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TEOLOGIA 3 - CICLO C - TEMA 1

15:01 0 Comments

A.- Revelación y Biblia:

Visión de Conjunto.

1. Revelación natural. DIOS ha hablado a los hombres; se ha manifestado, revelado, que significa quitar velo, descubrir algo oculto. Sabemos por la Biblia que DIOS ha hablado a los hombres; las verdades y los preceptos fundamentales los ha revelado DIOS en la misma naturaleza: a Adán y a los patriarcas, por la llamada revelación primitiva o natural, que por vía oral se trasmite de generación en generación, en la naturaleza: “Lo invisible de DIOS, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia, a través de sus obras”. Romanos 1,20 “Los hombres muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia”. Romanos 2,15.
Efectivamente, hasta los paganos más salvajes saben que DIOS existe; que el alma humana es inmortal; que tienen libre voluntad. Sabe que no deben matar, robar, traicionar a los suyos, etc. Saben que estas cosas son malas; que ellos son responsables por lo malo que hacen, y que DIOS castiga sus maldades. Así, por revelación natural, escrita en su conciencia, los hombres saben suficiente para poderse salvar. “De forma que son inexcusables”, romanos 1,20, si no se salvan.

2. Revelación Sobrenatural. Nos ha hecho más fácil la salvación; hay hambre de DIOS, y por eso nos dice más cosas que la Revelación Natural; es la Revelación Sobrenatural. DIOS habló a Adán, a Noe, a Abraham, Isaac, Jacob. De forma más directa, a Moisés, o Mosaica en el Sinaí unos 1400 años antes de Cristo; trasmitida por Moisés al Pueblo elegido, y después, por los Profetas que está contenida en el Antiguo Testamento. Y la revelación Cristiana por medio de Jesucristo y sus Apóstoles, que forman el Nuevo Testamento y que la Iglesia Católica conserva fiel e íntegramente hasta el fin del mundo.

3. La Sagrada Tradición y la Biblia, que significa colección de Libros, nos revela los misterios Divinos. Contiene 46 libros del Antiguo Testamento, casi todos escritos en hebreo y 27 del Nuevo, escritos en griego.
El Pentateuco, cinco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, escritos desde el siglo 10 antes de Cristo; se da una relación del origen del mundo y la historia primitiva del Pueblo de Israel. Se atribuyen a Moisés.

4. Los Libros Históricos son 16: Josué y Jueces, escritos entre los siglos 11 al 5; Rut, hacia el 5, cuenta relatos de la conquista de la Tierra Prometida.- 1º y 2º de Samuel; 1º y 2º de Reyes, y 1º y 2º de Crónicas, escritos entre los siglos 8 al 5 y relata la vida de los hebreos en tiempo de la Monarquía. Esdras y Nehemías, escritos hacia el siglo 4, cuenta la historia del pueblo hebreo después del Exilio. Tobías hacia el siglo 4, Judit hacia el 1; y Ester hacia el 3, escrito en hebreo-griego; son narraciones populares con fondo histórico. 1º y 2º Macabeos, escrito en griego el 2º, es la historia del pueblo hebreo bajo las dominaciones extranjeras.

5. Los Libros Didácticos. Job, en hebreo, hacia el 5, es narración alegórica; Salmos, en hebreo, entre el 10 al 5, también se atribuyen al rey David, es colección de alabanzas; Proverbios, en hebreo, entre los siglos 7 al 5, es colección de sentencias; Eclesiastés, en hebreo, hacia el 3, colección de sentencias; Cantar de los Cantares, en hebreo, hacia el 5, es poema alegórico; Sabiduría, en griego, hacia el 1, colección de sentencias; Eclesiástico, en hebreo, hacia el 2, es un tratado ascético.

6. Libros Proféticos. Son revelaciones de los designios de DIOS sobre su pueblo y predicciones sobre el porvenir, para mantenerlo fiel a la Alianza: Isaías, en hebreo, entre los siglos 8 al 5; Jeremías, hebreo, hacia el 7; Lamentaciones, hebreo, hacia el 6; Baruc, en hebreo, hacia el 2; Ezequiel, en hebreo, hacia el 6; Daniel, en hebreo, arameo y griego, hacia el 2; Oseas, en hebreo, hacia el 8; Joel, en hebreo, hacia el 4; Amós, en hebreo, hacia el 8; Abdías, en hebreo, hacia el 5; Jonás, en hebreo, hacia el 4; Miqueas, en hebreo, hacia el 8; Nahum, en hebreo, hacia el 7: Habacuc, en hebreo, hacia el 7; Sofonías, en hebreo, hacia el 7; Ageo, en hebreo, hacia el 6; Zacarías, en hebreo, hacia el 6; Malaquías, en hebreo, hacia el 5.

7. Libros Históricos del Nuevo Testamento. Los cuatro Evangelios que cuentan la Buena Nueva predicada por Jesucristo: San Mateo, en arameo hacia el año 50 y después en griego hacia el 65; San Marcos, en griego, hacia el 64; San Lucas, en griego, hacia el 65; y San Juan, en griego, hacia el año 95; los Hechos de los Apóstoles, en griego, hacia el año 65, por San Lucas, donde cuenta la historia de la Iglesia primitiva.

8. Libros Didácticos del Nuevo Testamento. Las cartas de San Pablo, todas en griego con destinatario concreto: Romanos, hacia el 58; 1ª y 2ª Corintios, y a los Gálatas, hacia el 57; Efesios, del 61 al 63; 1ª y 2ª Tesalonicenses, hacia el 51; 1ª Timoteo, hacia el 65; 2ª Timoteo, hacia el 67; a Tito, hacia el 65; a Filemón, del 61 al 63; Hebreos hacia el 67, que algunos piensan que no era de San Pablo.

9. Cartas Católicas, sin destinatario concreto: Santiago, hacia el 58; 1ª de San Pedro, hacia el 64; 2ª de San Pedro, hacia el 70; las tres de San Juan, hacia el 95; la de San Judas, hacia el 70; todas en griego, dirigidas a las comunidades cristianas.

10. Libro Profético del Nuevo Testamento: El Apocalipsis de San Juan, en griego, hacia el 95; es una visión profética de lo que falta por venir.

B.- Teología:
Santificación del hombre.


11. Santidad y Perfección. La santificación esencial del hombre consiste en la Caridad o Amor de Dios, la unión del alma con Dios por medio de la Gracia, que se llama también Vida Sobrenatural o Divina; nos hace justos, semejantes a Dios y agradables a sus Divinos ojos.

12. En el Antiguo Testamento, Levítico 19, se nos dice: "Sed santos, porque Yo, Yahvé, soy Santo". En los Evangelios, San Mateo 5 y 19, se nos habla y pide la perfección del Padre de los cielos. San Pablo en sus cartas, varias veces nos habla claramente de la santidad. La Iglesia, a lo largo de su historia, nos pide santidad, nos la ofrece y nos propone ejemplos a imitar. En el Concilio Vaticano II se hace una llamada universal a la Santidad. Santidad y Perfección es sinónimo, y lleva al hombre a su plenitud, al participar más en las perfecciones Divinas.

13. Grados de Santidad o Perfección. Para ir al Cielo es necesario cumplir los Mandamientos, es decir, estar en Gracia de Dios, o alcanzarla en el último momento por el arrepentimiento. Es la guerra al pecado mortal.

14. Quien desea una mayor perfección, escucha los consejos de Jesús en el Evangelio, y se anima a seguirle en Pobreza, Castidad y Obediencia, declarando la guerra a todo pecado venial e imperfecciones, y buscando siempre lo positivo; creciendo cada día más en la vida de Gracia, en sí mismo, y en los demás. El grado de Gracia que alcancemos en la tierra al morir, será en grado de Gloria que nos acompañará en el Cielo por toda la Eternidad.

15. Planes de Dios. El hombre, al ser creado por Dios, recibió de El, al mismo tiempo que el ser creado, la justicia original, es decir, la Gracia Santificante, hábitos de las Virtudes sobrenaturales, y otros muchos dones que se clasifican en tres grupos:

16. Dones naturales, todo lo propio de la naturaleza humana en estado perfecto: hermosura, salud, fuerza, ingenio, fecundidad, inteligencia clara, voluntad recta, etc.

17. Dones sobrenaturales. Gracia Santificante, reflejo de la hermosura Divina, Virtudes infusas y Dones del Espíritu Santo, que les elevó al estado sobrenatural o participación de la misma Vida Divina.

18. Dones preternaturales o estado de integridad, que comporta dominio absoluto de las pasiones, ciencia infusa e inmortalidad corporal.

19. Caída del hombre y castigo. Nuestros primeros Padres Adán y Eva pecaron, desobedeciendo a Dios en la prueba que les puso. Perdieron inmediatamente la Gracia Santificante y la Integridad de la naturaleza. Este castigo llega a toda su descendencia: al perder los padres sus riquezas, los hijos nacen en la miseria.

20. El hombre quedó sólo con los dones naturales, y éstos, averiados, es decir, la inteligencia obscurecida, la voluntad debilitada y la inclinación al mal.

21. Restauración. Ya en el mismo momento del pecado, Dios promete la Redención, amargando de esta forma el triunfo pasajero del Diablo. La llevó a cabo Jesucristo por la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección, y nos la aplica la Iglesia.

22. Nacemos con el pecado original, se nos quita por el Bautismo, pero nos queda la inclinación al mal, que podemos superar con las ayudas que la Iglesia nos ofrece, pudiendo llegar a ser hijos de Dios y herederos del Cielo.

23. Por privilegio especial, fue liberada de este pecado la Virgen Inmaculada. Iba a ser Madre de Dios y no podía estar sujeta al Diablo ni siquiera un segundo. Ella, nueva Eva, concibe por obra del Espíritu Santo, y dará a luz, sin pérdida de su integridad es decir, como el rayo de sol atraviesa el cristal sin romperlo ni mancharlo, sino embelleciéndolo, al nuevo Adán, Jesucristo.

24. Por mucho mal que veamos a nuestro alrededor, podemos vencerlo con el bien, que nunca se acaba, porque nos viene de Dios. El cristianismo es la gran fortuna que tenemos que gozar y repartir.

25. Catecismo 1066 a 1112

Annus Sacerdotalis

17:51 0 Comments

19.- El Año Paulino que está por concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente «entregado» a su ministerio. «Nos apremia el amor de Cristo –escribía–, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron» (2 Co 5, 14). Y añadía: «Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?

20.- Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: «Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854»50. El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que «Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre»51.

21.- Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.

Annus Sacerdotalis

16:55 0 Comments

Continuación

15.- El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor: Deus caritas est (1 Jn 4, 8). Con la Palabra y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: «La mayor desgracia para nosotros los párrocos –deploraba el Santo– es que el alma se endurezca»; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas30. Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: «Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos»31. Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el «alto precio» de la redención.

16.- En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio»32. Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: «¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?»33. Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el «nuevo estilo de vida» que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo34.

17.- La identificación sin reservas con este «nuevo estilo de vida» caracterizó la dedicación al ministerio del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica Sacerdotii nostri primordia, publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: «Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana»35. El Cura de Ars supo vivir los «consejos evangélicos» de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la Providence36, sus familias más necesitadas. Por eso «era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo»37. Y explicaba: «Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada»38. Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: «Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros»39. Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: «No tengo nada… Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera»40. También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que «la castidad brillaba en su mirada», y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado41. También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse «a llorar su pobre vida, en soledad»42. Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: «No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido»43. Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: «Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios»

18.- En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente. «El Espíritu es multiforme en sus dones… Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas… Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo»45. A este propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum ordinis: «Examinando los espíritus para ver si son de Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño»46. Dichos dones, que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados y carismas «puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo»47.

Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis del Papa Juan Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical forma comunitaria y sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su Obispo 48. Es necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada en la concelebración eucarística, se traduzca en diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva 49. Sólo así los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio.

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TEOLOGIA 3 - CICLO C - TEMA 1

miércoles, 12 de mayo de 2010
A.- Revelación y Biblia:
Visión de Conjunto.

1. Revelación natural. DIOS ha hablado a los hombres; se ha manifestado, revelado, que significa quitar velo, descubrir algo oculto. Sabemos por la Biblia que DIOS ha hablado a los hombres; las verdades y los preceptos fundamentales los ha revelado DIOS en la misma naturaleza: a Adán y a los patriarcas, por la llamada revelación primitiva o natural, que por vía oral se trasmite de generación en generación, en la naturaleza: “Lo invisible de DIOS, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia, a través de sus obras”. Romanos 1,20 “Los hombres muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia”. Romanos 2,15.
Efectivamente, hasta los paganos más salvajes saben que DIOS existe; que el alma humana es inmortal; que tienen libre voluntad. Sabe que no deben matar, robar, traicionar a los suyos, etc. Saben que estas cosas son malas; que ellos son responsables por lo malo que hacen, y que DIOS castiga sus maldades. Así, por revelación natural, escrita en su conciencia, los hombres saben suficiente para poderse salvar. “De forma que son inexcusables”, romanos 1,20, si no se salvan.

2. Revelación Sobrenatural. Nos ha hecho más fácil la salvación; hay hambre de DIOS, y por eso nos dice más cosas que la Revelación Natural; es la Revelación Sobrenatural. DIOS habló a Adán, a Noe, a Abraham, Isaac, Jacob. De forma más directa, a Moisés, o Mosaica en el Sinaí unos 1400 años antes de Cristo; trasmitida por Moisés al Pueblo elegido, y después, por los Profetas que está contenida en el Antiguo Testamento. Y la revelación Cristiana por medio de Jesucristo y sus Apóstoles, que forman el Nuevo Testamento y que la Iglesia Católica conserva fiel e íntegramente hasta el fin del mundo.

3. La Sagrada Tradición y la Biblia, que significa colección de Libros, nos revela los misterios Divinos. Contiene 46 libros del Antiguo Testamento, casi todos escritos en hebreo y 27 del Nuevo, escritos en griego.
El Pentateuco, cinco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, escritos desde el siglo 10 antes de Cristo; se da una relación del origen del mundo y la historia primitiva del Pueblo de Israel. Se atribuyen a Moisés.

4. Los Libros Históricos son 16: Josué y Jueces, escritos entre los siglos 11 al 5; Rut, hacia el 5, cuenta relatos de la conquista de la Tierra Prometida.- 1º y 2º de Samuel; 1º y 2º de Reyes, y 1º y 2º de Crónicas, escritos entre los siglos 8 al 5 y relata la vida de los hebreos en tiempo de la Monarquía. Esdras y Nehemías, escritos hacia el siglo 4, cuenta la historia del pueblo hebreo después del Exilio. Tobías hacia el siglo 4, Judit hacia el 1; y Ester hacia el 3, escrito en hebreo-griego; son narraciones populares con fondo histórico. 1º y 2º Macabeos, escrito en griego el 2º, es la historia del pueblo hebreo bajo las dominaciones extranjeras.

5. Los Libros Didácticos. Job, en hebreo, hacia el 5, es narración alegórica; Salmos, en hebreo, entre el 10 al 5, también se atribuyen al rey David, es colección de alabanzas; Proverbios, en hebreo, entre los siglos 7 al 5, es colección de sentencias; Eclesiastés, en hebreo, hacia el 3, colección de sentencias; Cantar de los Cantares, en hebreo, hacia el 5, es poema alegórico; Sabiduría, en griego, hacia el 1, colección de sentencias; Eclesiástico, en hebreo, hacia el 2, es un tratado ascético.

6. Libros Proféticos. Son revelaciones de los designios de DIOS sobre su pueblo y predicciones sobre el porvenir, para mantenerlo fiel a la Alianza: Isaías, en hebreo, entre los siglos 8 al 5; Jeremías, hebreo, hacia el 7; Lamentaciones, hebreo, hacia el 6; Baruc, en hebreo, hacia el 2; Ezequiel, en hebreo, hacia el 6; Daniel, en hebreo, arameo y griego, hacia el 2; Oseas, en hebreo, hacia el 8; Joel, en hebreo, hacia el 4; Amós, en hebreo, hacia el 8; Abdías, en hebreo, hacia el 5; Jonás, en hebreo, hacia el 4; Miqueas, en hebreo, hacia el 8; Nahum, en hebreo, hacia el 7: Habacuc, en hebreo, hacia el 7; Sofonías, en hebreo, hacia el 7; Ageo, en hebreo, hacia el 6; Zacarías, en hebreo, hacia el 6; Malaquías, en hebreo, hacia el 5.

7. Libros Históricos del Nuevo Testamento. Los cuatro Evangelios que cuentan la Buena Nueva predicada por Jesucristo: San Mateo, en arameo hacia el año 50 y después en griego hacia el 65; San Marcos, en griego, hacia el 64; San Lucas, en griego, hacia el 65; y San Juan, en griego, hacia el año 95; los Hechos de los Apóstoles, en griego, hacia el año 65, por San Lucas, donde cuenta la historia de la Iglesia primitiva.

8. Libros Didácticos del Nuevo Testamento. Las cartas de San Pablo, todas en griego con destinatario concreto: Romanos, hacia el 58; 1ª y 2ª Corintios, y a los Gálatas, hacia el 57; Efesios, del 61 al 63; 1ª y 2ª Tesalonicenses, hacia el 51; 1ª Timoteo, hacia el 65; 2ª Timoteo, hacia el 67; a Tito, hacia el 65; a Filemón, del 61 al 63; Hebreos hacia el 67, que algunos piensan que no era de San Pablo.

9. Cartas Católicas, sin destinatario concreto: Santiago, hacia el 58; 1ª de San Pedro, hacia el 64; 2ª de San Pedro, hacia el 70; las tres de San Juan, hacia el 95; la de San Judas, hacia el 70; todas en griego, dirigidas a las comunidades cristianas.

10. Libro Profético del Nuevo Testamento: El Apocalipsis de San Juan, en griego, hacia el 95; es una visión profética de lo que falta por venir.

B.- Teología:
Santificación del hombre.


11. Santidad y Perfección. La santificación esencial del hombre consiste en la Caridad o Amor de Dios, la unión del alma con Dios por medio de la Gracia, que se llama también Vida Sobrenatural o Divina; nos hace justos, semejantes a Dios y agradables a sus Divinos ojos.

12. En el Antiguo Testamento, Levítico 19, se nos dice: "Sed santos, porque Yo, Yahvé, soy Santo". En los Evangelios, San Mateo 5 y 19, se nos habla y pide la perfección del Padre de los cielos. San Pablo en sus cartas, varias veces nos habla claramente de la santidad. La Iglesia, a lo largo de su historia, nos pide santidad, nos la ofrece y nos propone ejemplos a imitar. En el Concilio Vaticano II se hace una llamada universal a la Santidad. Santidad y Perfección es sinónimo, y lleva al hombre a su plenitud, al participar más en las perfecciones Divinas.

13. Grados de Santidad o Perfección. Para ir al Cielo es necesario cumplir los Mandamientos, es decir, estar en Gracia de Dios, o alcanzarla en el último momento por el arrepentimiento. Es la guerra al pecado mortal.

14. Quien desea una mayor perfección, escucha los consejos de Jesús en el Evangelio, y se anima a seguirle en Pobreza, Castidad y Obediencia, declarando la guerra a todo pecado venial e imperfecciones, y buscando siempre lo positivo; creciendo cada día más en la vida de Gracia, en sí mismo, y en los demás. El grado de Gracia que alcancemos en la tierra al morir, será en grado de Gloria que nos acompañará en el Cielo por toda la Eternidad.

15. Planes de Dios. El hombre, al ser creado por Dios, recibió de El, al mismo tiempo que el ser creado, la justicia original, es decir, la Gracia Santificante, hábitos de las Virtudes sobrenaturales, y otros muchos dones que se clasifican en tres grupos:

16. Dones naturales, todo lo propio de la naturaleza humana en estado perfecto: hermosura, salud, fuerza, ingenio, fecundidad, inteligencia clara, voluntad recta, etc.

17. Dones sobrenaturales. Gracia Santificante, reflejo de la hermosura Divina, Virtudes infusas y Dones del Espíritu Santo, que les elevó al estado sobrenatural o participación de la misma Vida Divina.

18. Dones preternaturales o estado de integridad, que comporta dominio absoluto de las pasiones, ciencia infusa e inmortalidad corporal.

19. Caída del hombre y castigo. Nuestros primeros Padres Adán y Eva pecaron, desobedeciendo a Dios en la prueba que les puso. Perdieron inmediatamente la Gracia Santificante y la Integridad de la naturaleza. Este castigo llega a toda su descendencia: al perder los padres sus riquezas, los hijos nacen en la miseria.

20. El hombre quedó sólo con los dones naturales, y éstos, averiados, es decir, la inteligencia obscurecida, la voluntad debilitada y la inclinación al mal.

21. Restauración. Ya en el mismo momento del pecado, Dios promete la Redención, amargando de esta forma el triunfo pasajero del Diablo. La llevó a cabo Jesucristo por la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección, y nos la aplica la Iglesia.

22. Nacemos con el pecado original, se nos quita por el Bautismo, pero nos queda la inclinación al mal, que podemos superar con las ayudas que la Iglesia nos ofrece, pudiendo llegar a ser hijos de Dios y herederos del Cielo.

23. Por privilegio especial, fue liberada de este pecado la Virgen Inmaculada. Iba a ser Madre de Dios y no podía estar sujeta al Diablo ni siquiera un segundo. Ella, nueva Eva, concibe por obra del Espíritu Santo, y dará a luz, sin pérdida de su integridad es decir, como el rayo de sol atraviesa el cristal sin romperlo ni mancharlo, sino embelleciéndolo, al nuevo Adán, Jesucristo.

24. Por mucho mal que veamos a nuestro alrededor, podemos vencerlo con el bien, que nunca se acaba, porque nos viene de Dios. El cristianismo es la gran fortuna que tenemos que gozar y repartir.

25. Catecismo 1066 a 1112

Annus Sacerdotalis

martes, 22 de diciembre de 2009
19.- El Año Paulino que está por concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente «entregado» a su ministerio. «Nos apremia el amor de Cristo –escribía–, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron» (2 Co 5, 14). Y añadía: «Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?

20.- Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: «Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854»50. El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que «Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre»51.

21.- Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.

Annus Sacerdotalis

miércoles, 18 de noviembre de 2009
Continuación

15.- El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor: Deus caritas est (1 Jn 4, 8). Con la Palabra y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: «La mayor desgracia para nosotros los párrocos –deploraba el Santo– es que el alma se endurezca»; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas30. Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: «Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos»31. Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el «alto precio» de la redención.

16.- En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio»32. Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: «¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?»33. Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el «nuevo estilo de vida» que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo34.

17.- La identificación sin reservas con este «nuevo estilo de vida» caracterizó la dedicación al ministerio del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica Sacerdotii nostri primordia, publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: «Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana»35. El Cura de Ars supo vivir los «consejos evangélicos» de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la Providence36, sus familias más necesitadas. Por eso «era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo»37. Y explicaba: «Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada»38. Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: «Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros»39. Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: «No tengo nada… Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera»40. También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que «la castidad brillaba en su mirada», y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado41. También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse «a llorar su pobre vida, en soledad»42. Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: «No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido»43. Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: «Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios»

18.- En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente. «El Espíritu es multiforme en sus dones… Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas… Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo»45. A este propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum ordinis: «Examinando los espíritus para ver si son de Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño»46. Dichos dones, que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados y carismas «puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo»47.

Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis del Papa Juan Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical forma comunitaria y sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su Obispo 48. Es necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada en la concelebración eucarística, se traduzca en diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva 49. Sólo así los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio.

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soy diseñadora gráfica y profesora de religión y de lengua y literatura
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