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En las Lomas del Polo Norte - Padre Segundo LLorente
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Etiquetas: alaska, cumbres, eskimales, frio, misiones, nevada, nuestro padre, revista, sacerdotes, siglo
EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE
10:16
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Etiquetas: camara, escaneados, focas, fondos, foto digital, fotos, hielo, imagen, padre llorente, perros, sacerdotes, solo, todo
EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE
13:49
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POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.
LAS ISLAS DIOMEDES
El P. Cunninham.
A un tiro de piedra de una a otra, hay dos islas en la parte norte del embudo del Estrecho de Bering. Por entre las dos pasa la línea imaginaria que separa a un día de otro; el meridiano donde empiezan y rematan los siete días de la semana. La isla mayor se llama Diomedes la Grande, y pertenece a Rusia; la menor se llama Diomedes la Chica, y pertenece a los Estados Unidos.
Las dos islas están habitadas por eskimales de pura cepa. Los de Diomedes la Grande son paganos, porque así lo ha dispuesto Stalin; los de Diomedes la Chica son en su mayoría católicos, porque tienen la dicha de albergar en su isla al misionero jesuita Padre Tomás Cunninham, de treinta y tres años, natural de Nueva Zelanda, que es ni más ni menos el centro geográfico de los antípodas de España.
El P. Tomás vino a Alaska conmigo en 1935 y pasó el primer invierno en Nome. En el verano se enteró de las condiciones favorables de las islas Diomedes y se decidió a probar fortuna. Reunió a toda prisa el material necesario para levantar una capilla y navegó impertérrito por entre los bloques de hielo en una barcaza de piel de morsa.
Cuando cerró el invierno y cayó sobre la isla el primer manto de nieve, el Padre remachó los últimos clavos del tejado y se pudo guarecer adentro junto a la estufa. La novedad atrajo a los isleños, que empezaron a convertirse con toda sencillez e ingenuidad.
Acabo de pasar unos días con el Padre Tomás. El otro día, mientras trabajaba yo en la residencia de Nome, llamaron a la puerta y vi entrar un espectro que pugnó por sacarme los ojos de las órbitas. No cabía duda: aquel era el P. Tomás, Tom, como le llamamos en familia. En 1935, Tom era un mocetón esbelto y garrido, Hoy, Tom es una reliquia del pasado. Sin afeitar, los ojos hundidos, sucio, desaliñado y macilento sobremanera, Tom tiene todas las características de un cadáver ambulante.
Fauna marina
Las islas Diomedes han venido manteniendo poblaciones indígenas desde el alborear de los siglos, merced a las focas mofletudas que, en bandadas incontables, se divierten sin césar a corta distancia de la costa.
Sin mezclarse con las focas y en bandadas menos numerosas, merodean asimismo los contornos de la isla morsas gigantescas, llamadas también vacas marinas walrús, cuyos colmillos descomunales surten de marfil los mercados, más pródigamente que los elefantes, de Existencia precaria.
Las morsas tienen por Biblia el Korán. Cada macho es un califa, con un harén interminable de hembras, que le siguen muy sumisas, y las infidelidades se pagan con muerte instantánea, administrada por los malhadados colmillos.
Celos son también causa inacabable de colmillazos mortales y, finalmente, uno de los espectáculos más excitantes e imponentes de la creación es presenciar el combate a muerte de dos machos corpulentos en la playa arenosa de un islote remoto y solitario. El macho de edad madura pesa, aproximadamente, tres toneladas, y maneja unos colmillos de cuarenta kilogramos cada uno.
Con el vasto mar por plaza de toros y los dos harenes por testigos, los dos toros marinos se atacan y contraatacan, y gruñen, y bufan, y se acaballan, y se sumergen, y vuelven a la lidia con ojos de furor y sangre hasta que uno, en aquella esgrima a muerte, halla una entrada favorable y cae sobre el adversario con todo el ímpetu de que es capaz y le hunde los colmillos hasta la raíz.
Mientras el infeliz vencido agoniza en un oleaje de sangre, las viudas pasan a ser propiedad del vencedor, a quien acatan humildemente, y aquel harén crece y se multiplica.
Además de las focas y morsas surcan las aguas frías de Diomedes ballenas blancas en buen número y una variedad riquísima de peces de todos los colores. En el verano vienen los gansos y patos silvestres y lo llenan todo de huevos y pechugas.
Con estas ayudas de costa, los isleños pasan nueve meses en Diomedes, y en el verano van a Nome, donde trafican con el marfil y pieles sobadas y se proveen de ropas y alimentos para el resto del año en la isla.
En poder de los Soviets
El P. Tomás pasó allí el primer invierno sin percance alguno. Con el rifle al hombro, y bien abrigado, salía de caza con los indígenas y volvían todos arrastrando un trineo repleto de focas, que luego repartían amistosamente. Se ganó la simpatía de los isleños por su puntería feliz y su facilidad en aprender la lengua.
El segundo año se vió de hoz y coz en un apuro que no olvidará mientras viva. Era a la entrada del verano, y el Padre remaba con un grupo de isleños armados de rifles y arpones a caza de focas. A poco el cielo se encapotó, y el mar se alborotó, y la barca llegó a duras penas a una playa de Diomedes la grande, donde anclaron muy contentos y optimistas.
De repente, el Padre vió delante de sí a un hombre con uniforme ruso, que le puso el revólver a dos palmos de las narices. Retrocedió el Padre por instinto y chocó con el revólver de otro oficial, que le apuntaba a la nuca.
Le obligaron por señas a que les siguiera y le metieron en una caseta, donde le juzgaron sumarísimamente y le condenaron a ser deportado a Siberia, para ser allí fusilado.
Hacía de intérprete un mestizo que sabía ruso y eskimal. Los oficiales rusos dedujeron que el Padre Tomás era un espía, por dos razones: hablaba el eskimal, cosa inexplicable en un blanco, y pasaba todo el invierno en Diomedes la Chica, allí, a las puertas de la Rusia soviética, desde donde le era relativamente fácil espiar los hechos y dichos de los rojos.
Sólo un espía de profesión podía vivir allí. Además, a ningún sacerdote le está permitida la entrada en territorio alguno soviético sin pasaporte, y aquí estaba el Padre Tomás cogido con las manos en la masa.
Todo esto duró menos de media hora, encerrados en aquella caseta destartalada. Los remeros del Padre le esperaban afuera impacientes, y como tardaba en salir, y sospechasen que tal vez se estaba fraguando algo gordo, le dieron voces en eskimal preguntándole qué ocurría. El Padre les respondió también en eskimal que le querían matar. Entonces los remeros cargaron los rifles y metieron los cañones por los agujeros y resquicios.
Al ver esto el Padre dio un salto ligerísimo hacia la puerta, que abrió medio a ciegas y salió en menos que se tarda en decirlo. Los remeros insistieron en acribillar a balazos a los dos rusos, pero el Padre se lo estorbó.
Los rusos, aunque no entendían las palabras, vieron que aquello olía a chamusquina y se guardaron de asomarse a la puerta, quedando por el mero hecho prisioneros del P. Tomás y muertos de miedo. Allí quedaron los dos agazapados y frustrados en sus deseos carnívoros de caza clerical, a la que -como todos sabemos están aficionadísimos.
Al llegar aquí le pregunté al Padre si le había entrado miedo. Me respondió que, por espacio de cinco minutos, se convenció plenísimamente de que le fusilaban sin ambajes, y que en cinta cinematográfica desfiló ante sus ojos el pasado ruin y miserable de su vida criminal y deseó haber sitio mejor. Tuvo tedio de morir. Tuvo pánico de morir.
Luego se consoló pensando que moría en la brecha y que Jesucristo le había de recibir en sus brazos amorosos, y aquí estuvo a punto de llorar de devoción. Devoción y pánico se sucedían atropelladamente, cuando los renteros intervinieron en su favor y le salvaron. Era un día muy frío, pero el Padre Tomás sudaba copiosamente.
Frío y hambre.
Este último invierno ha sido tal vez el más duro en los fastos de la isla. A principios de diciembre la temperatura bajó a 500 bajo cero. Y ahí quedó estacionada hasta fines de marzo.
El Padre no estaba preparado para tamaña contingencia. Al levantarse por la mañana, la cocina estaba a 25° bajo cero. Así se le estropearon las patatas, los huevos y la leche condensada.
Como el combustible se le iba a marchas forzadas, quiso ahorrar lo más posible, pero los efectos en la temperatura fueron tales, que llegó a pensar seriamente en el peligro posible de helarse durante el sueño, y por tanto no se atrevía a acostarse. Aquello iba presentando un cariz de mal agüero.
A principios del año llegaron las tormentas de nieve cargadas de ciclones, que se sucedían con una regularidad irritante, y la isla quedó convertida en un silencio y soledad de cementerio. Nadie osaba salir a la puerta y mucho menos salir de caza.
Las provisiones de los indígenas se agotaron, pero los ciclones no se agotaban. Un día de menos vendaval, los isleños entraron en tropel en la casa del Padre y le dijeron que se morían de hambre.
Aquí es donde el P. Tomás pensó con el corazón, como si no tuviera cabeza sobre los hombros. El eskimal es pedigüeño por naturaleza y holgazán, y como no tiene idea de lo que es vergüenza, pide y pide hasta que no queda en la aldea ni una cáscara de nuez. Si puede vivir mendigando, no trabaja.
Como todos se echan esa cuenta, hay que instruirles desde el principio y asegurarles que la ración del Padre es para él sólo y para nadie más. El P. Tomás no obró así. Les mandó ponerse en fila y les dio todo, absolutamente todo lo que tenía en casa, excepción hecha de un fardelito de té.
Los isleños cargaron con todo y se lo llevaron. A ellos, ¿qué les importaba lo que iba a comer el Padre? Ande yo caliente y... ahí me las den todas. Son como niños.
Pues bien, con este procedimiento de dar a destajo, el Padre quedó sometido a una dieta increíble. Por la mañana decía Misa y luego tomaba una taza de té. Por la tarde, otra taza. Por la noche, otra. al día siguiente lo mismo, y así sucesivamente cerca de cuatro meses.
De vez en cuando cogían alguna foca y le traían un trozo de hígado, que él freía lo mejor que sabía y luego devoraba lo más aprisa que podía.
Como las tormentas no amainaban, la caza de focas se hizo muy cuesta arriba y el Padre ya iba acostumbrándose a vivir sorbiendo té, cuando se acordaron que dos años antes habían enterrado en los pedruscos de la costa una ballena podrida, que no habtían podido terminar. El Padre y los isleños cavaron acá y allá hasta que la localizaron; y aquella ballena, corrompida primero, y helada después en dos inviernos sucesivos, les suministró dos comidas al día, hasta que volvieron a cazar más focas.
Un resbalón desgraciado.
No hace mucho, al trepar por las peñas con una foca al hombro, el Padre se resbaló y se fracturó una costilla. A falta de médico se la compuso él mismo, pero con tan mal acierto que el canto de una de las fracciones oprimía un pulmón y dio origen a una serie interminable de vómitos de sangre.
Había que arreglar aquella costilla, fracturándola de nuevo. Como no tuviese valor para quebrarla él mismo, dio un martillo a un eskimal, que se la partió de un martillazo. Una vez repuesto del susto, compuso las fracciones lo mejor que pudo; esta vez con más feliz resultado.
Mientras convalecía arrimado a la estufa, vino un grupo de eskimales de Diomedes la Grande, que deseaban danzar y divertirse con sus vecinos isleños. Antes de empezar la danza hubo un rato de catecismo, y los huéspedes asistieron a las instrucciones con toda espontaneidad. En Diomedes la Grande no hay catecismo, porque se enfadaría Stalin.
El Padre sostuvo con los súbditos de Rusia el siguiente interrogatorio:
¿Quién hizo las ballenas?
Stalin.
¿Quién hizo las focas?
Stalin.
¿Cuántos años tiene Stalin?
¡No sabemos !
¿Tendrá unos sesenta años?
¡Tal vez!
Pues entonces, ¿quién hizo las ballenas y las focas antes de que naciera Stalin?
Aqui los pobres eskimales súbditos de Rusia se rascaron la cabeza y carraspearon y confesaron ingenuamente que no sabían responder.
Noticias de última hora.
Todo esto me contaba en la habitación de Nome el P. Tomás. Yo también tenía noticias sensacionales que comunicarle. Ya hacía tres meses largos que reinaba felizmente Su Santidad Pío XII, y el Padre no lo sabía; como tampoco sabía que teníamos en Alaska Obispo auxiliar y un Provincial nuevo en la provincia adoptiva de Oregón.
De Franco no había oído más que el nombre. No sabía quién era quién, ni por qué luchaban y se mataban. Cuando le expliqué el estado de la cuestión, abrió unos ojos muy grandes y dio gracias al cielo por la victoria del Generalísimo sobre sus vecinos los rusos.
En la isla de Diomedes no hay periódicos, ni telégrafo, Ni siquiera radios. Allí se vive como vivirían los biznietos de Adán, que se internasen en valles remotos y deshabitados. El mundo, como nosotros le entendemos, no existe para ellos. En Diomedes la Chica no hay más mundo que las olas, el hielo, la caza, la pesca, la aldea y las estrellas.
Allí nacen y se crían y mueren, sin saber de trimotores, ni de tanques, ni de leyes agrarias, ni de cursos universitarios. Curtidos por los fríos y tormentas, y avezados a dormir al raso, sobre el hielo donde viven las focas, los eskimales de las islas, se crían fuertotes y melenudos, sin enfermedades nerviosas, ni prisas, ni miedos del porvenir.
Ahora se alza en su isla una iglesia, donde se bautizan, rezan, y donde vive oculto el mismo Jesucristo de las catedrales góticas de Castilla. Antes todo era superstición. Ahora ya saben que cuando van de caza es mejor rezar que acogerse a las antiguas supercherías; y rezan con una fe primitiva y sincera que les acarrea todo género de bendiciones.
El P. Tomás vive allí como un rey. Vino a Nome por provisiones y volvió lo más pronto que pudo. Si no volvió al día siguiente fue por charlar conmigo y escuchar mis comentarios a la guerra civil española, que acababa de terminar felizmente.
LAS ISLAS DIOMEDES
El P. Cunninham.
A un tiro de piedra de una a otra, hay dos islas en la parte norte del embudo del Estrecho de Bering. Por entre las dos pasa la línea imaginaria que separa a un día de otro; el meridiano donde empiezan y rematan los siete días de la semana. La isla mayor se llama Diomedes la Grande, y pertenece a Rusia; la menor se llama Diomedes la Chica, y pertenece a los Estados Unidos.
Las dos islas están habitadas por eskimales de pura cepa. Los de Diomedes la Grande son paganos, porque así lo ha dispuesto Stalin; los de Diomedes la Chica son en su mayoría católicos, porque tienen la dicha de albergar en su isla al misionero jesuita Padre Tomás Cunninham, de treinta y tres años, natural de Nueva Zelanda, que es ni más ni menos el centro geográfico de los antípodas de España.
El P. Tomás vino a Alaska conmigo en 1935 y pasó el primer invierno en Nome. En el verano se enteró de las condiciones favorables de las islas Diomedes y se decidió a probar fortuna. Reunió a toda prisa el material necesario para levantar una capilla y navegó impertérrito por entre los bloques de hielo en una barcaza de piel de morsa.
Cuando cerró el invierno y cayó sobre la isla el primer manto de nieve, el Padre remachó los últimos clavos del tejado y se pudo guarecer adentro junto a la estufa. La novedad atrajo a los isleños, que empezaron a convertirse con toda sencillez e ingenuidad.
Acabo de pasar unos días con el Padre Tomás. El otro día, mientras trabajaba yo en la residencia de Nome, llamaron a la puerta y vi entrar un espectro que pugnó por sacarme los ojos de las órbitas. No cabía duda: aquel era el P. Tomás, Tom, como le llamamos en familia. En 1935, Tom era un mocetón esbelto y garrido, Hoy, Tom es una reliquia del pasado. Sin afeitar, los ojos hundidos, sucio, desaliñado y macilento sobremanera, Tom tiene todas las características de un cadáver ambulante.
Fauna marina
Las islas Diomedes han venido manteniendo poblaciones indígenas desde el alborear de los siglos, merced a las focas mofletudas que, en bandadas incontables, se divierten sin césar a corta distancia de la costa.
Sin mezclarse con las focas y en bandadas menos numerosas, merodean asimismo los contornos de la isla morsas gigantescas, llamadas también vacas marinas walrús, cuyos colmillos descomunales surten de marfil los mercados, más pródigamente que los elefantes, de Existencia precaria.
Las morsas tienen por Biblia el Korán. Cada macho es un califa, con un harén interminable de hembras, que le siguen muy sumisas, y las infidelidades se pagan con muerte instantánea, administrada por los malhadados colmillos.
Celos son también causa inacabable de colmillazos mortales y, finalmente, uno de los espectáculos más excitantes e imponentes de la creación es presenciar el combate a muerte de dos machos corpulentos en la playa arenosa de un islote remoto y solitario. El macho de edad madura pesa, aproximadamente, tres toneladas, y maneja unos colmillos de cuarenta kilogramos cada uno.
Con el vasto mar por plaza de toros y los dos harenes por testigos, los dos toros marinos se atacan y contraatacan, y gruñen, y bufan, y se acaballan, y se sumergen, y vuelven a la lidia con ojos de furor y sangre hasta que uno, en aquella esgrima a muerte, halla una entrada favorable y cae sobre el adversario con todo el ímpetu de que es capaz y le hunde los colmillos hasta la raíz.
Mientras el infeliz vencido agoniza en un oleaje de sangre, las viudas pasan a ser propiedad del vencedor, a quien acatan humildemente, y aquel harén crece y se multiplica.
Además de las focas y morsas surcan las aguas frías de Diomedes ballenas blancas en buen número y una variedad riquísima de peces de todos los colores. En el verano vienen los gansos y patos silvestres y lo llenan todo de huevos y pechugas.
Con estas ayudas de costa, los isleños pasan nueve meses en Diomedes, y en el verano van a Nome, donde trafican con el marfil y pieles sobadas y se proveen de ropas y alimentos para el resto del año en la isla.
En poder de los Soviets
El P. Tomás pasó allí el primer invierno sin percance alguno. Con el rifle al hombro, y bien abrigado, salía de caza con los indígenas y volvían todos arrastrando un trineo repleto de focas, que luego repartían amistosamente. Se ganó la simpatía de los isleños por su puntería feliz y su facilidad en aprender la lengua.
El segundo año se vió de hoz y coz en un apuro que no olvidará mientras viva. Era a la entrada del verano, y el Padre remaba con un grupo de isleños armados de rifles y arpones a caza de focas. A poco el cielo se encapotó, y el mar se alborotó, y la barca llegó a duras penas a una playa de Diomedes la grande, donde anclaron muy contentos y optimistas.
De repente, el Padre vió delante de sí a un hombre con uniforme ruso, que le puso el revólver a dos palmos de las narices. Retrocedió el Padre por instinto y chocó con el revólver de otro oficial, que le apuntaba a la nuca.
Le obligaron por señas a que les siguiera y le metieron en una caseta, donde le juzgaron sumarísimamente y le condenaron a ser deportado a Siberia, para ser allí fusilado.
Hacía de intérprete un mestizo que sabía ruso y eskimal. Los oficiales rusos dedujeron que el Padre Tomás era un espía, por dos razones: hablaba el eskimal, cosa inexplicable en un blanco, y pasaba todo el invierno en Diomedes la Chica, allí, a las puertas de la Rusia soviética, desde donde le era relativamente fácil espiar los hechos y dichos de los rojos.
Sólo un espía de profesión podía vivir allí. Además, a ningún sacerdote le está permitida la entrada en territorio alguno soviético sin pasaporte, y aquí estaba el Padre Tomás cogido con las manos en la masa.
Todo esto duró menos de media hora, encerrados en aquella caseta destartalada. Los remeros del Padre le esperaban afuera impacientes, y como tardaba en salir, y sospechasen que tal vez se estaba fraguando algo gordo, le dieron voces en eskimal preguntándole qué ocurría. El Padre les respondió también en eskimal que le querían matar. Entonces los remeros cargaron los rifles y metieron los cañones por los agujeros y resquicios.
Al ver esto el Padre dio un salto ligerísimo hacia la puerta, que abrió medio a ciegas y salió en menos que se tarda en decirlo. Los remeros insistieron en acribillar a balazos a los dos rusos, pero el Padre se lo estorbó.
Los rusos, aunque no entendían las palabras, vieron que aquello olía a chamusquina y se guardaron de asomarse a la puerta, quedando por el mero hecho prisioneros del P. Tomás y muertos de miedo. Allí quedaron los dos agazapados y frustrados en sus deseos carnívoros de caza clerical, a la que -como todos sabemos están aficionadísimos.
Al llegar aquí le pregunté al Padre si le había entrado miedo. Me respondió que, por espacio de cinco minutos, se convenció plenísimamente de que le fusilaban sin ambajes, y que en cinta cinematográfica desfiló ante sus ojos el pasado ruin y miserable de su vida criminal y deseó haber sitio mejor. Tuvo tedio de morir. Tuvo pánico de morir.
Luego se consoló pensando que moría en la brecha y que Jesucristo le había de recibir en sus brazos amorosos, y aquí estuvo a punto de llorar de devoción. Devoción y pánico se sucedían atropelladamente, cuando los renteros intervinieron en su favor y le salvaron. Era un día muy frío, pero el Padre Tomás sudaba copiosamente.
Frío y hambre.
Este último invierno ha sido tal vez el más duro en los fastos de la isla. A principios de diciembre la temperatura bajó a 500 bajo cero. Y ahí quedó estacionada hasta fines de marzo.
El Padre no estaba preparado para tamaña contingencia. Al levantarse por la mañana, la cocina estaba a 25° bajo cero. Así se le estropearon las patatas, los huevos y la leche condensada.
Como el combustible se le iba a marchas forzadas, quiso ahorrar lo más posible, pero los efectos en la temperatura fueron tales, que llegó a pensar seriamente en el peligro posible de helarse durante el sueño, y por tanto no se atrevía a acostarse. Aquello iba presentando un cariz de mal agüero.
A principios del año llegaron las tormentas de nieve cargadas de ciclones, que se sucedían con una regularidad irritante, y la isla quedó convertida en un silencio y soledad de cementerio. Nadie osaba salir a la puerta y mucho menos salir de caza.
Las provisiones de los indígenas se agotaron, pero los ciclones no se agotaban. Un día de menos vendaval, los isleños entraron en tropel en la casa del Padre y le dijeron que se morían de hambre.
Aquí es donde el P. Tomás pensó con el corazón, como si no tuviera cabeza sobre los hombros. El eskimal es pedigüeño por naturaleza y holgazán, y como no tiene idea de lo que es vergüenza, pide y pide hasta que no queda en la aldea ni una cáscara de nuez. Si puede vivir mendigando, no trabaja.
Como todos se echan esa cuenta, hay que instruirles desde el principio y asegurarles que la ración del Padre es para él sólo y para nadie más. El P. Tomás no obró así. Les mandó ponerse en fila y les dio todo, absolutamente todo lo que tenía en casa, excepción hecha de un fardelito de té.
Los isleños cargaron con todo y se lo llevaron. A ellos, ¿qué les importaba lo que iba a comer el Padre? Ande yo caliente y... ahí me las den todas. Son como niños.
Pues bien, con este procedimiento de dar a destajo, el Padre quedó sometido a una dieta increíble. Por la mañana decía Misa y luego tomaba una taza de té. Por la tarde, otra taza. Por la noche, otra. al día siguiente lo mismo, y así sucesivamente cerca de cuatro meses.
De vez en cuando cogían alguna foca y le traían un trozo de hígado, que él freía lo mejor que sabía y luego devoraba lo más aprisa que podía.
Como las tormentas no amainaban, la caza de focas se hizo muy cuesta arriba y el Padre ya iba acostumbrándose a vivir sorbiendo té, cuando se acordaron que dos años antes habían enterrado en los pedruscos de la costa una ballena podrida, que no habtían podido terminar. El Padre y los isleños cavaron acá y allá hasta que la localizaron; y aquella ballena, corrompida primero, y helada después en dos inviernos sucesivos, les suministró dos comidas al día, hasta que volvieron a cazar más focas.
Un resbalón desgraciado.
No hace mucho, al trepar por las peñas con una foca al hombro, el Padre se resbaló y se fracturó una costilla. A falta de médico se la compuso él mismo, pero con tan mal acierto que el canto de una de las fracciones oprimía un pulmón y dio origen a una serie interminable de vómitos de sangre.
Había que arreglar aquella costilla, fracturándola de nuevo. Como no tuviese valor para quebrarla él mismo, dio un martillo a un eskimal, que se la partió de un martillazo. Una vez repuesto del susto, compuso las fracciones lo mejor que pudo; esta vez con más feliz resultado.
Mientras convalecía arrimado a la estufa, vino un grupo de eskimales de Diomedes la Grande, que deseaban danzar y divertirse con sus vecinos isleños. Antes de empezar la danza hubo un rato de catecismo, y los huéspedes asistieron a las instrucciones con toda espontaneidad. En Diomedes la Grande no hay catecismo, porque se enfadaría Stalin.
El Padre sostuvo con los súbditos de Rusia el siguiente interrogatorio:
¿Quién hizo las ballenas?
Stalin.
¿Quién hizo las focas?
Stalin.
¿Cuántos años tiene Stalin?
¡No sabemos !
¿Tendrá unos sesenta años?
¡Tal vez!
Pues entonces, ¿quién hizo las ballenas y las focas antes de que naciera Stalin?
Aqui los pobres eskimales súbditos de Rusia se rascaron la cabeza y carraspearon y confesaron ingenuamente que no sabían responder.
Noticias de última hora.
Todo esto me contaba en la habitación de Nome el P. Tomás. Yo también tenía noticias sensacionales que comunicarle. Ya hacía tres meses largos que reinaba felizmente Su Santidad Pío XII, y el Padre no lo sabía; como tampoco sabía que teníamos en Alaska Obispo auxiliar y un Provincial nuevo en la provincia adoptiva de Oregón.
De Franco no había oído más que el nombre. No sabía quién era quién, ni por qué luchaban y se mataban. Cuando le expliqué el estado de la cuestión, abrió unos ojos muy grandes y dio gracias al cielo por la victoria del Generalísimo sobre sus vecinos los rusos.
En la isla de Diomedes no hay periódicos, ni telégrafo, Ni siquiera radios. Allí se vive como vivirían los biznietos de Adán, que se internasen en valles remotos y deshabitados. El mundo, como nosotros le entendemos, no existe para ellos. En Diomedes la Chica no hay más mundo que las olas, el hielo, la caza, la pesca, la aldea y las estrellas.
Allí nacen y se crían y mueren, sin saber de trimotores, ni de tanques, ni de leyes agrarias, ni de cursos universitarios. Curtidos por los fríos y tormentas, y avezados a dormir al raso, sobre el hielo donde viven las focas, los eskimales de las islas, se crían fuertotes y melenudos, sin enfermedades nerviosas, ni prisas, ni miedos del porvenir.
Ahora se alza en su isla una iglesia, donde se bautizan, rezan, y donde vive oculto el mismo Jesucristo de las catedrales góticas de Castilla. Antes todo era superstición. Ahora ya saben que cuando van de caza es mejor rezar que acogerse a las antiguas supercherías; y rezan con una fe primitiva y sincera que les acarrea todo género de bendiciones.
El P. Tomás vive allí como un rey. Vino a Nome por provisiones y volvió lo más pronto que pudo. Si no volvió al día siguiente fue por charlar conmigo y escuchar mis comentarios a la guerra civil española, que acababa de terminar felizmente.
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EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE
9:16
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POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.
DOS MESES EN NOME
Un poco de historia.
Sólo una vez, desde 1901, la muy noble villa de Nome ha estado sin misionero. Los católicos de Nome no oyeron tañer la campana durante todo el invierno de 1939. Los fallecidos murieron sin sacramentos y a los nacidos no había quien los bautizase.
Celebrada la Pascua en Kotzebue, y hecha una visita al orfanotrofio de Pilgrim Springs, recibí órdenes de tomar el aeroplano y aterrizar en Nome, donde debía permanecer un par de meses, hasta que a fines de junio viniese de su Isla Singular el célebre Padre Lafortune.
Estas costas de Nome estuvieron desiertas desde mucho untes del diluvio, y por ellas retozaban corpulentos anfibios marinos, que no sabían de flechas ni de balas; pero en octubre de 1898 unos exploradores, curtidos a todos los temporales y arriesgados como pocos, después de mil fracasos por montes, valles y playas, descubrieron pepitas de oro en las arenas de la playa, que bautizaron con el nombre de Nome, y dos años más tarde las gaviotas vieron asustadas hileras interminables de tiendas de lona, donde se albergaban 25.000 mineros, procedentes de los cuatro Puntos Cardinales.
Allí se maldecía y se canturreaba en todas las lenguas llamadas civilizadas, hasta que poco a poco las tiendas fueron sustituidas por casetas de madera, sobre las que se erguían hoteles toscos, donde se vendían los huevos a veinte duros la docena, y donde un cántaro de vino se iba en copas, que costaban de diez a quince pesetas cada una.
En aquella multitud abigarrada de aventureros había un crecido número de católicos, que aplaudieron la idea de levantar una iglesia cuando les visitó y se lo propuso el P. René, en agosto de 1899.
Al año siguiente fue destinado a Nome el Padre Jacquet. El pobre Padre no duró mucho en la brega. Tres meses de invierno bastaron y sobraron para ponerle fuera de combate y dar con él en una camisa de fuerza. Trasladado a Holy Cross por las autoridades, recobró el juicio y trabajó a media máquina algunos años, hasta que murió plácidamente en el Yukon.
En 1901 llegaron dos Padres y levantaron la iglesia actual, cuya esbelta torre es el orgullo de la población. La cruz, en que remata, fue decorada con bombillas eléctricas, y aquella cruz iluminada salvó centenares de vidas en tormentas, borrascas y tinieblas invernales cuando navegantes y exploradores se extraviaban en la lejanía.
Años más tarde, en 1914, los yacimientos auríferos vinieron a menos, y la Compañía eléctrica, con la excusa de que no podía sufragar los gastos, cortó la corriente y la cruz cesó de brillar en la oscuridad.
Era entonces Nome una ciudad floreciente con Instituto, tres Diarios, calles, almacenes, cuatro sociedades secretas y trabajo para todos en abundancia. En nuestra iglesia se decían dos misas los do-mingos por no caber todos en una.
En 1903 arribó el P. Lafortune, que había de oscurecer con su brillo a todos los misioneros de Alaska, pasados y presentes. Pequeño de cuerpo, canadiense de nación, industrioso como pocos y habilidoso como el que más, este Padre que aún vive tomó a su cargo los indígenas de Nome y sus cercanías y levantó para ellos iglesia aparte, donde les predicaba en su misma lengua.
Bautizó eskimales a centenares, y se acostumbró a vivir y comer como ellos, sin que por eso dejara de ser con los blancos el sacerdote urbano y cortés, cuya santidad admiraban y admiran de consuno.
El "Diario" de los Misioneros
Apenas me instalé en Nome, abrí los cartapacios donde los Padres han venido escribiendo el Diario de la casa desde 1901 hasta 1939. Es un arsenal de información que no se puede valuar en dinero. Por allí desfila tullo.
Un grupo de señoras se encargó en 1906 de limpiar la iglesia y sufragar los gastos del altar. Poco a poco se convirtieron en dueñas absolutas de la iglesia, hasta que llegó un Padre de agallas y, después de estudiar el problema despacio, con una ironía socarrona y una tenacidad de hierro, las fue destronando insensiblemente, hasta que una mañana las buenas señoras se vieron en la calle sin saberlo.
Las tiples protestantes que cantaban en nuestro coro, y que se creían indispensables, fueron despedidas con una sonrisa tan fina y aristocrática, que a ellas mismas las hizo reír.
Hubo conversiones ruidosas, y pérdidas dolorosas, y muertes repentinas, que pusieron al pueblo los pelos de punta, y fallecimientos muy edificantes, que esparcieron olor de santidad por toda la población.
Hubo años de abundancia, y hubo años en que los Padres vivían adeudados y muy preocupados. Enfermedades, calumnias, propaganda subversiva, malas inteligencias, verdadera persecución... de todo libró Dios a los buenos Padres, que bregaban contra viento y marca, en un resalsero de pasiones bajas atizadas por personas constituidas en altos cargos y dignidades civiles.
Todo está en el Diario. Si una vieja eskimala regala dos libros de hígado de foca; si un solterón adinerado da quinientas pesetas para pintar las paredes y comprar carbón; si el señor Obispo, en la visite, les llama al orden por gastar mucha azúcar; si este año ha habido más o menos casos de locura que el año pasado; si será o no será contra la pobreza quemar incienso oloroso después de la catequesis de los eskimales, que olían que apestaban, etc., etc.
Hoy día Nome es una sombra del pasado. Quedan, sí, calles y muchas casas; pero no todas están habitadas.
No hay más que un periodicucho pobrísimo, que sale tres veces por semana. En las páginas emponzoñadas de este papelón ridículo se envenenaron las mentes de los habitantes de Nome en la cuestión de la guerra española.
Uno de los católicos más influyentes de Nome no vaciló en decirme que Franco era un demonio disfrazado de hombre, un Atila, etc., etc. Todos mis argumentos en contra se estrellaron o rebotaron en aquella testuz de carnero bravío. Lo había dicho el periódico, luego así tenía que ser.
Los aventureros del Polo.
Los primeros días fui a comer a una venta, mitad fonda, mitad taberna. Allí tuve que codearme con el celebérrimo tipo de viejo aventurero, que vino en 1898 y anda todavía vagando por las proximidades del Círculo Polar.
El nombre genérico que comprende a todos los viejos de esta catadura es “saordó”. Rigurosamente hablando, todo el que en noviembre vea helarse los ríos y las playas y presencie el deshielo en junio, pasa por el mero hecho a la categoría de “saordó”.
Mientras más inviernos se pasan en Alaska, más tiene uno de “saordó”. Pero hay “saordós” y “saordós”. Yo mismo soy un “saordó” en rigor técnico, aunque no me precie de ello en presencia de los viejos.
El “saordó” castizo es esto: septuagenario, soltero, alto y encorvado, calvo o con un pelo ralo blanquísimo, bigote rubio, ojos azules y aguardentosos, pipa negra y jorobada que cae hasta la perilla, chaquetón que sujeta un cinturón hermano carnal de la cincha, botas anfibias, de goma hasta los tobillos y de cuero el resto hasta la rodilla; no tiene religión, escupe treinta veces por minuto, lo ha leído todo, lo sabe todo, lo ha visto todo, lo quiere hablar todo, come por diez y se llama Jorge.
El que se llama Bernabé, Dionisio, Jeremías o Gregorio no es “aordó” legítimo, sino extranjero y advenedizo, tal vez ruso, bohemio o yugoslavo. Tiene quo llamarse Jorge y venir de antepasados escoceses, yankis o escandinavos.
Asimismo tiene que ser masón y gloriarse de ello; y, por último, tiene que poner en el mismo plano a Hitler, Franco y Mussolini y desearles a los tres muerte a fuego lento acá en la tierra, y una eternidad de horrores en el infierno.
Cuando el “saordó” enferma de gravedad, sus viejos hermanos masones le ponen un garrafón de vino junto a la almohada para aliviarle los trances penosos de la agonía; y, cuando el infeliz se desploma inerte como encina corroída y deja de escupir, le amortajan caritativamente y le llevan al cementerio masónico.
En el centro del cementerio general de Nome hay un reservado con rótulos enormes que dicen: “Cementerio Masónico”. El fin de estos rótulos es facilitar el día del Juicio a los Angeles la tarea penosa de separar los malos de los buenos. El Angel que, de un vistazo, vea salir de esta parcela masónica una caterva de seres espantadizos, ganará tiempo acorralándolos a todos a la izquierda sin más ceremonias.
Celos y charlas femeninas
En Nome tuve sorpresas que en Kotzebue ni las hubiera soñado. Una señora viuda, octogenaria, me llevó un mazapán con adornos de baño blanco y canela que me desarmó con sólo mirarle. En el aturdimiento consiguiente le ofrecí a la señora una silla, y el dichoso mazapán me costó dos horas y media de escuchamiento.
A los tres días, otro mazapán y dos horas en las sillas. Al día siguiente, un paquete de rosquillas deliciosas y tanta charla que, cortando todos los nudos gordianos de la urbanidad más elemental, miré al reloj y me excusé con que tenía que rezar el Breviario.
Al día siguiente, dos pollos desplumados; abiertos y helados y una charla que no llevaba trazas de acabar.
Otra señora adiposa y septuagenaria, no católica, viuda de un renegado católico que murió sin Sacramentos, tuvo celos de la octogenaria y, no queriendo ser menos, me empezó a traer rosquillas y mazapanes, que yo tenía que pagar con asentadas eternas, escuchando detalles minuciosísimos de episodios los más ridículos y baladíes. Allí me enteré de la vida y milagros de las dos terceras partes de la población.
Las dos señoras se sabían de memoria una a otra, y las dos se querían como la zorra y la gallina. La octogenaria prometió revocar el testamento y escribir otro donde estuviera incluido mi nombre. La septuagenaria se contentó con hacerme probar un traje planchado y seminuevo de su difunto esposo, más unas camisas y un maletín repleto de pañuelos blancos muy majos.
Al preguntarlas separadamente por qué no habían hecho eso años antes con otro Padre, me respondieron que nunca habían hallado oportunidad de hacerlo; pues, o no los habían hallado en casa cuando iban a visitarlos, o, si los hallaban, no tenían paciencia para escucharlas y las despedían a tocateja con buenos modos y maneras.
La respuesta me hizo reír. Unos días antes mi paciencia había estado a punto de estallar.
Los católicos se alegraron de ver de nuevo al misionero y acudieron con fidelidad a cumplir con Pascua. Siguiendo una costumbre inmemorial, los blancos se sientan a un lado y los indígenas y mestizos a otro.
Todos hablan inglés. Los mismos indígenas se van avergonzando de su lengua gutural, y se vanaglorian de hablar inglés, y hasta de salir con frases elegantes y palabras floridas, que no dicen del todo bien, entre giros bárbaros y frases incorrectas.
El hospital de Nome
Desde 1906 hasta 1919 hubo en Nome un hospital católico, regentado por Hermanas de la Caridad amables y abnegadas, como es proverbial en ellas.
En toda la redondez del globo son estas hermanas respetadas y buscadas, y dondequiera que levantan ellas un hospital, arruinan irremisiblemente a los hospitales circunvecinos. Los enfermos quieren ser tratados por las hermanas, y por nadie más.
Pero Nome es una excepción en el mundo. Nome es el tipo clásico de pueblo venido a menos, habitado por tipos de una pedantería soez que consideran progreso pertenecer a la masonería, creer en la evolución, dudar filosóficamente delta existencia de Dios, y evitar todo contacto con el Catolicismo retrogrador y opresor de las conciencias.
La presencia de un hospital católico entre sus chozas atiborradas de revistas indecentes era un reto al progreso y a la libertad de pensamiento.
Después de muchas juntas y disputas, decidieron llamar a los protestantes, a quienes aseguraron que favorecerían contra la institución católica. Así lo hicieron. Las Hermanas se trasladaron al sur de la península y dejaron el campo a los Metodistas.
Ahora el hospital está regentado por gente de negocio, que se cuida más de los dólares que de los dolores de los enfermos. Las enfermeras tienen novio y no atienden a los enfermos como lo hacían 1as Hermanas. Los viejos marrulleros, que invitaron a los Metodistas, vieron el error y escribieron cartas a las Hermanas rogándolas volver. Ninguna de las cartas recibió contestación. Así escarmientan otros en cabeza ajena.
Con el campeón de ajedrez.
En este hospital incoloro había un enfermo hidrópico, un “saordó” de los castizos, que era el campeón de ajedrez desde 1915. Le visité y jugamos una tarde. Ya se veía que era el campeón ! Como me paraba los pies a las pocas jugadas, decidimos que jugara él sin una torre, y así tuvimos unos juegos interesantísimos. Una tarde me ganó sin torre.
Al día siguiente fui al hospital muy de prisa y decidido a darle una paliza, y me encontré con que la cama estaba vacía. Había muerto por la noche. Quedé muy impresionado, pues el pobre señor no tenía religión, ni la había querido tener jamás.
Con todo, nos habíamos hecho verdaderos amigos en aquella cama donde nos sentábamos a estudiar jugadas nuevas y ataques inesperados. Sus restos descansan blandamente en el cementerio masónico.
DOS MESES EN NOME
Un poco de historia.
Sólo una vez, desde 1901, la muy noble villa de Nome ha estado sin misionero. Los católicos de Nome no oyeron tañer la campana durante todo el invierno de 1939. Los fallecidos murieron sin sacramentos y a los nacidos no había quien los bautizase.
Celebrada la Pascua en Kotzebue, y hecha una visita al orfanotrofio de Pilgrim Springs, recibí órdenes de tomar el aeroplano y aterrizar en Nome, donde debía permanecer un par de meses, hasta que a fines de junio viniese de su Isla Singular el célebre Padre Lafortune.
Estas costas de Nome estuvieron desiertas desde mucho untes del diluvio, y por ellas retozaban corpulentos anfibios marinos, que no sabían de flechas ni de balas; pero en octubre de 1898 unos exploradores, curtidos a todos los temporales y arriesgados como pocos, después de mil fracasos por montes, valles y playas, descubrieron pepitas de oro en las arenas de la playa, que bautizaron con el nombre de Nome, y dos años más tarde las gaviotas vieron asustadas hileras interminables de tiendas de lona, donde se albergaban 25.000 mineros, procedentes de los cuatro Puntos Cardinales.
Allí se maldecía y se canturreaba en todas las lenguas llamadas civilizadas, hasta que poco a poco las tiendas fueron sustituidas por casetas de madera, sobre las que se erguían hoteles toscos, donde se vendían los huevos a veinte duros la docena, y donde un cántaro de vino se iba en copas, que costaban de diez a quince pesetas cada una.
En aquella multitud abigarrada de aventureros había un crecido número de católicos, que aplaudieron la idea de levantar una iglesia cuando les visitó y se lo propuso el P. René, en agosto de 1899.
Al año siguiente fue destinado a Nome el Padre Jacquet. El pobre Padre no duró mucho en la brega. Tres meses de invierno bastaron y sobraron para ponerle fuera de combate y dar con él en una camisa de fuerza. Trasladado a Holy Cross por las autoridades, recobró el juicio y trabajó a media máquina algunos años, hasta que murió plácidamente en el Yukon.
En 1901 llegaron dos Padres y levantaron la iglesia actual, cuya esbelta torre es el orgullo de la población. La cruz, en que remata, fue decorada con bombillas eléctricas, y aquella cruz iluminada salvó centenares de vidas en tormentas, borrascas y tinieblas invernales cuando navegantes y exploradores se extraviaban en la lejanía.
Años más tarde, en 1914, los yacimientos auríferos vinieron a menos, y la Compañía eléctrica, con la excusa de que no podía sufragar los gastos, cortó la corriente y la cruz cesó de brillar en la oscuridad.
Era entonces Nome una ciudad floreciente con Instituto, tres Diarios, calles, almacenes, cuatro sociedades secretas y trabajo para todos en abundancia. En nuestra iglesia se decían dos misas los do-mingos por no caber todos en una.
En 1903 arribó el P. Lafortune, que había de oscurecer con su brillo a todos los misioneros de Alaska, pasados y presentes. Pequeño de cuerpo, canadiense de nación, industrioso como pocos y habilidoso como el que más, este Padre que aún vive tomó a su cargo los indígenas de Nome y sus cercanías y levantó para ellos iglesia aparte, donde les predicaba en su misma lengua.
Bautizó eskimales a centenares, y se acostumbró a vivir y comer como ellos, sin que por eso dejara de ser con los blancos el sacerdote urbano y cortés, cuya santidad admiraban y admiran de consuno.
El "Diario" de los Misioneros
Apenas me instalé en Nome, abrí los cartapacios donde los Padres han venido escribiendo el Diario de la casa desde 1901 hasta 1939. Es un arsenal de información que no se puede valuar en dinero. Por allí desfila tullo.
Un grupo de señoras se encargó en 1906 de limpiar la iglesia y sufragar los gastos del altar. Poco a poco se convirtieron en dueñas absolutas de la iglesia, hasta que llegó un Padre de agallas y, después de estudiar el problema despacio, con una ironía socarrona y una tenacidad de hierro, las fue destronando insensiblemente, hasta que una mañana las buenas señoras se vieron en la calle sin saberlo.
Las tiples protestantes que cantaban en nuestro coro, y que se creían indispensables, fueron despedidas con una sonrisa tan fina y aristocrática, que a ellas mismas las hizo reír.
Hubo conversiones ruidosas, y pérdidas dolorosas, y muertes repentinas, que pusieron al pueblo los pelos de punta, y fallecimientos muy edificantes, que esparcieron olor de santidad por toda la población.
Hubo años de abundancia, y hubo años en que los Padres vivían adeudados y muy preocupados. Enfermedades, calumnias, propaganda subversiva, malas inteligencias, verdadera persecución... de todo libró Dios a los buenos Padres, que bregaban contra viento y marca, en un resalsero de pasiones bajas atizadas por personas constituidas en altos cargos y dignidades civiles.
Todo está en el Diario. Si una vieja eskimala regala dos libros de hígado de foca; si un solterón adinerado da quinientas pesetas para pintar las paredes y comprar carbón; si el señor Obispo, en la visite, les llama al orden por gastar mucha azúcar; si este año ha habido más o menos casos de locura que el año pasado; si será o no será contra la pobreza quemar incienso oloroso después de la catequesis de los eskimales, que olían que apestaban, etc., etc.
Hoy día Nome es una sombra del pasado. Quedan, sí, calles y muchas casas; pero no todas están habitadas.
No hay más que un periodicucho pobrísimo, que sale tres veces por semana. En las páginas emponzoñadas de este papelón ridículo se envenenaron las mentes de los habitantes de Nome en la cuestión de la guerra española.
Uno de los católicos más influyentes de Nome no vaciló en decirme que Franco era un demonio disfrazado de hombre, un Atila, etc., etc. Todos mis argumentos en contra se estrellaron o rebotaron en aquella testuz de carnero bravío. Lo había dicho el periódico, luego así tenía que ser.
Los aventureros del Polo.
Los primeros días fui a comer a una venta, mitad fonda, mitad taberna. Allí tuve que codearme con el celebérrimo tipo de viejo aventurero, que vino en 1898 y anda todavía vagando por las proximidades del Círculo Polar.
El nombre genérico que comprende a todos los viejos de esta catadura es “saordó”. Rigurosamente hablando, todo el que en noviembre vea helarse los ríos y las playas y presencie el deshielo en junio, pasa por el mero hecho a la categoría de “saordó”.
Mientras más inviernos se pasan en Alaska, más tiene uno de “saordó”. Pero hay “saordós” y “saordós”. Yo mismo soy un “saordó” en rigor técnico, aunque no me precie de ello en presencia de los viejos.
El “saordó” castizo es esto: septuagenario, soltero, alto y encorvado, calvo o con un pelo ralo blanquísimo, bigote rubio, ojos azules y aguardentosos, pipa negra y jorobada que cae hasta la perilla, chaquetón que sujeta un cinturón hermano carnal de la cincha, botas anfibias, de goma hasta los tobillos y de cuero el resto hasta la rodilla; no tiene religión, escupe treinta veces por minuto, lo ha leído todo, lo sabe todo, lo ha visto todo, lo quiere hablar todo, come por diez y se llama Jorge.
El que se llama Bernabé, Dionisio, Jeremías o Gregorio no es “aordó” legítimo, sino extranjero y advenedizo, tal vez ruso, bohemio o yugoslavo. Tiene quo llamarse Jorge y venir de antepasados escoceses, yankis o escandinavos.
Asimismo tiene que ser masón y gloriarse de ello; y, por último, tiene que poner en el mismo plano a Hitler, Franco y Mussolini y desearles a los tres muerte a fuego lento acá en la tierra, y una eternidad de horrores en el infierno.
Cuando el “saordó” enferma de gravedad, sus viejos hermanos masones le ponen un garrafón de vino junto a la almohada para aliviarle los trances penosos de la agonía; y, cuando el infeliz se desploma inerte como encina corroída y deja de escupir, le amortajan caritativamente y le llevan al cementerio masónico.
En el centro del cementerio general de Nome hay un reservado con rótulos enormes que dicen: “Cementerio Masónico”. El fin de estos rótulos es facilitar el día del Juicio a los Angeles la tarea penosa de separar los malos de los buenos. El Angel que, de un vistazo, vea salir de esta parcela masónica una caterva de seres espantadizos, ganará tiempo acorralándolos a todos a la izquierda sin más ceremonias.
Celos y charlas femeninas
En Nome tuve sorpresas que en Kotzebue ni las hubiera soñado. Una señora viuda, octogenaria, me llevó un mazapán con adornos de baño blanco y canela que me desarmó con sólo mirarle. En el aturdimiento consiguiente le ofrecí a la señora una silla, y el dichoso mazapán me costó dos horas y media de escuchamiento.
A los tres días, otro mazapán y dos horas en las sillas. Al día siguiente, un paquete de rosquillas deliciosas y tanta charla que, cortando todos los nudos gordianos de la urbanidad más elemental, miré al reloj y me excusé con que tenía que rezar el Breviario.
Al día siguiente, dos pollos desplumados; abiertos y helados y una charla que no llevaba trazas de acabar.
Otra señora adiposa y septuagenaria, no católica, viuda de un renegado católico que murió sin Sacramentos, tuvo celos de la octogenaria y, no queriendo ser menos, me empezó a traer rosquillas y mazapanes, que yo tenía que pagar con asentadas eternas, escuchando detalles minuciosísimos de episodios los más ridículos y baladíes. Allí me enteré de la vida y milagros de las dos terceras partes de la población.
Las dos señoras se sabían de memoria una a otra, y las dos se querían como la zorra y la gallina. La octogenaria prometió revocar el testamento y escribir otro donde estuviera incluido mi nombre. La septuagenaria se contentó con hacerme probar un traje planchado y seminuevo de su difunto esposo, más unas camisas y un maletín repleto de pañuelos blancos muy majos.
Al preguntarlas separadamente por qué no habían hecho eso años antes con otro Padre, me respondieron que nunca habían hallado oportunidad de hacerlo; pues, o no los habían hallado en casa cuando iban a visitarlos, o, si los hallaban, no tenían paciencia para escucharlas y las despedían a tocateja con buenos modos y maneras.
La respuesta me hizo reír. Unos días antes mi paciencia había estado a punto de estallar.
Los católicos se alegraron de ver de nuevo al misionero y acudieron con fidelidad a cumplir con Pascua. Siguiendo una costumbre inmemorial, los blancos se sientan a un lado y los indígenas y mestizos a otro.
Todos hablan inglés. Los mismos indígenas se van avergonzando de su lengua gutural, y se vanaglorian de hablar inglés, y hasta de salir con frases elegantes y palabras floridas, que no dicen del todo bien, entre giros bárbaros y frases incorrectas.
El hospital de Nome
Desde 1906 hasta 1919 hubo en Nome un hospital católico, regentado por Hermanas de la Caridad amables y abnegadas, como es proverbial en ellas.
En toda la redondez del globo son estas hermanas respetadas y buscadas, y dondequiera que levantan ellas un hospital, arruinan irremisiblemente a los hospitales circunvecinos. Los enfermos quieren ser tratados por las hermanas, y por nadie más.
Pero Nome es una excepción en el mundo. Nome es el tipo clásico de pueblo venido a menos, habitado por tipos de una pedantería soez que consideran progreso pertenecer a la masonería, creer en la evolución, dudar filosóficamente delta existencia de Dios, y evitar todo contacto con el Catolicismo retrogrador y opresor de las conciencias.
La presencia de un hospital católico entre sus chozas atiborradas de revistas indecentes era un reto al progreso y a la libertad de pensamiento.
Después de muchas juntas y disputas, decidieron llamar a los protestantes, a quienes aseguraron que favorecerían contra la institución católica. Así lo hicieron. Las Hermanas se trasladaron al sur de la península y dejaron el campo a los Metodistas.
Ahora el hospital está regentado por gente de negocio, que se cuida más de los dólares que de los dolores de los enfermos. Las enfermeras tienen novio y no atienden a los enfermos como lo hacían 1as Hermanas. Los viejos marrulleros, que invitaron a los Metodistas, vieron el error y escribieron cartas a las Hermanas rogándolas volver. Ninguna de las cartas recibió contestación. Así escarmientan otros en cabeza ajena.
Con el campeón de ajedrez.
En este hospital incoloro había un enfermo hidrópico, un “saordó” de los castizos, que era el campeón de ajedrez desde 1915. Le visité y jugamos una tarde. Ya se veía que era el campeón ! Como me paraba los pies a las pocas jugadas, decidimos que jugara él sin una torre, y así tuvimos unos juegos interesantísimos. Una tarde me ganó sin torre.
Al día siguiente fui al hospital muy de prisa y decidido a darle una paliza, y me encontré con que la cama estaba vacía. Había muerto por la noche. Quedé muy impresionado, pues el pobre señor no tenía religión, ni la había querido tener jamás.
Con todo, nos habíamos hecho verdaderos amigos en aquella cama donde nos sentábamos a estudiar jugadas nuevas y ataques inesperados. Sus restos descansan blandamente en el cementerio masónico.
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mensaje
11:52
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Las visitas de la Virgen siempre nos traen a Jesús, y nos lleva a Jesús. Y para ello, para verle con toda su plenitud, es importante la limpieza del corazón, la limpieza del alma, quitándonos todo pecado. Y algunos todavía siguen pensando y diciendo: ¿y por qué tengo que confesarme con un hombre pecador, que es como los demás o peor? Sencillamente porque Jesús así lo quiso en San Juan 20, dándonos al Espíritu Santo y la potestad de juzgar y perdonar o no, según se vea la disposición del penitente. Pudo poner Ángeles en el sacerdocio, pero quiso poner hombres de carne y hueso. Así lo manda también el apóstol Santiago en su carta. El Papa se confiesa ante otro sacerdote, los Obispos se confiesan con cualquier sacerdote que ellos quieran; y los sacerdotes también; y con frecuencia, que ayuda mucho para superarnos. Yo me confieso cada quince días; y el sacerdote que me confiesa, luego se confiesa él conmigo. Porque podemos perdonar los pecados de otros, pero los nuestros no.
Los médicos también tienen que ir a otro médico, y también se mueren. Y si vamos al médico porque ha estudiado, también los sacerdotes hemos estudiado, y además, tenemos al Espíritu Santo en el Sacramento del Orden. San Agustín te dice: o Confesión o condenación. Porque si no te lavas, estás sucio, y si no comes, te mueres; pasa en el cuerpo, y pasa en el alma.
Padre Juan, Serviam.
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Annus Sacerdotalis
17:51
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19.- El Año Paulino que está por concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente «entregado» a su ministerio. «Nos apremia el amor de Cristo –escribía–, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron» (2 Co 5, 14). Y añadía: «Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?
20.- Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: «Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854»50. El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que «Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre»51.
21.- Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.
20.- Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: «Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854»50. El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que «Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre»51.
21.- Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.
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En las Lomas del Polo Norte - Padre Segundo LLorente
jueves, 19 de agosto de 2010
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EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE
viernes, 30 de julio de 2010
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EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE
viernes, 11 de junio de 2010
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.
LAS ISLAS DIOMEDES
El P. Cunninham.
A un tiro de piedra de una a otra, hay dos islas en la parte norte del embudo del Estrecho de Bering. Por entre las dos pasa la línea imaginaria que separa a un día de otro; el meridiano donde empiezan y rematan los siete días de la semana. La isla mayor se llama Diomedes la Grande, y pertenece a Rusia; la menor se llama Diomedes la Chica, y pertenece a los Estados Unidos.
Las dos islas están habitadas por eskimales de pura cepa. Los de Diomedes la Grande son paganos, porque así lo ha dispuesto Stalin; los de Diomedes la Chica son en su mayoría católicos, porque tienen la dicha de albergar en su isla al misionero jesuita Padre Tomás Cunninham, de treinta y tres años, natural de Nueva Zelanda, que es ni más ni menos el centro geográfico de los antípodas de España.
El P. Tomás vino a Alaska conmigo en 1935 y pasó el primer invierno en Nome. En el verano se enteró de las condiciones favorables de las islas Diomedes y se decidió a probar fortuna. Reunió a toda prisa el material necesario para levantar una capilla y navegó impertérrito por entre los bloques de hielo en una barcaza de piel de morsa.
Cuando cerró el invierno y cayó sobre la isla el primer manto de nieve, el Padre remachó los últimos clavos del tejado y se pudo guarecer adentro junto a la estufa. La novedad atrajo a los isleños, que empezaron a convertirse con toda sencillez e ingenuidad.
Acabo de pasar unos días con el Padre Tomás. El otro día, mientras trabajaba yo en la residencia de Nome, llamaron a la puerta y vi entrar un espectro que pugnó por sacarme los ojos de las órbitas. No cabía duda: aquel era el P. Tomás, Tom, como le llamamos en familia. En 1935, Tom era un mocetón esbelto y garrido, Hoy, Tom es una reliquia del pasado. Sin afeitar, los ojos hundidos, sucio, desaliñado y macilento sobremanera, Tom tiene todas las características de un cadáver ambulante.
Fauna marina
Las islas Diomedes han venido manteniendo poblaciones indígenas desde el alborear de los siglos, merced a las focas mofletudas que, en bandadas incontables, se divierten sin césar a corta distancia de la costa.
Sin mezclarse con las focas y en bandadas menos numerosas, merodean asimismo los contornos de la isla morsas gigantescas, llamadas también vacas marinas walrús, cuyos colmillos descomunales surten de marfil los mercados, más pródigamente que los elefantes, de Existencia precaria.
Las morsas tienen por Biblia el Korán. Cada macho es un califa, con un harén interminable de hembras, que le siguen muy sumisas, y las infidelidades se pagan con muerte instantánea, administrada por los malhadados colmillos.
Celos son también causa inacabable de colmillazos mortales y, finalmente, uno de los espectáculos más excitantes e imponentes de la creación es presenciar el combate a muerte de dos machos corpulentos en la playa arenosa de un islote remoto y solitario. El macho de edad madura pesa, aproximadamente, tres toneladas, y maneja unos colmillos de cuarenta kilogramos cada uno.
Con el vasto mar por plaza de toros y los dos harenes por testigos, los dos toros marinos se atacan y contraatacan, y gruñen, y bufan, y se acaballan, y se sumergen, y vuelven a la lidia con ojos de furor y sangre hasta que uno, en aquella esgrima a muerte, halla una entrada favorable y cae sobre el adversario con todo el ímpetu de que es capaz y le hunde los colmillos hasta la raíz.
Mientras el infeliz vencido agoniza en un oleaje de sangre, las viudas pasan a ser propiedad del vencedor, a quien acatan humildemente, y aquel harén crece y se multiplica.
Además de las focas y morsas surcan las aguas frías de Diomedes ballenas blancas en buen número y una variedad riquísima de peces de todos los colores. En el verano vienen los gansos y patos silvestres y lo llenan todo de huevos y pechugas.
Con estas ayudas de costa, los isleños pasan nueve meses en Diomedes, y en el verano van a Nome, donde trafican con el marfil y pieles sobadas y se proveen de ropas y alimentos para el resto del año en la isla.
En poder de los Soviets
El P. Tomás pasó allí el primer invierno sin percance alguno. Con el rifle al hombro, y bien abrigado, salía de caza con los indígenas y volvían todos arrastrando un trineo repleto de focas, que luego repartían amistosamente. Se ganó la simpatía de los isleños por su puntería feliz y su facilidad en aprender la lengua.
El segundo año se vió de hoz y coz en un apuro que no olvidará mientras viva. Era a la entrada del verano, y el Padre remaba con un grupo de isleños armados de rifles y arpones a caza de focas. A poco el cielo se encapotó, y el mar se alborotó, y la barca llegó a duras penas a una playa de Diomedes la grande, donde anclaron muy contentos y optimistas.
De repente, el Padre vió delante de sí a un hombre con uniforme ruso, que le puso el revólver a dos palmos de las narices. Retrocedió el Padre por instinto y chocó con el revólver de otro oficial, que le apuntaba a la nuca.
Le obligaron por señas a que les siguiera y le metieron en una caseta, donde le juzgaron sumarísimamente y le condenaron a ser deportado a Siberia, para ser allí fusilado.
Hacía de intérprete un mestizo que sabía ruso y eskimal. Los oficiales rusos dedujeron que el Padre Tomás era un espía, por dos razones: hablaba el eskimal, cosa inexplicable en un blanco, y pasaba todo el invierno en Diomedes la Chica, allí, a las puertas de la Rusia soviética, desde donde le era relativamente fácil espiar los hechos y dichos de los rojos.
Sólo un espía de profesión podía vivir allí. Además, a ningún sacerdote le está permitida la entrada en territorio alguno soviético sin pasaporte, y aquí estaba el Padre Tomás cogido con las manos en la masa.
Todo esto duró menos de media hora, encerrados en aquella caseta destartalada. Los remeros del Padre le esperaban afuera impacientes, y como tardaba en salir, y sospechasen que tal vez se estaba fraguando algo gordo, le dieron voces en eskimal preguntándole qué ocurría. El Padre les respondió también en eskimal que le querían matar. Entonces los remeros cargaron los rifles y metieron los cañones por los agujeros y resquicios.
Al ver esto el Padre dio un salto ligerísimo hacia la puerta, que abrió medio a ciegas y salió en menos que se tarda en decirlo. Los remeros insistieron en acribillar a balazos a los dos rusos, pero el Padre se lo estorbó.
Los rusos, aunque no entendían las palabras, vieron que aquello olía a chamusquina y se guardaron de asomarse a la puerta, quedando por el mero hecho prisioneros del P. Tomás y muertos de miedo. Allí quedaron los dos agazapados y frustrados en sus deseos carnívoros de caza clerical, a la que -como todos sabemos están aficionadísimos.
Al llegar aquí le pregunté al Padre si le había entrado miedo. Me respondió que, por espacio de cinco minutos, se convenció plenísimamente de que le fusilaban sin ambajes, y que en cinta cinematográfica desfiló ante sus ojos el pasado ruin y miserable de su vida criminal y deseó haber sitio mejor. Tuvo tedio de morir. Tuvo pánico de morir.
Luego se consoló pensando que moría en la brecha y que Jesucristo le había de recibir en sus brazos amorosos, y aquí estuvo a punto de llorar de devoción. Devoción y pánico se sucedían atropelladamente, cuando los renteros intervinieron en su favor y le salvaron. Era un día muy frío, pero el Padre Tomás sudaba copiosamente.
Frío y hambre.
Este último invierno ha sido tal vez el más duro en los fastos de la isla. A principios de diciembre la temperatura bajó a 500 bajo cero. Y ahí quedó estacionada hasta fines de marzo.
El Padre no estaba preparado para tamaña contingencia. Al levantarse por la mañana, la cocina estaba a 25° bajo cero. Así se le estropearon las patatas, los huevos y la leche condensada.
Como el combustible se le iba a marchas forzadas, quiso ahorrar lo más posible, pero los efectos en la temperatura fueron tales, que llegó a pensar seriamente en el peligro posible de helarse durante el sueño, y por tanto no se atrevía a acostarse. Aquello iba presentando un cariz de mal agüero.
A principios del año llegaron las tormentas de nieve cargadas de ciclones, que se sucedían con una regularidad irritante, y la isla quedó convertida en un silencio y soledad de cementerio. Nadie osaba salir a la puerta y mucho menos salir de caza.
Las provisiones de los indígenas se agotaron, pero los ciclones no se agotaban. Un día de menos vendaval, los isleños entraron en tropel en la casa del Padre y le dijeron que se morían de hambre.
Aquí es donde el P. Tomás pensó con el corazón, como si no tuviera cabeza sobre los hombros. El eskimal es pedigüeño por naturaleza y holgazán, y como no tiene idea de lo que es vergüenza, pide y pide hasta que no queda en la aldea ni una cáscara de nuez. Si puede vivir mendigando, no trabaja.
Como todos se echan esa cuenta, hay que instruirles desde el principio y asegurarles que la ración del Padre es para él sólo y para nadie más. El P. Tomás no obró así. Les mandó ponerse en fila y les dio todo, absolutamente todo lo que tenía en casa, excepción hecha de un fardelito de té.
Los isleños cargaron con todo y se lo llevaron. A ellos, ¿qué les importaba lo que iba a comer el Padre? Ande yo caliente y... ahí me las den todas. Son como niños.
Pues bien, con este procedimiento de dar a destajo, el Padre quedó sometido a una dieta increíble. Por la mañana decía Misa y luego tomaba una taza de té. Por la tarde, otra taza. Por la noche, otra. al día siguiente lo mismo, y así sucesivamente cerca de cuatro meses.
De vez en cuando cogían alguna foca y le traían un trozo de hígado, que él freía lo mejor que sabía y luego devoraba lo más aprisa que podía.
Como las tormentas no amainaban, la caza de focas se hizo muy cuesta arriba y el Padre ya iba acostumbrándose a vivir sorbiendo té, cuando se acordaron que dos años antes habían enterrado en los pedruscos de la costa una ballena podrida, que no habtían podido terminar. El Padre y los isleños cavaron acá y allá hasta que la localizaron; y aquella ballena, corrompida primero, y helada después en dos inviernos sucesivos, les suministró dos comidas al día, hasta que volvieron a cazar más focas.
Un resbalón desgraciado.
No hace mucho, al trepar por las peñas con una foca al hombro, el Padre se resbaló y se fracturó una costilla. A falta de médico se la compuso él mismo, pero con tan mal acierto que el canto de una de las fracciones oprimía un pulmón y dio origen a una serie interminable de vómitos de sangre.
Había que arreglar aquella costilla, fracturándola de nuevo. Como no tuviese valor para quebrarla él mismo, dio un martillo a un eskimal, que se la partió de un martillazo. Una vez repuesto del susto, compuso las fracciones lo mejor que pudo; esta vez con más feliz resultado.
Mientras convalecía arrimado a la estufa, vino un grupo de eskimales de Diomedes la Grande, que deseaban danzar y divertirse con sus vecinos isleños. Antes de empezar la danza hubo un rato de catecismo, y los huéspedes asistieron a las instrucciones con toda espontaneidad. En Diomedes la Grande no hay catecismo, porque se enfadaría Stalin.
El Padre sostuvo con los súbditos de Rusia el siguiente interrogatorio:
¿Quién hizo las ballenas?
Stalin.
¿Quién hizo las focas?
Stalin.
¿Cuántos años tiene Stalin?
¡No sabemos !
¿Tendrá unos sesenta años?
¡Tal vez!
Pues entonces, ¿quién hizo las ballenas y las focas antes de que naciera Stalin?
Aqui los pobres eskimales súbditos de Rusia se rascaron la cabeza y carraspearon y confesaron ingenuamente que no sabían responder.
Noticias de última hora.
Todo esto me contaba en la habitación de Nome el P. Tomás. Yo también tenía noticias sensacionales que comunicarle. Ya hacía tres meses largos que reinaba felizmente Su Santidad Pío XII, y el Padre no lo sabía; como tampoco sabía que teníamos en Alaska Obispo auxiliar y un Provincial nuevo en la provincia adoptiva de Oregón.
De Franco no había oído más que el nombre. No sabía quién era quién, ni por qué luchaban y se mataban. Cuando le expliqué el estado de la cuestión, abrió unos ojos muy grandes y dio gracias al cielo por la victoria del Generalísimo sobre sus vecinos los rusos.
En la isla de Diomedes no hay periódicos, ni telégrafo, Ni siquiera radios. Allí se vive como vivirían los biznietos de Adán, que se internasen en valles remotos y deshabitados. El mundo, como nosotros le entendemos, no existe para ellos. En Diomedes la Chica no hay más mundo que las olas, el hielo, la caza, la pesca, la aldea y las estrellas.
Allí nacen y se crían y mueren, sin saber de trimotores, ni de tanques, ni de leyes agrarias, ni de cursos universitarios. Curtidos por los fríos y tormentas, y avezados a dormir al raso, sobre el hielo donde viven las focas, los eskimales de las islas, se crían fuertotes y melenudos, sin enfermedades nerviosas, ni prisas, ni miedos del porvenir.
Ahora se alza en su isla una iglesia, donde se bautizan, rezan, y donde vive oculto el mismo Jesucristo de las catedrales góticas de Castilla. Antes todo era superstición. Ahora ya saben que cuando van de caza es mejor rezar que acogerse a las antiguas supercherías; y rezan con una fe primitiva y sincera que les acarrea todo género de bendiciones.
El P. Tomás vive allí como un rey. Vino a Nome por provisiones y volvió lo más pronto que pudo. Si no volvió al día siguiente fue por charlar conmigo y escuchar mis comentarios a la guerra civil española, que acababa de terminar felizmente.
LAS ISLAS DIOMEDES
El P. Cunninham.
A un tiro de piedra de una a otra, hay dos islas en la parte norte del embudo del Estrecho de Bering. Por entre las dos pasa la línea imaginaria que separa a un día de otro; el meridiano donde empiezan y rematan los siete días de la semana. La isla mayor se llama Diomedes la Grande, y pertenece a Rusia; la menor se llama Diomedes la Chica, y pertenece a los Estados Unidos.
Las dos islas están habitadas por eskimales de pura cepa. Los de Diomedes la Grande son paganos, porque así lo ha dispuesto Stalin; los de Diomedes la Chica son en su mayoría católicos, porque tienen la dicha de albergar en su isla al misionero jesuita Padre Tomás Cunninham, de treinta y tres años, natural de Nueva Zelanda, que es ni más ni menos el centro geográfico de los antípodas de España.
El P. Tomás vino a Alaska conmigo en 1935 y pasó el primer invierno en Nome. En el verano se enteró de las condiciones favorables de las islas Diomedes y se decidió a probar fortuna. Reunió a toda prisa el material necesario para levantar una capilla y navegó impertérrito por entre los bloques de hielo en una barcaza de piel de morsa.
Cuando cerró el invierno y cayó sobre la isla el primer manto de nieve, el Padre remachó los últimos clavos del tejado y se pudo guarecer adentro junto a la estufa. La novedad atrajo a los isleños, que empezaron a convertirse con toda sencillez e ingenuidad.
Acabo de pasar unos días con el Padre Tomás. El otro día, mientras trabajaba yo en la residencia de Nome, llamaron a la puerta y vi entrar un espectro que pugnó por sacarme los ojos de las órbitas. No cabía duda: aquel era el P. Tomás, Tom, como le llamamos en familia. En 1935, Tom era un mocetón esbelto y garrido, Hoy, Tom es una reliquia del pasado. Sin afeitar, los ojos hundidos, sucio, desaliñado y macilento sobremanera, Tom tiene todas las características de un cadáver ambulante.
Fauna marina
Las islas Diomedes han venido manteniendo poblaciones indígenas desde el alborear de los siglos, merced a las focas mofletudas que, en bandadas incontables, se divierten sin césar a corta distancia de la costa.
Sin mezclarse con las focas y en bandadas menos numerosas, merodean asimismo los contornos de la isla morsas gigantescas, llamadas también vacas marinas walrús, cuyos colmillos descomunales surten de marfil los mercados, más pródigamente que los elefantes, de Existencia precaria.
Las morsas tienen por Biblia el Korán. Cada macho es un califa, con un harén interminable de hembras, que le siguen muy sumisas, y las infidelidades se pagan con muerte instantánea, administrada por los malhadados colmillos.
Celos son también causa inacabable de colmillazos mortales y, finalmente, uno de los espectáculos más excitantes e imponentes de la creación es presenciar el combate a muerte de dos machos corpulentos en la playa arenosa de un islote remoto y solitario. El macho de edad madura pesa, aproximadamente, tres toneladas, y maneja unos colmillos de cuarenta kilogramos cada uno.
Con el vasto mar por plaza de toros y los dos harenes por testigos, los dos toros marinos se atacan y contraatacan, y gruñen, y bufan, y se acaballan, y se sumergen, y vuelven a la lidia con ojos de furor y sangre hasta que uno, en aquella esgrima a muerte, halla una entrada favorable y cae sobre el adversario con todo el ímpetu de que es capaz y le hunde los colmillos hasta la raíz.
Mientras el infeliz vencido agoniza en un oleaje de sangre, las viudas pasan a ser propiedad del vencedor, a quien acatan humildemente, y aquel harén crece y se multiplica.
Además de las focas y morsas surcan las aguas frías de Diomedes ballenas blancas en buen número y una variedad riquísima de peces de todos los colores. En el verano vienen los gansos y patos silvestres y lo llenan todo de huevos y pechugas.
Con estas ayudas de costa, los isleños pasan nueve meses en Diomedes, y en el verano van a Nome, donde trafican con el marfil y pieles sobadas y se proveen de ropas y alimentos para el resto del año en la isla.
En poder de los Soviets
El P. Tomás pasó allí el primer invierno sin percance alguno. Con el rifle al hombro, y bien abrigado, salía de caza con los indígenas y volvían todos arrastrando un trineo repleto de focas, que luego repartían amistosamente. Se ganó la simpatía de los isleños por su puntería feliz y su facilidad en aprender la lengua.
El segundo año se vió de hoz y coz en un apuro que no olvidará mientras viva. Era a la entrada del verano, y el Padre remaba con un grupo de isleños armados de rifles y arpones a caza de focas. A poco el cielo se encapotó, y el mar se alborotó, y la barca llegó a duras penas a una playa de Diomedes la grande, donde anclaron muy contentos y optimistas.
De repente, el Padre vió delante de sí a un hombre con uniforme ruso, que le puso el revólver a dos palmos de las narices. Retrocedió el Padre por instinto y chocó con el revólver de otro oficial, que le apuntaba a la nuca.
Le obligaron por señas a que les siguiera y le metieron en una caseta, donde le juzgaron sumarísimamente y le condenaron a ser deportado a Siberia, para ser allí fusilado.
Hacía de intérprete un mestizo que sabía ruso y eskimal. Los oficiales rusos dedujeron que el Padre Tomás era un espía, por dos razones: hablaba el eskimal, cosa inexplicable en un blanco, y pasaba todo el invierno en Diomedes la Chica, allí, a las puertas de la Rusia soviética, desde donde le era relativamente fácil espiar los hechos y dichos de los rojos.
Sólo un espía de profesión podía vivir allí. Además, a ningún sacerdote le está permitida la entrada en territorio alguno soviético sin pasaporte, y aquí estaba el Padre Tomás cogido con las manos en la masa.
Todo esto duró menos de media hora, encerrados en aquella caseta destartalada. Los remeros del Padre le esperaban afuera impacientes, y como tardaba en salir, y sospechasen que tal vez se estaba fraguando algo gordo, le dieron voces en eskimal preguntándole qué ocurría. El Padre les respondió también en eskimal que le querían matar. Entonces los remeros cargaron los rifles y metieron los cañones por los agujeros y resquicios.
Al ver esto el Padre dio un salto ligerísimo hacia la puerta, que abrió medio a ciegas y salió en menos que se tarda en decirlo. Los remeros insistieron en acribillar a balazos a los dos rusos, pero el Padre se lo estorbó.
Los rusos, aunque no entendían las palabras, vieron que aquello olía a chamusquina y se guardaron de asomarse a la puerta, quedando por el mero hecho prisioneros del P. Tomás y muertos de miedo. Allí quedaron los dos agazapados y frustrados en sus deseos carnívoros de caza clerical, a la que -como todos sabemos están aficionadísimos.
Al llegar aquí le pregunté al Padre si le había entrado miedo. Me respondió que, por espacio de cinco minutos, se convenció plenísimamente de que le fusilaban sin ambajes, y que en cinta cinematográfica desfiló ante sus ojos el pasado ruin y miserable de su vida criminal y deseó haber sitio mejor. Tuvo tedio de morir. Tuvo pánico de morir.
Luego se consoló pensando que moría en la brecha y que Jesucristo le había de recibir en sus brazos amorosos, y aquí estuvo a punto de llorar de devoción. Devoción y pánico se sucedían atropelladamente, cuando los renteros intervinieron en su favor y le salvaron. Era un día muy frío, pero el Padre Tomás sudaba copiosamente.
Frío y hambre.
Este último invierno ha sido tal vez el más duro en los fastos de la isla. A principios de diciembre la temperatura bajó a 500 bajo cero. Y ahí quedó estacionada hasta fines de marzo.
El Padre no estaba preparado para tamaña contingencia. Al levantarse por la mañana, la cocina estaba a 25° bajo cero. Así se le estropearon las patatas, los huevos y la leche condensada.
Como el combustible se le iba a marchas forzadas, quiso ahorrar lo más posible, pero los efectos en la temperatura fueron tales, que llegó a pensar seriamente en el peligro posible de helarse durante el sueño, y por tanto no se atrevía a acostarse. Aquello iba presentando un cariz de mal agüero.
A principios del año llegaron las tormentas de nieve cargadas de ciclones, que se sucedían con una regularidad irritante, y la isla quedó convertida en un silencio y soledad de cementerio. Nadie osaba salir a la puerta y mucho menos salir de caza.
Las provisiones de los indígenas se agotaron, pero los ciclones no se agotaban. Un día de menos vendaval, los isleños entraron en tropel en la casa del Padre y le dijeron que se morían de hambre.
Aquí es donde el P. Tomás pensó con el corazón, como si no tuviera cabeza sobre los hombros. El eskimal es pedigüeño por naturaleza y holgazán, y como no tiene idea de lo que es vergüenza, pide y pide hasta que no queda en la aldea ni una cáscara de nuez. Si puede vivir mendigando, no trabaja.
Como todos se echan esa cuenta, hay que instruirles desde el principio y asegurarles que la ración del Padre es para él sólo y para nadie más. El P. Tomás no obró así. Les mandó ponerse en fila y les dio todo, absolutamente todo lo que tenía en casa, excepción hecha de un fardelito de té.
Los isleños cargaron con todo y se lo llevaron. A ellos, ¿qué les importaba lo que iba a comer el Padre? Ande yo caliente y... ahí me las den todas. Son como niños.
Pues bien, con este procedimiento de dar a destajo, el Padre quedó sometido a una dieta increíble. Por la mañana decía Misa y luego tomaba una taza de té. Por la tarde, otra taza. Por la noche, otra. al día siguiente lo mismo, y así sucesivamente cerca de cuatro meses.
De vez en cuando cogían alguna foca y le traían un trozo de hígado, que él freía lo mejor que sabía y luego devoraba lo más aprisa que podía.
Como las tormentas no amainaban, la caza de focas se hizo muy cuesta arriba y el Padre ya iba acostumbrándose a vivir sorbiendo té, cuando se acordaron que dos años antes habían enterrado en los pedruscos de la costa una ballena podrida, que no habtían podido terminar. El Padre y los isleños cavaron acá y allá hasta que la localizaron; y aquella ballena, corrompida primero, y helada después en dos inviernos sucesivos, les suministró dos comidas al día, hasta que volvieron a cazar más focas.
Un resbalón desgraciado.
No hace mucho, al trepar por las peñas con una foca al hombro, el Padre se resbaló y se fracturó una costilla. A falta de médico se la compuso él mismo, pero con tan mal acierto que el canto de una de las fracciones oprimía un pulmón y dio origen a una serie interminable de vómitos de sangre.
Había que arreglar aquella costilla, fracturándola de nuevo. Como no tuviese valor para quebrarla él mismo, dio un martillo a un eskimal, que se la partió de un martillazo. Una vez repuesto del susto, compuso las fracciones lo mejor que pudo; esta vez con más feliz resultado.
Mientras convalecía arrimado a la estufa, vino un grupo de eskimales de Diomedes la Grande, que deseaban danzar y divertirse con sus vecinos isleños. Antes de empezar la danza hubo un rato de catecismo, y los huéspedes asistieron a las instrucciones con toda espontaneidad. En Diomedes la Grande no hay catecismo, porque se enfadaría Stalin.
El Padre sostuvo con los súbditos de Rusia el siguiente interrogatorio:
¿Quién hizo las ballenas?
Stalin.
¿Quién hizo las focas?
Stalin.
¿Cuántos años tiene Stalin?
¡No sabemos !
¿Tendrá unos sesenta años?
¡Tal vez!
Pues entonces, ¿quién hizo las ballenas y las focas antes de que naciera Stalin?
Aqui los pobres eskimales súbditos de Rusia se rascaron la cabeza y carraspearon y confesaron ingenuamente que no sabían responder.
Noticias de última hora.
Todo esto me contaba en la habitación de Nome el P. Tomás. Yo también tenía noticias sensacionales que comunicarle. Ya hacía tres meses largos que reinaba felizmente Su Santidad Pío XII, y el Padre no lo sabía; como tampoco sabía que teníamos en Alaska Obispo auxiliar y un Provincial nuevo en la provincia adoptiva de Oregón.
De Franco no había oído más que el nombre. No sabía quién era quién, ni por qué luchaban y se mataban. Cuando le expliqué el estado de la cuestión, abrió unos ojos muy grandes y dio gracias al cielo por la victoria del Generalísimo sobre sus vecinos los rusos.
En la isla de Diomedes no hay periódicos, ni telégrafo, Ni siquiera radios. Allí se vive como vivirían los biznietos de Adán, que se internasen en valles remotos y deshabitados. El mundo, como nosotros le entendemos, no existe para ellos. En Diomedes la Chica no hay más mundo que las olas, el hielo, la caza, la pesca, la aldea y las estrellas.
Allí nacen y se crían y mueren, sin saber de trimotores, ni de tanques, ni de leyes agrarias, ni de cursos universitarios. Curtidos por los fríos y tormentas, y avezados a dormir al raso, sobre el hielo donde viven las focas, los eskimales de las islas, se crían fuertotes y melenudos, sin enfermedades nerviosas, ni prisas, ni miedos del porvenir.
Ahora se alza en su isla una iglesia, donde se bautizan, rezan, y donde vive oculto el mismo Jesucristo de las catedrales góticas de Castilla. Antes todo era superstición. Ahora ya saben que cuando van de caza es mejor rezar que acogerse a las antiguas supercherías; y rezan con una fe primitiva y sincera que les acarrea todo género de bendiciones.
El P. Tomás vive allí como un rey. Vino a Nome por provisiones y volvió lo más pronto que pudo. Si no volvió al día siguiente fue por charlar conmigo y escuchar mis comentarios a la guerra civil española, que acababa de terminar felizmente.
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EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE
miércoles, 12 de mayo de 2010
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.
DOS MESES EN NOME
Un poco de historia.
Sólo una vez, desde 1901, la muy noble villa de Nome ha estado sin misionero. Los católicos de Nome no oyeron tañer la campana durante todo el invierno de 1939. Los fallecidos murieron sin sacramentos y a los nacidos no había quien los bautizase.
Celebrada la Pascua en Kotzebue, y hecha una visita al orfanotrofio de Pilgrim Springs, recibí órdenes de tomar el aeroplano y aterrizar en Nome, donde debía permanecer un par de meses, hasta que a fines de junio viniese de su Isla Singular el célebre Padre Lafortune.
Estas costas de Nome estuvieron desiertas desde mucho untes del diluvio, y por ellas retozaban corpulentos anfibios marinos, que no sabían de flechas ni de balas; pero en octubre de 1898 unos exploradores, curtidos a todos los temporales y arriesgados como pocos, después de mil fracasos por montes, valles y playas, descubrieron pepitas de oro en las arenas de la playa, que bautizaron con el nombre de Nome, y dos años más tarde las gaviotas vieron asustadas hileras interminables de tiendas de lona, donde se albergaban 25.000 mineros, procedentes de los cuatro Puntos Cardinales.
Allí se maldecía y se canturreaba en todas las lenguas llamadas civilizadas, hasta que poco a poco las tiendas fueron sustituidas por casetas de madera, sobre las que se erguían hoteles toscos, donde se vendían los huevos a veinte duros la docena, y donde un cántaro de vino se iba en copas, que costaban de diez a quince pesetas cada una.
En aquella multitud abigarrada de aventureros había un crecido número de católicos, que aplaudieron la idea de levantar una iglesia cuando les visitó y se lo propuso el P. René, en agosto de 1899.
Al año siguiente fue destinado a Nome el Padre Jacquet. El pobre Padre no duró mucho en la brega. Tres meses de invierno bastaron y sobraron para ponerle fuera de combate y dar con él en una camisa de fuerza. Trasladado a Holy Cross por las autoridades, recobró el juicio y trabajó a media máquina algunos años, hasta que murió plácidamente en el Yukon.
En 1901 llegaron dos Padres y levantaron la iglesia actual, cuya esbelta torre es el orgullo de la población. La cruz, en que remata, fue decorada con bombillas eléctricas, y aquella cruz iluminada salvó centenares de vidas en tormentas, borrascas y tinieblas invernales cuando navegantes y exploradores se extraviaban en la lejanía.
Años más tarde, en 1914, los yacimientos auríferos vinieron a menos, y la Compañía eléctrica, con la excusa de que no podía sufragar los gastos, cortó la corriente y la cruz cesó de brillar en la oscuridad.
Era entonces Nome una ciudad floreciente con Instituto, tres Diarios, calles, almacenes, cuatro sociedades secretas y trabajo para todos en abundancia. En nuestra iglesia se decían dos misas los do-mingos por no caber todos en una.
En 1903 arribó el P. Lafortune, que había de oscurecer con su brillo a todos los misioneros de Alaska, pasados y presentes. Pequeño de cuerpo, canadiense de nación, industrioso como pocos y habilidoso como el que más, este Padre que aún vive tomó a su cargo los indígenas de Nome y sus cercanías y levantó para ellos iglesia aparte, donde les predicaba en su misma lengua.
Bautizó eskimales a centenares, y se acostumbró a vivir y comer como ellos, sin que por eso dejara de ser con los blancos el sacerdote urbano y cortés, cuya santidad admiraban y admiran de consuno.
El "Diario" de los Misioneros
Apenas me instalé en Nome, abrí los cartapacios donde los Padres han venido escribiendo el Diario de la casa desde 1901 hasta 1939. Es un arsenal de información que no se puede valuar en dinero. Por allí desfila tullo.
Un grupo de señoras se encargó en 1906 de limpiar la iglesia y sufragar los gastos del altar. Poco a poco se convirtieron en dueñas absolutas de la iglesia, hasta que llegó un Padre de agallas y, después de estudiar el problema despacio, con una ironía socarrona y una tenacidad de hierro, las fue destronando insensiblemente, hasta que una mañana las buenas señoras se vieron en la calle sin saberlo.
Las tiples protestantes que cantaban en nuestro coro, y que se creían indispensables, fueron despedidas con una sonrisa tan fina y aristocrática, que a ellas mismas las hizo reír.
Hubo conversiones ruidosas, y pérdidas dolorosas, y muertes repentinas, que pusieron al pueblo los pelos de punta, y fallecimientos muy edificantes, que esparcieron olor de santidad por toda la población.
Hubo años de abundancia, y hubo años en que los Padres vivían adeudados y muy preocupados. Enfermedades, calumnias, propaganda subversiva, malas inteligencias, verdadera persecución... de todo libró Dios a los buenos Padres, que bregaban contra viento y marca, en un resalsero de pasiones bajas atizadas por personas constituidas en altos cargos y dignidades civiles.
Todo está en el Diario. Si una vieja eskimala regala dos libros de hígado de foca; si un solterón adinerado da quinientas pesetas para pintar las paredes y comprar carbón; si el señor Obispo, en la visite, les llama al orden por gastar mucha azúcar; si este año ha habido más o menos casos de locura que el año pasado; si será o no será contra la pobreza quemar incienso oloroso después de la catequesis de los eskimales, que olían que apestaban, etc., etc.
Hoy día Nome es una sombra del pasado. Quedan, sí, calles y muchas casas; pero no todas están habitadas.
No hay más que un periodicucho pobrísimo, que sale tres veces por semana. En las páginas emponzoñadas de este papelón ridículo se envenenaron las mentes de los habitantes de Nome en la cuestión de la guerra española.
Uno de los católicos más influyentes de Nome no vaciló en decirme que Franco era un demonio disfrazado de hombre, un Atila, etc., etc. Todos mis argumentos en contra se estrellaron o rebotaron en aquella testuz de carnero bravío. Lo había dicho el periódico, luego así tenía que ser.
Los aventureros del Polo.
Los primeros días fui a comer a una venta, mitad fonda, mitad taberna. Allí tuve que codearme con el celebérrimo tipo de viejo aventurero, que vino en 1898 y anda todavía vagando por las proximidades del Círculo Polar.
El nombre genérico que comprende a todos los viejos de esta catadura es “saordó”. Rigurosamente hablando, todo el que en noviembre vea helarse los ríos y las playas y presencie el deshielo en junio, pasa por el mero hecho a la categoría de “saordó”.
Mientras más inviernos se pasan en Alaska, más tiene uno de “saordó”. Pero hay “saordós” y “saordós”. Yo mismo soy un “saordó” en rigor técnico, aunque no me precie de ello en presencia de los viejos.
El “saordó” castizo es esto: septuagenario, soltero, alto y encorvado, calvo o con un pelo ralo blanquísimo, bigote rubio, ojos azules y aguardentosos, pipa negra y jorobada que cae hasta la perilla, chaquetón que sujeta un cinturón hermano carnal de la cincha, botas anfibias, de goma hasta los tobillos y de cuero el resto hasta la rodilla; no tiene religión, escupe treinta veces por minuto, lo ha leído todo, lo sabe todo, lo ha visto todo, lo quiere hablar todo, come por diez y se llama Jorge.
El que se llama Bernabé, Dionisio, Jeremías o Gregorio no es “aordó” legítimo, sino extranjero y advenedizo, tal vez ruso, bohemio o yugoslavo. Tiene quo llamarse Jorge y venir de antepasados escoceses, yankis o escandinavos.
Asimismo tiene que ser masón y gloriarse de ello; y, por último, tiene que poner en el mismo plano a Hitler, Franco y Mussolini y desearles a los tres muerte a fuego lento acá en la tierra, y una eternidad de horrores en el infierno.
Cuando el “saordó” enferma de gravedad, sus viejos hermanos masones le ponen un garrafón de vino junto a la almohada para aliviarle los trances penosos de la agonía; y, cuando el infeliz se desploma inerte como encina corroída y deja de escupir, le amortajan caritativamente y le llevan al cementerio masónico.
En el centro del cementerio general de Nome hay un reservado con rótulos enormes que dicen: “Cementerio Masónico”. El fin de estos rótulos es facilitar el día del Juicio a los Angeles la tarea penosa de separar los malos de los buenos. El Angel que, de un vistazo, vea salir de esta parcela masónica una caterva de seres espantadizos, ganará tiempo acorralándolos a todos a la izquierda sin más ceremonias.
Celos y charlas femeninas
En Nome tuve sorpresas que en Kotzebue ni las hubiera soñado. Una señora viuda, octogenaria, me llevó un mazapán con adornos de baño blanco y canela que me desarmó con sólo mirarle. En el aturdimiento consiguiente le ofrecí a la señora una silla, y el dichoso mazapán me costó dos horas y media de escuchamiento.
A los tres días, otro mazapán y dos horas en las sillas. Al día siguiente, un paquete de rosquillas deliciosas y tanta charla que, cortando todos los nudos gordianos de la urbanidad más elemental, miré al reloj y me excusé con que tenía que rezar el Breviario.
Al día siguiente, dos pollos desplumados; abiertos y helados y una charla que no llevaba trazas de acabar.
Otra señora adiposa y septuagenaria, no católica, viuda de un renegado católico que murió sin Sacramentos, tuvo celos de la octogenaria y, no queriendo ser menos, me empezó a traer rosquillas y mazapanes, que yo tenía que pagar con asentadas eternas, escuchando detalles minuciosísimos de episodios los más ridículos y baladíes. Allí me enteré de la vida y milagros de las dos terceras partes de la población.
Las dos señoras se sabían de memoria una a otra, y las dos se querían como la zorra y la gallina. La octogenaria prometió revocar el testamento y escribir otro donde estuviera incluido mi nombre. La septuagenaria se contentó con hacerme probar un traje planchado y seminuevo de su difunto esposo, más unas camisas y un maletín repleto de pañuelos blancos muy majos.
Al preguntarlas separadamente por qué no habían hecho eso años antes con otro Padre, me respondieron que nunca habían hallado oportunidad de hacerlo; pues, o no los habían hallado en casa cuando iban a visitarlos, o, si los hallaban, no tenían paciencia para escucharlas y las despedían a tocateja con buenos modos y maneras.
La respuesta me hizo reír. Unos días antes mi paciencia había estado a punto de estallar.
Los católicos se alegraron de ver de nuevo al misionero y acudieron con fidelidad a cumplir con Pascua. Siguiendo una costumbre inmemorial, los blancos se sientan a un lado y los indígenas y mestizos a otro.
Todos hablan inglés. Los mismos indígenas se van avergonzando de su lengua gutural, y se vanaglorian de hablar inglés, y hasta de salir con frases elegantes y palabras floridas, que no dicen del todo bien, entre giros bárbaros y frases incorrectas.
El hospital de Nome
Desde 1906 hasta 1919 hubo en Nome un hospital católico, regentado por Hermanas de la Caridad amables y abnegadas, como es proverbial en ellas.
En toda la redondez del globo son estas hermanas respetadas y buscadas, y dondequiera que levantan ellas un hospital, arruinan irremisiblemente a los hospitales circunvecinos. Los enfermos quieren ser tratados por las hermanas, y por nadie más.
Pero Nome es una excepción en el mundo. Nome es el tipo clásico de pueblo venido a menos, habitado por tipos de una pedantería soez que consideran progreso pertenecer a la masonería, creer en la evolución, dudar filosóficamente delta existencia de Dios, y evitar todo contacto con el Catolicismo retrogrador y opresor de las conciencias.
La presencia de un hospital católico entre sus chozas atiborradas de revistas indecentes era un reto al progreso y a la libertad de pensamiento.
Después de muchas juntas y disputas, decidieron llamar a los protestantes, a quienes aseguraron que favorecerían contra la institución católica. Así lo hicieron. Las Hermanas se trasladaron al sur de la península y dejaron el campo a los Metodistas.
Ahora el hospital está regentado por gente de negocio, que se cuida más de los dólares que de los dolores de los enfermos. Las enfermeras tienen novio y no atienden a los enfermos como lo hacían 1as Hermanas. Los viejos marrulleros, que invitaron a los Metodistas, vieron el error y escribieron cartas a las Hermanas rogándolas volver. Ninguna de las cartas recibió contestación. Así escarmientan otros en cabeza ajena.
Con el campeón de ajedrez.
En este hospital incoloro había un enfermo hidrópico, un “saordó” de los castizos, que era el campeón de ajedrez desde 1915. Le visité y jugamos una tarde. Ya se veía que era el campeón ! Como me paraba los pies a las pocas jugadas, decidimos que jugara él sin una torre, y así tuvimos unos juegos interesantísimos. Una tarde me ganó sin torre.
Al día siguiente fui al hospital muy de prisa y decidido a darle una paliza, y me encontré con que la cama estaba vacía. Había muerto por la noche. Quedé muy impresionado, pues el pobre señor no tenía religión, ni la había querido tener jamás.
Con todo, nos habíamos hecho verdaderos amigos en aquella cama donde nos sentábamos a estudiar jugadas nuevas y ataques inesperados. Sus restos descansan blandamente en el cementerio masónico.
DOS MESES EN NOME
Un poco de historia.
Sólo una vez, desde 1901, la muy noble villa de Nome ha estado sin misionero. Los católicos de Nome no oyeron tañer la campana durante todo el invierno de 1939. Los fallecidos murieron sin sacramentos y a los nacidos no había quien los bautizase.
Celebrada la Pascua en Kotzebue, y hecha una visita al orfanotrofio de Pilgrim Springs, recibí órdenes de tomar el aeroplano y aterrizar en Nome, donde debía permanecer un par de meses, hasta que a fines de junio viniese de su Isla Singular el célebre Padre Lafortune.
Estas costas de Nome estuvieron desiertas desde mucho untes del diluvio, y por ellas retozaban corpulentos anfibios marinos, que no sabían de flechas ni de balas; pero en octubre de 1898 unos exploradores, curtidos a todos los temporales y arriesgados como pocos, después de mil fracasos por montes, valles y playas, descubrieron pepitas de oro en las arenas de la playa, que bautizaron con el nombre de Nome, y dos años más tarde las gaviotas vieron asustadas hileras interminables de tiendas de lona, donde se albergaban 25.000 mineros, procedentes de los cuatro Puntos Cardinales.
Allí se maldecía y se canturreaba en todas las lenguas llamadas civilizadas, hasta que poco a poco las tiendas fueron sustituidas por casetas de madera, sobre las que se erguían hoteles toscos, donde se vendían los huevos a veinte duros la docena, y donde un cántaro de vino se iba en copas, que costaban de diez a quince pesetas cada una.
En aquella multitud abigarrada de aventureros había un crecido número de católicos, que aplaudieron la idea de levantar una iglesia cuando les visitó y se lo propuso el P. René, en agosto de 1899.
Al año siguiente fue destinado a Nome el Padre Jacquet. El pobre Padre no duró mucho en la brega. Tres meses de invierno bastaron y sobraron para ponerle fuera de combate y dar con él en una camisa de fuerza. Trasladado a Holy Cross por las autoridades, recobró el juicio y trabajó a media máquina algunos años, hasta que murió plácidamente en el Yukon.
En 1901 llegaron dos Padres y levantaron la iglesia actual, cuya esbelta torre es el orgullo de la población. La cruz, en que remata, fue decorada con bombillas eléctricas, y aquella cruz iluminada salvó centenares de vidas en tormentas, borrascas y tinieblas invernales cuando navegantes y exploradores se extraviaban en la lejanía.
Años más tarde, en 1914, los yacimientos auríferos vinieron a menos, y la Compañía eléctrica, con la excusa de que no podía sufragar los gastos, cortó la corriente y la cruz cesó de brillar en la oscuridad.
Era entonces Nome una ciudad floreciente con Instituto, tres Diarios, calles, almacenes, cuatro sociedades secretas y trabajo para todos en abundancia. En nuestra iglesia se decían dos misas los do-mingos por no caber todos en una.
En 1903 arribó el P. Lafortune, que había de oscurecer con su brillo a todos los misioneros de Alaska, pasados y presentes. Pequeño de cuerpo, canadiense de nación, industrioso como pocos y habilidoso como el que más, este Padre que aún vive tomó a su cargo los indígenas de Nome y sus cercanías y levantó para ellos iglesia aparte, donde les predicaba en su misma lengua.
Bautizó eskimales a centenares, y se acostumbró a vivir y comer como ellos, sin que por eso dejara de ser con los blancos el sacerdote urbano y cortés, cuya santidad admiraban y admiran de consuno.
El "Diario" de los Misioneros
Apenas me instalé en Nome, abrí los cartapacios donde los Padres han venido escribiendo el Diario de la casa desde 1901 hasta 1939. Es un arsenal de información que no se puede valuar en dinero. Por allí desfila tullo.
Un grupo de señoras se encargó en 1906 de limpiar la iglesia y sufragar los gastos del altar. Poco a poco se convirtieron en dueñas absolutas de la iglesia, hasta que llegó un Padre de agallas y, después de estudiar el problema despacio, con una ironía socarrona y una tenacidad de hierro, las fue destronando insensiblemente, hasta que una mañana las buenas señoras se vieron en la calle sin saberlo.
Las tiples protestantes que cantaban en nuestro coro, y que se creían indispensables, fueron despedidas con una sonrisa tan fina y aristocrática, que a ellas mismas las hizo reír.
Hubo conversiones ruidosas, y pérdidas dolorosas, y muertes repentinas, que pusieron al pueblo los pelos de punta, y fallecimientos muy edificantes, que esparcieron olor de santidad por toda la población.
Hubo años de abundancia, y hubo años en que los Padres vivían adeudados y muy preocupados. Enfermedades, calumnias, propaganda subversiva, malas inteligencias, verdadera persecución... de todo libró Dios a los buenos Padres, que bregaban contra viento y marca, en un resalsero de pasiones bajas atizadas por personas constituidas en altos cargos y dignidades civiles.
Todo está en el Diario. Si una vieja eskimala regala dos libros de hígado de foca; si un solterón adinerado da quinientas pesetas para pintar las paredes y comprar carbón; si el señor Obispo, en la visite, les llama al orden por gastar mucha azúcar; si este año ha habido más o menos casos de locura que el año pasado; si será o no será contra la pobreza quemar incienso oloroso después de la catequesis de los eskimales, que olían que apestaban, etc., etc.
Hoy día Nome es una sombra del pasado. Quedan, sí, calles y muchas casas; pero no todas están habitadas.
No hay más que un periodicucho pobrísimo, que sale tres veces por semana. En las páginas emponzoñadas de este papelón ridículo se envenenaron las mentes de los habitantes de Nome en la cuestión de la guerra española.
Uno de los católicos más influyentes de Nome no vaciló en decirme que Franco era un demonio disfrazado de hombre, un Atila, etc., etc. Todos mis argumentos en contra se estrellaron o rebotaron en aquella testuz de carnero bravío. Lo había dicho el periódico, luego así tenía que ser.
Los aventureros del Polo.
Los primeros días fui a comer a una venta, mitad fonda, mitad taberna. Allí tuve que codearme con el celebérrimo tipo de viejo aventurero, que vino en 1898 y anda todavía vagando por las proximidades del Círculo Polar.
El nombre genérico que comprende a todos los viejos de esta catadura es “saordó”. Rigurosamente hablando, todo el que en noviembre vea helarse los ríos y las playas y presencie el deshielo en junio, pasa por el mero hecho a la categoría de “saordó”.
Mientras más inviernos se pasan en Alaska, más tiene uno de “saordó”. Pero hay “saordós” y “saordós”. Yo mismo soy un “saordó” en rigor técnico, aunque no me precie de ello en presencia de los viejos.
El “saordó” castizo es esto: septuagenario, soltero, alto y encorvado, calvo o con un pelo ralo blanquísimo, bigote rubio, ojos azules y aguardentosos, pipa negra y jorobada que cae hasta la perilla, chaquetón que sujeta un cinturón hermano carnal de la cincha, botas anfibias, de goma hasta los tobillos y de cuero el resto hasta la rodilla; no tiene religión, escupe treinta veces por minuto, lo ha leído todo, lo sabe todo, lo ha visto todo, lo quiere hablar todo, come por diez y se llama Jorge.
El que se llama Bernabé, Dionisio, Jeremías o Gregorio no es “aordó” legítimo, sino extranjero y advenedizo, tal vez ruso, bohemio o yugoslavo. Tiene quo llamarse Jorge y venir de antepasados escoceses, yankis o escandinavos.
Asimismo tiene que ser masón y gloriarse de ello; y, por último, tiene que poner en el mismo plano a Hitler, Franco y Mussolini y desearles a los tres muerte a fuego lento acá en la tierra, y una eternidad de horrores en el infierno.
Cuando el “saordó” enferma de gravedad, sus viejos hermanos masones le ponen un garrafón de vino junto a la almohada para aliviarle los trances penosos de la agonía; y, cuando el infeliz se desploma inerte como encina corroída y deja de escupir, le amortajan caritativamente y le llevan al cementerio masónico.
En el centro del cementerio general de Nome hay un reservado con rótulos enormes que dicen: “Cementerio Masónico”. El fin de estos rótulos es facilitar el día del Juicio a los Angeles la tarea penosa de separar los malos de los buenos. El Angel que, de un vistazo, vea salir de esta parcela masónica una caterva de seres espantadizos, ganará tiempo acorralándolos a todos a la izquierda sin más ceremonias.
Celos y charlas femeninas
En Nome tuve sorpresas que en Kotzebue ni las hubiera soñado. Una señora viuda, octogenaria, me llevó un mazapán con adornos de baño blanco y canela que me desarmó con sólo mirarle. En el aturdimiento consiguiente le ofrecí a la señora una silla, y el dichoso mazapán me costó dos horas y media de escuchamiento.
A los tres días, otro mazapán y dos horas en las sillas. Al día siguiente, un paquete de rosquillas deliciosas y tanta charla que, cortando todos los nudos gordianos de la urbanidad más elemental, miré al reloj y me excusé con que tenía que rezar el Breviario.
Al día siguiente, dos pollos desplumados; abiertos y helados y una charla que no llevaba trazas de acabar.
Otra señora adiposa y septuagenaria, no católica, viuda de un renegado católico que murió sin Sacramentos, tuvo celos de la octogenaria y, no queriendo ser menos, me empezó a traer rosquillas y mazapanes, que yo tenía que pagar con asentadas eternas, escuchando detalles minuciosísimos de episodios los más ridículos y baladíes. Allí me enteré de la vida y milagros de las dos terceras partes de la población.
Las dos señoras se sabían de memoria una a otra, y las dos se querían como la zorra y la gallina. La octogenaria prometió revocar el testamento y escribir otro donde estuviera incluido mi nombre. La septuagenaria se contentó con hacerme probar un traje planchado y seminuevo de su difunto esposo, más unas camisas y un maletín repleto de pañuelos blancos muy majos.
Al preguntarlas separadamente por qué no habían hecho eso años antes con otro Padre, me respondieron que nunca habían hallado oportunidad de hacerlo; pues, o no los habían hallado en casa cuando iban a visitarlos, o, si los hallaban, no tenían paciencia para escucharlas y las despedían a tocateja con buenos modos y maneras.
La respuesta me hizo reír. Unos días antes mi paciencia había estado a punto de estallar.
Los católicos se alegraron de ver de nuevo al misionero y acudieron con fidelidad a cumplir con Pascua. Siguiendo una costumbre inmemorial, los blancos se sientan a un lado y los indígenas y mestizos a otro.
Todos hablan inglés. Los mismos indígenas se van avergonzando de su lengua gutural, y se vanaglorian de hablar inglés, y hasta de salir con frases elegantes y palabras floridas, que no dicen del todo bien, entre giros bárbaros y frases incorrectas.
El hospital de Nome
Desde 1906 hasta 1919 hubo en Nome un hospital católico, regentado por Hermanas de la Caridad amables y abnegadas, como es proverbial en ellas.
En toda la redondez del globo son estas hermanas respetadas y buscadas, y dondequiera que levantan ellas un hospital, arruinan irremisiblemente a los hospitales circunvecinos. Los enfermos quieren ser tratados por las hermanas, y por nadie más.
Pero Nome es una excepción en el mundo. Nome es el tipo clásico de pueblo venido a menos, habitado por tipos de una pedantería soez que consideran progreso pertenecer a la masonería, creer en la evolución, dudar filosóficamente delta existencia de Dios, y evitar todo contacto con el Catolicismo retrogrador y opresor de las conciencias.
La presencia de un hospital católico entre sus chozas atiborradas de revistas indecentes era un reto al progreso y a la libertad de pensamiento.
Después de muchas juntas y disputas, decidieron llamar a los protestantes, a quienes aseguraron que favorecerían contra la institución católica. Así lo hicieron. Las Hermanas se trasladaron al sur de la península y dejaron el campo a los Metodistas.
Ahora el hospital está regentado por gente de negocio, que se cuida más de los dólares que de los dolores de los enfermos. Las enfermeras tienen novio y no atienden a los enfermos como lo hacían 1as Hermanas. Los viejos marrulleros, que invitaron a los Metodistas, vieron el error y escribieron cartas a las Hermanas rogándolas volver. Ninguna de las cartas recibió contestación. Así escarmientan otros en cabeza ajena.
Con el campeón de ajedrez.
En este hospital incoloro había un enfermo hidrópico, un “saordó” de los castizos, que era el campeón de ajedrez desde 1915. Le visité y jugamos una tarde. Ya se veía que era el campeón ! Como me paraba los pies a las pocas jugadas, decidimos que jugara él sin una torre, y así tuvimos unos juegos interesantísimos. Una tarde me ganó sin torre.
Al día siguiente fui al hospital muy de prisa y decidido a darle una paliza, y me encontré con que la cama estaba vacía. Había muerto por la noche. Quedé muy impresionado, pues el pobre señor no tenía religión, ni la había querido tener jamás.
Con todo, nos habíamos hecho verdaderos amigos en aquella cama donde nos sentábamos a estudiar jugadas nuevas y ataques inesperados. Sus restos descansan blandamente en el cementerio masónico.
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miércoles, 17 de febrero de 2010
Las visitas de la Virgen siempre nos traen a Jesús, y nos lleva a Jesús. Y para ello, para verle con toda su plenitud, es importante la limpieza del corazón, la limpieza del alma, quitándonos todo pecado. Y algunos todavía siguen pensando y diciendo: ¿y por qué tengo que confesarme con un hombre pecador, que es como los demás o peor? Sencillamente porque Jesús así lo quiso en San Juan 20, dándonos al Espíritu Santo y la potestad de juzgar y perdonar o no, según se vea la disposición del penitente. Pudo poner Ángeles en el sacerdocio, pero quiso poner hombres de carne y hueso. Así lo manda también el apóstol Santiago en su carta. El Papa se confiesa ante otro sacerdote, los Obispos se confiesan con cualquier sacerdote que ellos quieran; y los sacerdotes también; y con frecuencia, que ayuda mucho para superarnos. Yo me confieso cada quince días; y el sacerdote que me confiesa, luego se confiesa él conmigo. Porque podemos perdonar los pecados de otros, pero los nuestros no.
Los médicos también tienen que ir a otro médico, y también se mueren. Y si vamos al médico porque ha estudiado, también los sacerdotes hemos estudiado, y además, tenemos al Espíritu Santo en el Sacramento del Orden. San Agustín te dice: o Confesión o condenación. Porque si no te lavas, estás sucio, y si no comes, te mueres; pasa en el cuerpo, y pasa en el alma.
Padre Juan, Serviam.
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Annus Sacerdotalis
martes, 22 de diciembre de 2009
19.- El Año Paulino que está por concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente «entregado» a su ministerio. «Nos apremia el amor de Cristo –escribía–, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron» (2 Co 5, 14). Y añadía: «Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?
20.- Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: «Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854»50. El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que «Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre»51.
21.- Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.
20.- Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: «Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854»50. El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que «Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre»51.
21.- Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.
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