis discípulos, yo os aseguro que no perderá su galardón. Un simple vaso de agua fría que des, que nada ha de costarte, aun de tan sencilla obra tienes señalada recompensa. Porque por vosotros, que acogéis a mis enviados, yo estoy dispuesto a hacerlo todo.
190.- Recapitulación.-
3. Mirad por cuántos medios los persuadió y cómo les abrió las puertas de toda la tierra. Y es así que de todas maneras les mostró que los demás son deudores suyos. Primero al decirles: Digno es el trabajador de que se le pague su jornal. Segundo, por enviarlos sin tener nada. Tercero, por mandarlos a la guerra y al combate en favor mismo de quienes los recibieran. Cuarto, por el hecho de haberles dado poder de hacer milagros. Quinto, por llevar la paz, fuente de todos los bienes, por boca de sus apóstoles, a las casas de los que los acogieran. Sexto, por amenazar con castigos más duros que los de Sodoma a quienes no los recibieran. Séptimo, mostrándoles que quienes los acogían, a Él mismo y al Padre acogían. Octavo, prometiendo el galardón de un profeta o de un justo. Noveno, prometiendo grandes recompensas por un simple vaso de agua fría.
191.- Motivos de la hospitalidad y de la caridad.-
Cada uno de estos motivos, por sí solo era bastante para mover a todos a la hospitalidad para con los apóstoles. ¿Quién, en efecto, decidme, no recibiría y abriría de par en par las puertas de su casa a un general al que viera cubierto de heridas y ensangrentado, que vuelve de la guerra y del combate, después de haber levantado muchos trofeos de victoria? Y ¿quién es ese general?, me dirás. Pues justamente, añadió el Señor: en nombre de discípulo o de justo, por que adviertas que pone Él su recompensa no tanto en razón de la dignidad del que recibe hospedaje cuanto en razón de la intención del que hospeda. Aquí, a la verdad, habla de profetas, de discípulos y de justos; pero en otro lugar nos manda acoger a los más despreciados y castiga a quienes no los reciban: En cuanto no lo hicisteis con uno solo de estos muy pequeños, tampoco conmigo lo hicisteis. San Mateo 25, 45.
192.- Y nuevamente dice lo contrario sobre los mismos, pues aun cuando el necesitado no tenga ninguno de esos títulos, basta que es un hombre que habita el mismo mundo que tú, contempla el mismo sol, tiene la misma alma y el mismo Señor, toma parte en los mismos sacramentos que tú, está llamado al mismo cielo y tiene un grande título, su pobreza y necesidad, para recibir el necesario sustento. Mas es lo cierto que a quienes te quitan el sueño durante el invierno con sus flautas y zampoñas y te molestan sin razón ni motivo, tú los despachas con una buena porción de regalos. Igualmente los que andan vendiendo golondrinas, los que se embadurnan de hollín y maldicen a todo el mundo, reciben también paga de sus truhanerías.
193.- Mas si se te acerca un pobre a pedirte un pedazo de pan, allí son las malas palabras y reprensiones, allí culparle de holgazán, injuriarle, insultarle y hacer burla de su miseria. Y no consideras dentro de ti mismo que tú también eres un holgazán, y, no obstante, DIOS te concede tus dones. Y no me vengas con que tú estás ocupado en algo, sino intenta demostrarme que lo que haces y llevas entre manos es realmente cosa necesaria. Y si me dices que te dedicas a la economía y al comercio, al cuidado y acrecentamiento de tu hacienda, yo te respondo que ésos no son propiamente trabajos. Los verdaderos trabajos son la limosna y la oración y la protección de los oprimidos y tantas cosas semejantes, respecto a las cuales nuestra ociosidad es perpetua.
194.- Y, sin embargo, jamás nos ha dicho Dios a nosotros: Puesto que vives ocioso, no te voy a encender el sol; como realmente no te dedicas a nada necesario, voy a apagar la luna, a esterilizar el seno de la tierra, a secar los lagos, las fuentes y los ríos; a destruir el aire y a retener las lluvias de todos los años. No, nada de esto nos dice, sino que todo nos lo procura generosamente. Y de todos estos bienes suyos permite gozar, no sólo a los ociosos, sino a los mismos que obran mal. Así, pues, cuando veas a un pobre y estés tentado de decirle: Me sofoca que este hombre, que es joven y está sano y no tiene nada, quiera comer sin trabajar, que a lo mejor es un esclavo fugitivo que ha abandonado a su señor. 195.- Todo esto, dítelo a ti mismo, o, mejor aún, déjale al pobre que te lo diga libremente, y tendrá más razón que cuando se lo dices tú a él: Me sofoca que, estando tú sano, vivas ocioso, sin hacer nada de lo que DIOS te ha mandado; eres un fugitivo de los mandamientos de tu Dueño y andas de acá para allá a la maldad: Tú te embriagas y arruinas las casas ajenas. Tú me acusas a mí de mi ociosidad; pero yo a ti de tus malas obras: de tus insidias, de tus juramentos, de tus mentiras, de tus rapiñas y de otras infinitas cosas semejantes.
196.- Nada nos excusa de dar limosna al pobre.-
4. Al hablar así, no pretendo sentar como ley la ociosidad. ¡DIOS me libre! Yo quiero muy de veras que todo el mundo trabaje, pues la ociosidad es maestra de todos los vicios. A lo que os exhorto es a que no seáis duros y crueles con el pobre. También Pablo dirige mil reprensiones a los ociosos y él fue quien dijo: El que no quiera trabajar, que tampoco coma. 2ª Tesalonicenses 3,10; pero no se detuvo ahí, sino que prosiguió: Mas vosotros no os canséis de hacer bien, verso 13. Una verdadera contradicción. Porque si has mandado que no coman, ¿cómo nos exhortas a darles? Sí, contesta Pablo, yo he mandado que se aleje todo el mundo de ellos, que no se trate con ellos, pero también dije: No los tengáis por enemigos, sino corregidlos, verso 15. Con lo cual no pongo leyes contradictorias, sino perfectamente armónicas.
197.- Porque si tú estás pronto para la limosna, el pobre se librará muy pronto de la ociosidad y tú de la crueldad. Pero es que miente y se inventa mil excusas, me dirás.
Motivo de más para tenerle compasión, pues ha venido a parar a la necesidad de cometer tales desvergüenzas. Mas nosotros no sólo no le tenemos compasión, sino que por añadidura le decimos cruelmente: ¿No te han dado ya una y dos veces? ¿Y qué? Por haber comido una vez, ¿no tiene ya que comer más? ¿Por qué no impones esas leyes a tu propio vientre y le dices: Ya te hartaste ayer y anteayer? No pidas ahora más. A tu vientre, empero, le haces reventar sobre medida, y al pobre que te pide lo estrictamente necesario lo rechazas, cuando debiera ser motivo de compadecerle el hecho de que tenga que venir a pedir todos los días.
198.- Realmente, si otra cosa no te conmueve, eso por lo menos debiera conmoverte, pues a eso le fuerza la necesidad de la pobreza. Ésta es la que le hace importuno. Tú no le compadeces, porque oyendo tus improperios no siente vergüenza. Es que la necesidad es más poderosa que tus improperios. Y no sólo no le compadeces, sino que le expones a pública ignominia. Y cuando DIOS te manda hacer la limosna calladamente, tú te paras a hacer más notorio al que te pide y a insultarle por lo mismo que debieras compadecerle. Si no le quieres dar, ¿por qué encima le culpas y atribulas a un alma ya de suyo miserable y desgraciada?
199.- El pobre se acercó a ti buscando tus manos como un puerto a su miseria; ¿qué necesidad hay de que le levantes nuevas olas y hagas más dura la tormenta? ¿Por qué le echas en cara su vileza? Si hubiera barruntado que le ibas a hablar así, ¿acaso se hubiera acercado? Y si, aun previéndolo, se te acercó, motivo es ése de que a él le compadezcas y de que tú te horrorices de tu crueldad, pues ni aun a la vista de esa necesidad inexorable te vuelves un poco más blando. Tú no crees que baste para excusar su importunidad la necesidad en que le pone el hambre, y le culpas de importunidad; mas tú has sido muchas veces más desvergonzado que ese pobre, aun en cosas muy graves.
200.- Aquí, en verdad, se puede perdonar el descaro; pero nosotros lo tenemos al hacer acciones dignas de castigo; y cuando debiéramos ser humildes considerando esas mismas acciones nuestras, llegamos a insultar a esos desgraciados; y a quienes nos piden medicina, les abrimos una llaga. Si no le quieres dar, ¿por qué encima le hieres? Si no tienes intención de socorrerle, ¿por qué encima le injurias? ¡Es que no hay otra manera de echárselo de encima? Pues obra como mandó aquel sabio que dijo: Respóndele con mansedumbre palabras de paz. Eclesiástico 4,8. Porque a buen seguro que no es importuno por el gusto de serlo. No hay hombre, no hay absolutamente un hombre que tenga gusto en pedir importunamente. No.
201.- Por más que se empeñaran en convencerme de ello, jamás podré yo creer que quien tiene abundantemente para vivir se entregue de buena gana a la mendicidad. Que nadie, pues, nos engañe. Si es cierto que Pablo dice: El que no quiera trabajar, que tampoco coma, se lo dice a los perezosos, no a nosotros. A nosotros nos dice lo contrario: No os canséis de hacer bien. Así lo hacemos nosotros mismos en casa. Cuando hay dos que riñen, los tomamos aparte de cada uno, y a cada uno le decimos lo contrario. Así lo hicieron también DIOS y Moisés. A DIOS mismo le decía Moisés: Si les quieres perdona su pecado, perdónaselo; si no, bórrame a mí del libro de los vivos. Éxodo 32, 32.
202.- Al pueblo, empero, mandó que se acuchillaran los unos a los otros, sin respetar parentesco de ninguna clase. Realmente, lo uno era contrario a lo otro; todo, sin embargo, apuntaba a un mismo fin. DIOS a su vez, oyéndolo los judíos, le decía a Moisés: Déjame, que quiero aniquilar a este pueblo. Éxodo 32, 10. Porque si bien el pueblo no estaba presente cuando DIOS le dijo eso a moisés, luego, sin embargo, habían de enterarse de ello. Privadamente, en cambio, DIOS le exhorta a Moisés a lo contrario. Lo mismo se vio forzado Moisés a expresar más adelante: ¿Es que los he concebido yo en mi seno para que me digas: Llévalos como una nodriza lleva al niño que mama a sus pechos? Números 11, 12.
203.- Es lo mismo que sucede en una casa. Muchas veces el padre, al maestro que trata duramente al niño, le reprende particularmente diciéndole: No sea áspero y duro. Al muchacho, en cambio, le dice lo contrario: Aun cuando te maltrate sin razón, has de sufrirlo. Por caminos contrarios llega al mismo término: el bien de su hijo. Así también Pablo, a los que estando buenos se daban a la mendicidad, les decía: El que no quiera trabajar, que tampoco coma. Era obligarlos a trabajar. Más a los que podían dar limosna, los exhorta: Mas vosotros no os canséis de hacer bien. Que era llevarlos a dar limosna. E igualmente, en la carta a los romanos, cuando exhortaba a los de las naciones a no sentir orgullo contra los judíos y les puso el ejemplo del olivo silvestre, se ve también que dice unas cosas a un bando y otras a otro.
204.- No caigamos, pues, en crueldad, sino oigamos la exhortación de Pablo mismo: No os canséis de obrar bien. Oigamos también al Señor, que nos dice: A todo el que te pidiere, dale. San Mateo 5, 42. Y: Sed misericordiosos, como vuestro Padre. San Lucas 6,36. A la verdad, ¡cuántas cosas dijo el Señor y, no obstante, en ninguna otra ocasión, fuera de la misericordia, nos puso por blanco a su propio Padre! Es que nada nos hace tan semejantes a DIOS como hacer beneficios a los otros.
205.- Somos más desvergonzados que los pobres.-
5. Pero nada hay me replicasmas desvergonzado que un pobre. ¿Por qué razón?, dime por favor. Porque viene detrás gritando? ¡Muy bien! ¿Quieres que te demuestre que nosotros somos más desvergonzados y que tenemos menos consideración que el pobre? Acuérdate, te ruego ahora, cuántas veces en tiempo de ayuno, que la comida se sirve por la tarde, has llamado al esclavo y por acudir algo despacio lo has echado todo a rodar, coceando, maldiciendo, insultando, todo por unos momentos de dilación, y sabiendo muy bien que, si no inmediatamente, de todos modos no te había de faltar comida.
206.- Tú, pues, que por una nonada te enfureces, no te calificas a ti mismo de impudente; al pobre, empero, que teme y tiembla por motivos mucho más importantes, pues no se trata en él de que tarde más o menos la comida, sino de comer o no comer en absoluto; al pobre, digo, le llamas imprudente, descarado y sinvergüenza, con toda la abundancia de improperios que te vienen a la boca. ¿No es eso justamente la suma desvergüenza? Mas como no reflexionamos sobre ello, de ahí que tengamos a los pobres por gente molesta.
207.- Examinémonos a nosotros mismos.-
Si examináramos nuestros defectos y los comparáramos con los de ellos, no los tendríamos por pesados. No seas, pues, juez amargo. Aun cuando estuvieras libre de todo pecado, ni aun en ese caso te permitiría la ley de DIOS ser tan riguroso examinador de los pecados ajenos. Por ahí se perdió el fariseo. ¿Y pensamos tener nosotros excusa alguna? Si a los que obran bien no les permite el Señor juzgar ásperamente la conducta de los demás, mucho menos a los que son pecadores.
208.- No seamos soberbios ni crueles.-
No seamos, pues, crueles, inclementes, inexorables y sin amor; no seamos peores que las mismas fieras. Y a la verdad, yo sé de muchos que han llegado a punto tal de fiereza que, por no hacer un mínimo esfuerzo, dejan que otros se mueran de hambre y se excusan con razones como éstas: No tengo aquí ahora esclavo ninguno; estamos lejos de casa; no hay cambista conocido mío por aquí. ¡Qué crueldad! ¡Qué soberbia! ¿Has hecho lo más y no vas a poder con lo menos? ¿Por no dar tú unos pasos, el otro se va a morir de hambre? ¡Qué insolencia, qué soberbia! Aun cuando tuvieras que andar diez estadios, no debieras vacilar. ¿No caes en la cuenta que de este modo se te acrecienta tu galardón? Porque si sólo das, sólo por tu limosna se te recompensará; pero si además andas unos pasos, aun de eso se te reserva galardón.
209.- Precisamente por eso admiramos al patriarca Abrahán: él mismo corrió al rebaño de vacas y tomó un novillo, a pesar de que tenía trescientos dieciocho criados nacidos en su casa. Génesis 14,14; 18,7. Ahora, empero, hay algunos tan llenos de soberbia, que eso lo hacen por medio de sus esclavos y no se avergüenzan de ello.
¿Quieres entonces, me replicas, que lo haga por mí mismo? ¿Y no tendrá eso visos de vanagloria? Sin embargo, también ahora te dejas llevar de otra vanagloria, pues tienes rubor de que te vean hablando con un pobre. Pero no quiero en esto llevar las cosas tan por los cabos. Basta que des, ora por ti mismo, ora por otros, y que no recrimines, no hieras, no insultes al pobre. El que a ti se acerca, necesita de medicinas, no de heridas; de compasión, no de que le claves la espada.
210.- La buena palabra es mejor que la limosna.-
Dime, en efecto: si un herido por una pedrada, con una herida en la cabeza, pasando de largo a todos los demás, viniera a postrarse, chorreando sangre, a tus rodillas, ¿acaso le darías tú con otra piedra, añadiendo herida a herida? No puedo pensarlo. No; lo que harías es intentar inmediatamente curarlo. ¿Cómo es, pues, que con los pobres haces lo contrario? ¿No sabes qué fuerza tiene una palabra, lo mismo para levantar para abatir? Mejor es, dice la Escritura, la palabra que el don. Eclesiástico 18, 16. ¿No adviertes que te clavas la espada a ti mismo y eres tú el que recibes más grave herida cuando el pobre se retira injuriado, secretamente gimiendo y derramando muchas lágrimas?
211.- A la verdad, Dios es quien te envía al pobre. Considera, pues, si le insultas, a quién diriges tu insulto, puesto caso que Dios te lo envía y manda que le socorras, y tú no sólo no le das, sino que le injurias al venir a ti. Si todavía no comprendes lo extremadamente absurdo de tu conducta, mírala en un caso humano, y entonces verás con toda claridad lo enorme de tu pecado. Si tú mismo mandaras a un esclavo tuyo a cobrar de otro esclavo tu dinero y no sólo se volviera con las manos vacías, sino también injuriado, ¿qué no harías con el injuriador? ¿Qué castigo no le impondrías, dado caso que el injuriado eres tú mismo? Pues aplica el ejemplo a Dios. Él es el que nos manda los pobres y, si algo damos, de lo que Dios damos. Ahora bien, si, encima de no dar, los despachamos cubiertos de ignominia, considera con qué rayos se habrá de castigar semejante acción.
212.- Exhortación final: Unamos a la limosna las buenas palabras.
Considerando, pues, todo esto, pongamos freno a la lengua; echemos de nosotros toda inhumanidad; tendamos la mano para la limosna, y no sólo con dinero, sino con palabras también, tratemos de aliviar a los necesitados. De este modo escaparemos al castigo de la injuria y, por la bendición y la limosna, y no sólo con dinero, sino con palabras también, tratemos de aliviar a los necesitados. De este modo escaparemos al castigo de la injuria y, por la bendición y la limosna, heredaremos el reino de los cielos por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
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LA VIRGEN MARIA
9:28
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de Mons. Tihamet Toth.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.
¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)
468.- El culto de María vivifica nuestra fe. María conservaba la fe dentro de su corazón, no como un tesoro sin vida e incapaz de comunicarle, sino que moldeó toda su vida según esa fe. Esta fe viva de María es la segunda lección importante para nosotros. El Reino de DIOS, dijo en cierta ocasión el Señor, es semejante a la levadura que tomó una mujer y la revolvió en tres medidas de harina, hasta que hubo fermentado toda la masa, San Lucas 13,21. Con ello nos enseña que nuestra fe ha de ser levadura que haga fermentar toda nuestra vida. Ella, no solamente tomaba nota de los acontecimientos de la vida de Jesús y de sus palabras, sino que además, iba ponderándolas en su corazón, San Lucas 2,19; es decir, al orar y trabajar, al descansar y estando atareada, pensaba en ellos continuamente y conforme a los mismos, moldeaba su vida. Así como fue María quien dio cuerpo al Hijo de DIOS bajado a la tierra, en la vida de María fue donde tomaron cuerpo con la mayor perfección posible las enseñanzas y la religión de su Hijo. Fue la que mejor escuchó y cumplió.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.
¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)
468.- El culto de María vivifica nuestra fe. María conservaba la fe dentro de su corazón, no como un tesoro sin vida e incapaz de comunicarle, sino que moldeó toda su vida según esa fe. Esta fe viva de María es la segunda lección importante para nosotros. El Reino de DIOS, dijo en cierta ocasión el Señor, es semejante a la levadura que tomó una mujer y la revolvió en tres medidas de harina, hasta que hubo fermentado toda la masa, San Lucas 13,21. Con ello nos enseña que nuestra fe ha de ser levadura que haga fermentar toda nuestra vida. Ella, no solamente tomaba nota de los acontecimientos de la vida de Jesús y de sus palabras, sino que además, iba ponderándolas en su corazón, San Lucas 2,19; es decir, al orar y trabajar, al descansar y estando atareada, pensaba en ellos continuamente y conforme a los mismos, moldeaba su vida. Así como fue María quien dio cuerpo al Hijo de DIOS bajado a la tierra, en la vida de María fue donde tomaron cuerpo con la mayor perfección posible las enseñanzas y la religión de su Hijo. Fue la que mejor escuchó y cumplió.
469.- Nunca hubo ni habrá un hombre que en su alegría y en su dolor, en sus anhelos y planes, en sus virtudes y sacrificios, haya dado vida con tal fidelidad y de un modo tan triunfal al espíritu del cristianismo como la Virgen Bendita. El mismo Jesús dio testimonio de ello. en cierta ocasión, una mujer que le seguía entre la multitud, viendo las obras maravillosas del Señor, y oyendo sus palabras divinas, exclamó con entusiasmo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, San Lucas 11,27. Y el Señor le contestó: Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de DIOS y la ponen en práctica, San Lucas 11,28.
470.- Jesús no contradice a la mujer; todo lo contrario, amplía el sentido de sus palabras. No dice que no hay motivo de alabar a su Madre, sino que realmente tal motivo es doble; primero porque por su maternidad está unida con El con lazos de sangre; segundo, y el más poderoso, porque por su fe tiene con El un parentesco espiritual, y conservaba en el corazón, y las vivió, las palabras del Hijo, San Lucas 2, 19.51, mejor que cualquiera de sus discípulos.
471.- En el primer punto no podemos imitar a María, pero sí en el segundo. Sabemos muy bien como el camino más seguro para el que quiere seguir a María, ser digno de Ella y parecérsele, es la fe ardiente y abnegada, viva en Jesucristo. Fe que no es mera palabra ni mero sentimiento, sino también y principalmente, vida y fuerza divina que transforma nuestra vida propia.
Nos fijamos en lo que María dice a los criados en las bodas de Caná. Atended al Señor y haced lo que El os diga, San Juan 2,5. Así, pues, si honramos a María, no nos detenemos en Ella, sino que por Ella vamos a Cristo.
472.- Otro argumento, otro testimonio elocuente de que todas las manifestaciones de nuestro culto Mariano vivifican realmente nuestra fe y en último grado se dirigen al culto de DIOS y están saturadas del homenaje que debemos al Señor, es cada línea del sublime cántico del Magniticat, que resuena cada día miles de veces en todas las Iglesias y oraciones del mundo católico, cántico que el alma de la Virgen María, embriagada por el amor divino, entonó por vez primera en casa de Santa Isabel.
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HOMILIAS 36
miércoles, 31 de marzo de 2010
Y fue que, en terminando Jesús de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, pasó de allí para enseñar y predicar en las ciudades de ellos. San Mateo 11,1.
213.- Juan no dudó personalmente de Cristo.
1. Como había el Señor enviado a sus discípulos, retiróse Él por un tiempo, con objeto de darles lugar y ocasión de realizar lo que les había ordenado. Porque de estar Él presente y curar por sí mismo, nadie hubiera querido acudir a sus discípulos. Mas oyendo Juan en la cárcel las obras de Cristo, envió a dos de sus discípulos y le preguntó diciendo: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Lucas cuenta que fueron los mismos discípulos quienes le refirieron a Juan los milagros de Cristo y que entonces fue cuando los envió. San Lucas 7,18. Lo cual no ofrece dificultad. Lo único que cabe considerar es la envidia hacia el Señor, que este pormenor pone también de manifiesto. El problema de verdad grave es lo que sigue. ¿En qué concretamente? En las palabras de Juan: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?
214.- Y es así que él, que conocía al Señor antes de que obrara milagros, que había sido instruido por el Espíritu Santo, que había oído la voz del Padre, que le había predicado delante de todo el pueblo, ahora envía a enterarse por Él mismo si era o no era Él el Mesías. La verdad es que, si tú no sabes a ciencia cierta quién es Cristo, ¿cómo piensas que se te pueda dar fe, afirmando lo que no sabes? El que viene a dar testimonio sobre otro, lo primero que necesita es que sea digno de crédito.
Ahora bien, ¿no dijiste tú: No soy digno de desatar la correa de su sandalia? San Lucas 3,16. ¿No dijiste tú: Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar en agua, ése fue quien me dijo: Sobre quien vieres bajar el Espíritu Santo y reposar sobre Él, ése es el que bautiza en Espíritu Santo? San Juan 1,33.
215.- ¿Acaso no oíste la voz del Padre? ¿No trataste tú de impedir que se bautizara, diciéndole: Yo soy el que tengo necesidad de ser bautizado por ti ¿y tú vienes a mí? San Mateo 3,14. ¿No le decías tú a tus discípulos: Es menester que Él crezca y yo mengüe? San Juan 3,30. ¿No le enseñabas tú al pueblo entero que Él es el que bautiza en Espíritu Santo y en fuego, y que Él es el cordero de DIOS que quita el pecado del mundo? ¿No predicaste tú todo eso antes de los milagros y prodigios? ¿Cómo, pues, ahora, cuando es Él conocido de todo el mundo, cuando su fama ha corrido por todas partes, cuando ha resucitado muertos, y expulsado demonios, y obrado tantos otros prodigios, cómo es, digo, que ahora mandas una embajada para preguntarle a Él mismo? ¿Qué es lo que ha pasado?
216.- Todas tus anteriores palabras, ¿fueron acaso embuste, comedia y fábula? ¿Y quién, en su sana razón, pudiera decir tal cosa? No digo ya Juan, el que dio saltos en el seno de su madre, el que predicó a Cristo antes de nacer, el morador del desierto, el que llevó vida de ángeles; el hombre más vulgar y abyecto no hubiera dudado de Cristo después de tantos testimonios, los que Él había dado y los quede Él dieron otros. De donde evidentemente se concluye que no envió Juan su embajada porque dudara ni dirigió al Señor su pregunta porque ignorara quién era.
213.- Juan no dudó personalmente de Cristo.
1. Como había el Señor enviado a sus discípulos, retiróse Él por un tiempo, con objeto de darles lugar y ocasión de realizar lo que les había ordenado. Porque de estar Él presente y curar por sí mismo, nadie hubiera querido acudir a sus discípulos. Mas oyendo Juan en la cárcel las obras de Cristo, envió a dos de sus discípulos y le preguntó diciendo: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Lucas cuenta que fueron los mismos discípulos quienes le refirieron a Juan los milagros de Cristo y que entonces fue cuando los envió. San Lucas 7,18. Lo cual no ofrece dificultad. Lo único que cabe considerar es la envidia hacia el Señor, que este pormenor pone también de manifiesto. El problema de verdad grave es lo que sigue. ¿En qué concretamente? En las palabras de Juan: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?
214.- Y es así que él, que conocía al Señor antes de que obrara milagros, que había sido instruido por el Espíritu Santo, que había oído la voz del Padre, que le había predicado delante de todo el pueblo, ahora envía a enterarse por Él mismo si era o no era Él el Mesías. La verdad es que, si tú no sabes a ciencia cierta quién es Cristo, ¿cómo piensas que se te pueda dar fe, afirmando lo que no sabes? El que viene a dar testimonio sobre otro, lo primero que necesita es que sea digno de crédito.
Ahora bien, ¿no dijiste tú: No soy digno de desatar la correa de su sandalia? San Lucas 3,16. ¿No dijiste tú: Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar en agua, ése fue quien me dijo: Sobre quien vieres bajar el Espíritu Santo y reposar sobre Él, ése es el que bautiza en Espíritu Santo? San Juan 1,33.
215.- ¿Acaso no oíste la voz del Padre? ¿No trataste tú de impedir que se bautizara, diciéndole: Yo soy el que tengo necesidad de ser bautizado por ti ¿y tú vienes a mí? San Mateo 3,14. ¿No le decías tú a tus discípulos: Es menester que Él crezca y yo mengüe? San Juan 3,30. ¿No le enseñabas tú al pueblo entero que Él es el que bautiza en Espíritu Santo y en fuego, y que Él es el cordero de DIOS que quita el pecado del mundo? ¿No predicaste tú todo eso antes de los milagros y prodigios? ¿Cómo, pues, ahora, cuando es Él conocido de todo el mundo, cuando su fama ha corrido por todas partes, cuando ha resucitado muertos, y expulsado demonios, y obrado tantos otros prodigios, cómo es, digo, que ahora mandas una embajada para preguntarle a Él mismo? ¿Qué es lo que ha pasado?
216.- Todas tus anteriores palabras, ¿fueron acaso embuste, comedia y fábula? ¿Y quién, en su sana razón, pudiera decir tal cosa? No digo ya Juan, el que dio saltos en el seno de su madre, el que predicó a Cristo antes de nacer, el morador del desierto, el que llevó vida de ángeles; el hombre más vulgar y abyecto no hubiera dudado de Cristo después de tantos testimonios, los que Él había dado y los quede Él dieron otros. De donde evidentemente se concluye que no envió Juan su embajada porque dudara ni dirigió al Señor su pregunta porque ignorara quién era.
217.- Juan no obró tampoco por cobardía.
Porque tampoco puede decirse que, sí, Juan sabía muy bien quién era Cristo, pero que la prisión le había vuelto más cobarde. No. Juan no esperaba librarse de la cárcel, y si lo esperaba, no hubiera sido al precio de traicionar su piedad, estando como estaba preparado para mil muertes. De no haber estado así preparado, no hubiera mostrado tanto valor delante de un pueblo dispuesto siempre a derramar sangre de profetas, ni hubiera confundido con tanta libertad a aquel cruel tirano, en medio de la ciudad y de la plaza, reprendiéndole duramente en presencia de todo el mundo, como si fuera un chiquillo pequeño. Y si se dice que la prisión le hizo cobarde, ¿cómo no tuvo vergüenza de sus discípulos, ante los cuales había dado tan alto testimonio de Cristo, y por medio de ellos, cuando debía haberlo hecho por otros, dirigió al Señor su pregunta?
218.- No. La verdad es que Juan sabía muy bien que sus discípulos envidiaban al Señor y deseaban hallar algún asidero contra Él. ¿Y cómo no se sonrojó ante el pueblo judío, ante el que había predicado tantas cosas? ¿Y qué tenía que ver su embajada a Cristo con su liberación de la prisión? No habían metido a Juan en la cárcel por causa de Cristo ni porque hubiera pregonado su poder, sino por haber reprendido la unión ilegítima de Herodes. En otro caso, Juan hubiera merecido la calificación de niño insensato y de hombre sin juicio.
219.- Los discípulos de Juan, envidiosos del Señor.-
¿Qué intentó, pues, Juan, con su embajada? Que él no dudaba, como no podía dudar nadie por insensato y loco que lo supongamos, resulta evidente de cuanto llevamos dicho. Hay que buscar, pues, la solución por otro lado. ¿Por qué, pues, envió a preguntar? Porque sus discípulos eran desafectos al Señor, cosa evidente sin duda para todo el mundo, y sentían siempre celos de su gloria. Lo cual es también evidente por lo que decían a su propio maestro: Aquel, le decían, que estaba contigo al otro lado del Jordán, mira, ése bautiza y todos acuden a Él. San Juan 3,26. Y en otra ocasión hubo una discusión entre los judíos y los discípulos de Juan acerca de la purificación, y, acercándose también entonces al Señor, le dijeron: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y tus discípulos no ayunan? San Mateo 9,14.
220.- 2. Es que todavía no sabían quién era Jesús, sino que, teniéndole a éste por puro hombre y a Juan por más que hombre, les dolía ver que Jesús se hacía famoso, y Juan, en cambio, conforme a lo que él mismo dijera, iba disminuyendo. Esto les impedía acercarse a Él, pues la envidia les cerraba el paso. Ahora bien, mientras Juan estuvo entre ellos, jamás cesó de exhortarlos y enseñarlos, aunque no logró persuadirlos. Mas ahora que se siente próximo a su fin, pone en ello mayor empeño, pues temía no les dejara motivo para una falsa idea y se mantuvieran indefinidamente alejados de Cristo. Porque personalmente todo su interés desde el principio era llevar a Cristo, a todos los suyos; mas ya que antes no lo había conseguido, pone más empeño ahora que ya va a morir.
221.- Si les hubiera dicho: “Pasaos a Jesús, pues Él es mejor que yo, dada la inseparable adhesión con que le seguían, no los hubiera persuadido. Más bien hubieran pensado que hablaba así por modestia, y aún se le hubieran adherido más íntimamente. De callar, por otra parte, tampoco hubiera sacado nada. ¿Qué es, pues, lo que hace? Esperar a que sean discípulos mismos quienes le cuenten que Jesús hace milagros. Mas ni aun entonces les dirige exhortación particular ni envía indistintamente a todos. No, escoge sólo a dos, sin duda a los que sabía eran más dóciles que los demás, con lo que la pregunta no tendría sospecha alguna, y los manda a que se enteren por los hechos mismos de la diferencia que iba de Jesús a él.
222.- Y así les dice: Marchad y decidle: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Cristo, empero, que conocía la mente de Juan, no contestó sin más: Sí, yo lo soy; pues esto hubiera también chocado a sus oyentes, a pesar de que ésa era la respuesta más natural, sino que los dejó que sacaran ellos mismos la consecuencia de los hechos. Dice, en efecto, el evangelio, que al acercársele los discípulos de Juan, entonces fue cuando curó a muchos. A decir verdad, ¿qué ilación hay entre la pregunta que se le hace: Eres tú el que ha de venir, a la que no responde palabra, y ponerse inmediatamente a curar a los enfermos, si es que no intentaba probar lo que yo he dicho? A la verdad, el Señor tenía por más fidedigno y menos sospechoso el testimonio de los hechos que no el de las palabras.
223.- Conociendo, pues, como DIOS que era, el pensamiento con que Juan los había enviado, púsose inmediatamente a curar a ciegos, cojos y otros muchos, no para dar una lección a Juan, que estaba perfectamente convencido, sino a sus discípulos, que dudaban. Y, una vez realizadas las curaciones, les dijo: Marchad y contad a Juan lo que estáis oyendo y viendo: los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los ciegos recobran la vista, los sordos oyen, los muertos resucitan, y los pobres reciben la buena nueva. Y añadió: Y bienaventurado aquel para quien yo no sea ocasión de tropiezo. Con lo que les daba a entender que conocía sus íntimos pensamientos.
224.- Si les hubiera rotundamente contestado: “Sí, yo soy”, aparte que esto, como ya he dicho, les hubiera chocado, sin duda hubieran pensado, aun sin decirlo, lo que los judíos decían al Señor: Tú atestiguas sobre ti mismo. San Juan 8,13. De ahí que el Señor no les contesta eso, sino que los deja que saquen ellos la consecuencia de los milagros, con lo que quita toda sospecha a su enseñanza y la hace más clara. De ahí que también a ellos los arguya veladamente. Como realmente se escandalizaban en Él, el Señor les pone de manifiesto su enfermedad, si bien se la deja sólo para su conciencia, y a nadie hace testigo de su reprensión, sino a ellos mismos, que sabían de qué se trataba. Con ello se los atraía mejor hacia sí mismo, diciéndoles: Bienaventurado aquel para quien yo no fuere ocasión de tropiezo. A los discípulos de Juan apuntaba, en efecto, el Señor con estas palabras.
225.- Otra explicación de la conducta de Juan.-
Mas no quiero exponeros sólo mi propia explicación; quiero también que conozcáis la que dan otros, a fin de que, comparando la una con la otra, quede la verdad más esclarecida. Es, pues, menester que la citemos. ¿Qué explicación dan, pues, otros a este pasaje? Hay quienes dicen que la causa de la embajada no fue la que yo he dicho, sino que Juan ignoraba, aunque no lo ignoraba todo. Que Jesús era el Cristo, lo sabía muy bien Juan; lo que ignoraba era que hubiera también de morir por los hombres. De ahí su pregunta: ¿Eres tú el que ha de venir? Es decir: “¿Eres tú el que ha de bajar al infierno?”. Esta explicación no puede tener razón alguna, puesto que tampoco eso lo ignoraba Juan. Eso fue justamente lo que él pregonó antes que nada; sobre eso dio su primer testimonio: He aquí –dice— el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. San Juan 1,29.
226.- Llamar cordero al Señor era predicar la cruz; y decir que Él quita el pecado del mundo es significar claramente lo mismo. No por otro medio, en efecto, que por la cruz había el Señor de quitar el pecado. Así lo dice también Pablo: Y la escritura que nos era contraria, quitóla también de en medio, clavándola en la cruz. Colosenses 2,14. En fin, decir que Él bautizaría en Espíritu Santo era profetizar lo que había de suceder después de la resurrección del Señor. Es que Juan, replican, sabía que el Señor había de resucitar y dar el Espíritu Santo, pero no que hubiera de ser crucificado. ¿Cómo había entonces de resucitar, sin haber sufrido ni sido crucificado? ¿Y cómo podía ser Juan más que profeta, si no sabía ni lo que dijeron los profetas?
227.- Juan no pudo ignorar la pasión, conocida de los profetas.-
3. Ahora bien, que Juan fue más que profeta, el mismo Cristo lo atestiguó. San Lucas 7,28. Y que los profetas conocieron la pasión del Señor, es cosa patente para todo el mundo. Así, Isaías 53,7 dice: Como oveja fue conducido al matadero y Él está mudo como cordero en manos del que le trasquila. Y antes de este testimonio había dicho: Y será la raíz de Jesé y el que se levanta para dominar sobre los pueblos; en Él pondrán los pueblos su esperanza. Isaías 11,10. Luego, hablando de la pasión y de la gloria que había de seguirle, prosigue diciendo: Y será su descanso, gloria. Y no sólo predijo Isaías que Cristo había de ser crucificado, sino con quiénes: Y fue contado, dice, entre los inicuos. Y no sólo eso, sino también como Él no había de defenderse: Él, dice, no abre su boca.
228.- Y que había de ser injustamente condenado: En su humillación, dice, fue quitado su juicio. Y antes que Isaías había dicho también esto David, que describe el tribunal: ¿Por qué, dice, han bramado las naciones y los pueblos han tramado designios vanos? Se presentaron los reyes de la tierra y los príncipes se juntaron en uno en contra del Señor y de su Ungido. Salmo 2,12. Y en otro salmo, habla David de la forma de su muerte en cruz: Taladraron mis manos y mis pies. Y luego describe con toda puntualidad los desmanes de los soldados: Se repartieron, dice, mis vestidos entre sí y sobre mis vestiduras echaron suertes. Salmo 21, 17.19. En otro llega a decir cómo le ofrecieron al Señor vinagre: Me dieron, dice, por bebida hiel y en mi sed me abrevaron con vinagre. Salmo 68,22.
229.- Ahora bien, los profetas hablan con tantos años de anticipación del tribunal, de la condenación a muerte, de los que habían de ser con Él crucificados, de la participación de los vestidos y de la suerte echada sobre ellos y de tantas otras cosas, pues no vamos a citarlas todas, haciendo interminable el discurso; y Juan, que era mayor que todos los profetas, ¿iba a ignorar todo eso? ¿Qué sentido habría en ello? Pues ¿por qué no dijo: eres tú el que ha de venir al infierno, sino simplemente: eres tú el que ha de venir? La respuesta que a esto dan es más ridícula que todo lo pasado. Dicen, en efecto, que Juan hablaba así porque quería, salido de este mundo, predicar en el infierno. Sería el momento de decir a estos intérpretes: Hermanos, no os hagáis niños de entendimiento, sino sed niños en la malicia. 1ª Corintios 14, 20.
230.- No, el tiempo de la buena o mala conducta es la vida presente; después de la muerte, ya no queda sino el juicio y el castigo. Porque en el infierno, dice el profeta, ¿quién te confesará? ¿Cómo fueron, pues, rotas las puertas de bronce y hechos pedazos los cerrojos de hierro? ¡Por el cuerpo del Señor! Entonces por vez primera apareció un cuerpo inmortal y capaz de deshacer el imperio de la muerte. Por otra parte, esto sólo quiere decir que quedó destruida la fuerza de la muerte, pero no que se perdonaran los pecados de los que habían muerto antes del advenimiento de Cristo. De no ser así, de admitir que Cristo libró del infierno a todos los que allí había antes de su venida, ¿cómo es que dice: Se tratará más benignamente a la tierra de Sodoma y de Gomorra? San Lucas 10,12.
231.- Porque esto quiere decir que Sodoma y Gomorra serán castigadas con más benignidad, sin duda; pero castigadas desde luego. Y a la verdad, ya en este mundo sufrieron el más terrible castigo, pero ni aun eso las eximirá del otro. Pues si éstas han de ser castigadas, mucho más quienes nada sufrieron en el mundo.
232.- La suerte de los que vivieron antes de Cristo.-
Entonces, me dirás, ¿no se comete una injusticia con los que vivieron antes de Cristo? De ninguna manera, pues entonces era posible salvarse sin necesidad de confesar a Cristo. Porque no se les exigía eso, sino solamente no idolatrar y conocer al verdadero DIOS: El Señor DIOS tuyo, dice la Escritura, es un Señor solo. Deuteronomio 6,4. Los Macabeos fueron admirados, porque sufrieron cuanto sufrieron por la guarda de la ley, y como ellos los tres jóvenes del horno de Babilonia y otros muchos de entre los judíos que llevaron vida irreprochable, y a quienes, por haberse mantenido en la medida de su conocimiento de DIOS, no se les exigió nada más.
233.- Porque entonces, como ya he dicho, bastaba para la salvación el solo conocimiento de DIOS; ahora ya no basta solo, sino que es menester conocer también a Cristo. De ahí que Él mismo dijera, San Juan 15, 22: Si no hubiera yo venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado; ahora, empero, no tienen excusa de su pecado. Lo mismo acontece en orden a la conducta. Entonces sólo el homicidio perdía al que lo cometía; ahora se pierde hasta el que se irrita.
234.- Entonces, sólo el adulterio y la unión con la mujer ajena acarreaba castigo; ahora, el mero mirar con ojos impúdicos. De suerte que, en la misma medida del conocimiento, la conducta ha de ser ahora más perfecta. Por otra parte, si después de la muerte han de salvarse los incrédulos por medio de la fe, nadie se condenaría jamás; pues ha de venir un momento en que todos se arrepentirán y adorarán al Señor. Y que esto sea verdad, oye cómo lo dice Pablo: Toda lengua confesará y toda rodilla se doblará en el cielo, en la tierra y en los infiernos. Filipenses 2,11. Y: El último enemigo aniquilado será la muerte. 1ª Corintios 15, 26. Ningún provecho sacarán, sin embargo, los condenados de esta sumisión, pues no procederá de una voluntad libre y reconocida, sino, como si dijéramos, de la necesidad misma de las cosas.
235.- Premio o castigo, inexorable para quienes obren el bien o el mal.-
4. No introduzcamos, pues, en adelante esas doctrinas de viejas y fábulas judaicas. Oye desde luego lo que sobre eso dice Pablo: Cuantos sin ley pecaron, sin ley también perecerán. Aquí habla de los que vivieron antes de la ley. Y cuantos en la ley pecaron, por medio de la ley serán juzgados. Aquí se refiere a todos los que vinieren después de Moisés. Y: Porque la ira de DIOS se revela desde el cielo sobre toda impiedad e injusticia de los hombres. Y: indignación, ira, tribulación y angustia sobre toda alma de hombre que obra el mal, del judío primeramente y también del griego. Romanos 2,12; 1,18; 3,8-9.
236.- Y a la verdad, infinitos fueron los males que entonces sufrieron los gentiles, como nos lo ponen bien de manifiesto las historias profanas, a par de nuestras Escrituras sagradas. ¿Quién podrá, en efecto, contar las catástrofes de los babilonios y de los egipcios? Ahora, que quienes no conocieron a Cristo antes de su advenimiento en carne, pero se apartaron de la idolatría y llevaron vida irreprochable, gozarán de toda suerte de bienes, oye cómo lo dice también el Apóstol: Gloria, honor y paz a todo el que obra el bien, al judío primero y también al griego. Romanos 2, 10. Ya veis, pues, cómo también a los gentiles se les reservan grandes recompensas, así como castigos y suplicios a quienes hacen lo contrario.
237.- Los que no creen en el Infierno.
¿Dónde están, pues, los que no creen en el infierno? Porque si quienes vivieron antes del advenimiento de Cristo, no obstante no haber oído ni el nombre del infierno ni el de la resurrección, no obstante los castigos que ya sufrieron en esta vida, serán también castigados en la otra, ¿cuánto más no lo seremos nosotros, que hemos sido instruidos en doctrinas de tan alta sabiduría? Mas ¿no será contra razón, objetarás, que quienes no oyeron ni hablar del infierno vayan a caer en él? Porque siempre le podrán decir a DIOS: Si nos hubieras amenazado con el infierno, hubiéramos sido más temerosos y nos hubiéramos contenido mejor. Seguramente que sí, y no como nosotros, que, a pesar de que oímos hablar del infierno diariamente, ni aun así atendemos a nuestra vida.
238.- Mas, aparte de esto, hay que decir también que el que no se contiene por los castigos inmediatos, tampoco se contendrá con los que son sólo amenaza para la eternidad. Pues es así que a quienes hacen menos uso de su razón y son de más groseras disposiciones, más los suele sofrenar lo que tienen delante y ha de suceder inmediatamente que los que se les amenaza para mucho tiempo después. Mas a nosotros, insistes, se nos infunde mayor miedo. ¿No se les hace en ello injuria a los anteriores a Cristo? En modo alguno.
239.- Porque en primer lugar no habían aquellos de librar combates iguales a los nuestros, sino que los nuestros son mucho mayores. Ahora bien, los que han de realizar mayores trabajos, necesitan también mayor ayuda. Y ayuda es, no pequeña, el acrecentamiento del temor. Y si nosotros les llevamos ventaja en conocer mejor la vida futura, ellos nos la llevaron en que sufrían inmediatamente los más grandes castigos.
240.- No es contra justicia que el pecado se castigue en esta vida y en la otra.
Otra objeción pone también a esto el vulgo. ¿Dónde está, dicen, la justicia de DIOS, si a quien sólo en esta vida pecó se le castiga en ésta y en la otra? ¿Queréis, pues, que os recuerde cómo habláis vosotros mismos, para que no me deis a mi trabajo con vuestras objeciones, sino que deis la solución de vuestra propia cosecha? Yo he oído a muchos de nuestros hombres cómo, al saber la ejecución, en la cárcel, de un criminal, se indignaban y hablaban así: Ese infame, ese abominable asesino ha cometido treinta o más muertes, y él ha sufrido una sola. ¿Dónde está la justicia? De suerte que vosotros mismos confesáis que no basta una sola muerte por castigo. ¿Cómo es, pues, que aquí sentenciáis en contra? Porque no juzgáis a otros, sino a vosotros mismos. Tan grave obstáculo es el amor propio para no ver la justicia.
241.- De ahí que, cuando juzgamos a los otros, todo lo examinamos con minuciosidad; pero si somos jueces en causa propia, andamos entre sombras. Si examináramos la cosa en nosotros como en los demás, daríamos fallo imparcial. Porque también nosotros hemos cometido pecados que merecen no dos ni tres, sino innumerables muertes. Dejando a un lado otros pecados, recordemos cuántos participan indignamente de la Eucaristía. Ahora bien, esos tales son reos del cuerpo y de la sangre del Señor 1ª Corintios 11,27. Así, cuando hables de un asesino, considérate a ti mismo. El asesino mató a un hombre, tú eres reo de haber pasado a cuchillo al Señor. Aquél, sin haber participado de la Eucaristía; nosotros, gozando de la mesa sagrada.
242.- ¿Y qué decir de los que muerden y devoran por la envidia a sus hermanos. Gálatas 5,16. Y sobre ellos derraman su veneno. ¿Qué de los que arrebatan el sustento de los pobres? Porque si ya el que no da de lo suyo es criminal, ¿qué será el que toma de lo ajeno? ¡Los avaros son peores que una banda de salteadores! ¡Los rapaces son peores que muchos asesinos y profanadores de sepulcros!
243.- ¡Cuántos después de despojar a su prójimo desean también beber su propia sangre! ¡DIOS nos libre! ¡Ni hablar de esa atrocidad! Sí, ahora gritas: ¡DIOS nos libre! Di cuando tienes un enemigo: ¡DIOS nos libre!, y acuérdate entonces de mis palabras y lleva vida ajustada a la más estricta perfección, no sea que también a nosotros nos espere la suerte de Sodoma y no padezcamos lo que Gomorra y no corramos la suerte de tirios y sidonios. O, por decir mejor, para no ofender a Cristo, que es más grave y más espantoso que el infierno; porque yo no cesaré de gritar continuamente que ofender a Cristo es más grave y espantoso que el mismo infierno.
244.- Así os exhorto a que sintáis también vosotros, pues así nos libraremos del mismo infierno y gozaremos de la gloria de Cristo. La cual ojalá todos alcancemos por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
LA VIRGEN MARIA
de Mons. Tihamet Toth.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.
¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)
468.- El culto de María vivifica nuestra fe. María conservaba la fe dentro de su corazón, no como un tesoro sin vida e incapaz de comunicarle, sino que moldeó toda su vida según esa fe. Esta fe viva de María es la segunda lección importante para nosotros. El Reino de DIOS, dijo en cierta ocasión el Señor, es semejante a la levadura que tomó una mujer y la revolvió en tres medidas de harina, hasta que hubo fermentado toda la masa, San Lucas 13,21. Con ello nos enseña que nuestra fe ha de ser levadura que haga fermentar toda nuestra vida. Ella, no solamente tomaba nota de los acontecimientos de la vida de Jesús y de sus palabras, sino que además, iba ponderándolas en su corazón, San Lucas 2,19; es decir, al orar y trabajar, al descansar y estando atareada, pensaba en ellos continuamente y conforme a los mismos, moldeaba su vida. Así como fue María quien dio cuerpo al Hijo de DIOS bajado a la tierra, en la vida de María fue donde tomaron cuerpo con la mayor perfección posible las enseñanzas y la religión de su Hijo. Fue la que mejor escuchó y cumplió.
469.- Nunca hubo ni habrá un hombre que en su alegría y en su dolor, en sus anhelos y planes, en sus virtudes y sacrificios, haya dado vida con tal fidelidad y de un modo tan triunfal al espíritu del cristianismo como la Virgen Bendita. El mismo Jesús dio testimonio de ello. En cierta ocasión, una mujer que le seguía entre la multitud, viendo las obras maravillosas del Señor, y oyendo sus palabras divinas, exclamó con entusiasmo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, San Lucas 11,27. Y el Señor le contestó: Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de DIOS y la ponen en práctica, San Lucas 11,28.
470.- Jesús no contradice a la mujer; todo lo contrario, amplía el sentido de sus palabras. No dice que no hay motivo de alabar a su Madre, sino que realmente tal motivo es doble; primero porque por su maternidad está unida con El con lazos de sangre; segundo, y el más poderoso, porque por su fe tiene con El un parentesco espiritual, y conservaba en el corazón, y las vivió, las palabras del Hijo, San Lucas 2, 19.51, mejor que cualquiera de sus discípulos.
471.- En el primer punto no podemos imitar a María, pero sí en el segundo. Sabemos muy bien como el camino más seguro para el que quiere seguir a María, ser digno de Ella y parecérsele, es la fe ardiente y abnegada, viva en Jesucristo. Fe que no es mera palabra ni mero sentimiento, sino también y principalmente, vida y fuerza divina que transforma nuestra vida propia.
Nos fijamos en lo que María dice a los criados en las bodas de Caná. Atended al Señor y haced lo que El os diga, San Juan 2,5. Así, pues, si honramos a María, no nos detenemos en Ella, sino que por Ella vamos a Cristo.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.
¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)
468.- El culto de María vivifica nuestra fe. María conservaba la fe dentro de su corazón, no como un tesoro sin vida e incapaz de comunicarle, sino que moldeó toda su vida según esa fe. Esta fe viva de María es la segunda lección importante para nosotros. El Reino de DIOS, dijo en cierta ocasión el Señor, es semejante a la levadura que tomó una mujer y la revolvió en tres medidas de harina, hasta que hubo fermentado toda la masa, San Lucas 13,21. Con ello nos enseña que nuestra fe ha de ser levadura que haga fermentar toda nuestra vida. Ella, no solamente tomaba nota de los acontecimientos de la vida de Jesús y de sus palabras, sino que además, iba ponderándolas en su corazón, San Lucas 2,19; es decir, al orar y trabajar, al descansar y estando atareada, pensaba en ellos continuamente y conforme a los mismos, moldeaba su vida. Así como fue María quien dio cuerpo al Hijo de DIOS bajado a la tierra, en la vida de María fue donde tomaron cuerpo con la mayor perfección posible las enseñanzas y la religión de su Hijo. Fue la que mejor escuchó y cumplió.
469.- Nunca hubo ni habrá un hombre que en su alegría y en su dolor, en sus anhelos y planes, en sus virtudes y sacrificios, haya dado vida con tal fidelidad y de un modo tan triunfal al espíritu del cristianismo como la Virgen Bendita. El mismo Jesús dio testimonio de ello. En cierta ocasión, una mujer que le seguía entre la multitud, viendo las obras maravillosas del Señor, y oyendo sus palabras divinas, exclamó con entusiasmo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, San Lucas 11,27. Y el Señor le contestó: Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de DIOS y la ponen en práctica, San Lucas 11,28.
470.- Jesús no contradice a la mujer; todo lo contrario, amplía el sentido de sus palabras. No dice que no hay motivo de alabar a su Madre, sino que realmente tal motivo es doble; primero porque por su maternidad está unida con El con lazos de sangre; segundo, y el más poderoso, porque por su fe tiene con El un parentesco espiritual, y conservaba en el corazón, y las vivió, las palabras del Hijo, San Lucas 2, 19.51, mejor que cualquiera de sus discípulos.
471.- En el primer punto no podemos imitar a María, pero sí en el segundo. Sabemos muy bien como el camino más seguro para el que quiere seguir a María, ser digno de Ella y parecérsele, es la fe ardiente y abnegada, viva en Jesucristo. Fe que no es mera palabra ni mero sentimiento, sino también y principalmente, vida y fuerza divina que transforma nuestra vida propia.
Nos fijamos en lo que María dice a los criados en las bodas de Caná. Atended al Señor y haced lo que El os diga, San Juan 2,5. Así, pues, si honramos a María, no nos detenemos en Ella, sino que por Ella vamos a Cristo.
472.- Otro argumento, otro testimonio elocuente de que todas las manifestaciones de nuestro culto Mariano vivifican realmente nuestra fe y en último grado se dirigen al culto de DIOS y están saturadas del homenaje que debemos al Señor, es cada línea del sublime cántico del Magniticat, que resuena cada día miles de veces en todas las Iglesias y oraciones del mundo católico, cántico que el alma de la Virgen María, embriagada por el amor divino, entonó por vez primera en casa de Santa Isabel.
473.- Santa Isabel. Al ver a María que la visitaba, exclamó con sorpresa: ¡bendita tu eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre! Y ¿de dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? ¡Bienaventurada tú que has creído! Porque se cumplirán todas las cosas que se te han dicho de parte del Señor, San Lucas 1,42-45.
HOMILIA 35
miércoles, 17 de febrero de 2010
No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la madre de su hija, y a la nuera de su suegra. Y los enemigos del hombre son los de su propia casa. Mateo 10,34 .
170.- No viene a traer paz sino espada.
1. Nuevamente presenta el Señor cosas duras, y con mucha energía por cierto, saliendo al paso de la objeción que podía ponérsele. Podían, en efecto, haberle dicho sus oyentes: ¿Luego tú has venido para matarnos a nosotros y a quienes nos sigan y llenar de guerra al mundo? Mas es Él quien les dice primero: No he venido a traer paz a la tierra. Entonces, ¿cómo es que les manda que al entrar en cualquier casa saluden con saludo de paz? ¿Cómo es también que los ángeles cantaron: Gloria a Dios en lo más alto y en la tierra paz? San Lucas 2, 14. ¿Cómo, es, en fin, que todos los profetas la anunciaron como noticia buena? Porque la paz principalmente consiste en cortar lo enfermo y en separar lo rebelde.
171.- Sólo a este precio se puede unir el cielo con la tierra. De este modo, cortando lo ya incurable, el médico salva el resto del cuerpo, y apartando los elementos de discordia, salva el general al ejército. Tal sucedió también en la torre famosa. Una paz mala deshizo una saludable discordia, y de ahí vino la verdadera paz. Génesis 11, 1-9. De este modo también Pablo trató de disociar a los que estaban muy de acuerdo contra él. Actos 23, 6-10. En el caso de Naboth, la concordia entre Acab y Jezabel fue peor que cualquier guerra. 1º Reyes 2,1-14. No siempre la concordia es buena; pues muy concordes entre sí andan también los bandoleros. La guerra, pues, no es obra que el Señor intente, sino que viene de la disposición de los hombres.
172.- Él ciertamente querría que todos los hombres tuvieran un sentir único en orden a la religión; mas como los sentires están en desacuerdo, de ahí la guerra. Sin embargo, no se lo dijo así, ¿Qué les dijo, pues? No he venido a traer la paz. Era un modo de consolarlos. No penséis, viene a decirles, que tenéis vosotros la culpa de esta guerra; soy yo quien la preparo, por estar los hombres en tales disposiciones. No os turbéis, pues, como si aconteciera algo inesperado. Yo he venido justamente para traer la guerra. Ésta es mi voluntad. No os turbéis, pues, de que la tierra arda en guerras e insidias. Cuando lo malo quede separado, entonces se unirá el cielo con lo bueno. Todo esto les decía, preparándolos contra la mala sospecha de que el vulgo les haría blanco. Y notad que no usó la palabra “guerra”, sino otra más enérgica: la espada.
173.- Y si esto suena con dureza y desagradablemente, no hay por qué maravillarse. El Señor quería ejercitar el oído de sus discípulos con la aspereza de las palabras, a fin de que, puestos en la dificultad de las cosas, no se volvieran atrás, y conforme a eso modela sus sentencias. Que no viniera luego nadie diciendo que los había convencido a fuerza de halagos y echando un velo sobre lo difícil. De ahí que lo mismo que podía haberles dicho de otro modo, se lo explica de éste, más desagradable y espantoso. Más valía, en efecto, que la realidad se mostrará un poco más blanda que no las palabras respecto a la realidad.
170.- No viene a traer paz sino espada.
1. Nuevamente presenta el Señor cosas duras, y con mucha energía por cierto, saliendo al paso de la objeción que podía ponérsele. Podían, en efecto, haberle dicho sus oyentes: ¿Luego tú has venido para matarnos a nosotros y a quienes nos sigan y llenar de guerra al mundo? Mas es Él quien les dice primero: No he venido a traer paz a la tierra. Entonces, ¿cómo es que les manda que al entrar en cualquier casa saluden con saludo de paz? ¿Cómo es también que los ángeles cantaron: Gloria a Dios en lo más alto y en la tierra paz? San Lucas 2, 14. ¿Cómo, es, en fin, que todos los profetas la anunciaron como noticia buena? Porque la paz principalmente consiste en cortar lo enfermo y en separar lo rebelde.
171.- Sólo a este precio se puede unir el cielo con la tierra. De este modo, cortando lo ya incurable, el médico salva el resto del cuerpo, y apartando los elementos de discordia, salva el general al ejército. Tal sucedió también en la torre famosa. Una paz mala deshizo una saludable discordia, y de ahí vino la verdadera paz. Génesis 11, 1-9. De este modo también Pablo trató de disociar a los que estaban muy de acuerdo contra él. Actos 23, 6-10. En el caso de Naboth, la concordia entre Acab y Jezabel fue peor que cualquier guerra. 1º Reyes 2,1-14. No siempre la concordia es buena; pues muy concordes entre sí andan también los bandoleros. La guerra, pues, no es obra que el Señor intente, sino que viene de la disposición de los hombres.
172.- Él ciertamente querría que todos los hombres tuvieran un sentir único en orden a la religión; mas como los sentires están en desacuerdo, de ahí la guerra. Sin embargo, no se lo dijo así, ¿Qué les dijo, pues? No he venido a traer la paz. Era un modo de consolarlos. No penséis, viene a decirles, que tenéis vosotros la culpa de esta guerra; soy yo quien la preparo, por estar los hombres en tales disposiciones. No os turbéis, pues, como si aconteciera algo inesperado. Yo he venido justamente para traer la guerra. Ésta es mi voluntad. No os turbéis, pues, de que la tierra arda en guerras e insidias. Cuando lo malo quede separado, entonces se unirá el cielo con lo bueno. Todo esto les decía, preparándolos contra la mala sospecha de que el vulgo les haría blanco. Y notad que no usó la palabra “guerra”, sino otra más enérgica: la espada.
173.- Y si esto suena con dureza y desagradablemente, no hay por qué maravillarse. El Señor quería ejercitar el oído de sus discípulos con la aspereza de las palabras, a fin de que, puestos en la dificultad de las cosas, no se volvieran atrás, y conforme a eso modela sus sentencias. Que no viniera luego nadie diciendo que los había convencido a fuerza de halagos y echando un velo sobre lo difícil. De ahí que lo mismo que podía haberles dicho de otro modo, se lo explica de éste, más desagradable y espantoso. Más valía, en efecto, que la realidad se mostrará un poco más blanda que no las palabras respecto a la realidad.
174.- Qué guerra trae el Señor.-
De ahí que ni aun con eso se contentará, sino que, desenvolviendo más particularmente qué clase de guerra venía a traer, les hace ver que era más dura que una guerra civil, y así les dice: He venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra. No sólo los amigos, dice, no sólo los ciudadanos, los parientes mismos, se levantarán unos contra otros y la naturaleza misma se escindirá contra sí misma. Porque yo he venido, dice, a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra. Porque no es ya que la guerra sea entre domésticos, sino que se enciende entre los más queridos y allegados. Ahí tenéis una buena prueba del poder del Señor, pues oyéndole decir tales cosas, las aceptaron sus discípulos, y éstos persuadieron a otros a que también las aceptaran.
175.- Sin embargo, no era Él autor de ellas, sino la propia maldad de los hombres. Ahora, que Él diga ser quien lo hace, es modo ordinario de hablar de la Escritura. Así dice en otra parte: DIOS les dio ojos para que no vieran. Isaías 6,9. De modo semejante se expresa aquí el Señor. Es que quería, como antes he dicho, que, meditando sus discípulos en sus palabras, no se turbaran cuando fueran insultados y maltratados. Ahora bien, si hay quienes piensan que estas palabras son demasiado duras, acuérdense de la historia antigua. En los pasados tiempos acontecieron hechos que demuestran perfectamente el parentesco entre uno y otro Testamento y cómo el que ahora dice esto es el mismo que antaño mandara lo otro.
176.- Porque fue así que en la historia del pueblo judío hubo ocasiones en que sólo cuando cada uno hubo dado muerte a su vecino, sólo entonces se calmó la cólera divina; por ejemplo, cuando fundieron el becerro de oro y cuando se iniciaron en los ritos del Beelphegor. Éxodo 32, 26-30; Números 25. ¿Dónde están, pues, ahora los que sueñan con que el DIOS del Antiguo Testamento es malo, y el del Nuevo bueno? ¡Bueno, cuando ha llenado el mundo de sangre de parientes! Sin embargo, nosotros afirmamos que aun esto es obra de su amor a los hombres. De ahí justamente que para hacer ver que es el mismo que el que ordenó lo antiguo, recuerda el Señor una profecía, que, si bien no se dijo a este propósito, viene, sin embargo, a expresar lo mismo. ¿Qué profecía es ésa?
177.- Los enemigos del hombre son los de su propia casa. Miqueas 7,5-6. Porque también entre los judíos aconteció algo semejante a lo que aquí dice el Señor. Había entre ellos profetas y pseudo profetas. El pueblo andaba dividido y las familias estaban escindidas. Unos se adherían a unos y otros a otros. De ahí la exhortación del profeta: No creáis a los amigos, no os fiéis de vuestros guías. Guárdate de la propia compañera de tu lecho y no le confíes secreto alguno, pues los enemigos del hombre son sus propios domésticos. Así hablaba el Señor, porque quería que el que había de recibir su palabra estuviera por encima de todas las cosas. Porque lo malo no es el morir, sino el mal morir. Por eso dijo también: Fuego he venido a traer a la tierra. San Lucas 12,49. Palabras con que nos significa la vehemencia y ardor del amor que nos exige.
178.- Como Él nos ha amado tanto, así quiere también ser amado de nosotros. Estas palabras tenían que templarlos para la lucha y levantarlos por encima de todo. Porque si los otros, les viene a decir, tendrán que menospreciar parientes, hijos y padres, considerad qué tales habremos de ser nosotros maestros de ellos. Porque las cosas arduas de mi doctrina no han de terminar en vosotros, sino que pasarán también a los que después de vosotros vinieren. Porque, como yo he venido a traer grandes bienes, también exijo grande obediencia y resolución.
179.- Amor sobre todo amor.-
El que ama a su padre o a su madre por encima de mí, no es digno de mí. Y el que ama a su hijo o a su hija por encima de mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz y viene en pos de mí, no es digno de mí. Mirad la dignidad del Maestro. Mirad cómo se muestra a sí mismo hijo legítimo del Padre, pues manda que todo se abandone y todo se posponga a su amor. Y ¿qué digo, dice, que no améis a amigos ni parientes por encima de mí? La propia vida que antepongáis a mi amor, estáis ya lejos de ser mis discípulos. ¿Pues qué? ¿No está todo esto en contradicción con el Antiguo Testamento? ¡De ninguna manera! Su concordia es absoluta. Allí, en efecto, no sólo aborrece a DIOS a los idólatras, sino que manda que se los apedree, y en el Deuteronomio, admirando a los que así obran, dice Moisés: El que dice a su padre y a su madre: No os he visto; el que no conoce a sus hermanos y no sabe quiénes son sus hijos, ése es el que guarda tus mandamiento. Deuteronomio 33,9.
180.- Y si es cierto que Pablo ordena muchas cosas acerca de los padres y manda que se les obedezca todo, no hay que maravillarse de ello, pues sólo manda que se le obedezca en aquello que no va contra la piedad para con DIOS. Y, a la verdad, fuera de eso, cosa santa es que se le tribute todo honor. Más, cuando exijan algo más del honor debido, no se les debe obedecer. De ahí que diga San Lucas: El que viene a mí y no aborrece a su padre, y a su madre, y a su mujer, y a sus hijos, y a sus hermanos, más aún, a su propia vida, no puede ser mi discípulo. San Lucas 14, 26. Sin embargo, no nos manda el Señor que los aborrezcamos de modo absoluto, pues ello sería sobremanera inicuo. Si quieren, dice, ser amados por encima de mí, entonces, sí, aborrécelos en eso. Pues eso sería la perdición tanto del que es amado como del que ama.
181.- Hay que aborrecer la propia vida.-
2. Con este modo de hablar quería el Señor templar el valor de los hijos y amansar también a los padres que tal vez hubieran de oponerse al llamamiento de sus hijos. Porque, viendo de su fuerza y poder era tan grande que podía separar de ellos a sus hijos, desistieran de oponérseles, como quienes intentaban una empresa imposible. Luego por que los padres mismos no se irritarán ni protestarán, mirad cómo prosigue el Señor su razonamiento. Después que dijo: El que no aborrece a su padre y a su madre, añadió: Y hasta a su propia vida. ¿A qué me hablas, dice, de padres y hermanos y hermanas y mujer? Nada hay más íntimo al hombre que su propia vida. Pues bien, si aun a tu propia vida no aborreces, sufrirás todo lo contrario del que ama, será como si no me amaras.
182.- Y no nos manda simplemente que la aborrezcamos, sino que lleguemos hasta entregarla a la guerra, a las batallas, a la espada y a la sangre. Porque el que no lleva, dice, su cruz y sigue en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Porque no dijo simplemente que hay que estar preparado para la muerte violenta, sino también para la ignominia. Nada, sin embargo, les dice todavía de su propia pasión, pues quería que, bien afianzados antes en estas enseñanzas, se les hiciera luego más fácil de aceptar lo que sobre ella había de decirles. Ahora bien, ¿no es cosa de admirarse y pasmarse que, oyendo todo esto, no se les saliera a los apóstoles el alma de su cuerpo? Porque lo duro por todas partes se les venía a las manos; el premio, empero, estaba todo en esperanza.
183.- ¿Cómo es, pues, que no se les salió? Porque era mucha la virtud del que hablaba y mucho también el amor de los que oían. De ahí que ellos, que oían cosas más duras y molestas que las que se mandaron a aquellos grandes varones, Moisés y Jeremías, permanecieron fieles al Señor y no le contradijeron.
184.- El que pierde su vida, la gana.-
El que hallare, dice, su vida, la perderá, y el que perdiere su vida por causa mía la encontrará. ¿Veis cuán grande es el daño de los que aman de modo inconveniente? ¿Veis cuán grande la ganancia de los que aborrecen? Realmente, los mandatos del Señor eran duros. Les mandaba declarar la guerra a padres, hijos, naturaleza, parentesco, a la tierra entera y hasta a la propia vida. De ahí que tiene que ponerles delante el provecho de tal guerra, que es máximo. Porque no sólo, viene a decirles, no os ha de venir daño alguno de ahí, sino más bien provecho muy grande. Lo contrario, empero, sí que os dañaría. Es el procedimiento ordinario del Señor: por lo mismo que deseamos, nos lleva a lo que Él pretende. ¿Por qué no quieres despreciar tu vida? Sin duda porque la quieres mucho.
185.- Pues por eso mismo debes despreciarla, ya que así le harás el mayor bien y le mostrarás el verdadero amor. Y considerad aquí la inefable sabiduría del Señor. No habla sólo a sus discípulos de los padres, ni sólo de los hijos, sino de lo que más íntimamente nos pertenece, que es la propia vida, y de lo uno resulta indubitable lo otro. Es decir, que quiere que se den cuenta cómo odiándolos les harán el mayor bien que pueden hacerles, pues así acontece también con tu vida, que es lo más necesario que tenemos.
186.- Premios a la hospitalidad con los enviados del Señor.-
Todo esto, ciertamente, eran motivos suficientes para persuadir a ejercitar la hospitalidad con quienes venían a traer la salud a los mismos que los acogieran. Porque ¿quién no había de recibir con la mejor voluntad a tan generosos y valientes luchadores, a los que recorrían la tierra entera como leones, a quienes todo lo suyo desdeñaban a trueque, de llevar la salud a los demás? Sin embargo, aun pone el Señor otra recompensa, haciendo ver que en esto se preocupa Él más de los que reciben que de quienes son recibidos. Y ante todo les concede el más alto honor, diciendo: El que a vosotros os recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. ¿Puede haber honor mayor que recibir juntamente al padre y al Hijo?
187.- Pues aún promete el Señor otra recompensa juntamente con la dicha: Porque el que recibe, dice, a un profeta en nombre de profeta, recibirá galardón de profeta; y el que recibe a un justo en nombre de justo, recibirá galardón de justo. Antes había amenazado con el castigo a quienes les negaran hospitalidad; ahora señala los bienes que les ha de conceder. Y por que os deis cuenta que se preocupa más de quienes reciben que de sus propios apóstoles, notad que no dijo simplemente: El que recibe a un profeta; o: En nombre de justo. Es decir, si no le recibe por alguna preeminencia mundana ni por otro motivo perecedero, sino porque es profeta o justo, recibirá galardón de profeta o galardón de justo.
188.- Lo que se ha de entender o que recibirá galardón de quien reciba a un profeta y a un justo, o el que corresponde al mismo profeta o justo. Es exactamente lo que decía Pablo: Que vuestra abundancia ayude a la necesidad de ellos, a fin de que también la abundancia de ellos ayude a vuestra necesidad. 2ª Corintios 8,14.
189.- Luego, por que nadie pudiera alegar su pobreza, prosigue el Señor: El que diere un simple vaso de agua fría a uno de estos pequeños míos sólo porque son mis discípulos, yo os aseguro que no perderá su galardón. Un simple vaso de agua fría que des, que nada ha de costarte, aun de tan sencilla obra tienes señalada recompensa. Porque por vosotros, que acogéis a mis enviados, yo estoy dispuesto a hacerlo todo.
190.- Recapitulación.-
3. Mirad por cuántos medios los persuadió y cómo les abrió las puertas de toda la tierra. Y es así que de todas maneras les mostró que los demás son deudores suyos. Primero al decirles: Digno es el trabajador de que se le pague su jornal. Segundo, por enviarlos sin tener nada. Tercero, por mandarlos a la guerra y al combate en favor mismo de quienes los recibieran. Cuarto, por el hecho de haberles dado poder de hacer milagros. Quinto, por llevar la paz, fuente de todos los bienes, por boca de sus apóstoles, a las casas de los que los acogieran. Sexto, por amenazar con castigos más duros que los de Sodoma a quienes no los recibieran. Séptimo, mostrándoles que quienes los acogían, a Él mismo y al Padre acogían. Octavo, prometiendo el galardón de un profeta o de un justo. Noveno, prometiendo grandes recompensas por un simple vaso de agua fría.
191.- Motivos de la hospitalidad y de la caridad.-
Cada uno de estos motivos, por sí solo era bastante para mover a todos a la hospitalidad para con los apóstoles. ¿Quién, en efecto, decidme, no recibiría y abriría de par en par las puertas de su casa a un general al que viera cubierto de heridas y ensangrentado, que vuelve de la guerra y del combate, después de haber levantado muchos trofeos de victoria? Y ¿quién es ese general?, me dirás. Pues justamente, añadió el Señor: en nombre de discípulo o de justo, por que adviertas que pone Él su recompensa no tanto en razón de la dignidad del que recibe hospedaje cuanto en razón de la intención del que hospeda. Aquí, a la verdad, habla de profetas, de discípulos y de justos; pero en otro lugar nos manda acoger a los más despreciados y castiga a quienes no los reciban: En cuanto no lo hicisteis con uno solo de estos muy pequeños, tampoco conmigo lo hicisteis. San Mateo 25, 45.
192.- Y nuevamente dice lo contrario sobre los mismos, pues aun cuando el necesitado no tenga ninguno de esos títulos, basta que es un hombre que habita el mismo mundo que tú, contempla el mismo sol, tiene la misma alma y el mismo Señor, toma parte en los mismos sacramentos que tú, está llamado al mismo cielo y tiene un grande título, su pobreza y necesidad, para recibir el necesario sustento. Mas es lo cierto que a quienes te quitan el sueño durante el invierno con sus flautas y zampoñas y te molestan sin razón ni motivo, tú los despachas con una buena porción de regalos. Igualmente los que andan vendiendo golondrinas, los que se embadurnan de hollín y maldicen a todo el mundo, reciben también paga de sus truhanerías.
193.- Mas si se te acerca un pobre a pedirte un pedazo de pan, allí son las malas palabras y reprensiones, allí culparle de holgazán, injuriarle, insultarle y hacer burla de su miseria. Y no consideras dentro de ti mismo que tú también eres un holgazán, y, no obstante, DIOS te concede tus dones. Y no me vengas con que tú estás ocupado en algo, sino intenta demostrarme que lo que haces y llevas entre manos es realmente cosa necesaria. Y si me dices que te dedicas a la economía y al comercio, al cuidado y acrecentamiento de tu hacienda, yo te respondo que ésos no son propiamente trabajos. Los verdaderos trabajos son la limosna y la oración y la protección de los oprimidos y tantas cosas semejantes, respecto a las cuales nuestra ociosidad es perpetua.
194.- Y, sin embargo, jamás nos ha dicho Dios a nosotros: Puesto que vives ocioso, no te voy a encender el sol; como realmente no te dedicas a nada necesario, voy a apagar la luna, a esterilizar el seno de la tierra, a secar los lagos, las fuentes y los ríos; a destruir el aire y a retener las lluvias de todos los años. No, nada de esto nos dice, sino que todo nos lo procura generosamente. Y de todos estos bienes suyos permite gozar, no sólo a los ociosos, sino a los mismos que obran mal. Así, pues, cuando veas a un pobre y estés tentado de decirle: Me sofoca que este hombre, que es joven y está sano y no tiene nada, quiera comer sin trabajar, que a lo mejor es un esclavo fugitivo que ha abandonado a su señor. 195.- Todo esto, dítelo a ti mismo, o, mejor aún, déjale al pobre que te lo diga libremente, y tendrá más razón que cuando se lo dices tú a él: Me sofoca que, estando tú sano, vivas ocioso, sin hacer nada de lo que DIOS te ha mandado; eres un fugitivo de los mandamientos de tu Dueño y andas de acá para allá a la maldad: Tú te embriagas y arruinas las casas ajenas. Tú me acusas a mí de mi ociosidad; pero yo a ti de tus malas obras: de tus insidias, de tus juramentos, de tus mentiras, de tus rapiñas y de otras infinitas cosas semejantes.
196.- Nada nos excusa de dar limosna al pobre.-
4. Al hablar así, no pretendo sentar como ley la ociosidad. ¡DIOS me libre! Yo quiero muy de veras que todo el mundo trabaje, pues la ociosidad es maestra de todos los vicios. A lo que os exhorto es a que no seáis duros y crueles con el pobre. También Pablo dirige mil reprensiones a los ociosos y él fue quien dijo: El que no quiera trabajar, que tampoco coma. 2ª Tesalonicenses 3,10; pero no se detuvo ahí, sino que prosiguió: Mas vosotros no os canséis de hacer bien, verso 13. Una verdadera contradicción. Porque si has mandado que no coman, ¿cómo nos exhortas a darles? Sí, contesta Pablo, yo he mandado que se aleje todo el mundo de ellos, que no se trate con ellos, pero también dije: No los tengáis por enemigos, sino corregidlos, verso 15. Con lo cual no pongo leyes contradictorias, sino perfectamente armónicas.
197.- Porque si tú estás pronto para la limosna, el pobre se librará muy pronto de la ociosidad y tú de la crueldad. Pero es que miente y se inventa mil excusas, me dirás.
Motivo de más para tenerle compasión, pues ha venido a parar a la necesidad de cometer tales desvergüenzas. Mas nosotros no sólo no le tenemos compasión, sino que por añadidura le decimos cruelmente: ¿No te han dado ya una y dos veces? ¿Y qué? Por haber comido una vez, ¿no tiene ya que comer más? ¿Por qué no impones esas leyes a tu propio vientre y le dices: Ya te hartaste ayer y anteayer? No pidas ahora más. A tu vientre, empero, le haces reventar sobre medida, y al pobre que te pide lo estrictamente necesario lo rechazas, cuando debiera ser motivo de compadecerle el hecho de que tenga que venir a pedir todos los días.
198.- Realmente, si otra cosa no te conmueve, eso por lo menos debiera conmoverte, pues a eso le fuerza la necesidad de la pobreza. Ésta es la que le hace importuno. Tú no le compadeces, porque oyendo tus improperios no siente vergüenza. Es que la necesidad es más poderosa que tus improperios. Y no sólo no le compadeces, sino que le expones a pública ignominia. Y cuando DIOS te manda hacer la limosna calladamente, tú te paras a hacer más notorio al que te pide y a insultarle por lo mismo que debieras compadecerle. Si no le quieres dar, ¿por qué encima le culpas y atribulas a un alma ya de suyo miserable y desgraciada?
199.- El pobre se acercó a ti buscando tus manos como un puerto a su miseria; ¿qué necesidad hay de que le levantes nuevas olas y hagas más dura la tormenta? ¿Por qué le echas en cara su vileza? Si hubiera barruntado que le ibas a hablar así, ¿acaso se hubiera acercado? Y si, aun previéndolo, se te acercó, motivo es ése de que a él le compadezcas y de que tú te horrorices de tu crueldad, pues ni aun a la vista de esa necesidad inexorable te vuelves un poco más blando. Tú no crees que baste para excusar su importunidad la necesidad en que le pone el hambre, y le culpas de importunidad; mas tú has sido muchas veces más desvergonzado que ese pobre, aun en cosas muy graves.
200.- Aquí, en verdad, se puede perdonar el descaro; pero nosotros lo tenemos al hacer acciones dignas de castigo; y cuando debiéramos ser humildes considerando esas mismas acciones nuestras, llegamos a insultar a esos desgraciados; y a quienes nos piden medicina, les abrimos una llaga. Si no le quieres dar, ¿por qué encima le hieres? Si no tienes intención de socorrerle, ¿por qué encima le injurias? ¡Es que no hay otra manera de echárselo de encima? Pues obra como mandó aquel sabio que dijo: Respóndele con mansedumbre palabras de paz. Eclesiástico 4,8. Porque a buen seguro que no es importuno por el gusto de serlo. No hay hombre, no hay absolutamente un hombre que tenga gusto en pedir importunamente. No.
201.- Por más que se empeñaran en convencerme de ello, jamás podré yo creer que quien tiene abundantemente para vivir se entregue de buena gana a la mendicidad. Que nadie, pues, nos engañe. Si es cierto que Pablo dice: El que no quiera trabajar, que tampoco coma, se lo dice a los perezosos, no a nosotros. A nosotros nos dice lo contrario: No os canséis de hacer bien. Así lo hacemos nosotros mismos en casa. Cuando hay dos que riñen, los tomamos aparte de cada uno, y a cada uno le decimos lo contrario. Así lo hicieron también DIOS y Moisés. A DIOS mismo le decía Moisés: Si les quieres perdona su pecado, perdónaselo; si no, bórrame a mí del libro de los vivos. Éxodo 32, 32.
202.- Al pueblo, empero, mandó que se acuchillaran los unos a los otros, sin respetar parentesco de ninguna clase. Realmente, lo uno era contrario a lo otro; todo, sin embargo, apuntaba a un mismo fin. DIOS a su vez, oyéndolo los judíos, le decía a Moisés: Déjame, que quiero aniquilar a este pueblo. Éxodo 32, 10. Porque si bien el pueblo no estaba presente cuando DIOS le dijo eso a moisés, luego, sin embargo, habían de enterarse de ello. Privadamente, en cambio, DIOS le exhorta a Moisés a lo contrario. Lo mismo se vio forzado Moisés a expresar más adelante: ¿Es que los he concebido yo en mi seno para que me digas: Llévalos como una nodriza lleva al niño que mama a sus pechos? Números 11, 12.
203.- Es lo mismo que sucede en una casa. Muchas veces el padre, al maestro que trata duramente al niño, le reprende particularmente diciéndole: No sea áspero y duro. Al muchacho, en cambio, le dice lo contrario: Aun cuando te maltrate sin razón, has de sufrirlo. Por caminos contrarios llega al mismo término: el bien de su hijo. Así también Pablo, a los que estando buenos se daban a la mendicidad, les decía: El que no quiera trabajar, que tampoco coma. Era obligarlos a trabajar. Más a los que podían dar limosna, los exhorta: Mas vosotros no os canséis de hacer bien. Que era llevarlos a dar limosna. E igualmente, en la carta a los romanos, cuando exhortaba a los de las naciones a no sentir orgullo contra los judíos y les puso el ejemplo del olivo silvestre, se ve también que dice unas cosas a un bando y otras a otro.
204.- No caigamos, pues, en crueldad, sino oigamos la exhortación de Pablo mismo: No os canséis de obrar bien. Oigamos también al Señor, que nos dice: A todo el que te pidiere, dale. San Mateo 5, 42. Y: Sed misericordiosos, como vuestro Padre. San Lucas 6,36. A la verdad, ¡cuántas cosas dijo el Señor y, no obstante, en ninguna otra ocasión, fuera de la misericordia, nos puso por blanco a su propio Padre! Es que nada nos hace tan semejantes a DIOS como hacer beneficios a los otros.
205.- Somos más desvergonzados que los pobres.-
5. Pero nada hay me replicasmas desvergonzado que un pobre. ¿Por qué razón?, dime por favor. Porque viene detrás gritando? ¡Muy bien! ¿Quieres que te demuestre que nosotros somos más desvergonzados y que tenemos menos consideración que el pobre? Acuérdate, te ruego ahora, cuántas veces en tiempo de ayuno, que la comida se sirve por la tarde, has llamado al esclavo y por acudir algo despacio lo has echado todo a rodar, coceando, maldiciendo, insultando, todo por unos momentos de dilación, y sabiendo muy bien que, si no inmediatamente, de todos modos no te había de faltar comida.
206.- Tú, pues, que por una nonada te enfureces, no te calificas a ti mismo de impudente; al pobre, empero, que teme y tiembla por motivos mucho más importantes, pues no se trata en él de que tarde más o menos la comida, sino de comer o no comer en absoluto; al pobre, digo, le llamas imprudente, descarado y sinvergüenza, con toda la abundancia de improperios que te vienen a la boca. ¿No es eso justamente la suma desvergüenza? Mas como no reflexionamos sobre ello, de ahí que tengamos a los pobres por gente molesta.
207.- Examinémonos a nosotros mismos.-
Si examináramos nuestros defectos y los comparáramos con los de ellos, no los tendríamos por pesados. No seas, pues, juez amargo. Aun cuando estuvieras libre de todo pecado, ni aun en ese caso te permitiría la ley de DIOS ser tan riguroso examinador de los pecados ajenos. Por ahí se perdió el fariseo. ¿Y pensamos tener nosotros excusa alguna? Si a los que obran bien no les permite el Señor juzgar ásperamente la conducta de los demás, mucho menos a los que son pecadores.
208.- No seamos soberbios ni crueles.-
No seamos, pues, crueles, inclementes, inexorables y sin amor; no seamos peores que las mismas fieras. Y a la verdad, yo sé de muchos que han llegado a punto tal de fiereza que, por no hacer un mínimo esfuerzo, dejan que otros se mueran de hambre y se excusan con razones como éstas: No tengo aquí ahora esclavo ninguno; estamos lejos de casa; no hay cambista conocido mío por aquí. ¡Qué crueldad! ¡Qué soberbia! ¿Has hecho lo más y no vas a poder con lo menos? ¿Por no dar tú unos pasos, el otro se va a morir de hambre? ¡Qué insolencia, qué soberbia! Aun cuando tuvieras que andar diez estadios, no debieras vacilar. ¿No caes en la cuenta que de este modo se te acrecienta tu galardón? Porque si sólo das, sólo por tu limosna se te recompensará; pero si además andas unos pasos, aun de eso se te reserva galardón.
209.- Precisamente por eso admiramos al patriarca Abrahán: él mismo corrió al rebaño de vacas y tomó un novillo, a pesar de que tenía trescientos dieciocho criados nacidos en su casa. Génesis 14,14; 18,7. Ahora, empero, hay algunos tan llenos de soberbia, que eso lo hacen por medio de sus esclavos y no se avergüenzan de ello.
¿Quieres entonces, me replicas, que lo haga por mí mismo? ¿Y no tendrá eso visos de vanagloria? Sin embargo, también ahora te dejas llevar de otra vanagloria, pues tienes rubor de que te vean hablando con un pobre. Pero no quiero en esto llevar las cosas tan por los cabos. Basta que des, ora por ti mismo, ora por otros, y que no recrimines, no hieras, no insultes al pobre. El que a ti se acerca, necesita de medicinas, no de heridas; de compasión, no de que le claves la espada.
210.- La buena palabra es mejor que la limosna.-
Dime, en efecto: si un herido por una pedrada, con una herida en la cabeza, pasando de largo a todos los demás, viniera a postrarse, chorreando sangre, a tus rodillas, ¿acaso le darías tú con otra piedra, añadiendo herida a herida? No puedo pensarlo. No; lo que harías es intentar inmediatamente curarlo. ¿Cómo es, pues, que con los pobres haces lo contrario? ¿No sabes qué fuerza tiene una palabra, lo mismo para levantar para abatir? Mejor es, dice la Escritura, la palabra que el don. Eclesiástico 18, 16. ¿No adviertes que te clavas la espada a ti mismo y eres tú el que recibes más grave herida cuando el pobre se retira injuriado, secretamente gimiendo y derramando muchas lágrimas?
211.- A la verdad, Dios es quien te envía al pobre. Considera, pues, si le insultas, a quién diriges tu insulto, puesto caso que Dios te lo envía y manda que le socorras, y tú no sólo no le das, sino que le injurias al venir a ti. Si todavía no comprendes lo extremadamente absurdo de tu conducta, mírala en un caso humano, y entonces verás con toda claridad lo enorme de tu pecado. Si tú mismo mandaras a un esclavo tuyo a cobrar de otro esclavo tu dinero y no sólo se volviera con las manos vacías, sino también injuriado, ¿qué no harías con el injuriador? ¿Qué castigo no le impondrías, dado caso que el injuriado eres tú mismo? Pues aplica el ejemplo a Dios. Él es el que nos manda los pobres y, si algo damos, de lo que Dios damos. Ahora bien, si, encima de no dar, los despachamos cubiertos de ignominia, considera con qué rayos se habrá de castigar semejante acción.
212.- Exhortación final: Unamos a la limosna las buenas palabras.
Considerando, pues, todo esto, pongamos freno a la lengua; echemos de nosotros toda inhumanidad; tendamos la mano para la limosna, y no sólo con dinero, sino con palabras también, tratemos de aliviar a los necesitados. De este modo escaparemos al castigo de la injuria y, por la bendición y la limosna, y no sólo con dinero, sino con palabras también, tratemos de aliviar a los necesitados. De este modo escaparemos al castigo de la injuria y, por la bendición y la limosna, heredaremos el reino de los cielos por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
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LA VIRGEN MARIA
de Mons. Tihamet Toth.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.
¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)
468.- El culto de María vivifica nuestra fe. María conservaba la fe dentro de su corazón, no como un tesoro sin vida e incapaz de comunicarle, sino que moldeó toda su vida según esa fe. Esta fe viva de María es la segunda lección importante para nosotros. El Reino de DIOS, dijo en cierta ocasión el Señor, es semejante a la levadura que tomó una mujer y la revolvió en tres medidas de harina, hasta que hubo fermentado toda la masa, San Lucas 13,21. Con ello nos enseña que nuestra fe ha de ser levadura que haga fermentar toda nuestra vida. Ella, no solamente tomaba nota de los acontecimientos de la vida de Jesús y de sus palabras, sino que además, iba ponderándolas en su corazón, San Lucas 2,19; es decir, al orar y trabajar, al descansar y estando atareada, pensaba en ellos continuamente y conforme a los mismos, moldeaba su vida. Así como fue María quien dio cuerpo al Hijo de DIOS bajado a la tierra, en la vida de María fue donde tomaron cuerpo con la mayor perfección posible las enseñanzas y la religión de su Hijo. Fue la que mejor escuchó y cumplió.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.
¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)
468.- El culto de María vivifica nuestra fe. María conservaba la fe dentro de su corazón, no como un tesoro sin vida e incapaz de comunicarle, sino que moldeó toda su vida según esa fe. Esta fe viva de María es la segunda lección importante para nosotros. El Reino de DIOS, dijo en cierta ocasión el Señor, es semejante a la levadura que tomó una mujer y la revolvió en tres medidas de harina, hasta que hubo fermentado toda la masa, San Lucas 13,21. Con ello nos enseña que nuestra fe ha de ser levadura que haga fermentar toda nuestra vida. Ella, no solamente tomaba nota de los acontecimientos de la vida de Jesús y de sus palabras, sino que además, iba ponderándolas en su corazón, San Lucas 2,19; es decir, al orar y trabajar, al descansar y estando atareada, pensaba en ellos continuamente y conforme a los mismos, moldeaba su vida. Así como fue María quien dio cuerpo al Hijo de DIOS bajado a la tierra, en la vida de María fue donde tomaron cuerpo con la mayor perfección posible las enseñanzas y la religión de su Hijo. Fue la que mejor escuchó y cumplió.
469.- Nunca hubo ni habrá un hombre que en su alegría y en su dolor, en sus anhelos y planes, en sus virtudes y sacrificios, haya dado vida con tal fidelidad y de un modo tan triunfal al espíritu del cristianismo como la Virgen Bendita. El mismo Jesús dio testimonio de ello. en cierta ocasión, una mujer que le seguía entre la multitud, viendo las obras maravillosas del Señor, y oyendo sus palabras divinas, exclamó con entusiasmo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, San Lucas 11,27. Y el Señor le contestó: Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de DIOS y la ponen en práctica, San Lucas 11,28.
470.- Jesús no contradice a la mujer; todo lo contrario, amplía el sentido de sus palabras. No dice que no hay motivo de alabar a su Madre, sino que realmente tal motivo es doble; primero porque por su maternidad está unida con El con lazos de sangre; segundo, y el más poderoso, porque por su fe tiene con El un parentesco espiritual, y conservaba en el corazón, y las vivió, las palabras del Hijo, San Lucas 2, 19.51, mejor que cualquiera de sus discípulos.
471.- En el primer punto no podemos imitar a María, pero sí en el segundo. Sabemos muy bien como el camino más seguro para el que quiere seguir a María, ser digno de Ella y parecérsele, es la fe ardiente y abnegada, viva en Jesucristo. Fe que no es mera palabra ni mero sentimiento, sino también y principalmente, vida y fuerza divina que transforma nuestra vida propia.
Nos fijamos en lo que María dice a los criados en las bodas de Caná. Atended al Señor y haced lo que El os diga, San Juan 2,5. Así, pues, si honramos a María, no nos detenemos en Ella, sino que por Ella vamos a Cristo.
472.- Otro argumento, otro testimonio elocuente de que todas las manifestaciones de nuestro culto Mariano vivifican realmente nuestra fe y en último grado se dirigen al culto de DIOS y están saturadas del homenaje que debemos al Señor, es cada línea del sublime cántico del Magniticat, que resuena cada día miles de veces en todas las Iglesias y oraciones del mundo católico, cántico que el alma de la Virgen María, embriagada por el amor divino, entonó por vez primera en casa de Santa Isabel.
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