Homilías San Juan Crisostomo
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HOMILIA 38 - SAn Juan Crisostomo
290.- Por cuantos medios nos atrae el Señor a su fe.-
1. Mirad por cuántos medios trata el Señor de atraer a sus oyentes a la fe en Él. En primer lugar, por las alabanzas tributadas a Juan Bautista, pues por el hecho de demostrarles que había sido varón grande y maravilloso afirmaba que eran dignas de crédito las cosas por aquél dichas, por las que justamente el Precursor había tratado de llevarlos a su conocimiento. Segundo, por su propia sentencia de que el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos son los que arrebatan. San Mateo 11,12. Palabras con que el Señor quería incitarlos y aun empujarlos. Tercero, por el hecho de mostrarles que todos los profetas habían ya terminado, puesto que ello ponía bien de manifiesto que Él era el que aquéllos habían de antemano anunciado.
291.- Cuarto, haciéndoles ver que cuanto Él tenía que hacer, todo lo había hecho; que es lo que quiso significar por la comparación de los chiquillos que juegan en la plaza. Quinto, por medio de las maldiciones contra los que no creían, contra los que había dirigido tan terribles amenazas. Sexto, dando gracias, ahora, a su Padre, por los que creen. Porque aquí: Te confieso, Padre, tanto vale como: Te doy gracias, Padre: Te doy gracias, Padre diceporque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes.
292.- El Señor no se alegra de la ceguera de los sabios.-
¿Cómo? ¿Es que el Señor se alegra de que se pierdan los sabios y prudentes y de que no conozcan estas cosas? ¡De ninguna manera! No. Es que el mejor camino de salvación era no forzar los que le rechazaban y no querían aceptar su enseñanza. De este modo, ya que por el llamamiento no habían querido convertirse, sino que lo rechazaron y menospreciaron, por el hecho de sentirse reprobados vinieran a desear su salvación. De este modo también, los que les habían atendido vendrían a ser más fervorosos. Porque el habérseles a éstos revelado estas cosas era motivo de alegría; mas el habérseles ocultado a los otros, no ya de alegría, sino de lágrimas. Y también éstas derramó el Señor cuando lloró sobre Jerusalén. No se alegra, pues, por eso, sino porque lo que no conocieron los sabios, lo conocieron los pequeñuelos. Como cuando dice Pablo: Doy gracias a DIOS porque erais esclavos del pecado, pero obedecisteis de corazón a la forma de doctrina a que fuisteis entregados. Romanos 6,17. No se alegra, pues, Pablo de lo que hubieran sido, sino que gozaron luego de tan altos dones de DIOS.
293.- Quienes son los sabios que rechaza el Señor.-
Llama aquí el Señor sabios a los escribas y fariseos, y habla así para incitar el fervor de sus discípulos, al ponerles delante qué bienes se concedieron a los pescadores y perdieron todos aquellos sabios. Mas, al llamarlos sabios, no habla el Señor de la verdadera sabiduría, que merece toda alabanza, sino de la que aquéllos se imaginaban poseer por su propia habilidad. De ahí que tampoco dijo: “Se les ha revelado a los necios”, sino: A los pequeños, es decir, a los no fingidos, a los sencillos. Y hace ver el Señor que no inmerecidamente, sino con toda razón, fueron privados aquellos presuntos sabios de gozar de estos bienes. Es una nueva lección que nos da de que nos apartemos de toda soberbia y sigamos la sencillez. La misma que Pablo nos reitera, con más energía, cuando escribe: Si alguno entre vosotros cree ser sabio en este siglo, hágase necio para llegar a ser sabio. 1ª Corintios 3,18. Porque así se muestra la gracia de DIOS.
294.- Por qué dirige Jesús su acción de gracias al Padre.-
Mas ¿por qué dirige el Señor su acción de gracias al Padre, cuando fue Él mismo quien hizo eso? Por la misma razón porque en otras ocasiones ruega y suplica a su Padre. Es una manera de mostrarnos el infinito amor que nos tiene, y lo mismo hace aquí. Porque también aquí nos da pruebas de su infinito amor. Por otra parte, les da a entender a aquellos sabios y prudentes que no sólo le habían perdido a Él, sino también a su Padre. Porque lo mismo que Él había mandado a sus discípulos: No arrojéis lo santo a los perros. San Mateo 7,6, cumplíalo Él anticipadamente. Además, de ahí demuestra el Señor que ello era obra principalmente de su propia voluntad y de la del Padre. De la suya propia, porque se alegra y da gracias por el hecho; de la de su Padre, pues tampoco éste lo hizo porque se le hubiera suplicado, sino porque de suyo se movió a ello.
295.- Porque así, dice, fue tu beneplácito. Es decir, porque a ti te plugo. Ahora, por qué les fue esto oculto a escribas y fariseos, oye cómo lo dice Pablo: Porque, buscando establecer su propia justicia, no se sometieron a la justicia de DIOS. Romanos 10,3. Considerad, pues, qué sentirían naturalmente los discípulos al oír al Señor hablar así. Lo que los sabios no habían conocido, lo habían conocido ellos, y lo habían conocido por permanecer pequeñuelos, y lo habían conocido por revelación de DIOS. Lucas, por su parte, cuenta que en el mismo momento en que llegaron los setenta y dos discípulos y le refirieron al Señor lo que les había pasado con los demonios, entonces fue cuando Él se regocijó y dijo estas palabras, que, a par que habían de incitar más su fervor, eran también un aviso a la humildad. San Lucas 10,17-21. Y es que, como naturalmente habían de sentir algún orgullo de haber expulsado a los demonios, también por ahí trata el Señor de reprimirlos. Lo que había sucedido, obra era de revelación divina, no fruto de su propio esfuerzo.
296.- Admonición contra el orgullo.-
2. Justamente, si escribas y fariseos, que se tenían por sabios, habían perdido aquella gracia, a su propio orgullo se lo debían. Luego, si por su orgullo les fue ocultado este conocimiento, temed también vosotros, les dice, y manteneos pequeñuelos. Vuestra pequeñez fue causa de que vosotros gozarais de la revelación, como su orgullo los privó a ellos de ese conocimiento. Porque es de notar que cuando el Señor dice: Se lo escondiste, no por ello afirma que DIOS lo hiciera todo; al modo que cuando dice Pablo: DIOS los entregó a su sentido reprobado y cegó sus pensamientos. Romanos 1,28, no habla ahí de DIOS como quién obró todo eso. No, fueron ellos los que tuvieron la culpa. Así hay que entender aquí lo de ocultar y revelar.
297.- La dignidad única del Hijo.-
Ya que el Señor había dicho: Te confieso, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeñuelos; por que nadie pensara que hablaba así por no tener Él mismo aquel poder y no ser capaz de hacer lo mismo que el Padre, prosigue diciendo: Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre. Era como decirles a los discípulos, que se alegraban de haber expulsado a los demonios: ¿Por qué os maravilláis de que os obedezcan los demonios? Todo es mío, todo me ha sido entregado. Mas, ya que oyes la palabra entregado, no por ello te imagines una entrega a la manera humana. Si el Señor la emplea aquí es porque quiere que no nos imaginemos a dos dioses ingénitos. Porque, que Él es engendrado y a par dueño soberano de todas las cosas, por otros muchos testimonios nos lo pone Él de manifiesto. Seguidamente, y para esclarecer aún más tu inteligencia, aún dice el Señor algo más grande: Y nadie conoce al Hijo sino el Padre; ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo.
298.- Los ignorantes pudieran pensar que no hay enlace entre esta sentencia del Señor y lo anteriormente dicho; sin embargo, lo hay y muy estrecho. Y, en efecto, como Él había dicho: Todo me ha sido entregado por mi Padre, prosigue: “¿Y qué maravilla es que sea dueño soberano de todas las cosas, cuando tengo algo más grande que esa soberanía, pues conozco al Padre y soy de su misma sustancia? Porque, veladamente, también esto lo da a entender el Señor por el hecho de ser Él solo quien de este modo conoce al Padre. Decir en efecto: Nadie conoce al Padre sino el Hijo, eso es lo que quiere decir. Y notad el momento en que el Señor dice esto: cuando ya sus discípulos habían recibido en las obras una prueba de su poder, no sólo de haberle visto a Él hacer milagros, sino porque ellos mismos los habían hecho tan grandes en nombre suyo.
299.- Además, como había dicho: Lo has revelado a los pequeñuelos, ahora hace ver que también esta revelación es obra suya: Porque nadie, dice, conoce perfectamente al Padre sino el Hijo y a quien el Hijo se lo quiere revelar. A quién Él quisiere, no a quien se le ordene o se le mande. Ahora bien, si revela al Padre, también se revela a si mismo. Esto, sin embargo, por evidente, lo pasó por alto, y sólo habló de la revelación del Padre, que es lo que hace en todas partes, como cuando dice: Nadie puede venir al Padre sino por mí. San Juan 14, 6. Mas, con esto, otra cosa pretendía también demostrar el Señor, a saber, su perfecta armonía y acuerdo de sentir con el Padre. Tan lejos estoy, parece decir a sus enemigos, de estar en pugna con el Padre, ni de hacerle la guerra, que ni posible es que nadie vaya a Él sino es por mí. Como quiera que lo que señaladamente escandalizaba a los judíos era que, a su parecer, se mostraba contrario a DIOS, esa imaginación trata el Señor de quitarles por todos los medios, y no se preocupa de ello menos, sino más, que de los mismos milagros.
300.- Notemos, sin embargo, que al decir: Nadie conoce al Padre sino el Hijo, no quiere decir que todos en absoluto le desconocieran, sino que el conocimiento que Él tenía del Padre no lo había alcanzado nadie. Lo cual puede igualmente decirse del Hijo. No hablaba aquí el Señor de un DIOS desconocido, del que nadie hubiera tenido noticia, como opinara Marción, sino que aludía al cabal conocimiento que solo Él poseía. Y en este sentido, tampoco al Hijo lo conocemos como se le debe conocer. Es lo mismo que declara Pablo, cuando dice: En parte conocemos y en parte profetizamos.1ª Corintios 13, 9.
301.- “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”.-
Ahora, cuando con estas palabras ha excitado su deseo y les ha demostrado su inefable poder, convídalos a Sí, diciendo: Venid a mí todos los que estáis cansados y vais cargados, y yo os aliviaré. No éste o aquél, sino todos los que tenéis preocupaciones, sentís tristeza o estáis en pecado. Venid, no porque yo os quiera pedir cuentas, sino para perdonaros vuestros pecados. Venid, no porque yo necesite de vuestra gloria, sino porque anhelo vuestra salvación. Porque yo, dice, os aliviaré. No dijo solamente: os salvaré, sino lo que es mucho más: os pondré en seguridad absoluta.
302.- El yugo suave y la carga ligera.-
Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. No os espantéis, parece decirnos el Señor, al oír hablar de yugo, pues es suave; no tengáis miedo de que os hable de carga, pues es ligera. Pues, ¿cómo nos habló anteriormente de la puerta estrecha y del camino angosto? San Mateo 7,14. Eso es cuando somos tibios, cuando andamos espiritualmente decaídos; porque si cumplimos sus palabras, su carga es realmente ligera. ¿Y cómo se cumplen sus palabras? Siendo humildes, mansos y modestos. Esta virtud de la humildad es, en efecto, madre de toda filosofía. Por eso, cuando el Señor promulgó aquellas sus divinas leyes al comienzo de su misión, por la humildad empezó.
303.- Y lo mismo hace aquí ahora, a par que señala para ella el más alto premio. Porque no sólo, dice, serás útil a los otros, sino que tú mismo, antes que nadie, encontrarás descanso para tu alma. Encontraréis, dice el Señor, descanso para vuestras almas. Ya antes de la vida venidera te da el Señor el galardón, ya aquí te ofrece la corona del combate, y de este modo, a par que poniéndosete Él mismo por dechado, te hace más fácil de aceptar su doctrina.
304.- Exhortación a la humildad.-
3. Porque ¿qué es lo que tú temes, parece decirte el Señor? ¿Quedar rebajado por la humildad? Mírame a mi, considera los ejemplos que yo os he dado y entonces verás con evidencia la grandeza de esta virtud. ¿Veis cómo por todos los medios los conduce a la humildad? Por lo mismo que Él hizo: Aprended de mí, porque yo soy manso y humilde de corazón. Por el provecho que de ello habían ellos mismos de sacar: Porque encontraréis, les dice, el descanso para vuestras almas. Por las gracias que Él mismo les concede: Porque también yo os aliviaré. Porque nos la hace fácil: Mi yugo es suave y mi carga ligera. Por modo semejante trata Pablo de persuadirnos diciendo: La presente momentánea tribulación nos produce, sobre toda ponderación, un eterno peso de gloria. 2ª Corintios 4,17.
305.- Pero ¿cómo puede llamar el Señor ligera su carga, cuando nos dice: El que no aborrece a su padre y a su madre; y: El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí; y: El que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. San Lucas 14,26-27, 33; cuando nos manda desprendernos hasta de la propia vida? Que te responda Pablo, cuando dice: ¿Quién nos separará de la caridad de Cristo? ¿Acaso la tribulación, o la estrechez, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espalda? Y aquello otro: No merecen los sufrimientos de este siglo entrar en parangón con la gloria venidera que ha de revelarse en nosotros. Romanos 8,35.18. Te respondan los apóstoles, que salen del sanedrín de ser azotados, e iban alegres, porque habían merecido ser deshonrados por el nombre de Jesús. Actos 5,41.
306.- Y si tú tiemblas y te estremeces de sólo oír “yugo” y “carga”, tu miedo no viene de la naturaleza misma de la cosa, sino de tu tibieza. Porque, si fueras decidido y fervoroso, todo se te haría fácil y ligero. De ahí que Cristo, para darnos a entender que también de nuestra parte hemos de trabajar algo, no habló sólo de lo fácil y se calló, ni tampoco sólo de lo pesado, sino que juntó lo uno y lo otro. Nos habló de yugo, pero lo llamó suave; nos habló de la carga, pero la calificó de ligera. Así, ni por excesivamente trabajoso, lo huyeras; ni por excesivamente ligero, lo desdeñaras.
307.- La virtud es menos pesada que el vicio.-
Mas en fin, si, aun con todo eso, todavía te parece la virtud cosa difícil, considera que aún es más difícil el vicio. Y eso justamente da a entender el Señor por el hecho de que no dijo primero: “Tomad mi yugo”, sino ante todo: Venid a mí los que estáis cansados y vais cargados; lo que valía tanto como decir que el pecado produce fatiga y es carga pesada e incomportable. Porque no habló el Señor sólo de “cansados”, sino también de “cargados”. Lo mismo decía también el profeta al describir la naturaleza del mismo pecado: Como carga pesada se aposentaron sobre mí. Salmo 37,5. Y así lo demuestra la experiencia misma. Nada, en efecto, agobia tanto el alma, nada ciega tanto la inteligencia y la abate hasta el suelo, como la conciencia del pecado. Nada, en cambio, presta tan ligeras alas al alma, nada la levanta tanto al cielo, como la posesión de la justicia y virtud.
308.- Si no, mira, ¿Qué más pesado, dime, que no poseer nada, volver la otra mejilla, no poder volver golpe por golpe, morir de muerte violenta? Sin embargo, si abrazamos la divina filosofía, todo eso se nos hará fácil y ligero y hasta se convertirá en una fuente de placer. Más no os alborotéis. Vamos a examinar, puntualmente, cada una de esas cosas y, si os place, empezaremos por lo que a muchos se les antoja por extremo trabajoso. Ahora bien, ¿qué os parece, decidme, más pesado y molesto? ¿No tenerse que preocupar más que de un vientre o llevar ansiosamente la carga de infinitos otros? No tener más que un vestido que ponerse y no buscar nada más o tener las arcas llenas de ropas. Y atormentarse día y noche, temiendo y temblando por su custodia, sufriendo y angustiándose por su deterioro, si los atacará la polilla, si algún esclavo los robará y se irá con ellos.
309.- Sin embargo, cuanto yo diga, no tendrá tanta eficacia para demostrar mi tesis como la experiencia misma de las cosas. Por eso yo quisiera que se nos presentara aquí alguno de los que ya han alcanzado esas cumbres de la filosofía. Y entonces verías claramente el placer que en si encierra la pobreza. Yo os aseguro que ninguno de los que se han enamorado de la pobreza querían hacerse ricos, aunque infinitos se lo ofrecieran. Pero ¿acaso, me replicarás, querrían los ricos ser pobres y dejar esas preocupaciones que tienen? ¿Y qué prueba eso? Eso sólo prueba su locura y la grave enfermedad que sufren, no que la riqueza sea cosa tan suave como tú te imaginas.
310.- Alegría del seguimiento de Cristo.-
4. Bien pudieran atestiguarnos esto mismo aquellos que diariamente se lamentan de tantas preocupaciones y tienen la vida por insoportable. No así los seguidores de Cristo, que ríen y viven jubilosos y se glorían de su pobreza más que los reyes de su diadema. Así, también, si atentamente se mira, volver la otra mejilla es más fácil que volver golpe por golpe. Lo uno es empezar la guerra; lo otro, ponerle fin. Con lo uno se enciende más el fuego del enemigo; con lo otro apagamos hasta el ardor propio. Ahora bien, que no quemarse sea más agradable que abrasarse, es cosa que se le alcanza a todo el mundo. Y si tal sucede con el cuerpo, con mucha más razón en el alma. ¿Qué es más fácil: combatir o recibir la corona, luchar con el pugilato o tener ya en la mano el premio, ser traído y llevado por las olas o arribar al puerto?
311.- Luego también el morir es mejor que el vivir. El morir nos saca de las olas y peligros, el vivir, empero, nos pone en medio de ellos y nos expone a mil asechanzas y necesidades, por las que tú mismo has tenido la vida por incomportable. Y si niegas fe a las palabras, oye a los que contemplaron los rostros de los mártires en tiempo de las persecuciones cómo, azotados y aserrados, estaban radiantes de alegría, y, tendidos sobre sus parrillas, se sentían más gozosos y jubilosos que los que están echados sobre lecho de rosas. De ahí que dijera también Pablo cuando estaba para salir de este mundo, y salir por muerte violenta: Me alegro y me congratulo con todos vosotros; y vosotros, igualmente, alegraos y congratulaos conmigo. Filipenses 2,17-18. ¡Mirad con qué extremos convida a la tierra entera a que tome parte en su alegría! Tan grande bien sabía él que era el viaje de este mundo al otro; tan apetecible, tan amable, tan digna de ser pedida se le aparecía la muerte misma, ella tan espantable para otros.
312.- Tormento del esclavo de la pasión.-
Por muchas otras consideraciones pudiera todavía demostrarse evidentemente que el yugo de la virtud es suave y ligero. Mas consideremos ya, si os place, las cargas que lleva consigo el pecado. Tomemos como ejemplo a los avaros, a esos vendedores y revendedores de desvergonzadas escrituras de pago, títulos y obligaciones. ¿Puede haber carga más pesada que ese negocio? ¡Cuántas angustias, cuántas preocupaciones, cuántos choques, cuantos peligros y asechanzas y guerras no engendran diariamente tales ganancias! ¡Cuántos alborotos y tumultos! Como no es posible contemplar el mar absolutamente en calma, así tampoco es posible que un alma de ésas se halle sin preocupaciones, sin tristezas, sin temores y sin turbación. Unas olas se suceden a otras, y a estas otras, y antes de que unas terminen ya se han levantado otras.
313.- Pero ¿quieres contemplar el alma de los maldicientes y de los iracundos? ¿Y qué tortura habrá peor que ésta? ¿Qué herida más dolorosa que las que éstos llevan dentro? ¿Qué habrá peor que ese horno que siempre arde y que esa llama que nunca se apaga? ¿Qué decir de los que aman los cuerpos y viven apegados a la presente vida? ¿Hay esclavitud más dura que ésa? Ellos viven la vida del mismo Caín, temiendo siempre y temblando; y si uno de los que ellos aman viene a fenecer, lloran en ellos su propia muerte más que si fueran sus mismos allegados. ¿Y qué hay más alborotado y más loco que un soberbio? Aprended de mí, dice el Señor, porque yo soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. La paciencia, en efecto, es la madre de todos los bienes.
314.- Exhortación final: Tomemos sin miedo el yugo del Señor.
No temas, por ende, ni huyas de un yugo que te libra de todos estos males; ponte más bien debajo de él con todo fervor y entonces verás claramente su suavidad. Ese yugo no oprime tu cuello, sino que sólo se te impone por razón de disciplina, para enseñarte a caminar derechamente, para conducirte por el camino real, para preservarte de los abismos a uno y otro lado, para hacerte recorrer con facilidad la senda estrecha. Ahora, pues, ya que tanta es su seguridad, tantos los bienes que nos procura, tanta la alegría, llevemos ese yugo con toda nuestra alma, con todo el fervor de nuestro corazón. De ese modo, hallaremos aquí el descanso para nuestras almas, y alcanzaremos luego los bienes venideros por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén
HOMILIA 33 - san Juan Crisóstomo
86.- Corderos entre lobos.
1. Ya les ha infundido el Señor confianza a sus discípulos acerca del necesario sustento; les ha abierto todas las puertas y les ha señalado una forma digna de entrar: no como vagabundos y mendigos, sino como superiores a los mismos que los habían de recibir. Eso les quiso mostrar al decirles: Digno es el trabajador de que se le pague su salario; eso al ordenarles preguntar quién fuera en cada lugar persona digna y en casa de ella hospedarse, eso al mandarles saludar con la paz a quienes los recibieran, y eso, en fin, por los castigos con que amenazó a quienes los rechazaran; de este modo los ha librado ya de toda preocupación; los ha armado con el poder de hacer milagros, y, al apartarlos de todo lo terreno y librarlos de todo cuidado temporal, les ha hecho como de hierro y de diamante.
87.- Ahora es venido el momento de decirles los males que a ellos mismos habían de venirles, no sólo los que poco después habían de suceder, sino también los de tiempo muy posterior, con lo que muy de antemano los preparaba para la guerra contra el diablo. Muchas cosas conseguía el Señor de este modo. Primero, que conocieran la fuerza de su presciencia. Segundo, que nadie pudiera sospechar que por flaqueza del maestro acontecía todo aquello a sus discípulos. Tercero, que los que habían de sufrirlo no se espantaran como de cosa inesperada y fuera de lo normal. Cuarto, que al oír esto, al tiempo mismo de la cruz, no se turbaran. A la verdad, eso fue lo que les pasó entonces, como se lo reprende Él mismo diciéndoles: Porque os he dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón, y nadie de vosotros me pregunta: ¿Dónde vas? San Juan 16, 5-6.
88.- Y, sin embargo, nada les dicen aún sobre sí mismo: que había de ser prendido y azotado y muerto, pues no quería con tales cosas turbar sus almas. De momento sólo les predice lo que ellos mismos tendrían que sufrir. Quiéreles seguidamente hacer ver que esta guerra es nueva, y peregrino el modo de combatir, pues los envía por el mundo desnudos de todo, con una sola túnica, sin sandalias, sin bastón ni dinero en el cinturón y sin alforjas, con orden de alimentarse en casa de quienes los reciban. Mas ni aquí detiene el Señor su discurso; para hacer alarde de su poder inefable, prosigue diciéndoles: “Y yendo así por el mundo, habéis de dar muestras de mansedumbre de ovejas, y de ovejas que van a ir a lobos, y no ir como quiera, sino estar en medio de los lobos”.
89.- Y no sólo manda el Señor a sus discípulos que tengan mansedumbre de ovejas, sino también sencillez de paloma. Porque yo, parece decirles, quiero señaladamente hacer muestra de mi poder en que las ovejas venzan a los lobos; en que, estando ellas en medio de los lobos, y no obstante sus infinitas dentelladas, no sólo no acaben con ellas, sino que sean ellas más bien las que conviertan a los lobos. Más maravilloso, mayor hazaña que matarlos, es hacerles cambiar de sentir, transformar enteramente su alma. Y eso que los apóstoles no eran más de doce y los lobos llenaban la tierra entera.
90.- Avergoncémonos los que hacemos lo contrario, los que atacamos como lobos a nuestros enemigos. Porque mientras somos ovejas, vencemos; aun cuando nos rodeen por todas partes manadas de lobos, los superamos y dominamos. Pero si nos hacemos lobos, quedamos derrotados, pues nos falta al punto mismo la ayuda del pastor. Como quiera que Él apaciente ovejas y no lobos, te abandona y se aleja de ti, pues no le permites que muestre su poder. Si, cuando se te hace un daño, tú muestras mansedumbre, a Él se atribuye todo el triunfo; pero si tú también acometes y descargas puñetazos, echas una sombra sobre la victoria. Mas considerad, por otra parte, os ruego, quiénes son estos a quienes se dirigen estos mandatos duros y trabajosos. Gentes cobardes y vulgares, hombres iletrados e ignorantes, totalmente desconocidos, que jamás entendieron de leyes del mundo, que jamás fueron capaces de salir a pública plaza; pescadores, en fin, y publicanos, llenos de defectos infinitos.
91.- Y si tales mandamientos son bastante a turbar aun a las almas grandes y elevadas, ¿cómo no habían de derribar y espantar a quienes no tenían experiencia de ninguna clase y que jamás habían soñado en acción alguna noble? Y, sin embargo, no los derribaron. Y con mucha razón, dirá tal vez alguno, pues les había el Señor dado poder de limpiar a los leprosos y expulsar a los demonios. Mas yo respondería que justamente lo que más podía turbarlos era que quienes tenían poder de resucitar a los muertos hubieran de sufrir tamaños males, como tribunales, cárceles y suplicios, guerras de todas partes, odio de toda la tierra. Todo eso les esperaba a quienes tenían poder de hacer milagros. ¿Cuál era, pues, el verdadero consuelo en medio de todos esos trabajos? El poder de quien les enviaba. De ahí que el Señor mismo, eso puso delante de todo: He aquí que yo os envío. Esto basta para vuestro consuelo, esto basta para que tengáis confianza y no temáis a los que os atacan.
92.- La prudencia de la serpiente.
2. ¡Mirad qué autoridad, mirad qué poder, mirad qué potencia invencible del Señor!. Como si dijera: “No os turbéis de que os envío como ovejas entre lobos y de que os mando que seáis sencillos como palomas. Hubiera podido ciertamente hacer lo contrario y no permitir que sufrierais mal alguno; hubiera podido hacer que no estuvierais bajo los lobos, sino que fuerais más espantables que leones. Sin embargo, os conviene que así sea. Esto os hará a vosotros más gloriosos y pregonará mejor mi poder. Es lo que el Señor le decía a Pablo: Te basta con mi gracia, pues mi poder se muestra en la flaqueza. 2ª Corintios 12, 9. Yo soy, pues, quien he hecho que así seáis”. Eso es lo que quiere dar a entender cuando dice: “Yo os envío como ovejas. No os desalentéis, pues; porque yo sé, yo sé muy bien que de este modo habéis de ser inatacables.
93.- Luego, por que también ellos pusieran algo de su parte y no pareciera que todo había de ser obra de la gracia; por que no pensaran, en fin, que se les iba a coronar sin más ni más, prosigue diciendo: Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas. Mas ¿de qué va a servir, parecen responderle, toda nuestra prudencia en medio de tantos peligros? Y hasta: ¿Cómo podemos en absoluto ser prudentes, agitados que estemos por tamañas oleadas? Por muy prudente que sea la oveja en medio de lobos, y de tantos lobos, ¿qué conseguirá con toda su prudencia? Por muy sencilla que sea la paloma, ¿qué aprovechará su sencillez cuando se le echen encima tantos gavilanes? Tratándose de animales irracionales, ni prudencia ni sencillez sirven para nada; pero en vosotros, de mucho.
94.- Mas veamos qué prudencia es lo que aquí pide el Señor. Prudentes como la serpiente, nos dice. Como la serpiente lo abandona todo, y aun cuando le hagan pedazos el cuerpo, no hace mucho caso de ello, con tal de guardar indemne la cabeza, así vosotros, parece decir el Señor, entregadlo todo antes que la fe, aun cuando fuera menester perder las riquezas, el cuerpo, la vida misma. La fe es la cabeza y la raíz. Si ésa se conserva indemne, aun cuando todo lo pierdas, todo lo recuperarás más espléndidamente. De ahí que no nos mandó el Señor que seamos sólo sencillos e ingenuos, ni sólo prudentes. Para que haya virtud, quiso que una y otra cosa fueran a la par. Para que no recibamos golpe en los puntos mortales tomó de la serpiente la prudencia; la sencillez, de la paloma, para que no nos venguemos de los que nos agravian, ni busquemos daño a quienes nos arman sus asechanzas.
95.- Si esta sencillez no se le añade, ¿para qué sirve la prudencia? ¿Qué puede entonces haber más duro que estos preceptos? ¿No era bastante tener que sufrir? No, responde el Señor. Yo no os permito ni que os irritéis, pues tal es la naturaleza de la paloma. Es como si uno mandara echar una caña seca en el fuego y mandara que no se quemara la caña, sino que apagara ella el fuego. Sin embargo, no nos alborotemos. Lo que el Señor predijo, sucedió; lo que mandó, fue cumplido y se mostró en las obras mismas. Los apóstoles fueron prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas, y ciertamente que no eran de naturaleza diferente, sino de la misma que nosotros.
96.- Nadie tenga, pues, por imposibles estos mandamientos. Mejor que nadie sabe el Señor mismo la naturaleza de las cosas, y Él sabe perfectamente que la insolencia es fuego que no se extingue con otra insolencia, sino con la mansedumbre. Y si queréis ver cómo así se cumple en la práctica, no tenéis cuántas veces el pueblo de los judíos se levantaba contra los apóstoles y afilaban sus dientes contra ellos; y cómo éstos, imitando a la paloma, les respondían con la debida modestia, y así apaciguaban su furor, y calmaban su furia, y deshacían todos sus ataques. Así, cuando les dijeron: ¿No os mandamos por mandato que no hablarais palabra en ese nombre?, aun cuando podían ellos haber hecho entonces mil milagros, no dijeron ni hicieron cosa alguna áspera, sino con toda mansedumbre se defendieron diciendo: Juzgad vosotros mismos si es justo obedeceros a vosotros antes que a Dios. Actos 5,28; 4,19. 97. Ya habéis visto la sencillez de la paloma; mirad ahora la prudencia de la serpiente: Porque nosotros no podemos menos de hablar de lo que hemos visto y oído. ¿Veis cómo por todas partes es menester que seamos perfectos, de suerte que ni los peligros nos abatan ni la ira nos arrebate?
98.- De las pruebas que esperan a los Apóstoles.-
De ahí que prosiga el Señor: Precaveos contra los hombres, porque ellos os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas. Y seréis conducidos ante gobernadores y reyes por causa mía, en testimonio para ellos y para las naciones. Nuevamente les obliga el Señor a estar vigilantes, pues por todas partes les ofrece sufrimientos, y a ellos, en cambio, no les permite hacer mal alguno. Por donde hemos de aprender que en el sufrir está la victoria y de ahí hemos de levantar nuestros trofeos. Porque no dijo: “Luchad también vosotros y resistid a los que os quieren hacer daño”. No. Lo único que dijo fue que los suyos tendrían que sufrir los últimos suplicios.
99.- 3. ¡Oh! ¡Cuán grande es el poder de quien así habla! ¡Cuán grande la filosofía de los que escuchan! A la verdad, muy de admirar es cómo, oyendo tales palabras, no se echaron a correr de allí; ellos, hombres tímidos, que en su vida habían pasado más allá del lago en que pescaban sus peces. Maravilla es también cómo no pensaron y se dijeron a sí mismos: “¿Y adónde vamos a huir ahora? Contra nosotros están los tribunales, contra nosotros los reyes y los gobernadores, las sinagogas de los judíos, los pueblos de los gentiles, los gobernantes y los gobernados”. Porque con aquellas palabras no sólo les señaló el Señor la Palestina y lo que en ella tendrían que sufrir, sino que de antemano les puso delante las luchas que les habrían de venir de la tierra entera. Seréis conducidos, les dice, ante los gobernadores y reyes.
100.- Con lo que les da a entender que más tarde los había de enviar como heraldos suyos a las naciones. La tierra entera, pues, has hecho enemiga nuestra; contra nosotros has armado a todos sus habitantes: pueblos, tiranos y reyes. Porque aún es más espantoso lo que sigue, si es que por causa nuestra han de ser los hombres fratricidas, filicidas y parricidas. Porque entregará, dice, el hermano al hermano a la muerte, y el padre al hijo, y se levantarán los hijos contra los padres y les darán la muerte. ¿Cómo, pues, pudieran haber dicho los apóstoles, cómo van a creer los demás, si ven que por causa nuestra los hijos son asesinados por los padres, y los hermanos por los hermanos, y que está el mundo todo lleno de abominaciones?
101.- ¿No nos arrojarán de todas partes como a genios maléficos, como a malditos y corruptores de la tierra, si ven que está el mundo empapado en sangre de parientes por tales crímenes? ¡Absolutamente!. Porque si las llenamos de muertes tales, ¡bonita la paz que vamos a dar a las casas adonde entremos! Por otra parte, si fuéramos más de doce, si no fuéramos unos pobres, vulgares e ignorantes, sino sabios y oradores elocuentes y, mejor aún, si fuéramos reyes que cuentan con sus grandes ejércitos y sus grandes riquezas... Pero así, ¿cómo persuadir a nadie, si, por añadidura, encendemos guerras intestinas, y peores aún que intestinas? Aun cuando despreciáramos nuestra propia vida, ¿quién de los otros se nos adherirá?
102.- Nada de esto, sin embargo, pensaron ni dijeron los apóstoles, ni pidieron tampoco razón al Señor de lo que les mandaba. A ellos sólo les tocaba obedecer y callar. Lo cual no se debía sólo a su virtud, sino principalmente a la sabiduría de su maestro.
103.- Consuelos en las pruebas.
Porque habéis de mirar cómo a cada uno de sus sufrimientos juntó también el consuelo. Así, contra quienes no los recibieran, decía: Con más blandura será tratada en el día del juicio la tierra de Sodoma y Gomorra que la ciudad aquella. San Mateo 10,15. Y lo mismo aquí, después de decir: Ante gobernadores y reyes seréis llevados, añadió luego: Por causa mía, en testimonio para ellos y para las naciones. Y no es pequeño consuelo padecer todo por amor de Cristo y para confusión de judíos y gentiles. Porque DIOS, aun cuando nadie atienda a ello, cumple siempre sus designios. Ahora que esto consolaba a los apóstoles, no porque desearan el castigo de sus perseguidores. No. El motivo de su confianza era porque tenían siempre consigo al que todo eso les había predicho y de antemano lo sabía, y porque no sufren como malvados y malhechores.
104.- Juntamente con eso, no es pequeño el consuelo que añade cuando les dice: Y cuando os entregaren, no os preocupéis sobre cómo y qué hablaréis, porque en aquel momento se os dará lo que habréis de hablar. Porque no seréis vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros. No quería el Señor que le dijeran: ¿Cómo podremos convencer a nadie, si tales cosas nos suceden? De ahí mandarles que tuvieran confianza en su defensa. En otra parte les dice: Yo os daré palabra y sabiduría. San Lucas 21,15. Y aquí: El Espíritu de vuestro Padre es el que habla en vosotros. Con lo que el Señor eleva a sus apóstoles a dignidad de profetas.
105.- Por eso, una vez que les hubo dicho la fuerza que les daba, habló también de los males que habían de venir, de las muertes y sangre derramada. Porque el hermano, dice, entregará al hermano a la muerte, y el padre al hijo, y los hijos se levantarán contra sus padres y los entregarán a la muerte. Y ni aun aquí se detuvo el Señor, sino que añadió algo más horrible todavía, capaz de conmover a una roca: Y seréis aborrecidos por todos. Pero también aquí está el consuelo a la puerta. Todo eso, les dice, lo sufriréis por causa de mi nombre. Y otro motivo seguidamente: Más el que resistiera hasta el fin, ése se salvará.
106.- Otro motivo para levantar el ánimo de los apóstoles encerraban todas estas palabras del Señor, a saber, que había de ser tan alta la fuerza de la predicación, que despreciaría la naturaleza, rechazaría el parentesco y pondrían por encima de todo aquella palabra divina que todo lo arrastraba con su poder. Porque si la tiranía de la naturaleza no es capaz de resistir a vuestra palabra, sino que queda vencida y pisoteada, ¿qué otra cosa podrá ya venceros? Sin embargo, no porque así haya de ser ha de deslizarse vuestra vida en suave tranquilidad, sino que tendréis por enemigos a todos los habitantes de la tierra.
107.- Contraste entre los filósofos antiguos y los Apóstoles.
4. ¿Dónde está ahora Platón? ¿Dónde Pitágoras? ¿Dónde la turbamulta de los estoicos? Platón, después de gozar tan alto honor, hasta punto tal fue despreciado que vino a ser vendido por esclavo y no fue capaz de realizar una sola de sus teorías ni en la corte de un solo tirano; y Pitágoras, después de traicionar a sus discípulos, terminó miserablemente su vida. Y todas las basuras de los cínicos pasaron como un sueño y una sombra. Y, sin embargo, nada tuvieron que sufrir los filósofos que pueda compararse a los sufrimientos de los apóstoles, sino que su filosofía profana los hacía aparecer como hombres ilustres, y los atenienses mostraban públicamente las cartas que Dión había escrito a Platón.
108.- Los filósofos pasaban cómodamente toda su vida y amontonaban no pequeñas riquezas. Así, por ejemplo, Aristipo se compraba las más caras heteras; otro dejaba por testamento una pingüe herencia; otro andaba por encima de sus discípulos, que formaban un puente con sus dorsos. De Diógenes cuentan que en pública plaza hacía sus indecencias. Tales son las glorias de los filósofos. Aquí, empero, nada semejante puede verse; todo es aquí la más pura templanza y la más perfecta modestia; guerra, si, contra todo el mundo por la verdad y la piedad, un morir o dejarse matar día a día; pero después de esto, levantar los más gloriosos trofeos de victoria.
109.- Los Apóstoles, superiores a los grandes hombres paganos.
Pero tienen, me dirás, los gentiles algunos grandes generales, como Pericles y Temístocles. Mas también las hazañas de éstos son puro juego comparadas con las de los pescadores. ¿Qué puedes, en efecto, contar con Temístocles? qué aconsejó a los atenienses embarcarse en las naves cuando Jerjes atacó. El diablo, es, quien invade, y con él, la tierra entera, y con la tierra, otras incontables legiones de demonios, y atacan a estos doce pescadores, y, sin embargo, fueron vencidos y dominados, no en una ocasión solamente, sino cuanto a los apóstoles duró la vida. Y lo más admirable es que no vencían matando a sus adversarios, sino convirtiéndolos y transformándolos. Porque hay que tener siempre muy presente esta observación: que los apóstoles no mataban ni aniquilaban a quienes les hacían la guerra, sino que, tomándolos semejantes a demonios, les hacían luego competir con los ángeles.
110.- Su hazaña consistía en librar a la naturaleza humana de la perversa tiranía de los demonios, expulsando a estos maléficos y perturbadores espíritus de en medio de las plazas y casas y hasta del desierto mismo. Testigos son los coros de los monjes que los apóstoles esparcieron por dondequiera, purificando así no sólo la tierra habitada, sino también la inhabitable. Y lo de verdad admirable es que su victoria no venía de luchar con fuerzas iguales; toda su fuerza venía del sufrimiento. Allí los tenía, en efecto, a su disposición a aquellos doce hombres ignorantes y vulgares, a quienes encarcelaban, y azotaban, y traían y llevaban, pero no podían jamás cerrarles la boca.
111.- Como es imposible atar un rayo de sol, tan imposible fue atar la lengua de los apóstoles. La causa de ello estaba en que no eran ellos, sino la fuerza del Espíritu Santo la que hablaba. De este modo, por ejemplo, Pablo venció al rey Agripa y hasta al mismo Nerón, el que por su maldad venció a todos los hombres: Porque el Señor, dice, me asistió y me fortaleció, y me arrancó de la boca del león. 2ª Timoteo 4,17. Pero lo que vosotros habéis de admirar es cómo oyendo los apóstoles decir al Señor: No os preocupéis, ellos le creyeron y aceptaron su palabra y no hubo mal que los amedrentara.
112.- Y si me respondierais que bastante consuelo les dio el Señor con decirles: El Espíritu de vuestro Padre es el que habla en vosotros; yo los admiro más que nada porque no duraron de ello ni pidieron se los librara de tantos males; males que no habían de sufrir durante uno o dos años, sino durante su vida entera. Eso, efectivamente, les da a entender el Señor cuando les dice: El que resistiere hasta el fin, ése se salvará. Y es que no quiere el Señor que todo dependa de Él solo, sino que tengan también ellos su merecimiento. Mirad, si no, volviendo atrás, cómo parte viene del Señor, parte les toca a los discípulos. El hacer milagros viene del Señor; el no poseer nada toca a los apóstoles. Igualmente, tener abiertas todas las casas es obra de la gracia celeste; pero el no exigir nada más que lo necesario toca a la sabiduría de los apóstoles: Porque digno es el trabajador de que se le pague su salario.
113.- Dar la paz es dádiva de Dios; mas el buscar a los dignos y no entrar en todas las casas indiferentemente, toca a la continencia de los apóstoles. Castigar a los que no los reciban, pertenece a DIOS; pero apartarse de ellos con modestia, sin insultarlos ni maldecirlos, toca a la mansedumbre de los apóstoles. Dar al Espíritu Santo y librarlos de toda solicitud, es gracia de quien los envía; pero convertirse en ovejas y palomas y sufrirlo todo generosamente, es obra de la firmeza y prudencia de los apóstoles. Ser odiados y no desfallecer y resistir, les pertenece a ellos; pero el salvar a los que resisten es obra de quien los envía. De ahí que les dijera: El que resistiere hasta el fin, ése se salvará.
114.- Constancia y sobrehumano valor de los apóstoles.
5. Como haya muchos que son muy fervorosos en sus comienzos y luego desfallecen, de ahí que diga aquí el Señor que lo que Él busca es el fin. ¿Para qué valen, en efecto, unas plantas que a los comienzos florecen y poco después se marchitan? No; el Señor exige de los suyos una resistencia constante. No quería se pudiera decir que todo lo había hecho Él y que no era maravilla ninguna de los apóstoles fueran lo que fueron, cuando nada duro tuvieron que sufrir. De ahí que les diga que la perseverancia les era necesaria. Porque si es cierto, parece decirles, que os libro de los primeros peligros, es porque os reservo para otros más graves, y a éstos sucederán otros, y, mientras alentareis, jamás cesaréis de ser perseguidos. Eso fue, en efecto, lo que quiso darles a entender al decirles: El que resistiere hasta el fin, ése se salvará.
115.- Y justamente por eso, habiendo aquí dicho: No os preocupéis de lo que habéis de hablar, en otra parte dice: Estad preparados para la defensa ante todo el que os pida razón de vuestra esperanza. 1ª Pedro 3,15. Cuando la lucha es entre amigos, nos manda que nosotros también estemos preocupados; mas cuando se trata de un tribunal espantoso, de turbas enfurecidas y de terror por todas partes, entonces nos ofrece su propio apoyo para que tengamos buen ánimo y hablemos sin acobardarnos ni traicionar jamás la justicia. Realmente, grande espectáculo hubo de ser ver a unos hombres que habían pasado su vida junto a un lago, entre pieles o en un mostrador de alcabalero, entrar solos, encadenados y con los ojos bajos, ante los tiranos sentados en su trono, rodeados de sátrapas y guardia armada, desnudas las espadas y con todo el pueblo en pie, y que aun tuvieran aquellos hombres valor para abrir la boca.
116.- Porque no les daban lugar a hablar ni a defender sus doctrinas, sino que intentaban hacerlos morir a palos como a comunes corruptores de toda la tierra. Éstos son, se decía, y aquí están los que trastornan toda la tierra. Y otra vez: Estos predican contra los decretos del César y dicen que Cristo es Rey. Actos 17, 6-7. Los tribunales estaban en todas partes prevenidos con tales sospechas, y mucha ayuda de lo alto era menester para poner en claro estas dos cosas: primero, que las doctrinas que ellos predicaban eran verdaderas; y segundo, que no se oponían a las leyes comunes. Ni su fervor en predicar su doctrina tenía que hacer sospechosos a los apóstoles en intentar una subversión de las leyes estatuidas, ni su empeño por no mostrarse contrarios a éstas corromper la pureza de la doctrina misma. Todo lo cual es de ver en Pablo y en Pedro, y en los demás apóstoles, que a uno y a otro punto atendieron con la conveniente prudencia.
117.- La verdad es que por todo lo descubierto de la tierra se los acusaba de sediciosos, revolucionarios e innovadores. Sin embargo, ellos lograron no sólo rechazar tales sospechas, sino que se los proclamara luego por todo lo contrario; por salvadores, por protectores y bienhechores del mundo entero. Y todo esto lo lograron a fuerza de paciencia. De ahí que Pablo decía: Cada día me estoy muriendo. 1ª Corintios 15,31. Y de hecho, toda su vida la pasó entre peligros de muerte.
118.- Invectiva contra la actual tibieza.
¿Qué mereceremos, pues, nosotros cuando, teniendo tan altos ejemplos, aun en la paz somos muelles y caemos? Sin que nadie nos haga la guerra, somos pasados a cuchillo; sin que nadie nos persiga, vivimos abatidos; en la paz se nos manda salvarnos, y ni aun eso conseguimos. Los apóstoles, cuando la tierra ardía y la hoguera se propagaba por el mundo entero, se arrojaban a las llamas mismas y de allí arrebataban a los que se estaban abrasando, nosotros, empero, no somos capaces ni de preservarnos a nosotros mismos. ¿Qué confianza, pues, qué perdón podemos tener? No nos amenazan ahora azotes ni cárceles, ni gobernadores, ni sinagogas, ni peligro alguno semejante; todo lo contrario: somos nosotros los que mandamos y dominamos.
119.- Y, en efecto, los emperadores son cristianos; tenemos preeminencias, gloria, descanso, y ni aun así vencemos. Aquéllos, conducidos diariamente al suplicio, marcados sus cuerpos de cardenales y con llagas por todas partes, sentían placer semejante o mayor que los moradores mismos del paraíso; nosotros, empero, que ni por sueños hemos soportado nada semejante, somos más blandos que la cera. Más aquéllos, me dirás, hacían milagros. ¿Acaso por eso no los azotaban? ¿Acaso porque hacían milagros no se los perseguía? Y lo admirable es que muchas veces tenían que sufrir todo eso de parte de los mismos a quienes habían hecho sus beneficios, sin turbarse de que se les devolviera mal por bien; tú, empero, por el más pequeño favor que hagas, si luego tienes que sufrir una molestia de parte de tu favorecido, te alborotas y te turbas y te arrepientes del bien que hiciste.
120.- Hay que adiestrarse antes de la lucha: ejemplo de Job.
6. Ahora bien, si otra vez, lo que Dios no permita que jamás suceda, se declarara la guerra a la Iglesia y estallará la persecución, considerad cómo haríamos el ridículo y cuán grande seria nuestra ignominia. Y con mucha razón. Porque si un atleta no se adiestra en la palestra, ¿cómo puede brillar en los combates? ¿Qué atleta que no haya conocido entrenador alguno podrá hacer nada grande y noble contra su adversario llegado el momento de los juegos olímpicos? ¿Es qué nosotros no debiéramos cada día ejercitarnos en la lucha, en el pugilato y en la carrera? ¿No habéis visto cómo los atletas, cuando no tienen a mano un adversario, cuelgan un saco lleno de arena y contra él ejercitan toda su fuerza? Los que son algo más jóvenes, en los cuerpos de sus compañeros se entrenan contra los que serán luego sus enemigos.
121.- Imitad vosotros a todos éstos y ejercitaos en las luchas de la filosofía. Realmente muchos hay que tratan de provocaros a ira o de incitar vuestra concupiscencia y encender en vuestra alma toda una hoguera de deseos. Resistid, pues, firmemente contra las pasiones, sufrid generosamente los dolores del espíritu por que podáis soportar también los del cuerpo. Ahí tenéis al santo Job; si no se hubiera ejercitado muy bien antes del combate, no hubiera brillado tan gloriosamente en el combate mismo. Si no hubiera trabajado por sentirse ajeno a todo dolor, seguramente hubiera pronunciado alguna palabra atrevida al saber la muerte de sus hijos.
122.- Pero la verdad es que se mantuvo firme en todas las arremetidas del enemigo: la pérdida de su riqueza y desaparición de toda aquella opulencia, la muerte de sus hijos, la compasión de su mujer, las llagas de su cuerpo, los insultos de sus amigos, las injurias de sus mismos esclavos. ¿Queréis saber cómo se ejercitaba? Oíd lo que nos dice sobre su desprecio de la riqueza: Si me alegré, dice, cuando me venía abundancia de riqueza, si no puse el oro en el mismo orden que el polvo, si puse mi confianza en la piedra preciosa. Job 31, 24-25. Por eso, como no puso en la riqueza su codicia cuando la tenía, tampoco se turbó cuando le fue arrebatada. Oíd cómo gobernaba a sus hijos, no con excesiva blandura, como nosotros, sino exigiéndoles la más rigurosa perfección. Porque quien por los ocultos pecados de ellos ofrecía sacrificios, considerad cuán riguroso juez sería de los manifiestos.
123.- Y si quieres oír sus combates sobre la castidad, escucha lo que dice: Concerté convenio con mis ojos de no mirar jamás a doncella. Job 31,1. Por eso tampoco su mujer pudo derribarle; la amaba antes ciertamente, pero no más allá de la medida, sino como es razonable se ame a la propia mujer. De ahí que yo me maraville que, sabiendo el diablo cómo se había Job ejercitado, se le ocurriera la idea de que podía vencerle en el combate. ¿Cómo pudo, pues, ocurrírsele la idea? Porque es una fiera perversa y no desespera jamás, lo cual es justamente grave acusación contra nosotros que el diablo jamás desespere de nuestra perdición y nosotros desconfiemos de nuestra salvación. Pero mirad también cómo meditó Job en la mutilación y penas del cuerpo.
124.- Personalmente nada tuvo que sufrir él de tales penalidades, pues vivió siempre en riqueza, bienestar y opulencia; pero sí que diariamente consideraba las ajenas desgracias. Así lo pone de manifiesto cuando dice: El miedo que yo temía me ha venido; y lo que yo barruntaba, me ha acontecido. Job 3,25. Y otra vez: Yo he llorado sobre todo impotente y he gemido sobre todo el que he visto necesitado. Job 30, 25. De ahí que, cuando sobre él cayeron todos aquellos grandes incomportables males que sabemos, nada fue parte para turbarle. Porque no habéis de mirar solamente la pérdida de sus riquezas, la muerte de sus hijos, aquella úlcera incurable de su carne, las insidias de su mujer. Hay cosas más duras aún que todo eso. ¿Y qué cosa más dura, me dirás, pudo sufrir el santo Job? Por su historia nada más sabemos.
125.- No sabemos nada más porque estamos dormidos, pues el que lo mira con cuidado, el que busca y rebusca bien la piedra preciosa, halla mucho más que todo eso. Lo más grave, en efecto, lo que era bastante a causarle la más profunda turbación, eran otras cosas. En primer lugar, no saber nada con claridad acerca del reino de los cielos y de la resurrección de los muertos. Que es lo que él mismo llorando, decía: Porque no viviré eternamente para que pueda tener paciencia. Job 7,16.
126.- Segundo, la conciencia que tenía de sus muchas buenas obras. Tercero, no tener conciencia de mal alguno. Cuarto, pensar que todos aquellos sufrimientos le venían de DIOS; y si le venían del diablo, también esto era parte para escandalizarle. Quinto, oír a sus amigos, que falsamente le acusaban de maldad: No es aún tan grande tu azote, le decían, como tus pecados lo merecen. Job 11,6. Sexto, ver la prosperidad en que vivían los malvados y cómo le insultaban a él. Séptimo, no poder mirar a otro que hubiera jamás sufrido como él.
127.- Se prosigue el elogio de Job.
7. Más si queréis daros cuenta de cuán grande sea el mérito de Job, considerad lo que ahora sucede. Ahora, cuando esperamos el reino de los cielos y la resurrección de los muertos y bienes inefables, no obstante nuestra conciencia de males infinitos, no obstante los ejemplos que se nos proponen y la filosofía que se nos enseña, cuando perdemos un puñado de oro, fruto muchas veces de nuestra rapiña, la vida nos parece insoportable. Y, sin embargo, ni la mujer nos ataca, ni se nos quita a los hijos, ni nos reprochan los amigos, ni nos insultan los esclavos, antes bien, muchos hay que nos consuelan, unos de palabra y otros de obra. ¿Qué coronas, pues, no merecerá Job, que vio dispersos en un momento, y sin más ni más, bienes que eran fruto de su justo trabajo, que sufrió luego toda aquella tormenta de calamidades, sobre él caídas como una granizada?
128.- Y, sin embargo, permaneció en todas inmóvil y en todas le rindió al Dueño soberano el conveniente tributo del hacimiento de gracias. Porque, aun cuando todo lo demás lo pasáramos en silencio, las palabras solas de su mujer bastaban para conmover a las peñas. Mirad, si no, la astucia con que procede. No le recuerda las riquezas, no le recuerda los camellos, ni los rebaños de ovejas y de bueyes, pues sabía ella muy bien la filosofía de su marido sobre todo aquello; sólo le recuerda lo que había de ser mucho más doloroso, es decir, la pérdida de los hijos, y aquí se extiende ella con trágico acento y añade luego lo que quiere por su cuenta. Ahora bien, muchos en plena prosperidad, sin tener que sufrir molestia alguna, se dejaron muchas veces persuadir de sus mujeres.
129.- Pues considerad cuán brava hubo de ser aquella alma que rechazó a la mujer que le acometía con tales armas y logró pasar por encima de las más avasalladoras pasiones, como son el amor y la compasión. A la verdad, muchos que fueron capaces de dominar el amor fueron rendidos por la compasión. Así, aquel valeroso José, que dominó el más tiránico de los placeres y rechazó a la mujer bárbara, no obstante todas sus maquinaciones para derribarle, no fue luego capaz de contener las lágrimas, y al ver a sus hermanos, los mismos que le habían ofendido, se conmovió profundamente, y arrojando la máscara reveló todo el drama por él mismo preparado.
130.- Pues suponed ahora que sea la propia mujer la que venga a decir cosas lastimeras, que tenga por añadidura la ocasión por aliada, las heridas, los golpes y todo el oleaje de calamidades, ¿Cómo no tener por más dura que el diamante al alma que no se deja impresionar poco ni mucho por esa tormenta? Dejadme hablar con libertad: si el santo Job no fue superior, por lo menos no fue inferior a los apóstoles.
131.- Job, gran figura en su época.
A los apóstoles los consolaba ciertamente el sufrir por Cristo, y este solo pensamiento era parte para levantarlos diariamente; y bien se ve cómo el Señor lo pone en todas partes al decir: por causa mía, por mí; o: si a mí, que soy el dueño de la casa, me han llamado Belcebú. San Mateo 10,25; Job, empero, nada supo de este consuelo, nada del de los milagros, nada del de la gracia, que no tuvo, efectivamente, tanta fuerza del Espíritu Santo. Y lo más importante de todo es ciertamente la circunstancia de haber sufrido lo que sufrió después de una vida de prosperidad, después de gozar tan alto honor, y no, como los apóstoles, salidos de su oficio de pescador o alcabalero y de una vida miserable. Y lo que nos parece más duro de sufrir en los apóstoles, eso mismo lo sufrió Job, a saber: ser odiado por sus amigos, por sus familiares, por sus enemigos, lo mismo que por quienes habían sido por él favorecidos, sin que le fuera dado ver aquella áncora y aquel puerto sin tormentas que es la palabra dicha a los apóstoles: Por causa mía.
132.- Comparación con los jóvenes de Babilonia.
Yo admiro también a los tres jóvenes del horno de Babilonia porque desafiaron al horno y se rebelaron contra el tirano. Mas oíd como hablan: A tus dioses no les servimos, y la estatua que has levantado no la adoramos. Daniel 3,18. Ese fue su mayor consuelo: saber que cuanto sufrían, por DIOS lo sufrían. Mas Job no sabía que sus sufrimientos eran pruebas y lucha, pues de haberlo sabido, no los hubiera sentido. Por lo menos cuando oyó que DIOS le decía: ¿Acaso crees que te he hablado por otro motivo que por que aparecieras justo? Job 40,3, hay que ver cómo respiró por esa simple palabra, cómo se humilló a sí mismo, cómo pensó no haber sufrido nada de lo que había sufrido. Y así dice: ¿Por qué soy todavía juzgado, cuando es el Señor mismo el que me corrige y arguye, aun cuando yo no soy nada? Y otra vez: Antes te había oído con oído de mi oreja; pero ahora mi ojo te ha visto. Por eso me he despreciado a mí mismo, y me he derretido, y me tengo a mí mismo por polvo y ceniza. Job 42,5-6.
133.- Exhortación final: Imitemos el valor del santo Job.
Imitemos también nosotros este valor y esta modestia; nosotros, los que hemos venido después de la ley y de la gracia, al que vivió antes de la ley y de la gracia, a fin de que podamos tener parte en los tabernáculos eternos, a los que ojalá lleguemos todos por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amen.
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HOMILIA 31
1.- Preludios a la escena.- 1. A las palabras se siguió la obra, con lo que los fariseos quedarían aún mejor reducidos a silencio, pues el que se le presentó al Señor era presidente de sinagoga y su duelo era terrible. Tratábase, en efecto, de su hija única, de edad de doce años, la flor misma de los años. De ahí la prisa que se dio el Señor en resucitarla. Ahora bien, Lucas cuenta que vinieron algunos a decir al padre de la niña: No molestes al maestro pues ha muerto ya; él, en cambio, le había dicho al Señor: Mi hija acaba de morir. A esto puede responderse que eso de acaba de morir, lo dijo sin duda calculando el tiempo gastado en el camino, o tal vez para exagerar su desgracia. Costumbre es, en efecto, de los que ruegan ponderar mucho sus propios males, a fin de atraerse mejor la ayuda de sus protectores.
2.- Más considerad ahora la rudeza de este príncipe de sinagoga. Porque dos cosas le pide a Cristo: que vaya Él mismo a su casa y que imponga las manos a la niña. Lo que prueba que la había dejado aún con aliento. Es lo que le pedía al profeta aquel sirio Naamán que se iba diciendo para sí: Saldrá él mismo e impondrá sus manos sobre mí. 4º Reyes 5, 11. Y es que las gentes particularmente rudas necesitan de la vista y de las cosas sensibles. Por lo demás, Marcos, y, de acuerdo con él. Lucas, dice que tomó consigo el Señor a tres de sus discípulos. ¿Por qué, pues, no tomó consigo al mismo Mateo, que hacía poco se le había adherido? Para hacérselo desear más y porque todavía era imperfecto. Porque, si honra el Señor particularmente a aquellos tres, es para que los demás traten de hacerse semejantes a ellos.
3.- En cuanto a Mateo, bastábale por entonces contemplar el milagro de la hemorroisa y haber tenido el honor de sentarse a la mesa con Cristo. Apenas, pues, se levanta el Señor, toda una muchedumbre le va acompañando, parte por ver un milagro tan grande, parte por la autoridad de la persona que había venido y, razón general, porque toda aquélla era gente ruda, más preocupados de la salud del cuerpo que de la del alma. Era como una riada que confluía hacia el Señor, unos empujados por sus propias enfermedades, otros con ganas de ser espectadores de la curación de los otros. Pocos eran, empero, los que por entonces se acercaban a Jesús por amor de sus palabras y enseñanza. El Señor, sin embargo, no permitió que la turba entrara en casa; sólo se lo consintió a sus discípulos, y aun no a todos; nueva lección que nos da de que rechacemos la gloria del vulgo.
4.- Curación de la mujer hemorroisa. Y he aquí que una mujer, prosigue el evangelista, que sufría hacía doce años flujo de sangre, se le acercó por detrás y le tocó la orla de su vestido. Pues se decía dentro de sí misma: Con sólo que tocare su vestido, quedaré sana. ¿Por qué no se acercó con libertad al Señor? Sin duda por vergüenza de su enfermedad, pues era considerada como impura. Porque si la mujer, en su menstruación normal, no era tenida por pura, mucho menos la que durante tanto tiempo sufría esa enfermedad, que, efectivamente, se tenía en la ley por impura. De ahí el ocultarse y esconderse. Por otra parte, tampoco esta mujer tenía aún del Señor la idea conveniente y perfecta, pues en otro caso no hubiera pensado en ocultarse. Ésta es también la primera mujer que públicamente se le acerca al Señor, sin duda porque había oído que también curaba a las mujeres y le veía ir a resucitar a la niña muerta.
5.- Convidarle a Él a su casa, aun siendo mujer rica, no se atrevía; es más, ni siquiera se le presentó abiertamente, sino que, por detrás, aunque con grande fe, le tocó sus vestidos. No dudó, en efecto, la mujer un momento ni se dijo dentro de sí misma: ¿Me veré libre, no me veré libre de mi enfermedad? No; ella se acercó al Señor con plena confianza de que curaría. Porque se decía, dice el evangelista, dentro de sí: “Con sólo que tocare su vestido, quedaré sana”. Realmente veía la mujer de qué casa salía Jesús: de casa de unos publicanos; y qué séquito le acompañaba: publicanos y pecadores. Todo esto tenía que infundirle confianza. ¿Qué hace, pues, Cristo? Por muchas razones, Cristo no consiente que la mujer siga oculta, y la descubre a los ojos de todos. A decir verdad, no faltan estúpidos que afirman haber el Señor obrado así por ambición de gloria.
6.- ¿Por qué, si no, dicen ellos, no la dejó que siguiera oculta? ¿Qué me dices, hombre execrable y entre todos execrable? El que manda callar a los que cura, el que pasó por alto milagros incontables, ¿ése puede sentir ambición de gloria? ¿Qué razón tuvo, pues, para sacarla al medio? En primer lugar, para librar a la mujer de todo escrúpulo, pues aguijoneada por la conciencia de haber como hurtado su salud, podía luego vivir en angustia. Luego, para corregir una falsa idea de ella, pues se imaginaba que se le había ocultado. En tercer lugar, porque quería manifestar la fe de la mujer y ponerla por modelo a todos los demás. Y, a la verdad, mostrar que Él lo sabe todo, no fue menor milagro que el mismo detener el flujo de la sangre. En fin, cuando el príncipe de la sinagoga estaba para perder la fe, con lo que todo se hubiera malogrado, el Señor le corrige por medio de esa mujer.
7.- Habían, en efecto, venido algunos con recado de decirle: No molestes más al maestro, porque la muchachita es ya muerta. San Lucas 8,49. Los de casa se le rieron luego al Señor cuando dijo que la niña dormía; y es muy probable que lo mismo sintiera el padre.
8.- Por qué descubre el Señor a la hemorroisa.- 2. Por esta razón, después de curar la enfermedad, saca a la mujer al medio. Porque que el príncipe de la sinagoga pertenecía al número de los muy rudos, entiéndese por lo que le dice el Señor: No temas; basta que tú creas y se salvará. Precisamente esperó Él adrede que sobreviniera la muerte y entonces presentarse, a fin de que la prueba de la resurrección quedara bien patente. De ahí que camine tan lentamente y se entretenga en hablar largamente con la mujer: era dar tiempo a que la niña muriera y vinieran al presidente de la sinagoga con el recado: No molestes más al Maestro. Es sin duda lo que nos quiere dar a entender el evangelista cuando intencionadamente dice: Cuando aún estaba El hablando, vinieron los de casa, diciendo: Tu hija es ya muerta. No molestes más al maestro. Quería, pues, Jesús que la muerte quedara bien atestiguada, por que no se tuviera luego sospecha alguna de la verdad de la resurrección.
9.- Y lo mismo hace en otras ocasiones. Así, cuando la enfermedad de Lázaro, esperó uno, dos y hasta tres días. Todas estas razones tiene, pues, para descubrir a la mujer, a la que dice: Ten buen ánimo, hija mía. Lo mismo que había dicho al paralítico: Ten buen ánimo, hijo mío. Realmente, la mujer estaba llena de miedo, y por eso le dice Jesús que tenga buen ánimo y le da seguidamente nombre de hija. Hija suya, efectivamente, la había hecho la fe. Luego viene la alabanza: Tu fe te ha salvado. Lucas, por su parte, añade otras circunstancias acerca de esta mujer. Cuéntanos, en efecto, que, después que se acercó al Señor y recibió la salud, no la llamó Cristo inmediatamente, sino que antes dijo: ¿Quién es el que me ha tocado?
10.- Pedro y sus compañeros le dijeron entonces: Maestro, te están apretando y estrujando estas muchedumbres, y tú preguntas: ¿Quién me ha tocado? Lo cual era la mejor prueba de estar Él revestido de carne y juntamente de cómo ponía bajo sus pies todo orgullo. Porque no le seguía la gente de lejos, sino que le venían apretando y estrujando. Mas Él, dice el evangelista, prosiguió diciendo: No, alguien me ha tocado, pues yo me he dado cuenta que salía virtud de mí. Lo que era responder a la ruda idea que tenían sus oyentes. Pero también habló así con el fin de persuadir a la mujer a que lo confesara todo por sí misma. Por eso no la interrogó tampoco inmediatamente, pues quería hacerla ver que Él lo sabía todo perfectamente y moverla así a que ella, espontáneamente, lo contara todo.
12.- Otra prueba de que el Señor obró así para glorificar a la mujer e instruir a los otros y no por propia ostentación es la siguiente: aun sin eso, Él había de ser igualmente admirado, pues sus milagros le fluían más copiosos que los copos de la nieve y ya había hecho y aun había de hacer muchos otros mayores que aquél; la mujer, empero, de no haberla descubierto el Señor, hubiera pasado inadvertida y se hubiera visto privada de aquellas grandes alabanzas. De ahí que, haciéndola el Señor salir al público, proclamó su fe y le quitó todo temor, se le acercó temblando, dice el evangelista, y la animó a tener confianza. Por fin, juntamente con la salud corporal, dióle otro viático con sus palabras: Vete en paz. San Lucas 8,48.
13.- Resurrección de la niña muerta.- Mas llegando Jesús a la casa del príncipe de la sinagoga y viendo a los tañedores de flauta y a la turba alborotada, dijo: Retiraos, porque la niña no ha muerto, sino que está durmiendo. Y hacían mofa de él. Buenas señas de príncipes de sinagoga, todo aquel aparato de flautas y címbalos para excitar el lamento después de la muerte. ¿Y qué hace Cristo? Hizo salir de allí a todo el mundo y sólo dejó dentro a los padres de la niña porque no se pudiera decir que había sido otro el que la había curado. Y aun antes de resucitar a la niña, los resucita a ellos con sus palabras, diciéndoles: La niña no ha muerto, sino que está durmiendo. Del mismo modo procede en otras muchas ocasiones. Y como en la tormenta del mar, antes que al mar increpó a sus discípulos, así también aquí echa ante todo fuera el alboroto de las almas de los allí presentes, a par que da a entender, con el símil del sueño, que, para Él, resucitar a los muertos era la cosa más sencilla del mundo.
14.- Exactamente como lo hizo en el caso de Lázaro, al decir: Lázaro, nuestro amigo, está dormido. San Juan 11,11. Por ese mismo símil nos enseña juntamente a no temer la muerte, pues deja ya de ser muerte y se convierte en adelante en sueño. Y es que, como Él mismo había de morir, va de antemano preparando a sus discípulos en persona de otros a que tengan buen ánimo y sepan llevar pacientemente al acabamiento de la vida. Porque, en efecto, después de su venida, la muerte no había de ser ya más que un sueño. Y, sin embargo, hacían mofa de Él. Él, empero, no se enfadó de que no se le creyera, pues bien pronto iba a realizar el milagro en lo mismo de que se le reían. Tampoco reprendió la risa, pues ésta misma, las flautas y címbalos y todo lo demás eran buena demostración de la muerte de la niña.
16.- Y no la resucitó introduciendo en su cuerpo un alma nueva, sino haciendo volver a la que había salido de él y despertándola en cierto modo de su sueño. Por lo demás, tomó a la niña de la mano, dando plena certeza a los presentes y preparando, por los ojos mismos, el camino de la fe en la resurrección. El padre le había antes suplicado: Pon sobre ella tu mano. Y Él hace más de lo que le pidiera, pues no se la impuso, sino que tomó la de ella y así la hizo levantar: modo de hacerles ver que para Él todo era fácil y hacedero. Y no sólo la hace levantarse, sino que manda que se le dé de comer, a fin de que no imaginaran que lo sucedido era caso fantástico. Sin embargo, no es Él quien da de comer a la niña, sino que se lo encarga a sus padres. Así también en el caso de Lázaro dijo: Desatadlo y dejadle que ande. San Juan 11,44. Luego se sentó también con él a la mesa. Dos cosas procuraba, en efecto, siempre el Señor: sentar bien primero la prueba de la muerte y luego no dejar lugar alguno a duda sobre la resurrección.
17.- Lección moral: no imitemos el duelo de los paganos. Mas considerad, os ruego, no sólo la resurrección, sino el mandato que da el Señor de no decir nada a nadie. Y aprendamos siempre la lección que nos da la humildad y de molestia. Después de esto, pensemos también que el Señor echó fuera a toda aquella chusma del duelo y los declaró indignos de presenciar el milagro de la resurrección de la niña. Por vuestra parte, no os salgáis con los tañedores de flauta, sino quedaos dentro juntamente con Pedro, con Juan y con Santiago. Porque si entonces arrojó afuera a aquéllos, mucho más los arrojará ahora. Entonces no era aún claro que la muerte fuera sólo un sueño; mas ahora esta verdad es más clara que el sol. Más ¿me objetas que el Señor no ha resucitado ahora a tu hija? Pero lo resucitará con absoluta certeza y con más gloria que ahora.
18.- La hija del presidente de la sinagoga, después de resucitar volvió otra vez a morir; mas la tuya, cuando resucite, permanecerá inmortal para siempre. Nadie, pues, haga ya duelo, nadie se lamente y rebaje así la gloria de Cristo. Porque Cristo ha vencido a la muerte. ¿A qué, pues, lamentarse inútilmente? La muerte se ha convertido en un sueño. ¿A qué vienen, pues, esos gemidos y lágrimas? Cuando eso lo hacen los gentiles, son dignos de risa; ¿qué defensa tendrá, pues, un cristiano que a sí mismo se deshonra de ese modo? ¿Qué perdón tendrán quienes cometen tales insensateces, y eso después de tanto tiempo, en que se han dado pruebas tan patentes de la resurrección? Más vosotros, como empeñados en aumentar vuestra culpa, aún lleváis a vuestra casa plañideras gentiles, con lo que no hacéis sino enconar vuestro dolor, prender nuevo fuego al horno de vuestra desgracia.
19.- ¿No oís a Pablo, que dice: ¿Qué acuerdo puede haber entre Cristo y Belial? ¿Qué parte tiene el fiel con el infiel? 2ª Corintios 6,15. Y aun los gentiles mismos, que nada saben de resurrección, encuentran sus razones de consuelo y dicen: “Súfrelo generosamente, pues lo hecho no tiene remedio y con las lágrimas nada se consigue”. Y tú que has oído más alta y más útil filosofía que ésa, ¿no te avergüenzas de hacer en tales casos cosas más indecorosas que los mismos gentiles? Porque nosotros no decimos: “Súfrelo generosamente, pues la cosa no tiene remedio”, sino: “Súfrelo generosamente, pues ha de resucitar con absoluta certeza. La niña está dormida, no muerta; está descansando, no perdida”. A la muerte, en efecto, seguirá la resurrección, y a ésta la vida eterna y la inmortalidad y la herencia con los ángeles. ¿No has oído el salmo que dice: Vuélvete, alma mía, a tu descanso, porque el Señor te ha hecho un beneficio? Salmo 114,7.
20.- DIOS mismo llama a la muerte beneficio, y ¿tú te lamentas? ¿Qué más hicieras, de ser enemigo mortal de quien ha muerto? Si hay que lamentarse, el diablo es el que tiene que lamentarse. Él haga duelo, él llore y gima, de ver que nosotros caminamos a mayores bienes. Ese gemido es digno, sí, de su maldad; pero no dice contigo, que vas a ser coronado y a gozar de descanso. La muerte, en efecto, es un puerto de paz. Considerad, si no, de cuántos males está llena la vida presente. Considerad las veces que vosotros mismos habréis maldecido la existencia presente. Las cosas, en efecto, van siempre avanzando de mal en peor, y ya desde el principio nos cupo en herencia una no pequeña maldición. En dolores, dijo DIOS a la mujer, parirás tus hijos. Y al hombre: Con el sudor de tu frente comerás tu pan. Génesis 3,16-17.
21.- Y el Señor, luego a sus discípulos: En el mundo tendréis tribulación. San Juan 16,33. Nada, empero, semejante, sino todo lo contrario, se dice de la vida venidera: Huyó el dolor, la tristeza y el gemido. Isaías 35,10. Y en el evangelio: Vendrán de oriente y occidente y descansarán en el seno de Abrahán, de Isaac y de Jacob. San Mateo 8, 11. La otra vida, se nos dice también, es una espiritual cámara nupcial y unas espléndidas lámparas y una eterna morada en el cielo.
22.- No dice con la fe cristiana llorar demasiado a los muertos. 4. ¿Porqué, pues, deshonras al difunto? ¿Por qué haces que los otros tiemblen y se espanten ante la muerte? ¿Por qué haces que muchos acusen a DIOS, como si Él fuera autor de grandes males? O, mejor aún, ¿por qué después de todo eso llamas a los pobres y solicitas las oraciones de los sacerdotes? Para que el difunto, me contestas, llegue al lugar del descanso, para que halle propicio a su juez. ¿Y por eso lloras tú y te lamentas? ¿No ves que luchas contra ti mismo, a ti mismo te haces la guerra, pues por el hecho de llegar el otro al puerto, tú levantas tormentas contra ti? Y ¿qué le voy a hacer?, me contestas. ¡Es ley de la naturaleza! No, no tiene la culpa la naturaleza ni ello es consecuencia ineludible de las cosas.
24.- Respondiósele que luchando con gran valor, y él inmediatamente se volvió a poner la corona y continuó el sacrificio, y se presentaron en público vestidos de blanco, con el solo intento de adquirirse gloria presente; tú, empero, ni aun por amor a la venidera das vado a todas esas lamentaciones mujeriles. Pero me dirás que no te queda heredero que te suceda en tu fortuna. Entonces, ¿qué preferirías: que tu hijo sea heredero de tus bienes o heredero de los del cielo? ¿Qué desearías; que te sucediera en bienes perecederos que, en todo caso, tendría que dejar poco después, o en los bienes permanentes e inmovibles? Tú no le has tenido por heredero; pero le ha tenido DIOS en lugar tuyo. No ha entrado a la parte con sus hermanos, pero ha entrado a la parte con Cristo.
25.- Y ¿a quién insistes dejamos nuestros vestidos y nuestras casas y nuestros esclavos y nuestros campos? Pues a él también y con más seguridad que si viviera. No hay inconveniente ninguno. Porque si las gentes bárbaras queman con sus difuntos lo que en vida les perteneciera, mucho más justo es que tu también mandes con el difunto lo que fue suyo, no para que se convierta en ceniza, como entre los bárbaros, sino para que le gane mayor gloria. Si murió en pecado, para que sea absuelto de él; y si murió justo, por que ello se le convierta en acrecentamiento de galardón y recompensa. ¿Me dices que tienes ganas de verlo? Pues vive la vida que él vivió, y bien pronto podrás contemplar aquel rostro bienaventurado.
26.- Juntamente con todo esto, has de considerar otra cosa, y es que, si ahora no quieres escucharme, con el tiempo no tendrás otro remedio que creerme, mas entonces, ningún mérito tendrás, pues toda tu resignación se la deberás a la misma muchedumbre de los días. Mas si ahora te decides a obrar como filósofo, de ello te vendrán dos ventajas muy grandes: la primera, que te librarás a ti mismo de los males presentes; y luego, que recibirás de DIOS una espléndida corona. Porque, a la verdad, llevar resignadamente una desgracia, mérito mayor es que hacer limosna y muchas otras cosas.
27.- El recuerdo de la muerte del Señor.- Considera que también el Hijo de DIOS murió, y Él murió por amor tuyo; tú, empero, mueres por culpa tuya. Y si es cierto que Él dijo: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, San Mateo 26, 39; si es cierto que estuvo triste y sufrió agonía de muerte, sin embargo, no esquivó la muerte, sino que la afrontó con la más espantosa tragedia. Porque no sufrió sencillamente la muerte, sino la más ignominiosa de las muertes. Antes de la muerte fue azotado, y antes de ser azotado fue burlado, escarnecido e insultado. ¡Gran lección para que nosotros lo soportemos todo valerosamente! Sin embargo, después de haber muerto y depuesto su cuerpo, otra vez lo recuperó con mayor gloria. Con lo que nos da también las más magníficas esperanzas. Si todo esto no es para ti una fábula, no te lamentes; si todo esto lo tienes por digno de fe, no llores. Y si lloras, ¿cómo podrás convencer a los gentiles de que crees?
28.- No hay razón para llorar al que ya está libre de males.- 5. Más con todo eso, ¿te parece todavía insoportable tu desgracia? Pues por eso justamente no has de llorar al difunto, puesto caso que está él ya libre de desgracias como la tuya. No te muestres, pues, con él envidioso, no le tengas ojeriza. Porque propio parece de un envidioso, propio de una malquerencia, desearse a sí mismo la muerte y llorarle al otro porque no vive, porque, consiguientemente, no ha de sufrir muchos males como el que tú sufres. No pienses que no ha de volver más a tu casa; piensa más bien que muy pronto irás tú donde él está. No pienses que ya no volverá a ver lo de acá, sino que tampoco esto que acá se ve ha de permanecer en un ser, sino que todo se ha de transformar. Porque es así que el cielo, la tierra, el mar y el universo todo, todo se ha de cambiar, y entonces todo esto pertenecerá a tu hijo con mayor gloria.
29.- Y si salió de este mundo en pecado, ya ha terminado de pecar; pues si DIOS hubiera previsto que había de convertirse, no le hubiera arrebatado la vida antes de hacer penitencia; y si murió justo, ya posee el bien con entera seguridad. De donde resulta evidente que tus lágrimas no proceden de cariño, sino de pasión irracional. Porque si de verdad amaras al difunto, tendrías que alegrarte y regocijarte, pues está ya libre de los oleajes de este mundo. Porque, ¿qué ventaja, dime por favor, le llevamos nosotros? ¿Qué hay en el mundo de peregrino y nuevo? ¿No vemos que todo se repite diariamente en incesante giro?
30.- Al día sucede la noche, a la noche el día; al invierno el verano, y al verano el invierno. Y nada más. Todo es siempre lo mismo. Lo único peregrino y nuevo son los males. ¿Luego estos males querías tú que el difunto hubiera ido agotando día a día, y permanecer aquí para sufrir enfermedades, y llorar, y temer, y temblar, y lo que no sufriera de hecho, estar siempre temblando de que lo puede sufrir? Porque no me dirás que, de haber tenido que hacer la travesía de este ancho océano de la vida, le hubiera sido posible realizarla sin saber de una tristeza, ni preocupación ninguna, ni males semejantes. Aparte de todo esto, considera también que no diste a luz un hijo inmortal, y que si no hubiera muerto ahora, hubiera tenido que morir poco después. ¿Me dirás que no te saciaste de su vista? Ya te saciarás absolutamente en el cielo.
31.- ¿Me replicas que quieres verle también aquí? ¿Qué inconveniente hay en ello? También aquí es ello posible, con sólo que vivas vigilante. La esperanza, en efecto, de lo venidero es más clara que la vista misma. Si tu hijo estuviera en el palacio real, con saber que era feliz, ya no tendrías deseo de verle; ahora sabes que ha ido a gozar de bienes mayores, sabes que es cuestión de poco tiempo, y ¿con todo eso te desanimas, cuando por añadidura te queda, en vez del hijo, el marido? ¿Me dices que no tienes marido? Más no me dirás que no tienes por consuelo al Padre de los huérfanos y Juez de las viudas. Escucha cómo proclama Pablo bienaventurada esa viudez y dice: Mas la que es de verdad viuda y está sola, confía en el Señor. 1ª Timoteo 5,5. Ésta aparecerá, en efecto, más gloriosa, pues ha dado pruebas de mayor resignación.
32.- Exhortación final: No llorar al que está ya libre de todo cambio. No llores, pues, al que ha de merecerte tu corona, al que será prenda de tu galardón. Has devuelto el depósito que guardabas, has presentado lo que se te había confiado. Ya no has de preocuparte más, desde el momento que has dejado tu riqueza en lugar inaccesible a los salteadores. Si supieras qué tal es la vida presente, qué tal la futura, cómo la presente vida no es más que una tela de araña y una sombra, y la futura, inmutable e inmortal, todos los otros motivos estarían de más.
33.- Porque ahora tu hijo está ya libre de toda vicisitud; mas, de haber seguido aquí abajo, tal vez hubiera permanecido bueno, tal vez no. ¿No ves cuántos padres tienen que rechazar a sus propios hijos? ¿No ves cuántos se ven forzados a tener consigo a los que son peores que los mismos rechazados? Considerando, pues, todas estas cosas, portémonos como sabios, pues de esta manera no sólo seremos gratos al difunto mismo, sino que obtendremos grandes alabanzas de los hombres y magníficas recompensas de DIOS por nuestra resignación y, finalmente, alcanzaremos los bienes eternos, que a todos os deseo por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Homilías San Juan Crisostomo
HOMILIA 38 - SAn Juan Crisostomo
290.- Por cuantos medios nos atrae el Señor a su fe.-
1. Mirad por cuántos medios trata el Señor de atraer a sus oyentes a la fe en Él. En primer lugar, por las alabanzas tributadas a Juan Bautista, pues por el hecho de demostrarles que había sido varón grande y maravilloso afirmaba que eran dignas de crédito las cosas por aquél dichas, por las que justamente el Precursor había tratado de llevarlos a su conocimiento. Segundo, por su propia sentencia de que el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos son los que arrebatan. San Mateo 11,12. Palabras con que el Señor quería incitarlos y aun empujarlos. Tercero, por el hecho de mostrarles que todos los profetas habían ya terminado, puesto que ello ponía bien de manifiesto que Él era el que aquéllos habían de antemano anunciado.
291.- Cuarto, haciéndoles ver que cuanto Él tenía que hacer, todo lo había hecho; que es lo que quiso significar por la comparación de los chiquillos que juegan en la plaza. Quinto, por medio de las maldiciones contra los que no creían, contra los que había dirigido tan terribles amenazas. Sexto, dando gracias, ahora, a su Padre, por los que creen. Porque aquí: Te confieso, Padre, tanto vale como: Te doy gracias, Padre: Te doy gracias, Padre diceporque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes.
292.- El Señor no se alegra de la ceguera de los sabios.-
¿Cómo? ¿Es que el Señor se alegra de que se pierdan los sabios y prudentes y de que no conozcan estas cosas? ¡De ninguna manera! No. Es que el mejor camino de salvación era no forzar los que le rechazaban y no querían aceptar su enseñanza. De este modo, ya que por el llamamiento no habían querido convertirse, sino que lo rechazaron y menospreciaron, por el hecho de sentirse reprobados vinieran a desear su salvación. De este modo también, los que les habían atendido vendrían a ser más fervorosos. Porque el habérseles a éstos revelado estas cosas era motivo de alegría; mas el habérseles ocultado a los otros, no ya de alegría, sino de lágrimas. Y también éstas derramó el Señor cuando lloró sobre Jerusalén. No se alegra, pues, por eso, sino porque lo que no conocieron los sabios, lo conocieron los pequeñuelos. Como cuando dice Pablo: Doy gracias a DIOS porque erais esclavos del pecado, pero obedecisteis de corazón a la forma de doctrina a que fuisteis entregados. Romanos 6,17. No se alegra, pues, Pablo de lo que hubieran sido, sino que gozaron luego de tan altos dones de DIOS.
293.- Quienes son los sabios que rechaza el Señor.-
Llama aquí el Señor sabios a los escribas y fariseos, y habla así para incitar el fervor de sus discípulos, al ponerles delante qué bienes se concedieron a los pescadores y perdieron todos aquellos sabios. Mas, al llamarlos sabios, no habla el Señor de la verdadera sabiduría, que merece toda alabanza, sino de la que aquéllos se imaginaban poseer por su propia habilidad. De ahí que tampoco dijo: “Se les ha revelado a los necios”, sino: A los pequeños, es decir, a los no fingidos, a los sencillos. Y hace ver el Señor que no inmerecidamente, sino con toda razón, fueron privados aquellos presuntos sabios de gozar de estos bienes. Es una nueva lección que nos da de que nos apartemos de toda soberbia y sigamos la sencillez. La misma que Pablo nos reitera, con más energía, cuando escribe: Si alguno entre vosotros cree ser sabio en este siglo, hágase necio para llegar a ser sabio. 1ª Corintios 3,18. Porque así se muestra la gracia de DIOS.
294.- Por qué dirige Jesús su acción de gracias al Padre.-
Mas ¿por qué dirige el Señor su acción de gracias al Padre, cuando fue Él mismo quien hizo eso? Por la misma razón porque en otras ocasiones ruega y suplica a su Padre. Es una manera de mostrarnos el infinito amor que nos tiene, y lo mismo hace aquí. Porque también aquí nos da pruebas de su infinito amor. Por otra parte, les da a entender a aquellos sabios y prudentes que no sólo le habían perdido a Él, sino también a su Padre. Porque lo mismo que Él había mandado a sus discípulos: No arrojéis lo santo a los perros. San Mateo 7,6, cumplíalo Él anticipadamente. Además, de ahí demuestra el Señor que ello era obra principalmente de su propia voluntad y de la del Padre. De la suya propia, porque se alegra y da gracias por el hecho; de la de su Padre, pues tampoco éste lo hizo porque se le hubiera suplicado, sino porque de suyo se movió a ello.
295.- Porque así, dice, fue tu beneplácito. Es decir, porque a ti te plugo. Ahora, por qué les fue esto oculto a escribas y fariseos, oye cómo lo dice Pablo: Porque, buscando establecer su propia justicia, no se sometieron a la justicia de DIOS. Romanos 10,3. Considerad, pues, qué sentirían naturalmente los discípulos al oír al Señor hablar así. Lo que los sabios no habían conocido, lo habían conocido ellos, y lo habían conocido por permanecer pequeñuelos, y lo habían conocido por revelación de DIOS. Lucas, por su parte, cuenta que en el mismo momento en que llegaron los setenta y dos discípulos y le refirieron al Señor lo que les había pasado con los demonios, entonces fue cuando Él se regocijó y dijo estas palabras, que, a par que habían de incitar más su fervor, eran también un aviso a la humildad. San Lucas 10,17-21. Y es que, como naturalmente habían de sentir algún orgullo de haber expulsado a los demonios, también por ahí trata el Señor de reprimirlos. Lo que había sucedido, obra era de revelación divina, no fruto de su propio esfuerzo.
296.- Admonición contra el orgullo.-
2. Justamente, si escribas y fariseos, que se tenían por sabios, habían perdido aquella gracia, a su propio orgullo se lo debían. Luego, si por su orgullo les fue ocultado este conocimiento, temed también vosotros, les dice, y manteneos pequeñuelos. Vuestra pequeñez fue causa de que vosotros gozarais de la revelación, como su orgullo los privó a ellos de ese conocimiento. Porque es de notar que cuando el Señor dice: Se lo escondiste, no por ello afirma que DIOS lo hiciera todo; al modo que cuando dice Pablo: DIOS los entregó a su sentido reprobado y cegó sus pensamientos. Romanos 1,28, no habla ahí de DIOS como quién obró todo eso. No, fueron ellos los que tuvieron la culpa. Así hay que entender aquí lo de ocultar y revelar.
297.- La dignidad única del Hijo.-
Ya que el Señor había dicho: Te confieso, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeñuelos; por que nadie pensara que hablaba así por no tener Él mismo aquel poder y no ser capaz de hacer lo mismo que el Padre, prosigue diciendo: Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre. Era como decirles a los discípulos, que se alegraban de haber expulsado a los demonios: ¿Por qué os maravilláis de que os obedezcan los demonios? Todo es mío, todo me ha sido entregado. Mas, ya que oyes la palabra entregado, no por ello te imagines una entrega a la manera humana. Si el Señor la emplea aquí es porque quiere que no nos imaginemos a dos dioses ingénitos. Porque, que Él es engendrado y a par dueño soberano de todas las cosas, por otros muchos testimonios nos lo pone Él de manifiesto. Seguidamente, y para esclarecer aún más tu inteligencia, aún dice el Señor algo más grande: Y nadie conoce al Hijo sino el Padre; ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo.
298.- Los ignorantes pudieran pensar que no hay enlace entre esta sentencia del Señor y lo anteriormente dicho; sin embargo, lo hay y muy estrecho. Y, en efecto, como Él había dicho: Todo me ha sido entregado por mi Padre, prosigue: “¿Y qué maravilla es que sea dueño soberano de todas las cosas, cuando tengo algo más grande que esa soberanía, pues conozco al Padre y soy de su misma sustancia? Porque, veladamente, también esto lo da a entender el Señor por el hecho de ser Él solo quien de este modo conoce al Padre. Decir en efecto: Nadie conoce al Padre sino el Hijo, eso es lo que quiere decir. Y notad el momento en que el Señor dice esto: cuando ya sus discípulos habían recibido en las obras una prueba de su poder, no sólo de haberle visto a Él hacer milagros, sino porque ellos mismos los habían hecho tan grandes en nombre suyo.
299.- Además, como había dicho: Lo has revelado a los pequeñuelos, ahora hace ver que también esta revelación es obra suya: Porque nadie, dice, conoce perfectamente al Padre sino el Hijo y a quien el Hijo se lo quiere revelar. A quién Él quisiere, no a quien se le ordene o se le mande. Ahora bien, si revela al Padre, también se revela a si mismo. Esto, sin embargo, por evidente, lo pasó por alto, y sólo habló de la revelación del Padre, que es lo que hace en todas partes, como cuando dice: Nadie puede venir al Padre sino por mí. San Juan 14, 6. Mas, con esto, otra cosa pretendía también demostrar el Señor, a saber, su perfecta armonía y acuerdo de sentir con el Padre. Tan lejos estoy, parece decir a sus enemigos, de estar en pugna con el Padre, ni de hacerle la guerra, que ni posible es que nadie vaya a Él sino es por mí. Como quiera que lo que señaladamente escandalizaba a los judíos era que, a su parecer, se mostraba contrario a DIOS, esa imaginación trata el Señor de quitarles por todos los medios, y no se preocupa de ello menos, sino más, que de los mismos milagros.
300.- Notemos, sin embargo, que al decir: Nadie conoce al Padre sino el Hijo, no quiere decir que todos en absoluto le desconocieran, sino que el conocimiento que Él tenía del Padre no lo había alcanzado nadie. Lo cual puede igualmente decirse del Hijo. No hablaba aquí el Señor de un DIOS desconocido, del que nadie hubiera tenido noticia, como opinara Marción, sino que aludía al cabal conocimiento que solo Él poseía. Y en este sentido, tampoco al Hijo lo conocemos como se le debe conocer. Es lo mismo que declara Pablo, cuando dice: En parte conocemos y en parte profetizamos.1ª Corintios 13, 9.
301.- “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”.-
Ahora, cuando con estas palabras ha excitado su deseo y les ha demostrado su inefable poder, convídalos a Sí, diciendo: Venid a mí todos los que estáis cansados y vais cargados, y yo os aliviaré. No éste o aquél, sino todos los que tenéis preocupaciones, sentís tristeza o estáis en pecado. Venid, no porque yo os quiera pedir cuentas, sino para perdonaros vuestros pecados. Venid, no porque yo necesite de vuestra gloria, sino porque anhelo vuestra salvación. Porque yo, dice, os aliviaré. No dijo solamente: os salvaré, sino lo que es mucho más: os pondré en seguridad absoluta.
302.- El yugo suave y la carga ligera.-
Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. No os espantéis, parece decirnos el Señor, al oír hablar de yugo, pues es suave; no tengáis miedo de que os hable de carga, pues es ligera. Pues, ¿cómo nos habló anteriormente de la puerta estrecha y del camino angosto? San Mateo 7,14. Eso es cuando somos tibios, cuando andamos espiritualmente decaídos; porque si cumplimos sus palabras, su carga es realmente ligera. ¿Y cómo se cumplen sus palabras? Siendo humildes, mansos y modestos. Esta virtud de la humildad es, en efecto, madre de toda filosofía. Por eso, cuando el Señor promulgó aquellas sus divinas leyes al comienzo de su misión, por la humildad empezó.
303.- Y lo mismo hace aquí ahora, a par que señala para ella el más alto premio. Porque no sólo, dice, serás útil a los otros, sino que tú mismo, antes que nadie, encontrarás descanso para tu alma. Encontraréis, dice el Señor, descanso para vuestras almas. Ya antes de la vida venidera te da el Señor el galardón, ya aquí te ofrece la corona del combate, y de este modo, a par que poniéndosete Él mismo por dechado, te hace más fácil de aceptar su doctrina.
304.- Exhortación a la humildad.-
3. Porque ¿qué es lo que tú temes, parece decirte el Señor? ¿Quedar rebajado por la humildad? Mírame a mi, considera los ejemplos que yo os he dado y entonces verás con evidencia la grandeza de esta virtud. ¿Veis cómo por todos los medios los conduce a la humildad? Por lo mismo que Él hizo: Aprended de mí, porque yo soy manso y humilde de corazón. Por el provecho que de ello habían ellos mismos de sacar: Porque encontraréis, les dice, el descanso para vuestras almas. Por las gracias que Él mismo les concede: Porque también yo os aliviaré. Porque nos la hace fácil: Mi yugo es suave y mi carga ligera. Por modo semejante trata Pablo de persuadirnos diciendo: La presente momentánea tribulación nos produce, sobre toda ponderación, un eterno peso de gloria. 2ª Corintios 4,17.
305.- Pero ¿cómo puede llamar el Señor ligera su carga, cuando nos dice: El que no aborrece a su padre y a su madre; y: El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí; y: El que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. San Lucas 14,26-27, 33; cuando nos manda desprendernos hasta de la propia vida? Que te responda Pablo, cuando dice: ¿Quién nos separará de la caridad de Cristo? ¿Acaso la tribulación, o la estrechez, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espalda? Y aquello otro: No merecen los sufrimientos de este siglo entrar en parangón con la gloria venidera que ha de revelarse en nosotros. Romanos 8,35.18. Te respondan los apóstoles, que salen del sanedrín de ser azotados, e iban alegres, porque habían merecido ser deshonrados por el nombre de Jesús. Actos 5,41.
306.- Y si tú tiemblas y te estremeces de sólo oír “yugo” y “carga”, tu miedo no viene de la naturaleza misma de la cosa, sino de tu tibieza. Porque, si fueras decidido y fervoroso, todo se te haría fácil y ligero. De ahí que Cristo, para darnos a entender que también de nuestra parte hemos de trabajar algo, no habló sólo de lo fácil y se calló, ni tampoco sólo de lo pesado, sino que juntó lo uno y lo otro. Nos habló de yugo, pero lo llamó suave; nos habló de la carga, pero la calificó de ligera. Así, ni por excesivamente trabajoso, lo huyeras; ni por excesivamente ligero, lo desdeñaras.
307.- La virtud es menos pesada que el vicio.-
Mas en fin, si, aun con todo eso, todavía te parece la virtud cosa difícil, considera que aún es más difícil el vicio. Y eso justamente da a entender el Señor por el hecho de que no dijo primero: “Tomad mi yugo”, sino ante todo: Venid a mí los que estáis cansados y vais cargados; lo que valía tanto como decir que el pecado produce fatiga y es carga pesada e incomportable. Porque no habló el Señor sólo de “cansados”, sino también de “cargados”. Lo mismo decía también el profeta al describir la naturaleza del mismo pecado: Como carga pesada se aposentaron sobre mí. Salmo 37,5. Y así lo demuestra la experiencia misma. Nada, en efecto, agobia tanto el alma, nada ciega tanto la inteligencia y la abate hasta el suelo, como la conciencia del pecado. Nada, en cambio, presta tan ligeras alas al alma, nada la levanta tanto al cielo, como la posesión de la justicia y virtud.
308.- Si no, mira, ¿Qué más pesado, dime, que no poseer nada, volver la otra mejilla, no poder volver golpe por golpe, morir de muerte violenta? Sin embargo, si abrazamos la divina filosofía, todo eso se nos hará fácil y ligero y hasta se convertirá en una fuente de placer. Más no os alborotéis. Vamos a examinar, puntualmente, cada una de esas cosas y, si os place, empezaremos por lo que a muchos se les antoja por extremo trabajoso. Ahora bien, ¿qué os parece, decidme, más pesado y molesto? ¿No tenerse que preocupar más que de un vientre o llevar ansiosamente la carga de infinitos otros? No tener más que un vestido que ponerse y no buscar nada más o tener las arcas llenas de ropas. Y atormentarse día y noche, temiendo y temblando por su custodia, sufriendo y angustiándose por su deterioro, si los atacará la polilla, si algún esclavo los robará y se irá con ellos.
309.- Sin embargo, cuanto yo diga, no tendrá tanta eficacia para demostrar mi tesis como la experiencia misma de las cosas. Por eso yo quisiera que se nos presentara aquí alguno de los que ya han alcanzado esas cumbres de la filosofía. Y entonces verías claramente el placer que en si encierra la pobreza. Yo os aseguro que ninguno de los que se han enamorado de la pobreza querían hacerse ricos, aunque infinitos se lo ofrecieran. Pero ¿acaso, me replicarás, querrían los ricos ser pobres y dejar esas preocupaciones que tienen? ¿Y qué prueba eso? Eso sólo prueba su locura y la grave enfermedad que sufren, no que la riqueza sea cosa tan suave como tú te imaginas.
310.- Alegría del seguimiento de Cristo.-
4. Bien pudieran atestiguarnos esto mismo aquellos que diariamente se lamentan de tantas preocupaciones y tienen la vida por insoportable. No así los seguidores de Cristo, que ríen y viven jubilosos y se glorían de su pobreza más que los reyes de su diadema. Así, también, si atentamente se mira, volver la otra mejilla es más fácil que volver golpe por golpe. Lo uno es empezar la guerra; lo otro, ponerle fin. Con lo uno se enciende más el fuego del enemigo; con lo otro apagamos hasta el ardor propio. Ahora bien, que no quemarse sea más agradable que abrasarse, es cosa que se le alcanza a todo el mundo. Y si tal sucede con el cuerpo, con mucha más razón en el alma. ¿Qué es más fácil: combatir o recibir la corona, luchar con el pugilato o tener ya en la mano el premio, ser traído y llevado por las olas o arribar al puerto?
311.- Luego también el morir es mejor que el vivir. El morir nos saca de las olas y peligros, el vivir, empero, nos pone en medio de ellos y nos expone a mil asechanzas y necesidades, por las que tú mismo has tenido la vida por incomportable. Y si niegas fe a las palabras, oye a los que contemplaron los rostros de los mártires en tiempo de las persecuciones cómo, azotados y aserrados, estaban radiantes de alegría, y, tendidos sobre sus parrillas, se sentían más gozosos y jubilosos que los que están echados sobre lecho de rosas. De ahí que dijera también Pablo cuando estaba para salir de este mundo, y salir por muerte violenta: Me alegro y me congratulo con todos vosotros; y vosotros, igualmente, alegraos y congratulaos conmigo. Filipenses 2,17-18. ¡Mirad con qué extremos convida a la tierra entera a que tome parte en su alegría! Tan grande bien sabía él que era el viaje de este mundo al otro; tan apetecible, tan amable, tan digna de ser pedida se le aparecía la muerte misma, ella tan espantable para otros.
312.- Tormento del esclavo de la pasión.-
Por muchas otras consideraciones pudiera todavía demostrarse evidentemente que el yugo de la virtud es suave y ligero. Mas consideremos ya, si os place, las cargas que lleva consigo el pecado. Tomemos como ejemplo a los avaros, a esos vendedores y revendedores de desvergonzadas escrituras de pago, títulos y obligaciones. ¿Puede haber carga más pesada que ese negocio? ¡Cuántas angustias, cuántas preocupaciones, cuántos choques, cuantos peligros y asechanzas y guerras no engendran diariamente tales ganancias! ¡Cuántos alborotos y tumultos! Como no es posible contemplar el mar absolutamente en calma, así tampoco es posible que un alma de ésas se halle sin preocupaciones, sin tristezas, sin temores y sin turbación. Unas olas se suceden a otras, y a estas otras, y antes de que unas terminen ya se han levantado otras.
313.- Pero ¿quieres contemplar el alma de los maldicientes y de los iracundos? ¿Y qué tortura habrá peor que ésta? ¿Qué herida más dolorosa que las que éstos llevan dentro? ¿Qué habrá peor que ese horno que siempre arde y que esa llama que nunca se apaga? ¿Qué decir de los que aman los cuerpos y viven apegados a la presente vida? ¿Hay esclavitud más dura que ésa? Ellos viven la vida del mismo Caín, temiendo siempre y temblando; y si uno de los que ellos aman viene a fenecer, lloran en ellos su propia muerte más que si fueran sus mismos allegados. ¿Y qué hay más alborotado y más loco que un soberbio? Aprended de mí, dice el Señor, porque yo soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. La paciencia, en efecto, es la madre de todos los bienes.
314.- Exhortación final: Tomemos sin miedo el yugo del Señor.
No temas, por ende, ni huyas de un yugo que te libra de todos estos males; ponte más bien debajo de él con todo fervor y entonces verás claramente su suavidad. Ese yugo no oprime tu cuello, sino que sólo se te impone por razón de disciplina, para enseñarte a caminar derechamente, para conducirte por el camino real, para preservarte de los abismos a uno y otro lado, para hacerte recorrer con facilidad la senda estrecha. Ahora, pues, ya que tanta es su seguridad, tantos los bienes que nos procura, tanta la alegría, llevemos ese yugo con toda nuestra alma, con todo el fervor de nuestro corazón. De ese modo, hallaremos aquí el descanso para nuestras almas, y alcanzaremos luego los bienes venideros por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén
HOMILIA 33 - san Juan Crisóstomo
86.- Corderos entre lobos.
1. Ya les ha infundido el Señor confianza a sus discípulos acerca del necesario sustento; les ha abierto todas las puertas y les ha señalado una forma digna de entrar: no como vagabundos y mendigos, sino como superiores a los mismos que los habían de recibir. Eso les quiso mostrar al decirles: Digno es el trabajador de que se le pague su salario; eso al ordenarles preguntar quién fuera en cada lugar persona digna y en casa de ella hospedarse, eso al mandarles saludar con la paz a quienes los recibieran, y eso, en fin, por los castigos con que amenazó a quienes los rechazaran; de este modo los ha librado ya de toda preocupación; los ha armado con el poder de hacer milagros, y, al apartarlos de todo lo terreno y librarlos de todo cuidado temporal, les ha hecho como de hierro y de diamante.
87.- Ahora es venido el momento de decirles los males que a ellos mismos habían de venirles, no sólo los que poco después habían de suceder, sino también los de tiempo muy posterior, con lo que muy de antemano los preparaba para la guerra contra el diablo. Muchas cosas conseguía el Señor de este modo. Primero, que conocieran la fuerza de su presciencia. Segundo, que nadie pudiera sospechar que por flaqueza del maestro acontecía todo aquello a sus discípulos. Tercero, que los que habían de sufrirlo no se espantaran como de cosa inesperada y fuera de lo normal. Cuarto, que al oír esto, al tiempo mismo de la cruz, no se turbaran. A la verdad, eso fue lo que les pasó entonces, como se lo reprende Él mismo diciéndoles: Porque os he dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón, y nadie de vosotros me pregunta: ¿Dónde vas? San Juan 16, 5-6.
88.- Y, sin embargo, nada les dicen aún sobre sí mismo: que había de ser prendido y azotado y muerto, pues no quería con tales cosas turbar sus almas. De momento sólo les predice lo que ellos mismos tendrían que sufrir. Quiéreles seguidamente hacer ver que esta guerra es nueva, y peregrino el modo de combatir, pues los envía por el mundo desnudos de todo, con una sola túnica, sin sandalias, sin bastón ni dinero en el cinturón y sin alforjas, con orden de alimentarse en casa de quienes los reciban. Mas ni aquí detiene el Señor su discurso; para hacer alarde de su poder inefable, prosigue diciéndoles: “Y yendo así por el mundo, habéis de dar muestras de mansedumbre de ovejas, y de ovejas que van a ir a lobos, y no ir como quiera, sino estar en medio de los lobos”.
89.- Y no sólo manda el Señor a sus discípulos que tengan mansedumbre de ovejas, sino también sencillez de paloma. Porque yo, parece decirles, quiero señaladamente hacer muestra de mi poder en que las ovejas venzan a los lobos; en que, estando ellas en medio de los lobos, y no obstante sus infinitas dentelladas, no sólo no acaben con ellas, sino que sean ellas más bien las que conviertan a los lobos. Más maravilloso, mayor hazaña que matarlos, es hacerles cambiar de sentir, transformar enteramente su alma. Y eso que los apóstoles no eran más de doce y los lobos llenaban la tierra entera.
90.- Avergoncémonos los que hacemos lo contrario, los que atacamos como lobos a nuestros enemigos. Porque mientras somos ovejas, vencemos; aun cuando nos rodeen por todas partes manadas de lobos, los superamos y dominamos. Pero si nos hacemos lobos, quedamos derrotados, pues nos falta al punto mismo la ayuda del pastor. Como quiera que Él apaciente ovejas y no lobos, te abandona y se aleja de ti, pues no le permites que muestre su poder. Si, cuando se te hace un daño, tú muestras mansedumbre, a Él se atribuye todo el triunfo; pero si tú también acometes y descargas puñetazos, echas una sombra sobre la victoria. Mas considerad, por otra parte, os ruego, quiénes son estos a quienes se dirigen estos mandatos duros y trabajosos. Gentes cobardes y vulgares, hombres iletrados e ignorantes, totalmente desconocidos, que jamás entendieron de leyes del mundo, que jamás fueron capaces de salir a pública plaza; pescadores, en fin, y publicanos, llenos de defectos infinitos.
91.- Y si tales mandamientos son bastante a turbar aun a las almas grandes y elevadas, ¿cómo no habían de derribar y espantar a quienes no tenían experiencia de ninguna clase y que jamás habían soñado en acción alguna noble? Y, sin embargo, no los derribaron. Y con mucha razón, dirá tal vez alguno, pues les había el Señor dado poder de limpiar a los leprosos y expulsar a los demonios. Mas yo respondería que justamente lo que más podía turbarlos era que quienes tenían poder de resucitar a los muertos hubieran de sufrir tamaños males, como tribunales, cárceles y suplicios, guerras de todas partes, odio de toda la tierra. Todo eso les esperaba a quienes tenían poder de hacer milagros. ¿Cuál era, pues, el verdadero consuelo en medio de todos esos trabajos? El poder de quien les enviaba. De ahí que el Señor mismo, eso puso delante de todo: He aquí que yo os envío. Esto basta para vuestro consuelo, esto basta para que tengáis confianza y no temáis a los que os atacan.
92.- La prudencia de la serpiente.
2. ¡Mirad qué autoridad, mirad qué poder, mirad qué potencia invencible del Señor!. Como si dijera: “No os turbéis de que os envío como ovejas entre lobos y de que os mando que seáis sencillos como palomas. Hubiera podido ciertamente hacer lo contrario y no permitir que sufrierais mal alguno; hubiera podido hacer que no estuvierais bajo los lobos, sino que fuerais más espantables que leones. Sin embargo, os conviene que así sea. Esto os hará a vosotros más gloriosos y pregonará mejor mi poder. Es lo que el Señor le decía a Pablo: Te basta con mi gracia, pues mi poder se muestra en la flaqueza. 2ª Corintios 12, 9. Yo soy, pues, quien he hecho que así seáis”. Eso es lo que quiere dar a entender cuando dice: “Yo os envío como ovejas. No os desalentéis, pues; porque yo sé, yo sé muy bien que de este modo habéis de ser inatacables.
93.- Luego, por que también ellos pusieran algo de su parte y no pareciera que todo había de ser obra de la gracia; por que no pensaran, en fin, que se les iba a coronar sin más ni más, prosigue diciendo: Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas. Mas ¿de qué va a servir, parecen responderle, toda nuestra prudencia en medio de tantos peligros? Y hasta: ¿Cómo podemos en absoluto ser prudentes, agitados que estemos por tamañas oleadas? Por muy prudente que sea la oveja en medio de lobos, y de tantos lobos, ¿qué conseguirá con toda su prudencia? Por muy sencilla que sea la paloma, ¿qué aprovechará su sencillez cuando se le echen encima tantos gavilanes? Tratándose de animales irracionales, ni prudencia ni sencillez sirven para nada; pero en vosotros, de mucho.
94.- Mas veamos qué prudencia es lo que aquí pide el Señor. Prudentes como la serpiente, nos dice. Como la serpiente lo abandona todo, y aun cuando le hagan pedazos el cuerpo, no hace mucho caso de ello, con tal de guardar indemne la cabeza, así vosotros, parece decir el Señor, entregadlo todo antes que la fe, aun cuando fuera menester perder las riquezas, el cuerpo, la vida misma. La fe es la cabeza y la raíz. Si ésa se conserva indemne, aun cuando todo lo pierdas, todo lo recuperarás más espléndidamente. De ahí que no nos mandó el Señor que seamos sólo sencillos e ingenuos, ni sólo prudentes. Para que haya virtud, quiso que una y otra cosa fueran a la par. Para que no recibamos golpe en los puntos mortales tomó de la serpiente la prudencia; la sencillez, de la paloma, para que no nos venguemos de los que nos agravian, ni busquemos daño a quienes nos arman sus asechanzas.
95.- Si esta sencillez no se le añade, ¿para qué sirve la prudencia? ¿Qué puede entonces haber más duro que estos preceptos? ¿No era bastante tener que sufrir? No, responde el Señor. Yo no os permito ni que os irritéis, pues tal es la naturaleza de la paloma. Es como si uno mandara echar una caña seca en el fuego y mandara que no se quemara la caña, sino que apagara ella el fuego. Sin embargo, no nos alborotemos. Lo que el Señor predijo, sucedió; lo que mandó, fue cumplido y se mostró en las obras mismas. Los apóstoles fueron prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas, y ciertamente que no eran de naturaleza diferente, sino de la misma que nosotros.
96.- Nadie tenga, pues, por imposibles estos mandamientos. Mejor que nadie sabe el Señor mismo la naturaleza de las cosas, y Él sabe perfectamente que la insolencia es fuego que no se extingue con otra insolencia, sino con la mansedumbre. Y si queréis ver cómo así se cumple en la práctica, no tenéis cuántas veces el pueblo de los judíos se levantaba contra los apóstoles y afilaban sus dientes contra ellos; y cómo éstos, imitando a la paloma, les respondían con la debida modestia, y así apaciguaban su furor, y calmaban su furia, y deshacían todos sus ataques. Así, cuando les dijeron: ¿No os mandamos por mandato que no hablarais palabra en ese nombre?, aun cuando podían ellos haber hecho entonces mil milagros, no dijeron ni hicieron cosa alguna áspera, sino con toda mansedumbre se defendieron diciendo: Juzgad vosotros mismos si es justo obedeceros a vosotros antes que a Dios. Actos 5,28; 4,19. 97. Ya habéis visto la sencillez de la paloma; mirad ahora la prudencia de la serpiente: Porque nosotros no podemos menos de hablar de lo que hemos visto y oído. ¿Veis cómo por todas partes es menester que seamos perfectos, de suerte que ni los peligros nos abatan ni la ira nos arrebate?
98.- De las pruebas que esperan a los Apóstoles.-
De ahí que prosiga el Señor: Precaveos contra los hombres, porque ellos os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas. Y seréis conducidos ante gobernadores y reyes por causa mía, en testimonio para ellos y para las naciones. Nuevamente les obliga el Señor a estar vigilantes, pues por todas partes les ofrece sufrimientos, y a ellos, en cambio, no les permite hacer mal alguno. Por donde hemos de aprender que en el sufrir está la victoria y de ahí hemos de levantar nuestros trofeos. Porque no dijo: “Luchad también vosotros y resistid a los que os quieren hacer daño”. No. Lo único que dijo fue que los suyos tendrían que sufrir los últimos suplicios.
99.- 3. ¡Oh! ¡Cuán grande es el poder de quien así habla! ¡Cuán grande la filosofía de los que escuchan! A la verdad, muy de admirar es cómo, oyendo tales palabras, no se echaron a correr de allí; ellos, hombres tímidos, que en su vida habían pasado más allá del lago en que pescaban sus peces. Maravilla es también cómo no pensaron y se dijeron a sí mismos: “¿Y adónde vamos a huir ahora? Contra nosotros están los tribunales, contra nosotros los reyes y los gobernadores, las sinagogas de los judíos, los pueblos de los gentiles, los gobernantes y los gobernados”. Porque con aquellas palabras no sólo les señaló el Señor la Palestina y lo que en ella tendrían que sufrir, sino que de antemano les puso delante las luchas que les habrían de venir de la tierra entera. Seréis conducidos, les dice, ante los gobernadores y reyes.
100.- Con lo que les da a entender que más tarde los había de enviar como heraldos suyos a las naciones. La tierra entera, pues, has hecho enemiga nuestra; contra nosotros has armado a todos sus habitantes: pueblos, tiranos y reyes. Porque aún es más espantoso lo que sigue, si es que por causa nuestra han de ser los hombres fratricidas, filicidas y parricidas. Porque entregará, dice, el hermano al hermano a la muerte, y el padre al hijo, y se levantarán los hijos contra los padres y les darán la muerte. ¿Cómo, pues, pudieran haber dicho los apóstoles, cómo van a creer los demás, si ven que por causa nuestra los hijos son asesinados por los padres, y los hermanos por los hermanos, y que está el mundo todo lleno de abominaciones?
101.- ¿No nos arrojarán de todas partes como a genios maléficos, como a malditos y corruptores de la tierra, si ven que está el mundo empapado en sangre de parientes por tales crímenes? ¡Absolutamente!. Porque si las llenamos de muertes tales, ¡bonita la paz que vamos a dar a las casas adonde entremos! Por otra parte, si fuéramos más de doce, si no fuéramos unos pobres, vulgares e ignorantes, sino sabios y oradores elocuentes y, mejor aún, si fuéramos reyes que cuentan con sus grandes ejércitos y sus grandes riquezas... Pero así, ¿cómo persuadir a nadie, si, por añadidura, encendemos guerras intestinas, y peores aún que intestinas? Aun cuando despreciáramos nuestra propia vida, ¿quién de los otros se nos adherirá?
102.- Nada de esto, sin embargo, pensaron ni dijeron los apóstoles, ni pidieron tampoco razón al Señor de lo que les mandaba. A ellos sólo les tocaba obedecer y callar. Lo cual no se debía sólo a su virtud, sino principalmente a la sabiduría de su maestro.
103.- Consuelos en las pruebas.
Porque habéis de mirar cómo a cada uno de sus sufrimientos juntó también el consuelo. Así, contra quienes no los recibieran, decía: Con más blandura será tratada en el día del juicio la tierra de Sodoma y Gomorra que la ciudad aquella. San Mateo 10,15. Y lo mismo aquí, después de decir: Ante gobernadores y reyes seréis llevados, añadió luego: Por causa mía, en testimonio para ellos y para las naciones. Y no es pequeño consuelo padecer todo por amor de Cristo y para confusión de judíos y gentiles. Porque DIOS, aun cuando nadie atienda a ello, cumple siempre sus designios. Ahora que esto consolaba a los apóstoles, no porque desearan el castigo de sus perseguidores. No. El motivo de su confianza era porque tenían siempre consigo al que todo eso les había predicho y de antemano lo sabía, y porque no sufren como malvados y malhechores.
104.- Juntamente con eso, no es pequeño el consuelo que añade cuando les dice: Y cuando os entregaren, no os preocupéis sobre cómo y qué hablaréis, porque en aquel momento se os dará lo que habréis de hablar. Porque no seréis vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros. No quería el Señor que le dijeran: ¿Cómo podremos convencer a nadie, si tales cosas nos suceden? De ahí mandarles que tuvieran confianza en su defensa. En otra parte les dice: Yo os daré palabra y sabiduría. San Lucas 21,15. Y aquí: El Espíritu de vuestro Padre es el que habla en vosotros. Con lo que el Señor eleva a sus apóstoles a dignidad de profetas.
105.- Por eso, una vez que les hubo dicho la fuerza que les daba, habló también de los males que habían de venir, de las muertes y sangre derramada. Porque el hermano, dice, entregará al hermano a la muerte, y el padre al hijo, y los hijos se levantarán contra sus padres y los entregarán a la muerte. Y ni aun aquí se detuvo el Señor, sino que añadió algo más horrible todavía, capaz de conmover a una roca: Y seréis aborrecidos por todos. Pero también aquí está el consuelo a la puerta. Todo eso, les dice, lo sufriréis por causa de mi nombre. Y otro motivo seguidamente: Más el que resistiera hasta el fin, ése se salvará.
106.- Otro motivo para levantar el ánimo de los apóstoles encerraban todas estas palabras del Señor, a saber, que había de ser tan alta la fuerza de la predicación, que despreciaría la naturaleza, rechazaría el parentesco y pondrían por encima de todo aquella palabra divina que todo lo arrastraba con su poder. Porque si la tiranía de la naturaleza no es capaz de resistir a vuestra palabra, sino que queda vencida y pisoteada, ¿qué otra cosa podrá ya venceros? Sin embargo, no porque así haya de ser ha de deslizarse vuestra vida en suave tranquilidad, sino que tendréis por enemigos a todos los habitantes de la tierra.
107.- Contraste entre los filósofos antiguos y los Apóstoles.
4. ¿Dónde está ahora Platón? ¿Dónde Pitágoras? ¿Dónde la turbamulta de los estoicos? Platón, después de gozar tan alto honor, hasta punto tal fue despreciado que vino a ser vendido por esclavo y no fue capaz de realizar una sola de sus teorías ni en la corte de un solo tirano; y Pitágoras, después de traicionar a sus discípulos, terminó miserablemente su vida. Y todas las basuras de los cínicos pasaron como un sueño y una sombra. Y, sin embargo, nada tuvieron que sufrir los filósofos que pueda compararse a los sufrimientos de los apóstoles, sino que su filosofía profana los hacía aparecer como hombres ilustres, y los atenienses mostraban públicamente las cartas que Dión había escrito a Platón.
108.- Los filósofos pasaban cómodamente toda su vida y amontonaban no pequeñas riquezas. Así, por ejemplo, Aristipo se compraba las más caras heteras; otro dejaba por testamento una pingüe herencia; otro andaba por encima de sus discípulos, que formaban un puente con sus dorsos. De Diógenes cuentan que en pública plaza hacía sus indecencias. Tales son las glorias de los filósofos. Aquí, empero, nada semejante puede verse; todo es aquí la más pura templanza y la más perfecta modestia; guerra, si, contra todo el mundo por la verdad y la piedad, un morir o dejarse matar día a día; pero después de esto, levantar los más gloriosos trofeos de victoria.
109.- Los Apóstoles, superiores a los grandes hombres paganos.
Pero tienen, me dirás, los gentiles algunos grandes generales, como Pericles y Temístocles. Mas también las hazañas de éstos son puro juego comparadas con las de los pescadores. ¿Qué puedes, en efecto, contar con Temístocles? qué aconsejó a los atenienses embarcarse en las naves cuando Jerjes atacó. El diablo, es, quien invade, y con él, la tierra entera, y con la tierra, otras incontables legiones de demonios, y atacan a estos doce pescadores, y, sin embargo, fueron vencidos y dominados, no en una ocasión solamente, sino cuanto a los apóstoles duró la vida. Y lo más admirable es que no vencían matando a sus adversarios, sino convirtiéndolos y transformándolos. Porque hay que tener siempre muy presente esta observación: que los apóstoles no mataban ni aniquilaban a quienes les hacían la guerra, sino que, tomándolos semejantes a demonios, les hacían luego competir con los ángeles.
110.- Su hazaña consistía en librar a la naturaleza humana de la perversa tiranía de los demonios, expulsando a estos maléficos y perturbadores espíritus de en medio de las plazas y casas y hasta del desierto mismo. Testigos son los coros de los monjes que los apóstoles esparcieron por dondequiera, purificando así no sólo la tierra habitada, sino también la inhabitable. Y lo de verdad admirable es que su victoria no venía de luchar con fuerzas iguales; toda su fuerza venía del sufrimiento. Allí los tenía, en efecto, a su disposición a aquellos doce hombres ignorantes y vulgares, a quienes encarcelaban, y azotaban, y traían y llevaban, pero no podían jamás cerrarles la boca.
111.- Como es imposible atar un rayo de sol, tan imposible fue atar la lengua de los apóstoles. La causa de ello estaba en que no eran ellos, sino la fuerza del Espíritu Santo la que hablaba. De este modo, por ejemplo, Pablo venció al rey Agripa y hasta al mismo Nerón, el que por su maldad venció a todos los hombres: Porque el Señor, dice, me asistió y me fortaleció, y me arrancó de la boca del león. 2ª Timoteo 4,17. Pero lo que vosotros habéis de admirar es cómo oyendo los apóstoles decir al Señor: No os preocupéis, ellos le creyeron y aceptaron su palabra y no hubo mal que los amedrentara.
112.- Y si me respondierais que bastante consuelo les dio el Señor con decirles: El Espíritu de vuestro Padre es el que habla en vosotros; yo los admiro más que nada porque no duraron de ello ni pidieron se los librara de tantos males; males que no habían de sufrir durante uno o dos años, sino durante su vida entera. Eso, efectivamente, les da a entender el Señor cuando les dice: El que resistiere hasta el fin, ése se salvará. Y es que no quiere el Señor que todo dependa de Él solo, sino que tengan también ellos su merecimiento. Mirad, si no, volviendo atrás, cómo parte viene del Señor, parte les toca a los discípulos. El hacer milagros viene del Señor; el no poseer nada toca a los apóstoles. Igualmente, tener abiertas todas las casas es obra de la gracia celeste; pero el no exigir nada más que lo necesario toca a la sabiduría de los apóstoles: Porque digno es el trabajador de que se le pague su salario.
113.- Dar la paz es dádiva de Dios; mas el buscar a los dignos y no entrar en todas las casas indiferentemente, toca a la continencia de los apóstoles. Castigar a los que no los reciban, pertenece a DIOS; pero apartarse de ellos con modestia, sin insultarlos ni maldecirlos, toca a la mansedumbre de los apóstoles. Dar al Espíritu Santo y librarlos de toda solicitud, es gracia de quien los envía; pero convertirse en ovejas y palomas y sufrirlo todo generosamente, es obra de la firmeza y prudencia de los apóstoles. Ser odiados y no desfallecer y resistir, les pertenece a ellos; pero el salvar a los que resisten es obra de quien los envía. De ahí que les dijera: El que resistiere hasta el fin, ése se salvará.
114.- Constancia y sobrehumano valor de los apóstoles.
5. Como haya muchos que son muy fervorosos en sus comienzos y luego desfallecen, de ahí que diga aquí el Señor que lo que Él busca es el fin. ¿Para qué valen, en efecto, unas plantas que a los comienzos florecen y poco después se marchitan? No; el Señor exige de los suyos una resistencia constante. No quería se pudiera decir que todo lo había hecho Él y que no era maravilla ninguna de los apóstoles fueran lo que fueron, cuando nada duro tuvieron que sufrir. De ahí que les diga que la perseverancia les era necesaria. Porque si es cierto, parece decirles, que os libro de los primeros peligros, es porque os reservo para otros más graves, y a éstos sucederán otros, y, mientras alentareis, jamás cesaréis de ser perseguidos. Eso fue, en efecto, lo que quiso darles a entender al decirles: El que resistiere hasta el fin, ése se salvará.
115.- Y justamente por eso, habiendo aquí dicho: No os preocupéis de lo que habéis de hablar, en otra parte dice: Estad preparados para la defensa ante todo el que os pida razón de vuestra esperanza. 1ª Pedro 3,15. Cuando la lucha es entre amigos, nos manda que nosotros también estemos preocupados; mas cuando se trata de un tribunal espantoso, de turbas enfurecidas y de terror por todas partes, entonces nos ofrece su propio apoyo para que tengamos buen ánimo y hablemos sin acobardarnos ni traicionar jamás la justicia. Realmente, grande espectáculo hubo de ser ver a unos hombres que habían pasado su vida junto a un lago, entre pieles o en un mostrador de alcabalero, entrar solos, encadenados y con los ojos bajos, ante los tiranos sentados en su trono, rodeados de sátrapas y guardia armada, desnudas las espadas y con todo el pueblo en pie, y que aun tuvieran aquellos hombres valor para abrir la boca.
116.- Porque no les daban lugar a hablar ni a defender sus doctrinas, sino que intentaban hacerlos morir a palos como a comunes corruptores de toda la tierra. Éstos son, se decía, y aquí están los que trastornan toda la tierra. Y otra vez: Estos predican contra los decretos del César y dicen que Cristo es Rey. Actos 17, 6-7. Los tribunales estaban en todas partes prevenidos con tales sospechas, y mucha ayuda de lo alto era menester para poner en claro estas dos cosas: primero, que las doctrinas que ellos predicaban eran verdaderas; y segundo, que no se oponían a las leyes comunes. Ni su fervor en predicar su doctrina tenía que hacer sospechosos a los apóstoles en intentar una subversión de las leyes estatuidas, ni su empeño por no mostrarse contrarios a éstas corromper la pureza de la doctrina misma. Todo lo cual es de ver en Pablo y en Pedro, y en los demás apóstoles, que a uno y a otro punto atendieron con la conveniente prudencia.
117.- La verdad es que por todo lo descubierto de la tierra se los acusaba de sediciosos, revolucionarios e innovadores. Sin embargo, ellos lograron no sólo rechazar tales sospechas, sino que se los proclamara luego por todo lo contrario; por salvadores, por protectores y bienhechores del mundo entero. Y todo esto lo lograron a fuerza de paciencia. De ahí que Pablo decía: Cada día me estoy muriendo. 1ª Corintios 15,31. Y de hecho, toda su vida la pasó entre peligros de muerte.
118.- Invectiva contra la actual tibieza.
¿Qué mereceremos, pues, nosotros cuando, teniendo tan altos ejemplos, aun en la paz somos muelles y caemos? Sin que nadie nos haga la guerra, somos pasados a cuchillo; sin que nadie nos persiga, vivimos abatidos; en la paz se nos manda salvarnos, y ni aun eso conseguimos. Los apóstoles, cuando la tierra ardía y la hoguera se propagaba por el mundo entero, se arrojaban a las llamas mismas y de allí arrebataban a los que se estaban abrasando, nosotros, empero, no somos capaces ni de preservarnos a nosotros mismos. ¿Qué confianza, pues, qué perdón podemos tener? No nos amenazan ahora azotes ni cárceles, ni gobernadores, ni sinagogas, ni peligro alguno semejante; todo lo contrario: somos nosotros los que mandamos y dominamos.
119.- Y, en efecto, los emperadores son cristianos; tenemos preeminencias, gloria, descanso, y ni aun así vencemos. Aquéllos, conducidos diariamente al suplicio, marcados sus cuerpos de cardenales y con llagas por todas partes, sentían placer semejante o mayor que los moradores mismos del paraíso; nosotros, empero, que ni por sueños hemos soportado nada semejante, somos más blandos que la cera. Más aquéllos, me dirás, hacían milagros. ¿Acaso por eso no los azotaban? ¿Acaso porque hacían milagros no se los perseguía? Y lo admirable es que muchas veces tenían que sufrir todo eso de parte de los mismos a quienes habían hecho sus beneficios, sin turbarse de que se les devolviera mal por bien; tú, empero, por el más pequeño favor que hagas, si luego tienes que sufrir una molestia de parte de tu favorecido, te alborotas y te turbas y te arrepientes del bien que hiciste.
120.- Hay que adiestrarse antes de la lucha: ejemplo de Job.
6. Ahora bien, si otra vez, lo que Dios no permita que jamás suceda, se declarara la guerra a la Iglesia y estallará la persecución, considerad cómo haríamos el ridículo y cuán grande seria nuestra ignominia. Y con mucha razón. Porque si un atleta no se adiestra en la palestra, ¿cómo puede brillar en los combates? ¿Qué atleta que no haya conocido entrenador alguno podrá hacer nada grande y noble contra su adversario llegado el momento de los juegos olímpicos? ¿Es qué nosotros no debiéramos cada día ejercitarnos en la lucha, en el pugilato y en la carrera? ¿No habéis visto cómo los atletas, cuando no tienen a mano un adversario, cuelgan un saco lleno de arena y contra él ejercitan toda su fuerza? Los que son algo más jóvenes, en los cuerpos de sus compañeros se entrenan contra los que serán luego sus enemigos.
121.- Imitad vosotros a todos éstos y ejercitaos en las luchas de la filosofía. Realmente muchos hay que tratan de provocaros a ira o de incitar vuestra concupiscencia y encender en vuestra alma toda una hoguera de deseos. Resistid, pues, firmemente contra las pasiones, sufrid generosamente los dolores del espíritu por que podáis soportar también los del cuerpo. Ahí tenéis al santo Job; si no se hubiera ejercitado muy bien antes del combate, no hubiera brillado tan gloriosamente en el combate mismo. Si no hubiera trabajado por sentirse ajeno a todo dolor, seguramente hubiera pronunciado alguna palabra atrevida al saber la muerte de sus hijos.
122.- Pero la verdad es que se mantuvo firme en todas las arremetidas del enemigo: la pérdida de su riqueza y desaparición de toda aquella opulencia, la muerte de sus hijos, la compasión de su mujer, las llagas de su cuerpo, los insultos de sus amigos, las injurias de sus mismos esclavos. ¿Queréis saber cómo se ejercitaba? Oíd lo que nos dice sobre su desprecio de la riqueza: Si me alegré, dice, cuando me venía abundancia de riqueza, si no puse el oro en el mismo orden que el polvo, si puse mi confianza en la piedra preciosa. Job 31, 24-25. Por eso, como no puso en la riqueza su codicia cuando la tenía, tampoco se turbó cuando le fue arrebatada. Oíd cómo gobernaba a sus hijos, no con excesiva blandura, como nosotros, sino exigiéndoles la más rigurosa perfección. Porque quien por los ocultos pecados de ellos ofrecía sacrificios, considerad cuán riguroso juez sería de los manifiestos.
123.- Y si quieres oír sus combates sobre la castidad, escucha lo que dice: Concerté convenio con mis ojos de no mirar jamás a doncella. Job 31,1. Por eso tampoco su mujer pudo derribarle; la amaba antes ciertamente, pero no más allá de la medida, sino como es razonable se ame a la propia mujer. De ahí que yo me maraville que, sabiendo el diablo cómo se había Job ejercitado, se le ocurriera la idea de que podía vencerle en el combate. ¿Cómo pudo, pues, ocurrírsele la idea? Porque es una fiera perversa y no desespera jamás, lo cual es justamente grave acusación contra nosotros que el diablo jamás desespere de nuestra perdición y nosotros desconfiemos de nuestra salvación. Pero mirad también cómo meditó Job en la mutilación y penas del cuerpo.
124.- Personalmente nada tuvo que sufrir él de tales penalidades, pues vivió siempre en riqueza, bienestar y opulencia; pero sí que diariamente consideraba las ajenas desgracias. Así lo pone de manifiesto cuando dice: El miedo que yo temía me ha venido; y lo que yo barruntaba, me ha acontecido. Job 3,25. Y otra vez: Yo he llorado sobre todo impotente y he gemido sobre todo el que he visto necesitado. Job 30, 25. De ahí que, cuando sobre él cayeron todos aquellos grandes incomportables males que sabemos, nada fue parte para turbarle. Porque no habéis de mirar solamente la pérdida de sus riquezas, la muerte de sus hijos, aquella úlcera incurable de su carne, las insidias de su mujer. Hay cosas más duras aún que todo eso. ¿Y qué cosa más dura, me dirás, pudo sufrir el santo Job? Por su historia nada más sabemos.
125.- No sabemos nada más porque estamos dormidos, pues el que lo mira con cuidado, el que busca y rebusca bien la piedra preciosa, halla mucho más que todo eso. Lo más grave, en efecto, lo que era bastante a causarle la más profunda turbación, eran otras cosas. En primer lugar, no saber nada con claridad acerca del reino de los cielos y de la resurrección de los muertos. Que es lo que él mismo llorando, decía: Porque no viviré eternamente para que pueda tener paciencia. Job 7,16.
126.- Segundo, la conciencia que tenía de sus muchas buenas obras. Tercero, no tener conciencia de mal alguno. Cuarto, pensar que todos aquellos sufrimientos le venían de DIOS; y si le venían del diablo, también esto era parte para escandalizarle. Quinto, oír a sus amigos, que falsamente le acusaban de maldad: No es aún tan grande tu azote, le decían, como tus pecados lo merecen. Job 11,6. Sexto, ver la prosperidad en que vivían los malvados y cómo le insultaban a él. Séptimo, no poder mirar a otro que hubiera jamás sufrido como él.
127.- Se prosigue el elogio de Job.
7. Más si queréis daros cuenta de cuán grande sea el mérito de Job, considerad lo que ahora sucede. Ahora, cuando esperamos el reino de los cielos y la resurrección de los muertos y bienes inefables, no obstante nuestra conciencia de males infinitos, no obstante los ejemplos que se nos proponen y la filosofía que se nos enseña, cuando perdemos un puñado de oro, fruto muchas veces de nuestra rapiña, la vida nos parece insoportable. Y, sin embargo, ni la mujer nos ataca, ni se nos quita a los hijos, ni nos reprochan los amigos, ni nos insultan los esclavos, antes bien, muchos hay que nos consuelan, unos de palabra y otros de obra. ¿Qué coronas, pues, no merecerá Job, que vio dispersos en un momento, y sin más ni más, bienes que eran fruto de su justo trabajo, que sufrió luego toda aquella tormenta de calamidades, sobre él caídas como una granizada?
128.- Y, sin embargo, permaneció en todas inmóvil y en todas le rindió al Dueño soberano el conveniente tributo del hacimiento de gracias. Porque, aun cuando todo lo demás lo pasáramos en silencio, las palabras solas de su mujer bastaban para conmover a las peñas. Mirad, si no, la astucia con que procede. No le recuerda las riquezas, no le recuerda los camellos, ni los rebaños de ovejas y de bueyes, pues sabía ella muy bien la filosofía de su marido sobre todo aquello; sólo le recuerda lo que había de ser mucho más doloroso, es decir, la pérdida de los hijos, y aquí se extiende ella con trágico acento y añade luego lo que quiere por su cuenta. Ahora bien, muchos en plena prosperidad, sin tener que sufrir molestia alguna, se dejaron muchas veces persuadir de sus mujeres.
129.- Pues considerad cuán brava hubo de ser aquella alma que rechazó a la mujer que le acometía con tales armas y logró pasar por encima de las más avasalladoras pasiones, como son el amor y la compasión. A la verdad, muchos que fueron capaces de dominar el amor fueron rendidos por la compasión. Así, aquel valeroso José, que dominó el más tiránico de los placeres y rechazó a la mujer bárbara, no obstante todas sus maquinaciones para derribarle, no fue luego capaz de contener las lágrimas, y al ver a sus hermanos, los mismos que le habían ofendido, se conmovió profundamente, y arrojando la máscara reveló todo el drama por él mismo preparado.
130.- Pues suponed ahora que sea la propia mujer la que venga a decir cosas lastimeras, que tenga por añadidura la ocasión por aliada, las heridas, los golpes y todo el oleaje de calamidades, ¿Cómo no tener por más dura que el diamante al alma que no se deja impresionar poco ni mucho por esa tormenta? Dejadme hablar con libertad: si el santo Job no fue superior, por lo menos no fue inferior a los apóstoles.
131.- Job, gran figura en su época.
A los apóstoles los consolaba ciertamente el sufrir por Cristo, y este solo pensamiento era parte para levantarlos diariamente; y bien se ve cómo el Señor lo pone en todas partes al decir: por causa mía, por mí; o: si a mí, que soy el dueño de la casa, me han llamado Belcebú. San Mateo 10,25; Job, empero, nada supo de este consuelo, nada del de los milagros, nada del de la gracia, que no tuvo, efectivamente, tanta fuerza del Espíritu Santo. Y lo más importante de todo es ciertamente la circunstancia de haber sufrido lo que sufrió después de una vida de prosperidad, después de gozar tan alto honor, y no, como los apóstoles, salidos de su oficio de pescador o alcabalero y de una vida miserable. Y lo que nos parece más duro de sufrir en los apóstoles, eso mismo lo sufrió Job, a saber: ser odiado por sus amigos, por sus familiares, por sus enemigos, lo mismo que por quienes habían sido por él favorecidos, sin que le fuera dado ver aquella áncora y aquel puerto sin tormentas que es la palabra dicha a los apóstoles: Por causa mía.
132.- Comparación con los jóvenes de Babilonia.
Yo admiro también a los tres jóvenes del horno de Babilonia porque desafiaron al horno y se rebelaron contra el tirano. Mas oíd como hablan: A tus dioses no les servimos, y la estatua que has levantado no la adoramos. Daniel 3,18. Ese fue su mayor consuelo: saber que cuanto sufrían, por DIOS lo sufrían. Mas Job no sabía que sus sufrimientos eran pruebas y lucha, pues de haberlo sabido, no los hubiera sentido. Por lo menos cuando oyó que DIOS le decía: ¿Acaso crees que te he hablado por otro motivo que por que aparecieras justo? Job 40,3, hay que ver cómo respiró por esa simple palabra, cómo se humilló a sí mismo, cómo pensó no haber sufrido nada de lo que había sufrido. Y así dice: ¿Por qué soy todavía juzgado, cuando es el Señor mismo el que me corrige y arguye, aun cuando yo no soy nada? Y otra vez: Antes te había oído con oído de mi oreja; pero ahora mi ojo te ha visto. Por eso me he despreciado a mí mismo, y me he derretido, y me tengo a mí mismo por polvo y ceniza. Job 42,5-6.
133.- Exhortación final: Imitemos el valor del santo Job.
Imitemos también nosotros este valor y esta modestia; nosotros, los que hemos venido después de la ley y de la gracia, al que vivió antes de la ley y de la gracia, a fin de que podamos tener parte en los tabernáculos eternos, a los que ojalá lleguemos todos por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amen.
HOMILIA 31
1.- Preludios a la escena.- 1. A las palabras se siguió la obra, con lo que los fariseos quedarían aún mejor reducidos a silencio, pues el que se le presentó al Señor era presidente de sinagoga y su duelo era terrible. Tratábase, en efecto, de su hija única, de edad de doce años, la flor misma de los años. De ahí la prisa que se dio el Señor en resucitarla. Ahora bien, Lucas cuenta que vinieron algunos a decir al padre de la niña: No molestes al maestro pues ha muerto ya; él, en cambio, le había dicho al Señor: Mi hija acaba de morir. A esto puede responderse que eso de acaba de morir, lo dijo sin duda calculando el tiempo gastado en el camino, o tal vez para exagerar su desgracia. Costumbre es, en efecto, de los que ruegan ponderar mucho sus propios males, a fin de atraerse mejor la ayuda de sus protectores.
2.- Más considerad ahora la rudeza de este príncipe de sinagoga. Porque dos cosas le pide a Cristo: que vaya Él mismo a su casa y que imponga las manos a la niña. Lo que prueba que la había dejado aún con aliento. Es lo que le pedía al profeta aquel sirio Naamán que se iba diciendo para sí: Saldrá él mismo e impondrá sus manos sobre mí. 4º Reyes 5, 11. Y es que las gentes particularmente rudas necesitan de la vista y de las cosas sensibles. Por lo demás, Marcos, y, de acuerdo con él. Lucas, dice que tomó consigo el Señor a tres de sus discípulos. ¿Por qué, pues, no tomó consigo al mismo Mateo, que hacía poco se le había adherido? Para hacérselo desear más y porque todavía era imperfecto. Porque, si honra el Señor particularmente a aquellos tres, es para que los demás traten de hacerse semejantes a ellos.
3.- En cuanto a Mateo, bastábale por entonces contemplar el milagro de la hemorroisa y haber tenido el honor de sentarse a la mesa con Cristo. Apenas, pues, se levanta el Señor, toda una muchedumbre le va acompañando, parte por ver un milagro tan grande, parte por la autoridad de la persona que había venido y, razón general, porque toda aquélla era gente ruda, más preocupados de la salud del cuerpo que de la del alma. Era como una riada que confluía hacia el Señor, unos empujados por sus propias enfermedades, otros con ganas de ser espectadores de la curación de los otros. Pocos eran, empero, los que por entonces se acercaban a Jesús por amor de sus palabras y enseñanza. El Señor, sin embargo, no permitió que la turba entrara en casa; sólo se lo consintió a sus discípulos, y aun no a todos; nueva lección que nos da de que rechacemos la gloria del vulgo.
4.- Curación de la mujer hemorroisa. Y he aquí que una mujer, prosigue el evangelista, que sufría hacía doce años flujo de sangre, se le acercó por detrás y le tocó la orla de su vestido. Pues se decía dentro de sí misma: Con sólo que tocare su vestido, quedaré sana. ¿Por qué no se acercó con libertad al Señor? Sin duda por vergüenza de su enfermedad, pues era considerada como impura. Porque si la mujer, en su menstruación normal, no era tenida por pura, mucho menos la que durante tanto tiempo sufría esa enfermedad, que, efectivamente, se tenía en la ley por impura. De ahí el ocultarse y esconderse. Por otra parte, tampoco esta mujer tenía aún del Señor la idea conveniente y perfecta, pues en otro caso no hubiera pensado en ocultarse. Ésta es también la primera mujer que públicamente se le acerca al Señor, sin duda porque había oído que también curaba a las mujeres y le veía ir a resucitar a la niña muerta.
5.- Convidarle a Él a su casa, aun siendo mujer rica, no se atrevía; es más, ni siquiera se le presentó abiertamente, sino que, por detrás, aunque con grande fe, le tocó sus vestidos. No dudó, en efecto, la mujer un momento ni se dijo dentro de sí misma: ¿Me veré libre, no me veré libre de mi enfermedad? No; ella se acercó al Señor con plena confianza de que curaría. Porque se decía, dice el evangelista, dentro de sí: “Con sólo que tocare su vestido, quedaré sana”. Realmente veía la mujer de qué casa salía Jesús: de casa de unos publicanos; y qué séquito le acompañaba: publicanos y pecadores. Todo esto tenía que infundirle confianza. ¿Qué hace, pues, Cristo? Por muchas razones, Cristo no consiente que la mujer siga oculta, y la descubre a los ojos de todos. A decir verdad, no faltan estúpidos que afirman haber el Señor obrado así por ambición de gloria.
6.- ¿Por qué, si no, dicen ellos, no la dejó que siguiera oculta? ¿Qué me dices, hombre execrable y entre todos execrable? El que manda callar a los que cura, el que pasó por alto milagros incontables, ¿ése puede sentir ambición de gloria? ¿Qué razón tuvo, pues, para sacarla al medio? En primer lugar, para librar a la mujer de todo escrúpulo, pues aguijoneada por la conciencia de haber como hurtado su salud, podía luego vivir en angustia. Luego, para corregir una falsa idea de ella, pues se imaginaba que se le había ocultado. En tercer lugar, porque quería manifestar la fe de la mujer y ponerla por modelo a todos los demás. Y, a la verdad, mostrar que Él lo sabe todo, no fue menor milagro que el mismo detener el flujo de la sangre. En fin, cuando el príncipe de la sinagoga estaba para perder la fe, con lo que todo se hubiera malogrado, el Señor le corrige por medio de esa mujer.
7.- Habían, en efecto, venido algunos con recado de decirle: No molestes más al maestro, porque la muchachita es ya muerta. San Lucas 8,49. Los de casa se le rieron luego al Señor cuando dijo que la niña dormía; y es muy probable que lo mismo sintiera el padre.
8.- Por qué descubre el Señor a la hemorroisa.- 2. Por esta razón, después de curar la enfermedad, saca a la mujer al medio. Porque que el príncipe de la sinagoga pertenecía al número de los muy rudos, entiéndese por lo que le dice el Señor: No temas; basta que tú creas y se salvará. Precisamente esperó Él adrede que sobreviniera la muerte y entonces presentarse, a fin de que la prueba de la resurrección quedara bien patente. De ahí que camine tan lentamente y se entretenga en hablar largamente con la mujer: era dar tiempo a que la niña muriera y vinieran al presidente de la sinagoga con el recado: No molestes más al Maestro. Es sin duda lo que nos quiere dar a entender el evangelista cuando intencionadamente dice: Cuando aún estaba El hablando, vinieron los de casa, diciendo: Tu hija es ya muerta. No molestes más al maestro. Quería, pues, Jesús que la muerte quedara bien atestiguada, por que no se tuviera luego sospecha alguna de la verdad de la resurrección.
9.- Y lo mismo hace en otras ocasiones. Así, cuando la enfermedad de Lázaro, esperó uno, dos y hasta tres días. Todas estas razones tiene, pues, para descubrir a la mujer, a la que dice: Ten buen ánimo, hija mía. Lo mismo que había dicho al paralítico: Ten buen ánimo, hijo mío. Realmente, la mujer estaba llena de miedo, y por eso le dice Jesús que tenga buen ánimo y le da seguidamente nombre de hija. Hija suya, efectivamente, la había hecho la fe. Luego viene la alabanza: Tu fe te ha salvado. Lucas, por su parte, añade otras circunstancias acerca de esta mujer. Cuéntanos, en efecto, que, después que se acercó al Señor y recibió la salud, no la llamó Cristo inmediatamente, sino que antes dijo: ¿Quién es el que me ha tocado?
10.- Pedro y sus compañeros le dijeron entonces: Maestro, te están apretando y estrujando estas muchedumbres, y tú preguntas: ¿Quién me ha tocado? Lo cual era la mejor prueba de estar Él revestido de carne y juntamente de cómo ponía bajo sus pies todo orgullo. Porque no le seguía la gente de lejos, sino que le venían apretando y estrujando. Mas Él, dice el evangelista, prosiguió diciendo: No, alguien me ha tocado, pues yo me he dado cuenta que salía virtud de mí. Lo que era responder a la ruda idea que tenían sus oyentes. Pero también habló así con el fin de persuadir a la mujer a que lo confesara todo por sí misma. Por eso no la interrogó tampoco inmediatamente, pues quería hacerla ver que Él lo sabía todo perfectamente y moverla así a que ella, espontáneamente, lo contara todo.
12.- Otra prueba de que el Señor obró así para glorificar a la mujer e instruir a los otros y no por propia ostentación es la siguiente: aun sin eso, Él había de ser igualmente admirado, pues sus milagros le fluían más copiosos que los copos de la nieve y ya había hecho y aun había de hacer muchos otros mayores que aquél; la mujer, empero, de no haberla descubierto el Señor, hubiera pasado inadvertida y se hubiera visto privada de aquellas grandes alabanzas. De ahí que, haciéndola el Señor salir al público, proclamó su fe y le quitó todo temor, se le acercó temblando, dice el evangelista, y la animó a tener confianza. Por fin, juntamente con la salud corporal, dióle otro viático con sus palabras: Vete en paz. San Lucas 8,48.
13.- Resurrección de la niña muerta.- Mas llegando Jesús a la casa del príncipe de la sinagoga y viendo a los tañedores de flauta y a la turba alborotada, dijo: Retiraos, porque la niña no ha muerto, sino que está durmiendo. Y hacían mofa de él. Buenas señas de príncipes de sinagoga, todo aquel aparato de flautas y címbalos para excitar el lamento después de la muerte. ¿Y qué hace Cristo? Hizo salir de allí a todo el mundo y sólo dejó dentro a los padres de la niña porque no se pudiera decir que había sido otro el que la había curado. Y aun antes de resucitar a la niña, los resucita a ellos con sus palabras, diciéndoles: La niña no ha muerto, sino que está durmiendo. Del mismo modo procede en otras muchas ocasiones. Y como en la tormenta del mar, antes que al mar increpó a sus discípulos, así también aquí echa ante todo fuera el alboroto de las almas de los allí presentes, a par que da a entender, con el símil del sueño, que, para Él, resucitar a los muertos era la cosa más sencilla del mundo.
14.- Exactamente como lo hizo en el caso de Lázaro, al decir: Lázaro, nuestro amigo, está dormido. San Juan 11,11. Por ese mismo símil nos enseña juntamente a no temer la muerte, pues deja ya de ser muerte y se convierte en adelante en sueño. Y es que, como Él mismo había de morir, va de antemano preparando a sus discípulos en persona de otros a que tengan buen ánimo y sepan llevar pacientemente al acabamiento de la vida. Porque, en efecto, después de su venida, la muerte no había de ser ya más que un sueño. Y, sin embargo, hacían mofa de Él. Él, empero, no se enfadó de que no se le creyera, pues bien pronto iba a realizar el milagro en lo mismo de que se le reían. Tampoco reprendió la risa, pues ésta misma, las flautas y címbalos y todo lo demás eran buena demostración de la muerte de la niña.
16.- Y no la resucitó introduciendo en su cuerpo un alma nueva, sino haciendo volver a la que había salido de él y despertándola en cierto modo de su sueño. Por lo demás, tomó a la niña de la mano, dando plena certeza a los presentes y preparando, por los ojos mismos, el camino de la fe en la resurrección. El padre le había antes suplicado: Pon sobre ella tu mano. Y Él hace más de lo que le pidiera, pues no se la impuso, sino que tomó la de ella y así la hizo levantar: modo de hacerles ver que para Él todo era fácil y hacedero. Y no sólo la hace levantarse, sino que manda que se le dé de comer, a fin de que no imaginaran que lo sucedido era caso fantástico. Sin embargo, no es Él quien da de comer a la niña, sino que se lo encarga a sus padres. Así también en el caso de Lázaro dijo: Desatadlo y dejadle que ande. San Juan 11,44. Luego se sentó también con él a la mesa. Dos cosas procuraba, en efecto, siempre el Señor: sentar bien primero la prueba de la muerte y luego no dejar lugar alguno a duda sobre la resurrección.
17.- Lección moral: no imitemos el duelo de los paganos. Mas considerad, os ruego, no sólo la resurrección, sino el mandato que da el Señor de no decir nada a nadie. Y aprendamos siempre la lección que nos da la humildad y de molestia. Después de esto, pensemos también que el Señor echó fuera a toda aquella chusma del duelo y los declaró indignos de presenciar el milagro de la resurrección de la niña. Por vuestra parte, no os salgáis con los tañedores de flauta, sino quedaos dentro juntamente con Pedro, con Juan y con Santiago. Porque si entonces arrojó afuera a aquéllos, mucho más los arrojará ahora. Entonces no era aún claro que la muerte fuera sólo un sueño; mas ahora esta verdad es más clara que el sol. Más ¿me objetas que el Señor no ha resucitado ahora a tu hija? Pero lo resucitará con absoluta certeza y con más gloria que ahora.
18.- La hija del presidente de la sinagoga, después de resucitar volvió otra vez a morir; mas la tuya, cuando resucite, permanecerá inmortal para siempre. Nadie, pues, haga ya duelo, nadie se lamente y rebaje así la gloria de Cristo. Porque Cristo ha vencido a la muerte. ¿A qué, pues, lamentarse inútilmente? La muerte se ha convertido en un sueño. ¿A qué vienen, pues, esos gemidos y lágrimas? Cuando eso lo hacen los gentiles, son dignos de risa; ¿qué defensa tendrá, pues, un cristiano que a sí mismo se deshonra de ese modo? ¿Qué perdón tendrán quienes cometen tales insensateces, y eso después de tanto tiempo, en que se han dado pruebas tan patentes de la resurrección? Más vosotros, como empeñados en aumentar vuestra culpa, aún lleváis a vuestra casa plañideras gentiles, con lo que no hacéis sino enconar vuestro dolor, prender nuevo fuego al horno de vuestra desgracia.
19.- ¿No oís a Pablo, que dice: ¿Qué acuerdo puede haber entre Cristo y Belial? ¿Qué parte tiene el fiel con el infiel? 2ª Corintios 6,15. Y aun los gentiles mismos, que nada saben de resurrección, encuentran sus razones de consuelo y dicen: “Súfrelo generosamente, pues lo hecho no tiene remedio y con las lágrimas nada se consigue”. Y tú que has oído más alta y más útil filosofía que ésa, ¿no te avergüenzas de hacer en tales casos cosas más indecorosas que los mismos gentiles? Porque nosotros no decimos: “Súfrelo generosamente, pues la cosa no tiene remedio”, sino: “Súfrelo generosamente, pues ha de resucitar con absoluta certeza. La niña está dormida, no muerta; está descansando, no perdida”. A la muerte, en efecto, seguirá la resurrección, y a ésta la vida eterna y la inmortalidad y la herencia con los ángeles. ¿No has oído el salmo que dice: Vuélvete, alma mía, a tu descanso, porque el Señor te ha hecho un beneficio? Salmo 114,7.
20.- DIOS mismo llama a la muerte beneficio, y ¿tú te lamentas? ¿Qué más hicieras, de ser enemigo mortal de quien ha muerto? Si hay que lamentarse, el diablo es el que tiene que lamentarse. Él haga duelo, él llore y gima, de ver que nosotros caminamos a mayores bienes. Ese gemido es digno, sí, de su maldad; pero no dice contigo, que vas a ser coronado y a gozar de descanso. La muerte, en efecto, es un puerto de paz. Considerad, si no, de cuántos males está llena la vida presente. Considerad las veces que vosotros mismos habréis maldecido la existencia presente. Las cosas, en efecto, van siempre avanzando de mal en peor, y ya desde el principio nos cupo en herencia una no pequeña maldición. En dolores, dijo DIOS a la mujer, parirás tus hijos. Y al hombre: Con el sudor de tu frente comerás tu pan. Génesis 3,16-17.
21.- Y el Señor, luego a sus discípulos: En el mundo tendréis tribulación. San Juan 16,33. Nada, empero, semejante, sino todo lo contrario, se dice de la vida venidera: Huyó el dolor, la tristeza y el gemido. Isaías 35,10. Y en el evangelio: Vendrán de oriente y occidente y descansarán en el seno de Abrahán, de Isaac y de Jacob. San Mateo 8, 11. La otra vida, se nos dice también, es una espiritual cámara nupcial y unas espléndidas lámparas y una eterna morada en el cielo.
22.- No dice con la fe cristiana llorar demasiado a los muertos. 4. ¿Porqué, pues, deshonras al difunto? ¿Por qué haces que los otros tiemblen y se espanten ante la muerte? ¿Por qué haces que muchos acusen a DIOS, como si Él fuera autor de grandes males? O, mejor aún, ¿por qué después de todo eso llamas a los pobres y solicitas las oraciones de los sacerdotes? Para que el difunto, me contestas, llegue al lugar del descanso, para que halle propicio a su juez. ¿Y por eso lloras tú y te lamentas? ¿No ves que luchas contra ti mismo, a ti mismo te haces la guerra, pues por el hecho de llegar el otro al puerto, tú levantas tormentas contra ti? Y ¿qué le voy a hacer?, me contestas. ¡Es ley de la naturaleza! No, no tiene la culpa la naturaleza ni ello es consecuencia ineludible de las cosas.
24.- Respondiósele que luchando con gran valor, y él inmediatamente se volvió a poner la corona y continuó el sacrificio, y se presentaron en público vestidos de blanco, con el solo intento de adquirirse gloria presente; tú, empero, ni aun por amor a la venidera das vado a todas esas lamentaciones mujeriles. Pero me dirás que no te queda heredero que te suceda en tu fortuna. Entonces, ¿qué preferirías: que tu hijo sea heredero de tus bienes o heredero de los del cielo? ¿Qué desearías; que te sucediera en bienes perecederos que, en todo caso, tendría que dejar poco después, o en los bienes permanentes e inmovibles? Tú no le has tenido por heredero; pero le ha tenido DIOS en lugar tuyo. No ha entrado a la parte con sus hermanos, pero ha entrado a la parte con Cristo.
25.- Y ¿a quién insistes dejamos nuestros vestidos y nuestras casas y nuestros esclavos y nuestros campos? Pues a él también y con más seguridad que si viviera. No hay inconveniente ninguno. Porque si las gentes bárbaras queman con sus difuntos lo que en vida les perteneciera, mucho más justo es que tu también mandes con el difunto lo que fue suyo, no para que se convierta en ceniza, como entre los bárbaros, sino para que le gane mayor gloria. Si murió en pecado, para que sea absuelto de él; y si murió justo, por que ello se le convierta en acrecentamiento de galardón y recompensa. ¿Me dices que tienes ganas de verlo? Pues vive la vida que él vivió, y bien pronto podrás contemplar aquel rostro bienaventurado.
26.- Juntamente con todo esto, has de considerar otra cosa, y es que, si ahora no quieres escucharme, con el tiempo no tendrás otro remedio que creerme, mas entonces, ningún mérito tendrás, pues toda tu resignación se la deberás a la misma muchedumbre de los días. Mas si ahora te decides a obrar como filósofo, de ello te vendrán dos ventajas muy grandes: la primera, que te librarás a ti mismo de los males presentes; y luego, que recibirás de DIOS una espléndida corona. Porque, a la verdad, llevar resignadamente una desgracia, mérito mayor es que hacer limosna y muchas otras cosas.
27.- El recuerdo de la muerte del Señor.- Considera que también el Hijo de DIOS murió, y Él murió por amor tuyo; tú, empero, mueres por culpa tuya. Y si es cierto que Él dijo: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, San Mateo 26, 39; si es cierto que estuvo triste y sufrió agonía de muerte, sin embargo, no esquivó la muerte, sino que la afrontó con la más espantosa tragedia. Porque no sufrió sencillamente la muerte, sino la más ignominiosa de las muertes. Antes de la muerte fue azotado, y antes de ser azotado fue burlado, escarnecido e insultado. ¡Gran lección para que nosotros lo soportemos todo valerosamente! Sin embargo, después de haber muerto y depuesto su cuerpo, otra vez lo recuperó con mayor gloria. Con lo que nos da también las más magníficas esperanzas. Si todo esto no es para ti una fábula, no te lamentes; si todo esto lo tienes por digno de fe, no llores. Y si lloras, ¿cómo podrás convencer a los gentiles de que crees?
28.- No hay razón para llorar al que ya está libre de males.- 5. Más con todo eso, ¿te parece todavía insoportable tu desgracia? Pues por eso justamente no has de llorar al difunto, puesto caso que está él ya libre de desgracias como la tuya. No te muestres, pues, con él envidioso, no le tengas ojeriza. Porque propio parece de un envidioso, propio de una malquerencia, desearse a sí mismo la muerte y llorarle al otro porque no vive, porque, consiguientemente, no ha de sufrir muchos males como el que tú sufres. No pienses que no ha de volver más a tu casa; piensa más bien que muy pronto irás tú donde él está. No pienses que ya no volverá a ver lo de acá, sino que tampoco esto que acá se ve ha de permanecer en un ser, sino que todo se ha de transformar. Porque es así que el cielo, la tierra, el mar y el universo todo, todo se ha de cambiar, y entonces todo esto pertenecerá a tu hijo con mayor gloria.
29.- Y si salió de este mundo en pecado, ya ha terminado de pecar; pues si DIOS hubiera previsto que había de convertirse, no le hubiera arrebatado la vida antes de hacer penitencia; y si murió justo, ya posee el bien con entera seguridad. De donde resulta evidente que tus lágrimas no proceden de cariño, sino de pasión irracional. Porque si de verdad amaras al difunto, tendrías que alegrarte y regocijarte, pues está ya libre de los oleajes de este mundo. Porque, ¿qué ventaja, dime por favor, le llevamos nosotros? ¿Qué hay en el mundo de peregrino y nuevo? ¿No vemos que todo se repite diariamente en incesante giro?
30.- Al día sucede la noche, a la noche el día; al invierno el verano, y al verano el invierno. Y nada más. Todo es siempre lo mismo. Lo único peregrino y nuevo son los males. ¿Luego estos males querías tú que el difunto hubiera ido agotando día a día, y permanecer aquí para sufrir enfermedades, y llorar, y temer, y temblar, y lo que no sufriera de hecho, estar siempre temblando de que lo puede sufrir? Porque no me dirás que, de haber tenido que hacer la travesía de este ancho océano de la vida, le hubiera sido posible realizarla sin saber de una tristeza, ni preocupación ninguna, ni males semejantes. Aparte de todo esto, considera también que no diste a luz un hijo inmortal, y que si no hubiera muerto ahora, hubiera tenido que morir poco después. ¿Me dirás que no te saciaste de su vista? Ya te saciarás absolutamente en el cielo.
31.- ¿Me replicas que quieres verle también aquí? ¿Qué inconveniente hay en ello? También aquí es ello posible, con sólo que vivas vigilante. La esperanza, en efecto, de lo venidero es más clara que la vista misma. Si tu hijo estuviera en el palacio real, con saber que era feliz, ya no tendrías deseo de verle; ahora sabes que ha ido a gozar de bienes mayores, sabes que es cuestión de poco tiempo, y ¿con todo eso te desanimas, cuando por añadidura te queda, en vez del hijo, el marido? ¿Me dices que no tienes marido? Más no me dirás que no tienes por consuelo al Padre de los huérfanos y Juez de las viudas. Escucha cómo proclama Pablo bienaventurada esa viudez y dice: Mas la que es de verdad viuda y está sola, confía en el Señor. 1ª Timoteo 5,5. Ésta aparecerá, en efecto, más gloriosa, pues ha dado pruebas de mayor resignación.
32.- Exhortación final: No llorar al que está ya libre de todo cambio. No llores, pues, al que ha de merecerte tu corona, al que será prenda de tu galardón. Has devuelto el depósito que guardabas, has presentado lo que se te había confiado. Ya no has de preocuparte más, desde el momento que has dejado tu riqueza en lugar inaccesible a los salteadores. Si supieras qué tal es la vida presente, qué tal la futura, cómo la presente vida no es más que una tela de araña y una sombra, y la futura, inmutable e inmortal, todos los otros motivos estarían de más.
33.- Porque ahora tu hijo está ya libre de toda vicisitud; mas, de haber seguido aquí abajo, tal vez hubiera permanecido bueno, tal vez no. ¿No ves cuántos padres tienen que rechazar a sus propios hijos? ¿No ves cuántos se ven forzados a tener consigo a los que son peores que los mismos rechazados? Considerando, pues, todas estas cosas, portémonos como sabios, pues de esta manera no sólo seremos gratos al difunto mismo, sino que obtendremos grandes alabanzas de los hombres y magníficas recompensas de DIOS por nuestra resignación y, finalmente, alcanzaremos los bienes eternos, que a todos os deseo por la gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
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- Rosario Serrano
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