POR SEGUNDO LLORENTE, S.J.
PAPELETAS DE MI ARCHIVO
Influjo universal de la música.
A falta de cocinero y por no tener ama de casa ni quererla, tengo que guisar la cena solo y cenarla también solo y en silencio; de ordinario, con un libro delante que se sostiene abierto en un andamiaje de jícaras y vasos. Todas las noches lo mismo.
Pero anoche fue una excepción. Al sentarme a cenar, entraron dos mozos eskimales que deseaban ensayar algunas canciones con los organillos de boca que abundan en mi desván.
Sentados en un rincón oscuro lejos de mí, y una vez puestos en acorde los instrumentos, salieron con un dúo tan perfectamente ejecutado que me hizo cerrar el libro y escuchar. Otros dúos igualmente perfectos me dejaron inmóvil y como en éxtasis.
Comía despacio y maquinalmente porque el espíritu se estaba alimentando a pasto con aquellas melodías celestiales que me trasladaban a otro mundo mejor. Recordé la poesía de Fray Luis de León a Salinas, y estuve de acuerdo con Fray Luis en que:
"Aquí el alma navega,
en un mar de dulzura, y finalmente
en él así, se anega,
que ningún, accidente
extraño o peregrino oye ni siente."
PAPELETAS DE MI ARCHIVO
Influjo universal de la música.
A falta de cocinero y por no tener ama de casa ni quererla, tengo que guisar la cena solo y cenarla también solo y en silencio; de ordinario, con un libro delante que se sostiene abierto en un andamiaje de jícaras y vasos. Todas las noches lo mismo.
Pero anoche fue una excepción. Al sentarme a cenar, entraron dos mozos eskimales que deseaban ensayar algunas canciones con los organillos de boca que abundan en mi desván.
Sentados en un rincón oscuro lejos de mí, y una vez puestos en acorde los instrumentos, salieron con un dúo tan perfectamente ejecutado que me hizo cerrar el libro y escuchar. Otros dúos igualmente perfectos me dejaron inmóvil y como en éxtasis.
Comía despacio y maquinalmente porque el espíritu se estaba alimentando a pasto con aquellas melodías celestiales que me trasladaban a otro mundo mejor. Recordé la poesía de Fray Luis de León a Salinas, y estuve de acuerdo con Fray Luis en que:
"Aquí el alma navega,
en un mar de dulzura, y finalmente
en él así, se anega,
que ningún, accidente
extraño o peregrino oye ni siente."
Anoche entendí mejor que nunca por qué está la Historia tan llena de sucesos que proclaman el efecto poderoso de la música. Cuando a Saúl le oprimía el espíritu malo, buscaba alivio en el arpa de David. Los judíos cautivos se resistían a cantar a sus opresores los cánticos de su tierra.
En Granada se tuvo que prohibir cantar en público el «¡ Ay de mi Alhama ! », para no provocar a los moriscos. Los indios del Paraguay aguardaban emboscados las canoas que llevaban a los Misioneros; pero, al aparecer éstos tocando el violín, se les cayeron las flechas de los arcos y quedaron mansos como corderos. Las mismas serpientes de la India se adormecen y pierden su instinto de agresión al oír los acordes de los gaiteros encantadores.
No hay estrato en la sociedad sin su música: marchas militares, marchas fúnebres, himnos nacionales, baladas, orquestas, órganos catedralicios, tonadas, pastoriles de cuerno y de rabel, rondas nocturnas de guitarra y acordeón, jaulas de canario, trinos de ruiseñores....
La música, en todos sus aspectos y manifestaciones, nos hiere las fibras del espíritu, nos saca de la materia y nos trae delicadamente a la memoria la gran realidad de la armonía y ritmo de toda la creación, efímero trasunto de la armonía y proporción que existen en Dios.
El influjo mágico de la música no se puede medir con el metro ni puede ser reducido a guarismos. La música ha envuelto siempre a los espíritus en las mallas etéreas de sus melodías y ha jugado con ellos como juguetes indefensos: los embravece, los ablanda, los enloquece, los excita al odio, los enternece, los desarma y los embriaga de placer.
Hasta se ha aventurado la idea (quizá menos descabellada de lo que pudiera parecer) de que no está lejano el día en que los médicos receten un disco de Mozart, por ejemplo, para curar un ataque al hígado, o una pieza de Beethoven para aliviar o componer algún desorden intestinal.
Hay un algo en esas notas musicales que puede causar dramas irreparables o curar esos males, tanto del cuerpo como del alma, que la ciencia humana no ha podido aún desentrañar. Hay personas buenas que no se elevan a la contemplación divina si no es a los acordes de la música sagrada.
Anoche pensaba yo en todo esto mientras los dos eskimales sinfonizaban en el rincón oscuro de mi cocina con organillos de boca pequeños y baratos. Nunca digerí la cena tan bien como anoche.
Vida y milagros de un gato.
En Granada se tuvo que prohibir cantar en público el «¡ Ay de mi Alhama ! », para no provocar a los moriscos. Los indios del Paraguay aguardaban emboscados las canoas que llevaban a los Misioneros; pero, al aparecer éstos tocando el violín, se les cayeron las flechas de los arcos y quedaron mansos como corderos. Las mismas serpientes de la India se adormecen y pierden su instinto de agresión al oír los acordes de los gaiteros encantadores.
No hay estrato en la sociedad sin su música: marchas militares, marchas fúnebres, himnos nacionales, baladas, orquestas, órganos catedralicios, tonadas, pastoriles de cuerno y de rabel, rondas nocturnas de guitarra y acordeón, jaulas de canario, trinos de ruiseñores....
La música, en todos sus aspectos y manifestaciones, nos hiere las fibras del espíritu, nos saca de la materia y nos trae delicadamente a la memoria la gran realidad de la armonía y ritmo de toda la creación, efímero trasunto de la armonía y proporción que existen en Dios.
El influjo mágico de la música no se puede medir con el metro ni puede ser reducido a guarismos. La música ha envuelto siempre a los espíritus en las mallas etéreas de sus melodías y ha jugado con ellos como juguetes indefensos: los embravece, los ablanda, los enloquece, los excita al odio, los enternece, los desarma y los embriaga de placer.
Hasta se ha aventurado la idea (quizá menos descabellada de lo que pudiera parecer) de que no está lejano el día en que los médicos receten un disco de Mozart, por ejemplo, para curar un ataque al hígado, o una pieza de Beethoven para aliviar o componer algún desorden intestinal.
Hay un algo en esas notas musicales que puede causar dramas irreparables o curar esos males, tanto del cuerpo como del alma, que la ciencia humana no ha podido aún desentrañar. Hay personas buenas que no se elevan a la contemplación divina si no es a los acordes de la música sagrada.
Anoche pensaba yo en todo esto mientras los dos eskimales sinfonizaban en el rincón oscuro de mi cocina con organillos de boca pequeños y baratos. Nunca digerí la cena tan bien como anoche.
Vida y milagros de un gato.
Todo el mundo conoce los perros de Alaska, o por lo menos ha oído hablar de ellos; pero ¿quién espera oír hablar de gatos en el país de los eternos hielos? Y, sin embargo, los tenemos.
Yo mismo tengo un gato que se llama Negrín. Lo adquirí para ayudar a las ratoneras de la despensa y del desván, y me lo dieron cuando sólo contaba nueve días. Es muy larga la historia de cómo le acostumbré a comer apenas nacido, cuando no era más que un bulto amorfo, negro, cegatón, atolondeado, llorón y antojadizo.
Al cumplir un mes, Negrín empezó a dar muestras de un talento nada vulgar. El repique del despertador le despertaba. Su oído extrafino me oía salir de las mantas y me venía a dar los buenos días a la cama mayando con mucho mimo.
Al cabo de varias tentativas frustradas lograba clavar las uñas en una manta y trepaba muy animoso. Aquellas mantas eran blandas y estaban calientes. En cambio los trapos de su cajón ni eran blandos ni muy calientes que digamos.
Negrín sacó la conclusión de que yo le estaba engañando y decidió acogerse al «ande yo caliente y ríase la gente». No hubo modo de evitar que se subiera a la cama. En ella dormía todo el día y sé escurría y bostezaba con un egoísmo y una galbana sin precedentes.
Al acostarme yo, me estrellaba contra un problema insoluble. El dormitorio es una esquina de la cocina y despacho sin puerta, para que se pueda calentar con la estufa central y común.
Echar a Negrín fuera de la pieza era matarlo de frío. Lo intenté, pero tuve que desistir, pues me trastornaba el juicio con aquellos mayidos afligidísimos. Dejarle adentro era darle libertad para subirse a la cama. Una noche que puse unos tablones a la entrada, trepó con mucho forcejeo y muchos arañazos y se vengó dando por tierra con todo el andamiaje.
Le dejé que se subiera. Subía por las mantas y caminaba despacio hacia la almohada, ronrroneando e implorando misericordia. Cuando le tuve al alcance, le agarré y le tiré por la entrada lo más lejos que pude. Vuelta a subírseme, y vuelta a volar por el espacio.
Cansado de ser pelota de tennis, discurrió una estratagema para salir con la suya, y fue ésta: aguardaba a que yo me durmiera, y luego se subía a la cama y dormía señorialmente.
Al despertar y verle allí, le agarraba y le echaba a volar por los aires. Ni aun así se amedrentó. Al oírme dormir, se subía a pasar la noche en las mantas, y al oír el repique del despertador saltaba y se escondía debajo de una silla.
Un día le puse un espejo delante, y al ver otro gato se llenó de celos y de rabia y lanzó al vidrio unos resoplidos feroces. Otro día inflé un baloncito de goma muy tenue que flotaba como una pluma al más ligero soplo. Negrín se puso a estudiar el aparato con una curiosidad científica y le rodaba de acá para allá con empujoncitos muy suaves hasta que impensadamente clavó una uña en el balón, que estalló como bomba de trimotor. Negrín erizó los pelos, dio un mayido de náufrago y huyó velocísimo a esconderse debajo de la cama.
Volví a inflar otro balón por la tarde, pero Negrín le miraba de reojo y a distancia como diciendo:
- ¡Te veo, besugo !
No descansa hasta que me hace una buena trapisonda, como subir al escritorio y volcar el tintero; meter la cabeza en un puchero sin poderla sacar hasta que lo rompe estrellándolo contra la estufa ; subirse a los plúteos y tirarme tres o cuatro libros que se desencuadernan del golpe y el susto; arrastrar un zapato que luego no encuentro en media hora de búsqueda malhumorada y regañona; agarrar el talón de un calcetín que me estoy poniendo y tirar él para afuera y yo para adentro hasta que me canso de bromas y hay truenos y relámpagos; meter el hocico en el chocolate para que del asco consiguiente le dé luego toda la taza, etc., etc.
Las niñas pequeñas del catecismo se disputan el honor de cogerlo y tenerlo en los brazos. La primera en llegar al catecismo tiene derecho a coger a Negrín y tenerlo mientras dure la catequesis que tenemos en la cocina.
Al oír la campana corren, o mejor, vuelan como gaviotas y, si llegan a la puerta varias a la vez, agarran el picaporte con mucho alboroto de voces y gritos hasta que irrumpen atropelladamente con muchas voces de triunfo y de protesta. Le acarician en español que me oyen y que ellas pronuncian correctamente.
El gato para mí es un misterio. Grotescamente egoísta, ni trabaja como el perro o el caballo, ni vale para la cazuela como el pollo o la ternera. Responde a las caricias con un arañazo. Tumbado en la almohadilla de un asiento, se cree rey del país y lo mira todo con el desprecio más olímpico.
La sensibilidad de Negrín es enigmática. En la manera de respirar me conoce si le voy a atusar a propinarle un mojicón. Hasta dicen que los gatos saben si el visitante los acaricia por amor a ellos o por adular y complacer al amo allí presente.
El pequeño Roberto, mi vecino mestizo, viene al salón con su velocípedo de tres ruedas y le ha enseñado a Negrín a tomar las manillas en ademán de guiar. No creo que me haya comido un solo ratón. No le gustan. Prefiere mayar y hacerse el famélico mientras yo como.
Cierto articulista cree que los que se aficionan a un perro son egoístas, porque el perro es noble y fiel y excelente compañero, mientras que los que se aficionan a un gato muestran ser desinteresados porque el gato no da más que mal por bien.
Y otro articulista cree que los que odian al gato son gente cruel y sin entrañas, enemiga de los niños y de las flores. Como es muy difícil conocerse a uno mismo, yo no sé en que categoría estaré; pero reúno las cualidades antagónicas de odiar a los gatos y de querer a los niños y a las flores.
Misterios de la gracia.
Ayer por la mañana me vinieron a decir que una vieja pagana me quería ver. Estaba acostada y hablaba con toda lucidez, pero estaba segura de que se iba a morir.
Acababa de ver ángeles que escoltaban a una Señora vestida de blanco y azul que la miró muchas veces, pero no la habló. La vieja no sabía qué hacer. Contó la visión a la hija, que se contentó con parecerla el caso raro y peregrino.
Por fin, la vieja decidió llamarme, pues se trataba de un asunto relacionado con la Religión, y para estos asuntos precisamente había ella oído decir que venían los Misioneros. La instruí por espacio de una hora, y, como creía ciegamente cuanto yo le decía, la bauticé y la llamé Margarita.
Al anochecer murió muy tranquila y se fue al cielo a devolver la visita a la santísima, Virgen. Este episodio, al parecer simplicísimo, es todo un tratado de Teología. La vieja que amaneció pagana, anocheció en el cielo. «Hoy estarás conmigo en el paraíso.»
Tal vez oraciones silenciosas de monjas encerradas en su celda o arrodilladas ante el sagrario fueron escuchadas y Dios vinculó a ellas esta conversión. No fui yo el que la convirtió a Dios.
Yo nunca le había visto, ni sabía que existía la tal vieja. Me llamó, fui, la bauticé, se murió y se salvó. Yo no la salvé. La salvó la gracia; y la gracia es un don gratuito que da Dios a quien quiere, pero que de ley ordinaria lo da al que lo pide o a aquel para quien se pide.
El mismo pedirlo es un don de Dios. La oración influye con verdadera eficacia en personas alejadas a quienes jamás se ha visto. Instruir, predicar y refutar no son ciertamente tiempo perdido; pero mientras no intervenga la oración suplicante, es poco menos que perder el tiempo.
La victoria del pueblo de Dios contra los Amalecitas dependía de que los brazos de Moisés estuviesen levantados hacia el cielo suplicantes, o caídos en inercia estéril. Asimismo leemos que el patriarca Abraham y diez justos tenían en sus manos la suerte de Sodoma y Gomorra.
No se desalienten las almas buenas que quisieran ser misioneras de infieles y se ven impedidas por circunstancias ajenas a sus deseos. La monja callada, el zapatero que remienda y clavetea, el estudiante, la sirvienta, el centinela del cuartel... todos, pueden orar y sacrificarse por la conversión del mundo infiel y cooperar activa y eficazmente en la salvación de los paganos.
Un episodio típico.
Alaska nunca dejó de ser Alaska. Se la llama «el país de los eternos hielos», y con razón. Me acaban de dar una noticia típica de las regiones árticas.
Vivían a veinticinco kilómetros de aquí un padre y dos hijos que se habían quedado sin madre la primavera pasada. Una vez al mes venía el hombre con su trineo cargado de truchas heladas, que trocaba por comestibles en el almacén o en diversas casas particulares. Los rapaces pasaban el día cortando leña y poniendo lazos en el bosque, donde nunca faltan conejos y liebres.
Hace dos meses se le echó de menos al buen hombre, pero nadie se preocupó cosa mayor, por ser corriente aquí vivir de solo pescado meses y hasta inviernos enteros.
El otro día pasó por su choza un cazador y al abrir la puerta se encontró con que los tres dormían en el suelo sin respirar siquiera y con los ojos abiertos como las liebres. Los llamó y hasta les dio golpecitos con el pie, mas los durmientes no despertaban. Estaban muertos!
El padre se había sentido indispuesto, pero siguió levantado hasta que ya no pudo más y una mañana no se levantó. Empeoró, le faltó todo, perdió el conocimiento y se murió.
Los niños se extrañaron del caso, pero la estolidez e indolencia nativas prevalecieron una vez más y no se preocuparon de engancharlos perros y venir a darnos la noticia. Poco a poco se les fueron acabando las provisiones, y como estaban flacuchos y tenían frío, se metieron entre mantas junto al cadáver de su padre y allí perecieron de hambre y de frío.
Los tres cadáveres semejan sendas estatuas de granito por la rigidez y dureza que tienen; helados y en posturas informes; sin oler mal; como fósiles de edades prehistóricas hallados en las grietas de un glaciar. Los eskimales de por aquí se comunican la noticia con toda naturalidad.
El silencio de las obras de Dios.
Ayer bauticé a diez personas, y hoy día de Pascua recibieron por primera vez la sagrada Comunión. La Iglesia, grano de mostaza que brotó en Jerusalén, ha venido extendiendo sus ramas por toda la faz de la tierra y hoy nos llega el efecto benéfico de su sombra aquí a las lomas del Polo Norte.
La única iglesia católica al norte del Círculo Polar Ártico es ésta de Kotzebue. Quedan aún aldeas norteñas en las que no has puesto los pies ningún sacerdote católico.
Seis de los ayer bautizados son oriundos de esas aldeas y uno nació en Barrow, que es el cabo más norteño de todo Alaska. Son mis feligreses. Escucharon las instrucciones todo el invierno y abrazaron la Fe con ingenuidad edificante.
Kotzebue es una trinchera excavada aquí, en el frente avanzado del Evangelio, y se libran en ella batallas tan calladas como importantes. Los rusos y finlandeses se batieron a muerte en desiertos barridos por la cellisca y en bosques repletos de nieve con neblina espesa por firmamento.
Todo el mundo se estremeció y siguió con admiración los vaivenes de aquella guerra llevada a cabo con cañones y tanques anillados. Con tanto ruido y explosiones estruendosas no se consiguió más que destruir viviendas, matar hombres y ensanchar territorios.
Las obras de Dios se hacen sin ruido de tanques, sin estruendo de cañones, sin segar en flor vidas preciosas y sin ametrallar hogares pacíficos.
Desafiando nieves eternas y hielos perpetuos, tormentas frigidísimas y meses invernales tenebrosos, los Misioneros de Alaska avanzan y conquistan calladamente, y sus conquistas son almas inmortales que se salvan y serán felices eternamente dando gloria a Dios con sus ángeles y santos.
El silencio de las obras de Dios me impresiona vivamente. La tierra y todo el mundo sideral giran y caminan por los espacios a velocidades fantásticas, y sin embargo de tan vertiginoso rodar nos extasiamos ante la paz del campo y la serenidad de la noche estrellada.
Fabrica el hombre una locomotora, un trimotor, un automóvil... objetos menos que microscópicos comparados con la Creación, y todo es ruido de hierro y maquinaria que ensordece y, desgasta los nervios y enloquece. Un boxeador resulta campeón en un encuentro a puñetazos, y el mundo lo comenta. Se convierte a Dios un corazón, y nadie lo ve.
Miedo a los muertos.
El aeroplano de Nome nos trajo una enferma que llevaron al hospital en un trineo, arrastrado por la chiquillería que se había apiñado en derredor del aeroplano.
Sé llamaba Ana Jacoba, eskimalita de dieciocho años. Cuando me quise enterar de quién era, ya había fallecido. No duró más que unas horas. Me dijo el médico que había sido, un disparate traerla, pues la tisis la tenía poco menos que difunta.
Resultó que Jacoba había estado seis años cabales en nuestra escuela de Pilgrim Springs, donde había sido Hija de María, según me lo dijo una de las jóvenes que había convivido con ella algunos años.
Debido a la tormenta que nos ha venido flagelando, dispuse posponer el entierro hasta que amainase el vendaval. El cadáver, envuelto en una sábana, descansó en una choza que yo cerré con candado.
Ayer fui con el ataúd, que me ayudó a fabricar un cojo, y hallé el cadáver tan sólidamente helado que su rigidez se podía comparar con la de una estatua de bronce.
Resultó que los codos caían un poco fuera del cuerpo, lo suficientemente para que el ataúd resultase estrecho. Todos los esfuerzos para doblegar aquellos brazos de acero resultaron inútiles. La idea de tener que fabricar otro ataúd me mortificaba mucho y estuve a punto de serrar los brazos; pero lo consideré tentación de Satanás y de mi holgazanería ingénita, y la rechacé.
Hicimos otro ataúd, y esta vez con buen éxito. Clavé yo mismo la cubierta y lo arrastramos en trineo hasta mi casa. Siguiendo la costumbre de aquí, pusimos la difunta en la iglesia para enterrarla al día siguiente, que es hoy.
Todas las noches, antes de acostarme, abro una puerta de la cocina y entro en la iglesia, donde tengo el consuelo de rezar arrodillado ante el sagrario. Pido allí a Dios por los bienhechores, por los parientes y amigos, por los que me escriben y encomiendan a Dios y por cien necesidades más.
Pero anoche no hubo manera de entrar en la iglesia. El cadáver estaba a tres metros del sagrario y no tuve valor para entrar a tientas y rezar solo y de noche junto al cadáver.
Quise probar con luz, pero tampoco me atreví a abrir la puerta. Estábamos pared por medio; pero yo me consideraba sano y salvo mientras la puerta estuviera cerrada. La cuestión era no abrir la puerta. Me indigné sonrojado y avergonzado y me llamé los nombres más despectivos; pero ¡cá!, la puerta siguió cerrada.
¿Por qué será eso? ¿Qué daño me puede hacer a mí una chica, muerta y metida en una caja que yo mismo hice y cuya tapadera yo mismo clavé y arremaché? Es como el temor de las señoras a los ratones. Desde niño se me metió en los huesos; el temor a los muertos y estoy viendo que voy a llegar a viejo sin poder echarlo de mí.
Hasta he llegado a preguntarme si cuando me muera me llegaré a tener miedo a mí mismo, Por si alguno padece de esta misma enfermedad, quiero tranquilizarle desde estas líneas y asegurarle que no tenga miedo a mi cadáver; que soy persona pacífica y no pienso resucitar para meter miedo a nadie.
A 60 grados bajo cero.
Estamos sufriendo la temperatura más baja que se ha registrado en muchos años. Hoy es el quinto día de temperatura inferior a 50 grados bajo cero. Ha habido ratos de 62 grados bajo cero.
Esta temperatura no es fenómeno raro en el interior de la península donde, merced a la altura elevadísima sobre el nivel del mar, el aire es muy seco y saludable y el ambiente es poco menos que el paraíso de los leñadores del bosque con el hacha, la pipa y la botella de ron; pero aquí, en la costa helada y brumosa, saturada de humedad y de neblina, 50 grados bajo cero son algo imponente. No hace viento alguno perceptible, como si el aire estuviera encerrado en un fanal. El humo de las chimeneas sale remolón y desganado y se apiña en nubarrones flotantes que se espesan y nos impiden ver la bóveda celeste.
Por el placer insano de sentir en el cutis los efectos de la temperatura, salí a la calle y pude experimentar lo pesado de la respiración y el dolor que cada anhélito produce en el interior de las narices, cuya mucosidad se congela y forma como un vallado a lo largo de los conductos nasales.
En la palangana que saqué conmigo, el agua se cubrió visiblemente de una telilla de hielo rizoso que se fue espesando a ojos vistas.
Estas temperaturas infames sobre un suelo de glaciar son la causa de que no tengamos por aquí Cármenes de Granada, ni Huertas de Murcia o de Valencia, ni Planas de Castellón, ni viñedos manchegos o jerezanos. Miro por centésima vez al termómetro que se ha estancado en los 60 grados y unas décimas bajo cero. Cuando se lo escriba a mis amigos de España, ya sé la respuesta:
- ¡Pero cómo exagera ese hombre!
Por eso me da un gustazo salvaje mirar a la columna de mercurio y convencerme de que no exagero.
Un tarrito de miel.
Está visto que da buen resultado escribir a monjas. No sólo por el cúmulo de oraciones y sacrificios ofrecidos por el bienestar de mi alma a cambio de historietas eskimales completamente fidedignas, sino también por las ganancias que se derivan para el cuerpo, ya que, dicho sea con perdón, tripas llevan corazón, y no viceversa.
A una monja franciscana de Filadelfia, en los Estados Unidos, la visitó su madre, y en el curso de la conversación salió a relucir la Misión de Kotzebue. El resultado no pudo haber sido más satisfactorio.
A instancias de la fervorosa monja, su madre me mandó un paquete con dos litros de miel, un tarro de aceitunas, dos latas de jamón en conserva, una caja de galletas finas y un vaso repleto de la novísima invención «mantequilla de cacahuate» que, se pone en el pan y sabe muy rica.
Al sentarme a la mesa, con e1 pote de miel delante, me viene una sonrisa curiosa como si acabase de ganar una batalla o me hubiera tocado el premio gordo. Miel en las lomas del Polo Norte es un lujo tan extravagante que ni al mismo Satanás se le había ocurrido tentarme por ahí y abrir así un boquete en el muro de la santa pobreza.
Pero ni Satanás con su soberbia y egoísmo, ni yo con mi ceguera e ignorancia, conocemos los límites de la bondad maternal de Dios nuestro Señor. Dios me trajo esa miel y me la puso delante para que luego no me queje cuando me crea solo y abandonado en este rincón remotísimo del globo.
Leí en una revista de Misiones un artículo en el que se hablaba de los «bizarros y aguerridos Misioneros que se baten con denuedo en las avanzadas» y «sucumben heroicamente como bravos al pie del cañón», y me pregunto a mí mismo si también yo seré bravo y aguerrido y todas esas cosas, o si más bien me señalo en encuentros a muerte con potes de miel y aceitunas en conserva.
Creo que en esto, como en todo, un dorado término medio es lo más próximo a la verdad. Ni tanto cabello que se arrastre, ni tan calvo que se le vean los sesos.
Los ricos, las mujeres, los pobres y el Evangelio.
Hoy, como hace 2,000 años, el reino de los cielos es de los pobres de espíritu. Al final de un escrutinio cuidadoso y paciente he averiguado que los únicos que me han ayudado y ayudan con sus limosnas son gente más bien pobre que rica. En los Estados Unidos lo mismo que en España.
El rico es la persona más miserable y deleznable de la humanidad. Tiene un pánico mortal a interesarse por obras de caridad y de celo apostólico, que pueden aligerarle el bolsillo.
Para llevar adelante sus empresas necesita grandes cantidades pecuniarias y todo ello se revuelve en un círculo vicioso de dinero, que produce dinero y que se necesita para que lo siga produciendo, so pena de una quiebra lamentable.
El rico no tiene atisbos del gozo que inunda al alma cuando se sacrifica uno hasta que duela. Vive con el temor continuo de la posibilidad de venir a menos, y su vida es la de un criminal no descubierto, que ve pasar ante sí guardias civiles y policías.
Son los pobres, los de la clase media, los medianamente acomodados los que sostienen sobre sus hombros en lo material la empresa divina de la evangelización del mundo pagano.
Cada vez que recibo un giro de sirvientas de San Sebastián, Bogotá, Buenos Aires y Nueva York me confirmo más en la tesis que estoy defendiendo.
En primer lugar los ricachones no tienen religión. Si la tuvieran, no osarían aparecer como seguidores del que nació en la cueva de Belén y murió desnudo en una cruz. El rico nace para vivir una vida puramente animal, que termina como todos sabemos en el cementerio. Hay excepciones, naturalmente, y cada rico debiera considerarse una excepción.
Las limosnas que sostienen la Misión de Alaska vienen de personas poco adineradas. Vienen también por lo común de señoras, de señoritas y de niños.
Las mujeres tienen el corazón más tierno ; las señoritas se entusiasman con las obras de celo en pro de la salvación de las almas ; los niños sienten un orgullo noble en considerarse salvadores de almas ayudando con sus ahorrillos al Misionero.
Los hombres son una calamidad en este punto. De cada doce limosnas que me llegan, diez son de mujeres. De aquellas mujeres que seguían a Jesucristo y a su Colegio Apostólico y les servían y ayudaban en todo. Aquellas mismas mujeres que estaban de pie junto a la cruz del Salvador, mientras los mismos Apóstoles estaban desperdigados poco menos que en masa.
Es la madre que no duerme en una semana si el niñito está enfermo de gravedad en la cuna. El padre duerme ocho horas seguidas al cuarto día de vela. La madre resiste el doble y la parece que no está cansada.
Los Estados Unidos tienen 30.000 sacerdotes y 124.000 monjas. Alaska tiene treinta y cinco Misioneros y setenta monjas.
Es decir, que en el servicio directo de Dios las mujeres se elevan sobre los hombres de los hombros para arriba.
Y ya, en las Misiones mismas, el Misionero no tiene dificultad en bautizar mujeres y niños. Son los hombres los fríos e indiferentes que están demasiado atareados para ocuparse en pequeñeces como instruirse y bautizarse.
Y, si se bautizan y llevan vida católica, es porque son pobres. Si acaece que los negocios vienen buenos y mi bautizado pobre se hace rico, da un adiós a la religión, que dura mientras duren los cuartos.
Cuando me llega el correo y leo las cartas, las primeras que contesto, y con verdadero placer, son las cartas de los pobres. Estas cartas son las que, después de Dios, sostienen al Misionero y le hacen llevadera y soportable esta carga, que no tiene nada de ligera.
Dios, que nació y murió pobre, escogió pobres pescadores para divulgar el Evangelio. San Pablo notó que la gran mayoría de los convertidos era gente pobre.
Aquí mismo, en Kotzebue, los únicos genuinamente ateos son cuatro blancos que son los más ricos de la población. La Iglesia, que comenzó pobremente, se está esparciendo por el mundo merced a la acción incansable de los pobres. Pobre el Misionero, pobres los que la mantienen, pobres los convertidos y en un estado de humildad pobrísima el mismo Jesucristo Sacramentado.
Pero debemos enorgullecernos por ello y tenerlo a verdadera honra. No fue de nosotros de quien se dijo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los cielos.
Al cabo de varias tentativas frustradas lograba clavar las uñas en una manta y trepaba muy animoso. Aquellas mantas eran blandas y estaban calientes. En cambio los trapos de su cajón ni eran blandos ni muy calientes que digamos.
Negrín sacó la conclusión de que yo le estaba engañando y decidió acogerse al «ande yo caliente y ríase la gente». No hubo modo de evitar que se subiera a la cama. En ella dormía todo el día y sé escurría y bostezaba con un egoísmo y una galbana sin precedentes.
Al acostarme yo, me estrellaba contra un problema insoluble. El dormitorio es una esquina de la cocina y despacho sin puerta, para que se pueda calentar con la estufa central y común.
Echar a Negrín fuera de la pieza era matarlo de frío. Lo intenté, pero tuve que desistir, pues me trastornaba el juicio con aquellos mayidos afligidísimos. Dejarle adentro era darle libertad para subirse a la cama. Una noche que puse unos tablones a la entrada, trepó con mucho forcejeo y muchos arañazos y se vengó dando por tierra con todo el andamiaje.
Le dejé que se subiera. Subía por las mantas y caminaba despacio hacia la almohada, ronrroneando e implorando misericordia. Cuando le tuve al alcance, le agarré y le tiré por la entrada lo más lejos que pude. Vuelta a subírseme, y vuelta a volar por el espacio.
Cansado de ser pelota de tennis, discurrió una estratagema para salir con la suya, y fue ésta: aguardaba a que yo me durmiera, y luego se subía a la cama y dormía señorialmente.
Al despertar y verle allí, le agarraba y le echaba a volar por los aires. Ni aun así se amedrentó. Al oírme dormir, se subía a pasar la noche en las mantas, y al oír el repique del despertador saltaba y se escondía debajo de una silla.
Un día le puse un espejo delante, y al ver otro gato se llenó de celos y de rabia y lanzó al vidrio unos resoplidos feroces. Otro día inflé un baloncito de goma muy tenue que flotaba como una pluma al más ligero soplo. Negrín se puso a estudiar el aparato con una curiosidad científica y le rodaba de acá para allá con empujoncitos muy suaves hasta que impensadamente clavó una uña en el balón, que estalló como bomba de trimotor. Negrín erizó los pelos, dio un mayido de náufrago y huyó velocísimo a esconderse debajo de la cama.
Volví a inflar otro balón por la tarde, pero Negrín le miraba de reojo y a distancia como diciendo:
- ¡Te veo, besugo !
No descansa hasta que me hace una buena trapisonda, como subir al escritorio y volcar el tintero; meter la cabeza en un puchero sin poderla sacar hasta que lo rompe estrellándolo contra la estufa ; subirse a los plúteos y tirarme tres o cuatro libros que se desencuadernan del golpe y el susto; arrastrar un zapato que luego no encuentro en media hora de búsqueda malhumorada y regañona; agarrar el talón de un calcetín que me estoy poniendo y tirar él para afuera y yo para adentro hasta que me canso de bromas y hay truenos y relámpagos; meter el hocico en el chocolate para que del asco consiguiente le dé luego toda la taza, etc., etc.
Las niñas pequeñas del catecismo se disputan el honor de cogerlo y tenerlo en los brazos. La primera en llegar al catecismo tiene derecho a coger a Negrín y tenerlo mientras dure la catequesis que tenemos en la cocina.
Al oír la campana corren, o mejor, vuelan como gaviotas y, si llegan a la puerta varias a la vez, agarran el picaporte con mucho alboroto de voces y gritos hasta que irrumpen atropelladamente con muchas voces de triunfo y de protesta. Le acarician en español que me oyen y que ellas pronuncian correctamente.
El gato para mí es un misterio. Grotescamente egoísta, ni trabaja como el perro o el caballo, ni vale para la cazuela como el pollo o la ternera. Responde a las caricias con un arañazo. Tumbado en la almohadilla de un asiento, se cree rey del país y lo mira todo con el desprecio más olímpico.
La sensibilidad de Negrín es enigmática. En la manera de respirar me conoce si le voy a atusar a propinarle un mojicón. Hasta dicen que los gatos saben si el visitante los acaricia por amor a ellos o por adular y complacer al amo allí presente.
El pequeño Roberto, mi vecino mestizo, viene al salón con su velocípedo de tres ruedas y le ha enseñado a Negrín a tomar las manillas en ademán de guiar. No creo que me haya comido un solo ratón. No le gustan. Prefiere mayar y hacerse el famélico mientras yo como.
Cierto articulista cree que los que se aficionan a un perro son egoístas, porque el perro es noble y fiel y excelente compañero, mientras que los que se aficionan a un gato muestran ser desinteresados porque el gato no da más que mal por bien.
Y otro articulista cree que los que odian al gato son gente cruel y sin entrañas, enemiga de los niños y de las flores. Como es muy difícil conocerse a uno mismo, yo no sé en que categoría estaré; pero reúno las cualidades antagónicas de odiar a los gatos y de querer a los niños y a las flores.
Misterios de la gracia.
Ayer por la mañana me vinieron a decir que una vieja pagana me quería ver. Estaba acostada y hablaba con toda lucidez, pero estaba segura de que se iba a morir.
Acababa de ver ángeles que escoltaban a una Señora vestida de blanco y azul que la miró muchas veces, pero no la habló. La vieja no sabía qué hacer. Contó la visión a la hija, que se contentó con parecerla el caso raro y peregrino.
Por fin, la vieja decidió llamarme, pues se trataba de un asunto relacionado con la Religión, y para estos asuntos precisamente había ella oído decir que venían los Misioneros. La instruí por espacio de una hora, y, como creía ciegamente cuanto yo le decía, la bauticé y la llamé Margarita.
Al anochecer murió muy tranquila y se fue al cielo a devolver la visita a la santísima, Virgen. Este episodio, al parecer simplicísimo, es todo un tratado de Teología. La vieja que amaneció pagana, anocheció en el cielo. «Hoy estarás conmigo en el paraíso.»
Tal vez oraciones silenciosas de monjas encerradas en su celda o arrodilladas ante el sagrario fueron escuchadas y Dios vinculó a ellas esta conversión. No fui yo el que la convirtió a Dios.
Yo nunca le había visto, ni sabía que existía la tal vieja. Me llamó, fui, la bauticé, se murió y se salvó. Yo no la salvé. La salvó la gracia; y la gracia es un don gratuito que da Dios a quien quiere, pero que de ley ordinaria lo da al que lo pide o a aquel para quien se pide.
El mismo pedirlo es un don de Dios. La oración influye con verdadera eficacia en personas alejadas a quienes jamás se ha visto. Instruir, predicar y refutar no son ciertamente tiempo perdido; pero mientras no intervenga la oración suplicante, es poco menos que perder el tiempo.
La victoria del pueblo de Dios contra los Amalecitas dependía de que los brazos de Moisés estuviesen levantados hacia el cielo suplicantes, o caídos en inercia estéril. Asimismo leemos que el patriarca Abraham y diez justos tenían en sus manos la suerte de Sodoma y Gomorra.
No se desalienten las almas buenas que quisieran ser misioneras de infieles y se ven impedidas por circunstancias ajenas a sus deseos. La monja callada, el zapatero que remienda y clavetea, el estudiante, la sirvienta, el centinela del cuartel... todos, pueden orar y sacrificarse por la conversión del mundo infiel y cooperar activa y eficazmente en la salvación de los paganos.
Un episodio típico.
Alaska nunca dejó de ser Alaska. Se la llama «el país de los eternos hielos», y con razón. Me acaban de dar una noticia típica de las regiones árticas.
Vivían a veinticinco kilómetros de aquí un padre y dos hijos que se habían quedado sin madre la primavera pasada. Una vez al mes venía el hombre con su trineo cargado de truchas heladas, que trocaba por comestibles en el almacén o en diversas casas particulares. Los rapaces pasaban el día cortando leña y poniendo lazos en el bosque, donde nunca faltan conejos y liebres.
Hace dos meses se le echó de menos al buen hombre, pero nadie se preocupó cosa mayor, por ser corriente aquí vivir de solo pescado meses y hasta inviernos enteros.
El otro día pasó por su choza un cazador y al abrir la puerta se encontró con que los tres dormían en el suelo sin respirar siquiera y con los ojos abiertos como las liebres. Los llamó y hasta les dio golpecitos con el pie, mas los durmientes no despertaban. Estaban muertos!
El padre se había sentido indispuesto, pero siguió levantado hasta que ya no pudo más y una mañana no se levantó. Empeoró, le faltó todo, perdió el conocimiento y se murió.
Los niños se extrañaron del caso, pero la estolidez e indolencia nativas prevalecieron una vez más y no se preocuparon de engancharlos perros y venir a darnos la noticia. Poco a poco se les fueron acabando las provisiones, y como estaban flacuchos y tenían frío, se metieron entre mantas junto al cadáver de su padre y allí perecieron de hambre y de frío.
Los tres cadáveres semejan sendas estatuas de granito por la rigidez y dureza que tienen; helados y en posturas informes; sin oler mal; como fósiles de edades prehistóricas hallados en las grietas de un glaciar. Los eskimales de por aquí se comunican la noticia con toda naturalidad.
El silencio de las obras de Dios.
Ayer bauticé a diez personas, y hoy día de Pascua recibieron por primera vez la sagrada Comunión. La Iglesia, grano de mostaza que brotó en Jerusalén, ha venido extendiendo sus ramas por toda la faz de la tierra y hoy nos llega el efecto benéfico de su sombra aquí a las lomas del Polo Norte.
La única iglesia católica al norte del Círculo Polar Ártico es ésta de Kotzebue. Quedan aún aldeas norteñas en las que no has puesto los pies ningún sacerdote católico.
Seis de los ayer bautizados son oriundos de esas aldeas y uno nació en Barrow, que es el cabo más norteño de todo Alaska. Son mis feligreses. Escucharon las instrucciones todo el invierno y abrazaron la Fe con ingenuidad edificante.
Kotzebue es una trinchera excavada aquí, en el frente avanzado del Evangelio, y se libran en ella batallas tan calladas como importantes. Los rusos y finlandeses se batieron a muerte en desiertos barridos por la cellisca y en bosques repletos de nieve con neblina espesa por firmamento.
Todo el mundo se estremeció y siguió con admiración los vaivenes de aquella guerra llevada a cabo con cañones y tanques anillados. Con tanto ruido y explosiones estruendosas no se consiguió más que destruir viviendas, matar hombres y ensanchar territorios.
Las obras de Dios se hacen sin ruido de tanques, sin estruendo de cañones, sin segar en flor vidas preciosas y sin ametrallar hogares pacíficos.
Desafiando nieves eternas y hielos perpetuos, tormentas frigidísimas y meses invernales tenebrosos, los Misioneros de Alaska avanzan y conquistan calladamente, y sus conquistas son almas inmortales que se salvan y serán felices eternamente dando gloria a Dios con sus ángeles y santos.
El silencio de las obras de Dios me impresiona vivamente. La tierra y todo el mundo sideral giran y caminan por los espacios a velocidades fantásticas, y sin embargo de tan vertiginoso rodar nos extasiamos ante la paz del campo y la serenidad de la noche estrellada.
Fabrica el hombre una locomotora, un trimotor, un automóvil... objetos menos que microscópicos comparados con la Creación, y todo es ruido de hierro y maquinaria que ensordece y, desgasta los nervios y enloquece. Un boxeador resulta campeón en un encuentro a puñetazos, y el mundo lo comenta. Se convierte a Dios un corazón, y nadie lo ve.
Miedo a los muertos.
El aeroplano de Nome nos trajo una enferma que llevaron al hospital en un trineo, arrastrado por la chiquillería que se había apiñado en derredor del aeroplano.
Sé llamaba Ana Jacoba, eskimalita de dieciocho años. Cuando me quise enterar de quién era, ya había fallecido. No duró más que unas horas. Me dijo el médico que había sido, un disparate traerla, pues la tisis la tenía poco menos que difunta.
Resultó que Jacoba había estado seis años cabales en nuestra escuela de Pilgrim Springs, donde había sido Hija de María, según me lo dijo una de las jóvenes que había convivido con ella algunos años.
Debido a la tormenta que nos ha venido flagelando, dispuse posponer el entierro hasta que amainase el vendaval. El cadáver, envuelto en una sábana, descansó en una choza que yo cerré con candado.
Ayer fui con el ataúd, que me ayudó a fabricar un cojo, y hallé el cadáver tan sólidamente helado que su rigidez se podía comparar con la de una estatua de bronce.
Resultó que los codos caían un poco fuera del cuerpo, lo suficientemente para que el ataúd resultase estrecho. Todos los esfuerzos para doblegar aquellos brazos de acero resultaron inútiles. La idea de tener que fabricar otro ataúd me mortificaba mucho y estuve a punto de serrar los brazos; pero lo consideré tentación de Satanás y de mi holgazanería ingénita, y la rechacé.
Hicimos otro ataúd, y esta vez con buen éxito. Clavé yo mismo la cubierta y lo arrastramos en trineo hasta mi casa. Siguiendo la costumbre de aquí, pusimos la difunta en la iglesia para enterrarla al día siguiente, que es hoy.
Todas las noches, antes de acostarme, abro una puerta de la cocina y entro en la iglesia, donde tengo el consuelo de rezar arrodillado ante el sagrario. Pido allí a Dios por los bienhechores, por los parientes y amigos, por los que me escriben y encomiendan a Dios y por cien necesidades más.
Pero anoche no hubo manera de entrar en la iglesia. El cadáver estaba a tres metros del sagrario y no tuve valor para entrar a tientas y rezar solo y de noche junto al cadáver.
Quise probar con luz, pero tampoco me atreví a abrir la puerta. Estábamos pared por medio; pero yo me consideraba sano y salvo mientras la puerta estuviera cerrada. La cuestión era no abrir la puerta. Me indigné sonrojado y avergonzado y me llamé los nombres más despectivos; pero ¡cá!, la puerta siguió cerrada.
¿Por qué será eso? ¿Qué daño me puede hacer a mí una chica, muerta y metida en una caja que yo mismo hice y cuya tapadera yo mismo clavé y arremaché? Es como el temor de las señoras a los ratones. Desde niño se me metió en los huesos; el temor a los muertos y estoy viendo que voy a llegar a viejo sin poder echarlo de mí.
Hasta he llegado a preguntarme si cuando me muera me llegaré a tener miedo a mí mismo, Por si alguno padece de esta misma enfermedad, quiero tranquilizarle desde estas líneas y asegurarle que no tenga miedo a mi cadáver; que soy persona pacífica y no pienso resucitar para meter miedo a nadie.
A 60 grados bajo cero.
Estamos sufriendo la temperatura más baja que se ha registrado en muchos años. Hoy es el quinto día de temperatura inferior a 50 grados bajo cero. Ha habido ratos de 62 grados bajo cero.
Esta temperatura no es fenómeno raro en el interior de la península donde, merced a la altura elevadísima sobre el nivel del mar, el aire es muy seco y saludable y el ambiente es poco menos que el paraíso de los leñadores del bosque con el hacha, la pipa y la botella de ron; pero aquí, en la costa helada y brumosa, saturada de humedad y de neblina, 50 grados bajo cero son algo imponente. No hace viento alguno perceptible, como si el aire estuviera encerrado en un fanal. El humo de las chimeneas sale remolón y desganado y se apiña en nubarrones flotantes que se espesan y nos impiden ver la bóveda celeste.
Por el placer insano de sentir en el cutis los efectos de la temperatura, salí a la calle y pude experimentar lo pesado de la respiración y el dolor que cada anhélito produce en el interior de las narices, cuya mucosidad se congela y forma como un vallado a lo largo de los conductos nasales.
En la palangana que saqué conmigo, el agua se cubrió visiblemente de una telilla de hielo rizoso que se fue espesando a ojos vistas.
Estas temperaturas infames sobre un suelo de glaciar son la causa de que no tengamos por aquí Cármenes de Granada, ni Huertas de Murcia o de Valencia, ni Planas de Castellón, ni viñedos manchegos o jerezanos. Miro por centésima vez al termómetro que se ha estancado en los 60 grados y unas décimas bajo cero. Cuando se lo escriba a mis amigos de España, ya sé la respuesta:
- ¡Pero cómo exagera ese hombre!
Por eso me da un gustazo salvaje mirar a la columna de mercurio y convencerme de que no exagero.
Un tarrito de miel.
Está visto que da buen resultado escribir a monjas. No sólo por el cúmulo de oraciones y sacrificios ofrecidos por el bienestar de mi alma a cambio de historietas eskimales completamente fidedignas, sino también por las ganancias que se derivan para el cuerpo, ya que, dicho sea con perdón, tripas llevan corazón, y no viceversa.
A una monja franciscana de Filadelfia, en los Estados Unidos, la visitó su madre, y en el curso de la conversación salió a relucir la Misión de Kotzebue. El resultado no pudo haber sido más satisfactorio.
A instancias de la fervorosa monja, su madre me mandó un paquete con dos litros de miel, un tarro de aceitunas, dos latas de jamón en conserva, una caja de galletas finas y un vaso repleto de la novísima invención «mantequilla de cacahuate» que, se pone en el pan y sabe muy rica.
Al sentarme a la mesa, con e1 pote de miel delante, me viene una sonrisa curiosa como si acabase de ganar una batalla o me hubiera tocado el premio gordo. Miel en las lomas del Polo Norte es un lujo tan extravagante que ni al mismo Satanás se le había ocurrido tentarme por ahí y abrir así un boquete en el muro de la santa pobreza.
Pero ni Satanás con su soberbia y egoísmo, ni yo con mi ceguera e ignorancia, conocemos los límites de la bondad maternal de Dios nuestro Señor. Dios me trajo esa miel y me la puso delante para que luego no me queje cuando me crea solo y abandonado en este rincón remotísimo del globo.
Leí en una revista de Misiones un artículo en el que se hablaba de los «bizarros y aguerridos Misioneros que se baten con denuedo en las avanzadas» y «sucumben heroicamente como bravos al pie del cañón», y me pregunto a mí mismo si también yo seré bravo y aguerrido y todas esas cosas, o si más bien me señalo en encuentros a muerte con potes de miel y aceitunas en conserva.
Creo que en esto, como en todo, un dorado término medio es lo más próximo a la verdad. Ni tanto cabello que se arrastre, ni tan calvo que se le vean los sesos.
Los ricos, las mujeres, los pobres y el Evangelio.
Hoy, como hace 2,000 años, el reino de los cielos es de los pobres de espíritu. Al final de un escrutinio cuidadoso y paciente he averiguado que los únicos que me han ayudado y ayudan con sus limosnas son gente más bien pobre que rica. En los Estados Unidos lo mismo que en España.
El rico es la persona más miserable y deleznable de la humanidad. Tiene un pánico mortal a interesarse por obras de caridad y de celo apostólico, que pueden aligerarle el bolsillo.
Para llevar adelante sus empresas necesita grandes cantidades pecuniarias y todo ello se revuelve en un círculo vicioso de dinero, que produce dinero y que se necesita para que lo siga produciendo, so pena de una quiebra lamentable.
El rico no tiene atisbos del gozo que inunda al alma cuando se sacrifica uno hasta que duela. Vive con el temor continuo de la posibilidad de venir a menos, y su vida es la de un criminal no descubierto, que ve pasar ante sí guardias civiles y policías.
Son los pobres, los de la clase media, los medianamente acomodados los que sostienen sobre sus hombros en lo material la empresa divina de la evangelización del mundo pagano.
Cada vez que recibo un giro de sirvientas de San Sebastián, Bogotá, Buenos Aires y Nueva York me confirmo más en la tesis que estoy defendiendo.
En primer lugar los ricachones no tienen religión. Si la tuvieran, no osarían aparecer como seguidores del que nació en la cueva de Belén y murió desnudo en una cruz. El rico nace para vivir una vida puramente animal, que termina como todos sabemos en el cementerio. Hay excepciones, naturalmente, y cada rico debiera considerarse una excepción.
Las limosnas que sostienen la Misión de Alaska vienen de personas poco adineradas. Vienen también por lo común de señoras, de señoritas y de niños.
Las mujeres tienen el corazón más tierno ; las señoritas se entusiasman con las obras de celo en pro de la salvación de las almas ; los niños sienten un orgullo noble en considerarse salvadores de almas ayudando con sus ahorrillos al Misionero.
Los hombres son una calamidad en este punto. De cada doce limosnas que me llegan, diez son de mujeres. De aquellas mujeres que seguían a Jesucristo y a su Colegio Apostólico y les servían y ayudaban en todo. Aquellas mismas mujeres que estaban de pie junto a la cruz del Salvador, mientras los mismos Apóstoles estaban desperdigados poco menos que en masa.
Es la madre que no duerme en una semana si el niñito está enfermo de gravedad en la cuna. El padre duerme ocho horas seguidas al cuarto día de vela. La madre resiste el doble y la parece que no está cansada.
Los Estados Unidos tienen 30.000 sacerdotes y 124.000 monjas. Alaska tiene treinta y cinco Misioneros y setenta monjas.
Es decir, que en el servicio directo de Dios las mujeres se elevan sobre los hombres de los hombros para arriba.
Y ya, en las Misiones mismas, el Misionero no tiene dificultad en bautizar mujeres y niños. Son los hombres los fríos e indiferentes que están demasiado atareados para ocuparse en pequeñeces como instruirse y bautizarse.
Y, si se bautizan y llevan vida católica, es porque son pobres. Si acaece que los negocios vienen buenos y mi bautizado pobre se hace rico, da un adiós a la religión, que dura mientras duren los cuartos.
Cuando me llega el correo y leo las cartas, las primeras que contesto, y con verdadero placer, son las cartas de los pobres. Estas cartas son las que, después de Dios, sostienen al Misionero y le hacen llevadera y soportable esta carga, que no tiene nada de ligera.
Dios, que nació y murió pobre, escogió pobres pescadores para divulgar el Evangelio. San Pablo notó que la gran mayoría de los convertidos era gente pobre.
Aquí mismo, en Kotzebue, los únicos genuinamente ateos son cuatro blancos que son los más ricos de la población. La Iglesia, que comenzó pobremente, se está esparciendo por el mundo merced a la acción incansable de los pobres. Pobre el Misionero, pobres los que la mantienen, pobres los convertidos y en un estado de humildad pobrísima el mismo Jesucristo Sacramentado.
Pero debemos enorgullecernos por ello y tenerlo a verdadera honra. No fue de nosotros de quien se dijo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los cielos.

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