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HOMILIA 38 - SAn Juan Crisostomo

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En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Yo te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes y se las revelaste a los pequeñuelos. Sí, ¡oh Padre!, porque así fue beneplácito delante de ti. San Mateo 11,25.

290.- Por cuantos medios nos atrae el Señor a su fe.-
1. Mirad por cuántos medios trata el Señor de atraer a sus oyentes a la fe en Él. En primer lugar, por las alabanzas tributadas a Juan Bautista, pues por el hecho de demostrarles que había sido varón grande y maravilloso afirmaba que eran dignas de crédito las cosas por aquél dichas, por las que justamente el Precursor había tratado de llevarlos a su conocimiento. Segundo, por su propia sentencia de que el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos son los que arrebatan. San Mateo 11,12. Palabras con que el Señor quería incitarlos y aun empujarlos. Tercero, por el hecho de mostrarles que todos los profetas habían ya terminado, puesto que ello ponía bien de manifiesto que Él era el que aquéllos habían de antemano anunciado.

291.- Cuarto, haciéndoles ver que cuanto Él tenía que hacer, todo lo había hecho; que es lo que quiso significar por la comparación de los chiquillos que juegan en la plaza. Quinto, por medio de las maldiciones contra los que no creían, contra los que había dirigido tan terribles amenazas. Sexto, dando gracias, ahora, a su Padre, por los que creen. Porque aquí: Te confieso, Padre, tanto vale como: Te doy gracias, Padre: Te doy gracias, Padre diceporque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes.

292.- El Señor no se alegra de la ceguera de los sabios.-
¿Cómo? ¿Es que el Señor se alegra de que se pierdan los sabios y prudentes y de que no conozcan estas cosas? ¡De ninguna manera! No. Es que el mejor camino de salvación era no forzar los que le rechazaban y no querían aceptar su enseñanza. De este modo, ya que por el llamamiento no habían querido convertirse, sino que lo rechazaron y menospreciaron, por el hecho de sentirse reprobados vinieran a desear su salvación. De este modo también, los que les habían atendido vendrían a ser más fervorosos. Porque el habérseles a éstos revelado estas cosas era motivo de alegría; mas el habérseles ocultado a los otros, no ya de alegría, sino de lágrimas. Y también éstas derramó el Señor cuando lloró sobre Jerusalén. No se alegra, pues, por eso, sino porque lo que no conocieron los sabios, lo conocieron los pequeñuelos. Como cuando dice Pablo: Doy gracias a DIOS porque erais esclavos del pecado, pero obedecisteis de corazón a la forma de doctrina a que fuisteis entregados. Romanos 6,17. No se alegra, pues, Pablo de lo que hubieran sido, sino que gozaron luego de tan altos dones de DIOS.

293.- Quienes son los sabios que rechaza el Señor.-
Llama aquí el Señor sabios a los escribas y fariseos, y habla así para incitar el fervor de sus discípulos, al ponerles delante qué bienes se concedieron a los pescadores y perdieron todos aquellos sabios. Mas, al llamarlos sabios, no habla el Señor de la verdadera sabiduría, que merece toda alabanza, sino de la que aquéllos se imaginaban poseer por su propia habilidad. De ahí que tampoco dijo: “Se les ha revelado a los necios”, sino: A los pequeños, es decir, a los no fingidos, a los sencillos. Y hace ver el Señor que no inmerecidamente, sino con toda razón, fueron privados aquellos presuntos sabios de gozar de estos bienes. Es una nueva lección que nos da de que nos apartemos de toda soberbia y sigamos la sencillez. La misma que Pablo nos reitera, con más energía, cuando escribe: Si alguno entre vosotros cree ser sabio en este siglo, hágase necio para llegar a ser sabio. 1ª Corintios 3,18. Porque así se muestra la gracia de DIOS.

294.- Por qué dirige Jesús su acción de gracias al Padre.-
Mas ¿por qué dirige el Señor su acción de gracias al Padre, cuando fue Él mismo quien hizo eso? Por la misma razón porque en otras ocasiones ruega y suplica a su Padre. Es una manera de mostrarnos el infinito amor que nos tiene, y lo mismo hace aquí. Porque también aquí nos da pruebas de su infinito amor. Por otra parte, les da a entender a aquellos sabios y prudentes que no sólo le habían perdido a Él, sino también a su Padre. Porque lo mismo que Él había mandado a sus discípulos: No arrojéis lo santo a los perros. San Mateo 7,6, cumplíalo Él anticipadamente. Además, de ahí demuestra el Señor que ello era obra principalmente de su propia voluntad y de la del Padre. De la suya propia, porque se alegra y da gracias por el hecho; de la de su Padre, pues tampoco éste lo hizo porque se le hubiera suplicado, sino porque de suyo se movió a ello.

295.- Porque así, dice, fue tu beneplácito. Es decir, porque a ti te plugo. Ahora, por qué les fue esto oculto a escribas y fariseos, oye cómo lo dice Pablo: Porque, buscando establecer su propia justicia, no se sometieron a la justicia de DIOS. Romanos 10,3. Considerad, pues, qué sentirían naturalmente los discípulos al oír al Señor hablar así. Lo que los sabios no habían conocido, lo habían conocido ellos, y lo habían conocido por permanecer pequeñuelos, y lo habían conocido por revelación de DIOS. Lucas, por su parte, cuenta que en el mismo momento en que llegaron los setenta y dos discípulos y le refirieron al Señor lo que les había pasado con los demonios, entonces fue cuando Él se regocijó y dijo estas palabras, que, a par que habían de incitar más su fervor, eran también un aviso a la humildad. San Lucas 10,17-21. Y es que, como naturalmente habían de sentir algún orgullo de haber expulsado a los demonios, también por ahí trata el Señor de reprimirlos. Lo que había sucedido, obra era de revelación divina, no fruto de su propio esfuerzo.

296.- Admonición contra el orgullo.-
2. Justamente, si escribas y fariseos, que se tenían por sabios, habían perdido aquella gracia, a su propio orgullo se lo debían. Luego, si por su orgullo les fue ocultado este conocimiento, temed también vosotros, les dice, y manteneos pequeñuelos. Vuestra pequeñez fue causa de que vosotros gozarais de la revelación, como su orgullo los privó a ellos de ese conocimiento. Porque es de notar que cuando el Señor dice: Se lo escondiste, no por ello afirma que DIOS lo hiciera todo; al modo que cuando dice Pablo: DIOS los entregó a su sentido reprobado y cegó sus pensamientos. Romanos 1,28, no habla ahí de DIOS como quién obró todo eso. No, fueron ellos los que tuvieron la culpa. Así hay que entender aquí lo de ocultar y revelar.

297.- La dignidad única del Hijo.-
Ya que el Señor había dicho: Te confieso, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeñuelos; por que nadie pensara que hablaba así por no tener Él mismo aquel poder y no ser capaz de hacer lo mismo que el Padre, prosigue diciendo: Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre. Era como decirles a los discípulos, que se alegraban de haber expulsado a los demonios: ¿Por qué os maravilláis de que os obedezcan los demonios? Todo es mío, todo me ha sido entregado. Mas, ya que oyes la palabra entregado, no por ello te imagines una entrega a la manera humana. Si el Señor la emplea aquí es porque quiere que no nos imaginemos a dos dioses ingénitos. Porque, que Él es engendrado y a par dueño soberano de todas las cosas, por otros muchos testimonios nos lo pone Él de manifiesto. Seguidamente, y para esclarecer aún más tu inteligencia, aún dice el Señor algo más grande: Y nadie conoce al Hijo sino el Padre; ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo.

298.- Los ignorantes pudieran pensar que no hay enlace entre esta sentencia del Señor y lo anteriormente dicho; sin embargo, lo hay y muy estrecho. Y, en efecto, como Él había dicho: Todo me ha sido entregado por mi Padre, prosigue: “¿Y qué maravilla es que sea dueño soberano de todas las cosas, cuando tengo algo más grande que esa soberanía, pues conozco al Padre y soy de su misma sustancia? Porque, veladamente, también esto lo da a entender el Señor por el hecho de ser Él solo quien de este modo conoce al Padre. Decir en efecto: Nadie conoce al Padre sino el Hijo, eso es lo que quiere decir. Y notad el momento en que el Señor dice esto: cuando ya sus discípulos habían recibido en las obras una prueba de su poder, no sólo de haberle visto a Él hacer milagros, sino porque ellos mismos los habían hecho tan grandes en nombre suyo.

299.- Además, como había dicho: Lo has revelado a los pequeñuelos, ahora hace ver que también esta revelación es obra suya: Porque nadie, dice, conoce perfectamente al Padre sino el Hijo y a quien el Hijo se lo quiere revelar. A quién Él quisiere, no a quien se le ordene o se le mande. Ahora bien, si revela al Padre, también se revela a si mismo. Esto, sin embargo, por evidente, lo pasó por alto, y sólo habló de la revelación del Padre, que es lo que hace en todas partes, como cuando dice: Nadie puede venir al Padre sino por mí. San Juan 14, 6. Mas, con esto, otra cosa pretendía también demostrar el Señor, a saber, su perfecta armonía y acuerdo de sentir con el Padre. Tan lejos estoy, parece decir a sus enemigos, de estar en pugna con el Padre, ni de hacerle la guerra, que ni posible es que nadie vaya a Él sino es por mí. Como quiera que lo que señaladamente escandalizaba a los judíos era que, a su parecer, se mostraba contrario a DIOS, esa imaginación trata el Señor de quitarles por todos los medios, y no se preocupa de ello menos, sino más, que de los mismos milagros.

300.- Notemos, sin embargo, que al decir: Nadie conoce al Padre sino el Hijo, no quiere decir que todos en absoluto le desconocieran, sino que el conocimiento que Él tenía del Padre no lo había alcanzado nadie. Lo cual puede igualmente decirse del Hijo. No hablaba aquí el Señor de un DIOS desconocido, del que nadie hubiera tenido noticia, como opinara Marción, sino que aludía al cabal conocimiento que solo Él poseía. Y en este sentido, tampoco al Hijo lo conocemos como se le debe conocer. Es lo mismo que declara Pablo, cuando dice: En parte conocemos y en parte profetizamos.1ª Corintios 13, 9.

301.- “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”.-
Ahora, cuando con estas palabras ha excitado su deseo y les ha demostrado su inefable poder, convídalos a Sí, diciendo: Venid a mí todos los que estáis cansados y vais cargados, y yo os aliviaré. No éste o aquél, sino todos los que tenéis preocupaciones, sentís tristeza o estáis en pecado. Venid, no porque yo os quiera pedir cuentas, sino para perdonaros vuestros pecados. Venid, no porque yo necesite de vuestra gloria, sino porque anhelo vuestra salvación. Porque yo, dice, os aliviaré. No dijo solamente: os salvaré, sino lo que es mucho más: os pondré en seguridad absoluta.

302.- El yugo suave y la carga ligera.-
Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. No os espantéis, parece decirnos el Señor, al oír hablar de yugo, pues es suave; no tengáis miedo de que os hable de carga, pues es ligera. Pues, ¿cómo nos habló anteriormente de la puerta estrecha y del camino angosto? San Mateo 7,14. Eso es cuando somos tibios, cuando andamos espiritualmente decaídos; porque si cumplimos sus palabras, su carga es realmente ligera. ¿Y cómo se cumplen sus palabras? Siendo humildes, mansos y modestos. Esta virtud de la humildad es, en efecto, madre de toda filosofía. Por eso, cuando el Señor promulgó aquellas sus divinas leyes al comienzo de su misión, por la humildad empezó.

303.- Y lo mismo hace aquí ahora, a par que señala para ella el más alto premio. Porque no sólo, dice, serás útil a los otros, sino que tú mismo, antes que nadie, encontrarás descanso para tu alma. Encontraréis, dice el Señor, descanso para vuestras almas. Ya antes de la vida venidera te da el Señor el galardón, ya aquí te ofrece la corona del combate, y de este modo, a par que poniéndosete Él mismo por dechado, te hace más fácil de aceptar su doctrina.

304.- Exhortación a la humildad.-
3. Porque ¿qué es lo que tú temes, parece decirte el Señor? ¿Quedar rebajado por la humildad? Mírame a mi, considera los ejemplos que yo os he dado y entonces verás con evidencia la grandeza de esta virtud. ¿Veis cómo por todos los medios los conduce a la humildad? Por lo mismo que Él hizo: Aprended de mí, porque yo soy manso y humilde de corazón. Por el provecho que de ello habían ellos mismos de sacar: Porque encontraréis, les dice, el descanso para vuestras almas. Por las gracias que Él mismo les concede: Porque también yo os aliviaré. Porque nos la hace fácil: Mi yugo es suave y mi carga ligera. Por modo semejante trata Pablo de persuadirnos diciendo: La presente momentánea tribulación nos produce, sobre toda ponderación, un eterno peso de gloria. 2ª Corintios 4,17.

305.- Pero ¿cómo puede llamar el Señor ligera su carga, cuando nos dice: El que no aborrece a su padre y a su madre; y: El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí; y: El que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. San Lucas 14,26-27, 33; cuando nos manda desprendernos hasta de la propia vida? Que te responda Pablo, cuando dice: ¿Quién nos separará de la caridad de Cristo? ¿Acaso la tribulación, o la estrechez, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espalda? Y aquello otro: No merecen los sufrimientos de este siglo entrar en parangón con la gloria venidera que ha de revelarse en nosotros. Romanos 8,35.18. Te respondan los apóstoles, que salen del sanedrín de ser azotados, e iban alegres, porque habían merecido ser deshonrados por el nombre de Jesús. Actos 5,41.

306.- Y si tú tiemblas y te estremeces de sólo oír “yugo” y “carga”, tu miedo no viene de la naturaleza misma de la cosa, sino de tu tibieza. Porque, si fueras decidido y fervoroso, todo se te haría fácil y ligero. De ahí que Cristo, para darnos a entender que también de nuestra parte hemos de trabajar algo, no habló sólo de lo fácil y se calló, ni tampoco sólo de lo pesado, sino que juntó lo uno y lo otro. Nos habló de yugo, pero lo llamó suave; nos habló de la carga, pero la calificó de ligera. Así, ni por excesivamente trabajoso, lo huyeras; ni por excesivamente ligero, lo desdeñaras.

307.- La virtud es menos pesada que el vicio.-
Mas en fin, si, aun con todo eso, todavía te parece la virtud cosa difícil, considera que aún es más difícil el vicio. Y eso justamente da a entender el Señor por el hecho de que no dijo primero: “Tomad mi yugo”, sino ante todo: Venid a mí los que estáis cansados y vais cargados; lo que valía tanto como decir que el pecado produce fatiga y es carga pesada e incomportable. Porque no habló el Señor sólo de “cansados”, sino también de “cargados”. Lo mismo decía también el profeta al describir la naturaleza del mismo pecado: Como carga pesada se aposentaron sobre mí. Salmo 37,5. Y así lo demuestra la experiencia misma. Nada, en efecto, agobia tanto el alma, nada ciega tanto la inteligencia y la abate hasta el suelo, como la conciencia del pecado. Nada, en cambio, presta tan ligeras alas al alma, nada la levanta tanto al cielo, como la posesión de la justicia y virtud.

308.- Si no, mira, ¿Qué más pesado, dime, que no poseer nada, volver la otra mejilla, no poder volver golpe por golpe, morir de muerte violenta? Sin embargo, si abrazamos la divina filosofía, todo eso se nos hará fácil y ligero y hasta se convertirá en una fuente de placer. Más no os alborotéis. Vamos a examinar, puntualmente, cada una de esas cosas y, si os place, empezaremos por lo que a muchos se les antoja por extremo trabajoso. Ahora bien, ¿qué os parece, decidme, más pesado y molesto? ¿No tenerse que preocupar más que de un vientre o llevar ansiosamente la carga de infinitos otros? No tener más que un vestido que ponerse y no buscar nada más o tener las arcas llenas de ropas. Y atormentarse día y noche, temiendo y temblando por su custodia, sufriendo y angustiándose por su deterioro, si los atacará la polilla, si algún esclavo los robará y se irá con ellos.

309.- Sin embargo, cuanto yo diga, no tendrá tanta eficacia para demostrar mi tesis como la experiencia misma de las cosas. Por eso yo quisiera que se nos presentara aquí alguno de los que ya han alcanzado esas cumbres de la filosofía. Y entonces verías claramente el placer que en si encierra la pobreza. Yo os aseguro que ninguno de los que se han enamorado de la pobreza querían hacerse ricos, aunque infinitos se lo ofrecieran. Pero ¿acaso, me replicarás, querrían los ricos ser pobres y dejar esas preocupaciones que tienen? ¿Y qué prueba eso? Eso sólo prueba su locura y la grave enfermedad que sufren, no que la riqueza sea cosa tan suave como tú te imaginas.

310.- Alegría del seguimiento de Cristo.-
4. Bien pudieran atestiguarnos esto mismo aquellos que diariamente se lamentan de tantas preocupaciones y tienen la vida por insoportable. No así los seguidores de Cristo, que ríen y viven jubilosos y se glorían de su pobreza más que los reyes de su diadema. Así, también, si atentamente se mira, volver la otra mejilla es más fácil que volver golpe por golpe. Lo uno es empezar la guerra; lo otro, ponerle fin. Con lo uno se enciende más el fuego del enemigo; con lo otro apagamos hasta el ardor propio. Ahora bien, que no quemarse sea más agradable que abrasarse, es cosa que se le alcanza a todo el mundo. Y si tal sucede con el cuerpo, con mucha más razón en el alma. ¿Qué es más fácil: combatir o recibir la corona, luchar con el pugilato o tener ya en la mano el premio, ser traído y llevado por las olas o arribar al puerto?

311.- Luego también el morir es mejor que el vivir. El morir nos saca de las olas y peligros, el vivir, empero, nos pone en medio de ellos y nos expone a mil asechanzas y necesidades, por las que tú mismo has tenido la vida por incomportable. Y si niegas fe a las palabras, oye a los que contemplaron los rostros de los mártires en tiempo de las persecuciones cómo, azotados y aserrados, estaban radiantes de alegría, y, tendidos sobre sus parrillas, se sentían más gozosos y jubilosos que los que están echados sobre lecho de rosas. De ahí que dijera también Pablo cuando estaba para salir de este mundo, y salir por muerte violenta: Me alegro y me congratulo con todos vosotros; y vosotros, igualmente, alegraos y congratulaos conmigo. Filipenses 2,17-18. ¡Mirad con qué extremos convida a la tierra entera a que tome parte en su alegría! Tan grande bien sabía él que era el viaje de este mundo al otro; tan apetecible, tan amable, tan digna de ser pedida se le aparecía la muerte misma, ella tan espantable para otros.

312.- Tormento del esclavo de la pasión.-
Por muchas otras consideraciones pudiera todavía demostrarse evidentemente que el yugo de la virtud es suave y ligero. Mas consideremos ya, si os place, las cargas que lleva consigo el pecado. Tomemos como ejemplo a los avaros, a esos vendedores y revendedores de desvergonzadas escrituras de pago, títulos y obligaciones. ¿Puede haber carga más pesada que ese negocio? ¡Cuántas angustias, cuántas preocupaciones, cuántos choques, cuantos peligros y asechanzas y guerras no engendran diariamente tales ganancias! ¡Cuántos alborotos y tumultos! Como no es posible contemplar el mar absolutamente en calma, así tampoco es posible que un alma de ésas se halle sin preocupaciones, sin tristezas, sin temores y sin turbación. Unas olas se suceden a otras, y a estas otras, y antes de que unas terminen ya se han levantado otras.

313.- Pero ¿quieres contemplar el alma de los maldicientes y de los iracundos? ¿Y qué tortura habrá peor que ésta? ¿Qué herida más dolorosa que las que éstos llevan dentro? ¿Qué habrá peor que ese horno que siempre arde y que esa llama que nunca se apaga? ¿Qué decir de los que aman los cuerpos y viven apegados a la presente vida? ¿Hay esclavitud más dura que ésa? Ellos viven la vida del mismo Caín, temiendo siempre y temblando; y si uno de los que ellos aman viene a fenecer, lloran en ellos su propia muerte más que si fueran sus mismos allegados. ¿Y qué hay más alborotado y más loco que un soberbio? Aprended de mí, dice el Señor, porque yo soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. La paciencia, en efecto, es la madre de todos los bienes.

314.- Exhortación final: Tomemos sin miedo el yugo del Señor.
No temas, por ende, ni huyas de un yugo que te libra de todos estos males; ponte más bien debajo de él con todo fervor y entonces verás claramente su suavidad. Ese yugo no oprime tu cuello, sino que sólo se te impone por razón de disciplina, para enseñarte a caminar derechamente, para conducirte por el camino real, para preservarte de los abismos a uno y otro lado, para hacerte recorrer con facilidad la senda estrecha. Ahora, pues, ya que tanta es su seguridad, tantos los bienes que nos procura, tanta la alegría, llevemos ese yugo con toda nuestra alma, con todo el fervor de nuestro corazón. De ese modo, hallaremos aquí el descanso para nuestras almas, y alcanzaremos luego los bienes venideros por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén

El Papa

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Domingo, 16 mayo. Este domingo se celebra la fiesta de la Ascensión del Señor, y la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Benedicto XVI ha recordado ambas conmemoraciones durante su alocución previa al rezo mariano del Regina Caeli ante miles de peregrinos que este mediodía se han congregado en la plaza de san Pedro del Vaticano. Explicando la Ascensión del Señor, el Santo Padre ha recordado que este evento estuvo precedido por la bendición de los discípulos, en preparación a recibir el don del Espíritu Santo. “El Señor dirigió la mirada de los Apóstoles hacia el cielo para indicarles ha explicado el Papa- cómo recorrer el camino del bien en la vida terrena”.

Porque Él permanece en la historia humana, cerca de cada uno de nosotros para guiarnos: es compañero de los perseguidos por causa de la fe, está en el corazón de los marginados, y está presente en quien se le niega el derecho a la vida. Podemos escuchar, ver y tocar al Señor Jesús en la Iglesia especialmente mediante la palabra y los sacramentos. “A tal propósito exhorto a los jóvenes -que en este tiempo pascual reciben el sacramento de la Confirmación-, a permanecer fieles a la palabra de Dios y a su doctrina, así como a acercarse con frecuencia a la Confesión y a la Eucaristía, conscientes de haber sido elegidos para testimoniar la verdad. Renuevo asimismo mi invitación particular a los hermanos en el sacerdocio, para que en su vida y acción sobresalgan por su fuerte testimonio evangélico y sepan también utilizar con sabiduría los medios de comunicación, para dar a conocer la vida de la Iglesia y ayudar a los hombres de hoy a descubrir el rostro de Cristo”.

Benedicto XVI ha finalizado su alocución agradeciendo a la Virgen María su materna protección durante su viaje apostólico a Portugal. Y tras el rezo del Regina Caeli y el responso por los fieles difuntos, el Papa se ha dirigido a las miles de personas que se han reunido hoy en la plaza de San Pedro del Vaticano para expresar su cercanía al Sucesor de Pedro. El Santo Padre ha agradecido de corazón “esta hermosa y espontánea manifestación de fe y de solidaridad” presidida por el cardenal Angelo Bagnasco, saludando también a los miles de inmigrantes, acompañados por el cardenal Agostino Vallini, conectados con plaza de San Pedro desde la plaza San Juan en ocasión de la Fiesta de los Pueblos.

“Queridos amigos, vosotros mostráis hoy el gran afecto y la profunda cercanía de la Iglesia y del pueblo italiano al Papa y a vuestros sacerdotes que cotidianamente cuidan de vosotros, para que en el compromiso de renovación espiritual y moral podamos servir siempre mejor a la Iglesia, al Pueblo de Dios, y a cuantos se dirigen a nosotros con confianza. El verdadero enemigo que hay que temer y combatir es el pecado, el mal espiritual, que a veces por desgracia, contagia también a los miembros de la Iglesia”.

En este sentido Benedicto XVI ha señalado que los cristianos no tienen miedo del mundo. “En cambio ha dicho- tenemos que temer al pecado, por eso tenemos que estar fuertemente enraizados en Dios, siendo solidarios en el bien, en el amor, y en el servicio a los demás”. “Prosigamos juntos con confianza este camino, y que las pruebas, que el Señor nos presenta, nos empujen hacia una mayor radicalidad y coherencia. Es hermoso ver hoy esta multitud en plaza de San Pedro, como también fue emocionante para mí ver en Fátima la inmensa multitud que, en la escuela de María, ha rezado por la conversión de los corazones. Renuevo hoy este llamamiento, confortado por vuestra numerosa presencia. ¡Gracias!”.

Tras los prolongados aplausos que ha recibido el Papa como muestra de afecto de todos los católicos en unión con el Sucesor de Pedro, el Pontífice ha saludado en diferentes idiomas a todos los fieles y peregrinos. Éstas han sido sus palabras en español: “Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles de la parroquia San Luis Gonzaga, de Barcelona. Se celebra este domingo en muchos lugares la fiesta de la Ascensión del Señor. Jesús resucitado vuelve al Padre, abriéndonos el camino a la vida eterna y haciendo posible el don del Espíritu Santo. Como los apóstoles después de la Ascensión, también nosotros nos recogemos en oración y, en unión espiritual con la Virgen María, invocamos la efusión del Espíritu. Que su intercesión obtenga para toda la Iglesia un renovado Pentecostés. Muchas gracias y feliz Domingo”.

EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE

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POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.


EL OASIS DE PILGRIM SPRINGS

El orfanotrofio de Pilgrim Springs

Después de haber pasado en la aldea polar de Kotzebue nueve meses consecutivos de invierno, meses de aislamiento absoluto, de tormentas, de frío y de noches que no amanecen, un día, al apuntar la primavera, me llegó una orden en virtud de la cual debía yo tomar el primer aeroplano disponible y volar a Pilgrim Springs, doscientos kilómetros al sur de Kotzebue.
El aeroplano llegó al vuelo y pronto me vi al ras de las nubes volando ruidosamente hacia el sur. Era para mi aquel un camino nuevo y desconocido. Poco antes de llegar a mi destino me dio voces el piloto rogándome que mirase a la derecha, donde pude ver una cruz incrustada en las rocas cumbres de un despeñadero. Allí abajo, en aquel valle fue hallado muerto el P. Ruppert, de grata memoria para los aficionados a las Misiones.
La cruz estaba muda y como perdida en aquella soledad de sepulcro. Nadie en el mundo la ha visto ni la verá jamás, pero, a pesar de los pesares, está allí erguida y satisfecha de realizar bien su cometido. A pocos minutos de ver la cruz llegamos al término del viaje.
Pilgrim Springs —Balnearios del Peregrino—, una escuela semejante en todo a la de Akulurak, que ya conocen los lectores de EN EL PAÍS DE LOS ETERNOS HIELOS.
En 1919, los Padres de Nome se internaron en la península de Seward y pernoctaron una noche en una venta que se alzaba en las márgenes de un arroyuelo en el que brota agua caliente —casi hirviendo— y al que iban a tomar las aguas los mineros afectados de reumatismo. En aquella venta se habían jugado fortunas enteras, y en ella la borrachera se había convertido en artículo de primera necesidad.
Hablando, hablando con el ventero, se llegó a un acuerdo, y los Padres compraron la venta con toda la propiedad adyacente, incluyendo los manantiales termales. Levantaron pronto unos edificios provisionales, y al año siguiente ya funcionaba la escuela.
Hoy el personal está formado por un Padre, dos Hermanos Coadjutores, cinco monjas Ursulinas y una rapacería bulliciosa que oscila entre sesenta y siete y setenta muchachos.
A diferencia de Akulurak, donde todos son eskimales puros y huérfanos, aquí son en su mayoría mestizos e incluso blancos, hijos de mineros vagabundos o desaparecidos o bien octogenarios, pero con una familia numerosa, y viudos.
Es un hecho que he observado de cerca y que rara vez falla. Estos rubios aventureros del Polo se casan a los sesenta con una indígena de veinte. Quince años más tarde se muere ella, y él queda viudo con siete hijos pequeños. Envejecido y violento no puede cuidar de familia tan necesitada; y la solución, desde 1920, ha sido muy sencilla: que los Padres de Springs carguen con ellos.
En algunos casos, raros, él se vuelve a casar, y me consta de un caso en el que todavía nació otra criatura. Por eso un mal intencionado dijo que aquí se conserva la virilidad hasta varias horas después de muerto.

La comunidad, los niños y el balneario

Inútil es decir que la terna que forma la Comunidad me recibió con los brazos abiertos, y pronto nos vimos enfrascados en una charla por demás amena. Por entonces empezaban a llegar noticias detalladas sobre la toma de Madrid, y decidimos escribir al general Franco en inglés y en español dándole el parabién y ofreciéndole nuestras oraciones para que lleve a feliz término lo comenzado.
Como mi visita no había de durar más que unos días, me apresuré a visitar las escuelas, donde pasé horas amenísimas contanto historias tétricas y de ladrones a la chiquillería.
Desfilaron ante nosotros procesiones de esqueletos nocturnos con candelas apagadas que venían en nuestra busca, pero que no nos hallaron porque las velas, como ya dijimos, estaban apagadas, y además teníamos bien cerradas las puertas y ventanas.
Vimos dragones alados con multitud de cabezas y pescuezos larguísimos, y se nos cuajó la sangre cuando un lobo montuno, con dientes como los dedos de la mano y ojos como tizones, atacó una choza donde dormía un niño angelical con la cabecita llena de rizos encantadores. Afortunadamente el lobo no salió con la suya, porque estaba en acecho un hombre, que le pegó dos tiros y le mató, y con eso respiramos todos y se nos ensanchó el corazón.
Luego me llevaron a ver el balneario. Todo el riachuelo, que se retuerce por la propiedad de la Misión, burbujea sin cesar y emite vapores que campean más en aquel panorama blanquísimo con un fondo de montañas repletas de nieve que amontonan mil ventisqueros invisibles. Se experimenta una sensación singular al meter la mano y sentir el agua caliente, mientras las botas están a la orilla hundidas a dos palmos de nieve.
A un lado del arroyo brotan tres manantiales copiosos que cubren sendas casetas con el fin de permitir baños privados. Es agua sulfúrica en ebullición, que apesta las primeras veces y que le cuece a une los huesos.
Ahí se matan los artritismos y toda su familia de reumas, como lo están continuamente experimentando no pocos huéspedes tullidos o en vías de estarlo. Aunque, por la gracia de Dios, yo no lo estoy, me bañé dos veces y sudé gotas gordas que me dejaron rendido y me trajeron un sueño reparador muy de desear.
La rapacería se baña todos los sábados, en grupos, vigilados por el H. Prefecto.

La tragedia del P. Ruppert.

Otro día hice, solo, una visita al cementerio, sito en un altozano, como a un kilómetro de las escuelas. Entre crucecitas de niños se alza la cruz del P. Ruppert.
Los que le ven en el cuadro del Vaticano, tendido en la nieve con el perro al lado, a modo de centinela, no experimentan ni la mitad del escalofrío que le corre a uno cuando separa a rezar un De profundis en la sepultura cubierta de nieve.
El Hermano Wilhalm me dio detalles tristísimos sobre su muerte. Aquí están seguros de que el pobre P. Ruppert pereció víctima de un desequilibrio mental muy común en estas regiones solitarias.
Aunque tenía un guía muy experto que había recorrido cien veces aquellos parajes y los sabia de memoria, el Padre insistió en querer probar fortuna por un atajo que a él le pareció que lo era, pero que al avisado guía le pareció un disparate rotundo. El Padre cortó por lo sano despidiendo al guía y lanzándose solo por el presunto y desdichado atajo en la mañana frigidísima del 16 de diciembre de 1923.
Al día siguiente llegó a la Misión, suelto y asustadizo, uno de los perros del trineo. —Malo —se dijeron en casa—; aquí ha ocurrido algo gordo.
Al día siguiente vino un viejo, y en la conversación dijo casualmente que había descubierto pisadas errantes de alguno que estaba o perdido o aterido. Una simple pisada en la nieve le dice mundos al eskimal avezado.
Por la tarde llegó otro perro suelto y asustadizo como el primero. Por la noche llegó otro. Aquello se iba poniendo demasiado serio, y el corazón comenzó a latir un poco de prisa.
Al amanecer salieron los dos hermanos con el viejo, pero no encontraron nada. Volvieron al día siguiente con un chico que los quiso acompañar, y a poco encontraron la gorra del Padre —una gorra de piel de castor— medio comida por los perros.
Siguieron un rastro que se extendía por círculos extraviados y, al doblar un terraplén, vieron sobre el hielo del río a Mink, el perro delantero, acurrucado junto al cadáver. Es falso que el perro ladrase y defendiese al Padre. Al verlos, el perro se les acercó muy zalamero, como no podía menos de suceder, pues eran los amos y se había criado con ellos.
Como no hay regla sin excepción, aunque en semejantes circunstancias los cadáveres aparecen boca abajo, el P. Ruppert estaba tendido boca arriba con los brazos extendidos, helado y tieso como hierro, no con el abrigo puesto, como aparece en el famoso dibujo, sino en mangas de camisa.
Varios cadáveres han sido hallados completamente desnudos, helados y rígidos, pues es un hecho comprobado que el frío excesivo produce los efectos de asfixia por aquello de que los extremos se tocan.
Llevado penosamente a la Misión, le reblandecieron con agua hirviendo hasta que lograron doblarle los brazos y ajustarle en el ataúd. Hubo lágrimas amargas al par que resignadas, y en la Misión todos adoraron los inescrutables juicios de Dios.
Sé buscó en vano el trineo por todos los alrededores, hasta que ya avanzada la primavera, el Hermano Jansen que se dirigía a Nome, lo halló donde nadie lo esperaba. Allí estaban los arreos de los perros, recogidos y cuidadosamente doblados. Cerca estaba un cajón de naranjas ya podridas.
Más allá estaba el parke o abrigo de pieles, muy bien dobladito, sobre la copa de un arbusto pequeño repleto de ramaje. En el trineo había un sobre con dos billetes de cien dólares cada uno. Era el dinero para una estatua de San José qua habían encargado.Este hallazgo peregrino convenció finalmente a los Padres que el malogrado P. Ruppert se extravió, vagó en todas direcciones y, como tal vez el perro delantero tiraba para donde al Padre le parecía que no era razón tirar, soltó los perros y se dirigió a pie, solo, de noche, hambriento y tiritando hasta que no pudo más. Probablemente dio voces y escuchó; pero, con una montaña de por medio, ¿quién le iba a responder?
Aquella misma noche en Nome, a ochenta kilómetros de distancia, un señor fue a visitar al P. Lafortune para decirle que no podía echar de sí la convicción de que el P. Ruppert estaba sufriendo penosísimamente. El P. Lafortune rió la broma, le dio un cigarro y ahí paró todo.
Finalmente, Mink, el perro famoso, quedó tan escarmentado que cuando el Hermano le sacaba los domingos a dar un paseo, no se le apartaba de las piernas, y un día, como al trepar un ribazo el Hermano cayese de bruces, Mink se alborotó sobremanera y le empezó a ayudar a levantarse.
Fingió el Hermano varias veces caerse y quedar inmóvil, y el perro le levantaba agarrándole por el cuello del abrigo. Tal vez aquello era una repetición macabra de su comportamiento fiel y caballeroso con el moribundo P. Ruppert. Todo esto me contó el buen H. Wilhalm, uno de los fundadores de la Misión.
Aquí en Springs hay un grupo de huérfanos de Kotzebue, mis parroquianos, y con ellos me saqué varias fotos vestido con el abrigo del P. Ruppert, que se conserva tal y como lo encontró el Hermano.

Días agradables.

¡Qué días tan agradables los que pasé en Springs! Mi visita fue aprovechada para variar de confesor, y todos desfilaron por mi confesionario. Les oí dos Misas cantadas, preciosamente ejecutadas, y las monjas me forzaron a darles tres pláticas sobre algún tema subido que las sacase de la rutina prosaica de la escuela. Escogí las «MORADAS DE SANTA TERESA», y divagamos libremente sobre diversas formas de misticismo clásico y genuino. Asimismo pasamos juntos algunas recreaciones muy divertidas.
Después de nueve meses de aislamiento entre eskimales embotados, estas conversaciones tenían auras de oasis en un desierto retostado y solitario.
Otra experiencia digna de mención es el contento natural, que me embargaba cada vez que me sentaba a la mesa y veía los manjares listos sin que yo les hubiese guisado, es decir, sin que yo hubiera pelado las patatas, sin que yo hubiera cortado la carne, sin que yo hubiera tenido que atizar y soplar el fuego, mohino y malhumorado, como lo había venido haciendo todo el invierno.
Hubo también ratos de ajedrez, con el consiguiente esfuerzo mental callado, pero tenaz y visible en jaques mates que nos administrábamos sin compasión.

El sol de media noche.

Desde Springs fui a Nome —como veremos en otro capítulo—, y de vuelta a Kotzebue me detuve nuevamente en Springs, donde escribo estas líneas, y donde lo encontré todo muy cambiado. Ya no hay nieve en los llanos, aunque las cumbres de las montañas están blancas, con manchones negruzcos y sombríos. Los arbustos están cubiertos de follaje verde, y el campo está rejuvenecido y primaverizado. En los terrenos labrados, el Hermano ha plantado lechugas, cebollas, guisantes, nabos y patatas, y ayer le ayudé yo a plantar diez hileras de berzas, cuyos cogollos yo no veré ni gustaré, por no haber medios de comunicación entre Springs y Kotzebue.
Anoche me acosté a media noche, por el placer de ver el sol a ras del horizonte y rezar el Breviario en el jardín.
Con tanta luz solar, las hortalizas crecen con prisa y exhuberancia locas. Todo tiene que estar maduro para septiembre, cuando empiezan las heladas, que matan el suelo y no le dejan revivir hasta fines de mayo.
Aquí, en las fronteras del Círculo Polar Artico, donde todo es desierto, y pampa, y páramos estériles, y estepas rocosas, y ciénagas pantanosas; aquí, donde la naturaleza es una madrastra roñosa y sin entrañas; aquí, en estos horizontes solitarios habitados por el oso blanco, el lobo carnicero y el reno montaraz, aquí mismo, Dios nuestro Señor dejó caer de la mano un vallecito pintoresco, con sierras por vallado y el cielo por techumbre, y fabricó cariñosamente un terreno de entrañas blandas y pecho generoso que se deja hendir por la reja y da el ciento por uno para sostén de huerfanitos destituidos de todo otro medio de manutención.
Es un argumento más de la veracidad de las palabras evangélicas: “Si Dios alimenta las aves del cielo que no aran, ni siembran, ni recogen en graneros, y viste a los lirios de un ropaje envidiado por los reyes más abastados, ¿cómo se va a olvidar de nosotros, sus hijos, que tanto le costamos y a quienes ha dado muestras de amor tan paternal?»

¿Faltará el combustible?

Hasta ahora nos había provisto de combustible la selva de arbustos que crecían al calor de las aguas termales. La selva de1919 se ha convertido en espesuras cada vez más ralas de arbolillos cada vez más pequeños e inservibles. Dentro de dos años no quedará ni un árbol.
Se trate de traer por el río unas cincuenta toneladas de carbón que mantengan las estufas desde agosto hasta fines de mayo. Los gastos que esto supone se echan fácilmente de ver, y corren rumores de días aciagos para la escuela orfanotrofio de Pilgrim Springs, por falta de combustible.
¡Que el Señor de la mies no eche en olvido esta parcela de su viña universal!

LA VIRGEN MARIA

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de Mons. Tihamet Toth.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.

¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)

468.- El culto de María vivifica nuestra fe. María conservaba la fe dentro de su corazón, no como un tesoro sin vida e incapaz de comunicarle, sino que moldeó toda su vida según esa fe. Esta fe viva de María es la segunda lección importante para nosotros. El Reino de DIOS, dijo en cierta ocasión el Señor, es semejante a la levadura que tomó una mujer y la revolvió en tres medidas de harina, hasta que hubo fermentado toda la masa, San Lucas 13,21. Con ello nos enseña que nuestra fe ha de ser levadura que haga fermentar toda nuestra vida. Ella, no solamente tomaba nota de los acontecimientos de la vida de Jesús y de sus palabras, sino que además, iba ponderándolas en su corazón, San Lucas 2,19; es decir, al orar y trabajar, al descansar y estando atareada, pensaba en ellos continuamente y conforme a los mismos, moldeaba su vida. Así como fue María quien dio cuerpo al Hijo de DIOS bajado a la tierra, en la vida de María fue donde tomaron cuerpo con la mayor perfección posible las enseñanzas y la religión de su Hijo. Fue la que mejor escuchó y cumplió.

469.- Nunca hubo ni habrá un hombre que en su alegría y en su dolor, en sus anhelos y planes, en sus virtudes y sacrificios, haya dado vida con tal fidelidad y de un modo tan triunfal al espíritu del cristianismo como la Virgen Bendita. El mismo Jesús dio testimonio de ello. en cierta ocasión, una mujer que le seguía entre la multitud, viendo las obras maravillosas del Señor, y oyendo sus palabras divinas, exclamó con entusiasmo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, San Lucas 11,27. Y el Señor le contestó: Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de DIOS y la ponen en práctica, San Lucas 11,28.

470.- Jesús no contradice a la mujer; todo lo contrario, amplía el sentido de sus palabras. No dice que no hay motivo de alabar a su Madre, sino que realmente tal motivo es doble; primero porque por su maternidad está unida con El con lazos de sangre; segundo, y el más poderoso, porque por su fe tiene con El un parentesco espiritual, y conservaba en el corazón, y las vivió, las palabras del Hijo, San Lucas 2, 19.51, mejor que cualquiera de sus discípulos.

471.- En el primer punto no podemos imitar a María, pero sí en el segundo. Sabemos muy bien como el camino más seguro para el que quiere seguir a María, ser digno de Ella y parecérsele, es la fe ardiente y abnegada, viva en Jesucristo. Fe que no es mera palabra ni mero sentimiento, sino también y principalmente, vida y fuerza divina que transforma nuestra vida propia.
Nos fijamos en lo que María dice a los criados en las bodas de Caná. Atended al Señor y haced lo que El os diga, San Juan 2,5. Así, pues, si honramos a María, no nos detenemos en Ella, sino que por Ella vamos a Cristo.

472.- Otro argumento, otro testimonio elocuente de que todas las manifestaciones de nuestro culto Mariano vivifican realmente nuestra fe y en último grado se dirigen al culto de DIOS y están saturadas del homenaje que debemos al Señor, es cada línea del sublime cántico del Magniticat, que resuena cada día miles de veces en todas las Iglesias y oraciones del mundo católico, cántico que el alma de la Virgen María, embriagada por el amor divino, entonó por vez primera en casa de Santa Isabel.

HOMILIA 33 - san Juan Crisóstomo

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Mirad que yo os envío como corderos entre lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas. Mateo 10,16.

86.- Corderos entre lobos.

1. Ya les ha infundido el Señor confianza a sus discípulos acerca del necesario sustento; les ha abierto todas las puertas y les ha señalado una forma digna de entrar: no como vagabundos y mendigos, sino como superiores a los mismos que los habían de recibir. Eso les quiso mostrar al decirles: Digno es el trabajador de que se le pague su salario; eso al ordenarles preguntar quién fuera en cada lugar persona digna y en casa de ella hospedarse, eso al mandarles saludar con la paz a quienes los recibieran, y eso, en fin, por los castigos con que amenazó a quienes los rechazaran; de este modo los ha librado ya de toda preocupación; los ha armado con el poder de hacer milagros, y, al apartarlos de todo lo terreno y librarlos de todo cuidado temporal, les ha hecho como de hierro y de diamante.

87.- Ahora es venido el momento de decirles los males que a ellos mismos habían de venirles, no sólo los que poco después habían de suceder, sino también los de tiempo muy posterior, con lo que muy de antemano los preparaba para la guerra contra el diablo. Muchas cosas conseguía el Señor de este modo. Primero, que conocieran la fuerza de su presciencia. Segundo, que nadie pudiera sospechar que por flaqueza del maestro acontecía todo aquello a sus discípulos. Tercero, que los que habían de sufrirlo no se espantaran como de cosa inesperada y fuera de lo normal. Cuarto, que al oír esto, al tiempo mismo de la cruz, no se turbaran. A la verdad, eso fue lo que les pasó entonces, como se lo reprende Él mismo diciéndoles: Porque os he dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón, y nadie de vosotros me pregunta: ¿Dónde vas? San Juan 16, 5-6.

88.- Y, sin embargo, nada les dicen aún sobre sí mismo: que había de ser prendido y azotado y muerto, pues no quería con tales cosas turbar sus almas. De momento sólo les predice lo que ellos mismos tendrían que sufrir. Quiéreles seguidamente hacer ver que esta guerra es nueva, y peregrino el modo de combatir, pues los envía por el mundo desnudos de todo, con una sola túnica, sin sandalias, sin bastón ni dinero en el cinturón y sin alforjas, con orden de alimentarse en casa de quienes los reciban. Mas ni aquí detiene el Señor su discurso; para hacer alarde de su poder inefable, prosigue diciéndoles: “Y yendo así por el mundo, habéis de dar muestras de mansedumbre de ovejas, y de ovejas que van a ir a lobos, y no ir como quiera, sino estar en medio de los lobos”.

89.- Y no sólo manda el Señor a sus discípulos que tengan mansedumbre de ovejas, sino también sencillez de paloma. Porque yo, parece decirles, quiero señaladamente hacer muestra de mi poder en que las ovejas venzan a los lobos; en que, estando ellas en medio de los lobos, y no obstante sus infinitas dentelladas, no sólo no acaben con ellas, sino que sean ellas más bien las que conviertan a los lobos. Más maravilloso, mayor hazaña que matarlos, es hacerles cambiar de sentir, transformar enteramente su alma. Y eso que los apóstoles no eran más de doce y los lobos llenaban la tierra entera.

90.- Avergoncémonos los que hacemos lo contrario, los que atacamos como lobos a nuestros enemigos. Porque mientras somos ovejas, vencemos; aun cuando nos rodeen por todas partes manadas de lobos, los superamos y dominamos. Pero si nos hacemos lobos, quedamos derrotados, pues nos falta al punto mismo la ayuda del pastor. Como quiera que Él apaciente ovejas y no lobos, te abandona y se aleja de ti, pues no le permites que muestre su poder. Si, cuando se te hace un daño, tú muestras mansedumbre, a Él se atribuye todo el triunfo; pero si tú también acometes y descargas puñetazos, echas una sombra sobre la victoria. Mas considerad, por otra parte, os ruego, quiénes son estos a quienes se dirigen estos mandatos duros y trabajosos. Gentes cobardes y vulgares, hombres iletrados e ignorantes, totalmente desconocidos, que jamás entendieron de leyes del mundo, que jamás fueron capaces de salir a pública plaza; pescadores, en fin, y publicanos, llenos de defectos infinitos.

91.- Y si tales mandamientos son bastante a turbar aun a las almas grandes y elevadas, ¿cómo no habían de derribar y espantar a quienes no tenían experiencia de ninguna clase y que jamás habían soñado en acción alguna noble? Y, sin embargo, no los derribaron. Y con mucha razón, dirá tal vez alguno, pues les había el Señor dado poder de limpiar a los leprosos y expulsar a los demonios. Mas yo respondería que justamente lo que más podía turbarlos era que quienes tenían poder de resucitar a los muertos hubieran de sufrir tamaños males, como tribunales, cárceles y suplicios, guerras de todas partes, odio de toda la tierra. Todo eso les esperaba a quienes tenían poder de hacer milagros. ¿Cuál era, pues, el verdadero consuelo en medio de todos esos trabajos? El poder de quien les enviaba. De ahí que el Señor mismo, eso puso delante de todo: He aquí que yo os envío. Esto basta para vuestro consuelo, esto basta para que tengáis confianza y no temáis a los que os atacan.

92.- La prudencia de la serpiente.

2. ¡Mirad qué autoridad, mirad qué poder, mirad qué potencia invencible del Señor!. Como si dijera: “No os turbéis de que os envío como ovejas entre lobos y de que os mando que seáis sencillos como palomas. Hubiera podido ciertamente hacer lo contrario y no permitir que sufrierais mal alguno; hubiera podido hacer que no estuvierais bajo los lobos, sino que fuerais más espantables que leones. Sin embargo, os conviene que así sea. Esto os hará a vosotros más gloriosos y pregonará mejor mi poder. Es lo que el Señor le decía a Pablo: Te basta con mi gracia, pues mi poder se muestra en la flaqueza. 2ª Corintios 12, 9. Yo soy, pues, quien he hecho que así seáis”. Eso es lo que quiere dar a entender cuando dice: “Yo os envío como ovejas. No os desalentéis, pues; porque yo sé, yo sé muy bien que de este modo habéis de ser inatacables.

93.- Luego, por que también ellos pusieran algo de su parte y no pareciera que todo había de ser obra de la gracia; por que no pensaran, en fin, que se les iba a coronar sin más ni más, prosigue diciendo: Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas. Mas ¿de qué va a servir, parecen responderle, toda nuestra prudencia en medio de tantos peligros? Y hasta: ¿Cómo podemos en absoluto ser prudentes, agitados que estemos por tamañas oleadas? Por muy prudente que sea la oveja en medio de lobos, y de tantos lobos, ¿qué conseguirá con toda su prudencia? Por muy sencilla que sea la paloma, ¿qué aprovechará su sencillez cuando se le echen encima tantos gavilanes? Tratándose de animales irracionales, ni prudencia ni sencillez sirven para nada; pero en vosotros, de mucho.

94.- Mas veamos qué prudencia es lo que aquí pide el Señor. Prudentes como la serpiente, nos dice. Como la serpiente lo abandona todo, y aun cuando le hagan pedazos el cuerpo, no hace mucho caso de ello, con tal de guardar indemne la cabeza, así vosotros, parece decir el Señor, entregadlo todo antes que la fe, aun cuando fuera menester perder las riquezas, el cuerpo, la vida misma. La fe es la cabeza y la raíz. Si ésa se conserva indemne, aun cuando todo lo pierdas, todo lo recuperarás más espléndidamente. De ahí que no nos mandó el Señor que seamos sólo sencillos e ingenuos, ni sólo prudentes. Para que haya virtud, quiso que una y otra cosa fueran a la par. Para que no recibamos golpe en los puntos mortales tomó de la serpiente la prudencia; la sencillez, de la paloma, para que no nos venguemos de los que nos agravian, ni busquemos daño a quienes nos arman sus asechanzas.

95.- Si esta sencillez no se le añade, ¿para qué sirve la prudencia? ¿Qué puede entonces haber más duro que estos preceptos? ¿No era bastante tener que sufrir? No, responde el Señor. Yo no os permito ni que os irritéis, pues tal es la naturaleza de la paloma. Es como si uno mandara echar una caña seca en el fuego y mandara que no se quemara la caña, sino que apagara ella el fuego. Sin embargo, no nos alborotemos. Lo que el Señor predijo, sucedió; lo que mandó, fue cumplido y se mostró en las obras mismas. Los apóstoles fueron prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas, y ciertamente que no eran de naturaleza diferente, sino de la misma que nosotros.

96.- Nadie tenga, pues, por imposibles estos mandamientos. Mejor que nadie sabe el Señor mismo la naturaleza de las cosas, y Él sabe perfectamente que la insolencia es fuego que no se extingue con otra insolencia, sino con la mansedumbre. Y si queréis ver cómo así se cumple en la práctica, no tenéis cuántas veces el pueblo de los judíos se levantaba contra los apóstoles y afilaban sus dientes contra ellos; y cómo éstos, imitando a la paloma, les respondían con la debida modestia, y así apaciguaban su furor, y calmaban su furia, y deshacían todos sus ataques. Así, cuando les dijeron: ¿No os mandamos por mandato que no hablarais palabra en ese nombre?, aun cuando podían ellos haber hecho entonces mil milagros, no dijeron ni hicieron cosa alguna áspera, sino con toda mansedumbre se defendieron diciendo: Juzgad vosotros mismos si es justo obedeceros a vosotros antes que a Dios. Actos 5,28; 4,19. 97. Ya habéis visto la sencillez de la paloma; mirad ahora la prudencia de la serpiente: Porque nosotros no podemos menos de hablar de lo que hemos visto y oído. ¿Veis cómo por todas partes es menester que seamos perfectos, de suerte que ni los peligros nos abatan ni la ira nos arrebate?

98.- De las pruebas que esperan a los Apóstoles.-

De ahí que prosiga el Señor: Precaveos contra los hombres, porque ellos os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas. Y seréis conducidos ante gobernadores y reyes por causa mía, en testimonio para ellos y para las naciones. Nuevamente les obliga el Señor a estar vigilantes, pues por todas partes les ofrece sufrimientos, y a ellos, en cambio, no les permite hacer mal alguno. Por donde hemos de aprender que en el sufrir está la victoria y de ahí hemos de levantar nuestros trofeos. Porque no dijo: “Luchad también vosotros y resistid a los que os quieren hacer daño”. No. Lo único que dijo fue que los suyos tendrían que sufrir los últimos suplicios.

99.- 3. ¡Oh! ¡Cuán grande es el poder de quien así habla! ¡Cuán grande la filosofía de los que escuchan! A la verdad, muy de admirar es cómo, oyendo tales palabras, no se echaron a correr de allí; ellos, hombres tímidos, que en su vida habían pasado más allá del lago en que pescaban sus peces. Maravilla es también cómo no pensaron y se dijeron a sí mismos: “¿Y adónde vamos a huir ahora? Contra nosotros están los tribunales, contra nosotros los reyes y los gobernadores, las sinagogas de los judíos, los pueblos de los gentiles, los gobernantes y los gobernados”. Porque con aquellas palabras no sólo les señaló el Señor la Palestina y lo que en ella tendrían que sufrir, sino que de antemano les puso delante las luchas que les habrían de venir de la tierra entera. Seréis conducidos, les dice, ante los gobernadores y reyes.

100.- Con lo que les da a entender que más tarde los había de enviar como heraldos suyos a las naciones. La tierra entera, pues, has hecho enemiga nuestra; contra nosotros has armado a todos sus habitantes: pueblos, tiranos y reyes. Porque aún es más espantoso lo que sigue, si es que por causa nuestra han de ser los hombres fratricidas, filicidas y parricidas. Porque entregará, dice, el hermano al hermano a la muerte, y el padre al hijo, y se levantarán los hijos contra los padres y les darán la muerte. ¿Cómo, pues, pudieran haber dicho los apóstoles, cómo van a creer los demás, si ven que por causa nuestra los hijos son asesinados por los padres, y los hermanos por los hermanos, y que está el mundo todo lleno de abominaciones?

101.- ¿No nos arrojarán de todas partes como a genios maléficos, como a malditos y corruptores de la tierra, si ven que está el mundo empapado en sangre de parientes por tales crímenes? ¡Absolutamente!. Porque si las llenamos de muertes tales, ¡bonita la paz que vamos a dar a las casas adonde entremos! Por otra parte, si fuéramos más de doce, si no fuéramos unos pobres, vulgares e ignorantes, sino sabios y oradores elocuentes y, mejor aún, si fuéramos reyes que cuentan con sus grandes ejércitos y sus grandes riquezas... Pero así, ¿cómo persuadir a nadie, si, por añadidura, encendemos guerras intestinas, y peores aún que intestinas? Aun cuando despreciáramos nuestra propia vida, ¿quién de los otros se nos adherirá?

102.- Nada de esto, sin embargo, pensaron ni dijeron los apóstoles, ni pidieron tampoco razón al Señor de lo que les mandaba. A ellos sólo les tocaba obedecer y callar. Lo cual no se debía sólo a su virtud, sino principalmente a la sabiduría de su maestro.

103.- Consuelos en las pruebas.

Porque habéis de mirar cómo a cada uno de sus sufrimientos juntó también el consuelo. Así, contra quienes no los recibieran, decía: Con más blandura será tratada en el día del juicio la tierra de Sodoma y Gomorra que la ciudad aquella. San Mateo 10,15. Y lo mismo aquí, después de decir: Ante gobernadores y reyes seréis llevados, añadió luego: Por causa mía, en testimonio para ellos y para las naciones. Y no es pequeño consuelo padecer todo por amor de Cristo y para confusión de judíos y gentiles. Porque DIOS, aun cuando nadie atienda a ello, cumple siempre sus designios. Ahora que esto consolaba a los apóstoles, no porque desearan el castigo de sus perseguidores. No. El motivo de su confianza era porque tenían siempre consigo al que todo eso les había predicho y de antemano lo sabía, y porque no sufren como malvados y malhechores.

104.- Juntamente con eso, no es pequeño el consuelo que añade cuando les dice: Y cuando os entregaren, no os preocupéis sobre cómo y qué hablaréis, porque en aquel momento se os dará lo que habréis de hablar. Porque no seréis vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros. No quería el Señor que le dijeran: ¿Cómo podremos convencer a nadie, si tales cosas nos suceden? De ahí mandarles que tuvieran confianza en su defensa. En otra parte les dice: Yo os daré palabra y sabiduría. San Lucas 21,15. Y aquí: El Espíritu de vuestro Padre es el que habla en vosotros. Con lo que el Señor eleva a sus apóstoles a dignidad de profetas.

105.- Por eso, una vez que les hubo dicho la fuerza que les daba, habló también de los males que habían de venir, de las muertes y sangre derramada. Porque el hermano, dice, entregará al hermano a la muerte, y el padre al hijo, y los hijos se levantarán contra sus padres y los entregarán a la muerte. Y ni aun aquí se detuvo el Señor, sino que añadió algo más horrible todavía, capaz de conmover a una roca: Y seréis aborrecidos por todos. Pero también aquí está el consuelo a la puerta. Todo eso, les dice, lo sufriréis por causa de mi nombre. Y otro motivo seguidamente: Más el que resistiera hasta el fin, ése se salvará.

106.- Otro motivo para levantar el ánimo de los apóstoles encerraban todas estas palabras del Señor, a saber, que había de ser tan alta la fuerza de la predicación, que despreciaría la naturaleza, rechazaría el parentesco y pondrían por encima de todo aquella palabra divina que todo lo arrastraba con su poder. Porque si la tiranía de la naturaleza no es capaz de resistir a vuestra palabra, sino que queda vencida y pisoteada, ¿qué otra cosa podrá ya venceros? Sin embargo, no porque así haya de ser ha de deslizarse vuestra vida en suave tranquilidad, sino que tendréis por enemigos a todos los habitantes de la tierra.

107.- Contraste entre los filósofos antiguos y los Apóstoles.

4. ¿Dónde está ahora Platón? ¿Dónde Pitágoras? ¿Dónde la turbamulta de los estoicos? Platón, después de gozar tan alto honor, hasta punto tal fue despreciado que vino a ser vendido por esclavo y no fue capaz de realizar una sola de sus teorías ni en la corte de un solo tirano; y Pitágoras, después de traicionar a sus discípulos, terminó miserablemente su vida. Y todas las basuras de los cínicos pasaron como un sueño y una sombra. Y, sin embargo, nada tuvieron que sufrir los filósofos que pueda compararse a los sufrimientos de los apóstoles, sino que su filosofía profana los hacía aparecer como hombres ilustres, y los atenienses mostraban públicamente las cartas que Dión había escrito a Platón.

108.- Los filósofos pasaban cómodamente toda su vida y amontonaban no pequeñas riquezas. Así, por ejemplo, Aristipo se compraba las más caras heteras; otro dejaba por testamento una pingüe herencia; otro andaba por encima de sus discípulos, que formaban un puente con sus dorsos. De Diógenes cuentan que en pública plaza hacía sus indecencias. Tales son las glorias de los filósofos. Aquí, empero, nada semejante puede verse; todo es aquí la más pura templanza y la más perfecta modestia; guerra, si, contra todo el mundo por la verdad y la piedad, un morir o dejarse matar día a día; pero después de esto, levantar los más gloriosos trofeos de victoria.

109.- Los Apóstoles, superiores a los grandes hombres paganos.

Pero tienen, me dirás, los gentiles algunos grandes generales, como Pericles y Temístocles. Mas también las hazañas de éstos son puro juego comparadas con las de los pescadores. ¿Qué puedes, en efecto, contar con Temístocles? qué aconsejó a los atenienses embarcarse en las naves cuando Jerjes atacó. El diablo, es, quien invade, y con él, la tierra entera, y con la tierra, otras incontables legiones de demonios, y atacan a estos doce pescadores, y, sin embargo, fueron vencidos y dominados, no en una ocasión solamente, sino cuanto a los apóstoles duró la vida. Y lo más admirable es que no vencían matando a sus adversarios, sino convirtiéndolos y transformándolos. Porque hay que tener siempre muy presente esta observación: que los apóstoles no mataban ni aniquilaban a quienes les hacían la guerra, sino que, tomándolos semejantes a demonios, les hacían luego competir con los ángeles.

110.- Su hazaña consistía en librar a la naturaleza humana de la perversa tiranía de los demonios, expulsando a estos maléficos y perturbadores espíritus de en medio de las plazas y casas y hasta del desierto mismo. Testigos son los coros de los monjes que los apóstoles esparcieron por dondequiera, purificando así no sólo la tierra habitada, sino también la inhabitable. Y lo de verdad admirable es que su victoria no venía de luchar con fuerzas iguales; toda su fuerza venía del sufrimiento. Allí los tenía, en efecto, a su disposición a aquellos doce hombres ignorantes y vulgares, a quienes encarcelaban, y azotaban, y traían y llevaban, pero no podían jamás cerrarles la boca.

111.- Como es imposible atar un rayo de sol, tan imposible fue atar la lengua de los apóstoles. La causa de ello estaba en que no eran ellos, sino la fuerza del Espíritu Santo la que hablaba. De este modo, por ejemplo, Pablo venció al rey Agripa y hasta al mismo Nerón, el que por su maldad venció a todos los hombres: Porque el Señor, dice, me asistió y me fortaleció, y me arrancó de la boca del león. 2ª Timoteo 4,17. Pero lo que vosotros habéis de admirar es cómo oyendo los apóstoles decir al Señor: No os preocupéis, ellos le creyeron y aceptaron su palabra y no hubo mal que los amedrentara.

112.- Y si me respondierais que bastante consuelo les dio el Señor con decirles: El Espíritu de vuestro Padre es el que habla en vosotros; yo los admiro más que nada porque no duraron de ello ni pidieron se los librara de tantos males; males que no habían de sufrir durante uno o dos años, sino durante su vida entera. Eso, efectivamente, les da a entender el Señor cuando les dice: El que resistiere hasta el fin, ése se salvará. Y es que no quiere el Señor que todo dependa de Él solo, sino que tengan también ellos su merecimiento. Mirad, si no, volviendo atrás, cómo parte viene del Señor, parte les toca a los discípulos. El hacer milagros viene del Señor; el no poseer nada toca a los apóstoles. Igualmente, tener abiertas todas las casas es obra de la gracia celeste; pero el no exigir nada más que lo necesario toca a la sabiduría de los apóstoles: Porque digno es el trabajador de que se le pague su salario.

113.- Dar la paz es dádiva de Dios; mas el buscar a los dignos y no entrar en todas las casas indiferentemente, toca a la continencia de los apóstoles. Castigar a los que no los reciban, pertenece a DIOS; pero apartarse de ellos con modestia, sin insultarlos ni maldecirlos, toca a la mansedumbre de los apóstoles. Dar al Espíritu Santo y librarlos de toda solicitud, es gracia de quien los envía; pero convertirse en ovejas y palomas y sufrirlo todo generosamente, es obra de la firmeza y prudencia de los apóstoles. Ser odiados y no desfallecer y resistir, les pertenece a ellos; pero el salvar a los que resisten es obra de quien los envía. De ahí que les dijera: El que resistiere hasta el fin, ése se salvará.

114.- Constancia y sobrehumano valor de los apóstoles.

5. Como haya muchos que son muy fervorosos en sus comienzos y luego desfallecen, de ahí que diga aquí el Señor que lo que Él busca es el fin. ¿Para qué valen, en efecto, unas plantas que a los comienzos florecen y poco después se marchitan? No; el Señor exige de los suyos una resistencia constante. No quería se pudiera decir que todo lo había hecho Él y que no era maravilla ninguna de los apóstoles fueran lo que fueron, cuando nada duro tuvieron que sufrir. De ahí que les diga que la perseverancia les era necesaria. Porque si es cierto, parece decirles, que os libro de los primeros peligros, es porque os reservo para otros más graves, y a éstos sucederán otros, y, mientras alentareis, jamás cesaréis de ser perseguidos. Eso fue, en efecto, lo que quiso darles a entender al decirles: El que resistiere hasta el fin, ése se salvará.

115.- Y justamente por eso, habiendo aquí dicho: No os preocupéis de lo que habéis de hablar, en otra parte dice: Estad preparados para la defensa ante todo el que os pida razón de vuestra esperanza. 1ª Pedro 3,15. Cuando la lucha es entre amigos, nos manda que nosotros también estemos preocupados; mas cuando se trata de un tribunal espantoso, de turbas enfurecidas y de terror por todas partes, entonces nos ofrece su propio apoyo para que tengamos buen ánimo y hablemos sin acobardarnos ni traicionar jamás la justicia. Realmente, grande espectáculo hubo de ser ver a unos hombres que habían pasado su vida junto a un lago, entre pieles o en un mostrador de alcabalero, entrar solos, encadenados y con los ojos bajos, ante los tiranos sentados en su trono, rodeados de sátrapas y guardia armada, desnudas las espadas y con todo el pueblo en pie, y que aun tuvieran aquellos hombres valor para abrir la boca.

116.- Porque no les daban lugar a hablar ni a defender sus doctrinas, sino que intentaban hacerlos morir a palos como a comunes corruptores de toda la tierra. Éstos son, se decía, y aquí están los que trastornan toda la tierra. Y otra vez: Estos predican contra los decretos del César y dicen que Cristo es Rey. Actos 17, 6-7. Los tribunales estaban en todas partes prevenidos con tales sospechas, y mucha ayuda de lo alto era menester para poner en claro estas dos cosas: primero, que las doctrinas que ellos predicaban eran verdaderas; y segundo, que no se oponían a las leyes comunes. Ni su fervor en predicar su doctrina tenía que hacer sospechosos a los apóstoles en intentar una subversión de las leyes estatuidas, ni su empeño por no mostrarse contrarios a éstas corromper la pureza de la doctrina misma. Todo lo cual es de ver en Pablo y en Pedro, y en los demás apóstoles, que a uno y a otro punto atendieron con la conveniente prudencia.

117.- La verdad es que por todo lo descubierto de la tierra se los acusaba de sediciosos, revolucionarios e innovadores. Sin embargo, ellos lograron no sólo rechazar tales sospechas, sino que se los proclamara luego por todo lo contrario; por salvadores, por protectores y bienhechores del mundo entero. Y todo esto lo lograron a fuerza de paciencia. De ahí que Pablo decía: Cada día me estoy muriendo. 1ª Corintios 15,31. Y de hecho, toda su vida la pasó entre peligros de muerte.

118.- Invectiva contra la actual tibieza.

¿Qué mereceremos, pues, nosotros cuando, teniendo tan altos ejemplos, aun en la paz somos muelles y caemos? Sin que nadie nos haga la guerra, somos pasados a cuchillo; sin que nadie nos persiga, vivimos abatidos; en la paz se nos manda salvarnos, y ni aun eso conseguimos. Los apóstoles, cuando la tierra ardía y la hoguera se propagaba por el mundo entero, se arrojaban a las llamas mismas y de allí arrebataban a los que se estaban abrasando, nosotros, empero, no somos capaces ni de preservarnos a nosotros mismos. ¿Qué confianza, pues, qué perdón podemos tener? No nos amenazan ahora azotes ni cárceles, ni gobernadores, ni sinagogas, ni peligro alguno semejante; todo lo contrario: somos nosotros los que mandamos y dominamos.

119.- Y, en efecto, los emperadores son cristianos; tenemos preeminencias, gloria, descanso, y ni aun así vencemos. Aquéllos, conducidos diariamente al suplicio, marcados sus cuerpos de cardenales y con llagas por todas partes, sentían placer semejante o mayor que los moradores mismos del paraíso; nosotros, empero, que ni por sueños hemos soportado nada semejante, somos más blandos que la cera. Más aquéllos, me dirás, hacían milagros. ¿Acaso por eso no los azotaban? ¿Acaso porque hacían milagros no se los perseguía? Y lo admirable es que muchas veces tenían que sufrir todo eso de parte de los mismos a quienes habían hecho sus beneficios, sin turbarse de que se les devolviera mal por bien; tú, empero, por el más pequeño favor que hagas, si luego tienes que sufrir una molestia de parte de tu favorecido, te alborotas y te turbas y te arrepientes del bien que hiciste.

120.- Hay que adiestrarse antes de la lucha: ejemplo de Job.

6. Ahora bien, si otra vez, lo que Dios no permita que jamás suceda, se declarara la guerra a la Iglesia y estallará la persecución, considerad cómo haríamos el ridículo y cuán grande seria nuestra ignominia. Y con mucha razón. Porque si un atleta no se adiestra en la palestra, ¿cómo puede brillar en los combates? ¿Qué atleta que no haya conocido entrenador alguno podrá hacer nada grande y noble contra su adversario llegado el momento de los juegos olímpicos? ¿Es qué nosotros no debiéramos cada día ejercitarnos en la lucha, en el pugilato y en la carrera? ¿No habéis visto cómo los atletas, cuando no tienen a mano un adversario, cuelgan un saco lleno de arena y contra él ejercitan toda su fuerza? Los que son algo más jóvenes, en los cuerpos de sus compañeros se entrenan contra los que serán luego sus enemigos.

121.- Imitad vosotros a todos éstos y ejercitaos en las luchas de la filosofía. Realmente muchos hay que tratan de provocaros a ira o de incitar vuestra concupiscencia y encender en vuestra alma toda una hoguera de deseos. Resistid, pues, firmemente contra las pasiones, sufrid generosamente los dolores del espíritu por que podáis soportar también los del cuerpo. Ahí tenéis al santo Job; si no se hubiera ejercitado muy bien antes del combate, no hubiera brillado tan gloriosamente en el combate mismo. Si no hubiera trabajado por sentirse ajeno a todo dolor, seguramente hubiera pronunciado alguna palabra atrevida al saber la muerte de sus hijos.

122.- Pero la verdad es que se mantuvo firme en todas las arremetidas del enemigo: la pérdida de su riqueza y desaparición de toda aquella opulencia, la muerte de sus hijos, la compasión de su mujer, las llagas de su cuerpo, los insultos de sus amigos, las injurias de sus mismos esclavos. ¿Queréis saber cómo se ejercitaba? Oíd lo que nos dice sobre su desprecio de la riqueza: Si me alegré, dice, cuando me venía abundancia de riqueza, si no puse el oro en el mismo orden que el polvo, si puse mi confianza en la piedra preciosa. Job 31, 24-25. Por eso, como no puso en la riqueza su codicia cuando la tenía, tampoco se turbó cuando le fue arrebatada. Oíd cómo gobernaba a sus hijos, no con excesiva blandura, como nosotros, sino exigiéndoles la más rigurosa perfección. Porque quien por los ocultos pecados de ellos ofrecía sacrificios, considerad cuán riguroso juez sería de los manifiestos.

123.- Y si quieres oír sus combates sobre la castidad, escucha lo que dice: Concerté convenio con mis ojos de no mirar jamás a doncella. Job 31,1. Por eso tampoco su mujer pudo derribarle; la amaba antes ciertamente, pero no más allá de la medida, sino como es razonable se ame a la propia mujer. De ahí que yo me maraville que, sabiendo el diablo cómo se había Job ejercitado, se le ocurriera la idea de que podía vencerle en el combate. ¿Cómo pudo, pues, ocurrírsele la idea? Porque es una fiera perversa y no desespera jamás, lo cual es justamente grave acusación contra nosotros que el diablo jamás desespere de nuestra perdición y nosotros desconfiemos de nuestra salvación. Pero mirad también cómo meditó Job en la mutilación y penas del cuerpo.

124.- Personalmente nada tuvo que sufrir él de tales penalidades, pues vivió siempre en riqueza, bienestar y opulencia; pero sí que diariamente consideraba las ajenas desgracias. Así lo pone de manifiesto cuando dice: El miedo que yo temía me ha venido; y lo que yo barruntaba, me ha acontecido. Job 3,25. Y otra vez: Yo he llorado sobre todo impotente y he gemido sobre todo el que he visto necesitado. Job 30, 25. De ahí que, cuando sobre él cayeron todos aquellos grandes incomportables males que sabemos, nada fue parte para turbarle. Porque no habéis de mirar solamente la pérdida de sus riquezas, la muerte de sus hijos, aquella úlcera incurable de su carne, las insidias de su mujer. Hay cosas más duras aún que todo eso. ¿Y qué cosa más dura, me dirás, pudo sufrir el santo Job? Por su historia nada más sabemos.

125.- No sabemos nada más porque estamos dormidos, pues el que lo mira con cuidado, el que busca y rebusca bien la piedra preciosa, halla mucho más que todo eso. Lo más grave, en efecto, lo que era bastante a causarle la más profunda turbación, eran otras cosas. En primer lugar, no saber nada con claridad acerca del reino de los cielos y de la resurrección de los muertos. Que es lo que él mismo llorando, decía: Porque no viviré eternamente para que pueda tener paciencia. Job 7,16.

126.- Segundo, la conciencia que tenía de sus muchas buenas obras. Tercero, no tener conciencia de mal alguno. Cuarto, pensar que todos aquellos sufrimientos le venían de DIOS; y si le venían del diablo, también esto era parte para escandalizarle. Quinto, oír a sus amigos, que falsamente le acusaban de maldad: No es aún tan grande tu azote, le decían, como tus pecados lo merecen. Job 11,6. Sexto, ver la prosperidad en que vivían los malvados y cómo le insultaban a él. Séptimo, no poder mirar a otro que hubiera jamás sufrido como él.

127.- Se prosigue el elogio de Job.

7. Más si queréis daros cuenta de cuán grande sea el mérito de Job, considerad lo que ahora sucede. Ahora, cuando esperamos el reino de los cielos y la resurrección de los muertos y bienes inefables, no obstante nuestra conciencia de males infinitos, no obstante los ejemplos que se nos proponen y la filosofía que se nos enseña, cuando perdemos un puñado de oro, fruto muchas veces de nuestra rapiña, la vida nos parece insoportable. Y, sin embargo, ni la mujer nos ataca, ni se nos quita a los hijos, ni nos reprochan los amigos, ni nos insultan los esclavos, antes bien, muchos hay que nos consuelan, unos de palabra y otros de obra. ¿Qué coronas, pues, no merecerá Job, que vio dispersos en un momento, y sin más ni más, bienes que eran fruto de su justo trabajo, que sufrió luego toda aquella tormenta de calamidades, sobre él caídas como una granizada?

128.- Y, sin embargo, permaneció en todas inmóvil y en todas le rindió al Dueño soberano el conveniente tributo del hacimiento de gracias. Porque, aun cuando todo lo demás lo pasáramos en silencio, las palabras solas de su mujer bastaban para conmover a las peñas. Mirad, si no, la astucia con que procede. No le recuerda las riquezas, no le recuerda los camellos, ni los rebaños de ovejas y de bueyes, pues sabía ella muy bien la filosofía de su marido sobre todo aquello; sólo le recuerda lo que había de ser mucho más doloroso, es decir, la pérdida de los hijos, y aquí se extiende ella con trágico acento y añade luego lo que quiere por su cuenta. Ahora bien, muchos en plena prosperidad, sin tener que sufrir molestia alguna, se dejaron muchas veces persuadir de sus mujeres.

129.- Pues considerad cuán brava hubo de ser aquella alma que rechazó a la mujer que le acometía con tales armas y logró pasar por encima de las más avasalladoras pasiones, como son el amor y la compasión. A la verdad, muchos que fueron capaces de dominar el amor fueron rendidos por la compasión. Así, aquel valeroso José, que dominó el más tiránico de los placeres y rechazó a la mujer bárbara, no obstante todas sus maquinaciones para derribarle, no fue luego capaz de contener las lágrimas, y al ver a sus hermanos, los mismos que le habían ofendido, se conmovió profundamente, y arrojando la máscara reveló todo el drama por él mismo preparado.

130.- Pues suponed ahora que sea la propia mujer la que venga a decir cosas lastimeras, que tenga por añadidura la ocasión por aliada, las heridas, los golpes y todo el oleaje de calamidades, ¿Cómo no tener por más dura que el diamante al alma que no se deja impresionar poco ni mucho por esa tormenta? Dejadme hablar con libertad: si el santo Job no fue superior, por lo menos no fue inferior a los apóstoles.

131.- Job, gran figura en su época.

A los apóstoles los consolaba ciertamente el sufrir por Cristo, y este solo pensamiento era parte para levantarlos diariamente; y bien se ve cómo el Señor lo pone en todas partes al decir: por causa mía, por mí; o: si a mí, que soy el dueño de la casa, me han llamado Belcebú. San Mateo 10,25; Job, empero, nada supo de este consuelo, nada del de los milagros, nada del de la gracia, que no tuvo, efectivamente, tanta fuerza del Espíritu Santo. Y lo más importante de todo es ciertamente la circunstancia de haber sufrido lo que sufrió después de una vida de prosperidad, después de gozar tan alto honor, y no, como los apóstoles, salidos de su oficio de pescador o alcabalero y de una vida miserable. Y lo que nos parece más duro de sufrir en los apóstoles, eso mismo lo sufrió Job, a saber: ser odiado por sus amigos, por sus familiares, por sus enemigos, lo mismo que por quienes habían sido por él favorecidos, sin que le fuera dado ver aquella áncora y aquel puerto sin tormentas que es la palabra dicha a los apóstoles: Por causa mía.

132.- Comparación con los jóvenes de Babilonia.

Yo admiro también a los tres jóvenes del horno de Babilonia porque desafiaron al horno y se rebelaron contra el tirano. Mas oíd como hablan: A tus dioses no les servimos, y la estatua que has levantado no la adoramos. Daniel 3,18. Ese fue su mayor consuelo: saber que cuanto sufrían, por DIOS lo sufrían. Mas Job no sabía que sus sufrimientos eran pruebas y lucha, pues de haberlo sabido, no los hubiera sentido. Por lo menos cuando oyó que DIOS le decía: ¿Acaso crees que te he hablado por otro motivo que por que aparecieras justo? Job 40,3, hay que ver cómo respiró por esa simple palabra, cómo se humilló a sí mismo, cómo pensó no haber sufrido nada de lo que había sufrido. Y así dice: ¿Por qué soy todavía juzgado, cuando es el Señor mismo el que me corrige y arguye, aun cuando yo no soy nada? Y otra vez: Antes te había oído con oído de mi oreja; pero ahora mi ojo te ha visto. Por eso me he despreciado a mí mismo, y me he derretido, y me tengo a mí mismo por polvo y ceniza. Job 42,5-6.

133.- Exhortación final: Imitemos el valor del santo Job.

Imitemos también nosotros este valor y esta modestia; nosotros, los que hemos venido después de la ley y de la gracia, al que vivió antes de la ley y de la gracia, a fin de que podamos tener parte en los tabernáculos eternos, a los que ojalá lleguemos todos por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amen.

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HOMILIA 38 - SAn Juan Crisostomo

viernes, 11 de junio de 2010
En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Yo te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes y se las revelaste a los pequeñuelos. Sí, ¡oh Padre!, porque así fue beneplácito delante de ti. San Mateo 11,25.

290.- Por cuantos medios nos atrae el Señor a su fe.-
1. Mirad por cuántos medios trata el Señor de atraer a sus oyentes a la fe en Él. En primer lugar, por las alabanzas tributadas a Juan Bautista, pues por el hecho de demostrarles que había sido varón grande y maravilloso afirmaba que eran dignas de crédito las cosas por aquél dichas, por las que justamente el Precursor había tratado de llevarlos a su conocimiento. Segundo, por su propia sentencia de que el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos son los que arrebatan. San Mateo 11,12. Palabras con que el Señor quería incitarlos y aun empujarlos. Tercero, por el hecho de mostrarles que todos los profetas habían ya terminado, puesto que ello ponía bien de manifiesto que Él era el que aquéllos habían de antemano anunciado.

291.- Cuarto, haciéndoles ver que cuanto Él tenía que hacer, todo lo había hecho; que es lo que quiso significar por la comparación de los chiquillos que juegan en la plaza. Quinto, por medio de las maldiciones contra los que no creían, contra los que había dirigido tan terribles amenazas. Sexto, dando gracias, ahora, a su Padre, por los que creen. Porque aquí: Te confieso, Padre, tanto vale como: Te doy gracias, Padre: Te doy gracias, Padre diceporque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes.

292.- El Señor no se alegra de la ceguera de los sabios.-
¿Cómo? ¿Es que el Señor se alegra de que se pierdan los sabios y prudentes y de que no conozcan estas cosas? ¡De ninguna manera! No. Es que el mejor camino de salvación era no forzar los que le rechazaban y no querían aceptar su enseñanza. De este modo, ya que por el llamamiento no habían querido convertirse, sino que lo rechazaron y menospreciaron, por el hecho de sentirse reprobados vinieran a desear su salvación. De este modo también, los que les habían atendido vendrían a ser más fervorosos. Porque el habérseles a éstos revelado estas cosas era motivo de alegría; mas el habérseles ocultado a los otros, no ya de alegría, sino de lágrimas. Y también éstas derramó el Señor cuando lloró sobre Jerusalén. No se alegra, pues, por eso, sino porque lo que no conocieron los sabios, lo conocieron los pequeñuelos. Como cuando dice Pablo: Doy gracias a DIOS porque erais esclavos del pecado, pero obedecisteis de corazón a la forma de doctrina a que fuisteis entregados. Romanos 6,17. No se alegra, pues, Pablo de lo que hubieran sido, sino que gozaron luego de tan altos dones de DIOS.

293.- Quienes son los sabios que rechaza el Señor.-
Llama aquí el Señor sabios a los escribas y fariseos, y habla así para incitar el fervor de sus discípulos, al ponerles delante qué bienes se concedieron a los pescadores y perdieron todos aquellos sabios. Mas, al llamarlos sabios, no habla el Señor de la verdadera sabiduría, que merece toda alabanza, sino de la que aquéllos se imaginaban poseer por su propia habilidad. De ahí que tampoco dijo: “Se les ha revelado a los necios”, sino: A los pequeños, es decir, a los no fingidos, a los sencillos. Y hace ver el Señor que no inmerecidamente, sino con toda razón, fueron privados aquellos presuntos sabios de gozar de estos bienes. Es una nueva lección que nos da de que nos apartemos de toda soberbia y sigamos la sencillez. La misma que Pablo nos reitera, con más energía, cuando escribe: Si alguno entre vosotros cree ser sabio en este siglo, hágase necio para llegar a ser sabio. 1ª Corintios 3,18. Porque así se muestra la gracia de DIOS.

294.- Por qué dirige Jesús su acción de gracias al Padre.-
Mas ¿por qué dirige el Señor su acción de gracias al Padre, cuando fue Él mismo quien hizo eso? Por la misma razón porque en otras ocasiones ruega y suplica a su Padre. Es una manera de mostrarnos el infinito amor que nos tiene, y lo mismo hace aquí. Porque también aquí nos da pruebas de su infinito amor. Por otra parte, les da a entender a aquellos sabios y prudentes que no sólo le habían perdido a Él, sino también a su Padre. Porque lo mismo que Él había mandado a sus discípulos: No arrojéis lo santo a los perros. San Mateo 7,6, cumplíalo Él anticipadamente. Además, de ahí demuestra el Señor que ello era obra principalmente de su propia voluntad y de la del Padre. De la suya propia, porque se alegra y da gracias por el hecho; de la de su Padre, pues tampoco éste lo hizo porque se le hubiera suplicado, sino porque de suyo se movió a ello.

295.- Porque así, dice, fue tu beneplácito. Es decir, porque a ti te plugo. Ahora, por qué les fue esto oculto a escribas y fariseos, oye cómo lo dice Pablo: Porque, buscando establecer su propia justicia, no se sometieron a la justicia de DIOS. Romanos 10,3. Considerad, pues, qué sentirían naturalmente los discípulos al oír al Señor hablar así. Lo que los sabios no habían conocido, lo habían conocido ellos, y lo habían conocido por permanecer pequeñuelos, y lo habían conocido por revelación de DIOS. Lucas, por su parte, cuenta que en el mismo momento en que llegaron los setenta y dos discípulos y le refirieron al Señor lo que les había pasado con los demonios, entonces fue cuando Él se regocijó y dijo estas palabras, que, a par que habían de incitar más su fervor, eran también un aviso a la humildad. San Lucas 10,17-21. Y es que, como naturalmente habían de sentir algún orgullo de haber expulsado a los demonios, también por ahí trata el Señor de reprimirlos. Lo que había sucedido, obra era de revelación divina, no fruto de su propio esfuerzo.

296.- Admonición contra el orgullo.-
2. Justamente, si escribas y fariseos, que se tenían por sabios, habían perdido aquella gracia, a su propio orgullo se lo debían. Luego, si por su orgullo les fue ocultado este conocimiento, temed también vosotros, les dice, y manteneos pequeñuelos. Vuestra pequeñez fue causa de que vosotros gozarais de la revelación, como su orgullo los privó a ellos de ese conocimiento. Porque es de notar que cuando el Señor dice: Se lo escondiste, no por ello afirma que DIOS lo hiciera todo; al modo que cuando dice Pablo: DIOS los entregó a su sentido reprobado y cegó sus pensamientos. Romanos 1,28, no habla ahí de DIOS como quién obró todo eso. No, fueron ellos los que tuvieron la culpa. Así hay que entender aquí lo de ocultar y revelar.

297.- La dignidad única del Hijo.-
Ya que el Señor había dicho: Te confieso, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeñuelos; por que nadie pensara que hablaba así por no tener Él mismo aquel poder y no ser capaz de hacer lo mismo que el Padre, prosigue diciendo: Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre. Era como decirles a los discípulos, que se alegraban de haber expulsado a los demonios: ¿Por qué os maravilláis de que os obedezcan los demonios? Todo es mío, todo me ha sido entregado. Mas, ya que oyes la palabra entregado, no por ello te imagines una entrega a la manera humana. Si el Señor la emplea aquí es porque quiere que no nos imaginemos a dos dioses ingénitos. Porque, que Él es engendrado y a par dueño soberano de todas las cosas, por otros muchos testimonios nos lo pone Él de manifiesto. Seguidamente, y para esclarecer aún más tu inteligencia, aún dice el Señor algo más grande: Y nadie conoce al Hijo sino el Padre; ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo.

298.- Los ignorantes pudieran pensar que no hay enlace entre esta sentencia del Señor y lo anteriormente dicho; sin embargo, lo hay y muy estrecho. Y, en efecto, como Él había dicho: Todo me ha sido entregado por mi Padre, prosigue: “¿Y qué maravilla es que sea dueño soberano de todas las cosas, cuando tengo algo más grande que esa soberanía, pues conozco al Padre y soy de su misma sustancia? Porque, veladamente, también esto lo da a entender el Señor por el hecho de ser Él solo quien de este modo conoce al Padre. Decir en efecto: Nadie conoce al Padre sino el Hijo, eso es lo que quiere decir. Y notad el momento en que el Señor dice esto: cuando ya sus discípulos habían recibido en las obras una prueba de su poder, no sólo de haberle visto a Él hacer milagros, sino porque ellos mismos los habían hecho tan grandes en nombre suyo.

299.- Además, como había dicho: Lo has revelado a los pequeñuelos, ahora hace ver que también esta revelación es obra suya: Porque nadie, dice, conoce perfectamente al Padre sino el Hijo y a quien el Hijo se lo quiere revelar. A quién Él quisiere, no a quien se le ordene o se le mande. Ahora bien, si revela al Padre, también se revela a si mismo. Esto, sin embargo, por evidente, lo pasó por alto, y sólo habló de la revelación del Padre, que es lo que hace en todas partes, como cuando dice: Nadie puede venir al Padre sino por mí. San Juan 14, 6. Mas, con esto, otra cosa pretendía también demostrar el Señor, a saber, su perfecta armonía y acuerdo de sentir con el Padre. Tan lejos estoy, parece decir a sus enemigos, de estar en pugna con el Padre, ni de hacerle la guerra, que ni posible es que nadie vaya a Él sino es por mí. Como quiera que lo que señaladamente escandalizaba a los judíos era que, a su parecer, se mostraba contrario a DIOS, esa imaginación trata el Señor de quitarles por todos los medios, y no se preocupa de ello menos, sino más, que de los mismos milagros.

300.- Notemos, sin embargo, que al decir: Nadie conoce al Padre sino el Hijo, no quiere decir que todos en absoluto le desconocieran, sino que el conocimiento que Él tenía del Padre no lo había alcanzado nadie. Lo cual puede igualmente decirse del Hijo. No hablaba aquí el Señor de un DIOS desconocido, del que nadie hubiera tenido noticia, como opinara Marción, sino que aludía al cabal conocimiento que solo Él poseía. Y en este sentido, tampoco al Hijo lo conocemos como se le debe conocer. Es lo mismo que declara Pablo, cuando dice: En parte conocemos y en parte profetizamos.1ª Corintios 13, 9.

301.- “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”.-
Ahora, cuando con estas palabras ha excitado su deseo y les ha demostrado su inefable poder, convídalos a Sí, diciendo: Venid a mí todos los que estáis cansados y vais cargados, y yo os aliviaré. No éste o aquél, sino todos los que tenéis preocupaciones, sentís tristeza o estáis en pecado. Venid, no porque yo os quiera pedir cuentas, sino para perdonaros vuestros pecados. Venid, no porque yo necesite de vuestra gloria, sino porque anhelo vuestra salvación. Porque yo, dice, os aliviaré. No dijo solamente: os salvaré, sino lo que es mucho más: os pondré en seguridad absoluta.

302.- El yugo suave y la carga ligera.-
Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. No os espantéis, parece decirnos el Señor, al oír hablar de yugo, pues es suave; no tengáis miedo de que os hable de carga, pues es ligera. Pues, ¿cómo nos habló anteriormente de la puerta estrecha y del camino angosto? San Mateo 7,14. Eso es cuando somos tibios, cuando andamos espiritualmente decaídos; porque si cumplimos sus palabras, su carga es realmente ligera. ¿Y cómo se cumplen sus palabras? Siendo humildes, mansos y modestos. Esta virtud de la humildad es, en efecto, madre de toda filosofía. Por eso, cuando el Señor promulgó aquellas sus divinas leyes al comienzo de su misión, por la humildad empezó.

303.- Y lo mismo hace aquí ahora, a par que señala para ella el más alto premio. Porque no sólo, dice, serás útil a los otros, sino que tú mismo, antes que nadie, encontrarás descanso para tu alma. Encontraréis, dice el Señor, descanso para vuestras almas. Ya antes de la vida venidera te da el Señor el galardón, ya aquí te ofrece la corona del combate, y de este modo, a par que poniéndosete Él mismo por dechado, te hace más fácil de aceptar su doctrina.

304.- Exhortación a la humildad.-
3. Porque ¿qué es lo que tú temes, parece decirte el Señor? ¿Quedar rebajado por la humildad? Mírame a mi, considera los ejemplos que yo os he dado y entonces verás con evidencia la grandeza de esta virtud. ¿Veis cómo por todos los medios los conduce a la humildad? Por lo mismo que Él hizo: Aprended de mí, porque yo soy manso y humilde de corazón. Por el provecho que de ello habían ellos mismos de sacar: Porque encontraréis, les dice, el descanso para vuestras almas. Por las gracias que Él mismo les concede: Porque también yo os aliviaré. Porque nos la hace fácil: Mi yugo es suave y mi carga ligera. Por modo semejante trata Pablo de persuadirnos diciendo: La presente momentánea tribulación nos produce, sobre toda ponderación, un eterno peso de gloria. 2ª Corintios 4,17.

305.- Pero ¿cómo puede llamar el Señor ligera su carga, cuando nos dice: El que no aborrece a su padre y a su madre; y: El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí; y: El que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. San Lucas 14,26-27, 33; cuando nos manda desprendernos hasta de la propia vida? Que te responda Pablo, cuando dice: ¿Quién nos separará de la caridad de Cristo? ¿Acaso la tribulación, o la estrechez, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espalda? Y aquello otro: No merecen los sufrimientos de este siglo entrar en parangón con la gloria venidera que ha de revelarse en nosotros. Romanos 8,35.18. Te respondan los apóstoles, que salen del sanedrín de ser azotados, e iban alegres, porque habían merecido ser deshonrados por el nombre de Jesús. Actos 5,41.

306.- Y si tú tiemblas y te estremeces de sólo oír “yugo” y “carga”, tu miedo no viene de la naturaleza misma de la cosa, sino de tu tibieza. Porque, si fueras decidido y fervoroso, todo se te haría fácil y ligero. De ahí que Cristo, para darnos a entender que también de nuestra parte hemos de trabajar algo, no habló sólo de lo fácil y se calló, ni tampoco sólo de lo pesado, sino que juntó lo uno y lo otro. Nos habló de yugo, pero lo llamó suave; nos habló de la carga, pero la calificó de ligera. Así, ni por excesivamente trabajoso, lo huyeras; ni por excesivamente ligero, lo desdeñaras.

307.- La virtud es menos pesada que el vicio.-
Mas en fin, si, aun con todo eso, todavía te parece la virtud cosa difícil, considera que aún es más difícil el vicio. Y eso justamente da a entender el Señor por el hecho de que no dijo primero: “Tomad mi yugo”, sino ante todo: Venid a mí los que estáis cansados y vais cargados; lo que valía tanto como decir que el pecado produce fatiga y es carga pesada e incomportable. Porque no habló el Señor sólo de “cansados”, sino también de “cargados”. Lo mismo decía también el profeta al describir la naturaleza del mismo pecado: Como carga pesada se aposentaron sobre mí. Salmo 37,5. Y así lo demuestra la experiencia misma. Nada, en efecto, agobia tanto el alma, nada ciega tanto la inteligencia y la abate hasta el suelo, como la conciencia del pecado. Nada, en cambio, presta tan ligeras alas al alma, nada la levanta tanto al cielo, como la posesión de la justicia y virtud.

308.- Si no, mira, ¿Qué más pesado, dime, que no poseer nada, volver la otra mejilla, no poder volver golpe por golpe, morir de muerte violenta? Sin embargo, si abrazamos la divina filosofía, todo eso se nos hará fácil y ligero y hasta se convertirá en una fuente de placer. Más no os alborotéis. Vamos a examinar, puntualmente, cada una de esas cosas y, si os place, empezaremos por lo que a muchos se les antoja por extremo trabajoso. Ahora bien, ¿qué os parece, decidme, más pesado y molesto? ¿No tenerse que preocupar más que de un vientre o llevar ansiosamente la carga de infinitos otros? No tener más que un vestido que ponerse y no buscar nada más o tener las arcas llenas de ropas. Y atormentarse día y noche, temiendo y temblando por su custodia, sufriendo y angustiándose por su deterioro, si los atacará la polilla, si algún esclavo los robará y se irá con ellos.

309.- Sin embargo, cuanto yo diga, no tendrá tanta eficacia para demostrar mi tesis como la experiencia misma de las cosas. Por eso yo quisiera que se nos presentara aquí alguno de los que ya han alcanzado esas cumbres de la filosofía. Y entonces verías claramente el placer que en si encierra la pobreza. Yo os aseguro que ninguno de los que se han enamorado de la pobreza querían hacerse ricos, aunque infinitos se lo ofrecieran. Pero ¿acaso, me replicarás, querrían los ricos ser pobres y dejar esas preocupaciones que tienen? ¿Y qué prueba eso? Eso sólo prueba su locura y la grave enfermedad que sufren, no que la riqueza sea cosa tan suave como tú te imaginas.

310.- Alegría del seguimiento de Cristo.-
4. Bien pudieran atestiguarnos esto mismo aquellos que diariamente se lamentan de tantas preocupaciones y tienen la vida por insoportable. No así los seguidores de Cristo, que ríen y viven jubilosos y se glorían de su pobreza más que los reyes de su diadema. Así, también, si atentamente se mira, volver la otra mejilla es más fácil que volver golpe por golpe. Lo uno es empezar la guerra; lo otro, ponerle fin. Con lo uno se enciende más el fuego del enemigo; con lo otro apagamos hasta el ardor propio. Ahora bien, que no quemarse sea más agradable que abrasarse, es cosa que se le alcanza a todo el mundo. Y si tal sucede con el cuerpo, con mucha más razón en el alma. ¿Qué es más fácil: combatir o recibir la corona, luchar con el pugilato o tener ya en la mano el premio, ser traído y llevado por las olas o arribar al puerto?

311.- Luego también el morir es mejor que el vivir. El morir nos saca de las olas y peligros, el vivir, empero, nos pone en medio de ellos y nos expone a mil asechanzas y necesidades, por las que tú mismo has tenido la vida por incomportable. Y si niegas fe a las palabras, oye a los que contemplaron los rostros de los mártires en tiempo de las persecuciones cómo, azotados y aserrados, estaban radiantes de alegría, y, tendidos sobre sus parrillas, se sentían más gozosos y jubilosos que los que están echados sobre lecho de rosas. De ahí que dijera también Pablo cuando estaba para salir de este mundo, y salir por muerte violenta: Me alegro y me congratulo con todos vosotros; y vosotros, igualmente, alegraos y congratulaos conmigo. Filipenses 2,17-18. ¡Mirad con qué extremos convida a la tierra entera a que tome parte en su alegría! Tan grande bien sabía él que era el viaje de este mundo al otro; tan apetecible, tan amable, tan digna de ser pedida se le aparecía la muerte misma, ella tan espantable para otros.

312.- Tormento del esclavo de la pasión.-
Por muchas otras consideraciones pudiera todavía demostrarse evidentemente que el yugo de la virtud es suave y ligero. Mas consideremos ya, si os place, las cargas que lleva consigo el pecado. Tomemos como ejemplo a los avaros, a esos vendedores y revendedores de desvergonzadas escrituras de pago, títulos y obligaciones. ¿Puede haber carga más pesada que ese negocio? ¡Cuántas angustias, cuántas preocupaciones, cuántos choques, cuantos peligros y asechanzas y guerras no engendran diariamente tales ganancias! ¡Cuántos alborotos y tumultos! Como no es posible contemplar el mar absolutamente en calma, así tampoco es posible que un alma de ésas se halle sin preocupaciones, sin tristezas, sin temores y sin turbación. Unas olas se suceden a otras, y a estas otras, y antes de que unas terminen ya se han levantado otras.

313.- Pero ¿quieres contemplar el alma de los maldicientes y de los iracundos? ¿Y qué tortura habrá peor que ésta? ¿Qué herida más dolorosa que las que éstos llevan dentro? ¿Qué habrá peor que ese horno que siempre arde y que esa llama que nunca se apaga? ¿Qué decir de los que aman los cuerpos y viven apegados a la presente vida? ¿Hay esclavitud más dura que ésa? Ellos viven la vida del mismo Caín, temiendo siempre y temblando; y si uno de los que ellos aman viene a fenecer, lloran en ellos su propia muerte más que si fueran sus mismos allegados. ¿Y qué hay más alborotado y más loco que un soberbio? Aprended de mí, dice el Señor, porque yo soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. La paciencia, en efecto, es la madre de todos los bienes.

314.- Exhortación final: Tomemos sin miedo el yugo del Señor.
No temas, por ende, ni huyas de un yugo que te libra de todos estos males; ponte más bien debajo de él con todo fervor y entonces verás claramente su suavidad. Ese yugo no oprime tu cuello, sino que sólo se te impone por razón de disciplina, para enseñarte a caminar derechamente, para conducirte por el camino real, para preservarte de los abismos a uno y otro lado, para hacerte recorrer con facilidad la senda estrecha. Ahora, pues, ya que tanta es su seguridad, tantos los bienes que nos procura, tanta la alegría, llevemos ese yugo con toda nuestra alma, con todo el fervor de nuestro corazón. De ese modo, hallaremos aquí el descanso para nuestras almas, y alcanzaremos luego los bienes venideros por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén

El Papa

Domingo, 16 mayo. Este domingo se celebra la fiesta de la Ascensión del Señor, y la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Benedicto XVI ha recordado ambas conmemoraciones durante su alocución previa al rezo mariano del Regina Caeli ante miles de peregrinos que este mediodía se han congregado en la plaza de san Pedro del Vaticano. Explicando la Ascensión del Señor, el Santo Padre ha recordado que este evento estuvo precedido por la bendición de los discípulos, en preparación a recibir el don del Espíritu Santo. “El Señor dirigió la mirada de los Apóstoles hacia el cielo para indicarles ha explicado el Papa- cómo recorrer el camino del bien en la vida terrena”.

Porque Él permanece en la historia humana, cerca de cada uno de nosotros para guiarnos: es compañero de los perseguidos por causa de la fe, está en el corazón de los marginados, y está presente en quien se le niega el derecho a la vida. Podemos escuchar, ver y tocar al Señor Jesús en la Iglesia especialmente mediante la palabra y los sacramentos. “A tal propósito exhorto a los jóvenes -que en este tiempo pascual reciben el sacramento de la Confirmación-, a permanecer fieles a la palabra de Dios y a su doctrina, así como a acercarse con frecuencia a la Confesión y a la Eucaristía, conscientes de haber sido elegidos para testimoniar la verdad. Renuevo asimismo mi invitación particular a los hermanos en el sacerdocio, para que en su vida y acción sobresalgan por su fuerte testimonio evangélico y sepan también utilizar con sabiduría los medios de comunicación, para dar a conocer la vida de la Iglesia y ayudar a los hombres de hoy a descubrir el rostro de Cristo”.

Benedicto XVI ha finalizado su alocución agradeciendo a la Virgen María su materna protección durante su viaje apostólico a Portugal. Y tras el rezo del Regina Caeli y el responso por los fieles difuntos, el Papa se ha dirigido a las miles de personas que se han reunido hoy en la plaza de San Pedro del Vaticano para expresar su cercanía al Sucesor de Pedro. El Santo Padre ha agradecido de corazón “esta hermosa y espontánea manifestación de fe y de solidaridad” presidida por el cardenal Angelo Bagnasco, saludando también a los miles de inmigrantes, acompañados por el cardenal Agostino Vallini, conectados con plaza de San Pedro desde la plaza San Juan en ocasión de la Fiesta de los Pueblos.

“Queridos amigos, vosotros mostráis hoy el gran afecto y la profunda cercanía de la Iglesia y del pueblo italiano al Papa y a vuestros sacerdotes que cotidianamente cuidan de vosotros, para que en el compromiso de renovación espiritual y moral podamos servir siempre mejor a la Iglesia, al Pueblo de Dios, y a cuantos se dirigen a nosotros con confianza. El verdadero enemigo que hay que temer y combatir es el pecado, el mal espiritual, que a veces por desgracia, contagia también a los miembros de la Iglesia”.

En este sentido Benedicto XVI ha señalado que los cristianos no tienen miedo del mundo. “En cambio ha dicho- tenemos que temer al pecado, por eso tenemos que estar fuertemente enraizados en Dios, siendo solidarios en el bien, en el amor, y en el servicio a los demás”. “Prosigamos juntos con confianza este camino, y que las pruebas, que el Señor nos presenta, nos empujen hacia una mayor radicalidad y coherencia. Es hermoso ver hoy esta multitud en plaza de San Pedro, como también fue emocionante para mí ver en Fátima la inmensa multitud que, en la escuela de María, ha rezado por la conversión de los corazones. Renuevo hoy este llamamiento, confortado por vuestra numerosa presencia. ¡Gracias!”.

Tras los prolongados aplausos que ha recibido el Papa como muestra de afecto de todos los católicos en unión con el Sucesor de Pedro, el Pontífice ha saludado en diferentes idiomas a todos los fieles y peregrinos. Éstas han sido sus palabras en español: “Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles de la parroquia San Luis Gonzaga, de Barcelona. Se celebra este domingo en muchos lugares la fiesta de la Ascensión del Señor. Jesús resucitado vuelve al Padre, abriéndonos el camino a la vida eterna y haciendo posible el don del Espíritu Santo. Como los apóstoles después de la Ascensión, también nosotros nos recogemos en oración y, en unión espiritual con la Virgen María, invocamos la efusión del Espíritu. Que su intercesión obtenga para toda la Iglesia un renovado Pentecostés. Muchas gracias y feliz Domingo”.

EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE

miércoles, 31 de marzo de 2010
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.


EL OASIS DE PILGRIM SPRINGS

El orfanotrofio de Pilgrim Springs

Después de haber pasado en la aldea polar de Kotzebue nueve meses consecutivos de invierno, meses de aislamiento absoluto, de tormentas, de frío y de noches que no amanecen, un día, al apuntar la primavera, me llegó una orden en virtud de la cual debía yo tomar el primer aeroplano disponible y volar a Pilgrim Springs, doscientos kilómetros al sur de Kotzebue.
El aeroplano llegó al vuelo y pronto me vi al ras de las nubes volando ruidosamente hacia el sur. Era para mi aquel un camino nuevo y desconocido. Poco antes de llegar a mi destino me dio voces el piloto rogándome que mirase a la derecha, donde pude ver una cruz incrustada en las rocas cumbres de un despeñadero. Allí abajo, en aquel valle fue hallado muerto el P. Ruppert, de grata memoria para los aficionados a las Misiones.
La cruz estaba muda y como perdida en aquella soledad de sepulcro. Nadie en el mundo la ha visto ni la verá jamás, pero, a pesar de los pesares, está allí erguida y satisfecha de realizar bien su cometido. A pocos minutos de ver la cruz llegamos al término del viaje.
Pilgrim Springs —Balnearios del Peregrino—, una escuela semejante en todo a la de Akulurak, que ya conocen los lectores de EN EL PAÍS DE LOS ETERNOS HIELOS.
En 1919, los Padres de Nome se internaron en la península de Seward y pernoctaron una noche en una venta que se alzaba en las márgenes de un arroyuelo en el que brota agua caliente —casi hirviendo— y al que iban a tomar las aguas los mineros afectados de reumatismo. En aquella venta se habían jugado fortunas enteras, y en ella la borrachera se había convertido en artículo de primera necesidad.
Hablando, hablando con el ventero, se llegó a un acuerdo, y los Padres compraron la venta con toda la propiedad adyacente, incluyendo los manantiales termales. Levantaron pronto unos edificios provisionales, y al año siguiente ya funcionaba la escuela.
Hoy el personal está formado por un Padre, dos Hermanos Coadjutores, cinco monjas Ursulinas y una rapacería bulliciosa que oscila entre sesenta y siete y setenta muchachos.
A diferencia de Akulurak, donde todos son eskimales puros y huérfanos, aquí son en su mayoría mestizos e incluso blancos, hijos de mineros vagabundos o desaparecidos o bien octogenarios, pero con una familia numerosa, y viudos.
Es un hecho que he observado de cerca y que rara vez falla. Estos rubios aventureros del Polo se casan a los sesenta con una indígena de veinte. Quince años más tarde se muere ella, y él queda viudo con siete hijos pequeños. Envejecido y violento no puede cuidar de familia tan necesitada; y la solución, desde 1920, ha sido muy sencilla: que los Padres de Springs carguen con ellos.
En algunos casos, raros, él se vuelve a casar, y me consta de un caso en el que todavía nació otra criatura. Por eso un mal intencionado dijo que aquí se conserva la virilidad hasta varias horas después de muerto.

La comunidad, los niños y el balneario

Inútil es decir que la terna que forma la Comunidad me recibió con los brazos abiertos, y pronto nos vimos enfrascados en una charla por demás amena. Por entonces empezaban a llegar noticias detalladas sobre la toma de Madrid, y decidimos escribir al general Franco en inglés y en español dándole el parabién y ofreciéndole nuestras oraciones para que lleve a feliz término lo comenzado.
Como mi visita no había de durar más que unos días, me apresuré a visitar las escuelas, donde pasé horas amenísimas contanto historias tétricas y de ladrones a la chiquillería.
Desfilaron ante nosotros procesiones de esqueletos nocturnos con candelas apagadas que venían en nuestra busca, pero que no nos hallaron porque las velas, como ya dijimos, estaban apagadas, y además teníamos bien cerradas las puertas y ventanas.
Vimos dragones alados con multitud de cabezas y pescuezos larguísimos, y se nos cuajó la sangre cuando un lobo montuno, con dientes como los dedos de la mano y ojos como tizones, atacó una choza donde dormía un niño angelical con la cabecita llena de rizos encantadores. Afortunadamente el lobo no salió con la suya, porque estaba en acecho un hombre, que le pegó dos tiros y le mató, y con eso respiramos todos y se nos ensanchó el corazón.
Luego me llevaron a ver el balneario. Todo el riachuelo, que se retuerce por la propiedad de la Misión, burbujea sin cesar y emite vapores que campean más en aquel panorama blanquísimo con un fondo de montañas repletas de nieve que amontonan mil ventisqueros invisibles. Se experimenta una sensación singular al meter la mano y sentir el agua caliente, mientras las botas están a la orilla hundidas a dos palmos de nieve.
A un lado del arroyo brotan tres manantiales copiosos que cubren sendas casetas con el fin de permitir baños privados. Es agua sulfúrica en ebullición, que apesta las primeras veces y que le cuece a une los huesos.
Ahí se matan los artritismos y toda su familia de reumas, como lo están continuamente experimentando no pocos huéspedes tullidos o en vías de estarlo. Aunque, por la gracia de Dios, yo no lo estoy, me bañé dos veces y sudé gotas gordas que me dejaron rendido y me trajeron un sueño reparador muy de desear.
La rapacería se baña todos los sábados, en grupos, vigilados por el H. Prefecto.

La tragedia del P. Ruppert.

Otro día hice, solo, una visita al cementerio, sito en un altozano, como a un kilómetro de las escuelas. Entre crucecitas de niños se alza la cruz del P. Ruppert.
Los que le ven en el cuadro del Vaticano, tendido en la nieve con el perro al lado, a modo de centinela, no experimentan ni la mitad del escalofrío que le corre a uno cuando separa a rezar un De profundis en la sepultura cubierta de nieve.
El Hermano Wilhalm me dio detalles tristísimos sobre su muerte. Aquí están seguros de que el pobre P. Ruppert pereció víctima de un desequilibrio mental muy común en estas regiones solitarias.
Aunque tenía un guía muy experto que había recorrido cien veces aquellos parajes y los sabia de memoria, el Padre insistió en querer probar fortuna por un atajo que a él le pareció que lo era, pero que al avisado guía le pareció un disparate rotundo. El Padre cortó por lo sano despidiendo al guía y lanzándose solo por el presunto y desdichado atajo en la mañana frigidísima del 16 de diciembre de 1923.
Al día siguiente llegó a la Misión, suelto y asustadizo, uno de los perros del trineo. —Malo —se dijeron en casa—; aquí ha ocurrido algo gordo.
Al día siguiente vino un viejo, y en la conversación dijo casualmente que había descubierto pisadas errantes de alguno que estaba o perdido o aterido. Una simple pisada en la nieve le dice mundos al eskimal avezado.
Por la tarde llegó otro perro suelto y asustadizo como el primero. Por la noche llegó otro. Aquello se iba poniendo demasiado serio, y el corazón comenzó a latir un poco de prisa.
Al amanecer salieron los dos hermanos con el viejo, pero no encontraron nada. Volvieron al día siguiente con un chico que los quiso acompañar, y a poco encontraron la gorra del Padre —una gorra de piel de castor— medio comida por los perros.
Siguieron un rastro que se extendía por círculos extraviados y, al doblar un terraplén, vieron sobre el hielo del río a Mink, el perro delantero, acurrucado junto al cadáver. Es falso que el perro ladrase y defendiese al Padre. Al verlos, el perro se les acercó muy zalamero, como no podía menos de suceder, pues eran los amos y se había criado con ellos.
Como no hay regla sin excepción, aunque en semejantes circunstancias los cadáveres aparecen boca abajo, el P. Ruppert estaba tendido boca arriba con los brazos extendidos, helado y tieso como hierro, no con el abrigo puesto, como aparece en el famoso dibujo, sino en mangas de camisa.
Varios cadáveres han sido hallados completamente desnudos, helados y rígidos, pues es un hecho comprobado que el frío excesivo produce los efectos de asfixia por aquello de que los extremos se tocan.
Llevado penosamente a la Misión, le reblandecieron con agua hirviendo hasta que lograron doblarle los brazos y ajustarle en el ataúd. Hubo lágrimas amargas al par que resignadas, y en la Misión todos adoraron los inescrutables juicios de Dios.
Sé buscó en vano el trineo por todos los alrededores, hasta que ya avanzada la primavera, el Hermano Jansen que se dirigía a Nome, lo halló donde nadie lo esperaba. Allí estaban los arreos de los perros, recogidos y cuidadosamente doblados. Cerca estaba un cajón de naranjas ya podridas.
Más allá estaba el parke o abrigo de pieles, muy bien dobladito, sobre la copa de un arbusto pequeño repleto de ramaje. En el trineo había un sobre con dos billetes de cien dólares cada uno. Era el dinero para una estatua de San José qua habían encargado.Este hallazgo peregrino convenció finalmente a los Padres que el malogrado P. Ruppert se extravió, vagó en todas direcciones y, como tal vez el perro delantero tiraba para donde al Padre le parecía que no era razón tirar, soltó los perros y se dirigió a pie, solo, de noche, hambriento y tiritando hasta que no pudo más. Probablemente dio voces y escuchó; pero, con una montaña de por medio, ¿quién le iba a responder?
Aquella misma noche en Nome, a ochenta kilómetros de distancia, un señor fue a visitar al P. Lafortune para decirle que no podía echar de sí la convicción de que el P. Ruppert estaba sufriendo penosísimamente. El P. Lafortune rió la broma, le dio un cigarro y ahí paró todo.
Finalmente, Mink, el perro famoso, quedó tan escarmentado que cuando el Hermano le sacaba los domingos a dar un paseo, no se le apartaba de las piernas, y un día, como al trepar un ribazo el Hermano cayese de bruces, Mink se alborotó sobremanera y le empezó a ayudar a levantarse.
Fingió el Hermano varias veces caerse y quedar inmóvil, y el perro le levantaba agarrándole por el cuello del abrigo. Tal vez aquello era una repetición macabra de su comportamiento fiel y caballeroso con el moribundo P. Ruppert. Todo esto me contó el buen H. Wilhalm, uno de los fundadores de la Misión.
Aquí en Springs hay un grupo de huérfanos de Kotzebue, mis parroquianos, y con ellos me saqué varias fotos vestido con el abrigo del P. Ruppert, que se conserva tal y como lo encontró el Hermano.

Días agradables.

¡Qué días tan agradables los que pasé en Springs! Mi visita fue aprovechada para variar de confesor, y todos desfilaron por mi confesionario. Les oí dos Misas cantadas, preciosamente ejecutadas, y las monjas me forzaron a darles tres pláticas sobre algún tema subido que las sacase de la rutina prosaica de la escuela. Escogí las «MORADAS DE SANTA TERESA», y divagamos libremente sobre diversas formas de misticismo clásico y genuino. Asimismo pasamos juntos algunas recreaciones muy divertidas.
Después de nueve meses de aislamiento entre eskimales embotados, estas conversaciones tenían auras de oasis en un desierto retostado y solitario.
Otra experiencia digna de mención es el contento natural, que me embargaba cada vez que me sentaba a la mesa y veía los manjares listos sin que yo les hubiese guisado, es decir, sin que yo hubiera pelado las patatas, sin que yo hubiera cortado la carne, sin que yo hubiera tenido que atizar y soplar el fuego, mohino y malhumorado, como lo había venido haciendo todo el invierno.
Hubo también ratos de ajedrez, con el consiguiente esfuerzo mental callado, pero tenaz y visible en jaques mates que nos administrábamos sin compasión.

El sol de media noche.

Desde Springs fui a Nome —como veremos en otro capítulo—, y de vuelta a Kotzebue me detuve nuevamente en Springs, donde escribo estas líneas, y donde lo encontré todo muy cambiado. Ya no hay nieve en los llanos, aunque las cumbres de las montañas están blancas, con manchones negruzcos y sombríos. Los arbustos están cubiertos de follaje verde, y el campo está rejuvenecido y primaverizado. En los terrenos labrados, el Hermano ha plantado lechugas, cebollas, guisantes, nabos y patatas, y ayer le ayudé yo a plantar diez hileras de berzas, cuyos cogollos yo no veré ni gustaré, por no haber medios de comunicación entre Springs y Kotzebue.
Anoche me acosté a media noche, por el placer de ver el sol a ras del horizonte y rezar el Breviario en el jardín.
Con tanta luz solar, las hortalizas crecen con prisa y exhuberancia locas. Todo tiene que estar maduro para septiembre, cuando empiezan las heladas, que matan el suelo y no le dejan revivir hasta fines de mayo.
Aquí, en las fronteras del Círculo Polar Artico, donde todo es desierto, y pampa, y páramos estériles, y estepas rocosas, y ciénagas pantanosas; aquí, donde la naturaleza es una madrastra roñosa y sin entrañas; aquí, en estos horizontes solitarios habitados por el oso blanco, el lobo carnicero y el reno montaraz, aquí mismo, Dios nuestro Señor dejó caer de la mano un vallecito pintoresco, con sierras por vallado y el cielo por techumbre, y fabricó cariñosamente un terreno de entrañas blandas y pecho generoso que se deja hendir por la reja y da el ciento por uno para sostén de huerfanitos destituidos de todo otro medio de manutención.
Es un argumento más de la veracidad de las palabras evangélicas: “Si Dios alimenta las aves del cielo que no aran, ni siembran, ni recogen en graneros, y viste a los lirios de un ropaje envidiado por los reyes más abastados, ¿cómo se va a olvidar de nosotros, sus hijos, que tanto le costamos y a quienes ha dado muestras de amor tan paternal?»

¿Faltará el combustible?

Hasta ahora nos había provisto de combustible la selva de arbustos que crecían al calor de las aguas termales. La selva de1919 se ha convertido en espesuras cada vez más ralas de arbolillos cada vez más pequeños e inservibles. Dentro de dos años no quedará ni un árbol.
Se trate de traer por el río unas cincuenta toneladas de carbón que mantengan las estufas desde agosto hasta fines de mayo. Los gastos que esto supone se echan fácilmente de ver, y corren rumores de días aciagos para la escuela orfanotrofio de Pilgrim Springs, por falta de combustible.
¡Que el Señor de la mies no eche en olvido esta parcela de su viña universal!

LA VIRGEN MARIA

miércoles, 17 de febrero de 2010
de Mons. Tihamet Toth.
Segunda parte del libro El Mesías.
Resumen y actualización.

¿COMO HONRAR A MARIA?
(Continuación)

468.- El culto de María vivifica nuestra fe. María conservaba la fe dentro de su corazón, no como un tesoro sin vida e incapaz de comunicarle, sino que moldeó toda su vida según esa fe. Esta fe viva de María es la segunda lección importante para nosotros. El Reino de DIOS, dijo en cierta ocasión el Señor, es semejante a la levadura que tomó una mujer y la revolvió en tres medidas de harina, hasta que hubo fermentado toda la masa, San Lucas 13,21. Con ello nos enseña que nuestra fe ha de ser levadura que haga fermentar toda nuestra vida. Ella, no solamente tomaba nota de los acontecimientos de la vida de Jesús y de sus palabras, sino que además, iba ponderándolas en su corazón, San Lucas 2,19; es decir, al orar y trabajar, al descansar y estando atareada, pensaba en ellos continuamente y conforme a los mismos, moldeaba su vida. Así como fue María quien dio cuerpo al Hijo de DIOS bajado a la tierra, en la vida de María fue donde tomaron cuerpo con la mayor perfección posible las enseñanzas y la religión de su Hijo. Fue la que mejor escuchó y cumplió.

469.- Nunca hubo ni habrá un hombre que en su alegría y en su dolor, en sus anhelos y planes, en sus virtudes y sacrificios, haya dado vida con tal fidelidad y de un modo tan triunfal al espíritu del cristianismo como la Virgen Bendita. El mismo Jesús dio testimonio de ello. en cierta ocasión, una mujer que le seguía entre la multitud, viendo las obras maravillosas del Señor, y oyendo sus palabras divinas, exclamó con entusiasmo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, San Lucas 11,27. Y el Señor le contestó: Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de DIOS y la ponen en práctica, San Lucas 11,28.

470.- Jesús no contradice a la mujer; todo lo contrario, amplía el sentido de sus palabras. No dice que no hay motivo de alabar a su Madre, sino que realmente tal motivo es doble; primero porque por su maternidad está unida con El con lazos de sangre; segundo, y el más poderoso, porque por su fe tiene con El un parentesco espiritual, y conservaba en el corazón, y las vivió, las palabras del Hijo, San Lucas 2, 19.51, mejor que cualquiera de sus discípulos.

471.- En el primer punto no podemos imitar a María, pero sí en el segundo. Sabemos muy bien como el camino más seguro para el que quiere seguir a María, ser digno de Ella y parecérsele, es la fe ardiente y abnegada, viva en Jesucristo. Fe que no es mera palabra ni mero sentimiento, sino también y principalmente, vida y fuerza divina que transforma nuestra vida propia.
Nos fijamos en lo que María dice a los criados en las bodas de Caná. Atended al Señor y haced lo que El os diga, San Juan 2,5. Así, pues, si honramos a María, no nos detenemos en Ella, sino que por Ella vamos a Cristo.

472.- Otro argumento, otro testimonio elocuente de que todas las manifestaciones de nuestro culto Mariano vivifican realmente nuestra fe y en último grado se dirigen al culto de DIOS y están saturadas del homenaje que debemos al Señor, es cada línea del sublime cántico del Magniticat, que resuena cada día miles de veces en todas las Iglesias y oraciones del mundo católico, cántico que el alma de la Virgen María, embriagada por el amor divino, entonó por vez primera en casa de Santa Isabel.

HOMILIA 33 - san Juan Crisóstomo

domingo, 27 de diciembre de 2009
Mirad que yo os envío como corderos entre lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas. Mateo 10,16.

86.- Corderos entre lobos.

1. Ya les ha infundido el Señor confianza a sus discípulos acerca del necesario sustento; les ha abierto todas las puertas y les ha señalado una forma digna de entrar: no como vagabundos y mendigos, sino como superiores a los mismos que los habían de recibir. Eso les quiso mostrar al decirles: Digno es el trabajador de que se le pague su salario; eso al ordenarles preguntar quién fuera en cada lugar persona digna y en casa de ella hospedarse, eso al mandarles saludar con la paz a quienes los recibieran, y eso, en fin, por los castigos con que amenazó a quienes los rechazaran; de este modo los ha librado ya de toda preocupación; los ha armado con el poder de hacer milagros, y, al apartarlos de todo lo terreno y librarlos de todo cuidado temporal, les ha hecho como de hierro y de diamante.

87.- Ahora es venido el momento de decirles los males que a ellos mismos habían de venirles, no sólo los que poco después habían de suceder, sino también los de tiempo muy posterior, con lo que muy de antemano los preparaba para la guerra contra el diablo. Muchas cosas conseguía el Señor de este modo. Primero, que conocieran la fuerza de su presciencia. Segundo, que nadie pudiera sospechar que por flaqueza del maestro acontecía todo aquello a sus discípulos. Tercero, que los que habían de sufrirlo no se espantaran como de cosa inesperada y fuera de lo normal. Cuarto, que al oír esto, al tiempo mismo de la cruz, no se turbaran. A la verdad, eso fue lo que les pasó entonces, como se lo reprende Él mismo diciéndoles: Porque os he dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón, y nadie de vosotros me pregunta: ¿Dónde vas? San Juan 16, 5-6.

88.- Y, sin embargo, nada les dicen aún sobre sí mismo: que había de ser prendido y azotado y muerto, pues no quería con tales cosas turbar sus almas. De momento sólo les predice lo que ellos mismos tendrían que sufrir. Quiéreles seguidamente hacer ver que esta guerra es nueva, y peregrino el modo de combatir, pues los envía por el mundo desnudos de todo, con una sola túnica, sin sandalias, sin bastón ni dinero en el cinturón y sin alforjas, con orden de alimentarse en casa de quienes los reciban. Mas ni aquí detiene el Señor su discurso; para hacer alarde de su poder inefable, prosigue diciéndoles: “Y yendo así por el mundo, habéis de dar muestras de mansedumbre de ovejas, y de ovejas que van a ir a lobos, y no ir como quiera, sino estar en medio de los lobos”.

89.- Y no sólo manda el Señor a sus discípulos que tengan mansedumbre de ovejas, sino también sencillez de paloma. Porque yo, parece decirles, quiero señaladamente hacer muestra de mi poder en que las ovejas venzan a los lobos; en que, estando ellas en medio de los lobos, y no obstante sus infinitas dentelladas, no sólo no acaben con ellas, sino que sean ellas más bien las que conviertan a los lobos. Más maravilloso, mayor hazaña que matarlos, es hacerles cambiar de sentir, transformar enteramente su alma. Y eso que los apóstoles no eran más de doce y los lobos llenaban la tierra entera.

90.- Avergoncémonos los que hacemos lo contrario, los que atacamos como lobos a nuestros enemigos. Porque mientras somos ovejas, vencemos; aun cuando nos rodeen por todas partes manadas de lobos, los superamos y dominamos. Pero si nos hacemos lobos, quedamos derrotados, pues nos falta al punto mismo la ayuda del pastor. Como quiera que Él apaciente ovejas y no lobos, te abandona y se aleja de ti, pues no le permites que muestre su poder. Si, cuando se te hace un daño, tú muestras mansedumbre, a Él se atribuye todo el triunfo; pero si tú también acometes y descargas puñetazos, echas una sombra sobre la victoria. Mas considerad, por otra parte, os ruego, quiénes son estos a quienes se dirigen estos mandatos duros y trabajosos. Gentes cobardes y vulgares, hombres iletrados e ignorantes, totalmente desconocidos, que jamás entendieron de leyes del mundo, que jamás fueron capaces de salir a pública plaza; pescadores, en fin, y publicanos, llenos de defectos infinitos.

91.- Y si tales mandamientos son bastante a turbar aun a las almas grandes y elevadas, ¿cómo no habían de derribar y espantar a quienes no tenían experiencia de ninguna clase y que jamás habían soñado en acción alguna noble? Y, sin embargo, no los derribaron. Y con mucha razón, dirá tal vez alguno, pues les había el Señor dado poder de limpiar a los leprosos y expulsar a los demonios. Mas yo respondería que justamente lo que más podía turbarlos era que quienes tenían poder de resucitar a los muertos hubieran de sufrir tamaños males, como tribunales, cárceles y suplicios, guerras de todas partes, odio de toda la tierra. Todo eso les esperaba a quienes tenían poder de hacer milagros. ¿Cuál era, pues, el verdadero consuelo en medio de todos esos trabajos? El poder de quien les enviaba. De ahí que el Señor mismo, eso puso delante de todo: He aquí que yo os envío. Esto basta para vuestro consuelo, esto basta para que tengáis confianza y no temáis a los que os atacan.

92.- La prudencia de la serpiente.

2. ¡Mirad qué autoridad, mirad qué poder, mirad qué potencia invencible del Señor!. Como si dijera: “No os turbéis de que os envío como ovejas entre lobos y de que os mando que seáis sencillos como palomas. Hubiera podido ciertamente hacer lo contrario y no permitir que sufrierais mal alguno; hubiera podido hacer que no estuvierais bajo los lobos, sino que fuerais más espantables que leones. Sin embargo, os conviene que así sea. Esto os hará a vosotros más gloriosos y pregonará mejor mi poder. Es lo que el Señor le decía a Pablo: Te basta con mi gracia, pues mi poder se muestra en la flaqueza. 2ª Corintios 12, 9. Yo soy, pues, quien he hecho que así seáis”. Eso es lo que quiere dar a entender cuando dice: “Yo os envío como ovejas. No os desalentéis, pues; porque yo sé, yo sé muy bien que de este modo habéis de ser inatacables.

93.- Luego, por que también ellos pusieran algo de su parte y no pareciera que todo había de ser obra de la gracia; por que no pensaran, en fin, que se les iba a coronar sin más ni más, prosigue diciendo: Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas. Mas ¿de qué va a servir, parecen responderle, toda nuestra prudencia en medio de tantos peligros? Y hasta: ¿Cómo podemos en absoluto ser prudentes, agitados que estemos por tamañas oleadas? Por muy prudente que sea la oveja en medio de lobos, y de tantos lobos, ¿qué conseguirá con toda su prudencia? Por muy sencilla que sea la paloma, ¿qué aprovechará su sencillez cuando se le echen encima tantos gavilanes? Tratándose de animales irracionales, ni prudencia ni sencillez sirven para nada; pero en vosotros, de mucho.

94.- Mas veamos qué prudencia es lo que aquí pide el Señor. Prudentes como la serpiente, nos dice. Como la serpiente lo abandona todo, y aun cuando le hagan pedazos el cuerpo, no hace mucho caso de ello, con tal de guardar indemne la cabeza, así vosotros, parece decir el Señor, entregadlo todo antes que la fe, aun cuando fuera menester perder las riquezas, el cuerpo, la vida misma. La fe es la cabeza y la raíz. Si ésa se conserva indemne, aun cuando todo lo pierdas, todo lo recuperarás más espléndidamente. De ahí que no nos mandó el Señor que seamos sólo sencillos e ingenuos, ni sólo prudentes. Para que haya virtud, quiso que una y otra cosa fueran a la par. Para que no recibamos golpe en los puntos mortales tomó de la serpiente la prudencia; la sencillez, de la paloma, para que no nos venguemos de los que nos agravian, ni busquemos daño a quienes nos arman sus asechanzas.

95.- Si esta sencillez no se le añade, ¿para qué sirve la prudencia? ¿Qué puede entonces haber más duro que estos preceptos? ¿No era bastante tener que sufrir? No, responde el Señor. Yo no os permito ni que os irritéis, pues tal es la naturaleza de la paloma. Es como si uno mandara echar una caña seca en el fuego y mandara que no se quemara la caña, sino que apagara ella el fuego. Sin embargo, no nos alborotemos. Lo que el Señor predijo, sucedió; lo que mandó, fue cumplido y se mostró en las obras mismas. Los apóstoles fueron prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas, y ciertamente que no eran de naturaleza diferente, sino de la misma que nosotros.

96.- Nadie tenga, pues, por imposibles estos mandamientos. Mejor que nadie sabe el Señor mismo la naturaleza de las cosas, y Él sabe perfectamente que la insolencia es fuego que no se extingue con otra insolencia, sino con la mansedumbre. Y si queréis ver cómo así se cumple en la práctica, no tenéis cuántas veces el pueblo de los judíos se levantaba contra los apóstoles y afilaban sus dientes contra ellos; y cómo éstos, imitando a la paloma, les respondían con la debida modestia, y así apaciguaban su furor, y calmaban su furia, y deshacían todos sus ataques. Así, cuando les dijeron: ¿No os mandamos por mandato que no hablarais palabra en ese nombre?, aun cuando podían ellos haber hecho entonces mil milagros, no dijeron ni hicieron cosa alguna áspera, sino con toda mansedumbre se defendieron diciendo: Juzgad vosotros mismos si es justo obedeceros a vosotros antes que a Dios. Actos 5,28; 4,19. 97. Ya habéis visto la sencillez de la paloma; mirad ahora la prudencia de la serpiente: Porque nosotros no podemos menos de hablar de lo que hemos visto y oído. ¿Veis cómo por todas partes es menester que seamos perfectos, de suerte que ni los peligros nos abatan ni la ira nos arrebate?

98.- De las pruebas que esperan a los Apóstoles.-

De ahí que prosiga el Señor: Precaveos contra los hombres, porque ellos os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas. Y seréis conducidos ante gobernadores y reyes por causa mía, en testimonio para ellos y para las naciones. Nuevamente les obliga el Señor a estar vigilantes, pues por todas partes les ofrece sufrimientos, y a ellos, en cambio, no les permite hacer mal alguno. Por donde hemos de aprender que en el sufrir está la victoria y de ahí hemos de levantar nuestros trofeos. Porque no dijo: “Luchad también vosotros y resistid a los que os quieren hacer daño”. No. Lo único que dijo fue que los suyos tendrían que sufrir los últimos suplicios.

99.- 3. ¡Oh! ¡Cuán grande es el poder de quien así habla! ¡Cuán grande la filosofía de los que escuchan! A la verdad, muy de admirar es cómo, oyendo tales palabras, no se echaron a correr de allí; ellos, hombres tímidos, que en su vida habían pasado más allá del lago en que pescaban sus peces. Maravilla es también cómo no pensaron y se dijeron a sí mismos: “¿Y adónde vamos a huir ahora? Contra nosotros están los tribunales, contra nosotros los reyes y los gobernadores, las sinagogas de los judíos, los pueblos de los gentiles, los gobernantes y los gobernados”. Porque con aquellas palabras no sólo les señaló el Señor la Palestina y lo que en ella tendrían que sufrir, sino que de antemano les puso delante las luchas que les habrían de venir de la tierra entera. Seréis conducidos, les dice, ante los gobernadores y reyes.

100.- Con lo que les da a entender que más tarde los había de enviar como heraldos suyos a las naciones. La tierra entera, pues, has hecho enemiga nuestra; contra nosotros has armado a todos sus habitantes: pueblos, tiranos y reyes. Porque aún es más espantoso lo que sigue, si es que por causa nuestra han de ser los hombres fratricidas, filicidas y parricidas. Porque entregará, dice, el hermano al hermano a la muerte, y el padre al hijo, y se levantarán los hijos contra los padres y les darán la muerte. ¿Cómo, pues, pudieran haber dicho los apóstoles, cómo van a creer los demás, si ven que por causa nuestra los hijos son asesinados por los padres, y los hermanos por los hermanos, y que está el mundo todo lleno de abominaciones?

101.- ¿No nos arrojarán de todas partes como a genios maléficos, como a malditos y corruptores de la tierra, si ven que está el mundo empapado en sangre de parientes por tales crímenes? ¡Absolutamente!. Porque si las llenamos de muertes tales, ¡bonita la paz que vamos a dar a las casas adonde entremos! Por otra parte, si fuéramos más de doce, si no fuéramos unos pobres, vulgares e ignorantes, sino sabios y oradores elocuentes y, mejor aún, si fuéramos reyes que cuentan con sus grandes ejércitos y sus grandes riquezas... Pero así, ¿cómo persuadir a nadie, si, por añadidura, encendemos guerras intestinas, y peores aún que intestinas? Aun cuando despreciáramos nuestra propia vida, ¿quién de los otros se nos adherirá?

102.- Nada de esto, sin embargo, pensaron ni dijeron los apóstoles, ni pidieron tampoco razón al Señor de lo que les mandaba. A ellos sólo les tocaba obedecer y callar. Lo cual no se debía sólo a su virtud, sino principalmente a la sabiduría de su maestro.

103.- Consuelos en las pruebas.

Porque habéis de mirar cómo a cada uno de sus sufrimientos juntó también el consuelo. Así, contra quienes no los recibieran, decía: Con más blandura será tratada en el día del juicio la tierra de Sodoma y Gomorra que la ciudad aquella. San Mateo 10,15. Y lo mismo aquí, después de decir: Ante gobernadores y reyes seréis llevados, añadió luego: Por causa mía, en testimonio para ellos y para las naciones. Y no es pequeño consuelo padecer todo por amor de Cristo y para confusión de judíos y gentiles. Porque DIOS, aun cuando nadie atienda a ello, cumple siempre sus designios. Ahora que esto consolaba a los apóstoles, no porque desearan el castigo de sus perseguidores. No. El motivo de su confianza era porque tenían siempre consigo al que todo eso les había predicho y de antemano lo sabía, y porque no sufren como malvados y malhechores.

104.- Juntamente con eso, no es pequeño el consuelo que añade cuando les dice: Y cuando os entregaren, no os preocupéis sobre cómo y qué hablaréis, porque en aquel momento se os dará lo que habréis de hablar. Porque no seréis vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros. No quería el Señor que le dijeran: ¿Cómo podremos convencer a nadie, si tales cosas nos suceden? De ahí mandarles que tuvieran confianza en su defensa. En otra parte les dice: Yo os daré palabra y sabiduría. San Lucas 21,15. Y aquí: El Espíritu de vuestro Padre es el que habla en vosotros. Con lo que el Señor eleva a sus apóstoles a dignidad de profetas.

105.- Por eso, una vez que les hubo dicho la fuerza que les daba, habló también de los males que habían de venir, de las muertes y sangre derramada. Porque el hermano, dice, entregará al hermano a la muerte, y el padre al hijo, y los hijos se levantarán contra sus padres y los entregarán a la muerte. Y ni aun aquí se detuvo el Señor, sino que añadió algo más horrible todavía, capaz de conmover a una roca: Y seréis aborrecidos por todos. Pero también aquí está el consuelo a la puerta. Todo eso, les dice, lo sufriréis por causa de mi nombre. Y otro motivo seguidamente: Más el que resistiera hasta el fin, ése se salvará.

106.- Otro motivo para levantar el ánimo de los apóstoles encerraban todas estas palabras del Señor, a saber, que había de ser tan alta la fuerza de la predicación, que despreciaría la naturaleza, rechazaría el parentesco y pondrían por encima de todo aquella palabra divina que todo lo arrastraba con su poder. Porque si la tiranía de la naturaleza no es capaz de resistir a vuestra palabra, sino que queda vencida y pisoteada, ¿qué otra cosa podrá ya venceros? Sin embargo, no porque así haya de ser ha de deslizarse vuestra vida en suave tranquilidad, sino que tendréis por enemigos a todos los habitantes de la tierra.

107.- Contraste entre los filósofos antiguos y los Apóstoles.

4. ¿Dónde está ahora Platón? ¿Dónde Pitágoras? ¿Dónde la turbamulta de los estoicos? Platón, después de gozar tan alto honor, hasta punto tal fue despreciado que vino a ser vendido por esclavo y no fue capaz de realizar una sola de sus teorías ni en la corte de un solo tirano; y Pitágoras, después de traicionar a sus discípulos, terminó miserablemente su vida. Y todas las basuras de los cínicos pasaron como un sueño y una sombra. Y, sin embargo, nada tuvieron que sufrir los filósofos que pueda compararse a los sufrimientos de los apóstoles, sino que su filosofía profana los hacía aparecer como hombres ilustres, y los atenienses mostraban públicamente las cartas que Dión había escrito a Platón.

108.- Los filósofos pasaban cómodamente toda su vida y amontonaban no pequeñas riquezas. Así, por ejemplo, Aristipo se compraba las más caras heteras; otro dejaba por testamento una pingüe herencia; otro andaba por encima de sus discípulos, que formaban un puente con sus dorsos. De Diógenes cuentan que en pública plaza hacía sus indecencias. Tales son las glorias de los filósofos. Aquí, empero, nada semejante puede verse; todo es aquí la más pura templanza y la más perfecta modestia; guerra, si, contra todo el mundo por la verdad y la piedad, un morir o dejarse matar día a día; pero después de esto, levantar los más gloriosos trofeos de victoria.

109.- Los Apóstoles, superiores a los grandes hombres paganos.

Pero tienen, me dirás, los gentiles algunos grandes generales, como Pericles y Temístocles. Mas también las hazañas de éstos son puro juego comparadas con las de los pescadores. ¿Qué puedes, en efecto, contar con Temístocles? qué aconsejó a los atenienses embarcarse en las naves cuando Jerjes atacó. El diablo, es, quien invade, y con él, la tierra entera, y con la tierra, otras incontables legiones de demonios, y atacan a estos doce pescadores, y, sin embargo, fueron vencidos y dominados, no en una ocasión solamente, sino cuanto a los apóstoles duró la vida. Y lo más admirable es que no vencían matando a sus adversarios, sino convirtiéndolos y transformándolos. Porque hay que tener siempre muy presente esta observación: que los apóstoles no mataban ni aniquilaban a quienes les hacían la guerra, sino que, tomándolos semejantes a demonios, les hacían luego competir con los ángeles.

110.- Su hazaña consistía en librar a la naturaleza humana de la perversa tiranía de los demonios, expulsando a estos maléficos y perturbadores espíritus de en medio de las plazas y casas y hasta del desierto mismo. Testigos son los coros de los monjes que los apóstoles esparcieron por dondequiera, purificando así no sólo la tierra habitada, sino también la inhabitable. Y lo de verdad admirable es que su victoria no venía de luchar con fuerzas iguales; toda su fuerza venía del sufrimiento. Allí los tenía, en efecto, a su disposición a aquellos doce hombres ignorantes y vulgares, a quienes encarcelaban, y azotaban, y traían y llevaban, pero no podían jamás cerrarles la boca.

111.- Como es imposible atar un rayo de sol, tan imposible fue atar la lengua de los apóstoles. La causa de ello estaba en que no eran ellos, sino la fuerza del Espíritu Santo la que hablaba. De este modo, por ejemplo, Pablo venció al rey Agripa y hasta al mismo Nerón, el que por su maldad venció a todos los hombres: Porque el Señor, dice, me asistió y me fortaleció, y me arrancó de la boca del león. 2ª Timoteo 4,17. Pero lo que vosotros habéis de admirar es cómo oyendo los apóstoles decir al Señor: No os preocupéis, ellos le creyeron y aceptaron su palabra y no hubo mal que los amedrentara.

112.- Y si me respondierais que bastante consuelo les dio el Señor con decirles: El Espíritu de vuestro Padre es el que habla en vosotros; yo los admiro más que nada porque no duraron de ello ni pidieron se los librara de tantos males; males que no habían de sufrir durante uno o dos años, sino durante su vida entera. Eso, efectivamente, les da a entender el Señor cuando les dice: El que resistiere hasta el fin, ése se salvará. Y es que no quiere el Señor que todo dependa de Él solo, sino que tengan también ellos su merecimiento. Mirad, si no, volviendo atrás, cómo parte viene del Señor, parte les toca a los discípulos. El hacer milagros viene del Señor; el no poseer nada toca a los apóstoles. Igualmente, tener abiertas todas las casas es obra de la gracia celeste; pero el no exigir nada más que lo necesario toca a la sabiduría de los apóstoles: Porque digno es el trabajador de que se le pague su salario.

113.- Dar la paz es dádiva de Dios; mas el buscar a los dignos y no entrar en todas las casas indiferentemente, toca a la continencia de los apóstoles. Castigar a los que no los reciban, pertenece a DIOS; pero apartarse de ellos con modestia, sin insultarlos ni maldecirlos, toca a la mansedumbre de los apóstoles. Dar al Espíritu Santo y librarlos de toda solicitud, es gracia de quien los envía; pero convertirse en ovejas y palomas y sufrirlo todo generosamente, es obra de la firmeza y prudencia de los apóstoles. Ser odiados y no desfallecer y resistir, les pertenece a ellos; pero el salvar a los que resisten es obra de quien los envía. De ahí que les dijera: El que resistiere hasta el fin, ése se salvará.

114.- Constancia y sobrehumano valor de los apóstoles.

5. Como haya muchos que son muy fervorosos en sus comienzos y luego desfallecen, de ahí que diga aquí el Señor que lo que Él busca es el fin. ¿Para qué valen, en efecto, unas plantas que a los comienzos florecen y poco después se marchitan? No; el Señor exige de los suyos una resistencia constante. No quería se pudiera decir que todo lo había hecho Él y que no era maravilla ninguna de los apóstoles fueran lo que fueron, cuando nada duro tuvieron que sufrir. De ahí que les diga que la perseverancia les era necesaria. Porque si es cierto, parece decirles, que os libro de los primeros peligros, es porque os reservo para otros más graves, y a éstos sucederán otros, y, mientras alentareis, jamás cesaréis de ser perseguidos. Eso fue, en efecto, lo que quiso darles a entender al decirles: El que resistiere hasta el fin, ése se salvará.

115.- Y justamente por eso, habiendo aquí dicho: No os preocupéis de lo que habéis de hablar, en otra parte dice: Estad preparados para la defensa ante todo el que os pida razón de vuestra esperanza. 1ª Pedro 3,15. Cuando la lucha es entre amigos, nos manda que nosotros también estemos preocupados; mas cuando se trata de un tribunal espantoso, de turbas enfurecidas y de terror por todas partes, entonces nos ofrece su propio apoyo para que tengamos buen ánimo y hablemos sin acobardarnos ni traicionar jamás la justicia. Realmente, grande espectáculo hubo de ser ver a unos hombres que habían pasado su vida junto a un lago, entre pieles o en un mostrador de alcabalero, entrar solos, encadenados y con los ojos bajos, ante los tiranos sentados en su trono, rodeados de sátrapas y guardia armada, desnudas las espadas y con todo el pueblo en pie, y que aun tuvieran aquellos hombres valor para abrir la boca.

116.- Porque no les daban lugar a hablar ni a defender sus doctrinas, sino que intentaban hacerlos morir a palos como a comunes corruptores de toda la tierra. Éstos son, se decía, y aquí están los que trastornan toda la tierra. Y otra vez: Estos predican contra los decretos del César y dicen que Cristo es Rey. Actos 17, 6-7. Los tribunales estaban en todas partes prevenidos con tales sospechas, y mucha ayuda de lo alto era menester para poner en claro estas dos cosas: primero, que las doctrinas que ellos predicaban eran verdaderas; y segundo, que no se oponían a las leyes comunes. Ni su fervor en predicar su doctrina tenía que hacer sospechosos a los apóstoles en intentar una subversión de las leyes estatuidas, ni su empeño por no mostrarse contrarios a éstas corromper la pureza de la doctrina misma. Todo lo cual es de ver en Pablo y en Pedro, y en los demás apóstoles, que a uno y a otro punto atendieron con la conveniente prudencia.

117.- La verdad es que por todo lo descubierto de la tierra se los acusaba de sediciosos, revolucionarios e innovadores. Sin embargo, ellos lograron no sólo rechazar tales sospechas, sino que se los proclamara luego por todo lo contrario; por salvadores, por protectores y bienhechores del mundo entero. Y todo esto lo lograron a fuerza de paciencia. De ahí que Pablo decía: Cada día me estoy muriendo. 1ª Corintios 15,31. Y de hecho, toda su vida la pasó entre peligros de muerte.

118.- Invectiva contra la actual tibieza.

¿Qué mereceremos, pues, nosotros cuando, teniendo tan altos ejemplos, aun en la paz somos muelles y caemos? Sin que nadie nos haga la guerra, somos pasados a cuchillo; sin que nadie nos persiga, vivimos abatidos; en la paz se nos manda salvarnos, y ni aun eso conseguimos. Los apóstoles, cuando la tierra ardía y la hoguera se propagaba por el mundo entero, se arrojaban a las llamas mismas y de allí arrebataban a los que se estaban abrasando, nosotros, empero, no somos capaces ni de preservarnos a nosotros mismos. ¿Qué confianza, pues, qué perdón podemos tener? No nos amenazan ahora azotes ni cárceles, ni gobernadores, ni sinagogas, ni peligro alguno semejante; todo lo contrario: somos nosotros los que mandamos y dominamos.

119.- Y, en efecto, los emperadores son cristianos; tenemos preeminencias, gloria, descanso, y ni aun así vencemos. Aquéllos, conducidos diariamente al suplicio, marcados sus cuerpos de cardenales y con llagas por todas partes, sentían placer semejante o mayor que los moradores mismos del paraíso; nosotros, empero, que ni por sueños hemos soportado nada semejante, somos más blandos que la cera. Más aquéllos, me dirás, hacían milagros. ¿Acaso por eso no los azotaban? ¿Acaso porque hacían milagros no se los perseguía? Y lo admirable es que muchas veces tenían que sufrir todo eso de parte de los mismos a quienes habían hecho sus beneficios, sin turbarse de que se les devolviera mal por bien; tú, empero, por el más pequeño favor que hagas, si luego tienes que sufrir una molestia de parte de tu favorecido, te alborotas y te turbas y te arrepientes del bien que hiciste.

120.- Hay que adiestrarse antes de la lucha: ejemplo de Job.

6. Ahora bien, si otra vez, lo que Dios no permita que jamás suceda, se declarara la guerra a la Iglesia y estallará la persecución, considerad cómo haríamos el ridículo y cuán grande seria nuestra ignominia. Y con mucha razón. Porque si un atleta no se adiestra en la palestra, ¿cómo puede brillar en los combates? ¿Qué atleta que no haya conocido entrenador alguno podrá hacer nada grande y noble contra su adversario llegado el momento de los juegos olímpicos? ¿Es qué nosotros no debiéramos cada día ejercitarnos en la lucha, en el pugilato y en la carrera? ¿No habéis visto cómo los atletas, cuando no tienen a mano un adversario, cuelgan un saco lleno de arena y contra él ejercitan toda su fuerza? Los que son algo más jóvenes, en los cuerpos de sus compañeros se entrenan contra los que serán luego sus enemigos.

121.- Imitad vosotros a todos éstos y ejercitaos en las luchas de la filosofía. Realmente muchos hay que tratan de provocaros a ira o de incitar vuestra concupiscencia y encender en vuestra alma toda una hoguera de deseos. Resistid, pues, firmemente contra las pasiones, sufrid generosamente los dolores del espíritu por que podáis soportar también los del cuerpo. Ahí tenéis al santo Job; si no se hubiera ejercitado muy bien antes del combate, no hubiera brillado tan gloriosamente en el combate mismo. Si no hubiera trabajado por sentirse ajeno a todo dolor, seguramente hubiera pronunciado alguna palabra atrevida al saber la muerte de sus hijos.

122.- Pero la verdad es que se mantuvo firme en todas las arremetidas del enemigo: la pérdida de su riqueza y desaparición de toda aquella opulencia, la muerte de sus hijos, la compasión de su mujer, las llagas de su cuerpo, los insultos de sus amigos, las injurias de sus mismos esclavos. ¿Queréis saber cómo se ejercitaba? Oíd lo que nos dice sobre su desprecio de la riqueza: Si me alegré, dice, cuando me venía abundancia de riqueza, si no puse el oro en el mismo orden que el polvo, si puse mi confianza en la piedra preciosa. Job 31, 24-25. Por eso, como no puso en la riqueza su codicia cuando la tenía, tampoco se turbó cuando le fue arrebatada. Oíd cómo gobernaba a sus hijos, no con excesiva blandura, como nosotros, sino exigiéndoles la más rigurosa perfección. Porque quien por los ocultos pecados de ellos ofrecía sacrificios, considerad cuán riguroso juez sería de los manifiestos.

123.- Y si quieres oír sus combates sobre la castidad, escucha lo que dice: Concerté convenio con mis ojos de no mirar jamás a doncella. Job 31,1. Por eso tampoco su mujer pudo derribarle; la amaba antes ciertamente, pero no más allá de la medida, sino como es razonable se ame a la propia mujer. De ahí que yo me maraville que, sabiendo el diablo cómo se había Job ejercitado, se le ocurriera la idea de que podía vencerle en el combate. ¿Cómo pudo, pues, ocurrírsele la idea? Porque es una fiera perversa y no desespera jamás, lo cual es justamente grave acusación contra nosotros que el diablo jamás desespere de nuestra perdición y nosotros desconfiemos de nuestra salvación. Pero mirad también cómo meditó Job en la mutilación y penas del cuerpo.

124.- Personalmente nada tuvo que sufrir él de tales penalidades, pues vivió siempre en riqueza, bienestar y opulencia; pero sí que diariamente consideraba las ajenas desgracias. Así lo pone de manifiesto cuando dice: El miedo que yo temía me ha venido; y lo que yo barruntaba, me ha acontecido. Job 3,25. Y otra vez: Yo he llorado sobre todo impotente y he gemido sobre todo el que he visto necesitado. Job 30, 25. De ahí que, cuando sobre él cayeron todos aquellos grandes incomportables males que sabemos, nada fue parte para turbarle. Porque no habéis de mirar solamente la pérdida de sus riquezas, la muerte de sus hijos, aquella úlcera incurable de su carne, las insidias de su mujer. Hay cosas más duras aún que todo eso. ¿Y qué cosa más dura, me dirás, pudo sufrir el santo Job? Por su historia nada más sabemos.

125.- No sabemos nada más porque estamos dormidos, pues el que lo mira con cuidado, el que busca y rebusca bien la piedra preciosa, halla mucho más que todo eso. Lo más grave, en efecto, lo que era bastante a causarle la más profunda turbación, eran otras cosas. En primer lugar, no saber nada con claridad acerca del reino de los cielos y de la resurrección de los muertos. Que es lo que él mismo llorando, decía: Porque no viviré eternamente para que pueda tener paciencia. Job 7,16.

126.- Segundo, la conciencia que tenía de sus muchas buenas obras. Tercero, no tener conciencia de mal alguno. Cuarto, pensar que todos aquellos sufrimientos le venían de DIOS; y si le venían del diablo, también esto era parte para escandalizarle. Quinto, oír a sus amigos, que falsamente le acusaban de maldad: No es aún tan grande tu azote, le decían, como tus pecados lo merecen. Job 11,6. Sexto, ver la prosperidad en que vivían los malvados y cómo le insultaban a él. Séptimo, no poder mirar a otro que hubiera jamás sufrido como él.

127.- Se prosigue el elogio de Job.

7. Más si queréis daros cuenta de cuán grande sea el mérito de Job, considerad lo que ahora sucede. Ahora, cuando esperamos el reino de los cielos y la resurrección de los muertos y bienes inefables, no obstante nuestra conciencia de males infinitos, no obstante los ejemplos que se nos proponen y la filosofía que se nos enseña, cuando perdemos un puñado de oro, fruto muchas veces de nuestra rapiña, la vida nos parece insoportable. Y, sin embargo, ni la mujer nos ataca, ni se nos quita a los hijos, ni nos reprochan los amigos, ni nos insultan los esclavos, antes bien, muchos hay que nos consuelan, unos de palabra y otros de obra. ¿Qué coronas, pues, no merecerá Job, que vio dispersos en un momento, y sin más ni más, bienes que eran fruto de su justo trabajo, que sufrió luego toda aquella tormenta de calamidades, sobre él caídas como una granizada?

128.- Y, sin embargo, permaneció en todas inmóvil y en todas le rindió al Dueño soberano el conveniente tributo del hacimiento de gracias. Porque, aun cuando todo lo demás lo pasáramos en silencio, las palabras solas de su mujer bastaban para conmover a las peñas. Mirad, si no, la astucia con que procede. No le recuerda las riquezas, no le recuerda los camellos, ni los rebaños de ovejas y de bueyes, pues sabía ella muy bien la filosofía de su marido sobre todo aquello; sólo le recuerda lo que había de ser mucho más doloroso, es decir, la pérdida de los hijos, y aquí se extiende ella con trágico acento y añade luego lo que quiere por su cuenta. Ahora bien, muchos en plena prosperidad, sin tener que sufrir molestia alguna, se dejaron muchas veces persuadir de sus mujeres.

129.- Pues considerad cuán brava hubo de ser aquella alma que rechazó a la mujer que le acometía con tales armas y logró pasar por encima de las más avasalladoras pasiones, como son el amor y la compasión. A la verdad, muchos que fueron capaces de dominar el amor fueron rendidos por la compasión. Así, aquel valeroso José, que dominó el más tiránico de los placeres y rechazó a la mujer bárbara, no obstante todas sus maquinaciones para derribarle, no fue luego capaz de contener las lágrimas, y al ver a sus hermanos, los mismos que le habían ofendido, se conmovió profundamente, y arrojando la máscara reveló todo el drama por él mismo preparado.

130.- Pues suponed ahora que sea la propia mujer la que venga a decir cosas lastimeras, que tenga por añadidura la ocasión por aliada, las heridas, los golpes y todo el oleaje de calamidades, ¿Cómo no tener por más dura que el diamante al alma que no se deja impresionar poco ni mucho por esa tormenta? Dejadme hablar con libertad: si el santo Job no fue superior, por lo menos no fue inferior a los apóstoles.

131.- Job, gran figura en su época.

A los apóstoles los consolaba ciertamente el sufrir por Cristo, y este solo pensamiento era parte para levantarlos diariamente; y bien se ve cómo el Señor lo pone en todas partes al decir: por causa mía, por mí; o: si a mí, que soy el dueño de la casa, me han llamado Belcebú. San Mateo 10,25; Job, empero, nada supo de este consuelo, nada del de los milagros, nada del de la gracia, que no tuvo, efectivamente, tanta fuerza del Espíritu Santo. Y lo más importante de todo es ciertamente la circunstancia de haber sufrido lo que sufrió después de una vida de prosperidad, después de gozar tan alto honor, y no, como los apóstoles, salidos de su oficio de pescador o alcabalero y de una vida miserable. Y lo que nos parece más duro de sufrir en los apóstoles, eso mismo lo sufrió Job, a saber: ser odiado por sus amigos, por sus familiares, por sus enemigos, lo mismo que por quienes habían sido por él favorecidos, sin que le fuera dado ver aquella áncora y aquel puerto sin tormentas que es la palabra dicha a los apóstoles: Por causa mía.

132.- Comparación con los jóvenes de Babilonia.

Yo admiro también a los tres jóvenes del horno de Babilonia porque desafiaron al horno y se rebelaron contra el tirano. Mas oíd como hablan: A tus dioses no les servimos, y la estatua que has levantado no la adoramos. Daniel 3,18. Ese fue su mayor consuelo: saber que cuanto sufrían, por DIOS lo sufrían. Mas Job no sabía que sus sufrimientos eran pruebas y lucha, pues de haberlo sabido, no los hubiera sentido. Por lo menos cuando oyó que DIOS le decía: ¿Acaso crees que te he hablado por otro motivo que por que aparecieras justo? Job 40,3, hay que ver cómo respiró por esa simple palabra, cómo se humilló a sí mismo, cómo pensó no haber sufrido nada de lo que había sufrido. Y así dice: ¿Por qué soy todavía juzgado, cuando es el Señor mismo el que me corrige y arguye, aun cuando yo no soy nada? Y otra vez: Antes te había oído con oído de mi oreja; pero ahora mi ojo te ha visto. Por eso me he despreciado a mí mismo, y me he derretido, y me tengo a mí mismo por polvo y ceniza. Job 42,5-6.

133.- Exhortación final: Imitemos el valor del santo Job.

Imitemos también nosotros este valor y esta modestia; nosotros, los que hemos venido después de la ley y de la gracia, al que vivió antes de la ley y de la gracia, a fin de que podamos tener parte en los tabernáculos eternos, a los que ojalá lleguemos todos por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amen.

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soy diseñadora gráfica y profesora de religión y de lengua y literatura
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