Mostrando entradas con la etiqueta alaska. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta alaska. Mostrar todas las entradas
En las Lomas del Polo Norte - Padre Segundo LLorente
10:42
0 Comments
Etiquetas: alaska, cumbres, eskimales, frio, misiones, nevada, nuestro padre, revista, sacerdotes, siglo
EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE
9:16
0 Comments
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.
DOS MESES EN NOME
Un poco de historia.
Sólo una vez, desde 1901, la muy noble villa de Nome ha estado sin misionero. Los católicos de Nome no oyeron tañer la campana durante todo el invierno de 1939. Los fallecidos murieron sin sacramentos y a los nacidos no había quien los bautizase.
Celebrada la Pascua en Kotzebue, y hecha una visita al orfanotrofio de Pilgrim Springs, recibí órdenes de tomar el aeroplano y aterrizar en Nome, donde debía permanecer un par de meses, hasta que a fines de junio viniese de su Isla Singular el célebre Padre Lafortune.
Estas costas de Nome estuvieron desiertas desde mucho untes del diluvio, y por ellas retozaban corpulentos anfibios marinos, que no sabían de flechas ni de balas; pero en octubre de 1898 unos exploradores, curtidos a todos los temporales y arriesgados como pocos, después de mil fracasos por montes, valles y playas, descubrieron pepitas de oro en las arenas de la playa, que bautizaron con el nombre de Nome, y dos años más tarde las gaviotas vieron asustadas hileras interminables de tiendas de lona, donde se albergaban 25.000 mineros, procedentes de los cuatro Puntos Cardinales.
Allí se maldecía y se canturreaba en todas las lenguas llamadas civilizadas, hasta que poco a poco las tiendas fueron sustituidas por casetas de madera, sobre las que se erguían hoteles toscos, donde se vendían los huevos a veinte duros la docena, y donde un cántaro de vino se iba en copas, que costaban de diez a quince pesetas cada una.
En aquella multitud abigarrada de aventureros había un crecido número de católicos, que aplaudieron la idea de levantar una iglesia cuando les visitó y se lo propuso el P. René, en agosto de 1899.
Al año siguiente fue destinado a Nome el Padre Jacquet. El pobre Padre no duró mucho en la brega. Tres meses de invierno bastaron y sobraron para ponerle fuera de combate y dar con él en una camisa de fuerza. Trasladado a Holy Cross por las autoridades, recobró el juicio y trabajó a media máquina algunos años, hasta que murió plácidamente en el Yukon.
En 1901 llegaron dos Padres y levantaron la iglesia actual, cuya esbelta torre es el orgullo de la población. La cruz, en que remata, fue decorada con bombillas eléctricas, y aquella cruz iluminada salvó centenares de vidas en tormentas, borrascas y tinieblas invernales cuando navegantes y exploradores se extraviaban en la lejanía.
Años más tarde, en 1914, los yacimientos auríferos vinieron a menos, y la Compañía eléctrica, con la excusa de que no podía sufragar los gastos, cortó la corriente y la cruz cesó de brillar en la oscuridad.
Era entonces Nome una ciudad floreciente con Instituto, tres Diarios, calles, almacenes, cuatro sociedades secretas y trabajo para todos en abundancia. En nuestra iglesia se decían dos misas los do-mingos por no caber todos en una.
En 1903 arribó el P. Lafortune, que había de oscurecer con su brillo a todos los misioneros de Alaska, pasados y presentes. Pequeño de cuerpo, canadiense de nación, industrioso como pocos y habilidoso como el que más, este Padre que aún vive tomó a su cargo los indígenas de Nome y sus cercanías y levantó para ellos iglesia aparte, donde les predicaba en su misma lengua.
Bautizó eskimales a centenares, y se acostumbró a vivir y comer como ellos, sin que por eso dejara de ser con los blancos el sacerdote urbano y cortés, cuya santidad admiraban y admiran de consuno.
El "Diario" de los Misioneros
Apenas me instalé en Nome, abrí los cartapacios donde los Padres han venido escribiendo el Diario de la casa desde 1901 hasta 1939. Es un arsenal de información que no se puede valuar en dinero. Por allí desfila tullo.
Un grupo de señoras se encargó en 1906 de limpiar la iglesia y sufragar los gastos del altar. Poco a poco se convirtieron en dueñas absolutas de la iglesia, hasta que llegó un Padre de agallas y, después de estudiar el problema despacio, con una ironía socarrona y una tenacidad de hierro, las fue destronando insensiblemente, hasta que una mañana las buenas señoras se vieron en la calle sin saberlo.
Las tiples protestantes que cantaban en nuestro coro, y que se creían indispensables, fueron despedidas con una sonrisa tan fina y aristocrática, que a ellas mismas las hizo reír.
Hubo conversiones ruidosas, y pérdidas dolorosas, y muertes repentinas, que pusieron al pueblo los pelos de punta, y fallecimientos muy edificantes, que esparcieron olor de santidad por toda la población.
Hubo años de abundancia, y hubo años en que los Padres vivían adeudados y muy preocupados. Enfermedades, calumnias, propaganda subversiva, malas inteligencias, verdadera persecución... de todo libró Dios a los buenos Padres, que bregaban contra viento y marca, en un resalsero de pasiones bajas atizadas por personas constituidas en altos cargos y dignidades civiles.
Todo está en el Diario. Si una vieja eskimala regala dos libros de hígado de foca; si un solterón adinerado da quinientas pesetas para pintar las paredes y comprar carbón; si el señor Obispo, en la visite, les llama al orden por gastar mucha azúcar; si este año ha habido más o menos casos de locura que el año pasado; si será o no será contra la pobreza quemar incienso oloroso después de la catequesis de los eskimales, que olían que apestaban, etc., etc.
Hoy día Nome es una sombra del pasado. Quedan, sí, calles y muchas casas; pero no todas están habitadas.
No hay más que un periodicucho pobrísimo, que sale tres veces por semana. En las páginas emponzoñadas de este papelón ridículo se envenenaron las mentes de los habitantes de Nome en la cuestión de la guerra española.
Uno de los católicos más influyentes de Nome no vaciló en decirme que Franco era un demonio disfrazado de hombre, un Atila, etc., etc. Todos mis argumentos en contra se estrellaron o rebotaron en aquella testuz de carnero bravío. Lo había dicho el periódico, luego así tenía que ser.
Los aventureros del Polo.
Los primeros días fui a comer a una venta, mitad fonda, mitad taberna. Allí tuve que codearme con el celebérrimo tipo de viejo aventurero, que vino en 1898 y anda todavía vagando por las proximidades del Círculo Polar.
El nombre genérico que comprende a todos los viejos de esta catadura es “saordó”. Rigurosamente hablando, todo el que en noviembre vea helarse los ríos y las playas y presencie el deshielo en junio, pasa por el mero hecho a la categoría de “saordó”.
Mientras más inviernos se pasan en Alaska, más tiene uno de “saordó”. Pero hay “saordós” y “saordós”. Yo mismo soy un “saordó” en rigor técnico, aunque no me precie de ello en presencia de los viejos.
El “saordó” castizo es esto: septuagenario, soltero, alto y encorvado, calvo o con un pelo ralo blanquísimo, bigote rubio, ojos azules y aguardentosos, pipa negra y jorobada que cae hasta la perilla, chaquetón que sujeta un cinturón hermano carnal de la cincha, botas anfibias, de goma hasta los tobillos y de cuero el resto hasta la rodilla; no tiene religión, escupe treinta veces por minuto, lo ha leído todo, lo sabe todo, lo ha visto todo, lo quiere hablar todo, come por diez y se llama Jorge.
El que se llama Bernabé, Dionisio, Jeremías o Gregorio no es “aordó” legítimo, sino extranjero y advenedizo, tal vez ruso, bohemio o yugoslavo. Tiene quo llamarse Jorge y venir de antepasados escoceses, yankis o escandinavos.
Asimismo tiene que ser masón y gloriarse de ello; y, por último, tiene que poner en el mismo plano a Hitler, Franco y Mussolini y desearles a los tres muerte a fuego lento acá en la tierra, y una eternidad de horrores en el infierno.
Cuando el “saordó” enferma de gravedad, sus viejos hermanos masones le ponen un garrafón de vino junto a la almohada para aliviarle los trances penosos de la agonía; y, cuando el infeliz se desploma inerte como encina corroída y deja de escupir, le amortajan caritativamente y le llevan al cementerio masónico.
En el centro del cementerio general de Nome hay un reservado con rótulos enormes que dicen: “Cementerio Masónico”. El fin de estos rótulos es facilitar el día del Juicio a los Angeles la tarea penosa de separar los malos de los buenos. El Angel que, de un vistazo, vea salir de esta parcela masónica una caterva de seres espantadizos, ganará tiempo acorralándolos a todos a la izquierda sin más ceremonias.
Celos y charlas femeninas
En Nome tuve sorpresas que en Kotzebue ni las hubiera soñado. Una señora viuda, octogenaria, me llevó un mazapán con adornos de baño blanco y canela que me desarmó con sólo mirarle. En el aturdimiento consiguiente le ofrecí a la señora una silla, y el dichoso mazapán me costó dos horas y media de escuchamiento.
A los tres días, otro mazapán y dos horas en las sillas. Al día siguiente, un paquete de rosquillas deliciosas y tanta charla que, cortando todos los nudos gordianos de la urbanidad más elemental, miré al reloj y me excusé con que tenía que rezar el Breviario.
Al día siguiente, dos pollos desplumados; abiertos y helados y una charla que no llevaba trazas de acabar.
Otra señora adiposa y septuagenaria, no católica, viuda de un renegado católico que murió sin Sacramentos, tuvo celos de la octogenaria y, no queriendo ser menos, me empezó a traer rosquillas y mazapanes, que yo tenía que pagar con asentadas eternas, escuchando detalles minuciosísimos de episodios los más ridículos y baladíes. Allí me enteré de la vida y milagros de las dos terceras partes de la población.
Las dos señoras se sabían de memoria una a otra, y las dos se querían como la zorra y la gallina. La octogenaria prometió revocar el testamento y escribir otro donde estuviera incluido mi nombre. La septuagenaria se contentó con hacerme probar un traje planchado y seminuevo de su difunto esposo, más unas camisas y un maletín repleto de pañuelos blancos muy majos.
Al preguntarlas separadamente por qué no habían hecho eso años antes con otro Padre, me respondieron que nunca habían hallado oportunidad de hacerlo; pues, o no los habían hallado en casa cuando iban a visitarlos, o, si los hallaban, no tenían paciencia para escucharlas y las despedían a tocateja con buenos modos y maneras.
La respuesta me hizo reír. Unos días antes mi paciencia había estado a punto de estallar.
Los católicos se alegraron de ver de nuevo al misionero y acudieron con fidelidad a cumplir con Pascua. Siguiendo una costumbre inmemorial, los blancos se sientan a un lado y los indígenas y mestizos a otro.
Todos hablan inglés. Los mismos indígenas se van avergonzando de su lengua gutural, y se vanaglorian de hablar inglés, y hasta de salir con frases elegantes y palabras floridas, que no dicen del todo bien, entre giros bárbaros y frases incorrectas.
El hospital de Nome
Desde 1906 hasta 1919 hubo en Nome un hospital católico, regentado por Hermanas de la Caridad amables y abnegadas, como es proverbial en ellas.
En toda la redondez del globo son estas hermanas respetadas y buscadas, y dondequiera que levantan ellas un hospital, arruinan irremisiblemente a los hospitales circunvecinos. Los enfermos quieren ser tratados por las hermanas, y por nadie más.
Pero Nome es una excepción en el mundo. Nome es el tipo clásico de pueblo venido a menos, habitado por tipos de una pedantería soez que consideran progreso pertenecer a la masonería, creer en la evolución, dudar filosóficamente delta existencia de Dios, y evitar todo contacto con el Catolicismo retrogrador y opresor de las conciencias.
La presencia de un hospital católico entre sus chozas atiborradas de revistas indecentes era un reto al progreso y a la libertad de pensamiento.
Después de muchas juntas y disputas, decidieron llamar a los protestantes, a quienes aseguraron que favorecerían contra la institución católica. Así lo hicieron. Las Hermanas se trasladaron al sur de la península y dejaron el campo a los Metodistas.
Ahora el hospital está regentado por gente de negocio, que se cuida más de los dólares que de los dolores de los enfermos. Las enfermeras tienen novio y no atienden a los enfermos como lo hacían 1as Hermanas. Los viejos marrulleros, que invitaron a los Metodistas, vieron el error y escribieron cartas a las Hermanas rogándolas volver. Ninguna de las cartas recibió contestación. Así escarmientan otros en cabeza ajena.
Con el campeón de ajedrez.
En este hospital incoloro había un enfermo hidrópico, un “saordó” de los castizos, que era el campeón de ajedrez desde 1915. Le visité y jugamos una tarde. Ya se veía que era el campeón ! Como me paraba los pies a las pocas jugadas, decidimos que jugara él sin una torre, y así tuvimos unos juegos interesantísimos. Una tarde me ganó sin torre.
Al día siguiente fui al hospital muy de prisa y decidido a darle una paliza, y me encontré con que la cama estaba vacía. Había muerto por la noche. Quedé muy impresionado, pues el pobre señor no tenía religión, ni la había querido tener jamás.
Con todo, nos habíamos hecho verdaderos amigos en aquella cama donde nos sentábamos a estudiar jugadas nuevas y ataques inesperados. Sus restos descansan blandamente en el cementerio masónico.
DOS MESES EN NOME
Un poco de historia.
Sólo una vez, desde 1901, la muy noble villa de Nome ha estado sin misionero. Los católicos de Nome no oyeron tañer la campana durante todo el invierno de 1939. Los fallecidos murieron sin sacramentos y a los nacidos no había quien los bautizase.
Celebrada la Pascua en Kotzebue, y hecha una visita al orfanotrofio de Pilgrim Springs, recibí órdenes de tomar el aeroplano y aterrizar en Nome, donde debía permanecer un par de meses, hasta que a fines de junio viniese de su Isla Singular el célebre Padre Lafortune.
Estas costas de Nome estuvieron desiertas desde mucho untes del diluvio, y por ellas retozaban corpulentos anfibios marinos, que no sabían de flechas ni de balas; pero en octubre de 1898 unos exploradores, curtidos a todos los temporales y arriesgados como pocos, después de mil fracasos por montes, valles y playas, descubrieron pepitas de oro en las arenas de la playa, que bautizaron con el nombre de Nome, y dos años más tarde las gaviotas vieron asustadas hileras interminables de tiendas de lona, donde se albergaban 25.000 mineros, procedentes de los cuatro Puntos Cardinales.
Allí se maldecía y se canturreaba en todas las lenguas llamadas civilizadas, hasta que poco a poco las tiendas fueron sustituidas por casetas de madera, sobre las que se erguían hoteles toscos, donde se vendían los huevos a veinte duros la docena, y donde un cántaro de vino se iba en copas, que costaban de diez a quince pesetas cada una.
En aquella multitud abigarrada de aventureros había un crecido número de católicos, que aplaudieron la idea de levantar una iglesia cuando les visitó y se lo propuso el P. René, en agosto de 1899.
Al año siguiente fue destinado a Nome el Padre Jacquet. El pobre Padre no duró mucho en la brega. Tres meses de invierno bastaron y sobraron para ponerle fuera de combate y dar con él en una camisa de fuerza. Trasladado a Holy Cross por las autoridades, recobró el juicio y trabajó a media máquina algunos años, hasta que murió plácidamente en el Yukon.
En 1901 llegaron dos Padres y levantaron la iglesia actual, cuya esbelta torre es el orgullo de la población. La cruz, en que remata, fue decorada con bombillas eléctricas, y aquella cruz iluminada salvó centenares de vidas en tormentas, borrascas y tinieblas invernales cuando navegantes y exploradores se extraviaban en la lejanía.
Años más tarde, en 1914, los yacimientos auríferos vinieron a menos, y la Compañía eléctrica, con la excusa de que no podía sufragar los gastos, cortó la corriente y la cruz cesó de brillar en la oscuridad.
Era entonces Nome una ciudad floreciente con Instituto, tres Diarios, calles, almacenes, cuatro sociedades secretas y trabajo para todos en abundancia. En nuestra iglesia se decían dos misas los do-mingos por no caber todos en una.
En 1903 arribó el P. Lafortune, que había de oscurecer con su brillo a todos los misioneros de Alaska, pasados y presentes. Pequeño de cuerpo, canadiense de nación, industrioso como pocos y habilidoso como el que más, este Padre que aún vive tomó a su cargo los indígenas de Nome y sus cercanías y levantó para ellos iglesia aparte, donde les predicaba en su misma lengua.
Bautizó eskimales a centenares, y se acostumbró a vivir y comer como ellos, sin que por eso dejara de ser con los blancos el sacerdote urbano y cortés, cuya santidad admiraban y admiran de consuno.
El "Diario" de los Misioneros
Apenas me instalé en Nome, abrí los cartapacios donde los Padres han venido escribiendo el Diario de la casa desde 1901 hasta 1939. Es un arsenal de información que no se puede valuar en dinero. Por allí desfila tullo.
Un grupo de señoras se encargó en 1906 de limpiar la iglesia y sufragar los gastos del altar. Poco a poco se convirtieron en dueñas absolutas de la iglesia, hasta que llegó un Padre de agallas y, después de estudiar el problema despacio, con una ironía socarrona y una tenacidad de hierro, las fue destronando insensiblemente, hasta que una mañana las buenas señoras se vieron en la calle sin saberlo.
Las tiples protestantes que cantaban en nuestro coro, y que se creían indispensables, fueron despedidas con una sonrisa tan fina y aristocrática, que a ellas mismas las hizo reír.
Hubo conversiones ruidosas, y pérdidas dolorosas, y muertes repentinas, que pusieron al pueblo los pelos de punta, y fallecimientos muy edificantes, que esparcieron olor de santidad por toda la población.
Hubo años de abundancia, y hubo años en que los Padres vivían adeudados y muy preocupados. Enfermedades, calumnias, propaganda subversiva, malas inteligencias, verdadera persecución... de todo libró Dios a los buenos Padres, que bregaban contra viento y marca, en un resalsero de pasiones bajas atizadas por personas constituidas en altos cargos y dignidades civiles.
Todo está en el Diario. Si una vieja eskimala regala dos libros de hígado de foca; si un solterón adinerado da quinientas pesetas para pintar las paredes y comprar carbón; si el señor Obispo, en la visite, les llama al orden por gastar mucha azúcar; si este año ha habido más o menos casos de locura que el año pasado; si será o no será contra la pobreza quemar incienso oloroso después de la catequesis de los eskimales, que olían que apestaban, etc., etc.
Hoy día Nome es una sombra del pasado. Quedan, sí, calles y muchas casas; pero no todas están habitadas.
No hay más que un periodicucho pobrísimo, que sale tres veces por semana. En las páginas emponzoñadas de este papelón ridículo se envenenaron las mentes de los habitantes de Nome en la cuestión de la guerra española.
Uno de los católicos más influyentes de Nome no vaciló en decirme que Franco era un demonio disfrazado de hombre, un Atila, etc., etc. Todos mis argumentos en contra se estrellaron o rebotaron en aquella testuz de carnero bravío. Lo había dicho el periódico, luego así tenía que ser.
Los aventureros del Polo.
Los primeros días fui a comer a una venta, mitad fonda, mitad taberna. Allí tuve que codearme con el celebérrimo tipo de viejo aventurero, que vino en 1898 y anda todavía vagando por las proximidades del Círculo Polar.
El nombre genérico que comprende a todos los viejos de esta catadura es “saordó”. Rigurosamente hablando, todo el que en noviembre vea helarse los ríos y las playas y presencie el deshielo en junio, pasa por el mero hecho a la categoría de “saordó”.
Mientras más inviernos se pasan en Alaska, más tiene uno de “saordó”. Pero hay “saordós” y “saordós”. Yo mismo soy un “saordó” en rigor técnico, aunque no me precie de ello en presencia de los viejos.
El “saordó” castizo es esto: septuagenario, soltero, alto y encorvado, calvo o con un pelo ralo blanquísimo, bigote rubio, ojos azules y aguardentosos, pipa negra y jorobada que cae hasta la perilla, chaquetón que sujeta un cinturón hermano carnal de la cincha, botas anfibias, de goma hasta los tobillos y de cuero el resto hasta la rodilla; no tiene religión, escupe treinta veces por minuto, lo ha leído todo, lo sabe todo, lo ha visto todo, lo quiere hablar todo, come por diez y se llama Jorge.
El que se llama Bernabé, Dionisio, Jeremías o Gregorio no es “aordó” legítimo, sino extranjero y advenedizo, tal vez ruso, bohemio o yugoslavo. Tiene quo llamarse Jorge y venir de antepasados escoceses, yankis o escandinavos.
Asimismo tiene que ser masón y gloriarse de ello; y, por último, tiene que poner en el mismo plano a Hitler, Franco y Mussolini y desearles a los tres muerte a fuego lento acá en la tierra, y una eternidad de horrores en el infierno.
Cuando el “saordó” enferma de gravedad, sus viejos hermanos masones le ponen un garrafón de vino junto a la almohada para aliviarle los trances penosos de la agonía; y, cuando el infeliz se desploma inerte como encina corroída y deja de escupir, le amortajan caritativamente y le llevan al cementerio masónico.
En el centro del cementerio general de Nome hay un reservado con rótulos enormes que dicen: “Cementerio Masónico”. El fin de estos rótulos es facilitar el día del Juicio a los Angeles la tarea penosa de separar los malos de los buenos. El Angel que, de un vistazo, vea salir de esta parcela masónica una caterva de seres espantadizos, ganará tiempo acorralándolos a todos a la izquierda sin más ceremonias.
Celos y charlas femeninas
En Nome tuve sorpresas que en Kotzebue ni las hubiera soñado. Una señora viuda, octogenaria, me llevó un mazapán con adornos de baño blanco y canela que me desarmó con sólo mirarle. En el aturdimiento consiguiente le ofrecí a la señora una silla, y el dichoso mazapán me costó dos horas y media de escuchamiento.
A los tres días, otro mazapán y dos horas en las sillas. Al día siguiente, un paquete de rosquillas deliciosas y tanta charla que, cortando todos los nudos gordianos de la urbanidad más elemental, miré al reloj y me excusé con que tenía que rezar el Breviario.
Al día siguiente, dos pollos desplumados; abiertos y helados y una charla que no llevaba trazas de acabar.
Otra señora adiposa y septuagenaria, no católica, viuda de un renegado católico que murió sin Sacramentos, tuvo celos de la octogenaria y, no queriendo ser menos, me empezó a traer rosquillas y mazapanes, que yo tenía que pagar con asentadas eternas, escuchando detalles minuciosísimos de episodios los más ridículos y baladíes. Allí me enteré de la vida y milagros de las dos terceras partes de la población.
Las dos señoras se sabían de memoria una a otra, y las dos se querían como la zorra y la gallina. La octogenaria prometió revocar el testamento y escribir otro donde estuviera incluido mi nombre. La septuagenaria se contentó con hacerme probar un traje planchado y seminuevo de su difunto esposo, más unas camisas y un maletín repleto de pañuelos blancos muy majos.
Al preguntarlas separadamente por qué no habían hecho eso años antes con otro Padre, me respondieron que nunca habían hallado oportunidad de hacerlo; pues, o no los habían hallado en casa cuando iban a visitarlos, o, si los hallaban, no tenían paciencia para escucharlas y las despedían a tocateja con buenos modos y maneras.
La respuesta me hizo reír. Unos días antes mi paciencia había estado a punto de estallar.
Los católicos se alegraron de ver de nuevo al misionero y acudieron con fidelidad a cumplir con Pascua. Siguiendo una costumbre inmemorial, los blancos se sientan a un lado y los indígenas y mestizos a otro.
Todos hablan inglés. Los mismos indígenas se van avergonzando de su lengua gutural, y se vanaglorian de hablar inglés, y hasta de salir con frases elegantes y palabras floridas, que no dicen del todo bien, entre giros bárbaros y frases incorrectas.
El hospital de Nome
Desde 1906 hasta 1919 hubo en Nome un hospital católico, regentado por Hermanas de la Caridad amables y abnegadas, como es proverbial en ellas.
En toda la redondez del globo son estas hermanas respetadas y buscadas, y dondequiera que levantan ellas un hospital, arruinan irremisiblemente a los hospitales circunvecinos. Los enfermos quieren ser tratados por las hermanas, y por nadie más.
Pero Nome es una excepción en el mundo. Nome es el tipo clásico de pueblo venido a menos, habitado por tipos de una pedantería soez que consideran progreso pertenecer a la masonería, creer en la evolución, dudar filosóficamente delta existencia de Dios, y evitar todo contacto con el Catolicismo retrogrador y opresor de las conciencias.
La presencia de un hospital católico entre sus chozas atiborradas de revistas indecentes era un reto al progreso y a la libertad de pensamiento.
Después de muchas juntas y disputas, decidieron llamar a los protestantes, a quienes aseguraron que favorecerían contra la institución católica. Así lo hicieron. Las Hermanas se trasladaron al sur de la península y dejaron el campo a los Metodistas.
Ahora el hospital está regentado por gente de negocio, que se cuida más de los dólares que de los dolores de los enfermos. Las enfermeras tienen novio y no atienden a los enfermos como lo hacían 1as Hermanas. Los viejos marrulleros, que invitaron a los Metodistas, vieron el error y escribieron cartas a las Hermanas rogándolas volver. Ninguna de las cartas recibió contestación. Así escarmientan otros en cabeza ajena.
Con el campeón de ajedrez.
En este hospital incoloro había un enfermo hidrópico, un “saordó” de los castizos, que era el campeón de ajedrez desde 1915. Le visité y jugamos una tarde. Ya se veía que era el campeón ! Como me paraba los pies a las pocas jugadas, decidimos que jugara él sin una torre, y así tuvimos unos juegos interesantísimos. Una tarde me ganó sin torre.
Al día siguiente fui al hospital muy de prisa y decidido a darle una paliza, y me encontré con que la cama estaba vacía. Había muerto por la noche. Quedé muy impresionado, pues el pobre señor no tenía religión, ni la había querido tener jamás.
Con todo, nos habíamos hecho verdaderos amigos en aquella cama donde nos sentábamos a estudiar jugadas nuevas y ataques inesperados. Sus restos descansan blandamente en el cementerio masónico.
Etiquetas: alaska, caminos, cero, estufa, focas, llorente, morsas, nieve, nuestro padre, sacerdotes, temperatura, trineos
EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE
14:41
0 Comments
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.
EL OASIS DE PILGRIM SPRINGS
El orfanotrofio de Pilgrim Springs
Después de haber pasado en la aldea polar de Kotzebue nueve meses consecutivos de invierno, meses de aislamiento absoluto, de tormentas, de frío y de noches que no amanecen, un día, al apuntar la primavera, me llegó una orden en virtud de la cual debía yo tomar el primer aeroplano disponible y volar a Pilgrim Springs, doscientos kilómetros al sur de Kotzebue.
El aeroplano llegó al vuelo y pronto me vi al ras de las nubes volando ruidosamente hacia el sur. Era para mi aquel un camino nuevo y desconocido. Poco antes de llegar a mi destino me dio voces el piloto rogándome que mirase a la derecha, donde pude ver una cruz incrustada en las rocas cumbres de un despeñadero. Allí abajo, en aquel valle fue hallado muerto el P. Ruppert, de grata memoria para los aficionados a las Misiones.
La cruz estaba muda y como perdida en aquella soledad de sepulcro. Nadie en el mundo la ha visto ni la verá jamás, pero, a pesar de los pesares, está allí erguida y satisfecha de realizar bien su cometido. A pocos minutos de ver la cruz llegamos al término del viaje.
Pilgrim Springs —Balnearios del Peregrino—, una escuela semejante en todo a la de Akulurak, que ya conocen los lectores de EN EL PAÍS DE LOS ETERNOS HIELOS.
En 1919, los Padres de Nome se internaron en la península de Seward y pernoctaron una noche en una venta que se alzaba en las márgenes de un arroyuelo en el que brota agua caliente —casi hirviendo— y al que iban a tomar las aguas los mineros afectados de reumatismo. En aquella venta se habían jugado fortunas enteras, y en ella la borrachera se había convertido en artículo de primera necesidad.
Hablando, hablando con el ventero, se llegó a un acuerdo, y los Padres compraron la venta con toda la propiedad adyacente, incluyendo los manantiales termales. Levantaron pronto unos edificios provisionales, y al año siguiente ya funcionaba la escuela.
Hoy el personal está formado por un Padre, dos Hermanos Coadjutores, cinco monjas Ursulinas y una rapacería bulliciosa que oscila entre sesenta y siete y setenta muchachos.
A diferencia de Akulurak, donde todos son eskimales puros y huérfanos, aquí son en su mayoría mestizos e incluso blancos, hijos de mineros vagabundos o desaparecidos o bien octogenarios, pero con una familia numerosa, y viudos.
Es un hecho que he observado de cerca y que rara vez falla. Estos rubios aventureros del Polo se casan a los sesenta con una indígena de veinte. Quince años más tarde se muere ella, y él queda viudo con siete hijos pequeños. Envejecido y violento no puede cuidar de familia tan necesitada; y la solución, desde 1920, ha sido muy sencilla: que los Padres de Springs carguen con ellos.
En algunos casos, raros, él se vuelve a casar, y me consta de un caso en el que todavía nació otra criatura. Por eso un mal intencionado dijo que aquí se conserva la virilidad hasta varias horas después de muerto.
La comunidad, los niños y el balneario
Inútil es decir que la terna que forma la Comunidad me recibió con los brazos abiertos, y pronto nos vimos enfrascados en una charla por demás amena. Por entonces empezaban a llegar noticias detalladas sobre la toma de Madrid, y decidimos escribir al general Franco en inglés y en español dándole el parabién y ofreciéndole nuestras oraciones para que lleve a feliz término lo comenzado.
Como mi visita no había de durar más que unos días, me apresuré a visitar las escuelas, donde pasé horas amenísimas contanto historias tétricas y de ladrones a la chiquillería.
Desfilaron ante nosotros procesiones de esqueletos nocturnos con candelas apagadas que venían en nuestra busca, pero que no nos hallaron porque las velas, como ya dijimos, estaban apagadas, y además teníamos bien cerradas las puertas y ventanas.
Vimos dragones alados con multitud de cabezas y pescuezos larguísimos, y se nos cuajó la sangre cuando un lobo montuno, con dientes como los dedos de la mano y ojos como tizones, atacó una choza donde dormía un niño angelical con la cabecita llena de rizos encantadores. Afortunadamente el lobo no salió con la suya, porque estaba en acecho un hombre, que le pegó dos tiros y le mató, y con eso respiramos todos y se nos ensanchó el corazón.
Luego me llevaron a ver el balneario. Todo el riachuelo, que se retuerce por la propiedad de la Misión, burbujea sin cesar y emite vapores que campean más en aquel panorama blanquísimo con un fondo de montañas repletas de nieve que amontonan mil ventisqueros invisibles. Se experimenta una sensación singular al meter la mano y sentir el agua caliente, mientras las botas están a la orilla hundidas a dos palmos de nieve.
A un lado del arroyo brotan tres manantiales copiosos que cubren sendas casetas con el fin de permitir baños privados. Es agua sulfúrica en ebullición, que apesta las primeras veces y que le cuece a une los huesos.
Ahí se matan los artritismos y toda su familia de reumas, como lo están continuamente experimentando no pocos huéspedes tullidos o en vías de estarlo. Aunque, por la gracia de Dios, yo no lo estoy, me bañé dos veces y sudé gotas gordas que me dejaron rendido y me trajeron un sueño reparador muy de desear.
La rapacería se baña todos los sábados, en grupos, vigilados por el H. Prefecto.
La tragedia del P. Ruppert.
Otro día hice, solo, una visita al cementerio, sito en un altozano, como a un kilómetro de las escuelas. Entre crucecitas de niños se alza la cruz del P. Ruppert.
Los que le ven en el cuadro del Vaticano, tendido en la nieve con el perro al lado, a modo de centinela, no experimentan ni la mitad del escalofrío que le corre a uno cuando separa a rezar un De profundis en la sepultura cubierta de nieve.
El Hermano Wilhalm me dio detalles tristísimos sobre su muerte. Aquí están seguros de que el pobre P. Ruppert pereció víctima de un desequilibrio mental muy común en estas regiones solitarias.
Aunque tenía un guía muy experto que había recorrido cien veces aquellos parajes y los sabia de memoria, el Padre insistió en querer probar fortuna por un atajo que a él le pareció que lo era, pero que al avisado guía le pareció un disparate rotundo. El Padre cortó por lo sano despidiendo al guía y lanzándose solo por el presunto y desdichado atajo en la mañana frigidísima del 16 de diciembre de 1923.
Al día siguiente llegó a la Misión, suelto y asustadizo, uno de los perros del trineo. —Malo —se dijeron en casa—; aquí ha ocurrido algo gordo.
Al día siguiente vino un viejo, y en la conversación dijo casualmente que había descubierto pisadas errantes de alguno que estaba o perdido o aterido. Una simple pisada en la nieve le dice mundos al eskimal avezado.
Por la tarde llegó otro perro suelto y asustadizo como el primero. Por la noche llegó otro. Aquello se iba poniendo demasiado serio, y el corazón comenzó a latir un poco de prisa.
Al amanecer salieron los dos hermanos con el viejo, pero no encontraron nada. Volvieron al día siguiente con un chico que los quiso acompañar, y a poco encontraron la gorra del Padre —una gorra de piel de castor— medio comida por los perros.
Siguieron un rastro que se extendía por círculos extraviados y, al doblar un terraplén, vieron sobre el hielo del río a Mink, el perro delantero, acurrucado junto al cadáver. Es falso que el perro ladrase y defendiese al Padre. Al verlos, el perro se les acercó muy zalamero, como no podía menos de suceder, pues eran los amos y se había criado con ellos.
Como no hay regla sin excepción, aunque en semejantes circunstancias los cadáveres aparecen boca abajo, el P. Ruppert estaba tendido boca arriba con los brazos extendidos, helado y tieso como hierro, no con el abrigo puesto, como aparece en el famoso dibujo, sino en mangas de camisa.
Varios cadáveres han sido hallados completamente desnudos, helados y rígidos, pues es un hecho comprobado que el frío excesivo produce los efectos de asfixia por aquello de que los extremos se tocan.
Llevado penosamente a la Misión, le reblandecieron con agua hirviendo hasta que lograron doblarle los brazos y ajustarle en el ataúd. Hubo lágrimas amargas al par que resignadas, y en la Misión todos adoraron los inescrutables juicios de Dios.
Sé buscó en vano el trineo por todos los alrededores, hasta que ya avanzada la primavera, el Hermano Jansen que se dirigía a Nome, lo halló donde nadie lo esperaba. Allí estaban los arreos de los perros, recogidos y cuidadosamente doblados. Cerca estaba un cajón de naranjas ya podridas.
Más allá estaba el parke o abrigo de pieles, muy bien dobladito, sobre la copa de un arbusto pequeño repleto de ramaje. En el trineo había un sobre con dos billetes de cien dólares cada uno. Era el dinero para una estatua de San José qua habían encargado.Este hallazgo peregrino convenció finalmente a los Padres que el malogrado P. Ruppert se extravió, vagó en todas direcciones y, como tal vez el perro delantero tiraba para donde al Padre le parecía que no era razón tirar, soltó los perros y se dirigió a pie, solo, de noche, hambriento y tiritando hasta que no pudo más. Probablemente dio voces y escuchó; pero, con una montaña de por medio, ¿quién le iba a responder?
Aquella misma noche en Nome, a ochenta kilómetros de distancia, un señor fue a visitar al P. Lafortune para decirle que no podía echar de sí la convicción de que el P. Ruppert estaba sufriendo penosísimamente. El P. Lafortune rió la broma, le dio un cigarro y ahí paró todo.
Finalmente, Mink, el perro famoso, quedó tan escarmentado que cuando el Hermano le sacaba los domingos a dar un paseo, no se le apartaba de las piernas, y un día, como al trepar un ribazo el Hermano cayese de bruces, Mink se alborotó sobremanera y le empezó a ayudar a levantarse.
Fingió el Hermano varias veces caerse y quedar inmóvil, y el perro le levantaba agarrándole por el cuello del abrigo. Tal vez aquello era una repetición macabra de su comportamiento fiel y caballeroso con el moribundo P. Ruppert. Todo esto me contó el buen H. Wilhalm, uno de los fundadores de la Misión.
Aquí en Springs hay un grupo de huérfanos de Kotzebue, mis parroquianos, y con ellos me saqué varias fotos vestido con el abrigo del P. Ruppert, que se conserva tal y como lo encontró el Hermano.
Días agradables.
¡Qué días tan agradables los que pasé en Springs! Mi visita fue aprovechada para variar de confesor, y todos desfilaron por mi confesionario. Les oí dos Misas cantadas, preciosamente ejecutadas, y las monjas me forzaron a darles tres pláticas sobre algún tema subido que las sacase de la rutina prosaica de la escuela. Escogí las «MORADAS DE SANTA TERESA», y divagamos libremente sobre diversas formas de misticismo clásico y genuino. Asimismo pasamos juntos algunas recreaciones muy divertidas.
Después de nueve meses de aislamiento entre eskimales embotados, estas conversaciones tenían auras de oasis en un desierto retostado y solitario.
Otra experiencia digna de mención es el contento natural, que me embargaba cada vez que me sentaba a la mesa y veía los manjares listos sin que yo les hubiese guisado, es decir, sin que yo hubiera pelado las patatas, sin que yo hubiera cortado la carne, sin que yo hubiera tenido que atizar y soplar el fuego, mohino y malhumorado, como lo había venido haciendo todo el invierno.
Hubo también ratos de ajedrez, con el consiguiente esfuerzo mental callado, pero tenaz y visible en jaques mates que nos administrábamos sin compasión.
EL OASIS DE PILGRIM SPRINGS
El orfanotrofio de Pilgrim Springs
Después de haber pasado en la aldea polar de Kotzebue nueve meses consecutivos de invierno, meses de aislamiento absoluto, de tormentas, de frío y de noches que no amanecen, un día, al apuntar la primavera, me llegó una orden en virtud de la cual debía yo tomar el primer aeroplano disponible y volar a Pilgrim Springs, doscientos kilómetros al sur de Kotzebue.
El aeroplano llegó al vuelo y pronto me vi al ras de las nubes volando ruidosamente hacia el sur. Era para mi aquel un camino nuevo y desconocido. Poco antes de llegar a mi destino me dio voces el piloto rogándome que mirase a la derecha, donde pude ver una cruz incrustada en las rocas cumbres de un despeñadero. Allí abajo, en aquel valle fue hallado muerto el P. Ruppert, de grata memoria para los aficionados a las Misiones.
La cruz estaba muda y como perdida en aquella soledad de sepulcro. Nadie en el mundo la ha visto ni la verá jamás, pero, a pesar de los pesares, está allí erguida y satisfecha de realizar bien su cometido. A pocos minutos de ver la cruz llegamos al término del viaje.
Pilgrim Springs —Balnearios del Peregrino—, una escuela semejante en todo a la de Akulurak, que ya conocen los lectores de EN EL PAÍS DE LOS ETERNOS HIELOS.
En 1919, los Padres de Nome se internaron en la península de Seward y pernoctaron una noche en una venta que se alzaba en las márgenes de un arroyuelo en el que brota agua caliente —casi hirviendo— y al que iban a tomar las aguas los mineros afectados de reumatismo. En aquella venta se habían jugado fortunas enteras, y en ella la borrachera se había convertido en artículo de primera necesidad.
Hablando, hablando con el ventero, se llegó a un acuerdo, y los Padres compraron la venta con toda la propiedad adyacente, incluyendo los manantiales termales. Levantaron pronto unos edificios provisionales, y al año siguiente ya funcionaba la escuela.
Hoy el personal está formado por un Padre, dos Hermanos Coadjutores, cinco monjas Ursulinas y una rapacería bulliciosa que oscila entre sesenta y siete y setenta muchachos.
A diferencia de Akulurak, donde todos son eskimales puros y huérfanos, aquí son en su mayoría mestizos e incluso blancos, hijos de mineros vagabundos o desaparecidos o bien octogenarios, pero con una familia numerosa, y viudos.
Es un hecho que he observado de cerca y que rara vez falla. Estos rubios aventureros del Polo se casan a los sesenta con una indígena de veinte. Quince años más tarde se muere ella, y él queda viudo con siete hijos pequeños. Envejecido y violento no puede cuidar de familia tan necesitada; y la solución, desde 1920, ha sido muy sencilla: que los Padres de Springs carguen con ellos.
En algunos casos, raros, él se vuelve a casar, y me consta de un caso en el que todavía nació otra criatura. Por eso un mal intencionado dijo que aquí se conserva la virilidad hasta varias horas después de muerto.
La comunidad, los niños y el balneario
Inútil es decir que la terna que forma la Comunidad me recibió con los brazos abiertos, y pronto nos vimos enfrascados en una charla por demás amena. Por entonces empezaban a llegar noticias detalladas sobre la toma de Madrid, y decidimos escribir al general Franco en inglés y en español dándole el parabién y ofreciéndole nuestras oraciones para que lleve a feliz término lo comenzado.
Como mi visita no había de durar más que unos días, me apresuré a visitar las escuelas, donde pasé horas amenísimas contanto historias tétricas y de ladrones a la chiquillería.
Desfilaron ante nosotros procesiones de esqueletos nocturnos con candelas apagadas que venían en nuestra busca, pero que no nos hallaron porque las velas, como ya dijimos, estaban apagadas, y además teníamos bien cerradas las puertas y ventanas.
Vimos dragones alados con multitud de cabezas y pescuezos larguísimos, y se nos cuajó la sangre cuando un lobo montuno, con dientes como los dedos de la mano y ojos como tizones, atacó una choza donde dormía un niño angelical con la cabecita llena de rizos encantadores. Afortunadamente el lobo no salió con la suya, porque estaba en acecho un hombre, que le pegó dos tiros y le mató, y con eso respiramos todos y se nos ensanchó el corazón.
Luego me llevaron a ver el balneario. Todo el riachuelo, que se retuerce por la propiedad de la Misión, burbujea sin cesar y emite vapores que campean más en aquel panorama blanquísimo con un fondo de montañas repletas de nieve que amontonan mil ventisqueros invisibles. Se experimenta una sensación singular al meter la mano y sentir el agua caliente, mientras las botas están a la orilla hundidas a dos palmos de nieve.
A un lado del arroyo brotan tres manantiales copiosos que cubren sendas casetas con el fin de permitir baños privados. Es agua sulfúrica en ebullición, que apesta las primeras veces y que le cuece a une los huesos.
Ahí se matan los artritismos y toda su familia de reumas, como lo están continuamente experimentando no pocos huéspedes tullidos o en vías de estarlo. Aunque, por la gracia de Dios, yo no lo estoy, me bañé dos veces y sudé gotas gordas que me dejaron rendido y me trajeron un sueño reparador muy de desear.
La rapacería se baña todos los sábados, en grupos, vigilados por el H. Prefecto.
La tragedia del P. Ruppert.
Otro día hice, solo, una visita al cementerio, sito en un altozano, como a un kilómetro de las escuelas. Entre crucecitas de niños se alza la cruz del P. Ruppert.
Los que le ven en el cuadro del Vaticano, tendido en la nieve con el perro al lado, a modo de centinela, no experimentan ni la mitad del escalofrío que le corre a uno cuando separa a rezar un De profundis en la sepultura cubierta de nieve.
El Hermano Wilhalm me dio detalles tristísimos sobre su muerte. Aquí están seguros de que el pobre P. Ruppert pereció víctima de un desequilibrio mental muy común en estas regiones solitarias.
Aunque tenía un guía muy experto que había recorrido cien veces aquellos parajes y los sabia de memoria, el Padre insistió en querer probar fortuna por un atajo que a él le pareció que lo era, pero que al avisado guía le pareció un disparate rotundo. El Padre cortó por lo sano despidiendo al guía y lanzándose solo por el presunto y desdichado atajo en la mañana frigidísima del 16 de diciembre de 1923.
Al día siguiente llegó a la Misión, suelto y asustadizo, uno de los perros del trineo. —Malo —se dijeron en casa—; aquí ha ocurrido algo gordo.
Al día siguiente vino un viejo, y en la conversación dijo casualmente que había descubierto pisadas errantes de alguno que estaba o perdido o aterido. Una simple pisada en la nieve le dice mundos al eskimal avezado.
Por la tarde llegó otro perro suelto y asustadizo como el primero. Por la noche llegó otro. Aquello se iba poniendo demasiado serio, y el corazón comenzó a latir un poco de prisa.
Al amanecer salieron los dos hermanos con el viejo, pero no encontraron nada. Volvieron al día siguiente con un chico que los quiso acompañar, y a poco encontraron la gorra del Padre —una gorra de piel de castor— medio comida por los perros.
Siguieron un rastro que se extendía por círculos extraviados y, al doblar un terraplén, vieron sobre el hielo del río a Mink, el perro delantero, acurrucado junto al cadáver. Es falso que el perro ladrase y defendiese al Padre. Al verlos, el perro se les acercó muy zalamero, como no podía menos de suceder, pues eran los amos y se había criado con ellos.
Como no hay regla sin excepción, aunque en semejantes circunstancias los cadáveres aparecen boca abajo, el P. Ruppert estaba tendido boca arriba con los brazos extendidos, helado y tieso como hierro, no con el abrigo puesto, como aparece en el famoso dibujo, sino en mangas de camisa.
Varios cadáveres han sido hallados completamente desnudos, helados y rígidos, pues es un hecho comprobado que el frío excesivo produce los efectos de asfixia por aquello de que los extremos se tocan.
Llevado penosamente a la Misión, le reblandecieron con agua hirviendo hasta que lograron doblarle los brazos y ajustarle en el ataúd. Hubo lágrimas amargas al par que resignadas, y en la Misión todos adoraron los inescrutables juicios de Dios.
Sé buscó en vano el trineo por todos los alrededores, hasta que ya avanzada la primavera, el Hermano Jansen que se dirigía a Nome, lo halló donde nadie lo esperaba. Allí estaban los arreos de los perros, recogidos y cuidadosamente doblados. Cerca estaba un cajón de naranjas ya podridas.
Más allá estaba el parke o abrigo de pieles, muy bien dobladito, sobre la copa de un arbusto pequeño repleto de ramaje. En el trineo había un sobre con dos billetes de cien dólares cada uno. Era el dinero para una estatua de San José qua habían encargado.Este hallazgo peregrino convenció finalmente a los Padres que el malogrado P. Ruppert se extravió, vagó en todas direcciones y, como tal vez el perro delantero tiraba para donde al Padre le parecía que no era razón tirar, soltó los perros y se dirigió a pie, solo, de noche, hambriento y tiritando hasta que no pudo más. Probablemente dio voces y escuchó; pero, con una montaña de por medio, ¿quién le iba a responder?
Aquella misma noche en Nome, a ochenta kilómetros de distancia, un señor fue a visitar al P. Lafortune para decirle que no podía echar de sí la convicción de que el P. Ruppert estaba sufriendo penosísimamente. El P. Lafortune rió la broma, le dio un cigarro y ahí paró todo.
Finalmente, Mink, el perro famoso, quedó tan escarmentado que cuando el Hermano le sacaba los domingos a dar un paseo, no se le apartaba de las piernas, y un día, como al trepar un ribazo el Hermano cayese de bruces, Mink se alborotó sobremanera y le empezó a ayudar a levantarse.
Fingió el Hermano varias veces caerse y quedar inmóvil, y el perro le levantaba agarrándole por el cuello del abrigo. Tal vez aquello era una repetición macabra de su comportamiento fiel y caballeroso con el moribundo P. Ruppert. Todo esto me contó el buen H. Wilhalm, uno de los fundadores de la Misión.
Aquí en Springs hay un grupo de huérfanos de Kotzebue, mis parroquianos, y con ellos me saqué varias fotos vestido con el abrigo del P. Ruppert, que se conserva tal y como lo encontró el Hermano.
Días agradables.
¡Qué días tan agradables los que pasé en Springs! Mi visita fue aprovechada para variar de confesor, y todos desfilaron por mi confesionario. Les oí dos Misas cantadas, preciosamente ejecutadas, y las monjas me forzaron a darles tres pláticas sobre algún tema subido que las sacase de la rutina prosaica de la escuela. Escogí las «MORADAS DE SANTA TERESA», y divagamos libremente sobre diversas formas de misticismo clásico y genuino. Asimismo pasamos juntos algunas recreaciones muy divertidas.
Después de nueve meses de aislamiento entre eskimales embotados, estas conversaciones tenían auras de oasis en un desierto retostado y solitario.
Otra experiencia digna de mención es el contento natural, que me embargaba cada vez que me sentaba a la mesa y veía los manjares listos sin que yo les hubiese guisado, es decir, sin que yo hubiera pelado las patatas, sin que yo hubiera cortado la carne, sin que yo hubiera tenido que atizar y soplar el fuego, mohino y malhumorado, como lo había venido haciendo todo el invierno.
Hubo también ratos de ajedrez, con el consiguiente esfuerzo mental callado, pero tenaz y visible en jaques mates que nos administrábamos sin compasión.
El sol de media noche.
Desde Springs fui a Nome —como veremos en otro capítulo—, y de vuelta a Kotzebue me detuve nuevamente en Springs, donde escribo estas líneas, y donde lo encontré todo muy cambiado. Ya no hay nieve en los llanos, aunque las cumbres de las montañas están blancas, con manchones negruzcos y sombríos. Los arbustos están cubiertos de follaje verde, y el campo está rejuvenecido y primaverizado. En los terrenos labrados, el Hermano ha plantado lechugas, cebollas, guisantes, nabos y patatas, y ayer le ayudé yo a plantar diez hileras de berzas, cuyos cogollos yo no veré ni gustaré, por no haber medios de comunicación entre Springs y Kotzebue.
Anoche me acosté a media noche, por el placer de ver el sol a ras del horizonte y rezar el Breviario en el jardín.
Con tanta luz solar, las hortalizas crecen con prisa y exhuberancia locas. Todo tiene que estar maduro para septiembre, cuando empiezan las heladas, que matan el suelo y no le dejan revivir hasta fines de mayo.
Aquí, en las fronteras del Círculo Polar Artico, donde todo es desierto, y pampa, y páramos estériles, y estepas rocosas, y ciénagas pantanosas; aquí, donde la naturaleza es una madrastra roñosa y sin entrañas; aquí, en estos horizontes solitarios habitados por el oso blanco, el lobo carnicero y el reno montaraz, aquí mismo, Dios nuestro Señor dejó caer de la mano un vallecito pintoresco, con sierras por vallado y el cielo por techumbre, y fabricó cariñosamente un terreno de entrañas blandas y pecho generoso que se deja hendir por la reja y da el ciento por uno para sostén de huerfanitos destituidos de todo otro medio de manutención.
Es un argumento más de la veracidad de las palabras evangélicas: “Si Dios alimenta las aves del cielo que no aran, ni siembran, ni recogen en graneros, y viste a los lirios de un ropaje envidiado por los reyes más abastados, ¿cómo se va a olvidar de nosotros, sus hijos, que tanto le costamos y a quienes ha dado muestras de amor tan paternal?»
¿Faltará el combustible?
Hasta ahora nos había provisto de combustible la selva de arbustos que crecían al calor de las aguas termales. La selva de1919 se ha convertido en espesuras cada vez más ralas de arbolillos cada vez más pequeños e inservibles. Dentro de dos años no quedará ni un árbol.
Se trate de traer por el río unas cincuenta toneladas de carbón que mantengan las estufas desde agosto hasta fines de mayo. Los gastos que esto supone se echan fácilmente de ver, y corren rumores de días aciagos para la escuela orfanotrofio de Pilgrim Springs, por falta de combustible.
¡Que el Señor de la mies no eche en olvido esta parcela de su viña universal!
EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE
17:01
0 Comments
A LA LUZ DE MI LINTERNA
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.
En una carta que acababa de recibir del P. Superior se me encargaba hacer las diligencias necesarias para ver de convertir al pueblo de Kotzebue. Había que meter la hoz en mies ajena; o mejor, en mies que, por ser nuestra, peligraba en manos ajenas incapaces de recoger las gavillas para el Reino de los cielos.
Tal vez dando una dentellada fuerte en terreno enemigo y engrosando las filas ya formadas se iniciaría un movimiento en favor de la Iglesia católica y en un día no muy lejano veríamos a Kotzebue convertido, si no en un Noviciado, sí al menos en una parroquia católica de la que nos podríamos gloriar.
Al día siguiente, domingo, faltaron muchos a Misa y apenas tuvimos quorum para la Bendición con el Santísimo al anochecer. Me extrañó un poco el suceso, pues no esperaba tal acontecimiento ya a la entrada del invierno, cuando la gente deja las pesqueras y yacimientos mineros y se recoge a las aldeas a pasar los días crudos del clásico invierno alaskano.
Los médicos conocen la enfermedad poniendo el dedo en la llaga y tornando el pulso al enfermo. Los médicos de las almas, a mi modo de ver, tienen que hacer otro tanto para curarlas, so pena de arriesgar muertes desastrosas que en las almas producen mayor estrago aún que en los cuerpos.
Con estos pensamientos flotando por mi mente, en vez de acostarme, como debiera, por ser ya las diez y media de la noche, me disfracé de salteador de caminos, metí en el bolso la linterna y, por si acaso, debajo del capote oculté un bastón corto y fuerte, y me eché a la calle.
El barro me salpicaba las polainas, y del norte soplaba una brisa con llovizna tan penetrante que volví a casa a echar encima otro capote para evitar resfriados.
Vuelto de nuevo a la calle, apenas había doblado la primera esquina, topé con un grupo de mozos que fumaban junto a la pared y hablaban todos a una y se tambaleaban y reñían. Uno de ellos me vio pasar y gritó con voz cascada y aguardentosa: Ahí va Nelson; ése lleva vino.
Y todos a una, se me vinieron gritando: Nelson, ven acá. ¿A dónde vas? Danos un trago, hombre. Dos de ellos al avanzar hacia mí cayeron redondos en el barro lodoso; los tres restantes lograron tenerse en pie y llegar sanos y salvos a donde yo les esperaba. Al acercarse, despidieron un olor repugnante a vino que apestaba. Tenían los ojos vidriados y la boca abierta por la que se desprendía a intervalos una baba sucia que provocaba náuseas.
¿Vas a bailar? insistían. Aguarda un poco, hombre, y danos un trago, que no estamos borrachos.
Y todos a una, incluso los que aún forcejeaban por levantarse y tenerse en pie, gritaron: ¡Qué vamos a estar borrachos!
Mi silencio los traía a mal traer y uno de ellos aventuró la idea de que yo no era Nelson, sino Kénez; pero la idea no prevaleció y los demás quisieron reforzar su opinión con mi propio testimonio preguntándome bonachonamente: ¿Verdad que no eres Kénez? ¿Verdad que eres Nelson? No hagas caso de éste, que está borracho.
Pero el aludido se ofendió de que le llamaran borracho y la emprendió a puñadas con el grupo. En el aire resonaban palabrotas y rodaban por el barro cuerpos perezosos que me dieron ganas de aplastar con el pie como se aplastan sapos. Los dejé revoleándose en el cieno y avancé calle abajo camino de la taberna.
Antes de llegar oí voces y ruido en una tienda de lona débilmente iluminada, donde vive una familia católica con cinco hijos pequeños. La madre estaba desgreñada, con los ojos hinchados y algunos rasguños menores en las mejillas, borracha hasta los huesos. Los niños habían huido de la quema y se habían guarecido en chozas próximas.
El marido y la mujer habían tenido una riña descomunal, cuando más llenos estaban de aguardiente, y en la refriega cayeron sobre la cama y partieron en dos el catre raquítico donde dormían acurrucados los pequeñuelos.
Ahora él estaba roncando en un rincón y ella contaba la pasada hazaña a un grupo de eskimales borrachos, que se apiñaban junto a un hornillo apagado. Me tuvieron por un borracho más y nadie extrañó lo más mínimo mi presencia; por eso me enteré de cien detalles que luego tengo que explotar en las instrucciones catequísticas.
Seguí calle abajo y topé con tres parásitos que, para estar de pie, se apoyaban en las cabezas como los rifles de los soldados que se apoyan sobre las bayonetas en grupos pequeños, mientras los soldados descansan de la caminata. Como de noche todos los gatos son pardos, me arrimé a ellos lo más posible para conocerlos. Estos me tuvieron por Fred Henry y me invitaron a terminar la botella. Como me negué a ello, el que la tenía en las manos se la ofrecía temblorosamente al de la izquierda y le decía: Acábala, hombre, acábala tú, que luego compramos otra.
Y sin hacerse de rogar, el paisano llevó la botella a los labios y la terminó, haciendo antes unos gorgoritos muy graciosos. Luego se me encararon los tres y quisieron saber por qué no había bebido.
¿Qué tienes hoy, Fred? ¿Por qué no bebes?
Y uno de ellos supuso en voz alta que yo no era Fred, sino algún advenedizo. El Fred que ellos conocían era incapaz de rehusar un trago; de sobra la sabían ellos, aunque estaban borrachos. Los dejé disparatando en plena calle y seguí adelante.
Ya junto a las paredes de la taberna vi venir una mujer, que caminaba como una culebra. No se caía por más que la fallaban las rodillas; pero culebreaba que daba gusto verla. Descubrió un bulto junto a la pared y se acercó a é1; pero el bulto estaba vivo, y la prójima se asustó y dió un salto y volvió atropelladamente hacia las puertas de la taberna.
Entonces me entró a mi curiosidad de saber qué bulto era aquel y me acerqué cautelosamente con la linterna. Sobre el envoltorio de vestidos andrajosos descollaba siniestramente el rostro airado y emborrachado de una mujer muy joven, retrato acabado de la arpía más feroz e iracunda que han inventado los poetas.
¿Quién eres tú, ladrón? me dijo con ojos de fuego. Márchate, canalla, que hoy no estoy para bromas.
Y como yo me mantuviese indeciso, se irguió, sacó las uñas y se echó tras de mí toda furor. La pobre no avanzó mucho. Tropezó, cayó, y allí la dejé barboteando maldiciones. Entonces no pude más y dejé que me corrieran unas lágrimas que me serenaron un poco.
La tal arpía se hizo católica en 1934. Hizo la primera Comunión en la Misa de Gallo, y al día siguiente, Navidad, el P. Menager sacó una fotografía del grupo. Eran ocho. En la foto están todos con las manos juntas y les cruza el pecho una cinta roja con la imagen del Sagrado Corazón.
Nuestra protagonista ostenta una sonrisa candorosa. Si se la sacase del grupo y se la pusiese en cuadro aparte, semejaría una virgencita que caería muy bien en algún altar lateral. En la foto aparece al lado de Enrique. Los dos se cansaron de ser católicos.
Por fin, hará cosa de una semana, se casaron por lo civil.
¡Oh, los misterios de las almas! Al dejarla allí en las tinieblas de la noche sobre el barro, oliendo a vino y aguardiente y echando maldiciones, la foto de su primera Comunión con las manos cruzadas ante el pecho, se apoderó de mí con una fuerza irresistible que me emocionó. Me dieron ganas de... enviar la foto a EL SIGLO DE LAS MISIONES, pero... mejor es no seguir meneándolo.
Por fin llegué a las ventanas iluminadas de la taberna. El tabernero es un católico austríaco que lleva en esta región cuarenta y dos años, uno tras otro. Fue cartero desde Kotzebue hasta Point Barrow, el cabo más norteño de Alaska.
Cuando los aeroplanos contrataron el correo, el austríaco se hizo tabernero y vive escanciando copas en el mostrador a eskimales hambrientos: Por la primera ventana vi cómo bailaban en un salón repleto de humo de pipa maloliente.
Por una puerta abierta, entraban y salían y se metían en la taberna propiamente dicha, donde Pablo vendía botellas de licor. Este Pablo fue considerado aquí hace años como la base, plinto, columna y fundamento de la Iglesia Católica. Tanto, que el Padre Menager le dio el sobrenombre de Vicario general.
Poco a poco el Vicario se hundió hasta los ojos en el negocio del vino, y hoy día vive de eso exclusivamente. Este Vicario me ha venido diciendo por activa y por pasiva que en su casa no se ha emborrachado nadie ni se emborrachará jamás, porque él, católico a machamartillo y con una conciencia de monja, no tolerará jamás semejante cosa. Eso suena muy bien en mi cocina. Anoche era diferente. No se imaginaba el Vicario que yo le estaba viendo por los cristales de su ventana, a las doce de una noche fría y lloviznosa. Y, sin embargo, así era.
El Vicario tenía destapadas varias docenas de botellas de todos los tamaños y colores que tomaban las manos temblorosas de gente muy conocida. Una mujer no podía ya mantenerse en pie y se desplomó sobre un sillón. Un hombre la quería echar del sillón a viva fuerza y los dos rodaron por el suelo, emborrachadísimos.
La hija del Vicario, mi organista, iba de acá para allá, bebiendo aquí, bailando allá y desplomándose más allá.
El hijo del Vicario, monaguillo cuando era pequeño, ayudaba a su padre a descorchar botellas que daba a gente repleta ya de vino.
Por otra ventana observé a los que ya no estaban para fiestas y habían optado por sentarse y adormecerse en una especie de recibidor donde hay un crucifijo y un cuadro muy grande y hermoso del Sagrado Corazón.
El pobre Vicario cayó ignominiosamente del pedestal que él mismo había fabricado en mi cabeza. Le explicaré muy pronto aquello de que nadie puede servir a dos señores, y, puesto en el disparadero, se verá forzado a firmar su propia condenación. El único señor a quien este Vicario ha servido es al mismísimo Satanás en persona.
Dejé las ventanas iluminadas de la taberna y me interné en unas encrucijadas, que hacen varias casas destartaladas, entre las que hay algunas tiendas de lona, donde viven algunas familias hasta que empieza a helar de firme. De una de esas tiendas salían unas carcajadas muy curiosas.
Una vez levantada la caza había que seguirla y metí la linterna por la hendidura que hace de entrada. No me detuve allí mucho.
Sobre una mesa, iluminada por una vela, jugaban a la baraja tres borrachos que braceaban y discutían acaloradamente. En un rincón, arrollados y abrazados y en las posturas más estrafalarias, roncaban unos diez hombres y mujeres, mezclados como si fueran cadáveres tirados allí de algún camión.
A las doce y media el Vicario no se tenía de sueña y cebó afuera a toda la caterva de danzantes y bebedores. Al salir toparon conmigo; me tuvieron por uno de tantos y no se preocuparon lo más mínimo.
Una pareja se rezagó y seguía penosamente a los demás hasta que ella se desplomó. La levantó él lo mejor que pudo y los dos siguieron adelante tambaleándose ridículamente hasta que ella rompió a llorar y a decir entre sollozos las mayores tonterías imaginables.
Llegado que hubieron a una esquina, se arrimaron a la pared y allí quedaron arrimados, ella gimoteando y él diciendo disparates. Abriéndome paso entre rezagados me encaminé a mi casica con el corazón partido de dolor, los pies fríos, los ojos cargados de sueño y todo el cuerpo molido por el cansancio. Eran las doce y media de la noche.
Pero no quise acostarme así sin más ni más. Abrí la puerta que da a la iglesia y me arrodillé ante el sagrario a rezar el «Parce, Domine, purce populo tuo; ne in aeternum irascaris nobis”, (Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo; no estés eternamente enojado).
Este es el paganismo tal cual en si es, sin máscaras ni adobos. Este es el paganismo que campeaba dos mil años ha, cuando Jesucristo nació pobre en Belén. Dos mil años de luz evangélica no han logrado disipar la lobreguez de estas tinieblas espesas que aún envuelven a una porción grande del género humano.
Kotzebue es un foco de paganismo puro y escueto. Todas las ideas que surgen a la mente cuando se oyen las palabras gentilidad, paganismo, infidelidad, pueden verse plasmadas y palparse aquí, en
Kotzebue, con sólo disfrazarse y salir de ronda una noche cualquiera por las callejuelas llenas de barro.
El que crea que ser Misionero es sinónimo de levantar el crucifijo en alto y llevarse de calle los pueblos y ciudades gentiles, se engaña de medio a medio. Eso no lo ha hecho nadie.
Desde el Calvario hasta el Gobierno rojo de Madrid, la empresa misionera ha sido una cadena larguísima formada por eslabones de conquistas, derrotas, más conquistas, nuevas derrotas, triunfos, fracasos, martirios, persecuciones, herejías, victorias parciales y fusión de sangre. No se avanza a paso de gigante, sino a paso de caracol. No se conquistan reinos; se ganan algunas almas dentro de los diversos reinos. Sólo uno de cada cinco en el mundo está bautizado en la Iglesia católica.
Mirado en conjunto, el mundo es aún pagano.
Cuarenta y dos años llevan en Kotzebue los protestantes cuákeros. Miembros de una secta que no tiene Sacramentos, ni siquiera el bautismo, sin sagrario, sin Misa, sin cruz, todos sus razonamientos son fríos.
Quisieron levantar a esta gente al nivel sobrenatural con solos razonamientos y medios humanos de persuasión y prédicas, y fallaron. Tenían que fallar. Al nivel sobrenatural nos eleva la gracia, y ésta nos viene por los Sacramentos de que abominan los cuákeros.
Los eskimales de Kotzebue, sin bautismo, no hallaron ayuda alguna moral en la iglesia cuákera y se desalentaron y cayeron en un abismo tan hondo que sólo una lluvia abundantisima de gracia divina los puede sacar a flote. Y de eso se trata.
Aquí, en medio de ellos, está el que los puede salvar. Aquí está el sagrario, iluminado día y noche por la lámpara litúrgica. Cada vez que me arrodillo ante él en el silencio de la noche, me pasma y abruma la paciencia infinita de Dios, cuya arma no parece ser otra que la mansedumbre del cordero bíblico.
Todo en derredor es embriaguez, lujuria y paganismo; pero no importa; Dios sigue mandando los días y las noches y nos tiene continuamente la bahía repleta de los pescados más variados. Parece no quejarse. Algo así como nuestro oficio fuera el ser malos, y el suyo el ser bueno; y como si ése fuera el contrato.
Sobre mis hombros de carne y hueso gravita la responsabilidad inmensa de traer al redil estas ovejas descarriadas que tienen en sus fauces lobos rapaces. Arrancar la presa, revivida, nutrirla y mantenerla siempre en el rebaño, he ahí, la tarea que me está siempre mirando de cara. ¡Pero qué cuesta arriba es esta tarea!
Hubo aquí una moza que picó en el anzuelo y vino y se instruyó en el catecismo lo suficiente para hacerse merecedora del bautismo. Siendo de todos conocidas sus andanzas y escapadas nocturnas, la puse por nombre Magdalena. Poco después nos hizo la visita oficial el nuevo Obispo de Alaska y, entre los confirmados, puse naturalmente a Magdalena, que recibió la Confirmación con mucha gravedad y devoción.
Una semana más tarde la llevaron a la cárcel territorial de Nome, condenada a tres meses por desórdenes y violencias mientras estaba borracha. ¡Confirmación y cárcel en una semana! Cuando se lo escribí al señor Obispo me contestó que se ha reído media hora de un tirón y luego a ratos entre día.
No; aquí, en las lomas del Polo Norte, no se llevan de calle pueblos y muchedumbres. Hoy se convierte uno y mañana sale otro del redil. Más tarde se convierten dos, de los cuales uno viene a la iglesia de Pascuas a Reyes, y así sucesivamente.
¿Cómo hago para atraerlos? le pregunté al señor Obispo.
Echando raíces arrodillado ante el altar y presentando con toda sencillez y claridad la verdad evangélica a los que no rechacen la invitación.
Esta respuesta es el programa.
A propósito de cañones, el señor Obispo, mi antiguo Provincial, estuvo conmigo seis días. Le obligué a dormir en mi cama y yo me acomodé sobre unos bancos. Mientras yo guisaba y cocinaba, él me contaba historias y los dos nos reíamos beatíficamente.
Al terminar las comidas, yo lavaba en agua hirviendo los platos, y él los secaba con unos trapos bastante blancos, que yo había guardado en el desván para algún por si acaso.
Me alabó mucho mis habilidades culinarias en general y lo bien que preparaba el salmón en particular. Le dije que una trucha daba cien vueltas al salmón rey más dorado.
Al día siguiente nos regalaron una trucha de siete libras, y a los dos se nos empezó a hacer la boca agua. Pronto la corté y puse en orden las rajas, pero decidimos dejarla para darnos con ella la gran cena.
A eso de las seis, cuando ya estaba yo encendiendo la lumbre y preparando la sartén, viene zumbando el aeroplano, y el piloto nos avisa que su Señoría Ilustrísima tiene quince minutos para preparar las maletas. ¡Toda la trucha para mi! Ya camino del aeroplano, me decía en voz baja el señor Obispo:
Siento más perder esa trucha que Boabdil la pérdida de Granada.
¡,Dónde oyó Su Ilustrísima hablar de Boabdil? le pregunté con unos ojos enormes.
Y él me respondió:
Antes de que usted naciera ya había leído yo en Wáshington Irvin los Cuentos de la Alhambra.
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.
En una carta que acababa de recibir del P. Superior se me encargaba hacer las diligencias necesarias para ver de convertir al pueblo de Kotzebue. Había que meter la hoz en mies ajena; o mejor, en mies que, por ser nuestra, peligraba en manos ajenas incapaces de recoger las gavillas para el Reino de los cielos.
Tal vez dando una dentellada fuerte en terreno enemigo y engrosando las filas ya formadas se iniciaría un movimiento en favor de la Iglesia católica y en un día no muy lejano veríamos a Kotzebue convertido, si no en un Noviciado, sí al menos en una parroquia católica de la que nos podríamos gloriar.
Al día siguiente, domingo, faltaron muchos a Misa y apenas tuvimos quorum para la Bendición con el Santísimo al anochecer. Me extrañó un poco el suceso, pues no esperaba tal acontecimiento ya a la entrada del invierno, cuando la gente deja las pesqueras y yacimientos mineros y se recoge a las aldeas a pasar los días crudos del clásico invierno alaskano.
Los médicos conocen la enfermedad poniendo el dedo en la llaga y tornando el pulso al enfermo. Los médicos de las almas, a mi modo de ver, tienen que hacer otro tanto para curarlas, so pena de arriesgar muertes desastrosas que en las almas producen mayor estrago aún que en los cuerpos.
Con estos pensamientos flotando por mi mente, en vez de acostarme, como debiera, por ser ya las diez y media de la noche, me disfracé de salteador de caminos, metí en el bolso la linterna y, por si acaso, debajo del capote oculté un bastón corto y fuerte, y me eché a la calle.
El barro me salpicaba las polainas, y del norte soplaba una brisa con llovizna tan penetrante que volví a casa a echar encima otro capote para evitar resfriados.
Vuelto de nuevo a la calle, apenas había doblado la primera esquina, topé con un grupo de mozos que fumaban junto a la pared y hablaban todos a una y se tambaleaban y reñían. Uno de ellos me vio pasar y gritó con voz cascada y aguardentosa: Ahí va Nelson; ése lleva vino.
Y todos a una, se me vinieron gritando: Nelson, ven acá. ¿A dónde vas? Danos un trago, hombre. Dos de ellos al avanzar hacia mí cayeron redondos en el barro lodoso; los tres restantes lograron tenerse en pie y llegar sanos y salvos a donde yo les esperaba. Al acercarse, despidieron un olor repugnante a vino que apestaba. Tenían los ojos vidriados y la boca abierta por la que se desprendía a intervalos una baba sucia que provocaba náuseas.
¿Vas a bailar? insistían. Aguarda un poco, hombre, y danos un trago, que no estamos borrachos.
Y todos a una, incluso los que aún forcejeaban por levantarse y tenerse en pie, gritaron: ¡Qué vamos a estar borrachos!
Mi silencio los traía a mal traer y uno de ellos aventuró la idea de que yo no era Nelson, sino Kénez; pero la idea no prevaleció y los demás quisieron reforzar su opinión con mi propio testimonio preguntándome bonachonamente: ¿Verdad que no eres Kénez? ¿Verdad que eres Nelson? No hagas caso de éste, que está borracho.
Pero el aludido se ofendió de que le llamaran borracho y la emprendió a puñadas con el grupo. En el aire resonaban palabrotas y rodaban por el barro cuerpos perezosos que me dieron ganas de aplastar con el pie como se aplastan sapos. Los dejé revoleándose en el cieno y avancé calle abajo camino de la taberna.
Antes de llegar oí voces y ruido en una tienda de lona débilmente iluminada, donde vive una familia católica con cinco hijos pequeños. La madre estaba desgreñada, con los ojos hinchados y algunos rasguños menores en las mejillas, borracha hasta los huesos. Los niños habían huido de la quema y se habían guarecido en chozas próximas.
El marido y la mujer habían tenido una riña descomunal, cuando más llenos estaban de aguardiente, y en la refriega cayeron sobre la cama y partieron en dos el catre raquítico donde dormían acurrucados los pequeñuelos.
Ahora él estaba roncando en un rincón y ella contaba la pasada hazaña a un grupo de eskimales borrachos, que se apiñaban junto a un hornillo apagado. Me tuvieron por un borracho más y nadie extrañó lo más mínimo mi presencia; por eso me enteré de cien detalles que luego tengo que explotar en las instrucciones catequísticas.
Seguí calle abajo y topé con tres parásitos que, para estar de pie, se apoyaban en las cabezas como los rifles de los soldados que se apoyan sobre las bayonetas en grupos pequeños, mientras los soldados descansan de la caminata. Como de noche todos los gatos son pardos, me arrimé a ellos lo más posible para conocerlos. Estos me tuvieron por Fred Henry y me invitaron a terminar la botella. Como me negué a ello, el que la tenía en las manos se la ofrecía temblorosamente al de la izquierda y le decía: Acábala, hombre, acábala tú, que luego compramos otra.
Y sin hacerse de rogar, el paisano llevó la botella a los labios y la terminó, haciendo antes unos gorgoritos muy graciosos. Luego se me encararon los tres y quisieron saber por qué no había bebido.
¿Qué tienes hoy, Fred? ¿Por qué no bebes?
Y uno de ellos supuso en voz alta que yo no era Fred, sino algún advenedizo. El Fred que ellos conocían era incapaz de rehusar un trago; de sobra la sabían ellos, aunque estaban borrachos. Los dejé disparatando en plena calle y seguí adelante.
Ya junto a las paredes de la taberna vi venir una mujer, que caminaba como una culebra. No se caía por más que la fallaban las rodillas; pero culebreaba que daba gusto verla. Descubrió un bulto junto a la pared y se acercó a é1; pero el bulto estaba vivo, y la prójima se asustó y dió un salto y volvió atropelladamente hacia las puertas de la taberna.
Entonces me entró a mi curiosidad de saber qué bulto era aquel y me acerqué cautelosamente con la linterna. Sobre el envoltorio de vestidos andrajosos descollaba siniestramente el rostro airado y emborrachado de una mujer muy joven, retrato acabado de la arpía más feroz e iracunda que han inventado los poetas.
¿Quién eres tú, ladrón? me dijo con ojos de fuego. Márchate, canalla, que hoy no estoy para bromas.
Y como yo me mantuviese indeciso, se irguió, sacó las uñas y se echó tras de mí toda furor. La pobre no avanzó mucho. Tropezó, cayó, y allí la dejé barboteando maldiciones. Entonces no pude más y dejé que me corrieran unas lágrimas que me serenaron un poco.
La tal arpía se hizo católica en 1934. Hizo la primera Comunión en la Misa de Gallo, y al día siguiente, Navidad, el P. Menager sacó una fotografía del grupo. Eran ocho. En la foto están todos con las manos juntas y les cruza el pecho una cinta roja con la imagen del Sagrado Corazón.
Nuestra protagonista ostenta una sonrisa candorosa. Si se la sacase del grupo y se la pusiese en cuadro aparte, semejaría una virgencita que caería muy bien en algún altar lateral. En la foto aparece al lado de Enrique. Los dos se cansaron de ser católicos.
Por fin, hará cosa de una semana, se casaron por lo civil.
¡Oh, los misterios de las almas! Al dejarla allí en las tinieblas de la noche sobre el barro, oliendo a vino y aguardiente y echando maldiciones, la foto de su primera Comunión con las manos cruzadas ante el pecho, se apoderó de mí con una fuerza irresistible que me emocionó. Me dieron ganas de... enviar la foto a EL SIGLO DE LAS MISIONES, pero... mejor es no seguir meneándolo.
Por fin llegué a las ventanas iluminadas de la taberna. El tabernero es un católico austríaco que lleva en esta región cuarenta y dos años, uno tras otro. Fue cartero desde Kotzebue hasta Point Barrow, el cabo más norteño de Alaska.
Cuando los aeroplanos contrataron el correo, el austríaco se hizo tabernero y vive escanciando copas en el mostrador a eskimales hambrientos: Por la primera ventana vi cómo bailaban en un salón repleto de humo de pipa maloliente.
Por una puerta abierta, entraban y salían y se metían en la taberna propiamente dicha, donde Pablo vendía botellas de licor. Este Pablo fue considerado aquí hace años como la base, plinto, columna y fundamento de la Iglesia Católica. Tanto, que el Padre Menager le dio el sobrenombre de Vicario general.
Poco a poco el Vicario se hundió hasta los ojos en el negocio del vino, y hoy día vive de eso exclusivamente. Este Vicario me ha venido diciendo por activa y por pasiva que en su casa no se ha emborrachado nadie ni se emborrachará jamás, porque él, católico a machamartillo y con una conciencia de monja, no tolerará jamás semejante cosa. Eso suena muy bien en mi cocina. Anoche era diferente. No se imaginaba el Vicario que yo le estaba viendo por los cristales de su ventana, a las doce de una noche fría y lloviznosa. Y, sin embargo, así era.
El Vicario tenía destapadas varias docenas de botellas de todos los tamaños y colores que tomaban las manos temblorosas de gente muy conocida. Una mujer no podía ya mantenerse en pie y se desplomó sobre un sillón. Un hombre la quería echar del sillón a viva fuerza y los dos rodaron por el suelo, emborrachadísimos.
La hija del Vicario, mi organista, iba de acá para allá, bebiendo aquí, bailando allá y desplomándose más allá.
El hijo del Vicario, monaguillo cuando era pequeño, ayudaba a su padre a descorchar botellas que daba a gente repleta ya de vino.
Por otra ventana observé a los que ya no estaban para fiestas y habían optado por sentarse y adormecerse en una especie de recibidor donde hay un crucifijo y un cuadro muy grande y hermoso del Sagrado Corazón.
El pobre Vicario cayó ignominiosamente del pedestal que él mismo había fabricado en mi cabeza. Le explicaré muy pronto aquello de que nadie puede servir a dos señores, y, puesto en el disparadero, se verá forzado a firmar su propia condenación. El único señor a quien este Vicario ha servido es al mismísimo Satanás en persona.
Dejé las ventanas iluminadas de la taberna y me interné en unas encrucijadas, que hacen varias casas destartaladas, entre las que hay algunas tiendas de lona, donde viven algunas familias hasta que empieza a helar de firme. De una de esas tiendas salían unas carcajadas muy curiosas.
Una vez levantada la caza había que seguirla y metí la linterna por la hendidura que hace de entrada. No me detuve allí mucho.
Sobre una mesa, iluminada por una vela, jugaban a la baraja tres borrachos que braceaban y discutían acaloradamente. En un rincón, arrollados y abrazados y en las posturas más estrafalarias, roncaban unos diez hombres y mujeres, mezclados como si fueran cadáveres tirados allí de algún camión.
A las doce y media el Vicario no se tenía de sueña y cebó afuera a toda la caterva de danzantes y bebedores. Al salir toparon conmigo; me tuvieron por uno de tantos y no se preocuparon lo más mínimo.
Una pareja se rezagó y seguía penosamente a los demás hasta que ella se desplomó. La levantó él lo mejor que pudo y los dos siguieron adelante tambaleándose ridículamente hasta que ella rompió a llorar y a decir entre sollozos las mayores tonterías imaginables.
Llegado que hubieron a una esquina, se arrimaron a la pared y allí quedaron arrimados, ella gimoteando y él diciendo disparates. Abriéndome paso entre rezagados me encaminé a mi casica con el corazón partido de dolor, los pies fríos, los ojos cargados de sueño y todo el cuerpo molido por el cansancio. Eran las doce y media de la noche.
Pero no quise acostarme así sin más ni más. Abrí la puerta que da a la iglesia y me arrodillé ante el sagrario a rezar el «Parce, Domine, purce populo tuo; ne in aeternum irascaris nobis”, (Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo; no estés eternamente enojado).
Este es el paganismo tal cual en si es, sin máscaras ni adobos. Este es el paganismo que campeaba dos mil años ha, cuando Jesucristo nació pobre en Belén. Dos mil años de luz evangélica no han logrado disipar la lobreguez de estas tinieblas espesas que aún envuelven a una porción grande del género humano.
Kotzebue es un foco de paganismo puro y escueto. Todas las ideas que surgen a la mente cuando se oyen las palabras gentilidad, paganismo, infidelidad, pueden verse plasmadas y palparse aquí, en
Kotzebue, con sólo disfrazarse y salir de ronda una noche cualquiera por las callejuelas llenas de barro.
El que crea que ser Misionero es sinónimo de levantar el crucifijo en alto y llevarse de calle los pueblos y ciudades gentiles, se engaña de medio a medio. Eso no lo ha hecho nadie.
Desde el Calvario hasta el Gobierno rojo de Madrid, la empresa misionera ha sido una cadena larguísima formada por eslabones de conquistas, derrotas, más conquistas, nuevas derrotas, triunfos, fracasos, martirios, persecuciones, herejías, victorias parciales y fusión de sangre. No se avanza a paso de gigante, sino a paso de caracol. No se conquistan reinos; se ganan algunas almas dentro de los diversos reinos. Sólo uno de cada cinco en el mundo está bautizado en la Iglesia católica.
Mirado en conjunto, el mundo es aún pagano.
Cuarenta y dos años llevan en Kotzebue los protestantes cuákeros. Miembros de una secta que no tiene Sacramentos, ni siquiera el bautismo, sin sagrario, sin Misa, sin cruz, todos sus razonamientos son fríos.
Quisieron levantar a esta gente al nivel sobrenatural con solos razonamientos y medios humanos de persuasión y prédicas, y fallaron. Tenían que fallar. Al nivel sobrenatural nos eleva la gracia, y ésta nos viene por los Sacramentos de que abominan los cuákeros.
Los eskimales de Kotzebue, sin bautismo, no hallaron ayuda alguna moral en la iglesia cuákera y se desalentaron y cayeron en un abismo tan hondo que sólo una lluvia abundantisima de gracia divina los puede sacar a flote. Y de eso se trata.
Aquí, en medio de ellos, está el que los puede salvar. Aquí está el sagrario, iluminado día y noche por la lámpara litúrgica. Cada vez que me arrodillo ante él en el silencio de la noche, me pasma y abruma la paciencia infinita de Dios, cuya arma no parece ser otra que la mansedumbre del cordero bíblico.
Todo en derredor es embriaguez, lujuria y paganismo; pero no importa; Dios sigue mandando los días y las noches y nos tiene continuamente la bahía repleta de los pescados más variados. Parece no quejarse. Algo así como nuestro oficio fuera el ser malos, y el suyo el ser bueno; y como si ése fuera el contrato.
Sobre mis hombros de carne y hueso gravita la responsabilidad inmensa de traer al redil estas ovejas descarriadas que tienen en sus fauces lobos rapaces. Arrancar la presa, revivida, nutrirla y mantenerla siempre en el rebaño, he ahí, la tarea que me está siempre mirando de cara. ¡Pero qué cuesta arriba es esta tarea!
Hubo aquí una moza que picó en el anzuelo y vino y se instruyó en el catecismo lo suficiente para hacerse merecedora del bautismo. Siendo de todos conocidas sus andanzas y escapadas nocturnas, la puse por nombre Magdalena. Poco después nos hizo la visita oficial el nuevo Obispo de Alaska y, entre los confirmados, puse naturalmente a Magdalena, que recibió la Confirmación con mucha gravedad y devoción.
Una semana más tarde la llevaron a la cárcel territorial de Nome, condenada a tres meses por desórdenes y violencias mientras estaba borracha. ¡Confirmación y cárcel en una semana! Cuando se lo escribí al señor Obispo me contestó que se ha reído media hora de un tirón y luego a ratos entre día.
No; aquí, en las lomas del Polo Norte, no se llevan de calle pueblos y muchedumbres. Hoy se convierte uno y mañana sale otro del redil. Más tarde se convierten dos, de los cuales uno viene a la iglesia de Pascuas a Reyes, y así sucesivamente.
¿Cómo hago para atraerlos? le pregunté al señor Obispo.
Echando raíces arrodillado ante el altar y presentando con toda sencillez y claridad la verdad evangélica a los que no rechacen la invitación.
Esta respuesta es el programa.
A propósito de cañones, el señor Obispo, mi antiguo Provincial, estuvo conmigo seis días. Le obligué a dormir en mi cama y yo me acomodé sobre unos bancos. Mientras yo guisaba y cocinaba, él me contaba historias y los dos nos reíamos beatíficamente.
Al terminar las comidas, yo lavaba en agua hirviendo los platos, y él los secaba con unos trapos bastante blancos, que yo había guardado en el desván para algún por si acaso.
Me alabó mucho mis habilidades culinarias en general y lo bien que preparaba el salmón en particular. Le dije que una trucha daba cien vueltas al salmón rey más dorado.
Al día siguiente nos regalaron una trucha de siete libras, y a los dos se nos empezó a hacer la boca agua. Pronto la corté y puse en orden las rajas, pero decidimos dejarla para darnos con ella la gran cena.
A eso de las seis, cuando ya estaba yo encendiendo la lumbre y preparando la sartén, viene zumbando el aeroplano, y el piloto nos avisa que su Señoría Ilustrísima tiene quince minutos para preparar las maletas. ¡Toda la trucha para mi! Ya camino del aeroplano, me decía en voz baja el señor Obispo:
Siento más perder esa trucha que Boabdil la pérdida de Granada.
¡,Dónde oyó Su Ilustrísima hablar de Boabdil? le pregunté con unos ojos enormes.
Y él me respondió:
Antes de que usted naciera ya había leído yo en Wáshington Irvin los Cuentos de la Alhambra.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Mostrando entradas con la etiqueta alaska. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta alaska. Mostrar todas las entradas
En las Lomas del Polo Norte - Padre Segundo LLorente
jueves, 19 de agosto de 2010
Etiquetas:
alaska,
cumbres,
eskimales,
frio,
misiones,
nevada,
nuestro padre,
revista,
sacerdotes,
siglo
EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE
miércoles, 12 de mayo de 2010
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.
DOS MESES EN NOME
Un poco de historia.
Sólo una vez, desde 1901, la muy noble villa de Nome ha estado sin misionero. Los católicos de Nome no oyeron tañer la campana durante todo el invierno de 1939. Los fallecidos murieron sin sacramentos y a los nacidos no había quien los bautizase.
Celebrada la Pascua en Kotzebue, y hecha una visita al orfanotrofio de Pilgrim Springs, recibí órdenes de tomar el aeroplano y aterrizar en Nome, donde debía permanecer un par de meses, hasta que a fines de junio viniese de su Isla Singular el célebre Padre Lafortune.
Estas costas de Nome estuvieron desiertas desde mucho untes del diluvio, y por ellas retozaban corpulentos anfibios marinos, que no sabían de flechas ni de balas; pero en octubre de 1898 unos exploradores, curtidos a todos los temporales y arriesgados como pocos, después de mil fracasos por montes, valles y playas, descubrieron pepitas de oro en las arenas de la playa, que bautizaron con el nombre de Nome, y dos años más tarde las gaviotas vieron asustadas hileras interminables de tiendas de lona, donde se albergaban 25.000 mineros, procedentes de los cuatro Puntos Cardinales.
Allí se maldecía y se canturreaba en todas las lenguas llamadas civilizadas, hasta que poco a poco las tiendas fueron sustituidas por casetas de madera, sobre las que se erguían hoteles toscos, donde se vendían los huevos a veinte duros la docena, y donde un cántaro de vino se iba en copas, que costaban de diez a quince pesetas cada una.
En aquella multitud abigarrada de aventureros había un crecido número de católicos, que aplaudieron la idea de levantar una iglesia cuando les visitó y se lo propuso el P. René, en agosto de 1899.
Al año siguiente fue destinado a Nome el Padre Jacquet. El pobre Padre no duró mucho en la brega. Tres meses de invierno bastaron y sobraron para ponerle fuera de combate y dar con él en una camisa de fuerza. Trasladado a Holy Cross por las autoridades, recobró el juicio y trabajó a media máquina algunos años, hasta que murió plácidamente en el Yukon.
En 1901 llegaron dos Padres y levantaron la iglesia actual, cuya esbelta torre es el orgullo de la población. La cruz, en que remata, fue decorada con bombillas eléctricas, y aquella cruz iluminada salvó centenares de vidas en tormentas, borrascas y tinieblas invernales cuando navegantes y exploradores se extraviaban en la lejanía.
Años más tarde, en 1914, los yacimientos auríferos vinieron a menos, y la Compañía eléctrica, con la excusa de que no podía sufragar los gastos, cortó la corriente y la cruz cesó de brillar en la oscuridad.
Era entonces Nome una ciudad floreciente con Instituto, tres Diarios, calles, almacenes, cuatro sociedades secretas y trabajo para todos en abundancia. En nuestra iglesia se decían dos misas los do-mingos por no caber todos en una.
En 1903 arribó el P. Lafortune, que había de oscurecer con su brillo a todos los misioneros de Alaska, pasados y presentes. Pequeño de cuerpo, canadiense de nación, industrioso como pocos y habilidoso como el que más, este Padre que aún vive tomó a su cargo los indígenas de Nome y sus cercanías y levantó para ellos iglesia aparte, donde les predicaba en su misma lengua.
Bautizó eskimales a centenares, y se acostumbró a vivir y comer como ellos, sin que por eso dejara de ser con los blancos el sacerdote urbano y cortés, cuya santidad admiraban y admiran de consuno.
El "Diario" de los Misioneros
Apenas me instalé en Nome, abrí los cartapacios donde los Padres han venido escribiendo el Diario de la casa desde 1901 hasta 1939. Es un arsenal de información que no se puede valuar en dinero. Por allí desfila tullo.
Un grupo de señoras se encargó en 1906 de limpiar la iglesia y sufragar los gastos del altar. Poco a poco se convirtieron en dueñas absolutas de la iglesia, hasta que llegó un Padre de agallas y, después de estudiar el problema despacio, con una ironía socarrona y una tenacidad de hierro, las fue destronando insensiblemente, hasta que una mañana las buenas señoras se vieron en la calle sin saberlo.
Las tiples protestantes que cantaban en nuestro coro, y que se creían indispensables, fueron despedidas con una sonrisa tan fina y aristocrática, que a ellas mismas las hizo reír.
Hubo conversiones ruidosas, y pérdidas dolorosas, y muertes repentinas, que pusieron al pueblo los pelos de punta, y fallecimientos muy edificantes, que esparcieron olor de santidad por toda la población.
Hubo años de abundancia, y hubo años en que los Padres vivían adeudados y muy preocupados. Enfermedades, calumnias, propaganda subversiva, malas inteligencias, verdadera persecución... de todo libró Dios a los buenos Padres, que bregaban contra viento y marca, en un resalsero de pasiones bajas atizadas por personas constituidas en altos cargos y dignidades civiles.
Todo está en el Diario. Si una vieja eskimala regala dos libros de hígado de foca; si un solterón adinerado da quinientas pesetas para pintar las paredes y comprar carbón; si el señor Obispo, en la visite, les llama al orden por gastar mucha azúcar; si este año ha habido más o menos casos de locura que el año pasado; si será o no será contra la pobreza quemar incienso oloroso después de la catequesis de los eskimales, que olían que apestaban, etc., etc.
Hoy día Nome es una sombra del pasado. Quedan, sí, calles y muchas casas; pero no todas están habitadas.
No hay más que un periodicucho pobrísimo, que sale tres veces por semana. En las páginas emponzoñadas de este papelón ridículo se envenenaron las mentes de los habitantes de Nome en la cuestión de la guerra española.
Uno de los católicos más influyentes de Nome no vaciló en decirme que Franco era un demonio disfrazado de hombre, un Atila, etc., etc. Todos mis argumentos en contra se estrellaron o rebotaron en aquella testuz de carnero bravío. Lo había dicho el periódico, luego así tenía que ser.
Los aventureros del Polo.
Los primeros días fui a comer a una venta, mitad fonda, mitad taberna. Allí tuve que codearme con el celebérrimo tipo de viejo aventurero, que vino en 1898 y anda todavía vagando por las proximidades del Círculo Polar.
El nombre genérico que comprende a todos los viejos de esta catadura es “saordó”. Rigurosamente hablando, todo el que en noviembre vea helarse los ríos y las playas y presencie el deshielo en junio, pasa por el mero hecho a la categoría de “saordó”.
Mientras más inviernos se pasan en Alaska, más tiene uno de “saordó”. Pero hay “saordós” y “saordós”. Yo mismo soy un “saordó” en rigor técnico, aunque no me precie de ello en presencia de los viejos.
El “saordó” castizo es esto: septuagenario, soltero, alto y encorvado, calvo o con un pelo ralo blanquísimo, bigote rubio, ojos azules y aguardentosos, pipa negra y jorobada que cae hasta la perilla, chaquetón que sujeta un cinturón hermano carnal de la cincha, botas anfibias, de goma hasta los tobillos y de cuero el resto hasta la rodilla; no tiene religión, escupe treinta veces por minuto, lo ha leído todo, lo sabe todo, lo ha visto todo, lo quiere hablar todo, come por diez y se llama Jorge.
El que se llama Bernabé, Dionisio, Jeremías o Gregorio no es “aordó” legítimo, sino extranjero y advenedizo, tal vez ruso, bohemio o yugoslavo. Tiene quo llamarse Jorge y venir de antepasados escoceses, yankis o escandinavos.
Asimismo tiene que ser masón y gloriarse de ello; y, por último, tiene que poner en el mismo plano a Hitler, Franco y Mussolini y desearles a los tres muerte a fuego lento acá en la tierra, y una eternidad de horrores en el infierno.
Cuando el “saordó” enferma de gravedad, sus viejos hermanos masones le ponen un garrafón de vino junto a la almohada para aliviarle los trances penosos de la agonía; y, cuando el infeliz se desploma inerte como encina corroída y deja de escupir, le amortajan caritativamente y le llevan al cementerio masónico.
En el centro del cementerio general de Nome hay un reservado con rótulos enormes que dicen: “Cementerio Masónico”. El fin de estos rótulos es facilitar el día del Juicio a los Angeles la tarea penosa de separar los malos de los buenos. El Angel que, de un vistazo, vea salir de esta parcela masónica una caterva de seres espantadizos, ganará tiempo acorralándolos a todos a la izquierda sin más ceremonias.
Celos y charlas femeninas
En Nome tuve sorpresas que en Kotzebue ni las hubiera soñado. Una señora viuda, octogenaria, me llevó un mazapán con adornos de baño blanco y canela que me desarmó con sólo mirarle. En el aturdimiento consiguiente le ofrecí a la señora una silla, y el dichoso mazapán me costó dos horas y media de escuchamiento.
A los tres días, otro mazapán y dos horas en las sillas. Al día siguiente, un paquete de rosquillas deliciosas y tanta charla que, cortando todos los nudos gordianos de la urbanidad más elemental, miré al reloj y me excusé con que tenía que rezar el Breviario.
Al día siguiente, dos pollos desplumados; abiertos y helados y una charla que no llevaba trazas de acabar.
Otra señora adiposa y septuagenaria, no católica, viuda de un renegado católico que murió sin Sacramentos, tuvo celos de la octogenaria y, no queriendo ser menos, me empezó a traer rosquillas y mazapanes, que yo tenía que pagar con asentadas eternas, escuchando detalles minuciosísimos de episodios los más ridículos y baladíes. Allí me enteré de la vida y milagros de las dos terceras partes de la población.
Las dos señoras se sabían de memoria una a otra, y las dos se querían como la zorra y la gallina. La octogenaria prometió revocar el testamento y escribir otro donde estuviera incluido mi nombre. La septuagenaria se contentó con hacerme probar un traje planchado y seminuevo de su difunto esposo, más unas camisas y un maletín repleto de pañuelos blancos muy majos.
Al preguntarlas separadamente por qué no habían hecho eso años antes con otro Padre, me respondieron que nunca habían hallado oportunidad de hacerlo; pues, o no los habían hallado en casa cuando iban a visitarlos, o, si los hallaban, no tenían paciencia para escucharlas y las despedían a tocateja con buenos modos y maneras.
La respuesta me hizo reír. Unos días antes mi paciencia había estado a punto de estallar.
Los católicos se alegraron de ver de nuevo al misionero y acudieron con fidelidad a cumplir con Pascua. Siguiendo una costumbre inmemorial, los blancos se sientan a un lado y los indígenas y mestizos a otro.
Todos hablan inglés. Los mismos indígenas se van avergonzando de su lengua gutural, y se vanaglorian de hablar inglés, y hasta de salir con frases elegantes y palabras floridas, que no dicen del todo bien, entre giros bárbaros y frases incorrectas.
El hospital de Nome
Desde 1906 hasta 1919 hubo en Nome un hospital católico, regentado por Hermanas de la Caridad amables y abnegadas, como es proverbial en ellas.
En toda la redondez del globo son estas hermanas respetadas y buscadas, y dondequiera que levantan ellas un hospital, arruinan irremisiblemente a los hospitales circunvecinos. Los enfermos quieren ser tratados por las hermanas, y por nadie más.
Pero Nome es una excepción en el mundo. Nome es el tipo clásico de pueblo venido a menos, habitado por tipos de una pedantería soez que consideran progreso pertenecer a la masonería, creer en la evolución, dudar filosóficamente delta existencia de Dios, y evitar todo contacto con el Catolicismo retrogrador y opresor de las conciencias.
La presencia de un hospital católico entre sus chozas atiborradas de revistas indecentes era un reto al progreso y a la libertad de pensamiento.
Después de muchas juntas y disputas, decidieron llamar a los protestantes, a quienes aseguraron que favorecerían contra la institución católica. Así lo hicieron. Las Hermanas se trasladaron al sur de la península y dejaron el campo a los Metodistas.
Ahora el hospital está regentado por gente de negocio, que se cuida más de los dólares que de los dolores de los enfermos. Las enfermeras tienen novio y no atienden a los enfermos como lo hacían 1as Hermanas. Los viejos marrulleros, que invitaron a los Metodistas, vieron el error y escribieron cartas a las Hermanas rogándolas volver. Ninguna de las cartas recibió contestación. Así escarmientan otros en cabeza ajena.
Con el campeón de ajedrez.
En este hospital incoloro había un enfermo hidrópico, un “saordó” de los castizos, que era el campeón de ajedrez desde 1915. Le visité y jugamos una tarde. Ya se veía que era el campeón ! Como me paraba los pies a las pocas jugadas, decidimos que jugara él sin una torre, y así tuvimos unos juegos interesantísimos. Una tarde me ganó sin torre.
Al día siguiente fui al hospital muy de prisa y decidido a darle una paliza, y me encontré con que la cama estaba vacía. Había muerto por la noche. Quedé muy impresionado, pues el pobre señor no tenía religión, ni la había querido tener jamás.
Con todo, nos habíamos hecho verdaderos amigos en aquella cama donde nos sentábamos a estudiar jugadas nuevas y ataques inesperados. Sus restos descansan blandamente en el cementerio masónico.
DOS MESES EN NOME
Un poco de historia.
Sólo una vez, desde 1901, la muy noble villa de Nome ha estado sin misionero. Los católicos de Nome no oyeron tañer la campana durante todo el invierno de 1939. Los fallecidos murieron sin sacramentos y a los nacidos no había quien los bautizase.
Celebrada la Pascua en Kotzebue, y hecha una visita al orfanotrofio de Pilgrim Springs, recibí órdenes de tomar el aeroplano y aterrizar en Nome, donde debía permanecer un par de meses, hasta que a fines de junio viniese de su Isla Singular el célebre Padre Lafortune.
Estas costas de Nome estuvieron desiertas desde mucho untes del diluvio, y por ellas retozaban corpulentos anfibios marinos, que no sabían de flechas ni de balas; pero en octubre de 1898 unos exploradores, curtidos a todos los temporales y arriesgados como pocos, después de mil fracasos por montes, valles y playas, descubrieron pepitas de oro en las arenas de la playa, que bautizaron con el nombre de Nome, y dos años más tarde las gaviotas vieron asustadas hileras interminables de tiendas de lona, donde se albergaban 25.000 mineros, procedentes de los cuatro Puntos Cardinales.
Allí se maldecía y se canturreaba en todas las lenguas llamadas civilizadas, hasta que poco a poco las tiendas fueron sustituidas por casetas de madera, sobre las que se erguían hoteles toscos, donde se vendían los huevos a veinte duros la docena, y donde un cántaro de vino se iba en copas, que costaban de diez a quince pesetas cada una.
En aquella multitud abigarrada de aventureros había un crecido número de católicos, que aplaudieron la idea de levantar una iglesia cuando les visitó y se lo propuso el P. René, en agosto de 1899.
Al año siguiente fue destinado a Nome el Padre Jacquet. El pobre Padre no duró mucho en la brega. Tres meses de invierno bastaron y sobraron para ponerle fuera de combate y dar con él en una camisa de fuerza. Trasladado a Holy Cross por las autoridades, recobró el juicio y trabajó a media máquina algunos años, hasta que murió plácidamente en el Yukon.
En 1901 llegaron dos Padres y levantaron la iglesia actual, cuya esbelta torre es el orgullo de la población. La cruz, en que remata, fue decorada con bombillas eléctricas, y aquella cruz iluminada salvó centenares de vidas en tormentas, borrascas y tinieblas invernales cuando navegantes y exploradores se extraviaban en la lejanía.
Años más tarde, en 1914, los yacimientos auríferos vinieron a menos, y la Compañía eléctrica, con la excusa de que no podía sufragar los gastos, cortó la corriente y la cruz cesó de brillar en la oscuridad.
Era entonces Nome una ciudad floreciente con Instituto, tres Diarios, calles, almacenes, cuatro sociedades secretas y trabajo para todos en abundancia. En nuestra iglesia se decían dos misas los do-mingos por no caber todos en una.
En 1903 arribó el P. Lafortune, que había de oscurecer con su brillo a todos los misioneros de Alaska, pasados y presentes. Pequeño de cuerpo, canadiense de nación, industrioso como pocos y habilidoso como el que más, este Padre que aún vive tomó a su cargo los indígenas de Nome y sus cercanías y levantó para ellos iglesia aparte, donde les predicaba en su misma lengua.
Bautizó eskimales a centenares, y se acostumbró a vivir y comer como ellos, sin que por eso dejara de ser con los blancos el sacerdote urbano y cortés, cuya santidad admiraban y admiran de consuno.
El "Diario" de los Misioneros
Apenas me instalé en Nome, abrí los cartapacios donde los Padres han venido escribiendo el Diario de la casa desde 1901 hasta 1939. Es un arsenal de información que no se puede valuar en dinero. Por allí desfila tullo.
Un grupo de señoras se encargó en 1906 de limpiar la iglesia y sufragar los gastos del altar. Poco a poco se convirtieron en dueñas absolutas de la iglesia, hasta que llegó un Padre de agallas y, después de estudiar el problema despacio, con una ironía socarrona y una tenacidad de hierro, las fue destronando insensiblemente, hasta que una mañana las buenas señoras se vieron en la calle sin saberlo.
Las tiples protestantes que cantaban en nuestro coro, y que se creían indispensables, fueron despedidas con una sonrisa tan fina y aristocrática, que a ellas mismas las hizo reír.
Hubo conversiones ruidosas, y pérdidas dolorosas, y muertes repentinas, que pusieron al pueblo los pelos de punta, y fallecimientos muy edificantes, que esparcieron olor de santidad por toda la población.
Hubo años de abundancia, y hubo años en que los Padres vivían adeudados y muy preocupados. Enfermedades, calumnias, propaganda subversiva, malas inteligencias, verdadera persecución... de todo libró Dios a los buenos Padres, que bregaban contra viento y marca, en un resalsero de pasiones bajas atizadas por personas constituidas en altos cargos y dignidades civiles.
Todo está en el Diario. Si una vieja eskimala regala dos libros de hígado de foca; si un solterón adinerado da quinientas pesetas para pintar las paredes y comprar carbón; si el señor Obispo, en la visite, les llama al orden por gastar mucha azúcar; si este año ha habido más o menos casos de locura que el año pasado; si será o no será contra la pobreza quemar incienso oloroso después de la catequesis de los eskimales, que olían que apestaban, etc., etc.
Hoy día Nome es una sombra del pasado. Quedan, sí, calles y muchas casas; pero no todas están habitadas.
No hay más que un periodicucho pobrísimo, que sale tres veces por semana. En las páginas emponzoñadas de este papelón ridículo se envenenaron las mentes de los habitantes de Nome en la cuestión de la guerra española.
Uno de los católicos más influyentes de Nome no vaciló en decirme que Franco era un demonio disfrazado de hombre, un Atila, etc., etc. Todos mis argumentos en contra se estrellaron o rebotaron en aquella testuz de carnero bravío. Lo había dicho el periódico, luego así tenía que ser.
Los aventureros del Polo.
Los primeros días fui a comer a una venta, mitad fonda, mitad taberna. Allí tuve que codearme con el celebérrimo tipo de viejo aventurero, que vino en 1898 y anda todavía vagando por las proximidades del Círculo Polar.
El nombre genérico que comprende a todos los viejos de esta catadura es “saordó”. Rigurosamente hablando, todo el que en noviembre vea helarse los ríos y las playas y presencie el deshielo en junio, pasa por el mero hecho a la categoría de “saordó”.
Mientras más inviernos se pasan en Alaska, más tiene uno de “saordó”. Pero hay “saordós” y “saordós”. Yo mismo soy un “saordó” en rigor técnico, aunque no me precie de ello en presencia de los viejos.
El “saordó” castizo es esto: septuagenario, soltero, alto y encorvado, calvo o con un pelo ralo blanquísimo, bigote rubio, ojos azules y aguardentosos, pipa negra y jorobada que cae hasta la perilla, chaquetón que sujeta un cinturón hermano carnal de la cincha, botas anfibias, de goma hasta los tobillos y de cuero el resto hasta la rodilla; no tiene religión, escupe treinta veces por minuto, lo ha leído todo, lo sabe todo, lo ha visto todo, lo quiere hablar todo, come por diez y se llama Jorge.
El que se llama Bernabé, Dionisio, Jeremías o Gregorio no es “aordó” legítimo, sino extranjero y advenedizo, tal vez ruso, bohemio o yugoslavo. Tiene quo llamarse Jorge y venir de antepasados escoceses, yankis o escandinavos.
Asimismo tiene que ser masón y gloriarse de ello; y, por último, tiene que poner en el mismo plano a Hitler, Franco y Mussolini y desearles a los tres muerte a fuego lento acá en la tierra, y una eternidad de horrores en el infierno.
Cuando el “saordó” enferma de gravedad, sus viejos hermanos masones le ponen un garrafón de vino junto a la almohada para aliviarle los trances penosos de la agonía; y, cuando el infeliz se desploma inerte como encina corroída y deja de escupir, le amortajan caritativamente y le llevan al cementerio masónico.
En el centro del cementerio general de Nome hay un reservado con rótulos enormes que dicen: “Cementerio Masónico”. El fin de estos rótulos es facilitar el día del Juicio a los Angeles la tarea penosa de separar los malos de los buenos. El Angel que, de un vistazo, vea salir de esta parcela masónica una caterva de seres espantadizos, ganará tiempo acorralándolos a todos a la izquierda sin más ceremonias.
Celos y charlas femeninas
En Nome tuve sorpresas que en Kotzebue ni las hubiera soñado. Una señora viuda, octogenaria, me llevó un mazapán con adornos de baño blanco y canela que me desarmó con sólo mirarle. En el aturdimiento consiguiente le ofrecí a la señora una silla, y el dichoso mazapán me costó dos horas y media de escuchamiento.
A los tres días, otro mazapán y dos horas en las sillas. Al día siguiente, un paquete de rosquillas deliciosas y tanta charla que, cortando todos los nudos gordianos de la urbanidad más elemental, miré al reloj y me excusé con que tenía que rezar el Breviario.
Al día siguiente, dos pollos desplumados; abiertos y helados y una charla que no llevaba trazas de acabar.
Otra señora adiposa y septuagenaria, no católica, viuda de un renegado católico que murió sin Sacramentos, tuvo celos de la octogenaria y, no queriendo ser menos, me empezó a traer rosquillas y mazapanes, que yo tenía que pagar con asentadas eternas, escuchando detalles minuciosísimos de episodios los más ridículos y baladíes. Allí me enteré de la vida y milagros de las dos terceras partes de la población.
Las dos señoras se sabían de memoria una a otra, y las dos se querían como la zorra y la gallina. La octogenaria prometió revocar el testamento y escribir otro donde estuviera incluido mi nombre. La septuagenaria se contentó con hacerme probar un traje planchado y seminuevo de su difunto esposo, más unas camisas y un maletín repleto de pañuelos blancos muy majos.
Al preguntarlas separadamente por qué no habían hecho eso años antes con otro Padre, me respondieron que nunca habían hallado oportunidad de hacerlo; pues, o no los habían hallado en casa cuando iban a visitarlos, o, si los hallaban, no tenían paciencia para escucharlas y las despedían a tocateja con buenos modos y maneras.
La respuesta me hizo reír. Unos días antes mi paciencia había estado a punto de estallar.
Los católicos se alegraron de ver de nuevo al misionero y acudieron con fidelidad a cumplir con Pascua. Siguiendo una costumbre inmemorial, los blancos se sientan a un lado y los indígenas y mestizos a otro.
Todos hablan inglés. Los mismos indígenas se van avergonzando de su lengua gutural, y se vanaglorian de hablar inglés, y hasta de salir con frases elegantes y palabras floridas, que no dicen del todo bien, entre giros bárbaros y frases incorrectas.
El hospital de Nome
Desde 1906 hasta 1919 hubo en Nome un hospital católico, regentado por Hermanas de la Caridad amables y abnegadas, como es proverbial en ellas.
En toda la redondez del globo son estas hermanas respetadas y buscadas, y dondequiera que levantan ellas un hospital, arruinan irremisiblemente a los hospitales circunvecinos. Los enfermos quieren ser tratados por las hermanas, y por nadie más.
Pero Nome es una excepción en el mundo. Nome es el tipo clásico de pueblo venido a menos, habitado por tipos de una pedantería soez que consideran progreso pertenecer a la masonería, creer en la evolución, dudar filosóficamente delta existencia de Dios, y evitar todo contacto con el Catolicismo retrogrador y opresor de las conciencias.
La presencia de un hospital católico entre sus chozas atiborradas de revistas indecentes era un reto al progreso y a la libertad de pensamiento.
Después de muchas juntas y disputas, decidieron llamar a los protestantes, a quienes aseguraron que favorecerían contra la institución católica. Así lo hicieron. Las Hermanas se trasladaron al sur de la península y dejaron el campo a los Metodistas.
Ahora el hospital está regentado por gente de negocio, que se cuida más de los dólares que de los dolores de los enfermos. Las enfermeras tienen novio y no atienden a los enfermos como lo hacían 1as Hermanas. Los viejos marrulleros, que invitaron a los Metodistas, vieron el error y escribieron cartas a las Hermanas rogándolas volver. Ninguna de las cartas recibió contestación. Así escarmientan otros en cabeza ajena.
Con el campeón de ajedrez.
En este hospital incoloro había un enfermo hidrópico, un “saordó” de los castizos, que era el campeón de ajedrez desde 1915. Le visité y jugamos una tarde. Ya se veía que era el campeón ! Como me paraba los pies a las pocas jugadas, decidimos que jugara él sin una torre, y así tuvimos unos juegos interesantísimos. Una tarde me ganó sin torre.
Al día siguiente fui al hospital muy de prisa y decidido a darle una paliza, y me encontré con que la cama estaba vacía. Había muerto por la noche. Quedé muy impresionado, pues el pobre señor no tenía religión, ni la había querido tener jamás.
Con todo, nos habíamos hecho verdaderos amigos en aquella cama donde nos sentábamos a estudiar jugadas nuevas y ataques inesperados. Sus restos descansan blandamente en el cementerio masónico.
Etiquetas:
alaska,
caminos,
cero,
estufa,
focas,
llorente,
morsas,
nieve,
nuestro padre,
sacerdotes,
temperatura,
trineos
EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE
miércoles, 31 de marzo de 2010
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.
EL OASIS DE PILGRIM SPRINGS
El orfanotrofio de Pilgrim Springs
Después de haber pasado en la aldea polar de Kotzebue nueve meses consecutivos de invierno, meses de aislamiento absoluto, de tormentas, de frío y de noches que no amanecen, un día, al apuntar la primavera, me llegó una orden en virtud de la cual debía yo tomar el primer aeroplano disponible y volar a Pilgrim Springs, doscientos kilómetros al sur de Kotzebue.
El aeroplano llegó al vuelo y pronto me vi al ras de las nubes volando ruidosamente hacia el sur. Era para mi aquel un camino nuevo y desconocido. Poco antes de llegar a mi destino me dio voces el piloto rogándome que mirase a la derecha, donde pude ver una cruz incrustada en las rocas cumbres de un despeñadero. Allí abajo, en aquel valle fue hallado muerto el P. Ruppert, de grata memoria para los aficionados a las Misiones.
La cruz estaba muda y como perdida en aquella soledad de sepulcro. Nadie en el mundo la ha visto ni la verá jamás, pero, a pesar de los pesares, está allí erguida y satisfecha de realizar bien su cometido. A pocos minutos de ver la cruz llegamos al término del viaje.
Pilgrim Springs —Balnearios del Peregrino—, una escuela semejante en todo a la de Akulurak, que ya conocen los lectores de EN EL PAÍS DE LOS ETERNOS HIELOS.
En 1919, los Padres de Nome se internaron en la península de Seward y pernoctaron una noche en una venta que se alzaba en las márgenes de un arroyuelo en el que brota agua caliente —casi hirviendo— y al que iban a tomar las aguas los mineros afectados de reumatismo. En aquella venta se habían jugado fortunas enteras, y en ella la borrachera se había convertido en artículo de primera necesidad.
Hablando, hablando con el ventero, se llegó a un acuerdo, y los Padres compraron la venta con toda la propiedad adyacente, incluyendo los manantiales termales. Levantaron pronto unos edificios provisionales, y al año siguiente ya funcionaba la escuela.
Hoy el personal está formado por un Padre, dos Hermanos Coadjutores, cinco monjas Ursulinas y una rapacería bulliciosa que oscila entre sesenta y siete y setenta muchachos.
A diferencia de Akulurak, donde todos son eskimales puros y huérfanos, aquí son en su mayoría mestizos e incluso blancos, hijos de mineros vagabundos o desaparecidos o bien octogenarios, pero con una familia numerosa, y viudos.
Es un hecho que he observado de cerca y que rara vez falla. Estos rubios aventureros del Polo se casan a los sesenta con una indígena de veinte. Quince años más tarde se muere ella, y él queda viudo con siete hijos pequeños. Envejecido y violento no puede cuidar de familia tan necesitada; y la solución, desde 1920, ha sido muy sencilla: que los Padres de Springs carguen con ellos.
En algunos casos, raros, él se vuelve a casar, y me consta de un caso en el que todavía nació otra criatura. Por eso un mal intencionado dijo que aquí se conserva la virilidad hasta varias horas después de muerto.
La comunidad, los niños y el balneario
Inútil es decir que la terna que forma la Comunidad me recibió con los brazos abiertos, y pronto nos vimos enfrascados en una charla por demás amena. Por entonces empezaban a llegar noticias detalladas sobre la toma de Madrid, y decidimos escribir al general Franco en inglés y en español dándole el parabién y ofreciéndole nuestras oraciones para que lleve a feliz término lo comenzado.
Como mi visita no había de durar más que unos días, me apresuré a visitar las escuelas, donde pasé horas amenísimas contanto historias tétricas y de ladrones a la chiquillería.
Desfilaron ante nosotros procesiones de esqueletos nocturnos con candelas apagadas que venían en nuestra busca, pero que no nos hallaron porque las velas, como ya dijimos, estaban apagadas, y además teníamos bien cerradas las puertas y ventanas.
Vimos dragones alados con multitud de cabezas y pescuezos larguísimos, y se nos cuajó la sangre cuando un lobo montuno, con dientes como los dedos de la mano y ojos como tizones, atacó una choza donde dormía un niño angelical con la cabecita llena de rizos encantadores. Afortunadamente el lobo no salió con la suya, porque estaba en acecho un hombre, que le pegó dos tiros y le mató, y con eso respiramos todos y se nos ensanchó el corazón.
Luego me llevaron a ver el balneario. Todo el riachuelo, que se retuerce por la propiedad de la Misión, burbujea sin cesar y emite vapores que campean más en aquel panorama blanquísimo con un fondo de montañas repletas de nieve que amontonan mil ventisqueros invisibles. Se experimenta una sensación singular al meter la mano y sentir el agua caliente, mientras las botas están a la orilla hundidas a dos palmos de nieve.
A un lado del arroyo brotan tres manantiales copiosos que cubren sendas casetas con el fin de permitir baños privados. Es agua sulfúrica en ebullición, que apesta las primeras veces y que le cuece a une los huesos.
Ahí se matan los artritismos y toda su familia de reumas, como lo están continuamente experimentando no pocos huéspedes tullidos o en vías de estarlo. Aunque, por la gracia de Dios, yo no lo estoy, me bañé dos veces y sudé gotas gordas que me dejaron rendido y me trajeron un sueño reparador muy de desear.
La rapacería se baña todos los sábados, en grupos, vigilados por el H. Prefecto.
La tragedia del P. Ruppert.
Otro día hice, solo, una visita al cementerio, sito en un altozano, como a un kilómetro de las escuelas. Entre crucecitas de niños se alza la cruz del P. Ruppert.
Los que le ven en el cuadro del Vaticano, tendido en la nieve con el perro al lado, a modo de centinela, no experimentan ni la mitad del escalofrío que le corre a uno cuando separa a rezar un De profundis en la sepultura cubierta de nieve.
El Hermano Wilhalm me dio detalles tristísimos sobre su muerte. Aquí están seguros de que el pobre P. Ruppert pereció víctima de un desequilibrio mental muy común en estas regiones solitarias.
Aunque tenía un guía muy experto que había recorrido cien veces aquellos parajes y los sabia de memoria, el Padre insistió en querer probar fortuna por un atajo que a él le pareció que lo era, pero que al avisado guía le pareció un disparate rotundo. El Padre cortó por lo sano despidiendo al guía y lanzándose solo por el presunto y desdichado atajo en la mañana frigidísima del 16 de diciembre de 1923.
Al día siguiente llegó a la Misión, suelto y asustadizo, uno de los perros del trineo. —Malo —se dijeron en casa—; aquí ha ocurrido algo gordo.
Al día siguiente vino un viejo, y en la conversación dijo casualmente que había descubierto pisadas errantes de alguno que estaba o perdido o aterido. Una simple pisada en la nieve le dice mundos al eskimal avezado.
Por la tarde llegó otro perro suelto y asustadizo como el primero. Por la noche llegó otro. Aquello se iba poniendo demasiado serio, y el corazón comenzó a latir un poco de prisa.
Al amanecer salieron los dos hermanos con el viejo, pero no encontraron nada. Volvieron al día siguiente con un chico que los quiso acompañar, y a poco encontraron la gorra del Padre —una gorra de piel de castor— medio comida por los perros.
Siguieron un rastro que se extendía por círculos extraviados y, al doblar un terraplén, vieron sobre el hielo del río a Mink, el perro delantero, acurrucado junto al cadáver. Es falso que el perro ladrase y defendiese al Padre. Al verlos, el perro se les acercó muy zalamero, como no podía menos de suceder, pues eran los amos y se había criado con ellos.
Como no hay regla sin excepción, aunque en semejantes circunstancias los cadáveres aparecen boca abajo, el P. Ruppert estaba tendido boca arriba con los brazos extendidos, helado y tieso como hierro, no con el abrigo puesto, como aparece en el famoso dibujo, sino en mangas de camisa.
Varios cadáveres han sido hallados completamente desnudos, helados y rígidos, pues es un hecho comprobado que el frío excesivo produce los efectos de asfixia por aquello de que los extremos se tocan.
Llevado penosamente a la Misión, le reblandecieron con agua hirviendo hasta que lograron doblarle los brazos y ajustarle en el ataúd. Hubo lágrimas amargas al par que resignadas, y en la Misión todos adoraron los inescrutables juicios de Dios.
Sé buscó en vano el trineo por todos los alrededores, hasta que ya avanzada la primavera, el Hermano Jansen que se dirigía a Nome, lo halló donde nadie lo esperaba. Allí estaban los arreos de los perros, recogidos y cuidadosamente doblados. Cerca estaba un cajón de naranjas ya podridas.
Más allá estaba el parke o abrigo de pieles, muy bien dobladito, sobre la copa de un arbusto pequeño repleto de ramaje. En el trineo había un sobre con dos billetes de cien dólares cada uno. Era el dinero para una estatua de San José qua habían encargado.Este hallazgo peregrino convenció finalmente a los Padres que el malogrado P. Ruppert se extravió, vagó en todas direcciones y, como tal vez el perro delantero tiraba para donde al Padre le parecía que no era razón tirar, soltó los perros y se dirigió a pie, solo, de noche, hambriento y tiritando hasta que no pudo más. Probablemente dio voces y escuchó; pero, con una montaña de por medio, ¿quién le iba a responder?
Aquella misma noche en Nome, a ochenta kilómetros de distancia, un señor fue a visitar al P. Lafortune para decirle que no podía echar de sí la convicción de que el P. Ruppert estaba sufriendo penosísimamente. El P. Lafortune rió la broma, le dio un cigarro y ahí paró todo.
Finalmente, Mink, el perro famoso, quedó tan escarmentado que cuando el Hermano le sacaba los domingos a dar un paseo, no se le apartaba de las piernas, y un día, como al trepar un ribazo el Hermano cayese de bruces, Mink se alborotó sobremanera y le empezó a ayudar a levantarse.
Fingió el Hermano varias veces caerse y quedar inmóvil, y el perro le levantaba agarrándole por el cuello del abrigo. Tal vez aquello era una repetición macabra de su comportamiento fiel y caballeroso con el moribundo P. Ruppert. Todo esto me contó el buen H. Wilhalm, uno de los fundadores de la Misión.
Aquí en Springs hay un grupo de huérfanos de Kotzebue, mis parroquianos, y con ellos me saqué varias fotos vestido con el abrigo del P. Ruppert, que se conserva tal y como lo encontró el Hermano.
Días agradables.
¡Qué días tan agradables los que pasé en Springs! Mi visita fue aprovechada para variar de confesor, y todos desfilaron por mi confesionario. Les oí dos Misas cantadas, preciosamente ejecutadas, y las monjas me forzaron a darles tres pláticas sobre algún tema subido que las sacase de la rutina prosaica de la escuela. Escogí las «MORADAS DE SANTA TERESA», y divagamos libremente sobre diversas formas de misticismo clásico y genuino. Asimismo pasamos juntos algunas recreaciones muy divertidas.
Después de nueve meses de aislamiento entre eskimales embotados, estas conversaciones tenían auras de oasis en un desierto retostado y solitario.
Otra experiencia digna de mención es el contento natural, que me embargaba cada vez que me sentaba a la mesa y veía los manjares listos sin que yo les hubiese guisado, es decir, sin que yo hubiera pelado las patatas, sin que yo hubiera cortado la carne, sin que yo hubiera tenido que atizar y soplar el fuego, mohino y malhumorado, como lo había venido haciendo todo el invierno.
Hubo también ratos de ajedrez, con el consiguiente esfuerzo mental callado, pero tenaz y visible en jaques mates que nos administrábamos sin compasión.
EL OASIS DE PILGRIM SPRINGS
El orfanotrofio de Pilgrim Springs
Después de haber pasado en la aldea polar de Kotzebue nueve meses consecutivos de invierno, meses de aislamiento absoluto, de tormentas, de frío y de noches que no amanecen, un día, al apuntar la primavera, me llegó una orden en virtud de la cual debía yo tomar el primer aeroplano disponible y volar a Pilgrim Springs, doscientos kilómetros al sur de Kotzebue.
El aeroplano llegó al vuelo y pronto me vi al ras de las nubes volando ruidosamente hacia el sur. Era para mi aquel un camino nuevo y desconocido. Poco antes de llegar a mi destino me dio voces el piloto rogándome que mirase a la derecha, donde pude ver una cruz incrustada en las rocas cumbres de un despeñadero. Allí abajo, en aquel valle fue hallado muerto el P. Ruppert, de grata memoria para los aficionados a las Misiones.
La cruz estaba muda y como perdida en aquella soledad de sepulcro. Nadie en el mundo la ha visto ni la verá jamás, pero, a pesar de los pesares, está allí erguida y satisfecha de realizar bien su cometido. A pocos minutos de ver la cruz llegamos al término del viaje.
Pilgrim Springs —Balnearios del Peregrino—, una escuela semejante en todo a la de Akulurak, que ya conocen los lectores de EN EL PAÍS DE LOS ETERNOS HIELOS.
En 1919, los Padres de Nome se internaron en la península de Seward y pernoctaron una noche en una venta que se alzaba en las márgenes de un arroyuelo en el que brota agua caliente —casi hirviendo— y al que iban a tomar las aguas los mineros afectados de reumatismo. En aquella venta se habían jugado fortunas enteras, y en ella la borrachera se había convertido en artículo de primera necesidad.
Hablando, hablando con el ventero, se llegó a un acuerdo, y los Padres compraron la venta con toda la propiedad adyacente, incluyendo los manantiales termales. Levantaron pronto unos edificios provisionales, y al año siguiente ya funcionaba la escuela.
Hoy el personal está formado por un Padre, dos Hermanos Coadjutores, cinco monjas Ursulinas y una rapacería bulliciosa que oscila entre sesenta y siete y setenta muchachos.
A diferencia de Akulurak, donde todos son eskimales puros y huérfanos, aquí son en su mayoría mestizos e incluso blancos, hijos de mineros vagabundos o desaparecidos o bien octogenarios, pero con una familia numerosa, y viudos.
Es un hecho que he observado de cerca y que rara vez falla. Estos rubios aventureros del Polo se casan a los sesenta con una indígena de veinte. Quince años más tarde se muere ella, y él queda viudo con siete hijos pequeños. Envejecido y violento no puede cuidar de familia tan necesitada; y la solución, desde 1920, ha sido muy sencilla: que los Padres de Springs carguen con ellos.
En algunos casos, raros, él se vuelve a casar, y me consta de un caso en el que todavía nació otra criatura. Por eso un mal intencionado dijo que aquí se conserva la virilidad hasta varias horas después de muerto.
La comunidad, los niños y el balneario
Inútil es decir que la terna que forma la Comunidad me recibió con los brazos abiertos, y pronto nos vimos enfrascados en una charla por demás amena. Por entonces empezaban a llegar noticias detalladas sobre la toma de Madrid, y decidimos escribir al general Franco en inglés y en español dándole el parabién y ofreciéndole nuestras oraciones para que lleve a feliz término lo comenzado.
Como mi visita no había de durar más que unos días, me apresuré a visitar las escuelas, donde pasé horas amenísimas contanto historias tétricas y de ladrones a la chiquillería.
Desfilaron ante nosotros procesiones de esqueletos nocturnos con candelas apagadas que venían en nuestra busca, pero que no nos hallaron porque las velas, como ya dijimos, estaban apagadas, y además teníamos bien cerradas las puertas y ventanas.
Vimos dragones alados con multitud de cabezas y pescuezos larguísimos, y se nos cuajó la sangre cuando un lobo montuno, con dientes como los dedos de la mano y ojos como tizones, atacó una choza donde dormía un niño angelical con la cabecita llena de rizos encantadores. Afortunadamente el lobo no salió con la suya, porque estaba en acecho un hombre, que le pegó dos tiros y le mató, y con eso respiramos todos y se nos ensanchó el corazón.
Luego me llevaron a ver el balneario. Todo el riachuelo, que se retuerce por la propiedad de la Misión, burbujea sin cesar y emite vapores que campean más en aquel panorama blanquísimo con un fondo de montañas repletas de nieve que amontonan mil ventisqueros invisibles. Se experimenta una sensación singular al meter la mano y sentir el agua caliente, mientras las botas están a la orilla hundidas a dos palmos de nieve.
A un lado del arroyo brotan tres manantiales copiosos que cubren sendas casetas con el fin de permitir baños privados. Es agua sulfúrica en ebullición, que apesta las primeras veces y que le cuece a une los huesos.
Ahí se matan los artritismos y toda su familia de reumas, como lo están continuamente experimentando no pocos huéspedes tullidos o en vías de estarlo. Aunque, por la gracia de Dios, yo no lo estoy, me bañé dos veces y sudé gotas gordas que me dejaron rendido y me trajeron un sueño reparador muy de desear.
La rapacería se baña todos los sábados, en grupos, vigilados por el H. Prefecto.
La tragedia del P. Ruppert.
Otro día hice, solo, una visita al cementerio, sito en un altozano, como a un kilómetro de las escuelas. Entre crucecitas de niños se alza la cruz del P. Ruppert.
Los que le ven en el cuadro del Vaticano, tendido en la nieve con el perro al lado, a modo de centinela, no experimentan ni la mitad del escalofrío que le corre a uno cuando separa a rezar un De profundis en la sepultura cubierta de nieve.
El Hermano Wilhalm me dio detalles tristísimos sobre su muerte. Aquí están seguros de que el pobre P. Ruppert pereció víctima de un desequilibrio mental muy común en estas regiones solitarias.
Aunque tenía un guía muy experto que había recorrido cien veces aquellos parajes y los sabia de memoria, el Padre insistió en querer probar fortuna por un atajo que a él le pareció que lo era, pero que al avisado guía le pareció un disparate rotundo. El Padre cortó por lo sano despidiendo al guía y lanzándose solo por el presunto y desdichado atajo en la mañana frigidísima del 16 de diciembre de 1923.
Al día siguiente llegó a la Misión, suelto y asustadizo, uno de los perros del trineo. —Malo —se dijeron en casa—; aquí ha ocurrido algo gordo.
Al día siguiente vino un viejo, y en la conversación dijo casualmente que había descubierto pisadas errantes de alguno que estaba o perdido o aterido. Una simple pisada en la nieve le dice mundos al eskimal avezado.
Por la tarde llegó otro perro suelto y asustadizo como el primero. Por la noche llegó otro. Aquello se iba poniendo demasiado serio, y el corazón comenzó a latir un poco de prisa.
Al amanecer salieron los dos hermanos con el viejo, pero no encontraron nada. Volvieron al día siguiente con un chico que los quiso acompañar, y a poco encontraron la gorra del Padre —una gorra de piel de castor— medio comida por los perros.
Siguieron un rastro que se extendía por círculos extraviados y, al doblar un terraplén, vieron sobre el hielo del río a Mink, el perro delantero, acurrucado junto al cadáver. Es falso que el perro ladrase y defendiese al Padre. Al verlos, el perro se les acercó muy zalamero, como no podía menos de suceder, pues eran los amos y se había criado con ellos.
Como no hay regla sin excepción, aunque en semejantes circunstancias los cadáveres aparecen boca abajo, el P. Ruppert estaba tendido boca arriba con los brazos extendidos, helado y tieso como hierro, no con el abrigo puesto, como aparece en el famoso dibujo, sino en mangas de camisa.
Varios cadáveres han sido hallados completamente desnudos, helados y rígidos, pues es un hecho comprobado que el frío excesivo produce los efectos de asfixia por aquello de que los extremos se tocan.
Llevado penosamente a la Misión, le reblandecieron con agua hirviendo hasta que lograron doblarle los brazos y ajustarle en el ataúd. Hubo lágrimas amargas al par que resignadas, y en la Misión todos adoraron los inescrutables juicios de Dios.
Sé buscó en vano el trineo por todos los alrededores, hasta que ya avanzada la primavera, el Hermano Jansen que se dirigía a Nome, lo halló donde nadie lo esperaba. Allí estaban los arreos de los perros, recogidos y cuidadosamente doblados. Cerca estaba un cajón de naranjas ya podridas.
Más allá estaba el parke o abrigo de pieles, muy bien dobladito, sobre la copa de un arbusto pequeño repleto de ramaje. En el trineo había un sobre con dos billetes de cien dólares cada uno. Era el dinero para una estatua de San José qua habían encargado.Este hallazgo peregrino convenció finalmente a los Padres que el malogrado P. Ruppert se extravió, vagó en todas direcciones y, como tal vez el perro delantero tiraba para donde al Padre le parecía que no era razón tirar, soltó los perros y se dirigió a pie, solo, de noche, hambriento y tiritando hasta que no pudo más. Probablemente dio voces y escuchó; pero, con una montaña de por medio, ¿quién le iba a responder?
Aquella misma noche en Nome, a ochenta kilómetros de distancia, un señor fue a visitar al P. Lafortune para decirle que no podía echar de sí la convicción de que el P. Ruppert estaba sufriendo penosísimamente. El P. Lafortune rió la broma, le dio un cigarro y ahí paró todo.
Finalmente, Mink, el perro famoso, quedó tan escarmentado que cuando el Hermano le sacaba los domingos a dar un paseo, no se le apartaba de las piernas, y un día, como al trepar un ribazo el Hermano cayese de bruces, Mink se alborotó sobremanera y le empezó a ayudar a levantarse.
Fingió el Hermano varias veces caerse y quedar inmóvil, y el perro le levantaba agarrándole por el cuello del abrigo. Tal vez aquello era una repetición macabra de su comportamiento fiel y caballeroso con el moribundo P. Ruppert. Todo esto me contó el buen H. Wilhalm, uno de los fundadores de la Misión.
Aquí en Springs hay un grupo de huérfanos de Kotzebue, mis parroquianos, y con ellos me saqué varias fotos vestido con el abrigo del P. Ruppert, que se conserva tal y como lo encontró el Hermano.
Días agradables.
¡Qué días tan agradables los que pasé en Springs! Mi visita fue aprovechada para variar de confesor, y todos desfilaron por mi confesionario. Les oí dos Misas cantadas, preciosamente ejecutadas, y las monjas me forzaron a darles tres pláticas sobre algún tema subido que las sacase de la rutina prosaica de la escuela. Escogí las «MORADAS DE SANTA TERESA», y divagamos libremente sobre diversas formas de misticismo clásico y genuino. Asimismo pasamos juntos algunas recreaciones muy divertidas.
Después de nueve meses de aislamiento entre eskimales embotados, estas conversaciones tenían auras de oasis en un desierto retostado y solitario.
Otra experiencia digna de mención es el contento natural, que me embargaba cada vez que me sentaba a la mesa y veía los manjares listos sin que yo les hubiese guisado, es decir, sin que yo hubiera pelado las patatas, sin que yo hubiera cortado la carne, sin que yo hubiera tenido que atizar y soplar el fuego, mohino y malhumorado, como lo había venido haciendo todo el invierno.
Hubo también ratos de ajedrez, con el consiguiente esfuerzo mental callado, pero tenaz y visible en jaques mates que nos administrábamos sin compasión.
El sol de media noche.
Desde Springs fui a Nome —como veremos en otro capítulo—, y de vuelta a Kotzebue me detuve nuevamente en Springs, donde escribo estas líneas, y donde lo encontré todo muy cambiado. Ya no hay nieve en los llanos, aunque las cumbres de las montañas están blancas, con manchones negruzcos y sombríos. Los arbustos están cubiertos de follaje verde, y el campo está rejuvenecido y primaverizado. En los terrenos labrados, el Hermano ha plantado lechugas, cebollas, guisantes, nabos y patatas, y ayer le ayudé yo a plantar diez hileras de berzas, cuyos cogollos yo no veré ni gustaré, por no haber medios de comunicación entre Springs y Kotzebue.
Anoche me acosté a media noche, por el placer de ver el sol a ras del horizonte y rezar el Breviario en el jardín.
Con tanta luz solar, las hortalizas crecen con prisa y exhuberancia locas. Todo tiene que estar maduro para septiembre, cuando empiezan las heladas, que matan el suelo y no le dejan revivir hasta fines de mayo.
Aquí, en las fronteras del Círculo Polar Artico, donde todo es desierto, y pampa, y páramos estériles, y estepas rocosas, y ciénagas pantanosas; aquí, donde la naturaleza es una madrastra roñosa y sin entrañas; aquí, en estos horizontes solitarios habitados por el oso blanco, el lobo carnicero y el reno montaraz, aquí mismo, Dios nuestro Señor dejó caer de la mano un vallecito pintoresco, con sierras por vallado y el cielo por techumbre, y fabricó cariñosamente un terreno de entrañas blandas y pecho generoso que se deja hendir por la reja y da el ciento por uno para sostén de huerfanitos destituidos de todo otro medio de manutención.
Es un argumento más de la veracidad de las palabras evangélicas: “Si Dios alimenta las aves del cielo que no aran, ni siembran, ni recogen en graneros, y viste a los lirios de un ropaje envidiado por los reyes más abastados, ¿cómo se va a olvidar de nosotros, sus hijos, que tanto le costamos y a quienes ha dado muestras de amor tan paternal?»
¿Faltará el combustible?
Hasta ahora nos había provisto de combustible la selva de arbustos que crecían al calor de las aguas termales. La selva de1919 se ha convertido en espesuras cada vez más ralas de arbolillos cada vez más pequeños e inservibles. Dentro de dos años no quedará ni un árbol.
Se trate de traer por el río unas cincuenta toneladas de carbón que mantengan las estufas desde agosto hasta fines de mayo. Los gastos que esto supone se echan fácilmente de ver, y corren rumores de días aciagos para la escuela orfanotrofio de Pilgrim Springs, por falta de combustible.
¡Que el Señor de la mies no eche en olvido esta parcela de su viña universal!
EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE
miércoles, 18 de noviembre de 2009
A LA LUZ DE MI LINTERNA
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.
En una carta que acababa de recibir del P. Superior se me encargaba hacer las diligencias necesarias para ver de convertir al pueblo de Kotzebue. Había que meter la hoz en mies ajena; o mejor, en mies que, por ser nuestra, peligraba en manos ajenas incapaces de recoger las gavillas para el Reino de los cielos.
Tal vez dando una dentellada fuerte en terreno enemigo y engrosando las filas ya formadas se iniciaría un movimiento en favor de la Iglesia católica y en un día no muy lejano veríamos a Kotzebue convertido, si no en un Noviciado, sí al menos en una parroquia católica de la que nos podríamos gloriar.
Al día siguiente, domingo, faltaron muchos a Misa y apenas tuvimos quorum para la Bendición con el Santísimo al anochecer. Me extrañó un poco el suceso, pues no esperaba tal acontecimiento ya a la entrada del invierno, cuando la gente deja las pesqueras y yacimientos mineros y se recoge a las aldeas a pasar los días crudos del clásico invierno alaskano.
Los médicos conocen la enfermedad poniendo el dedo en la llaga y tornando el pulso al enfermo. Los médicos de las almas, a mi modo de ver, tienen que hacer otro tanto para curarlas, so pena de arriesgar muertes desastrosas que en las almas producen mayor estrago aún que en los cuerpos.
Con estos pensamientos flotando por mi mente, en vez de acostarme, como debiera, por ser ya las diez y media de la noche, me disfracé de salteador de caminos, metí en el bolso la linterna y, por si acaso, debajo del capote oculté un bastón corto y fuerte, y me eché a la calle.
El barro me salpicaba las polainas, y del norte soplaba una brisa con llovizna tan penetrante que volví a casa a echar encima otro capote para evitar resfriados.
Vuelto de nuevo a la calle, apenas había doblado la primera esquina, topé con un grupo de mozos que fumaban junto a la pared y hablaban todos a una y se tambaleaban y reñían. Uno de ellos me vio pasar y gritó con voz cascada y aguardentosa: Ahí va Nelson; ése lleva vino.
Y todos a una, se me vinieron gritando: Nelson, ven acá. ¿A dónde vas? Danos un trago, hombre. Dos de ellos al avanzar hacia mí cayeron redondos en el barro lodoso; los tres restantes lograron tenerse en pie y llegar sanos y salvos a donde yo les esperaba. Al acercarse, despidieron un olor repugnante a vino que apestaba. Tenían los ojos vidriados y la boca abierta por la que se desprendía a intervalos una baba sucia que provocaba náuseas.
¿Vas a bailar? insistían. Aguarda un poco, hombre, y danos un trago, que no estamos borrachos.
Y todos a una, incluso los que aún forcejeaban por levantarse y tenerse en pie, gritaron: ¡Qué vamos a estar borrachos!
Mi silencio los traía a mal traer y uno de ellos aventuró la idea de que yo no era Nelson, sino Kénez; pero la idea no prevaleció y los demás quisieron reforzar su opinión con mi propio testimonio preguntándome bonachonamente: ¿Verdad que no eres Kénez? ¿Verdad que eres Nelson? No hagas caso de éste, que está borracho.
Pero el aludido se ofendió de que le llamaran borracho y la emprendió a puñadas con el grupo. En el aire resonaban palabrotas y rodaban por el barro cuerpos perezosos que me dieron ganas de aplastar con el pie como se aplastan sapos. Los dejé revoleándose en el cieno y avancé calle abajo camino de la taberna.
Antes de llegar oí voces y ruido en una tienda de lona débilmente iluminada, donde vive una familia católica con cinco hijos pequeños. La madre estaba desgreñada, con los ojos hinchados y algunos rasguños menores en las mejillas, borracha hasta los huesos. Los niños habían huido de la quema y se habían guarecido en chozas próximas.
El marido y la mujer habían tenido una riña descomunal, cuando más llenos estaban de aguardiente, y en la refriega cayeron sobre la cama y partieron en dos el catre raquítico donde dormían acurrucados los pequeñuelos.
Ahora él estaba roncando en un rincón y ella contaba la pasada hazaña a un grupo de eskimales borrachos, que se apiñaban junto a un hornillo apagado. Me tuvieron por un borracho más y nadie extrañó lo más mínimo mi presencia; por eso me enteré de cien detalles que luego tengo que explotar en las instrucciones catequísticas.
Seguí calle abajo y topé con tres parásitos que, para estar de pie, se apoyaban en las cabezas como los rifles de los soldados que se apoyan sobre las bayonetas en grupos pequeños, mientras los soldados descansan de la caminata. Como de noche todos los gatos son pardos, me arrimé a ellos lo más posible para conocerlos. Estos me tuvieron por Fred Henry y me invitaron a terminar la botella. Como me negué a ello, el que la tenía en las manos se la ofrecía temblorosamente al de la izquierda y le decía: Acábala, hombre, acábala tú, que luego compramos otra.
Y sin hacerse de rogar, el paisano llevó la botella a los labios y la terminó, haciendo antes unos gorgoritos muy graciosos. Luego se me encararon los tres y quisieron saber por qué no había bebido.
¿Qué tienes hoy, Fred? ¿Por qué no bebes?
Y uno de ellos supuso en voz alta que yo no era Fred, sino algún advenedizo. El Fred que ellos conocían era incapaz de rehusar un trago; de sobra la sabían ellos, aunque estaban borrachos. Los dejé disparatando en plena calle y seguí adelante.
Ya junto a las paredes de la taberna vi venir una mujer, que caminaba como una culebra. No se caía por más que la fallaban las rodillas; pero culebreaba que daba gusto verla. Descubrió un bulto junto a la pared y se acercó a é1; pero el bulto estaba vivo, y la prójima se asustó y dió un salto y volvió atropelladamente hacia las puertas de la taberna.
Entonces me entró a mi curiosidad de saber qué bulto era aquel y me acerqué cautelosamente con la linterna. Sobre el envoltorio de vestidos andrajosos descollaba siniestramente el rostro airado y emborrachado de una mujer muy joven, retrato acabado de la arpía más feroz e iracunda que han inventado los poetas.
¿Quién eres tú, ladrón? me dijo con ojos de fuego. Márchate, canalla, que hoy no estoy para bromas.
Y como yo me mantuviese indeciso, se irguió, sacó las uñas y se echó tras de mí toda furor. La pobre no avanzó mucho. Tropezó, cayó, y allí la dejé barboteando maldiciones. Entonces no pude más y dejé que me corrieran unas lágrimas que me serenaron un poco.
La tal arpía se hizo católica en 1934. Hizo la primera Comunión en la Misa de Gallo, y al día siguiente, Navidad, el P. Menager sacó una fotografía del grupo. Eran ocho. En la foto están todos con las manos juntas y les cruza el pecho una cinta roja con la imagen del Sagrado Corazón.
Nuestra protagonista ostenta una sonrisa candorosa. Si se la sacase del grupo y se la pusiese en cuadro aparte, semejaría una virgencita que caería muy bien en algún altar lateral. En la foto aparece al lado de Enrique. Los dos se cansaron de ser católicos.
Por fin, hará cosa de una semana, se casaron por lo civil.
¡Oh, los misterios de las almas! Al dejarla allí en las tinieblas de la noche sobre el barro, oliendo a vino y aguardiente y echando maldiciones, la foto de su primera Comunión con las manos cruzadas ante el pecho, se apoderó de mí con una fuerza irresistible que me emocionó. Me dieron ganas de... enviar la foto a EL SIGLO DE LAS MISIONES, pero... mejor es no seguir meneándolo.
Por fin llegué a las ventanas iluminadas de la taberna. El tabernero es un católico austríaco que lleva en esta región cuarenta y dos años, uno tras otro. Fue cartero desde Kotzebue hasta Point Barrow, el cabo más norteño de Alaska.
Cuando los aeroplanos contrataron el correo, el austríaco se hizo tabernero y vive escanciando copas en el mostrador a eskimales hambrientos: Por la primera ventana vi cómo bailaban en un salón repleto de humo de pipa maloliente.
Por una puerta abierta, entraban y salían y se metían en la taberna propiamente dicha, donde Pablo vendía botellas de licor. Este Pablo fue considerado aquí hace años como la base, plinto, columna y fundamento de la Iglesia Católica. Tanto, que el Padre Menager le dio el sobrenombre de Vicario general.
Poco a poco el Vicario se hundió hasta los ojos en el negocio del vino, y hoy día vive de eso exclusivamente. Este Vicario me ha venido diciendo por activa y por pasiva que en su casa no se ha emborrachado nadie ni se emborrachará jamás, porque él, católico a machamartillo y con una conciencia de monja, no tolerará jamás semejante cosa. Eso suena muy bien en mi cocina. Anoche era diferente. No se imaginaba el Vicario que yo le estaba viendo por los cristales de su ventana, a las doce de una noche fría y lloviznosa. Y, sin embargo, así era.
El Vicario tenía destapadas varias docenas de botellas de todos los tamaños y colores que tomaban las manos temblorosas de gente muy conocida. Una mujer no podía ya mantenerse en pie y se desplomó sobre un sillón. Un hombre la quería echar del sillón a viva fuerza y los dos rodaron por el suelo, emborrachadísimos.
La hija del Vicario, mi organista, iba de acá para allá, bebiendo aquí, bailando allá y desplomándose más allá.
El hijo del Vicario, monaguillo cuando era pequeño, ayudaba a su padre a descorchar botellas que daba a gente repleta ya de vino.
Por otra ventana observé a los que ya no estaban para fiestas y habían optado por sentarse y adormecerse en una especie de recibidor donde hay un crucifijo y un cuadro muy grande y hermoso del Sagrado Corazón.
El pobre Vicario cayó ignominiosamente del pedestal que él mismo había fabricado en mi cabeza. Le explicaré muy pronto aquello de que nadie puede servir a dos señores, y, puesto en el disparadero, se verá forzado a firmar su propia condenación. El único señor a quien este Vicario ha servido es al mismísimo Satanás en persona.
Dejé las ventanas iluminadas de la taberna y me interné en unas encrucijadas, que hacen varias casas destartaladas, entre las que hay algunas tiendas de lona, donde viven algunas familias hasta que empieza a helar de firme. De una de esas tiendas salían unas carcajadas muy curiosas.
Una vez levantada la caza había que seguirla y metí la linterna por la hendidura que hace de entrada. No me detuve allí mucho.
Sobre una mesa, iluminada por una vela, jugaban a la baraja tres borrachos que braceaban y discutían acaloradamente. En un rincón, arrollados y abrazados y en las posturas más estrafalarias, roncaban unos diez hombres y mujeres, mezclados como si fueran cadáveres tirados allí de algún camión.
A las doce y media el Vicario no se tenía de sueña y cebó afuera a toda la caterva de danzantes y bebedores. Al salir toparon conmigo; me tuvieron por uno de tantos y no se preocuparon lo más mínimo.
Una pareja se rezagó y seguía penosamente a los demás hasta que ella se desplomó. La levantó él lo mejor que pudo y los dos siguieron adelante tambaleándose ridículamente hasta que ella rompió a llorar y a decir entre sollozos las mayores tonterías imaginables.
Llegado que hubieron a una esquina, se arrimaron a la pared y allí quedaron arrimados, ella gimoteando y él diciendo disparates. Abriéndome paso entre rezagados me encaminé a mi casica con el corazón partido de dolor, los pies fríos, los ojos cargados de sueño y todo el cuerpo molido por el cansancio. Eran las doce y media de la noche.
Pero no quise acostarme así sin más ni más. Abrí la puerta que da a la iglesia y me arrodillé ante el sagrario a rezar el «Parce, Domine, purce populo tuo; ne in aeternum irascaris nobis”, (Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo; no estés eternamente enojado).
Este es el paganismo tal cual en si es, sin máscaras ni adobos. Este es el paganismo que campeaba dos mil años ha, cuando Jesucristo nació pobre en Belén. Dos mil años de luz evangélica no han logrado disipar la lobreguez de estas tinieblas espesas que aún envuelven a una porción grande del género humano.
Kotzebue es un foco de paganismo puro y escueto. Todas las ideas que surgen a la mente cuando se oyen las palabras gentilidad, paganismo, infidelidad, pueden verse plasmadas y palparse aquí, en
Kotzebue, con sólo disfrazarse y salir de ronda una noche cualquiera por las callejuelas llenas de barro.
El que crea que ser Misionero es sinónimo de levantar el crucifijo en alto y llevarse de calle los pueblos y ciudades gentiles, se engaña de medio a medio. Eso no lo ha hecho nadie.
Desde el Calvario hasta el Gobierno rojo de Madrid, la empresa misionera ha sido una cadena larguísima formada por eslabones de conquistas, derrotas, más conquistas, nuevas derrotas, triunfos, fracasos, martirios, persecuciones, herejías, victorias parciales y fusión de sangre. No se avanza a paso de gigante, sino a paso de caracol. No se conquistan reinos; se ganan algunas almas dentro de los diversos reinos. Sólo uno de cada cinco en el mundo está bautizado en la Iglesia católica.
Mirado en conjunto, el mundo es aún pagano.
Cuarenta y dos años llevan en Kotzebue los protestantes cuákeros. Miembros de una secta que no tiene Sacramentos, ni siquiera el bautismo, sin sagrario, sin Misa, sin cruz, todos sus razonamientos son fríos.
Quisieron levantar a esta gente al nivel sobrenatural con solos razonamientos y medios humanos de persuasión y prédicas, y fallaron. Tenían que fallar. Al nivel sobrenatural nos eleva la gracia, y ésta nos viene por los Sacramentos de que abominan los cuákeros.
Los eskimales de Kotzebue, sin bautismo, no hallaron ayuda alguna moral en la iglesia cuákera y se desalentaron y cayeron en un abismo tan hondo que sólo una lluvia abundantisima de gracia divina los puede sacar a flote. Y de eso se trata.
Aquí, en medio de ellos, está el que los puede salvar. Aquí está el sagrario, iluminado día y noche por la lámpara litúrgica. Cada vez que me arrodillo ante él en el silencio de la noche, me pasma y abruma la paciencia infinita de Dios, cuya arma no parece ser otra que la mansedumbre del cordero bíblico.
Todo en derredor es embriaguez, lujuria y paganismo; pero no importa; Dios sigue mandando los días y las noches y nos tiene continuamente la bahía repleta de los pescados más variados. Parece no quejarse. Algo así como nuestro oficio fuera el ser malos, y el suyo el ser bueno; y como si ése fuera el contrato.
Sobre mis hombros de carne y hueso gravita la responsabilidad inmensa de traer al redil estas ovejas descarriadas que tienen en sus fauces lobos rapaces. Arrancar la presa, revivida, nutrirla y mantenerla siempre en el rebaño, he ahí, la tarea que me está siempre mirando de cara. ¡Pero qué cuesta arriba es esta tarea!
Hubo aquí una moza que picó en el anzuelo y vino y se instruyó en el catecismo lo suficiente para hacerse merecedora del bautismo. Siendo de todos conocidas sus andanzas y escapadas nocturnas, la puse por nombre Magdalena. Poco después nos hizo la visita oficial el nuevo Obispo de Alaska y, entre los confirmados, puse naturalmente a Magdalena, que recibió la Confirmación con mucha gravedad y devoción.
Una semana más tarde la llevaron a la cárcel territorial de Nome, condenada a tres meses por desórdenes y violencias mientras estaba borracha. ¡Confirmación y cárcel en una semana! Cuando se lo escribí al señor Obispo me contestó que se ha reído media hora de un tirón y luego a ratos entre día.
No; aquí, en las lomas del Polo Norte, no se llevan de calle pueblos y muchedumbres. Hoy se convierte uno y mañana sale otro del redil. Más tarde se convierten dos, de los cuales uno viene a la iglesia de Pascuas a Reyes, y así sucesivamente.
¿Cómo hago para atraerlos? le pregunté al señor Obispo.
Echando raíces arrodillado ante el altar y presentando con toda sencillez y claridad la verdad evangélica a los que no rechacen la invitación.
Esta respuesta es el programa.
A propósito de cañones, el señor Obispo, mi antiguo Provincial, estuvo conmigo seis días. Le obligué a dormir en mi cama y yo me acomodé sobre unos bancos. Mientras yo guisaba y cocinaba, él me contaba historias y los dos nos reíamos beatíficamente.
Al terminar las comidas, yo lavaba en agua hirviendo los platos, y él los secaba con unos trapos bastante blancos, que yo había guardado en el desván para algún por si acaso.
Me alabó mucho mis habilidades culinarias en general y lo bien que preparaba el salmón en particular. Le dije que una trucha daba cien vueltas al salmón rey más dorado.
Al día siguiente nos regalaron una trucha de siete libras, y a los dos se nos empezó a hacer la boca agua. Pronto la corté y puse en orden las rajas, pero decidimos dejarla para darnos con ella la gran cena.
A eso de las seis, cuando ya estaba yo encendiendo la lumbre y preparando la sartén, viene zumbando el aeroplano, y el piloto nos avisa que su Señoría Ilustrísima tiene quince minutos para preparar las maletas. ¡Toda la trucha para mi! Ya camino del aeroplano, me decía en voz baja el señor Obispo:
Siento más perder esa trucha que Boabdil la pérdida de Granada.
¡,Dónde oyó Su Ilustrísima hablar de Boabdil? le pregunté con unos ojos enormes.
Y él me respondió:
Antes de que usted naciera ya había leído yo en Wáshington Irvin los Cuentos de la Alhambra.
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.
En una carta que acababa de recibir del P. Superior se me encargaba hacer las diligencias necesarias para ver de convertir al pueblo de Kotzebue. Había que meter la hoz en mies ajena; o mejor, en mies que, por ser nuestra, peligraba en manos ajenas incapaces de recoger las gavillas para el Reino de los cielos.
Tal vez dando una dentellada fuerte en terreno enemigo y engrosando las filas ya formadas se iniciaría un movimiento en favor de la Iglesia católica y en un día no muy lejano veríamos a Kotzebue convertido, si no en un Noviciado, sí al menos en una parroquia católica de la que nos podríamos gloriar.
Al día siguiente, domingo, faltaron muchos a Misa y apenas tuvimos quorum para la Bendición con el Santísimo al anochecer. Me extrañó un poco el suceso, pues no esperaba tal acontecimiento ya a la entrada del invierno, cuando la gente deja las pesqueras y yacimientos mineros y se recoge a las aldeas a pasar los días crudos del clásico invierno alaskano.
Los médicos conocen la enfermedad poniendo el dedo en la llaga y tornando el pulso al enfermo. Los médicos de las almas, a mi modo de ver, tienen que hacer otro tanto para curarlas, so pena de arriesgar muertes desastrosas que en las almas producen mayor estrago aún que en los cuerpos.
Con estos pensamientos flotando por mi mente, en vez de acostarme, como debiera, por ser ya las diez y media de la noche, me disfracé de salteador de caminos, metí en el bolso la linterna y, por si acaso, debajo del capote oculté un bastón corto y fuerte, y me eché a la calle.
El barro me salpicaba las polainas, y del norte soplaba una brisa con llovizna tan penetrante que volví a casa a echar encima otro capote para evitar resfriados.
Vuelto de nuevo a la calle, apenas había doblado la primera esquina, topé con un grupo de mozos que fumaban junto a la pared y hablaban todos a una y se tambaleaban y reñían. Uno de ellos me vio pasar y gritó con voz cascada y aguardentosa: Ahí va Nelson; ése lleva vino.
Y todos a una, se me vinieron gritando: Nelson, ven acá. ¿A dónde vas? Danos un trago, hombre. Dos de ellos al avanzar hacia mí cayeron redondos en el barro lodoso; los tres restantes lograron tenerse en pie y llegar sanos y salvos a donde yo les esperaba. Al acercarse, despidieron un olor repugnante a vino que apestaba. Tenían los ojos vidriados y la boca abierta por la que se desprendía a intervalos una baba sucia que provocaba náuseas.
¿Vas a bailar? insistían. Aguarda un poco, hombre, y danos un trago, que no estamos borrachos.
Y todos a una, incluso los que aún forcejeaban por levantarse y tenerse en pie, gritaron: ¡Qué vamos a estar borrachos!
Mi silencio los traía a mal traer y uno de ellos aventuró la idea de que yo no era Nelson, sino Kénez; pero la idea no prevaleció y los demás quisieron reforzar su opinión con mi propio testimonio preguntándome bonachonamente: ¿Verdad que no eres Kénez? ¿Verdad que eres Nelson? No hagas caso de éste, que está borracho.
Pero el aludido se ofendió de que le llamaran borracho y la emprendió a puñadas con el grupo. En el aire resonaban palabrotas y rodaban por el barro cuerpos perezosos que me dieron ganas de aplastar con el pie como se aplastan sapos. Los dejé revoleándose en el cieno y avancé calle abajo camino de la taberna.
Antes de llegar oí voces y ruido en una tienda de lona débilmente iluminada, donde vive una familia católica con cinco hijos pequeños. La madre estaba desgreñada, con los ojos hinchados y algunos rasguños menores en las mejillas, borracha hasta los huesos. Los niños habían huido de la quema y se habían guarecido en chozas próximas.
El marido y la mujer habían tenido una riña descomunal, cuando más llenos estaban de aguardiente, y en la refriega cayeron sobre la cama y partieron en dos el catre raquítico donde dormían acurrucados los pequeñuelos.
Ahora él estaba roncando en un rincón y ella contaba la pasada hazaña a un grupo de eskimales borrachos, que se apiñaban junto a un hornillo apagado. Me tuvieron por un borracho más y nadie extrañó lo más mínimo mi presencia; por eso me enteré de cien detalles que luego tengo que explotar en las instrucciones catequísticas.
Seguí calle abajo y topé con tres parásitos que, para estar de pie, se apoyaban en las cabezas como los rifles de los soldados que se apoyan sobre las bayonetas en grupos pequeños, mientras los soldados descansan de la caminata. Como de noche todos los gatos son pardos, me arrimé a ellos lo más posible para conocerlos. Estos me tuvieron por Fred Henry y me invitaron a terminar la botella. Como me negué a ello, el que la tenía en las manos se la ofrecía temblorosamente al de la izquierda y le decía: Acábala, hombre, acábala tú, que luego compramos otra.
Y sin hacerse de rogar, el paisano llevó la botella a los labios y la terminó, haciendo antes unos gorgoritos muy graciosos. Luego se me encararon los tres y quisieron saber por qué no había bebido.
¿Qué tienes hoy, Fred? ¿Por qué no bebes?
Y uno de ellos supuso en voz alta que yo no era Fred, sino algún advenedizo. El Fred que ellos conocían era incapaz de rehusar un trago; de sobra la sabían ellos, aunque estaban borrachos. Los dejé disparatando en plena calle y seguí adelante.
Ya junto a las paredes de la taberna vi venir una mujer, que caminaba como una culebra. No se caía por más que la fallaban las rodillas; pero culebreaba que daba gusto verla. Descubrió un bulto junto a la pared y se acercó a é1; pero el bulto estaba vivo, y la prójima se asustó y dió un salto y volvió atropelladamente hacia las puertas de la taberna.
Entonces me entró a mi curiosidad de saber qué bulto era aquel y me acerqué cautelosamente con la linterna. Sobre el envoltorio de vestidos andrajosos descollaba siniestramente el rostro airado y emborrachado de una mujer muy joven, retrato acabado de la arpía más feroz e iracunda que han inventado los poetas.
¿Quién eres tú, ladrón? me dijo con ojos de fuego. Márchate, canalla, que hoy no estoy para bromas.
Y como yo me mantuviese indeciso, se irguió, sacó las uñas y se echó tras de mí toda furor. La pobre no avanzó mucho. Tropezó, cayó, y allí la dejé barboteando maldiciones. Entonces no pude más y dejé que me corrieran unas lágrimas que me serenaron un poco.
La tal arpía se hizo católica en 1934. Hizo la primera Comunión en la Misa de Gallo, y al día siguiente, Navidad, el P. Menager sacó una fotografía del grupo. Eran ocho. En la foto están todos con las manos juntas y les cruza el pecho una cinta roja con la imagen del Sagrado Corazón.
Nuestra protagonista ostenta una sonrisa candorosa. Si se la sacase del grupo y se la pusiese en cuadro aparte, semejaría una virgencita que caería muy bien en algún altar lateral. En la foto aparece al lado de Enrique. Los dos se cansaron de ser católicos.
Por fin, hará cosa de una semana, se casaron por lo civil.
¡Oh, los misterios de las almas! Al dejarla allí en las tinieblas de la noche sobre el barro, oliendo a vino y aguardiente y echando maldiciones, la foto de su primera Comunión con las manos cruzadas ante el pecho, se apoderó de mí con una fuerza irresistible que me emocionó. Me dieron ganas de... enviar la foto a EL SIGLO DE LAS MISIONES, pero... mejor es no seguir meneándolo.
Por fin llegué a las ventanas iluminadas de la taberna. El tabernero es un católico austríaco que lleva en esta región cuarenta y dos años, uno tras otro. Fue cartero desde Kotzebue hasta Point Barrow, el cabo más norteño de Alaska.
Cuando los aeroplanos contrataron el correo, el austríaco se hizo tabernero y vive escanciando copas en el mostrador a eskimales hambrientos: Por la primera ventana vi cómo bailaban en un salón repleto de humo de pipa maloliente.
Por una puerta abierta, entraban y salían y se metían en la taberna propiamente dicha, donde Pablo vendía botellas de licor. Este Pablo fue considerado aquí hace años como la base, plinto, columna y fundamento de la Iglesia Católica. Tanto, que el Padre Menager le dio el sobrenombre de Vicario general.
Poco a poco el Vicario se hundió hasta los ojos en el negocio del vino, y hoy día vive de eso exclusivamente. Este Vicario me ha venido diciendo por activa y por pasiva que en su casa no se ha emborrachado nadie ni se emborrachará jamás, porque él, católico a machamartillo y con una conciencia de monja, no tolerará jamás semejante cosa. Eso suena muy bien en mi cocina. Anoche era diferente. No se imaginaba el Vicario que yo le estaba viendo por los cristales de su ventana, a las doce de una noche fría y lloviznosa. Y, sin embargo, así era.
El Vicario tenía destapadas varias docenas de botellas de todos los tamaños y colores que tomaban las manos temblorosas de gente muy conocida. Una mujer no podía ya mantenerse en pie y se desplomó sobre un sillón. Un hombre la quería echar del sillón a viva fuerza y los dos rodaron por el suelo, emborrachadísimos.
La hija del Vicario, mi organista, iba de acá para allá, bebiendo aquí, bailando allá y desplomándose más allá.
El hijo del Vicario, monaguillo cuando era pequeño, ayudaba a su padre a descorchar botellas que daba a gente repleta ya de vino.
Por otra ventana observé a los que ya no estaban para fiestas y habían optado por sentarse y adormecerse en una especie de recibidor donde hay un crucifijo y un cuadro muy grande y hermoso del Sagrado Corazón.
El pobre Vicario cayó ignominiosamente del pedestal que él mismo había fabricado en mi cabeza. Le explicaré muy pronto aquello de que nadie puede servir a dos señores, y, puesto en el disparadero, se verá forzado a firmar su propia condenación. El único señor a quien este Vicario ha servido es al mismísimo Satanás en persona.
Dejé las ventanas iluminadas de la taberna y me interné en unas encrucijadas, que hacen varias casas destartaladas, entre las que hay algunas tiendas de lona, donde viven algunas familias hasta que empieza a helar de firme. De una de esas tiendas salían unas carcajadas muy curiosas.
Una vez levantada la caza había que seguirla y metí la linterna por la hendidura que hace de entrada. No me detuve allí mucho.
Sobre una mesa, iluminada por una vela, jugaban a la baraja tres borrachos que braceaban y discutían acaloradamente. En un rincón, arrollados y abrazados y en las posturas más estrafalarias, roncaban unos diez hombres y mujeres, mezclados como si fueran cadáveres tirados allí de algún camión.
A las doce y media el Vicario no se tenía de sueña y cebó afuera a toda la caterva de danzantes y bebedores. Al salir toparon conmigo; me tuvieron por uno de tantos y no se preocuparon lo más mínimo.
Una pareja se rezagó y seguía penosamente a los demás hasta que ella se desplomó. La levantó él lo mejor que pudo y los dos siguieron adelante tambaleándose ridículamente hasta que ella rompió a llorar y a decir entre sollozos las mayores tonterías imaginables.
Llegado que hubieron a una esquina, se arrimaron a la pared y allí quedaron arrimados, ella gimoteando y él diciendo disparates. Abriéndome paso entre rezagados me encaminé a mi casica con el corazón partido de dolor, los pies fríos, los ojos cargados de sueño y todo el cuerpo molido por el cansancio. Eran las doce y media de la noche.
Pero no quise acostarme así sin más ni más. Abrí la puerta que da a la iglesia y me arrodillé ante el sagrario a rezar el «Parce, Domine, purce populo tuo; ne in aeternum irascaris nobis”, (Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo; no estés eternamente enojado).
Este es el paganismo tal cual en si es, sin máscaras ni adobos. Este es el paganismo que campeaba dos mil años ha, cuando Jesucristo nació pobre en Belén. Dos mil años de luz evangélica no han logrado disipar la lobreguez de estas tinieblas espesas que aún envuelven a una porción grande del género humano.
Kotzebue es un foco de paganismo puro y escueto. Todas las ideas que surgen a la mente cuando se oyen las palabras gentilidad, paganismo, infidelidad, pueden verse plasmadas y palparse aquí, en
Kotzebue, con sólo disfrazarse y salir de ronda una noche cualquiera por las callejuelas llenas de barro.
El que crea que ser Misionero es sinónimo de levantar el crucifijo en alto y llevarse de calle los pueblos y ciudades gentiles, se engaña de medio a medio. Eso no lo ha hecho nadie.
Desde el Calvario hasta el Gobierno rojo de Madrid, la empresa misionera ha sido una cadena larguísima formada por eslabones de conquistas, derrotas, más conquistas, nuevas derrotas, triunfos, fracasos, martirios, persecuciones, herejías, victorias parciales y fusión de sangre. No se avanza a paso de gigante, sino a paso de caracol. No se conquistan reinos; se ganan algunas almas dentro de los diversos reinos. Sólo uno de cada cinco en el mundo está bautizado en la Iglesia católica.
Mirado en conjunto, el mundo es aún pagano.
Cuarenta y dos años llevan en Kotzebue los protestantes cuákeros. Miembros de una secta que no tiene Sacramentos, ni siquiera el bautismo, sin sagrario, sin Misa, sin cruz, todos sus razonamientos son fríos.
Quisieron levantar a esta gente al nivel sobrenatural con solos razonamientos y medios humanos de persuasión y prédicas, y fallaron. Tenían que fallar. Al nivel sobrenatural nos eleva la gracia, y ésta nos viene por los Sacramentos de que abominan los cuákeros.
Los eskimales de Kotzebue, sin bautismo, no hallaron ayuda alguna moral en la iglesia cuákera y se desalentaron y cayeron en un abismo tan hondo que sólo una lluvia abundantisima de gracia divina los puede sacar a flote. Y de eso se trata.
Aquí, en medio de ellos, está el que los puede salvar. Aquí está el sagrario, iluminado día y noche por la lámpara litúrgica. Cada vez que me arrodillo ante él en el silencio de la noche, me pasma y abruma la paciencia infinita de Dios, cuya arma no parece ser otra que la mansedumbre del cordero bíblico.
Todo en derredor es embriaguez, lujuria y paganismo; pero no importa; Dios sigue mandando los días y las noches y nos tiene continuamente la bahía repleta de los pescados más variados. Parece no quejarse. Algo así como nuestro oficio fuera el ser malos, y el suyo el ser bueno; y como si ése fuera el contrato.
Sobre mis hombros de carne y hueso gravita la responsabilidad inmensa de traer al redil estas ovejas descarriadas que tienen en sus fauces lobos rapaces. Arrancar la presa, revivida, nutrirla y mantenerla siempre en el rebaño, he ahí, la tarea que me está siempre mirando de cara. ¡Pero qué cuesta arriba es esta tarea!
Hubo aquí una moza que picó en el anzuelo y vino y se instruyó en el catecismo lo suficiente para hacerse merecedora del bautismo. Siendo de todos conocidas sus andanzas y escapadas nocturnas, la puse por nombre Magdalena. Poco después nos hizo la visita oficial el nuevo Obispo de Alaska y, entre los confirmados, puse naturalmente a Magdalena, que recibió la Confirmación con mucha gravedad y devoción.
Una semana más tarde la llevaron a la cárcel territorial de Nome, condenada a tres meses por desórdenes y violencias mientras estaba borracha. ¡Confirmación y cárcel en una semana! Cuando se lo escribí al señor Obispo me contestó que se ha reído media hora de un tirón y luego a ratos entre día.
No; aquí, en las lomas del Polo Norte, no se llevan de calle pueblos y muchedumbres. Hoy se convierte uno y mañana sale otro del redil. Más tarde se convierten dos, de los cuales uno viene a la iglesia de Pascuas a Reyes, y así sucesivamente.
¿Cómo hago para atraerlos? le pregunté al señor Obispo.
Echando raíces arrodillado ante el altar y presentando con toda sencillez y claridad la verdad evangélica a los que no rechacen la invitación.
Esta respuesta es el programa.
A propósito de cañones, el señor Obispo, mi antiguo Provincial, estuvo conmigo seis días. Le obligué a dormir en mi cama y yo me acomodé sobre unos bancos. Mientras yo guisaba y cocinaba, él me contaba historias y los dos nos reíamos beatíficamente.
Al terminar las comidas, yo lavaba en agua hirviendo los platos, y él los secaba con unos trapos bastante blancos, que yo había guardado en el desván para algún por si acaso.
Me alabó mucho mis habilidades culinarias en general y lo bien que preparaba el salmón en particular. Le dije que una trucha daba cien vueltas al salmón rey más dorado.
Al día siguiente nos regalaron una trucha de siete libras, y a los dos se nos empezó a hacer la boca agua. Pronto la corté y puse en orden las rajas, pero decidimos dejarla para darnos con ella la gran cena.
A eso de las seis, cuando ya estaba yo encendiendo la lumbre y preparando la sartén, viene zumbando el aeroplano, y el piloto nos avisa que su Señoría Ilustrísima tiene quince minutos para preparar las maletas. ¡Toda la trucha para mi! Ya camino del aeroplano, me decía en voz baja el señor Obispo:
Siento más perder esa trucha que Boabdil la pérdida de Granada.
¡,Dónde oyó Su Ilustrísima hablar de Boabdil? le pregunté con unos ojos enormes.
Y él me respondió:
Antes de que usted naciera ya había leído yo en Wáshington Irvin los Cuentos de la Alhambra.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Blogger news
Video
Links
About
Con la tecnología de Blogger.
Popular Posts
Blog Archive
-
►
2010
(75)
- ► septiembre (11)
About Me
- Rosario Serrano
- soy diseñadora gráfica y profesora de religión y de lengua y literatura
Blog Archive
-
►
2010
(75)
- ► septiembre (11)











