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EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE

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POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.

LAS ISLAS DIOMEDES

El P. Cunninham.
A un tiro de piedra de una a otra, hay dos islas en la parte norte del embudo del Estrecho de Bering. Por entre las dos pasa la línea imaginaria que separa a un día de otro; el meridiano donde empiezan y rematan los siete días de la semana. La isla mayor se llama Diomedes la Grande, y pertenece a Rusia; la menor se llama Diomedes la Chica, y pertenece a los Estados Unidos.
Las dos islas están habitadas por eskimales de pura cepa. Los de Diomedes la Grande son paganos, porque así lo ha dispuesto Stalin; los de Diomedes la Chica son en su mayoría católicos, porque tienen la dicha de albergar en su isla al misionero jesuita Padre Tomás Cunninham, de treinta y tres años, natural de Nueva Zelanda, que es ni más ni menos el centro geográfico de los antípodas de España.
El P. Tomás vino a Alaska conmigo en 1935 y pasó el primer invierno en Nome. En el verano se enteró de las condiciones favorables de las islas Diomedes y se decidió a probar fortuna. Reunió a toda prisa el material necesario para levantar una capilla y navegó impertérrito por entre los bloques de hielo en una barcaza de piel de morsa.
Cuando cerró el invierno y cayó sobre la isla el primer manto de nieve, el Padre remachó los últimos clavos del tejado y se pudo guarecer adentro junto a la estufa. La novedad atrajo a los isleños, que empezaron a convertirse con toda sencillez e ingenuidad.
Acabo de pasar unos días con el Padre Tomás. El otro día, mientras trabajaba yo en la residencia de Nome, llamaron a la puerta y vi entrar un espectro que pugnó por sacarme los ojos de las órbitas. No cabía duda: aquel era el P. Tomás, Tom, como le llamamos en familia. En 1935, Tom era un mocetón esbelto y garrido, Hoy, Tom es una reliquia del pasado. Sin afeitar, los ojos hundidos, sucio, desaliñado y macilento sobremanera, Tom tiene todas las características de un cadáver ambulante.

Fauna marina
Las islas Diomedes han venido manteniendo poblaciones indígenas desde el alborear de los siglos, merced a las focas mofletudas que, en bandadas incontables, se divierten sin césar a corta distancia de la costa.
Sin mezclarse con las focas y en bandadas menos numerosas, merodean asimismo los contornos de la isla morsas gigantescas, llamadas también vacas marinas walrús, cuyos colmillos descomunales surten de marfil los mercados, más pródigamente que los elefantes, de Existencia precaria.
Las morsas tienen por Biblia el Korán. Cada macho es un califa, con un harén interminable de hembras, que le siguen muy sumisas, y las infidelidades se pagan con muerte instantánea, administrada por los malhadados colmillos.
Celos son también causa inacabable de colmillazos mortales y, finalmente, uno de los espectáculos más excitantes e imponentes de la creación es presenciar el combate a muerte de dos machos corpulentos en la playa arenosa de un islote remoto y solitario. El macho de edad madura pesa, aproximadamente, tres toneladas, y maneja unos colmillos de cuarenta kilogramos cada uno.
Con el vasto mar por plaza de toros y los dos harenes por testigos, los dos toros marinos se atacan y contraatacan, y gruñen, y bufan, y se acaballan, y se sumergen, y vuelven a la lidia con ojos de furor y sangre hasta que uno, en aquella esgrima a muerte, halla una entrada favorable y cae sobre el adversario con todo el ímpetu de que es capaz y le hunde los colmillos hasta la raíz.
Mientras el infeliz vencido agoniza en un oleaje de sangre, las viudas pasan a ser propiedad del vencedor, a quien acatan humildemente, y aquel harén crece y se multiplica.
Además de las focas y morsas surcan las aguas frías de Diomedes ballenas blancas en buen número y una variedad riquísima de peces de todos los colores. En el verano vienen los gansos y patos silvestres y lo llenan todo de huevos y pechugas.
Con estas ayudas de costa, los isleños pasan nueve meses en Diomedes, y en el verano van a Nome, donde trafican con el marfil y pieles sobadas y se proveen de ropas y alimentos para el resto del año en la isla.

En poder de los Soviets
El P. Tomás pasó allí el primer invierno sin percance alguno. Con el rifle al hombro, y bien abrigado, salía de caza con los indígenas y volvían todos arrastrando un trineo repleto de focas, que luego repartían amistosamente. Se ganó la simpatía de los isleños por su puntería feliz y su facilidad en aprender la lengua.
El segundo año se vió de hoz y coz en un apuro que no olvidará mientras viva. Era a la entrada del verano, y el Padre remaba con un grupo de isleños armados de rifles y arpones a caza de focas. A poco el cielo se encapotó, y el mar se alborotó, y la barca llegó a duras penas a una playa de Diomedes la grande, donde anclaron muy contentos y optimistas.
De repente, el Padre vió delante de sí a un hombre con uniforme ruso, que le puso el revólver a dos palmos de las narices. Retrocedió el Padre por instinto y chocó con el revólver de otro oficial, que le apuntaba a la nuca.
Le obligaron por señas a que les siguiera y le metieron en una caseta, donde le juzgaron sumarísimamente y le condenaron a ser deportado a Siberia, para ser allí fusilado.
Hacía de intérprete un mestizo que sabía ruso y eskimal. Los oficiales rusos dedujeron que el Padre Tomás era un espía, por dos razones: hablaba el eskimal, cosa inexplicable en un blanco, y pasaba todo el invierno en Diomedes la Chica, allí, a las puertas de la Rusia soviética, desde donde le era relativamente fácil espiar los hechos y dichos de los rojos.
Sólo un espía de profesión podía vivir allí. Además, a ningún sacerdote le está permitida la entrada en territorio alguno soviético sin pasaporte, y aquí estaba el Padre Tomás cogido con las manos en la masa.
Todo esto duró menos de media hora, encerrados en aquella caseta destartalada. Los remeros del Padre le esperaban afuera impacientes, y como tardaba en salir, y sospechasen que tal vez se estaba fraguando algo gordo, le dieron voces en eskimal preguntándole qué ocurría. El Padre les respondió también en eskimal que le querían matar. Entonces los remeros cargaron los rifles y metieron los cañones por los agujeros y resquicios.
Al ver esto el Padre dio un salto ligerísimo hacia la puerta, que abrió medio a ciegas y salió en menos que se tarda en decirlo. Los remeros insistieron en acribillar a balazos a los dos rusos, pero el Padre se lo estorbó.
Los rusos, aunque no entendían las palabras, vieron que aquello olía a chamusquina y se guardaron de asomarse a la puerta, quedando por el mero hecho prisioneros del P. Tomás y muertos de miedo. Allí quedaron los dos agazapados y frustrados en sus deseos carnívoros de caza clerical, a la que -como todos sabemos están aficionadísimos.
Al llegar aquí le pregunté al Padre si le había entrado miedo. Me respondió que, por espacio de cinco minutos, se convenció plenísimamente de que le fusilaban sin ambajes, y que en cinta cinematográfica desfiló ante sus ojos el pasado ruin y miserable de su vida criminal y deseó haber sitio mejor. Tuvo tedio de morir. Tuvo pánico de morir.
Luego se consoló pensando que moría en la brecha y que Jesucristo le había de recibir en sus brazos amorosos, y aquí estuvo a punto de llorar de devoción. Devoción y pánico se sucedían atropelladamente, cuando los renteros intervinieron en su favor y le salvaron. Era un día muy frío, pero el Padre Tomás sudaba copiosamente.

Frío y hambre.
Este último invierno ha sido tal vez el más duro en los fastos de la isla. A principios de diciembre la temperatura bajó a 500 bajo cero. Y ahí quedó estacionada hasta fines de marzo.
El Padre no estaba preparado para tamaña contingencia. Al levantarse por la mañana, la cocina estaba a 25° bajo cero. Así se le estropearon las patatas, los huevos y la leche condensada.
Como el combustible se le iba a marchas forzadas, quiso ahorrar lo más posible, pero los efectos en la temperatura fueron tales, que llegó a pensar seriamente en el peligro posible de helarse durante el sueño, y por tanto no se atrevía a acostarse. Aquello iba presentando un cariz de mal agüero.
A principios del año llegaron las tormentas de nieve cargadas de ciclones, que se sucedían con una regularidad irritante, y la isla quedó convertida en un silencio y soledad de cementerio. Nadie osaba salir a la puerta y mucho menos salir de caza.
Las provisiones de los indígenas se agotaron, pero los ciclones no se agotaban. Un día de menos vendaval, los isleños entraron en tropel en la casa del Padre y le dijeron que se morían de hambre.
Aquí es donde el P. Tomás pensó con el corazón, como si no tuviera cabeza sobre los hombros. El eskimal es pedigüeño por naturaleza y holgazán, y como no tiene idea de lo que es vergüenza, pide y pide hasta que no queda en la aldea ni una cáscara de nuez. Si puede vivir mendigando, no trabaja.
Como todos se echan esa cuenta, hay que instruirles desde el principio y asegurarles que la ración del Padre es para él sólo y para nadie más. El P. Tomás no obró así. Les mandó ponerse en fila y les dio todo, absolutamente todo lo que tenía en casa, excepción hecha de un fardelito de té.
Los isleños cargaron con todo y se lo llevaron. A ellos, ¿qué les importaba lo que iba a comer el Padre? Ande yo caliente y... ahí me las den todas. Son como niños.
Pues bien, con este procedimiento de dar a destajo, el Padre quedó sometido a una dieta increíble. Por la mañana decía Misa y luego tomaba una taza de té. Por la tarde, otra taza. Por la noche, otra. al día siguiente lo mismo, y así sucesivamente cerca de cuatro meses.
De vez en cuando cogían alguna foca y le traían un trozo de hígado, que él freía lo mejor que sabía y luego devoraba lo más aprisa que podía.
Como las tormentas no amainaban, la caza de focas se hizo muy cuesta arriba y el Padre ya iba acostumbrándose a vivir sorbiendo té, cuando se acordaron que dos años antes habían enterrado en los pedruscos de la costa una ballena podrida, que no habtían podido terminar. El Padre y los isleños cavaron acá y allá hasta que la localizaron; y aquella ballena, corrompida primero, y helada después en dos inviernos sucesivos, les suministró dos comidas al día, hasta que volvieron a cazar más focas.

Un resbalón desgraciado.
No hace mucho, al trepar por las peñas con una foca al hombro, el Padre se resbaló y se fracturó una costilla. A falta de médico se la compuso él mismo, pero con tan mal acierto que el canto de una de las fracciones oprimía un pulmón y dio origen a una serie interminable de vómitos de sangre.
Había que arreglar aquella costilla, fracturándola de nuevo. Como no tuviese valor para quebrarla él mismo, dio un martillo a un eskimal, que se la partió de un martillazo. Una vez repuesto del susto, compuso las fracciones lo mejor que pudo; esta vez con más feliz resultado.
Mientras convalecía arrimado a la estufa, vino un grupo de eskimales de Diomedes la Grande, que deseaban danzar y divertirse con sus vecinos isleños. Antes de empezar la danza hubo un rato de catecismo, y los huéspedes asistieron a las instrucciones con toda espontaneidad. En Diomedes la Grande no hay catecismo, porque se enfadaría Stalin.
El Padre sostuvo con los súbditos de Rusia el siguiente interrogatorio:
¿Quién hizo las ballenas?
Stalin.
¿Quién hizo las focas?
Stalin.
¿Cuántos años tiene Stalin?
¡No sabemos !
¿Tendrá unos sesenta años?
¡Tal vez!
Pues entonces, ¿quién hizo las ballenas y las focas antes de que naciera Stalin?
Aqui los pobres eskimales súbditos de Rusia se rascaron la cabeza y carraspearon y confesaron ingenuamente que no sabían responder.

Noticias de última hora.
Todo esto me contaba en la habitación de Nome el P. Tomás. Yo también tenía noticias sensacionales que comunicarle. Ya hacía tres meses largos que reinaba felizmente Su Santidad Pío XII, y el Padre no lo sabía; como tampoco sabía que teníamos en Alaska Obispo auxiliar y un Provincial nuevo en la provincia adoptiva de Oregón.
De Franco no había oído más que el nombre. No sabía quién era quién, ni por qué luchaban y se mataban. Cuando le expliqué el estado de la cuestión, abrió unos ojos muy grandes y dio gracias al cielo por la victoria del Generalísimo sobre sus vecinos los rusos.
En la isla de Diomedes no hay periódicos, ni telégrafo, Ni siquiera radios. Allí se vive como vivirían los biznietos de Adán, que se internasen en valles remotos y deshabitados. El mundo, como nosotros le entendemos, no existe para ellos. En Diomedes la Chica no hay más mundo que las olas, el hielo, la caza, la pesca, la aldea y las estrellas.
Allí nacen y se crían y mueren, sin saber de trimotores, ni de tanques, ni de leyes agrarias, ni de cursos universitarios. Curtidos por los fríos y tormentas, y avezados a dormir al raso, sobre el hielo donde viven las focas, los eskimales de las islas, se crían fuertotes y melenudos, sin enfermedades nerviosas, ni prisas, ni miedos del porvenir.
Ahora se alza en su isla una iglesia, donde se bautizan, rezan, y donde vive oculto el mismo Jesucristo de las catedrales góticas de Castilla. Antes todo era superstición. Ahora ya saben que cuando van de caza es mejor rezar que acogerse a las antiguas supercherías; y rezan con una fe primitiva y sincera que les acarrea todo género de bendiciones.
El P. Tomás vive allí como un rey. Vino a Nome por provisiones y volvió lo más pronto que pudo. Si no volvió al día siguiente fue por charlar conmigo y escuchar mis comentarios a la guerra civil española, que acababa de terminar felizmente.

EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE

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POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.

DOS MESES EN NOME

Un poco de historia.

Sólo una vez, desde 1901, la muy noble villa de Nome ha estado sin misionero. Los católicos de Nome no oyeron tañer la campana durante todo el invierno de 1939. Los fallecidos murieron sin sacramentos y a los nacidos no había quien los bautizase.
Celebrada la Pascua en Kotzebue, y hecha una visita al orfanotrofio de Pilgrim Springs, recibí órdenes de tomar el aeroplano y aterrizar en Nome, donde debía permanecer un par de meses, hasta que a fines de junio viniese de su Isla Singular el célebre Padre Lafortune.
Estas costas de Nome estuvieron desiertas desde mucho untes del diluvio, y por ellas retozaban corpulentos anfibios marinos, que no sabían de flechas ni de balas; pero en octubre de 1898 unos exploradores, curtidos a todos los temporales y arriesgados como pocos, después de mil fracasos por montes, valles y playas, descubrieron pepitas de oro en las arenas de la playa, que bautizaron con el nombre de Nome, y dos años más tarde las gaviotas vieron asustadas hileras interminables de tiendas de lona, donde se albergaban 25.000 mineros, procedentes de los cuatro Puntos Cardinales.
Allí se maldecía y se canturreaba en todas las lenguas llamadas civilizadas, hasta que poco a poco las tiendas fueron sustituidas por casetas de madera, sobre las que se erguían hoteles toscos, donde se vendían los huevos a veinte duros la docena, y donde un cántaro de vino se iba en copas, que costaban de diez a quince pesetas cada una.
En aquella multitud abigarrada de aventureros había un crecido número de católicos, que aplaudieron la idea de levantar una iglesia cuando les visitó y se lo propuso el P. René, en agosto de 1899.
Al año siguiente fue destinado a Nome el Padre Jacquet. El pobre Padre no duró mucho en la brega. Tres meses de invierno bastaron y sobraron para ponerle fuera de combate y dar con él en una camisa de fuerza. Trasladado a Holy Cross por las autoridades, recobró el juicio y trabajó a media máquina algunos años, hasta que murió plácidamente en el Yukon.
En 1901 llegaron dos Padres y levantaron la iglesia actual, cuya esbelta torre es el orgullo de la población. La cruz, en que remata, fue decorada con bombillas eléctricas, y aquella cruz iluminada salvó centenares de vidas en tormentas, borrascas y tinieblas invernales cuando navegantes y exploradores se extraviaban en la lejanía.
Años más tarde, en 1914, los yacimientos auríferos vinieron a menos, y la Compañía eléctrica, con la excusa de que no podía sufragar los gastos, cortó la corriente y la cruz cesó de brillar en la oscuridad.
Era entonces Nome una ciudad floreciente con Instituto, tres Diarios, calles, almacenes, cuatro sociedades secretas y trabajo para todos en abundancia. En nuestra iglesia se decían dos misas los do-mingos por no caber todos en una.
En 1903 arribó el P. Lafortune, que había de oscurecer con su brillo a todos los misioneros de Alaska, pasados y presentes. Pequeño de cuerpo, canadiense de nación, industrioso como pocos y habilidoso como el que más, este Padre que aún vive tomó a su cargo los indígenas de Nome y sus cercanías y levantó para ellos iglesia aparte, donde les predicaba en su misma lengua.
Bautizó eskimales a centenares, y se acostumbró a vivir y comer como ellos, sin que por eso dejara de ser con los blancos el sacerdote urbano y cortés, cuya santidad admiraban y admiran de consuno.

El "Diario" de los Misioneros

Apenas me instalé en Nome, abrí los cartapacios donde los Padres han venido escribiendo el Diario de la casa desde 1901 hasta 1939. Es un arsenal de información que no se puede valuar en dinero. Por allí desfila tullo.
Un grupo de señoras se encargó en 1906 de limpiar la iglesia y sufragar los gastos del altar. Poco a poco se convirtieron en dueñas absolutas de la iglesia, hasta que llegó un Padre de agallas y, después de estudiar el problema despacio, con una ironía socarrona y una tenacidad de hierro, las fue destronando insensiblemente, hasta que una mañana las buenas señoras se vieron en la calle sin saberlo.
Las tiples protestantes que cantaban en nuestro coro, y que se creían indispensables, fueron despedidas con una sonrisa tan fina y aristocrática, que a ellas mismas las hizo reír.
Hubo conversiones ruidosas, y pérdidas dolorosas, y muertes repentinas, que pusieron al pueblo los pelos de punta, y fallecimientos muy edificantes, que esparcieron olor de santidad por toda la población.
Hubo años de abundancia, y hubo años en que los Padres vivían adeudados y muy preocupados. Enfermedades, calumnias, propaganda subversiva, malas inteligencias, verdadera persecución... de todo libró Dios a los buenos Padres, que bregaban contra viento y marca, en un resalsero de pasiones bajas atizadas por personas constituidas en altos cargos y dignidades civiles.
Todo está en el Diario. Si una vieja eskimala regala dos libros de hígado de foca; si un solterón adinerado da quinientas pesetas para pintar las paredes y comprar carbón; si el señor Obispo, en la visite, les llama al orden por gastar mucha azúcar; si este año ha habido más o menos casos de locura que el año pasado; si será o no será contra la pobreza quemar incienso oloroso después de la catequesis de los eskimales, que olían que apestaban, etc., etc.
Hoy día Nome es una sombra del pasado. Quedan, sí, calles y muchas casas; pero no todas están habitadas.
No hay más que un periodicucho pobrísimo, que sale tres veces por semana. En las páginas emponzoñadas de este papelón ridículo se envenenaron las mentes de los habitantes de Nome en la cuestión de la guerra española.
Uno de los católicos más influyentes de Nome no vaciló en decirme que Franco era un demonio disfrazado de hombre, un Atila, etc., etc. Todos mis argumentos en contra se estrellaron o rebotaron en aquella testuz de carnero bravío. Lo había dicho el periódico, luego así tenía que ser.

Los aventureros del Polo.

Los primeros días fui a comer a una venta, mitad fonda, mitad taberna. Allí tuve que codearme con el celebérrimo tipo de viejo aventurero, que vino en 1898 y anda todavía vagando por las proximidades del Círculo Polar.
El nombre genérico que comprende a todos los viejos de esta catadura es “saordó”. Rigurosamente hablando, todo el que en noviembre vea helarse los ríos y las playas y presencie el deshielo en junio, pasa por el mero hecho a la categoría de “saordó”.
Mientras más inviernos se pasan en Alaska, más tiene uno de “saordó”. Pero hay “saordós” y “saordós”. Yo mismo soy un “saordó” en rigor técnico, aunque no me precie de ello en presencia de los viejos.
El “saordó” castizo es esto: septuagenario, soltero, alto y encorvado, calvo o con un pelo ralo blanquísimo, bigote rubio, ojos azules y aguardentosos, pipa negra y jorobada que cae hasta la perilla, chaquetón que sujeta un cinturón hermano carnal de la cincha, botas anfibias, de goma hasta los tobillos y de cuero el resto hasta la rodilla; no tiene religión, escupe treinta veces por minuto, lo ha leído todo, lo sabe todo, lo ha visto todo, lo quiere hablar todo, come por diez y se llama Jorge.
El que se llama Bernabé, Dionisio, Jeremías o Gregorio no es “aordó” legítimo, sino extranjero y advenedizo, tal vez ruso, bohemio o yugoslavo. Tiene quo llamarse Jorge y venir de antepasados escoceses, yankis o escandinavos.
Asimismo tiene que ser masón y gloriarse de ello; y, por último, tiene que poner en el mismo plano a Hitler, Franco y Mussolini y desearles a los tres muerte a fuego lento acá en la tierra, y una eternidad de horrores en el infierno.
Cuando el “saordó” enferma de gravedad, sus viejos hermanos masones le ponen un garrafón de vino junto a la almohada para aliviarle los trances penosos de la agonía; y, cuando el infeliz se desploma inerte como encina corroída y deja de escupir, le amortajan caritativamente y le llevan al cementerio masónico.
En el centro del cementerio general de Nome hay un reservado con rótulos enormes que dicen: “Cementerio Masónico”. El fin de estos rótulos es facilitar el día del Juicio a los Angeles la tarea penosa de separar los malos de los buenos. El Angel que, de un vistazo, vea salir de esta parcela masónica una caterva de seres espantadizos, ganará tiempo acorralándolos a todos a la izquierda sin más ceremonias.

Celos y charlas femeninas

En Nome tuve sorpresas que en Kotzebue ni las hubiera soñado. Una señora viuda, octogenaria, me llevó un mazapán con adornos de baño blanco y canela que me desarmó con sólo mirarle. En el aturdimiento consiguiente le ofrecí a la señora una silla, y el dichoso mazapán me costó dos horas y media de escuchamiento.
A los tres días, otro mazapán y dos horas en las sillas. Al día siguiente, un paquete de rosquillas deliciosas y tanta charla que, cortando todos los nudos gordianos de la urbanidad más elemental, miré al reloj y me excusé con que tenía que rezar el Breviario.
Al día siguiente, dos pollos desplumados; abiertos y helados y una charla que no llevaba trazas de acabar.
Otra señora adiposa y septuagenaria, no católica, viuda de un renegado católico que murió sin Sacramentos, tuvo celos de la octogenaria y, no queriendo ser menos, me empezó a traer rosquillas y mazapanes, que yo tenía que pagar con asentadas eternas, escuchando detalles minuciosísimos de episodios los más ridículos y baladíes. Allí me enteré de la vida y milagros de las dos terceras partes de la población.
Las dos señoras se sabían de memoria una a otra, y las dos se querían como la zorra y la gallina. La octogenaria prometió revocar el testamento y escribir otro donde estuviera incluido mi nombre. La septuagenaria se contentó con hacerme probar un traje planchado y seminuevo de su difunto esposo, más unas camisas y un maletín repleto de pañuelos blancos muy majos.
Al preguntarlas separadamente por qué no habían hecho eso años antes con otro Padre, me respondieron que nunca habían hallado oportunidad de hacerlo; pues, o no los habían hallado en casa cuando iban a visitarlos, o, si los hallaban, no tenían paciencia para escucharlas y las despedían a tocateja con buenos modos y maneras.
La respuesta me hizo reír. Unos días antes mi paciencia había estado a punto de estallar.
Los católicos se alegraron de ver de nuevo al misionero y acudieron con fidelidad a cumplir con Pascua. Siguiendo una costumbre inmemorial, los blancos se sientan a un lado y los indígenas y mestizos a otro.
Todos hablan inglés. Los mismos indígenas se van avergonzando de su lengua gutural, y se vanaglorian de hablar inglés, y hasta de salir con frases elegantes y palabras floridas, que no dicen del todo bien, entre giros bárbaros y frases incorrectas.

El hospital de Nome

Desde 1906 hasta 1919 hubo en Nome un hospital católico, regentado por Hermanas de la Caridad amables y abnegadas, como es proverbial en ellas.
En toda la redondez del globo son estas hermanas respetadas y buscadas, y dondequiera que levantan ellas un hospital, arruinan irremisiblemente a los hospitales circunvecinos. Los enfermos quieren ser tratados por las hermanas, y por nadie más.
Pero Nome es una excepción en el mundo. Nome es el tipo clásico de pueblo venido a menos, habitado por tipos de una pedantería soez que consideran progreso pertenecer a la masonería, creer en la evolución, dudar filosóficamente delta existencia de Dios, y evitar todo contacto con el Catolicismo retrogrador y opresor de las conciencias.
La presencia de un hospital católico entre sus chozas atiborradas de revistas indecentes era un reto al progreso y a la libertad de pensamiento.
Después de muchas juntas y disputas, decidieron llamar a los protestantes, a quienes aseguraron que favorecerían contra la institución católica. Así lo hicieron. Las Hermanas se trasladaron al sur de la península y dejaron el campo a los Metodistas.
Ahora el hospital está regentado por gente de negocio, que se cuida más de los dólares que de los dolores de los enfermos. Las enfermeras tienen novio y no atienden a los enfermos como lo hacían 1as Hermanas. Los viejos marrulleros, que invitaron a los Metodistas, vieron el error y escribieron cartas a las Hermanas rogándolas volver. Ninguna de las cartas recibió contestación. Así escarmientan otros en cabeza ajena.

Con el campeón de ajedrez.

En este hospital incoloro había un enfermo hidrópico, un “saordó” de los castizos, que era el campeón de ajedrez desde 1915. Le visité y jugamos una tarde. Ya se veía que era el campeón ! Como me paraba los pies a las pocas jugadas, decidimos que jugara él sin una torre, y así tuvimos unos juegos interesantísimos. Una tarde me ganó sin torre.
Al día siguiente fui al hospital muy de prisa y decidido a darle una paliza, y me encontré con que la cama estaba vacía. Había muerto por la noche. Quedé muy impresionado, pues el pobre señor no tenía religión, ni la había querido tener jamás.
Con todo, nos habíamos hecho verdaderos amigos en aquella cama donde nos sentábamos a estudiar jugadas nuevas y ataques inesperados. Sus restos descansan blandamente en el cementerio masónico.

EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE

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POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.

PAPELETAS DE MI ARCHIVO

Influjo universal de la música.

A falta de cocinero y por no tener ama de casa ni quererla, tengo que guisar la cena solo y cenarla también solo y en silencio; de ordinario, con un libro delante que se sostiene abierto en un andamiaje de jícaras y vasos. Todas las noches lo mismo.
Pero anoche fue una excepción. Al sentarme a cenar, entraron dos mozos eskimales que deseaban ensayar algunas canciones con los organillos de boca que abundan en mi desván.
Sentados en un rincón oscuro lejos de mí, y una vez puestos en acorde los instrumentos, salieron con un dúo tan perfectamente ejecutado que me hizo cerrar el libro y escuchar. Otros dúos igualmente perfectos me dejaron inmóvil y como en éxtasis.
Comía despacio y maquinalmente porque el espíritu se estaba alimentando a pasto con aquellas melodías celestiales que me trasladaban a otro mundo mejor. Recordé la poesía de Fray Luis de León a Salinas, y estuve de acuerdo con Fray Luis en que:
"Aquí el alma navega,
en un mar de dulzura, y finalmente
en él así, se anega,
que ningún, accidente
extraño o peregrino oye ni siente."
Anoche entendí mejor que nunca por qué está la Historia tan llena de sucesos que proclaman el efecto poderoso de la música. Cuando a Saúl le oprimía el espíritu malo, buscaba alivio en el arpa de David. Los judíos cautivos se resistían a cantar a sus opresores los cánticos de su tierra.
En Granada se tuvo que prohibir cantar en público el «¡ Ay de mi Alhama ! », para no provocar a los moriscos. Los indios del Paraguay aguardaban emboscados las canoas que llevaban a los Misioneros; pero, al aparecer éstos tocando el violín, se les cayeron las flechas de los arcos y quedaron mansos como corderos. Las mismas serpientes de la India se adormecen y pierden su instinto de agresión al oír los acordes de los gaiteros encantadores.
No hay estrato en la sociedad sin su música: marchas militares, marchas fúnebres, himnos nacionales, baladas, orquestas, órganos catedralicios, tonadas, pastoriles de cuerno y de rabel, rondas nocturnas de guitarra y acordeón, jaulas de canario, trinos de ruiseñores....
La música, en todos sus aspectos y manifestaciones, nos hiere las fibras del espíritu, nos saca de la materia y nos trae delicadamente a la memoria la gran realidad de la armonía y ritmo de toda la creación, efímero trasunto de la armonía y proporción que existen en Dios.
El influjo mágico de la música no se puede medir con el metro ni puede ser reducido a guarismos. La música ha envuelto siempre a los espíritus en las mallas etéreas de sus melodías y ha jugado con ellos como juguetes indefensos: los embravece, los ablanda, los enloquece, los excita al odio, los enternece, los desarma y los embriaga de placer.
Hasta se ha aventurado la idea (quizá menos descabellada de lo que pudiera parecer) de que no está lejano el día en que los médicos receten un disco de Mozart, por ejemplo, para curar un ataque al hígado, o una pieza de Beethoven para aliviar o componer algún desorden intestinal.
Hay un algo en esas notas musicales que puede causar dramas irreparables o curar esos males, tanto del cuerpo como del alma, que la ciencia humana no ha podido aún desentrañar. Hay personas buenas que no se elevan a la contemplación divina si no es a los acordes de la música sagrada.
Anoche pensaba yo en todo esto mientras los dos eskimales sinfonizaban en el rincón oscuro de mi cocina con organillos de boca pequeños y baratos. Nunca digerí la cena tan bien como anoche.

Vida y milagros de un gato.
Todo el mundo conoce los perros de Alaska, o por lo menos ha oído hablar de ellos; pero ¿quién espera oír hablar de gatos en el país de los eternos hielos? Y, sin embargo, los tenemos.
Yo mismo tengo un gato que se llama Negrín. Lo adquirí para ayudar a las ratoneras de la despensa y del desván, y me lo dieron cuando sólo contaba nueve días. Es muy larga la historia de cómo le acostumbré a comer apenas nacido, cuando no era más que un bulto amorfo, negro, cegatón, atolondeado, llorón y antojadizo.
Al cumplir un mes, Negrín empezó a dar muestras de un talento nada vulgar. El repique del despertador le despertaba. Su oído extrafino me oía salir de las mantas y me venía a dar los buenos días a la cama mayando con mucho mimo.
Al cabo de varias tentativas frustradas lograba clavar las uñas en una manta y trepaba muy animoso. Aquellas mantas eran blandas y estaban calientes. En cambio los trapos de su cajón ni eran blandos ni muy calientes que digamos.
Negrín sacó la conclusión de que yo le estaba engañando y decidió acogerse al «ande yo caliente y ríase la gente». No hubo modo de evitar que se subiera a la cama. En ella dormía todo el día y sé escurría y bostezaba con un egoísmo y una galbana sin precedentes.
Al acostarme yo, me estrellaba contra un problema insoluble. El dormitorio es una esquina de la cocina y despacho sin puerta, para que se pueda calentar con la estufa central y común.
Echar a Negrín fuera de la pieza era matarlo de frío. Lo intenté, pero tuve que desistir, pues me trastornaba el juicio con aquellos mayidos afligidísimos. Dejarle adentro era darle libertad para subirse a la cama. Una noche que puse unos tablones a la entrada, trepó con mucho forcejeo y muchos arañazos y se vengó dando por tierra con todo el andamiaje.
Le dejé que se subiera. Subía por las mantas y caminaba despacio hacia la almohada, ronrroneando e implorando misericordia. Cuando le tuve al alcance, le agarré y le tiré por la entrada lo más lejos que pude. Vuelta a subírseme, y vuelta a volar por el espacio.
Cansado de ser pelota de tennis, discurrió una estratagema para salir con la suya, y fue ésta: aguardaba a que yo me durmiera, y luego se subía a la cama y dormía señorialmente.
Al despertar y verle allí, le agarraba y le echaba a volar por los aires. Ni aun así se amedrentó. Al oírme dormir, se subía a pasar la noche en las mantas, y al oír el repique del despertador saltaba y se escondía debajo de una silla.
Un día le puse un espejo delante, y al ver otro gato se llenó de celos y de rabia y lanzó al vidrio unos resoplidos feroces. Otro día inflé un baloncito de goma muy tenue que flotaba como una pluma al más ligero soplo. Negrín se puso a estudiar el aparato con una curiosidad científica y le rodaba de acá para allá con empujoncitos muy suaves hasta que impensadamente clavó una uña en el balón, que estalló como bomba de trimotor. Negrín erizó los pelos, dio un mayido de náufrago y huyó velocísimo a esconderse debajo de la cama.
Volví a inflar otro balón por la tarde, pero Negrín le miraba de reojo y a distancia como diciendo:
- ¡Te veo, besugo !
No descansa hasta que me hace una buena trapisonda, como subir al escritorio y volcar el tintero; meter la cabeza en un puchero sin poderla sacar hasta que lo rompe estrellándolo contra la estufa ; subirse a los plúteos y tirarme tres o cuatro libros que se desencuadernan del golpe y el susto; arrastrar un zapato que luego no encuentro en media hora de búsqueda malhumorada y regañona; agarrar el talón de un calcetín que me estoy poniendo y tirar él para afuera y yo para adentro hasta que me canso de bromas y hay truenos y relámpagos; meter el hocico en el chocolate para que del asco consiguiente le dé luego toda la taza, etc., etc.
Las niñas pequeñas del catecismo se disputan el honor de cogerlo y tenerlo en los brazos. La primera en llegar al catecismo tiene derecho a coger a Negrín y tenerlo mientras dure la catequesis que tenemos en la cocina.
Al oír la campana corren, o mejor, vuelan como gaviotas y, si llegan a la puerta varias a la vez, agarran el picaporte con mucho alboroto de voces y gritos hasta que irrumpen atropelladamente con muchas voces de triunfo y de protesta. Le acarician en español que me oyen y que ellas pronuncian correctamente.
El gato para mí es un misterio. Grotescamente egoísta, ni trabaja como el perro o el caballo, ni vale para la cazuela como el pollo o la ternera. Responde a las caricias con un arañazo. Tumbado en la almohadilla de un asiento, se cree rey del país y lo mira todo con el desprecio más olímpico.
La sensibilidad de Negrín es enigmática. En la manera de respirar me conoce si le voy a atusar a propinarle un mojicón. Hasta dicen que los gatos saben si el visitante los acaricia por amor a ellos o por adular y complacer al amo allí presente.
El pequeño Roberto, mi vecino mestizo, viene al salón con su velocípedo de tres ruedas y le ha enseñado a Negrín a tomar las manillas en ademán de guiar. No creo que me haya comido un solo ratón. No le gustan. Prefiere mayar y hacerse el famélico mientras yo como.
Cierto articulista cree que los que se aficionan a un perro son egoístas, porque el perro es noble y fiel y excelente compañero, mientras que los que se aficionan a un gato muestran ser desinteresados porque el gato no da más que mal por bien.
Y otro articulista cree que los que odian al gato son gente cruel y sin entrañas, enemiga de los niños y de las flores. Como es muy difícil conocerse a uno mismo, yo no sé en que categoría estaré; pero reúno las cualidades antagónicas de odiar a los gatos y de querer a los niños y a las flores.

Misterios de la gracia.

Ayer por la mañana me vinieron a decir que una vieja pagana me quería ver. Estaba acostada y hablaba con toda lucidez, pero estaba segura de que se iba a morir.
Acababa de ver ángeles que escoltaban a una Señora vestida de blanco y azul que la miró muchas veces, pero no la habló. La vieja no sabía qué hacer. Contó la visión a la hija, que se contentó con parecerla el caso raro y peregrino.
Por fin, la vieja decidió llamarme, pues se trataba de un asunto relacionado con la Religión, y para estos asuntos precisamente había ella oído decir que venían los Misioneros. La instruí por espacio de una hora, y, como creía ciegamente cuanto yo le decía, la bauticé y la llamé Margarita.
Al anochecer murió muy tranquila y se fue al cielo a devolver la visita a la santísima, Virgen. Este episodio, al parecer simplicísimo, es todo un tratado de Teología. La vieja que amaneció pagana, anocheció en el cielo. «Hoy estarás conmigo en el paraíso.»
Tal vez oraciones silenciosas de monjas encerradas en su celda o arrodilladas ante el sagrario fueron escuchadas y Dios vinculó a ellas esta conversión. No fui yo el que la convirtió a Dios.
Yo nunca le había visto, ni sabía que existía la tal vieja. Me llamó, fui, la bauticé, se murió y se salvó. Yo no la salvé. La salvó la gracia; y la gracia es un don gratuito que da Dios a quien quiere, pero que de ley ordinaria lo da al que lo pide o a aquel para quien se pide.
El mismo pedirlo es un don de Dios. La oración influye con verdadera eficacia en personas alejadas a quienes jamás se ha visto. Instruir, predicar y refutar no son ciertamente tiempo perdido; pero mientras no intervenga la oración suplicante, es poco menos que perder el tiempo.
La victoria del pueblo de Dios contra los Amalecitas dependía de que los brazos de Moisés estuviesen levantados hacia el cielo suplicantes, o caídos en inercia estéril. Asimismo leemos que el patriarca Abraham y diez justos tenían en sus manos la suerte de Sodoma y Gomorra.
No se desalienten las almas buenas que quisieran ser misioneras de infieles y se ven impedidas por circunstancias ajenas a sus deseos. La monja callada, el zapatero que remienda y clavetea, el estudiante, la sirvienta, el centinela del cuartel... todos, pueden orar y sacrificarse por la conversión del mundo infiel y cooperar activa y eficazmente en la salvación de los paganos.

Un episodio típico.

Alaska nunca dejó de ser Alaska. Se la llama «el país de los eternos hielos», y con razón. Me acaban de dar una noticia típica de las regiones árticas.
Vivían a veinticinco kilómetros de aquí un padre y dos hijos que se habían quedado sin madre la primavera pasada. Una vez al mes venía el hombre con su trineo cargado de truchas heladas, que trocaba por comestibles en el almacén o en diversas casas particulares. Los rapaces pasaban el día cortando leña y poniendo lazos en el bosque, donde nunca faltan conejos y liebres.
Hace dos meses se le echó de menos al buen hombre, pero nadie se preocupó cosa mayor, por ser corriente aquí vivir de solo pescado meses y hasta inviernos enteros.
El otro día pasó por su choza un cazador y al abrir la puerta se encontró con que los tres dormían en el suelo sin respirar siquiera y con los ojos abiertos como las liebres. Los llamó y hasta les dio golpecitos con el pie, mas los durmientes no despertaban. Estaban muertos!
El padre se había sentido indispuesto, pero siguió levantado hasta que ya no pudo más y una mañana no se levantó. Empeoró, le faltó todo, perdió el conocimiento y se murió.
Los niños se extrañaron del caso, pero la estolidez e indolencia nativas prevalecieron una vez más y no se preocuparon de engancharlos perros y venir a darnos la noticia. Poco a poco se les fueron acabando las provisiones, y como estaban flacuchos y tenían frío, se metieron entre mantas junto al cadáver de su padre y allí perecieron de hambre y de frío.
Los tres cadáveres semejan sendas estatuas de granito por la rigidez y dureza que tienen; helados y en posturas informes; sin oler mal; como fósiles de edades prehistóricas hallados en las grietas de un glaciar. Los eskimales de por aquí se comunican la noticia con toda naturalidad.

El silencio de las obras de Dios.

Ayer bauticé a diez personas, y hoy día de Pascua recibieron por primera vez la sagrada Comunión. La Iglesia, grano de mostaza que brotó en Jerusalén, ha venido extendiendo sus ramas por toda la faz de la tierra y hoy nos llega el efecto benéfico de su sombra aquí a las lomas del Polo Norte.
La única iglesia católica al norte del Círculo Polar Ártico es ésta de Kotzebue. Quedan aún aldeas norteñas en las que no has puesto los pies ningún sacerdote católico.
Seis de los ayer bautizados son oriundos de esas aldeas y uno nació en Barrow, que es el cabo más norteño de todo Alaska. Son mis feligreses. Escucharon las instrucciones todo el invierno y abrazaron la Fe con ingenuidad edificante.
Kotzebue es una trinchera excavada aquí, en el frente avanzado del Evangelio, y se libran en ella batallas tan calladas como importantes. Los rusos y finlandeses se batieron a muerte en desiertos barridos por la cellisca y en bosques repletos de nieve con neblina espesa por firmamento.
Todo el mundo se estremeció y siguió con admiración los vaivenes de aquella guerra llevada a cabo con cañones y tanques anillados. Con tanto ruido y explosiones estruendosas no se consiguió más que destruir viviendas, matar hombres y ensanchar territorios.
Las obras de Dios se hacen sin ruido de tanques, sin estruendo de cañones, sin segar en flor vidas preciosas y sin ametrallar hogares pacíficos.
Desafiando nieves eternas y hielos perpetuos, tormentas frigidísimas y meses invernales tenebrosos, los Misioneros de Alaska avanzan y conquistan calladamente, y sus conquistas son almas inmortales que se salvan y serán felices eternamente dando gloria a Dios con sus ángeles y santos.
El silencio de las obras de Dios me impresiona vivamente. La tierra y todo el mundo sideral giran y caminan por los espacios a velocidades fantásticas, y sin embargo de tan vertiginoso rodar nos extasiamos ante la paz del campo y la serenidad de la noche estrellada.
Fabrica el hombre una locomotora, un trimotor, un automóvil... objetos menos que microscópicos comparados con la Creación, y todo es ruido de hierro y maquinaria que ensordece y, desgasta los nervios y enloquece. Un boxeador resulta campeón en un encuentro a puñetazos, y el mundo lo comenta. Se convierte a Dios un corazón, y nadie lo ve.

Miedo a los muertos.

El aeroplano de Nome nos trajo una enferma que llevaron al hospital en un trineo, arrastrado por la chiquillería que se había apiñado en derredor del aeroplano.
Sé llamaba Ana Jacoba, eskimalita de dieciocho años. Cuando me quise enterar de quién era, ya había fallecido. No duró más que unas horas. Me dijo el médico que había sido, un disparate traerla, pues la tisis la tenía poco menos que difunta.
Resultó que Jacoba había estado seis años cabales en nuestra escuela de Pilgrim Springs, donde había sido Hija de María, según me lo dijo una de las jóvenes que había convivido con ella algunos años.
Debido a la tormenta que nos ha venido flagelando, dispuse posponer el entierro hasta que amainase el vendaval. El cadáver, envuelto en una sábana, descansó en una choza que yo cerré con candado.
Ayer fui con el ataúd, que me ayudó a fabricar un cojo, y hallé el cadáver tan sólidamente helado que su rigidez se podía comparar con la de una estatua de bronce.
Resultó que los codos caían un poco fuera del cuerpo, lo suficientemente para que el ataúd resultase estrecho. Todos los esfuerzos para doblegar aquellos brazos de acero resultaron inútiles. La idea de tener que fabricar otro ataúd me mortificaba mucho y estuve a punto de serrar los brazos; pero lo consideré tentación de Satanás y de mi holgazanería ingénita, y la rechacé.
Hicimos otro ataúd, y esta vez con buen éxito. Clavé yo mismo la cubierta y lo arrastramos en trineo hasta mi casa. Siguiendo la costumbre de aquí, pusimos la difunta en la iglesia para enterrarla al día siguiente, que es hoy.
Todas las noches, antes de acostarme, abro una puerta de la cocina y entro en la iglesia, donde tengo el consuelo de rezar arrodillado ante el sagrario. Pido allí a Dios por los bienhechores, por los parientes y amigos, por los que me escriben y encomiendan a Dios y por cien necesidades más.
Pero anoche no hubo manera de entrar en la iglesia. El cadáver estaba a tres metros del sagrario y no tuve valor para entrar a tientas y rezar solo y de noche junto al cadáver.
Quise probar con luz, pero tampoco me atreví a abrir la puerta. Estábamos pared por medio; pero yo me consideraba sano y salvo mientras la puerta estuviera cerrada. La cuestión era no abrir la puerta. Me indigné sonrojado y avergonzado y me llamé los nombres más despectivos; pero ¡cá!, la puerta siguió cerrada.
¿Por qué será eso? ¿Qué daño me puede hacer a mí una chica, muerta y metida en una caja que yo mismo hice y cuya tapadera yo mismo clavé y arremaché? Es como el temor de las señoras a los ratones. Desde niño se me metió en los huesos; el temor a los muertos y estoy viendo que voy a llegar a viejo sin poder echarlo de mí.
Hasta he llegado a preguntarme si cuando me muera me llegaré a tener miedo a mí mismo, Por si alguno padece de esta misma enfermedad, quiero tranquilizarle desde estas líneas y asegurarle que no tenga miedo a mi cadáver; que soy persona pacífica y no pienso resucitar para meter miedo a nadie.

A 60 grados bajo cero.

Estamos sufriendo la temperatura más baja que se ha registrado en muchos años. Hoy es el quinto día de temperatura inferior a 50 grados bajo cero. Ha habido ratos de 62 grados bajo cero.
Esta temperatura no es fenómeno raro en el interior de la península donde, merced a la altura elevadísima sobre el nivel del mar, el aire es muy seco y saludable y el ambiente es poco menos que el paraíso de los leñadores del bosque con el hacha, la pipa y la botella de ron; pero aquí, en la costa helada y brumosa, saturada de humedad y de neblina, 50 grados bajo cero son algo imponente. No hace viento alguno perceptible, como si el aire estuviera encerrado en un fanal. El humo de las chimeneas sale remolón y desganado y se apiña en nubarrones flotantes que se espesan y nos impiden ver la bóveda celeste.
Por el placer insano de sentir en el cutis los efectos de la temperatura, salí a la calle y pude experimentar lo pesado de la respiración y el dolor que cada anhélito produce en el interior de las narices, cuya mucosidad se congela y forma como un vallado a lo largo de los conductos nasales.
En la palangana que saqué conmigo, el agua se cubrió visiblemente de una telilla de hielo rizoso que se fue espesando a ojos vistas.
Estas temperaturas infames sobre un suelo de glaciar son la causa de que no tengamos por aquí Cármenes de Granada, ni Huertas de Murcia o de Valencia, ni Planas de Castellón, ni viñedos manchegos o jerezanos. Miro por centésima vez al termómetro que se ha estancado en los 60 grados y unas décimas bajo cero. Cuando se lo escriba a mis amigos de España, ya sé la respuesta:
- ¡Pero cómo exagera ese hombre!
Por eso me da un gustazo salvaje mirar a la columna de mercurio y convencerme de que no exagero.

Un tarrito de miel.

Está visto que da buen resultado escribir a monjas. No sólo por el cúmulo de oraciones y sacrificios ofrecidos por el bienestar de mi alma a cambio de historietas eskimales completamente fidedignas, sino también por las ganancias que se derivan para el cuerpo, ya que, dicho sea con perdón, tripas llevan corazón, y no viceversa.
A una monja franciscana de Filadelfia, en los Estados Unidos, la visitó su madre, y en el curso de la conversación salió a relucir la Misión de Kotzebue. El resultado no pudo haber sido más satisfactorio.
A instancias de la fervorosa monja, su madre me mandó un paquete con dos litros de miel, un tarro de aceitunas, dos latas de jamón en conserva, una caja de galletas finas y un vaso repleto de la novísima invención «mantequilla de cacahuate» que, se pone en el pan y sabe muy rica.
Al sentarme a la mesa, con e1 pote de miel delante, me viene una sonrisa curiosa como si acabase de ganar una batalla o me hubiera tocado el premio gordo. Miel en las lomas del Polo Norte es un lujo tan extravagante que ni al mismo Satanás se le había ocurrido tentarme por ahí y abrir así un boquete en el muro de la santa pobreza.
Pero ni Satanás con su soberbia y egoísmo, ni yo con mi ceguera e ignorancia, conocemos los límites de la bondad maternal de Dios nuestro Señor. Dios me trajo esa miel y me la puso delante para que luego no me queje cuando me crea solo y abandonado en este rincón remotísimo del globo.
Leí en una revista de Misiones un artículo en el que se hablaba de los «bizarros y aguerridos Misioneros que se baten con denuedo en las avanzadas» y «sucumben heroicamente como bravos al pie del cañón», y me pregunto a mí mismo si también yo seré bravo y aguerrido y todas esas cosas, o si más bien me señalo en encuentros a muerte con potes de miel y aceitunas en conserva.
Creo que en esto, como en todo, un dorado término medio es lo más próximo a la verdad. Ni tanto cabello que se arrastre, ni tan calvo que se le vean los sesos.

Los ricos, las mujeres, los pobres y el Evangelio.

Hoy, como hace 2,000 años, el reino de los cielos es de los pobres de espíritu. Al final de un escrutinio cuidadoso y paciente he averiguado que los únicos que me han ayudado y ayudan con sus limosnas son gente más bien pobre que rica. En los Estados Unidos lo mismo que en España.
El rico es la persona más miserable y deleznable de la humanidad. Tiene un pánico mortal a interesarse por obras de caridad y de celo apostólico, que pueden aligerarle el bolsillo.
Para llevar adelante sus empresas necesita grandes cantidades pecuniarias y todo ello se revuelve en un círculo vicioso de dinero, que produce dinero y que se necesita para que lo siga produciendo, so pena de una quiebra lamentable.
El rico no tiene atisbos del gozo que inunda al alma cuando se sacrifica uno hasta que duela. Vive con el temor continuo de la posibilidad de venir a menos, y su vida es la de un criminal no descubierto, que ve pasar ante sí guardias civiles y policías.
Son los pobres, los de la clase media, los medianamente acomodados los que sostienen sobre sus hombros en lo material la empresa divina de la evangelización del mundo pagano.
Cada vez que recibo un giro de sirvientas de San Sebastián, Bogotá, Buenos Aires y Nueva York me confirmo más en la tesis que estoy defendiendo.
En primer lugar los ricachones no tienen religión. Si la tuvieran, no osarían aparecer como seguidores del que nació en la cueva de Belén y murió desnudo en una cruz. El rico nace para vivir una vida puramente animal, que termina como todos sabemos en el cementerio. Hay excepciones, naturalmente, y cada rico debiera considerarse una excepción.
Las limosnas que sostienen la Misión de Alaska vienen de personas poco adineradas. Vienen también por lo común de señoras, de señoritas y de niños.
Las mujeres tienen el corazón más tierno ; las señoritas se entusiasman con las obras de celo en pro de la salvación de las almas ; los niños sienten un orgullo noble en considerarse salvadores de almas ayudando con sus ahorrillos al Misionero.
Los hombres son una calamidad en este punto. De cada doce limosnas que me llegan, diez son de mujeres. De aquellas mujeres que seguían a Jesucristo y a su Colegio Apostólico y les servían y ayudaban en todo. Aquellas mismas mujeres que estaban de pie junto a la cruz del Salvador, mientras los mismos Apóstoles estaban desperdigados poco menos que en masa.
Es la madre que no duerme en una semana si el niñito está enfermo de gravedad en la cuna. El padre duerme ocho horas seguidas al cuarto día de vela. La madre resiste el doble y la parece que no está cansada.
Los Estados Unidos tienen 30.000 sacerdotes y 124.000 monjas. Alaska tiene treinta y cinco Misioneros y setenta monjas.
Es decir, que en el servicio directo de Dios las mujeres se elevan sobre los hombres de los hombros para arriba.
Y ya, en las Misiones mismas, el Misionero no tiene dificultad en bautizar mujeres y niños. Son los hombres los fríos e indiferentes que están demasiado atareados para ocuparse en pequeñeces como instruirse y bautizarse.
Y, si se bautizan y llevan vida católica, es porque son pobres. Si acaece que los negocios vienen buenos y mi bautizado pobre se hace rico, da un adiós a la religión, que dura mientras duren los cuartos.
Cuando me llega el correo y leo las cartas, las primeras que contesto, y con verdadero placer, son las cartas de los pobres. Estas cartas son las que, después de Dios, sostienen al Misionero y le hacen llevadera y soportable esta carga, que no tiene nada de ligera.
Dios, que nació y murió pobre, escogió pobres pescadores para divulgar el Evangelio. San Pablo notó que la gran mayoría de los convertidos era gente pobre.
Aquí mismo, en Kotzebue, los únicos genuinamente ateos son cuatro blancos que son los más ricos de la población. La Iglesia, que comenzó pobremente, se está esparciendo por el mundo merced a la acción incansable de los pobres. Pobre el Misionero, pobres los que la mantienen, pobres los convertidos y en un estado de humildad pobrísima el mismo Jesucristo Sacramentado.
Pero debemos enorgullecernos por ello y tenerlo a verdadera honra. No fue de nosotros de quien se dijo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los cielos.

EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE

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A LA LUZ DE MI LINTERNA

POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.

En una carta que acababa de recibir del P. Superior se me encargaba hacer las diligencias necesarias para ver de convertir al pueblo de Kotzebue. Había que meter la hoz en mies ajena; o mejor, en mies que, por ser nuestra, peligraba en manos ajenas incapaces de recoger las gavillas para el Reino de los cielos.
Tal vez dando una dentellada fuerte en terreno enemigo y engrosando las filas ya formadas se iniciaría un movimiento en favor de la Iglesia católica y en un día no muy lejano veríamos a Kotzebue convertido, si no en un Noviciado, sí al menos en una parroquia católica de la que nos podríamos gloriar.
Al día siguiente, domingo, faltaron muchos a Misa y apenas tuvimos quorum para la Bendición con el Santísimo al anochecer. Me extrañó un poco el suceso, pues no esperaba tal acontecimiento ya a la entrada del invierno, cuando la gente deja las pesqueras y yacimientos mineros y se recoge a las aldeas a pasar los días crudos del clásico invierno alaskano.
Los médicos conocen la enfermedad poniendo el dedo en la llaga y tornando el pulso al enfermo. Los médicos de las almas, a mi modo de ver, tienen que hacer otro tanto para curarlas, so pena de arriesgar muertes desastrosas que en las almas producen mayor estrago aún que en los cuerpos.
Con estos pensamientos flotando por mi mente, en vez de acostarme, como debiera, por ser ya las diez y media de la noche, me disfracé de salteador de caminos, metí en el bolso la linterna y, por si acaso, debajo del capote oculté un bastón corto y fuerte, y me eché a la calle.
El barro me salpicaba las polainas, y del norte soplaba una brisa con llovizna tan penetrante que volví a casa a echar encima otro capote para evitar resfriados.

Vuelto de nuevo a la calle, apenas había doblado la primera esquina, topé con un grupo de mozos que fumaban junto a la pared y hablaban todos a una y se tambaleaban y reñían. Uno de ellos me vio pasar y gritó con voz cascada y aguardentosa: Ahí va Nelson; ése lleva vino.
Y todos a una, se me vinieron gritando: Nelson, ven acá. ¿A dónde vas? Danos un trago, hombre. Dos de ellos al avanzar hacia mí cayeron redondos en el barro lodoso; los tres restantes lograron tenerse en pie y llegar sanos y salvos a donde yo les esperaba. Al acercarse, despidieron un olor repugnante a vino que apestaba. Tenían los ojos vidriados y la boca abierta por la que se desprendía a intervalos una baba sucia que provocaba náuseas.
¿Vas a bailar? insistían. Aguarda un poco, hombre, y danos un trago, que no estamos borrachos.
Y todos a una, incluso los que aún forcejeaban por levantarse y tenerse en pie, gritaron: ¡Qué vamos a estar borrachos!
Mi silencio los traía a mal traer y uno de ellos aventuró la idea de que yo no era Nelson, sino Kénez; pero la idea no prevaleció y los demás quisieron reforzar su opinión con mi propio testimonio preguntándome bonachonamente: ¿Verdad que no eres Kénez? ¿Verdad que eres Nelson? No hagas caso de éste, que está borracho.
Pero el aludido se ofendió de que le llamaran borracho y la emprendió a puñadas con el grupo. En el aire resonaban palabrotas y rodaban por el barro cuerpos perezosos que me dieron ganas de aplastar con el pie como se aplastan sapos. Los dejé revoleándose en el cieno y avancé calle abajo camino de la taberna.
Antes de llegar oí voces y ruido en una tienda de lona débilmente iluminada, donde vive una familia católica con cinco hijos pequeños. La madre estaba desgreñada, con los ojos hinchados y algunos rasguños menores en las mejillas, borracha hasta los huesos. Los niños habían huido de la quema y se habían guarecido en chozas próximas.
El marido y la mujer habían tenido una riña descomunal, cuando más llenos estaban de aguardiente, y en la refriega cayeron sobre la cama y partieron en dos el catre raquítico donde dormían acurrucados los pequeñuelos.
Ahora él estaba roncando en un rincón y ella contaba la pasada hazaña a un grupo de eskimales borrachos, que se apiñaban junto a un hornillo apagado. Me tuvieron por un borracho más y nadie extrañó lo más mínimo mi presencia; por eso me enteré de cien detalles que luego tengo que explotar en las instrucciones catequísticas.
Seguí calle abajo y topé con tres parásitos que, para estar de pie, se apoyaban en las cabezas como los rifles de los soldados que se apoyan sobre las bayonetas en grupos pequeños, mientras los soldados descansan de la caminata. Como de noche todos los gatos son pardos, me arrimé a ellos lo más posible para conocerlos. Estos me tuvieron por Fred Henry y me invitaron a terminar la botella. Como me negué a ello, el que la tenía en las manos se la ofrecía temblorosamente al de la izquierda y le decía: Acábala, hombre, acábala tú, que luego compramos otra.
Y sin hacerse de rogar, el paisano llevó la botella a los labios y la terminó, haciendo antes unos gorgoritos muy graciosos. Luego se me encararon los tres y quisieron saber por qué no había bebido.
¿Qué tienes hoy, Fred? ¿Por qué no bebes?
Y uno de ellos supuso en voz alta que yo no era Fred, sino algún advenedizo. El Fred que ellos conocían era incapaz de rehusar un trago; de sobra la sabían ellos, aunque estaban borrachos. Los dejé disparatando en plena calle y seguí adelante.
Ya junto a las paredes de la taberna vi venir una mujer, que caminaba como una culebra. No se caía por más que la fallaban las rodillas; pero culebreaba que daba gusto verla. Descubrió un bulto junto a la pared y se acercó a é1; pero el bulto estaba vivo, y la prójima se asustó y dió un salto y volvió atropelladamente hacia las puertas de la taberna.
Entonces me entró a mi curiosidad de saber qué bulto era aquel y me acerqué cautelosamente con la linterna. Sobre el envoltorio de vestidos andrajosos descollaba siniestramente el rostro airado y emborrachado de una mujer muy joven, retrato acabado de la arpía más feroz e iracunda que han inventado los poetas.
¿Quién eres tú, ladrón? me dijo con ojos de fuego. Márchate, canalla, que hoy no estoy para bromas.
Y como yo me mantuviese indeciso, se irguió, sacó las uñas y se echó tras de mí toda furor. La pobre no avanzó mucho. Tropezó, cayó, y allí la dejé barboteando maldiciones. Entonces no pude más y dejé que me corrieran unas lágrimas que me serenaron un poco.
La tal arpía se hizo católica en 1934. Hizo la primera Comunión en la Misa de Gallo, y al día siguiente, Navidad, el P. Menager sacó una fotografía del grupo. Eran ocho. En la foto están todos con las manos juntas y les cruza el pecho una cinta roja con la imagen del Sagrado Corazón.
Nuestra protagonista ostenta una sonrisa candorosa. Si se la sacase del grupo y se la pusiese en cuadro aparte, semejaría una virgencita que caería muy bien en algún altar lateral. En la foto aparece al lado de Enrique. Los dos se cansaron de ser católicos.
Por fin, hará cosa de una semana, se casaron por lo civil.
¡Oh, los misterios de las almas! Al dejarla allí en las tinieblas de la noche sobre el barro, oliendo a vino y aguardiente y echando maldiciones, la foto de su primera Comunión con las manos cruzadas ante el pecho, se apoderó de mí con una fuerza irresistible que me emocionó. Me dieron ganas de... enviar la foto a EL SIGLO DE LAS MISIONES, pero... mejor es no seguir meneándolo.

Por fin llegué a las ventanas iluminadas de la taberna. El tabernero es un católico austríaco que lleva en esta región cuarenta y dos años, uno tras otro. Fue cartero desde Kotzebue hasta Point Barrow, el cabo más norteño de Alaska.
Cuando los aeroplanos contrataron el correo, el austríaco se hizo tabernero y vive escanciando copas en el mostrador a eskimales hambrientos: Por la primera ventana vi cómo bailaban en un salón repleto de humo de pipa maloliente.
Por una puerta abierta, entraban y salían y se metían en la taberna propiamente dicha, donde Pablo vendía botellas de licor. Este Pablo fue considerado aquí hace años como la base, plinto, columna y fundamento de la Iglesia Católica. Tanto, que el Padre Menager le dio el sobrenombre de Vicario general.
Poco a poco el Vicario se hundió hasta los ojos en el negocio del vino, y hoy día vive de eso exclusivamente. Este Vicario me ha venido diciendo por activa y por pasiva que en su casa no se ha emborrachado nadie ni se emborrachará jamás, porque él, católico a machamartillo y con una conciencia de monja, no tolerará jamás semejante cosa. Eso suena muy bien en mi cocina. Anoche era diferente. No se imaginaba el Vicario que yo le estaba viendo por los cristales de su ventana, a las doce de una noche fría y lloviznosa. Y, sin embargo, así era.
El Vicario tenía destapadas varias docenas de botellas de todos los tamaños y colores que tomaban las manos temblorosas de gente muy conocida. Una mujer no podía ya mantenerse en pie y se desplomó sobre un sillón. Un hombre la quería echar del sillón a viva fuerza y los dos rodaron por el suelo, emborrachadísimos.
La hija del Vicario, mi organista, iba de acá para allá, bebiendo aquí, bailando allá y desplomándose más allá.
El hijo del Vicario, monaguillo cuando era pequeño, ayudaba a su padre a descorchar botellas que daba a gente repleta ya de vino.
Por otra ventana observé a los que ya no estaban para fiestas y habían optado por sentarse y adormecerse en una especie de recibidor donde hay un crucifijo y un cuadro muy grande y hermoso del Sagrado Corazón.
El pobre Vicario cayó ignominiosamente del pedestal que él mismo había fabricado en mi cabeza. Le explicaré muy pronto aquello de que nadie puede servir a dos señores, y, puesto en el disparadero, se verá forzado a firmar su propia condenación. El único señor a quien este Vicario ha servido es al mismísimo Satanás en persona.

Dejé las ventanas iluminadas de la taberna y me interné en unas encrucijadas, que hacen varias casas destartaladas, entre las que hay algunas tiendas de lona, donde viven algunas familias hasta que empieza a helar de firme. De una de esas tiendas salían unas carcajadas muy curiosas.
Una vez levantada la caza había que seguirla y metí la linterna por la hendidura que hace de entrada. No me detuve allí mucho.
Sobre una mesa, iluminada por una vela, jugaban a la baraja tres borrachos que braceaban y discutían acaloradamente. En un rincón, arrollados y abrazados y en las posturas más estrafalarias, roncaban unos diez hombres y mujeres, mezclados como si fueran cadáveres tirados allí de algún camión.
A las doce y media el Vicario no se tenía de sueña y cebó afuera a toda la caterva de danzantes y bebedores. Al salir toparon conmigo; me tuvieron por uno de tantos y no se preocuparon lo más mínimo.
Una pareja se rezagó y seguía penosamente a los demás hasta que ella se desplomó. La levantó él lo mejor que pudo y los dos siguieron adelante tambaleándose ridículamente hasta que ella rompió a llorar y a decir entre sollozos las mayores tonterías imaginables.
Llegado que hubieron a una esquina, se arrimaron a la pared y allí quedaron arrimados, ella gimoteando y él diciendo disparates. Abriéndome paso entre rezagados me encaminé a mi casica con el corazón partido de dolor, los pies fríos, los ojos cargados de sueño y todo el cuerpo molido por el cansancio. Eran las doce y media de la noche.

Pero no quise acostarme así sin más ni más. Abrí la puerta que da a la iglesia y me arrodillé ante el sagrario a rezar el «Parce, Domine, purce populo tuo; ne in aeternum irascaris nobis”, (Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo; no estés eternamente enojado).
Este es el paganismo tal cual en si es, sin máscaras ni adobos. Este es el paganismo que campeaba dos mil años ha, cuando Jesucristo nació pobre en Belén. Dos mil años de luz evangélica no han logrado disipar la lobreguez de estas tinieblas espesas que aún envuelven a una porción grande del género humano.
Kotzebue es un foco de paganismo puro y escueto. Todas las ideas que surgen a la mente cuando se oyen las palabras gentilidad, paganismo, infidelidad, pueden verse plasmadas y palparse aquí, en
Kotzebue, con sólo disfrazarse y salir de ronda una noche cualquiera por las callejuelas llenas de barro.
El que crea que ser Misionero es sinónimo de levantar el crucifijo en alto y llevarse de calle los pueblos y ciudades gentiles, se engaña de medio a medio. Eso no lo ha hecho nadie.
Desde el Calvario hasta el Gobierno rojo de Madrid, la empresa misionera ha sido una cadena larguísima formada por eslabones de conquistas, derrotas, más conquistas, nuevas derrotas, triunfos, fracasos, martirios, persecuciones, herejías, victorias parciales y fusión de sangre. No se avanza a paso de gigante, sino a paso de caracol. No se conquistan reinos; se ganan algunas almas dentro de los diversos reinos. Sólo uno de cada cinco en el mundo está bautizado en la Iglesia católica.
Mirado en conjunto, el mundo es aún pagano.
Cuarenta y dos años llevan en Kotzebue los protestantes cuákeros. Miembros de una secta que no tiene Sacramentos, ni siquiera el bautismo, sin sagrario, sin Misa, sin cruz, todos sus razonamientos son fríos.
Quisieron levantar a esta gente al nivel sobrenatural con solos razonamientos y medios humanos de persuasión y prédicas, y fallaron. Tenían que fallar. Al nivel sobrenatural nos eleva la gracia, y ésta nos viene por los Sacramentos de que abominan los cuákeros.
Los eskimales de Kotzebue, sin bautismo, no hallaron ayuda alguna moral en la iglesia cuákera y se desalentaron y cayeron en un abismo tan hondo que sólo una lluvia abundantisima de gracia divina los puede sacar a flote. Y de eso se trata.
Aquí, en medio de ellos, está el que los puede salvar. Aquí está el sagrario, iluminado día y noche por la lámpara litúrgica. Cada vez que me arrodillo ante él en el silencio de la noche, me pasma y abruma la paciencia infinita de Dios, cuya arma no parece ser otra que la mansedumbre del cordero bíblico.
Todo en derredor es embriaguez, lujuria y paganismo; pero no importa; Dios sigue mandando los días y las noches y nos tiene continuamente la bahía repleta de los pescados más variados. Parece no quejarse. Algo así como nuestro oficio fuera el ser malos, y el suyo el ser bueno; y como si ése fuera el contrato.
Sobre mis hombros de carne y hueso gravita la responsabilidad inmensa de traer al redil estas ovejas descarriadas que tienen en sus fauces lobos rapaces. Arrancar la presa, revivida, nutrirla y mantenerla siempre en el rebaño, he ahí, la tarea que me está siempre mirando de cara. ¡Pero qué cuesta arriba es esta tarea!
Hubo aquí una moza que picó en el anzuelo y vino y se instruyó en el catecismo lo suficiente para hacerse merecedora del bautismo. Siendo de todos conocidas sus andanzas y escapadas nocturnas, la puse por nombre Magdalena. Poco después nos hizo la visita oficial el nuevo Obispo de Alaska y, entre los confirmados, puse naturalmente a Magdalena, que recibió la Confirmación con mucha gravedad y devoción.
Una semana más tarde la llevaron a la cárcel territorial de Nome, condenada a tres meses por desórdenes y violencias mientras estaba borracha. ¡Confirmación y cárcel en una semana! Cuando se lo escribí al señor Obispo me contestó que se ha reído media hora de un tirón y luego a ratos entre día.
No; aquí, en las lomas del Polo Norte, no se llevan de calle pueblos y muchedumbres. Hoy se convierte uno y mañana sale otro del redil. Más tarde se convierten dos, de los cuales uno viene a la iglesia de Pascuas a Reyes, y así sucesivamente.
¿Cómo hago para atraerlos? le pregunté al señor Obispo.
Echando raíces arrodillado ante el altar y presentando con toda sencillez y claridad la verdad evangélica a los que no rechacen la invitación.
Esta respuesta es el programa.

A propósito de cañones, el señor Obispo, mi antiguo Provincial, estuvo conmigo seis días. Le obligué a dormir en mi cama y yo me acomodé sobre unos bancos. Mientras yo guisaba y cocinaba, él me contaba historias y los dos nos reíamos beatíficamente.
Al terminar las comidas, yo lavaba en agua hirviendo los platos, y él los secaba con unos trapos bastante blancos, que yo había guardado en el desván para algún por si acaso.
Me alabó mucho mis habilidades culinarias en general y lo bien que preparaba el salmón en particular. Le dije que una trucha daba cien vueltas al salmón rey más dorado.
Al día siguiente nos regalaron una trucha de siete libras, y a los dos se nos empezó a hacer la boca agua. Pronto la corté y puse en orden las rajas, pero decidimos dejarla para darnos con ella la gran cena.
A eso de las seis, cuando ya estaba yo encendiendo la lumbre y preparando la sartén, viene zumbando el aeroplano, y el piloto nos avisa que su Señoría Ilustrísima tiene quince minutos para preparar las maletas. ¡Toda la trucha para mi! Ya camino del aeroplano, me decía en voz baja el señor Obispo:
Siento más perder esa trucha que Boabdil la pérdida de Granada.
¡,Dónde oyó Su Ilustrísima hablar de Boabdil? le pregunté con unos ojos enormes.
Y él me respondió:
Antes de que usted naciera ya había leído yo en Wáshington Irvin los Cuentos de la Alhambra.

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EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE

viernes, 11 de junio de 2010
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.

LAS ISLAS DIOMEDES

El P. Cunninham.
A un tiro de piedra de una a otra, hay dos islas en la parte norte del embudo del Estrecho de Bering. Por entre las dos pasa la línea imaginaria que separa a un día de otro; el meridiano donde empiezan y rematan los siete días de la semana. La isla mayor se llama Diomedes la Grande, y pertenece a Rusia; la menor se llama Diomedes la Chica, y pertenece a los Estados Unidos.
Las dos islas están habitadas por eskimales de pura cepa. Los de Diomedes la Grande son paganos, porque así lo ha dispuesto Stalin; los de Diomedes la Chica son en su mayoría católicos, porque tienen la dicha de albergar en su isla al misionero jesuita Padre Tomás Cunninham, de treinta y tres años, natural de Nueva Zelanda, que es ni más ni menos el centro geográfico de los antípodas de España.
El P. Tomás vino a Alaska conmigo en 1935 y pasó el primer invierno en Nome. En el verano se enteró de las condiciones favorables de las islas Diomedes y se decidió a probar fortuna. Reunió a toda prisa el material necesario para levantar una capilla y navegó impertérrito por entre los bloques de hielo en una barcaza de piel de morsa.
Cuando cerró el invierno y cayó sobre la isla el primer manto de nieve, el Padre remachó los últimos clavos del tejado y se pudo guarecer adentro junto a la estufa. La novedad atrajo a los isleños, que empezaron a convertirse con toda sencillez e ingenuidad.
Acabo de pasar unos días con el Padre Tomás. El otro día, mientras trabajaba yo en la residencia de Nome, llamaron a la puerta y vi entrar un espectro que pugnó por sacarme los ojos de las órbitas. No cabía duda: aquel era el P. Tomás, Tom, como le llamamos en familia. En 1935, Tom era un mocetón esbelto y garrido, Hoy, Tom es una reliquia del pasado. Sin afeitar, los ojos hundidos, sucio, desaliñado y macilento sobremanera, Tom tiene todas las características de un cadáver ambulante.

Fauna marina
Las islas Diomedes han venido manteniendo poblaciones indígenas desde el alborear de los siglos, merced a las focas mofletudas que, en bandadas incontables, se divierten sin césar a corta distancia de la costa.
Sin mezclarse con las focas y en bandadas menos numerosas, merodean asimismo los contornos de la isla morsas gigantescas, llamadas también vacas marinas walrús, cuyos colmillos descomunales surten de marfil los mercados, más pródigamente que los elefantes, de Existencia precaria.
Las morsas tienen por Biblia el Korán. Cada macho es un califa, con un harén interminable de hembras, que le siguen muy sumisas, y las infidelidades se pagan con muerte instantánea, administrada por los malhadados colmillos.
Celos son también causa inacabable de colmillazos mortales y, finalmente, uno de los espectáculos más excitantes e imponentes de la creación es presenciar el combate a muerte de dos machos corpulentos en la playa arenosa de un islote remoto y solitario. El macho de edad madura pesa, aproximadamente, tres toneladas, y maneja unos colmillos de cuarenta kilogramos cada uno.
Con el vasto mar por plaza de toros y los dos harenes por testigos, los dos toros marinos se atacan y contraatacan, y gruñen, y bufan, y se acaballan, y se sumergen, y vuelven a la lidia con ojos de furor y sangre hasta que uno, en aquella esgrima a muerte, halla una entrada favorable y cae sobre el adversario con todo el ímpetu de que es capaz y le hunde los colmillos hasta la raíz.
Mientras el infeliz vencido agoniza en un oleaje de sangre, las viudas pasan a ser propiedad del vencedor, a quien acatan humildemente, y aquel harén crece y se multiplica.
Además de las focas y morsas surcan las aguas frías de Diomedes ballenas blancas en buen número y una variedad riquísima de peces de todos los colores. En el verano vienen los gansos y patos silvestres y lo llenan todo de huevos y pechugas.
Con estas ayudas de costa, los isleños pasan nueve meses en Diomedes, y en el verano van a Nome, donde trafican con el marfil y pieles sobadas y se proveen de ropas y alimentos para el resto del año en la isla.

En poder de los Soviets
El P. Tomás pasó allí el primer invierno sin percance alguno. Con el rifle al hombro, y bien abrigado, salía de caza con los indígenas y volvían todos arrastrando un trineo repleto de focas, que luego repartían amistosamente. Se ganó la simpatía de los isleños por su puntería feliz y su facilidad en aprender la lengua.
El segundo año se vió de hoz y coz en un apuro que no olvidará mientras viva. Era a la entrada del verano, y el Padre remaba con un grupo de isleños armados de rifles y arpones a caza de focas. A poco el cielo se encapotó, y el mar se alborotó, y la barca llegó a duras penas a una playa de Diomedes la grande, donde anclaron muy contentos y optimistas.
De repente, el Padre vió delante de sí a un hombre con uniforme ruso, que le puso el revólver a dos palmos de las narices. Retrocedió el Padre por instinto y chocó con el revólver de otro oficial, que le apuntaba a la nuca.
Le obligaron por señas a que les siguiera y le metieron en una caseta, donde le juzgaron sumarísimamente y le condenaron a ser deportado a Siberia, para ser allí fusilado.
Hacía de intérprete un mestizo que sabía ruso y eskimal. Los oficiales rusos dedujeron que el Padre Tomás era un espía, por dos razones: hablaba el eskimal, cosa inexplicable en un blanco, y pasaba todo el invierno en Diomedes la Chica, allí, a las puertas de la Rusia soviética, desde donde le era relativamente fácil espiar los hechos y dichos de los rojos.
Sólo un espía de profesión podía vivir allí. Además, a ningún sacerdote le está permitida la entrada en territorio alguno soviético sin pasaporte, y aquí estaba el Padre Tomás cogido con las manos en la masa.
Todo esto duró menos de media hora, encerrados en aquella caseta destartalada. Los remeros del Padre le esperaban afuera impacientes, y como tardaba en salir, y sospechasen que tal vez se estaba fraguando algo gordo, le dieron voces en eskimal preguntándole qué ocurría. El Padre les respondió también en eskimal que le querían matar. Entonces los remeros cargaron los rifles y metieron los cañones por los agujeros y resquicios.
Al ver esto el Padre dio un salto ligerísimo hacia la puerta, que abrió medio a ciegas y salió en menos que se tarda en decirlo. Los remeros insistieron en acribillar a balazos a los dos rusos, pero el Padre se lo estorbó.
Los rusos, aunque no entendían las palabras, vieron que aquello olía a chamusquina y se guardaron de asomarse a la puerta, quedando por el mero hecho prisioneros del P. Tomás y muertos de miedo. Allí quedaron los dos agazapados y frustrados en sus deseos carnívoros de caza clerical, a la que -como todos sabemos están aficionadísimos.
Al llegar aquí le pregunté al Padre si le había entrado miedo. Me respondió que, por espacio de cinco minutos, se convenció plenísimamente de que le fusilaban sin ambajes, y que en cinta cinematográfica desfiló ante sus ojos el pasado ruin y miserable de su vida criminal y deseó haber sitio mejor. Tuvo tedio de morir. Tuvo pánico de morir.
Luego se consoló pensando que moría en la brecha y que Jesucristo le había de recibir en sus brazos amorosos, y aquí estuvo a punto de llorar de devoción. Devoción y pánico se sucedían atropelladamente, cuando los renteros intervinieron en su favor y le salvaron. Era un día muy frío, pero el Padre Tomás sudaba copiosamente.

Frío y hambre.
Este último invierno ha sido tal vez el más duro en los fastos de la isla. A principios de diciembre la temperatura bajó a 500 bajo cero. Y ahí quedó estacionada hasta fines de marzo.
El Padre no estaba preparado para tamaña contingencia. Al levantarse por la mañana, la cocina estaba a 25° bajo cero. Así se le estropearon las patatas, los huevos y la leche condensada.
Como el combustible se le iba a marchas forzadas, quiso ahorrar lo más posible, pero los efectos en la temperatura fueron tales, que llegó a pensar seriamente en el peligro posible de helarse durante el sueño, y por tanto no se atrevía a acostarse. Aquello iba presentando un cariz de mal agüero.
A principios del año llegaron las tormentas de nieve cargadas de ciclones, que se sucedían con una regularidad irritante, y la isla quedó convertida en un silencio y soledad de cementerio. Nadie osaba salir a la puerta y mucho menos salir de caza.
Las provisiones de los indígenas se agotaron, pero los ciclones no se agotaban. Un día de menos vendaval, los isleños entraron en tropel en la casa del Padre y le dijeron que se morían de hambre.
Aquí es donde el P. Tomás pensó con el corazón, como si no tuviera cabeza sobre los hombros. El eskimal es pedigüeño por naturaleza y holgazán, y como no tiene idea de lo que es vergüenza, pide y pide hasta que no queda en la aldea ni una cáscara de nuez. Si puede vivir mendigando, no trabaja.
Como todos se echan esa cuenta, hay que instruirles desde el principio y asegurarles que la ración del Padre es para él sólo y para nadie más. El P. Tomás no obró así. Les mandó ponerse en fila y les dio todo, absolutamente todo lo que tenía en casa, excepción hecha de un fardelito de té.
Los isleños cargaron con todo y se lo llevaron. A ellos, ¿qué les importaba lo que iba a comer el Padre? Ande yo caliente y... ahí me las den todas. Son como niños.
Pues bien, con este procedimiento de dar a destajo, el Padre quedó sometido a una dieta increíble. Por la mañana decía Misa y luego tomaba una taza de té. Por la tarde, otra taza. Por la noche, otra. al día siguiente lo mismo, y así sucesivamente cerca de cuatro meses.
De vez en cuando cogían alguna foca y le traían un trozo de hígado, que él freía lo mejor que sabía y luego devoraba lo más aprisa que podía.
Como las tormentas no amainaban, la caza de focas se hizo muy cuesta arriba y el Padre ya iba acostumbrándose a vivir sorbiendo té, cuando se acordaron que dos años antes habían enterrado en los pedruscos de la costa una ballena podrida, que no habtían podido terminar. El Padre y los isleños cavaron acá y allá hasta que la localizaron; y aquella ballena, corrompida primero, y helada después en dos inviernos sucesivos, les suministró dos comidas al día, hasta que volvieron a cazar más focas.

Un resbalón desgraciado.
No hace mucho, al trepar por las peñas con una foca al hombro, el Padre se resbaló y se fracturó una costilla. A falta de médico se la compuso él mismo, pero con tan mal acierto que el canto de una de las fracciones oprimía un pulmón y dio origen a una serie interminable de vómitos de sangre.
Había que arreglar aquella costilla, fracturándola de nuevo. Como no tuviese valor para quebrarla él mismo, dio un martillo a un eskimal, que se la partió de un martillazo. Una vez repuesto del susto, compuso las fracciones lo mejor que pudo; esta vez con más feliz resultado.
Mientras convalecía arrimado a la estufa, vino un grupo de eskimales de Diomedes la Grande, que deseaban danzar y divertirse con sus vecinos isleños. Antes de empezar la danza hubo un rato de catecismo, y los huéspedes asistieron a las instrucciones con toda espontaneidad. En Diomedes la Grande no hay catecismo, porque se enfadaría Stalin.
El Padre sostuvo con los súbditos de Rusia el siguiente interrogatorio:
¿Quién hizo las ballenas?
Stalin.
¿Quién hizo las focas?
Stalin.
¿Cuántos años tiene Stalin?
¡No sabemos !
¿Tendrá unos sesenta años?
¡Tal vez!
Pues entonces, ¿quién hizo las ballenas y las focas antes de que naciera Stalin?
Aqui los pobres eskimales súbditos de Rusia se rascaron la cabeza y carraspearon y confesaron ingenuamente que no sabían responder.

Noticias de última hora.
Todo esto me contaba en la habitación de Nome el P. Tomás. Yo también tenía noticias sensacionales que comunicarle. Ya hacía tres meses largos que reinaba felizmente Su Santidad Pío XII, y el Padre no lo sabía; como tampoco sabía que teníamos en Alaska Obispo auxiliar y un Provincial nuevo en la provincia adoptiva de Oregón.
De Franco no había oído más que el nombre. No sabía quién era quién, ni por qué luchaban y se mataban. Cuando le expliqué el estado de la cuestión, abrió unos ojos muy grandes y dio gracias al cielo por la victoria del Generalísimo sobre sus vecinos los rusos.
En la isla de Diomedes no hay periódicos, ni telégrafo, Ni siquiera radios. Allí se vive como vivirían los biznietos de Adán, que se internasen en valles remotos y deshabitados. El mundo, como nosotros le entendemos, no existe para ellos. En Diomedes la Chica no hay más mundo que las olas, el hielo, la caza, la pesca, la aldea y las estrellas.
Allí nacen y se crían y mueren, sin saber de trimotores, ni de tanques, ni de leyes agrarias, ni de cursos universitarios. Curtidos por los fríos y tormentas, y avezados a dormir al raso, sobre el hielo donde viven las focas, los eskimales de las islas, se crían fuertotes y melenudos, sin enfermedades nerviosas, ni prisas, ni miedos del porvenir.
Ahora se alza en su isla una iglesia, donde se bautizan, rezan, y donde vive oculto el mismo Jesucristo de las catedrales góticas de Castilla. Antes todo era superstición. Ahora ya saben que cuando van de caza es mejor rezar que acogerse a las antiguas supercherías; y rezan con una fe primitiva y sincera que les acarrea todo género de bendiciones.
El P. Tomás vive allí como un rey. Vino a Nome por provisiones y volvió lo más pronto que pudo. Si no volvió al día siguiente fue por charlar conmigo y escuchar mis comentarios a la guerra civil española, que acababa de terminar felizmente.

EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE

miércoles, 12 de mayo de 2010
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.

DOS MESES EN NOME

Un poco de historia.

Sólo una vez, desde 1901, la muy noble villa de Nome ha estado sin misionero. Los católicos de Nome no oyeron tañer la campana durante todo el invierno de 1939. Los fallecidos murieron sin sacramentos y a los nacidos no había quien los bautizase.
Celebrada la Pascua en Kotzebue, y hecha una visita al orfanotrofio de Pilgrim Springs, recibí órdenes de tomar el aeroplano y aterrizar en Nome, donde debía permanecer un par de meses, hasta que a fines de junio viniese de su Isla Singular el célebre Padre Lafortune.
Estas costas de Nome estuvieron desiertas desde mucho untes del diluvio, y por ellas retozaban corpulentos anfibios marinos, que no sabían de flechas ni de balas; pero en octubre de 1898 unos exploradores, curtidos a todos los temporales y arriesgados como pocos, después de mil fracasos por montes, valles y playas, descubrieron pepitas de oro en las arenas de la playa, que bautizaron con el nombre de Nome, y dos años más tarde las gaviotas vieron asustadas hileras interminables de tiendas de lona, donde se albergaban 25.000 mineros, procedentes de los cuatro Puntos Cardinales.
Allí se maldecía y se canturreaba en todas las lenguas llamadas civilizadas, hasta que poco a poco las tiendas fueron sustituidas por casetas de madera, sobre las que se erguían hoteles toscos, donde se vendían los huevos a veinte duros la docena, y donde un cántaro de vino se iba en copas, que costaban de diez a quince pesetas cada una.
En aquella multitud abigarrada de aventureros había un crecido número de católicos, que aplaudieron la idea de levantar una iglesia cuando les visitó y se lo propuso el P. René, en agosto de 1899.
Al año siguiente fue destinado a Nome el Padre Jacquet. El pobre Padre no duró mucho en la brega. Tres meses de invierno bastaron y sobraron para ponerle fuera de combate y dar con él en una camisa de fuerza. Trasladado a Holy Cross por las autoridades, recobró el juicio y trabajó a media máquina algunos años, hasta que murió plácidamente en el Yukon.
En 1901 llegaron dos Padres y levantaron la iglesia actual, cuya esbelta torre es el orgullo de la población. La cruz, en que remata, fue decorada con bombillas eléctricas, y aquella cruz iluminada salvó centenares de vidas en tormentas, borrascas y tinieblas invernales cuando navegantes y exploradores se extraviaban en la lejanía.
Años más tarde, en 1914, los yacimientos auríferos vinieron a menos, y la Compañía eléctrica, con la excusa de que no podía sufragar los gastos, cortó la corriente y la cruz cesó de brillar en la oscuridad.
Era entonces Nome una ciudad floreciente con Instituto, tres Diarios, calles, almacenes, cuatro sociedades secretas y trabajo para todos en abundancia. En nuestra iglesia se decían dos misas los do-mingos por no caber todos en una.
En 1903 arribó el P. Lafortune, que había de oscurecer con su brillo a todos los misioneros de Alaska, pasados y presentes. Pequeño de cuerpo, canadiense de nación, industrioso como pocos y habilidoso como el que más, este Padre que aún vive tomó a su cargo los indígenas de Nome y sus cercanías y levantó para ellos iglesia aparte, donde les predicaba en su misma lengua.
Bautizó eskimales a centenares, y se acostumbró a vivir y comer como ellos, sin que por eso dejara de ser con los blancos el sacerdote urbano y cortés, cuya santidad admiraban y admiran de consuno.

El "Diario" de los Misioneros

Apenas me instalé en Nome, abrí los cartapacios donde los Padres han venido escribiendo el Diario de la casa desde 1901 hasta 1939. Es un arsenal de información que no se puede valuar en dinero. Por allí desfila tullo.
Un grupo de señoras se encargó en 1906 de limpiar la iglesia y sufragar los gastos del altar. Poco a poco se convirtieron en dueñas absolutas de la iglesia, hasta que llegó un Padre de agallas y, después de estudiar el problema despacio, con una ironía socarrona y una tenacidad de hierro, las fue destronando insensiblemente, hasta que una mañana las buenas señoras se vieron en la calle sin saberlo.
Las tiples protestantes que cantaban en nuestro coro, y que se creían indispensables, fueron despedidas con una sonrisa tan fina y aristocrática, que a ellas mismas las hizo reír.
Hubo conversiones ruidosas, y pérdidas dolorosas, y muertes repentinas, que pusieron al pueblo los pelos de punta, y fallecimientos muy edificantes, que esparcieron olor de santidad por toda la población.
Hubo años de abundancia, y hubo años en que los Padres vivían adeudados y muy preocupados. Enfermedades, calumnias, propaganda subversiva, malas inteligencias, verdadera persecución... de todo libró Dios a los buenos Padres, que bregaban contra viento y marca, en un resalsero de pasiones bajas atizadas por personas constituidas en altos cargos y dignidades civiles.
Todo está en el Diario. Si una vieja eskimala regala dos libros de hígado de foca; si un solterón adinerado da quinientas pesetas para pintar las paredes y comprar carbón; si el señor Obispo, en la visite, les llama al orden por gastar mucha azúcar; si este año ha habido más o menos casos de locura que el año pasado; si será o no será contra la pobreza quemar incienso oloroso después de la catequesis de los eskimales, que olían que apestaban, etc., etc.
Hoy día Nome es una sombra del pasado. Quedan, sí, calles y muchas casas; pero no todas están habitadas.
No hay más que un periodicucho pobrísimo, que sale tres veces por semana. En las páginas emponzoñadas de este papelón ridículo se envenenaron las mentes de los habitantes de Nome en la cuestión de la guerra española.
Uno de los católicos más influyentes de Nome no vaciló en decirme que Franco era un demonio disfrazado de hombre, un Atila, etc., etc. Todos mis argumentos en contra se estrellaron o rebotaron en aquella testuz de carnero bravío. Lo había dicho el periódico, luego así tenía que ser.

Los aventureros del Polo.

Los primeros días fui a comer a una venta, mitad fonda, mitad taberna. Allí tuve que codearme con el celebérrimo tipo de viejo aventurero, que vino en 1898 y anda todavía vagando por las proximidades del Círculo Polar.
El nombre genérico que comprende a todos los viejos de esta catadura es “saordó”. Rigurosamente hablando, todo el que en noviembre vea helarse los ríos y las playas y presencie el deshielo en junio, pasa por el mero hecho a la categoría de “saordó”.
Mientras más inviernos se pasan en Alaska, más tiene uno de “saordó”. Pero hay “saordós” y “saordós”. Yo mismo soy un “saordó” en rigor técnico, aunque no me precie de ello en presencia de los viejos.
El “saordó” castizo es esto: septuagenario, soltero, alto y encorvado, calvo o con un pelo ralo blanquísimo, bigote rubio, ojos azules y aguardentosos, pipa negra y jorobada que cae hasta la perilla, chaquetón que sujeta un cinturón hermano carnal de la cincha, botas anfibias, de goma hasta los tobillos y de cuero el resto hasta la rodilla; no tiene religión, escupe treinta veces por minuto, lo ha leído todo, lo sabe todo, lo ha visto todo, lo quiere hablar todo, come por diez y se llama Jorge.
El que se llama Bernabé, Dionisio, Jeremías o Gregorio no es “aordó” legítimo, sino extranjero y advenedizo, tal vez ruso, bohemio o yugoslavo. Tiene quo llamarse Jorge y venir de antepasados escoceses, yankis o escandinavos.
Asimismo tiene que ser masón y gloriarse de ello; y, por último, tiene que poner en el mismo plano a Hitler, Franco y Mussolini y desearles a los tres muerte a fuego lento acá en la tierra, y una eternidad de horrores en el infierno.
Cuando el “saordó” enferma de gravedad, sus viejos hermanos masones le ponen un garrafón de vino junto a la almohada para aliviarle los trances penosos de la agonía; y, cuando el infeliz se desploma inerte como encina corroída y deja de escupir, le amortajan caritativamente y le llevan al cementerio masónico.
En el centro del cementerio general de Nome hay un reservado con rótulos enormes que dicen: “Cementerio Masónico”. El fin de estos rótulos es facilitar el día del Juicio a los Angeles la tarea penosa de separar los malos de los buenos. El Angel que, de un vistazo, vea salir de esta parcela masónica una caterva de seres espantadizos, ganará tiempo acorralándolos a todos a la izquierda sin más ceremonias.

Celos y charlas femeninas

En Nome tuve sorpresas que en Kotzebue ni las hubiera soñado. Una señora viuda, octogenaria, me llevó un mazapán con adornos de baño blanco y canela que me desarmó con sólo mirarle. En el aturdimiento consiguiente le ofrecí a la señora una silla, y el dichoso mazapán me costó dos horas y media de escuchamiento.
A los tres días, otro mazapán y dos horas en las sillas. Al día siguiente, un paquete de rosquillas deliciosas y tanta charla que, cortando todos los nudos gordianos de la urbanidad más elemental, miré al reloj y me excusé con que tenía que rezar el Breviario.
Al día siguiente, dos pollos desplumados; abiertos y helados y una charla que no llevaba trazas de acabar.
Otra señora adiposa y septuagenaria, no católica, viuda de un renegado católico que murió sin Sacramentos, tuvo celos de la octogenaria y, no queriendo ser menos, me empezó a traer rosquillas y mazapanes, que yo tenía que pagar con asentadas eternas, escuchando detalles minuciosísimos de episodios los más ridículos y baladíes. Allí me enteré de la vida y milagros de las dos terceras partes de la población.
Las dos señoras se sabían de memoria una a otra, y las dos se querían como la zorra y la gallina. La octogenaria prometió revocar el testamento y escribir otro donde estuviera incluido mi nombre. La septuagenaria se contentó con hacerme probar un traje planchado y seminuevo de su difunto esposo, más unas camisas y un maletín repleto de pañuelos blancos muy majos.
Al preguntarlas separadamente por qué no habían hecho eso años antes con otro Padre, me respondieron que nunca habían hallado oportunidad de hacerlo; pues, o no los habían hallado en casa cuando iban a visitarlos, o, si los hallaban, no tenían paciencia para escucharlas y las despedían a tocateja con buenos modos y maneras.
La respuesta me hizo reír. Unos días antes mi paciencia había estado a punto de estallar.
Los católicos se alegraron de ver de nuevo al misionero y acudieron con fidelidad a cumplir con Pascua. Siguiendo una costumbre inmemorial, los blancos se sientan a un lado y los indígenas y mestizos a otro.
Todos hablan inglés. Los mismos indígenas se van avergonzando de su lengua gutural, y se vanaglorian de hablar inglés, y hasta de salir con frases elegantes y palabras floridas, que no dicen del todo bien, entre giros bárbaros y frases incorrectas.

El hospital de Nome

Desde 1906 hasta 1919 hubo en Nome un hospital católico, regentado por Hermanas de la Caridad amables y abnegadas, como es proverbial en ellas.
En toda la redondez del globo son estas hermanas respetadas y buscadas, y dondequiera que levantan ellas un hospital, arruinan irremisiblemente a los hospitales circunvecinos. Los enfermos quieren ser tratados por las hermanas, y por nadie más.
Pero Nome es una excepción en el mundo. Nome es el tipo clásico de pueblo venido a menos, habitado por tipos de una pedantería soez que consideran progreso pertenecer a la masonería, creer en la evolución, dudar filosóficamente delta existencia de Dios, y evitar todo contacto con el Catolicismo retrogrador y opresor de las conciencias.
La presencia de un hospital católico entre sus chozas atiborradas de revistas indecentes era un reto al progreso y a la libertad de pensamiento.
Después de muchas juntas y disputas, decidieron llamar a los protestantes, a quienes aseguraron que favorecerían contra la institución católica. Así lo hicieron. Las Hermanas se trasladaron al sur de la península y dejaron el campo a los Metodistas.
Ahora el hospital está regentado por gente de negocio, que se cuida más de los dólares que de los dolores de los enfermos. Las enfermeras tienen novio y no atienden a los enfermos como lo hacían 1as Hermanas. Los viejos marrulleros, que invitaron a los Metodistas, vieron el error y escribieron cartas a las Hermanas rogándolas volver. Ninguna de las cartas recibió contestación. Así escarmientan otros en cabeza ajena.

Con el campeón de ajedrez.

En este hospital incoloro había un enfermo hidrópico, un “saordó” de los castizos, que era el campeón de ajedrez desde 1915. Le visité y jugamos una tarde. Ya se veía que era el campeón ! Como me paraba los pies a las pocas jugadas, decidimos que jugara él sin una torre, y así tuvimos unos juegos interesantísimos. Una tarde me ganó sin torre.
Al día siguiente fui al hospital muy de prisa y decidido a darle una paliza, y me encontré con que la cama estaba vacía. Había muerto por la noche. Quedé muy impresionado, pues el pobre señor no tenía religión, ni la había querido tener jamás.
Con todo, nos habíamos hecho verdaderos amigos en aquella cama donde nos sentábamos a estudiar jugadas nuevas y ataques inesperados. Sus restos descansan blandamente en el cementerio masónico.

EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE

miércoles, 17 de febrero de 2010
POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.

PAPELETAS DE MI ARCHIVO

Influjo universal de la música.

A falta de cocinero y por no tener ama de casa ni quererla, tengo que guisar la cena solo y cenarla también solo y en silencio; de ordinario, con un libro delante que se sostiene abierto en un andamiaje de jícaras y vasos. Todas las noches lo mismo.
Pero anoche fue una excepción. Al sentarme a cenar, entraron dos mozos eskimales que deseaban ensayar algunas canciones con los organillos de boca que abundan en mi desván.
Sentados en un rincón oscuro lejos de mí, y una vez puestos en acorde los instrumentos, salieron con un dúo tan perfectamente ejecutado que me hizo cerrar el libro y escuchar. Otros dúos igualmente perfectos me dejaron inmóvil y como en éxtasis.
Comía despacio y maquinalmente porque el espíritu se estaba alimentando a pasto con aquellas melodías celestiales que me trasladaban a otro mundo mejor. Recordé la poesía de Fray Luis de León a Salinas, y estuve de acuerdo con Fray Luis en que:
"Aquí el alma navega,
en un mar de dulzura, y finalmente
en él así, se anega,
que ningún, accidente
extraño o peregrino oye ni siente."
Anoche entendí mejor que nunca por qué está la Historia tan llena de sucesos que proclaman el efecto poderoso de la música. Cuando a Saúl le oprimía el espíritu malo, buscaba alivio en el arpa de David. Los judíos cautivos se resistían a cantar a sus opresores los cánticos de su tierra.
En Granada se tuvo que prohibir cantar en público el «¡ Ay de mi Alhama ! », para no provocar a los moriscos. Los indios del Paraguay aguardaban emboscados las canoas que llevaban a los Misioneros; pero, al aparecer éstos tocando el violín, se les cayeron las flechas de los arcos y quedaron mansos como corderos. Las mismas serpientes de la India se adormecen y pierden su instinto de agresión al oír los acordes de los gaiteros encantadores.
No hay estrato en la sociedad sin su música: marchas militares, marchas fúnebres, himnos nacionales, baladas, orquestas, órganos catedralicios, tonadas, pastoriles de cuerno y de rabel, rondas nocturnas de guitarra y acordeón, jaulas de canario, trinos de ruiseñores....
La música, en todos sus aspectos y manifestaciones, nos hiere las fibras del espíritu, nos saca de la materia y nos trae delicadamente a la memoria la gran realidad de la armonía y ritmo de toda la creación, efímero trasunto de la armonía y proporción que existen en Dios.
El influjo mágico de la música no se puede medir con el metro ni puede ser reducido a guarismos. La música ha envuelto siempre a los espíritus en las mallas etéreas de sus melodías y ha jugado con ellos como juguetes indefensos: los embravece, los ablanda, los enloquece, los excita al odio, los enternece, los desarma y los embriaga de placer.
Hasta se ha aventurado la idea (quizá menos descabellada de lo que pudiera parecer) de que no está lejano el día en que los médicos receten un disco de Mozart, por ejemplo, para curar un ataque al hígado, o una pieza de Beethoven para aliviar o componer algún desorden intestinal.
Hay un algo en esas notas musicales que puede causar dramas irreparables o curar esos males, tanto del cuerpo como del alma, que la ciencia humana no ha podido aún desentrañar. Hay personas buenas que no se elevan a la contemplación divina si no es a los acordes de la música sagrada.
Anoche pensaba yo en todo esto mientras los dos eskimales sinfonizaban en el rincón oscuro de mi cocina con organillos de boca pequeños y baratos. Nunca digerí la cena tan bien como anoche.

Vida y milagros de un gato.
Todo el mundo conoce los perros de Alaska, o por lo menos ha oído hablar de ellos; pero ¿quién espera oír hablar de gatos en el país de los eternos hielos? Y, sin embargo, los tenemos.
Yo mismo tengo un gato que se llama Negrín. Lo adquirí para ayudar a las ratoneras de la despensa y del desván, y me lo dieron cuando sólo contaba nueve días. Es muy larga la historia de cómo le acostumbré a comer apenas nacido, cuando no era más que un bulto amorfo, negro, cegatón, atolondeado, llorón y antojadizo.
Al cumplir un mes, Negrín empezó a dar muestras de un talento nada vulgar. El repique del despertador le despertaba. Su oído extrafino me oía salir de las mantas y me venía a dar los buenos días a la cama mayando con mucho mimo.
Al cabo de varias tentativas frustradas lograba clavar las uñas en una manta y trepaba muy animoso. Aquellas mantas eran blandas y estaban calientes. En cambio los trapos de su cajón ni eran blandos ni muy calientes que digamos.
Negrín sacó la conclusión de que yo le estaba engañando y decidió acogerse al «ande yo caliente y ríase la gente». No hubo modo de evitar que se subiera a la cama. En ella dormía todo el día y sé escurría y bostezaba con un egoísmo y una galbana sin precedentes.
Al acostarme yo, me estrellaba contra un problema insoluble. El dormitorio es una esquina de la cocina y despacho sin puerta, para que se pueda calentar con la estufa central y común.
Echar a Negrín fuera de la pieza era matarlo de frío. Lo intenté, pero tuve que desistir, pues me trastornaba el juicio con aquellos mayidos afligidísimos. Dejarle adentro era darle libertad para subirse a la cama. Una noche que puse unos tablones a la entrada, trepó con mucho forcejeo y muchos arañazos y se vengó dando por tierra con todo el andamiaje.
Le dejé que se subiera. Subía por las mantas y caminaba despacio hacia la almohada, ronrroneando e implorando misericordia. Cuando le tuve al alcance, le agarré y le tiré por la entrada lo más lejos que pude. Vuelta a subírseme, y vuelta a volar por el espacio.
Cansado de ser pelota de tennis, discurrió una estratagema para salir con la suya, y fue ésta: aguardaba a que yo me durmiera, y luego se subía a la cama y dormía señorialmente.
Al despertar y verle allí, le agarraba y le echaba a volar por los aires. Ni aun así se amedrentó. Al oírme dormir, se subía a pasar la noche en las mantas, y al oír el repique del despertador saltaba y se escondía debajo de una silla.
Un día le puse un espejo delante, y al ver otro gato se llenó de celos y de rabia y lanzó al vidrio unos resoplidos feroces. Otro día inflé un baloncito de goma muy tenue que flotaba como una pluma al más ligero soplo. Negrín se puso a estudiar el aparato con una curiosidad científica y le rodaba de acá para allá con empujoncitos muy suaves hasta que impensadamente clavó una uña en el balón, que estalló como bomba de trimotor. Negrín erizó los pelos, dio un mayido de náufrago y huyó velocísimo a esconderse debajo de la cama.
Volví a inflar otro balón por la tarde, pero Negrín le miraba de reojo y a distancia como diciendo:
- ¡Te veo, besugo !
No descansa hasta que me hace una buena trapisonda, como subir al escritorio y volcar el tintero; meter la cabeza en un puchero sin poderla sacar hasta que lo rompe estrellándolo contra la estufa ; subirse a los plúteos y tirarme tres o cuatro libros que se desencuadernan del golpe y el susto; arrastrar un zapato que luego no encuentro en media hora de búsqueda malhumorada y regañona; agarrar el talón de un calcetín que me estoy poniendo y tirar él para afuera y yo para adentro hasta que me canso de bromas y hay truenos y relámpagos; meter el hocico en el chocolate para que del asco consiguiente le dé luego toda la taza, etc., etc.
Las niñas pequeñas del catecismo se disputan el honor de cogerlo y tenerlo en los brazos. La primera en llegar al catecismo tiene derecho a coger a Negrín y tenerlo mientras dure la catequesis que tenemos en la cocina.
Al oír la campana corren, o mejor, vuelan como gaviotas y, si llegan a la puerta varias a la vez, agarran el picaporte con mucho alboroto de voces y gritos hasta que irrumpen atropelladamente con muchas voces de triunfo y de protesta. Le acarician en español que me oyen y que ellas pronuncian correctamente.
El gato para mí es un misterio. Grotescamente egoísta, ni trabaja como el perro o el caballo, ni vale para la cazuela como el pollo o la ternera. Responde a las caricias con un arañazo. Tumbado en la almohadilla de un asiento, se cree rey del país y lo mira todo con el desprecio más olímpico.
La sensibilidad de Negrín es enigmática. En la manera de respirar me conoce si le voy a atusar a propinarle un mojicón. Hasta dicen que los gatos saben si el visitante los acaricia por amor a ellos o por adular y complacer al amo allí presente.
El pequeño Roberto, mi vecino mestizo, viene al salón con su velocípedo de tres ruedas y le ha enseñado a Negrín a tomar las manillas en ademán de guiar. No creo que me haya comido un solo ratón. No le gustan. Prefiere mayar y hacerse el famélico mientras yo como.
Cierto articulista cree que los que se aficionan a un perro son egoístas, porque el perro es noble y fiel y excelente compañero, mientras que los que se aficionan a un gato muestran ser desinteresados porque el gato no da más que mal por bien.
Y otro articulista cree que los que odian al gato son gente cruel y sin entrañas, enemiga de los niños y de las flores. Como es muy difícil conocerse a uno mismo, yo no sé en que categoría estaré; pero reúno las cualidades antagónicas de odiar a los gatos y de querer a los niños y a las flores.

Misterios de la gracia.

Ayer por la mañana me vinieron a decir que una vieja pagana me quería ver. Estaba acostada y hablaba con toda lucidez, pero estaba segura de que se iba a morir.
Acababa de ver ángeles que escoltaban a una Señora vestida de blanco y azul que la miró muchas veces, pero no la habló. La vieja no sabía qué hacer. Contó la visión a la hija, que se contentó con parecerla el caso raro y peregrino.
Por fin, la vieja decidió llamarme, pues se trataba de un asunto relacionado con la Religión, y para estos asuntos precisamente había ella oído decir que venían los Misioneros. La instruí por espacio de una hora, y, como creía ciegamente cuanto yo le decía, la bauticé y la llamé Margarita.
Al anochecer murió muy tranquila y se fue al cielo a devolver la visita a la santísima, Virgen. Este episodio, al parecer simplicísimo, es todo un tratado de Teología. La vieja que amaneció pagana, anocheció en el cielo. «Hoy estarás conmigo en el paraíso.»
Tal vez oraciones silenciosas de monjas encerradas en su celda o arrodilladas ante el sagrario fueron escuchadas y Dios vinculó a ellas esta conversión. No fui yo el que la convirtió a Dios.
Yo nunca le había visto, ni sabía que existía la tal vieja. Me llamó, fui, la bauticé, se murió y se salvó. Yo no la salvé. La salvó la gracia; y la gracia es un don gratuito que da Dios a quien quiere, pero que de ley ordinaria lo da al que lo pide o a aquel para quien se pide.
El mismo pedirlo es un don de Dios. La oración influye con verdadera eficacia en personas alejadas a quienes jamás se ha visto. Instruir, predicar y refutar no son ciertamente tiempo perdido; pero mientras no intervenga la oración suplicante, es poco menos que perder el tiempo.
La victoria del pueblo de Dios contra los Amalecitas dependía de que los brazos de Moisés estuviesen levantados hacia el cielo suplicantes, o caídos en inercia estéril. Asimismo leemos que el patriarca Abraham y diez justos tenían en sus manos la suerte de Sodoma y Gomorra.
No se desalienten las almas buenas que quisieran ser misioneras de infieles y se ven impedidas por circunstancias ajenas a sus deseos. La monja callada, el zapatero que remienda y clavetea, el estudiante, la sirvienta, el centinela del cuartel... todos, pueden orar y sacrificarse por la conversión del mundo infiel y cooperar activa y eficazmente en la salvación de los paganos.

Un episodio típico.

Alaska nunca dejó de ser Alaska. Se la llama «el país de los eternos hielos», y con razón. Me acaban de dar una noticia típica de las regiones árticas.
Vivían a veinticinco kilómetros de aquí un padre y dos hijos que se habían quedado sin madre la primavera pasada. Una vez al mes venía el hombre con su trineo cargado de truchas heladas, que trocaba por comestibles en el almacén o en diversas casas particulares. Los rapaces pasaban el día cortando leña y poniendo lazos en el bosque, donde nunca faltan conejos y liebres.
Hace dos meses se le echó de menos al buen hombre, pero nadie se preocupó cosa mayor, por ser corriente aquí vivir de solo pescado meses y hasta inviernos enteros.
El otro día pasó por su choza un cazador y al abrir la puerta se encontró con que los tres dormían en el suelo sin respirar siquiera y con los ojos abiertos como las liebres. Los llamó y hasta les dio golpecitos con el pie, mas los durmientes no despertaban. Estaban muertos!
El padre se había sentido indispuesto, pero siguió levantado hasta que ya no pudo más y una mañana no se levantó. Empeoró, le faltó todo, perdió el conocimiento y se murió.
Los niños se extrañaron del caso, pero la estolidez e indolencia nativas prevalecieron una vez más y no se preocuparon de engancharlos perros y venir a darnos la noticia. Poco a poco se les fueron acabando las provisiones, y como estaban flacuchos y tenían frío, se metieron entre mantas junto al cadáver de su padre y allí perecieron de hambre y de frío.
Los tres cadáveres semejan sendas estatuas de granito por la rigidez y dureza que tienen; helados y en posturas informes; sin oler mal; como fósiles de edades prehistóricas hallados en las grietas de un glaciar. Los eskimales de por aquí se comunican la noticia con toda naturalidad.

El silencio de las obras de Dios.

Ayer bauticé a diez personas, y hoy día de Pascua recibieron por primera vez la sagrada Comunión. La Iglesia, grano de mostaza que brotó en Jerusalén, ha venido extendiendo sus ramas por toda la faz de la tierra y hoy nos llega el efecto benéfico de su sombra aquí a las lomas del Polo Norte.
La única iglesia católica al norte del Círculo Polar Ártico es ésta de Kotzebue. Quedan aún aldeas norteñas en las que no has puesto los pies ningún sacerdote católico.
Seis de los ayer bautizados son oriundos de esas aldeas y uno nació en Barrow, que es el cabo más norteño de todo Alaska. Son mis feligreses. Escucharon las instrucciones todo el invierno y abrazaron la Fe con ingenuidad edificante.
Kotzebue es una trinchera excavada aquí, en el frente avanzado del Evangelio, y se libran en ella batallas tan calladas como importantes. Los rusos y finlandeses se batieron a muerte en desiertos barridos por la cellisca y en bosques repletos de nieve con neblina espesa por firmamento.
Todo el mundo se estremeció y siguió con admiración los vaivenes de aquella guerra llevada a cabo con cañones y tanques anillados. Con tanto ruido y explosiones estruendosas no se consiguió más que destruir viviendas, matar hombres y ensanchar territorios.
Las obras de Dios se hacen sin ruido de tanques, sin estruendo de cañones, sin segar en flor vidas preciosas y sin ametrallar hogares pacíficos.
Desafiando nieves eternas y hielos perpetuos, tormentas frigidísimas y meses invernales tenebrosos, los Misioneros de Alaska avanzan y conquistan calladamente, y sus conquistas son almas inmortales que se salvan y serán felices eternamente dando gloria a Dios con sus ángeles y santos.
El silencio de las obras de Dios me impresiona vivamente. La tierra y todo el mundo sideral giran y caminan por los espacios a velocidades fantásticas, y sin embargo de tan vertiginoso rodar nos extasiamos ante la paz del campo y la serenidad de la noche estrellada.
Fabrica el hombre una locomotora, un trimotor, un automóvil... objetos menos que microscópicos comparados con la Creación, y todo es ruido de hierro y maquinaria que ensordece y, desgasta los nervios y enloquece. Un boxeador resulta campeón en un encuentro a puñetazos, y el mundo lo comenta. Se convierte a Dios un corazón, y nadie lo ve.

Miedo a los muertos.

El aeroplano de Nome nos trajo una enferma que llevaron al hospital en un trineo, arrastrado por la chiquillería que se había apiñado en derredor del aeroplano.
Sé llamaba Ana Jacoba, eskimalita de dieciocho años. Cuando me quise enterar de quién era, ya había fallecido. No duró más que unas horas. Me dijo el médico que había sido, un disparate traerla, pues la tisis la tenía poco menos que difunta.
Resultó que Jacoba había estado seis años cabales en nuestra escuela de Pilgrim Springs, donde había sido Hija de María, según me lo dijo una de las jóvenes que había convivido con ella algunos años.
Debido a la tormenta que nos ha venido flagelando, dispuse posponer el entierro hasta que amainase el vendaval. El cadáver, envuelto en una sábana, descansó en una choza que yo cerré con candado.
Ayer fui con el ataúd, que me ayudó a fabricar un cojo, y hallé el cadáver tan sólidamente helado que su rigidez se podía comparar con la de una estatua de bronce.
Resultó que los codos caían un poco fuera del cuerpo, lo suficientemente para que el ataúd resultase estrecho. Todos los esfuerzos para doblegar aquellos brazos de acero resultaron inútiles. La idea de tener que fabricar otro ataúd me mortificaba mucho y estuve a punto de serrar los brazos; pero lo consideré tentación de Satanás y de mi holgazanería ingénita, y la rechacé.
Hicimos otro ataúd, y esta vez con buen éxito. Clavé yo mismo la cubierta y lo arrastramos en trineo hasta mi casa. Siguiendo la costumbre de aquí, pusimos la difunta en la iglesia para enterrarla al día siguiente, que es hoy.
Todas las noches, antes de acostarme, abro una puerta de la cocina y entro en la iglesia, donde tengo el consuelo de rezar arrodillado ante el sagrario. Pido allí a Dios por los bienhechores, por los parientes y amigos, por los que me escriben y encomiendan a Dios y por cien necesidades más.
Pero anoche no hubo manera de entrar en la iglesia. El cadáver estaba a tres metros del sagrario y no tuve valor para entrar a tientas y rezar solo y de noche junto al cadáver.
Quise probar con luz, pero tampoco me atreví a abrir la puerta. Estábamos pared por medio; pero yo me consideraba sano y salvo mientras la puerta estuviera cerrada. La cuestión era no abrir la puerta. Me indigné sonrojado y avergonzado y me llamé los nombres más despectivos; pero ¡cá!, la puerta siguió cerrada.
¿Por qué será eso? ¿Qué daño me puede hacer a mí una chica, muerta y metida en una caja que yo mismo hice y cuya tapadera yo mismo clavé y arremaché? Es como el temor de las señoras a los ratones. Desde niño se me metió en los huesos; el temor a los muertos y estoy viendo que voy a llegar a viejo sin poder echarlo de mí.
Hasta he llegado a preguntarme si cuando me muera me llegaré a tener miedo a mí mismo, Por si alguno padece de esta misma enfermedad, quiero tranquilizarle desde estas líneas y asegurarle que no tenga miedo a mi cadáver; que soy persona pacífica y no pienso resucitar para meter miedo a nadie.

A 60 grados bajo cero.

Estamos sufriendo la temperatura más baja que se ha registrado en muchos años. Hoy es el quinto día de temperatura inferior a 50 grados bajo cero. Ha habido ratos de 62 grados bajo cero.
Esta temperatura no es fenómeno raro en el interior de la península donde, merced a la altura elevadísima sobre el nivel del mar, el aire es muy seco y saludable y el ambiente es poco menos que el paraíso de los leñadores del bosque con el hacha, la pipa y la botella de ron; pero aquí, en la costa helada y brumosa, saturada de humedad y de neblina, 50 grados bajo cero son algo imponente. No hace viento alguno perceptible, como si el aire estuviera encerrado en un fanal. El humo de las chimeneas sale remolón y desganado y se apiña en nubarrones flotantes que se espesan y nos impiden ver la bóveda celeste.
Por el placer insano de sentir en el cutis los efectos de la temperatura, salí a la calle y pude experimentar lo pesado de la respiración y el dolor que cada anhélito produce en el interior de las narices, cuya mucosidad se congela y forma como un vallado a lo largo de los conductos nasales.
En la palangana que saqué conmigo, el agua se cubrió visiblemente de una telilla de hielo rizoso que se fue espesando a ojos vistas.
Estas temperaturas infames sobre un suelo de glaciar son la causa de que no tengamos por aquí Cármenes de Granada, ni Huertas de Murcia o de Valencia, ni Planas de Castellón, ni viñedos manchegos o jerezanos. Miro por centésima vez al termómetro que se ha estancado en los 60 grados y unas décimas bajo cero. Cuando se lo escriba a mis amigos de España, ya sé la respuesta:
- ¡Pero cómo exagera ese hombre!
Por eso me da un gustazo salvaje mirar a la columna de mercurio y convencerme de que no exagero.

Un tarrito de miel.

Está visto que da buen resultado escribir a monjas. No sólo por el cúmulo de oraciones y sacrificios ofrecidos por el bienestar de mi alma a cambio de historietas eskimales completamente fidedignas, sino también por las ganancias que se derivan para el cuerpo, ya que, dicho sea con perdón, tripas llevan corazón, y no viceversa.
A una monja franciscana de Filadelfia, en los Estados Unidos, la visitó su madre, y en el curso de la conversación salió a relucir la Misión de Kotzebue. El resultado no pudo haber sido más satisfactorio.
A instancias de la fervorosa monja, su madre me mandó un paquete con dos litros de miel, un tarro de aceitunas, dos latas de jamón en conserva, una caja de galletas finas y un vaso repleto de la novísima invención «mantequilla de cacahuate» que, se pone en el pan y sabe muy rica.
Al sentarme a la mesa, con e1 pote de miel delante, me viene una sonrisa curiosa como si acabase de ganar una batalla o me hubiera tocado el premio gordo. Miel en las lomas del Polo Norte es un lujo tan extravagante que ni al mismo Satanás se le había ocurrido tentarme por ahí y abrir así un boquete en el muro de la santa pobreza.
Pero ni Satanás con su soberbia y egoísmo, ni yo con mi ceguera e ignorancia, conocemos los límites de la bondad maternal de Dios nuestro Señor. Dios me trajo esa miel y me la puso delante para que luego no me queje cuando me crea solo y abandonado en este rincón remotísimo del globo.
Leí en una revista de Misiones un artículo en el que se hablaba de los «bizarros y aguerridos Misioneros que se baten con denuedo en las avanzadas» y «sucumben heroicamente como bravos al pie del cañón», y me pregunto a mí mismo si también yo seré bravo y aguerrido y todas esas cosas, o si más bien me señalo en encuentros a muerte con potes de miel y aceitunas en conserva.
Creo que en esto, como en todo, un dorado término medio es lo más próximo a la verdad. Ni tanto cabello que se arrastre, ni tan calvo que se le vean los sesos.

Los ricos, las mujeres, los pobres y el Evangelio.

Hoy, como hace 2,000 años, el reino de los cielos es de los pobres de espíritu. Al final de un escrutinio cuidadoso y paciente he averiguado que los únicos que me han ayudado y ayudan con sus limosnas son gente más bien pobre que rica. En los Estados Unidos lo mismo que en España.
El rico es la persona más miserable y deleznable de la humanidad. Tiene un pánico mortal a interesarse por obras de caridad y de celo apostólico, que pueden aligerarle el bolsillo.
Para llevar adelante sus empresas necesita grandes cantidades pecuniarias y todo ello se revuelve en un círculo vicioso de dinero, que produce dinero y que se necesita para que lo siga produciendo, so pena de una quiebra lamentable.
El rico no tiene atisbos del gozo que inunda al alma cuando se sacrifica uno hasta que duela. Vive con el temor continuo de la posibilidad de venir a menos, y su vida es la de un criminal no descubierto, que ve pasar ante sí guardias civiles y policías.
Son los pobres, los de la clase media, los medianamente acomodados los que sostienen sobre sus hombros en lo material la empresa divina de la evangelización del mundo pagano.
Cada vez que recibo un giro de sirvientas de San Sebastián, Bogotá, Buenos Aires y Nueva York me confirmo más en la tesis que estoy defendiendo.
En primer lugar los ricachones no tienen religión. Si la tuvieran, no osarían aparecer como seguidores del que nació en la cueva de Belén y murió desnudo en una cruz. El rico nace para vivir una vida puramente animal, que termina como todos sabemos en el cementerio. Hay excepciones, naturalmente, y cada rico debiera considerarse una excepción.
Las limosnas que sostienen la Misión de Alaska vienen de personas poco adineradas. Vienen también por lo común de señoras, de señoritas y de niños.
Las mujeres tienen el corazón más tierno ; las señoritas se entusiasman con las obras de celo en pro de la salvación de las almas ; los niños sienten un orgullo noble en considerarse salvadores de almas ayudando con sus ahorrillos al Misionero.
Los hombres son una calamidad en este punto. De cada doce limosnas que me llegan, diez son de mujeres. De aquellas mujeres que seguían a Jesucristo y a su Colegio Apostólico y les servían y ayudaban en todo. Aquellas mismas mujeres que estaban de pie junto a la cruz del Salvador, mientras los mismos Apóstoles estaban desperdigados poco menos que en masa.
Es la madre que no duerme en una semana si el niñito está enfermo de gravedad en la cuna. El padre duerme ocho horas seguidas al cuarto día de vela. La madre resiste el doble y la parece que no está cansada.
Los Estados Unidos tienen 30.000 sacerdotes y 124.000 monjas. Alaska tiene treinta y cinco Misioneros y setenta monjas.
Es decir, que en el servicio directo de Dios las mujeres se elevan sobre los hombres de los hombros para arriba.
Y ya, en las Misiones mismas, el Misionero no tiene dificultad en bautizar mujeres y niños. Son los hombres los fríos e indiferentes que están demasiado atareados para ocuparse en pequeñeces como instruirse y bautizarse.
Y, si se bautizan y llevan vida católica, es porque son pobres. Si acaece que los negocios vienen buenos y mi bautizado pobre se hace rico, da un adiós a la religión, que dura mientras duren los cuartos.
Cuando me llega el correo y leo las cartas, las primeras que contesto, y con verdadero placer, son las cartas de los pobres. Estas cartas son las que, después de Dios, sostienen al Misionero y le hacen llevadera y soportable esta carga, que no tiene nada de ligera.
Dios, que nació y murió pobre, escogió pobres pescadores para divulgar el Evangelio. San Pablo notó que la gran mayoría de los convertidos era gente pobre.
Aquí mismo, en Kotzebue, los únicos genuinamente ateos son cuatro blancos que son los más ricos de la población. La Iglesia, que comenzó pobremente, se está esparciendo por el mundo merced a la acción incansable de los pobres. Pobre el Misionero, pobres los que la mantienen, pobres los convertidos y en un estado de humildad pobrísima el mismo Jesucristo Sacramentado.
Pero debemos enorgullecernos por ello y tenerlo a verdadera honra. No fue de nosotros de quien se dijo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los cielos.

EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE

miércoles, 18 de noviembre de 2009
A LA LUZ DE MI LINTERNA

POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.

En una carta que acababa de recibir del P. Superior se me encargaba hacer las diligencias necesarias para ver de convertir al pueblo de Kotzebue. Había que meter la hoz en mies ajena; o mejor, en mies que, por ser nuestra, peligraba en manos ajenas incapaces de recoger las gavillas para el Reino de los cielos.
Tal vez dando una dentellada fuerte en terreno enemigo y engrosando las filas ya formadas se iniciaría un movimiento en favor de la Iglesia católica y en un día no muy lejano veríamos a Kotzebue convertido, si no en un Noviciado, sí al menos en una parroquia católica de la que nos podríamos gloriar.
Al día siguiente, domingo, faltaron muchos a Misa y apenas tuvimos quorum para la Bendición con el Santísimo al anochecer. Me extrañó un poco el suceso, pues no esperaba tal acontecimiento ya a la entrada del invierno, cuando la gente deja las pesqueras y yacimientos mineros y se recoge a las aldeas a pasar los días crudos del clásico invierno alaskano.
Los médicos conocen la enfermedad poniendo el dedo en la llaga y tornando el pulso al enfermo. Los médicos de las almas, a mi modo de ver, tienen que hacer otro tanto para curarlas, so pena de arriesgar muertes desastrosas que en las almas producen mayor estrago aún que en los cuerpos.
Con estos pensamientos flotando por mi mente, en vez de acostarme, como debiera, por ser ya las diez y media de la noche, me disfracé de salteador de caminos, metí en el bolso la linterna y, por si acaso, debajo del capote oculté un bastón corto y fuerte, y me eché a la calle.
El barro me salpicaba las polainas, y del norte soplaba una brisa con llovizna tan penetrante que volví a casa a echar encima otro capote para evitar resfriados.

Vuelto de nuevo a la calle, apenas había doblado la primera esquina, topé con un grupo de mozos que fumaban junto a la pared y hablaban todos a una y se tambaleaban y reñían. Uno de ellos me vio pasar y gritó con voz cascada y aguardentosa: Ahí va Nelson; ése lleva vino.
Y todos a una, se me vinieron gritando: Nelson, ven acá. ¿A dónde vas? Danos un trago, hombre. Dos de ellos al avanzar hacia mí cayeron redondos en el barro lodoso; los tres restantes lograron tenerse en pie y llegar sanos y salvos a donde yo les esperaba. Al acercarse, despidieron un olor repugnante a vino que apestaba. Tenían los ojos vidriados y la boca abierta por la que se desprendía a intervalos una baba sucia que provocaba náuseas.
¿Vas a bailar? insistían. Aguarda un poco, hombre, y danos un trago, que no estamos borrachos.
Y todos a una, incluso los que aún forcejeaban por levantarse y tenerse en pie, gritaron: ¡Qué vamos a estar borrachos!
Mi silencio los traía a mal traer y uno de ellos aventuró la idea de que yo no era Nelson, sino Kénez; pero la idea no prevaleció y los demás quisieron reforzar su opinión con mi propio testimonio preguntándome bonachonamente: ¿Verdad que no eres Kénez? ¿Verdad que eres Nelson? No hagas caso de éste, que está borracho.
Pero el aludido se ofendió de que le llamaran borracho y la emprendió a puñadas con el grupo. En el aire resonaban palabrotas y rodaban por el barro cuerpos perezosos que me dieron ganas de aplastar con el pie como se aplastan sapos. Los dejé revoleándose en el cieno y avancé calle abajo camino de la taberna.
Antes de llegar oí voces y ruido en una tienda de lona débilmente iluminada, donde vive una familia católica con cinco hijos pequeños. La madre estaba desgreñada, con los ojos hinchados y algunos rasguños menores en las mejillas, borracha hasta los huesos. Los niños habían huido de la quema y se habían guarecido en chozas próximas.
El marido y la mujer habían tenido una riña descomunal, cuando más llenos estaban de aguardiente, y en la refriega cayeron sobre la cama y partieron en dos el catre raquítico donde dormían acurrucados los pequeñuelos.
Ahora él estaba roncando en un rincón y ella contaba la pasada hazaña a un grupo de eskimales borrachos, que se apiñaban junto a un hornillo apagado. Me tuvieron por un borracho más y nadie extrañó lo más mínimo mi presencia; por eso me enteré de cien detalles que luego tengo que explotar en las instrucciones catequísticas.
Seguí calle abajo y topé con tres parásitos que, para estar de pie, se apoyaban en las cabezas como los rifles de los soldados que se apoyan sobre las bayonetas en grupos pequeños, mientras los soldados descansan de la caminata. Como de noche todos los gatos son pardos, me arrimé a ellos lo más posible para conocerlos. Estos me tuvieron por Fred Henry y me invitaron a terminar la botella. Como me negué a ello, el que la tenía en las manos se la ofrecía temblorosamente al de la izquierda y le decía: Acábala, hombre, acábala tú, que luego compramos otra.
Y sin hacerse de rogar, el paisano llevó la botella a los labios y la terminó, haciendo antes unos gorgoritos muy graciosos. Luego se me encararon los tres y quisieron saber por qué no había bebido.
¿Qué tienes hoy, Fred? ¿Por qué no bebes?
Y uno de ellos supuso en voz alta que yo no era Fred, sino algún advenedizo. El Fred que ellos conocían era incapaz de rehusar un trago; de sobra la sabían ellos, aunque estaban borrachos. Los dejé disparatando en plena calle y seguí adelante.
Ya junto a las paredes de la taberna vi venir una mujer, que caminaba como una culebra. No se caía por más que la fallaban las rodillas; pero culebreaba que daba gusto verla. Descubrió un bulto junto a la pared y se acercó a é1; pero el bulto estaba vivo, y la prójima se asustó y dió un salto y volvió atropelladamente hacia las puertas de la taberna.
Entonces me entró a mi curiosidad de saber qué bulto era aquel y me acerqué cautelosamente con la linterna. Sobre el envoltorio de vestidos andrajosos descollaba siniestramente el rostro airado y emborrachado de una mujer muy joven, retrato acabado de la arpía más feroz e iracunda que han inventado los poetas.
¿Quién eres tú, ladrón? me dijo con ojos de fuego. Márchate, canalla, que hoy no estoy para bromas.
Y como yo me mantuviese indeciso, se irguió, sacó las uñas y se echó tras de mí toda furor. La pobre no avanzó mucho. Tropezó, cayó, y allí la dejé barboteando maldiciones. Entonces no pude más y dejé que me corrieran unas lágrimas que me serenaron un poco.
La tal arpía se hizo católica en 1934. Hizo la primera Comunión en la Misa de Gallo, y al día siguiente, Navidad, el P. Menager sacó una fotografía del grupo. Eran ocho. En la foto están todos con las manos juntas y les cruza el pecho una cinta roja con la imagen del Sagrado Corazón.
Nuestra protagonista ostenta una sonrisa candorosa. Si se la sacase del grupo y se la pusiese en cuadro aparte, semejaría una virgencita que caería muy bien en algún altar lateral. En la foto aparece al lado de Enrique. Los dos se cansaron de ser católicos.
Por fin, hará cosa de una semana, se casaron por lo civil.
¡Oh, los misterios de las almas! Al dejarla allí en las tinieblas de la noche sobre el barro, oliendo a vino y aguardiente y echando maldiciones, la foto de su primera Comunión con las manos cruzadas ante el pecho, se apoderó de mí con una fuerza irresistible que me emocionó. Me dieron ganas de... enviar la foto a EL SIGLO DE LAS MISIONES, pero... mejor es no seguir meneándolo.

Por fin llegué a las ventanas iluminadas de la taberna. El tabernero es un católico austríaco que lleva en esta región cuarenta y dos años, uno tras otro. Fue cartero desde Kotzebue hasta Point Barrow, el cabo más norteño de Alaska.
Cuando los aeroplanos contrataron el correo, el austríaco se hizo tabernero y vive escanciando copas en el mostrador a eskimales hambrientos: Por la primera ventana vi cómo bailaban en un salón repleto de humo de pipa maloliente.
Por una puerta abierta, entraban y salían y se metían en la taberna propiamente dicha, donde Pablo vendía botellas de licor. Este Pablo fue considerado aquí hace años como la base, plinto, columna y fundamento de la Iglesia Católica. Tanto, que el Padre Menager le dio el sobrenombre de Vicario general.
Poco a poco el Vicario se hundió hasta los ojos en el negocio del vino, y hoy día vive de eso exclusivamente. Este Vicario me ha venido diciendo por activa y por pasiva que en su casa no se ha emborrachado nadie ni se emborrachará jamás, porque él, católico a machamartillo y con una conciencia de monja, no tolerará jamás semejante cosa. Eso suena muy bien en mi cocina. Anoche era diferente. No se imaginaba el Vicario que yo le estaba viendo por los cristales de su ventana, a las doce de una noche fría y lloviznosa. Y, sin embargo, así era.
El Vicario tenía destapadas varias docenas de botellas de todos los tamaños y colores que tomaban las manos temblorosas de gente muy conocida. Una mujer no podía ya mantenerse en pie y se desplomó sobre un sillón. Un hombre la quería echar del sillón a viva fuerza y los dos rodaron por el suelo, emborrachadísimos.
La hija del Vicario, mi organista, iba de acá para allá, bebiendo aquí, bailando allá y desplomándose más allá.
El hijo del Vicario, monaguillo cuando era pequeño, ayudaba a su padre a descorchar botellas que daba a gente repleta ya de vino.
Por otra ventana observé a los que ya no estaban para fiestas y habían optado por sentarse y adormecerse en una especie de recibidor donde hay un crucifijo y un cuadro muy grande y hermoso del Sagrado Corazón.
El pobre Vicario cayó ignominiosamente del pedestal que él mismo había fabricado en mi cabeza. Le explicaré muy pronto aquello de que nadie puede servir a dos señores, y, puesto en el disparadero, se verá forzado a firmar su propia condenación. El único señor a quien este Vicario ha servido es al mismísimo Satanás en persona.

Dejé las ventanas iluminadas de la taberna y me interné en unas encrucijadas, que hacen varias casas destartaladas, entre las que hay algunas tiendas de lona, donde viven algunas familias hasta que empieza a helar de firme. De una de esas tiendas salían unas carcajadas muy curiosas.
Una vez levantada la caza había que seguirla y metí la linterna por la hendidura que hace de entrada. No me detuve allí mucho.
Sobre una mesa, iluminada por una vela, jugaban a la baraja tres borrachos que braceaban y discutían acaloradamente. En un rincón, arrollados y abrazados y en las posturas más estrafalarias, roncaban unos diez hombres y mujeres, mezclados como si fueran cadáveres tirados allí de algún camión.
A las doce y media el Vicario no se tenía de sueña y cebó afuera a toda la caterva de danzantes y bebedores. Al salir toparon conmigo; me tuvieron por uno de tantos y no se preocuparon lo más mínimo.
Una pareja se rezagó y seguía penosamente a los demás hasta que ella se desplomó. La levantó él lo mejor que pudo y los dos siguieron adelante tambaleándose ridículamente hasta que ella rompió a llorar y a decir entre sollozos las mayores tonterías imaginables.
Llegado que hubieron a una esquina, se arrimaron a la pared y allí quedaron arrimados, ella gimoteando y él diciendo disparates. Abriéndome paso entre rezagados me encaminé a mi casica con el corazón partido de dolor, los pies fríos, los ojos cargados de sueño y todo el cuerpo molido por el cansancio. Eran las doce y media de la noche.

Pero no quise acostarme así sin más ni más. Abrí la puerta que da a la iglesia y me arrodillé ante el sagrario a rezar el «Parce, Domine, purce populo tuo; ne in aeternum irascaris nobis”, (Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo; no estés eternamente enojado).
Este es el paganismo tal cual en si es, sin máscaras ni adobos. Este es el paganismo que campeaba dos mil años ha, cuando Jesucristo nació pobre en Belén. Dos mil años de luz evangélica no han logrado disipar la lobreguez de estas tinieblas espesas que aún envuelven a una porción grande del género humano.
Kotzebue es un foco de paganismo puro y escueto. Todas las ideas que surgen a la mente cuando se oyen las palabras gentilidad, paganismo, infidelidad, pueden verse plasmadas y palparse aquí, en
Kotzebue, con sólo disfrazarse y salir de ronda una noche cualquiera por las callejuelas llenas de barro.
El que crea que ser Misionero es sinónimo de levantar el crucifijo en alto y llevarse de calle los pueblos y ciudades gentiles, se engaña de medio a medio. Eso no lo ha hecho nadie.
Desde el Calvario hasta el Gobierno rojo de Madrid, la empresa misionera ha sido una cadena larguísima formada por eslabones de conquistas, derrotas, más conquistas, nuevas derrotas, triunfos, fracasos, martirios, persecuciones, herejías, victorias parciales y fusión de sangre. No se avanza a paso de gigante, sino a paso de caracol. No se conquistan reinos; se ganan algunas almas dentro de los diversos reinos. Sólo uno de cada cinco en el mundo está bautizado en la Iglesia católica.
Mirado en conjunto, el mundo es aún pagano.
Cuarenta y dos años llevan en Kotzebue los protestantes cuákeros. Miembros de una secta que no tiene Sacramentos, ni siquiera el bautismo, sin sagrario, sin Misa, sin cruz, todos sus razonamientos son fríos.
Quisieron levantar a esta gente al nivel sobrenatural con solos razonamientos y medios humanos de persuasión y prédicas, y fallaron. Tenían que fallar. Al nivel sobrenatural nos eleva la gracia, y ésta nos viene por los Sacramentos de que abominan los cuákeros.
Los eskimales de Kotzebue, sin bautismo, no hallaron ayuda alguna moral en la iglesia cuákera y se desalentaron y cayeron en un abismo tan hondo que sólo una lluvia abundantisima de gracia divina los puede sacar a flote. Y de eso se trata.
Aquí, en medio de ellos, está el que los puede salvar. Aquí está el sagrario, iluminado día y noche por la lámpara litúrgica. Cada vez que me arrodillo ante él en el silencio de la noche, me pasma y abruma la paciencia infinita de Dios, cuya arma no parece ser otra que la mansedumbre del cordero bíblico.
Todo en derredor es embriaguez, lujuria y paganismo; pero no importa; Dios sigue mandando los días y las noches y nos tiene continuamente la bahía repleta de los pescados más variados. Parece no quejarse. Algo así como nuestro oficio fuera el ser malos, y el suyo el ser bueno; y como si ése fuera el contrato.
Sobre mis hombros de carne y hueso gravita la responsabilidad inmensa de traer al redil estas ovejas descarriadas que tienen en sus fauces lobos rapaces. Arrancar la presa, revivida, nutrirla y mantenerla siempre en el rebaño, he ahí, la tarea que me está siempre mirando de cara. ¡Pero qué cuesta arriba es esta tarea!
Hubo aquí una moza que picó en el anzuelo y vino y se instruyó en el catecismo lo suficiente para hacerse merecedora del bautismo. Siendo de todos conocidas sus andanzas y escapadas nocturnas, la puse por nombre Magdalena. Poco después nos hizo la visita oficial el nuevo Obispo de Alaska y, entre los confirmados, puse naturalmente a Magdalena, que recibió la Confirmación con mucha gravedad y devoción.
Una semana más tarde la llevaron a la cárcel territorial de Nome, condenada a tres meses por desórdenes y violencias mientras estaba borracha. ¡Confirmación y cárcel en una semana! Cuando se lo escribí al señor Obispo me contestó que se ha reído media hora de un tirón y luego a ratos entre día.
No; aquí, en las lomas del Polo Norte, no se llevan de calle pueblos y muchedumbres. Hoy se convierte uno y mañana sale otro del redil. Más tarde se convierten dos, de los cuales uno viene a la iglesia de Pascuas a Reyes, y así sucesivamente.
¿Cómo hago para atraerlos? le pregunté al señor Obispo.
Echando raíces arrodillado ante el altar y presentando con toda sencillez y claridad la verdad evangélica a los que no rechacen la invitación.
Esta respuesta es el programa.

A propósito de cañones, el señor Obispo, mi antiguo Provincial, estuvo conmigo seis días. Le obligué a dormir en mi cama y yo me acomodé sobre unos bancos. Mientras yo guisaba y cocinaba, él me contaba historias y los dos nos reíamos beatíficamente.
Al terminar las comidas, yo lavaba en agua hirviendo los platos, y él los secaba con unos trapos bastante blancos, que yo había guardado en el desván para algún por si acaso.
Me alabó mucho mis habilidades culinarias en general y lo bien que preparaba el salmón en particular. Le dije que una trucha daba cien vueltas al salmón rey más dorado.
Al día siguiente nos regalaron una trucha de siete libras, y a los dos se nos empezó a hacer la boca agua. Pronto la corté y puse en orden las rajas, pero decidimos dejarla para darnos con ella la gran cena.
A eso de las seis, cuando ya estaba yo encendiendo la lumbre y preparando la sartén, viene zumbando el aeroplano, y el piloto nos avisa que su Señoría Ilustrísima tiene quince minutos para preparar las maletas. ¡Toda la trucha para mi! Ya camino del aeroplano, me decía en voz baja el señor Obispo:
Siento más perder esa trucha que Boabdil la pérdida de Granada.
¡,Dónde oyó Su Ilustrísima hablar de Boabdil? le pregunté con unos ojos enormes.
Y él me respondió:
Antes de que usted naciera ya había leído yo en Wáshington Irvin los Cuentos de la Alhambra.

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soy diseñadora gráfica y profesora de religión y de lengua y literatura
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